A
la puerta de una de las más concurridas parroquias de Paris, se veía al fin del
primer tercio de este siglo un mendigo que se distinguía de los demás por su
aspecto y corteses maneras. Nadie sabía quién era ni de dónde había venido.
Hacía más de veinte años que no faltaba
ningún día en su puesto.
Un día faltó, y faltó otro y otro; no se le volvió a ver más.
Todos supusieron que había muerto.
Una noche, ya cerca del amanecer, fué
llamado con premura a confesar a un moribundo un sacerdote joven que tenía fama
de piadoso y caritativo. Acudió al momento adonde se le llamaba.
Entró en una casa de buen aspecto, penetró
en un lujoso salón, magníficamente amueblado, y en un rincón, en el suelo, en
una miserable estera, vio un hombre casi con las ansias de la muerte, que le
dijo con voz desfallecida:
—Padre;
me muero. He oído hablar de su gran piedad, y le suplico que escuche mi última
confesión.
—¿Ud. Es—interrumpió el sacerdote,
arrodillándose al lado del enfermo—el mendigo que ha tantos años pedía limosna
en la puerta de la parroquia?
—Sí,
señor—dijo el mendigo; —yo soy: y le asombrará a Ud. verme en esta habitación
tan lujosa, que es mía. Óigame en confesión, pues me muero dentro de poco. Todo
lo comprenderá Ud.
Tomó aliento el mendigo, bebió un sorbo de
agua y prosiguió, cogiendo la mano del confesor:
—Soy
un gran pecador, padre mío. Es poco decir un gran pecador: soy un malvado, soy
un facineroso, para quien no sé si tendrá piedad la misericordia divina.
—Dios —dijo
el sacerdote— es todo misericordia, hijo mío; con tal que haya verdadero arrepentimiento,
el perdón no se hace esperar.
—Pues
bien—prosiguió el moribundo; —voy a confesarle mis crímenes. Hace más de
treinta años estaba de criado al servicio de un gran señor que tenía cuatro
hijos. Me quería como si fuese de la familia. Me había educado desde niño;
alternaba con los suyos; me llenaron de beneficios... Déjeme un momento de respiro, pues creo que se me escapa el alma antes
de terminar mi confesión.
Pasaron unos breves momentos.
—Padre—continuó el moribundo; —vino la
Revolución del 93. Huyó mi señor al extranjero con su familia, llevándome
consigo; se fiaban de mí como uno de los suyos. Se le confiscaron todos sus
bienes y publicóse un edicto, ofreciendo al que denunciase al fugitivo una
parte de sus bienes. Me tentó Satanás. Luché por algún tiempo, pero al fin me
decidí. No tuve en cuenta el cariño que por tanto tiempo me habían mostrado; la
educación que había recibido, lo mucho que me habían distinguido, la confianza
que en mí habían depositado; nada: todo lo olvidé. La codicia pudo más que la
gratitud. Cometiendo la más negra infamia, me presenté al comisario de la
república, denuncié a mi amo, el cual fué preso con toda su familia. Los dos hijos mayores pudieron huir al poco tiempo; llevaron una vida
errante y murieron miserablemente. Una gran cantidad y parte de su hacienda fué
el premio de mi infamia, parecida a la de Judas. Mi señora murió de pena en la
cárcel. El tercer hijo murió poco después, y del último, que era un niño, nada he
sabido.... Dadme un poco de agua, que me ahoga el recuerdo de mis crímenes.
—Animo, hijo mío,—dijo el confesor—vaya poco
a poco, que Dios tiene siempre abiertos sus brazos para recibir al pecador arrepentido.
—Después,—continuó con voz apagada el mendigo—después
de muchos meses de cárcel, en donde mi señor padeció toda clase de martirios, fué
conducido al mismo pueblo en donde había vivido tantos años y en donde había
hecho tanto bien y socorrido con mano liberal tantas necesidades; y allí,
frente a su castillo señorial, fué sentenciado a sufrir el último suplicio. Como
tanto se le quería en la comarca, no se encontró un hombre, aun pagado a peso
de oro, que quisiese servir de verdugo. Entonces, seducido por la cuantía de
las ofertas, me presenté yo diciendo: «Aquí está el hombre que hace falta.» Y
corté la cabeza a mi amo, a mi señor, a mi bienhechor, a mi segundo padre...
El sacerdote levantó los ojos al cielo...
— ¿Ve
Ud. Padre mío, cómo siente Ud. repulsión hacia éste malvado?—exclamó con
amargura el mendigo.
—Perdonadme,
hijo mío; ha sido un movimiento involuntario.
Tomó aliento el moribundo, a quien por
momentos se le escapaba la vida.
— Y en
pago de mi nefanda acción, se me dio la administración de los bienes de mi
antiguo amo. En dos años reuní con el producto de mi administración lo bastante
para conseguir toda su hacienda, y me encontré hecho un rico propietario, fruto
de mis felonías. No me remordía la conciencia, la tenía cerrada a todo
sentimiento generoso... ¡Me doy asco, padre mío! ¿No siente Ud. también asco de
mí?
— ¡Proseguid,
hijo mío! Dios es misericordioso—contestó únicamente el sacerdote.
—No sé
si me quedarán alientos para lo que resta, dijo el penitente, dejando caer la
cabeza sobre el pecho. Como digo, el hijo
menor de mi señor desapareció, lo he buscado y no lo he encontrado. ¡Ojalá lo
encontrase! Yo entonces me vine a París.
Cuando el imperio, compré esta casa, la
amueblé con lo de mis señores, y a los dos años, la sombra de mis amos, el
recuerdo de mis crímenes, se levantaron amenazadores ante mí, y me arrepentí de
cuanto habla hecho. Ya no tenía remedio. Entonces tomé la resolución de dormir
en esta estera, en medio del lujo que me rodea, y de no mantenerme sino de la
caridad pública; y he vivido treinta años hecho un mendigo, pidiendo limosna,
sin tocar nada de mis rentas ni de lo que poseo de mis señores, y esperando que
la misericordia divina, en vista de mi arrepentimiento, me perdonará mis
grandes crímenes.
Hizo una gran pausa el moribundo.
—En estos treinta años, he tenido siempre
presente, siempre ante mí vista el retrato de mi antiguo amo, a quien denuncie,
a quien vendí, y a quien asesine. Corred, padre, esa cortina que cubre su
retrato, para que pueda pedirle perdón por última vez.
Se
levantó el sacerdote, descorrió la cortina que se le indicaba, y... un grito de
angustia, de indignación, de horror, se escapó de su garganta...
— ¡Mi padre!—exclamó, y se dirigió en
actitud terrible hacia el moribundo...
— ¡Su padre! ¡El hijo de mi señor!
¡Eduardo!...—rugió, más bien que gritó el mendigo. Y con ojos desencajados,
crispadas las manos, demudado el semblante, presa de temblor convulsivo, se
quedaron mirando frente a frente, confesor y penitente, víctima y verdugo.
— ¡El hijo de mi amo!—volvió a decir con voz
ronca el asesino tapándose el rostro con las manos.
— Si, el hijo de tu amo, ladrón, Judas,
asesino, verdugo; el hijo de tu señor, que te pide cuenta de su sangre derramada,
de sus bienes robados...
— ¡Perdón!—gritó el mendigo, extendiendo los
brazos, y casi ya en la agonía. —Si me decís que Dios perdona al que se arrepiente,
¿cómo vos no me perdonáis...?
Una
gran reacción se operó súbitamente en el sacerdote. Corrió lentamente la
cortina del retrato, y se arrodilló otra vez al lado del penitente.
—Perdonadme, hijo mío—díjole con voz
entrecortada por los sollozos; —perdonadme las involuntarias palabras que el
recuerdo de mis dolores me ha hecho proferir. Lo pasado pasó para no volver.
Aquí no hay más que un penitente y un sacerdote, un arrepentido y un confesor.
Lo que fué, ha sido ya; —añadió pasándose la mano por la frente para enjugarse
el sudor.
—Padre, — gimió con apagada voz el
moribundo,—¿creéis que el Señor me perdonará?
— Si, hijo mío; si tenéis verdadero
arrepentimiento, el Señor tendrá misericordia de vos.
— Y vos, padre mío, —añadió derramando dos
lágrimas, que como dos gotas de plomo derretido cayeron en la mano del
confesor; — ¿me perdonáis?
—Que Dios os perdone como yo os perdono—dijo
el sacerdote elevando al cielo los ojos y absolviendo a su verdugo.
La
cabeza del mendigo cayó pesadamente sobre la estera. Estaba muerto.
MARTÍNEZ
LOZANO.
Ilustraciones
de F. AVRIAL.
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