«El
discípulo no es superior a su maestro, ni el siervo a su amo». Mateo 10:24
San
José descendía de la estirpe real de David. Se cree generalmente que, en vista
de la sublime misión que el Cielo le había destinado, fue santificado antes de
nacer. Nadie puede dudar de que José estuviera preparado para su sublime
ministerio cuando la Providencia, que dirige todos los acontecimientos, unió su
destino al de María.
El
Evangelio es muy parco en detalles sobre San José, y todo se resume en estas
palabras: «Él era justo». ¡Pero cuántas maravillas encierran estas palabras, ya
que los doctores coinciden en que San José ocupa el primer lugar después de
María entre todos los santos!
Según
la tradición, su padre lo educó en el humilde oficio de carpintero; según
autores de renombre, podría haber tenido alrededor de cincuenta años, y había
mantenido una castidad perfecta cuando la voluntad de Dios le encomendó a la
Santísima Virgen. Esta unión, pura ante los ángeles, dice San Jerónimo, tenía
como propósito salvaguardar el honor de María ante los hombres.
Dios
quiso que el misterio de la Anunciación permaneciera oculto a San José durante
algún tiempo, para que, en la angustia que le sobrevino al descubrir el
embarazo de María, tuviera prueba de la virginidad de la Madre y de la
concepción milagrosa del Hijo. La advertencia de un ángel disipó todos sus
temores.
¿Quién
puede describir el respeto, la veneración y la ternura que José demostró desde
entonces hacia aquella que pronto daría al mundo su Salvador? ¡Cuánta ayuda le
brindó José a María en el viaje a Belén! ¡Y cuánta más le brindó en la huida a
Egipto! José demostró ser el amigo fiel, el guardián vigilante y el protector
devoto de la Madre de Dios.
Imaginemos
el progreso en virtud que debió haber alcanzado San José, viviendo en compañía
de Jesús y María. ¡Qué interior tan encantador! ¡Qué hogar tan santo era esta
humilde morada! ¡Cuántos misterios se escondían en esta vida oculta donde Dios
obraba bajo la dirección de un hombre, donde un hombre era santificado bajo la
influencia de un Dios visible a sus ojos y que se convirtió en su Hijo
adoptivo! Tras una vida dichosa, José tuvo una muerte dichosa, pues exhaló su
último aliento en los brazos de Jesús y María.
Siguiendo
a San Francisco de Sales, quien lo afirma, es lícito creer que San José ya está
en el Cielo, en cuerpo y alma, con Jesús y María. Con razón San José ostenta el
glorioso título de Patrono de la Iglesia Universal, y su nombre, en la devoción
cristiana, se ha vuelto inseparable de los nombres de Jesús y María.
También se le invoca como el Patrón de una
buena muerte.
Abate
L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Marne, 1950.
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