jueves, 19 de marzo de 2026

SAN JOSÉ, esposo de la Santísima Virgen María.


 

   «El discípulo no es superior a su maestro, ni el siervo a su amo». Mateo 10:24

 

   San José descendía de la estirpe real de David. Se cree generalmente que, en vista de la sublime misión que el Cielo le había destinado, fue santificado antes de nacer. Nadie puede dudar de que José estuviera preparado para su sublime ministerio cuando la Providencia, que dirige todos los acontecimientos, unió su destino al de María.

 

   El Evangelio es muy parco en detalles sobre San José, y todo se resume en estas palabras: «Él era justo». ¡Pero cuántas maravillas encierran estas palabras, ya que los doctores coinciden en que San José ocupa el primer lugar después de María entre todos los santos!

 

   Según la tradición, su padre lo educó en el humilde oficio de carpintero; según autores de renombre, podría haber tenido alrededor de cincuenta años, y había mantenido una castidad perfecta cuando la voluntad de Dios le encomendó a la Santísima Virgen. Esta unión, pura ante los ángeles, dice San Jerónimo, tenía como propósito salvaguardar el honor de María ante los hombres.

 

   Dios quiso que el misterio de la Anunciación permaneciera oculto a San José durante algún tiempo, para que, en la angustia que le sobrevino al descubrir el embarazo de María, tuviera prueba de la virginidad de la Madre y de la concepción milagrosa del Hijo. La advertencia de un ángel disipó todos sus temores.

 

   ¿Quién puede describir el respeto, la veneración y la ternura que José demostró desde entonces hacia aquella que pronto daría al mundo su Salvador? ¡Cuánta ayuda le brindó José a María en el viaje a Belén! ¡Y cuánta más le brindó en la huida a Egipto! José demostró ser el amigo fiel, el guardián vigilante y el protector devoto de la Madre de Dios.

 

   Imaginemos el progreso en virtud que debió haber alcanzado San José, viviendo en compañía de Jesús y María. ¡Qué interior tan encantador! ¡Qué hogar tan santo era esta humilde morada! ¡Cuántos misterios se escondían en esta vida oculta donde Dios obraba bajo la dirección de un hombre, donde un hombre era santificado bajo la influencia de un Dios visible a sus ojos y que se convirtió en su Hijo adoptivo! Tras una vida dichosa, José tuvo una muerte dichosa, pues exhaló su último aliento en los brazos de Jesús y María.

 

   Siguiendo a San Francisco de Sales, quien lo afirma, es lícito creer que San José ya está en el Cielo, en cuerpo y alma, con Jesús y María. Con razón San José ostenta el glorioso título de Patrono de la Iglesia Universal, y su nombre, en la devoción cristiana, se ha vuelto inseparable de los nombres de Jesús y María.

 

   También se le invoca como el Patrón de una buena muerte.

 

Abate L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Marne, 1950.

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