martes, 28 de febrero de 2017

Santa Gema Galgani: Su perfecto desprendimiento.




   El desprendimiento de todas las cosas terrenas y hasta de sí mismo es la primera y más necesaria condición para conseguir la perfección, según aquel precepto de Jesucristo: “Quien desee seguirme, niéguese a sí mismo” (Mateo 16; 24).

   La santidad de Gema se asienta sobre este perfecto desprendimiento.

   No vivió para el mundo ni le interesaron las cosas de la tierra más que si estuviera muerta. Nacida en la abundancia y criada en el regalo, cuando de repente se vió en la miseria, no se turbó ni derramó una sola lágrima por ello, antes bendecía al Señor porque la colocaba en el camino de la humildad y el sufrimiento.

   Desde muy joven deseó renunciar al mundo ingresando en una Orden Religiosa. Imposibilitada de llevar al cabo su firme propósito, se consagró a Dios en el mundo por los tres votos religiosos.

   Nunca mostró afición a ese cúmulo de chucherías, como lazos, cuadros, dijes, cadenillas y semejantes bagatelas, a que tan aficionadas suelen mostrarse las jóvenes, aun aquellas que sientan plaza de espirituales.

   Este desprendimiento la llevaba a no preocuparse mayormente de sus vestidos, ni examinar si estaban en conformidad con los cánones de la moda.

   Le regaló en cierta ocasión su hermano una sombrilla de seda; no la quiso usar ni siquiera una vez, dando por razón que si la llevaba todo el mundo se fijaría en ella, lo que le repugnaba en extremo.

   Cuando, estando ya en casa de los señores Giannini, le enviaba su tía de Camaione algunas prendas de vestir nuevas, nunca pudieron conseguir que las usase.

   En cierta ocasión le prometió don Mateo un buen traje como premio de unas lecciones de francés que estaba dando a Eufemia (Madre Gema).

   –– Haré cuanto pueda porque Eufemia salga bien en el examen —respondió al punto—, pero en cuanto al traje renuncio a él desde ahora.

   También doña Cecilia quiso muchas veces hacerle un sombrero, en atención a que el que traía era de colegiala, ya muy pasado de moda y por demás descolorido. Nunca pudo vencer la resistencia de Gema.

   El peinado estaba en relación con el vestido.

   Lo usaba modestamente recogido y formando con todo; una trenza que caía sobre la espalda. Le sugirieron con frecuencia otras formas de peinado, pero siempre fué en vano.

   Superfluo parece decir que no llevaba pendientes, pulseras anillos, cadenillas al cuello, imperdibles de lujo, ni otro objeto de vanidad o adorno.

   Nunca tampoco la oyeron hablar de trajes, ni sufría oír tales conversaciones.

   Muerta para todos cuantos objetos pueden ser ídolos o incentivos de vanidad, lo estaba por igual al dinero. Ni lo poseía, ni lo deseaba, y si alguna vez recibía alguna ligera cantidad inmediatamente se desprendía de ella.


   El celestial Esposo cuidaba celosamente de que Gema viviese en este perfecto desprendimiento, y si alguna vez descubría alguna ligera imperfección, al punto se la corregía; bien que sólo dos veces hubo de reprenderla por semejante motivo.

   La primera vez ya hemos dicho que fué cuando a la edad de dieciséis años usó un reloj de oro y se puso al cuello una cadenilla de la que pendía un crucifijo, todo ello también de oro.

   En otra ocasión le exigió Jesucristo se desprendiese de una preciosa reliquia de San Gabriel que le había regalado el Padre Germán. Fué el caso que al recomendarle el divino Salvador viviese desprendida de todo, le interrumpió la Santa con su acostumbrada ingenuidad: —Esto de vivir desprendida lo entiendo poco, porque realmente nada tengo; así que no sé de qué voy a desprenderme.

   —Dime, hija —le contestó Jesús—, y aquel diente, ¿no estás aficionada en demasía?

   —Pero Jesús —replicó Gema—, eso es una reliquia preciosa. —Hija —concluyó Jesús, poniéndose serio—, te lo dice Jesús y basta.

   El desprendimiento de la sierva de Dios se extendía también a las personas.

   Tenía un corazón sumamente tierno; amaba con intensidad, delicadeza y vehemencia; pero el amor de Gema a las personas era tan puro y estaba tan subordinado al amor divino, que, cuando el Señor le exigía el sacrificio de alguna de ellas, se lo ofrecía sin vacilar y con muy larga voluntad. Ya hemos visto cuan admirable fué su resignación en la pérdida de los seres más queridos.

   Y si a tanto llegaba ese desprendimiento tratándose de sus propios padres y hermanos, se comprende fácilmente no lo habrá de mostrar menor tratándose de otras personas. Que así realmente fuese, lo asegura su propio director, reconociendo que siempre se mostró desprendida de él. Le amaba y veneraba como a Padre de su alma, pero sin mostrar jamás hacia él ese apego más o menos desordenado que aún, las personas muy piadosas suelen mostrar a sus Padres espirituales.

   Su amor a la familia Giannini veremos llega hasta pedir y conseguir del Señor traspase a ella las enfermedades que les envía. Esto no obstante, aparecía completamente desprendido de ellos, y si en cualquier momento la hubieran despedido, ninguna tempestad se desencadenara en su espíritu.

   A este propósito, y por lo que respecta a su persona, refiere doña Cecilia el siguiente caso: “Desprendida Gema de todo y de todos, los últimos días de su vida la veía también desprendida de mí, en tal forma que parece ya no encontraba gusto en que le hiciese compañía. Comencé un día a reñirla por tal motivo, diciéndole que era una ingrata y desagradecida, y que su conducta no podía estar inspirada por Jesús.—Poca cosa es lo que llevo hecho por tí —le decía—; pero Dios premia un vaso de agua que se dé por su amor. Algunos sacrificios —añadía— me llevo impuestos por tu causa.

   Permanecía ella en silencio escuchando mis reproches, hasta que al fin me replicó: — ¿Pero qué dice? Si ha existido persona en el mundo a quien haya amado de veras es a usted.

   Al decir esto rompió en amargo llanto. —Está bien —le dije entonces—; obra como te parezca, que no te volveré a molestar sobre esto. —Ahora —continuó ella— no me resta sino prepararme para la muerte: ya tengo hecha la renuncia de todo y de todos. — ¿Hasta del Padre Germán? —le pregunté yo. —Sí —respondió—; hasta de él.

   Efectivamente, había pedido al Señor la privase de todo humano consuelo”.

   En la total renuncia de cuanto hay en el mundo y de sí mismo, que es el primer paso para comunicar Dios al alma los admirables favores que caracterizan la vida mística, aparece Gema, según acabamos de ver, aventajadísima. “Quiero —decía— ser toda de Jesús”. “Ahora que poseo a Jesús —añadía—, ¿qué puedo amar ya sobre la tierra? Mundo, criaturas todas, vosotras no sois ya para mí, ni yo para vosotras; así que ya no puedo ni quiero amaros”.

   Mucho podríamos decir del desprendimiento en que vivía la sierva de Dios de su propia vida. Habremos de verla en los excesos de su caridad ofreciéndola generosamente, cuando por una persona querida, cuando por un pecador obstinado. Ahora sólo diremos que era para ella la vida lo que para el Apóstol de las Gentes, una pesada cadena que la sujetaba al lugar de su destierro. “Vivo sobre la tierra —decía—, pero se me hace que soy en ella un alma errante, puesto que nunca aparto el pensamiento de mi Jesús”.

   Dando cuenta de su conciencia al director, le decía: “Ayer por la mañana, en una apretura amorosa que tuve con mi Jesús, le suplicaba me desprendiese dé todas las cosas, me librase de este cuerpo y me soltase de todo lazo para volar a Él; a Él sólo y para siempre. Jesús, bromeándose, me preguntaba: — ¿Adónde quieres volar? —A Tí, mi amado y dulcísimo Señor — le respondí. —Deja —me añadió Jesús— que yo venga todavía un poco a ti, y cuando te haya libertado, vendrás tu a Mí”.

   Por aquí se verá que la única felicidad en la tierra era para Gema contemplar las vislumbres de la eterna bienaventuranza con que el Señor tan pródiga y espléndidamente la regalaba.

   ¿Podría decirse siquiera que la sierva de Dios sentía afición a esas divinas consolaciones? En manera alguna; y aquí es donde llega al colmo el heroico desprendimiento de esta angelical criatura.

   Colmada de los más señalados favores, enriquecida de los más preciosos dones que acostumbra conceder el Señor a sus siervos, ni los pidió, ni cifró en ellos su gloria, ni mucho menos permitió a su corazón se aficionase a ellos.

    “Obre Jesús como guste —decía—; contento El, contentos todos. Además, ¿merezco yo, acaso, sus divinas consolaciones? Me basta con que pueda gozarlo en la otra vida: nada me importa padecer sobre la tierra”.
   Hasta aquí llegaba el desprendimiento de Gema, y no veo pueda extenderse a más, ni alcanzar mayor perfección. Cuando la criatura se desprende de todo por amor a Jesús, Jesús la reviste de su santidad y la inunda con sus gracias.

   Al sentirnos atraídos por la alteza de las mercedes que el Señor concede a esta santa virgen, volvamos las miradas al total desapego que las precede y acompaña, recordando la promesa de Jesús de que los limpios de corazón lograrán ver a Dios (Mateo 5 – 8).


“SANTA GEMA GALGANI”

Por el P. Basilio de San Pablo. Pasionista


Año 1949.

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