martes, 14 de febrero de 2017

Las oraciones aplacan al Señor y nos libran de las penas que tenemos merecidas, con tal que queramos corregirnos. – Por San Alfonso María de Ligorio.



   COMENTARIO del blog: Esta lectura nos enseña que debemos pedir en la oración. Como debe ser nuestra oración en cuanto a nuestra intención. Después que la lean verán porque muchos no son escuchados. No se pierdan este publicación, que seguro les enseñará cosas importantes para tener en cuenta a la hora de ponerse a rezar y a pedir a Dios. “SI DE VERDAD QUIEREN  SALVAR SUS ALMAS”

   “Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis” (Juan;  XVI, 21.)

   Dios es la bondad infinita por esencia; así tiene naturalmente un deseo inmenso de librarnos de nuestros males, de hacernos felices y partícipes de su beatitud. Quiere, no obstante, y por nuestro provecho, que le pidamos las gracias necesarias para quedar libres de los castigos que hemos merecido, y para llegar a la felicidad eterna. El Señor ha prometido escuchar al que le pide y al que espera en su bondad. Quiero, pues, convenceros de que las súplicas aplacan a Dios; y que, si queremos corregirnos, nos librarán de las penas que hemos merecido.

   Para vernos libres de la calamidad que actualmente nos aflige, y sobre todo del castigo eterno, preciso es que roguemos y que esperemos; y, además, es necesario que roguemos y que esperemos como se debe. La súplica es tan poderosa, que suspende el castigo y alcanza el perdón. Dios hace las mayores promesas al que ruega. (Ps., XLIX, 15.) Invócame, dice el Señor: Yo te libraré de todas las desgracias (Job, XXXIII, 3); pide y te escucharé. (Job, XV, 7.) Pedid, pues, lo que quisiereis, y lo alcanzaréis: la oración puede conseguirlo todo.

   Dios concede al que ruega mucho más de lo que pide.  Si pedís algún favor a personas a quienes habéis ofendido, se os maltrata, se os echa en cara lo que habéis obrado. No se porta Dios así con nosotros; si le pedimos alguna gracia para la salud de nuestra alma, no nos increpa por las ofensas pasadas: nos escucha y nos consuela, como si le hubiésemos servido con fidelidad toda la vida. “¿Por qué os quejáis de Mí, dice el Señor? Quejaos más bien de vosotros mismos, porque no habéis pedido las gracias que podíais obtener por medio de la oración. Pedidme en adelante todo lo que queráis; Yo os escucharé. (Juan; XIV, 14.) Si no tenéis mérito para obtener, dirigíos en nombre mío al Eterno Padre, rogadle por mis méritos, y os aseguro que alcanzaréis todo lo que deseareis.” (Juan; XVI, 23.) Los príncipes de la Tierra dan rara vez audiencia, y no reciben sino pocas personas; mas Dios recibe siempre, escucha y atiende a todos cuantos le invocan.

   Fiaos, pues, de estas grandiosas promesas que hallamos tan a menudo repetidas en las Santas Escrituras; pidamos siempre las gracias que nos son necesarias para salvarnos; pidamos el perdón de nuestros pecados; pidamos la gracia, el santo amor, la resignación a la voluntad del Cielo; pidamos una buena muerte y el Paraíso. Con la oración lo obtendremos todo; sin la oración no conseguiremos nada. Los Santos Padres y los teólogos enseñan que la oración es necesaria a los adultos de necesidad de medio, es decir, que nadie sin ella puede salvarse. Lesio dice ser de fe que la oración es esencialmente necesaria para alcanzar la salud eterna, y lo prueba por la Escritura Santa: el que pide consigue, el que no pide no consigue. Estas palabras, petite, orate, oportet, contienen, según Santo Tomás y los teólogos, un precepto absoluto. Roguemos, pues, roguemos con grande confianza; fiaos en las promesas divinas; porque Dios, dice San Agustín, se ha obligado a nosotros por sus promesas. Él lo ha prometido; de consiguiente, imposible es que falte a su palabra. Roguemos, pues, esperemos, y estemos seguros de nuestra salvación. Nunca se ha perdido ninguno de los que han esperado en Dios. (Eccl, II, 11. Ps., XVII, 31.) Mas ¿cómo acontece que muchos piden la gracia sin conseguirla? Porque no la piden como deben. (Jac, IV, 3.) Así que no basta pedir y esperar, sino que también es necesario pedir y esperar como se debe.

   Dios tiene grande deseo de librarnos de los males, y de hacernos partícipes de todos sus bienes; mas, para oírnos, quiere que se lo pidamos como corresponde. ¿Cómo pudiera escuchar Dios a un pecador que, mientras está rogando para ser libertado de los castigos, no quiere dejar el pecado que es la causa y de aquéllos? Cuando el impío Jeroboán levantó la mano para herir al profeta que le echaba en rostro sus crímenes, el Señor le dejó la mano inmóvil. Entonces el rey rogó al varón de Dios que alcanzase del Cielo la curación de su mano. El insensato pedía al profeta que intercediese para curarle, y no le hablaba de obtener el perdón de su pecado.

   Así sucede con muchos pecadores que piden a Dios les libre de los azotes y se dirigen a los siervos del Señor a fin de que detengan con sus ruegos los castigos, mas no ruegan para alcanzar la gracia de dejar el pecado y de mudar de vida. ¿Cómo, pues, estos desgraciados pretenden substraerse al castigo sin que sueñen siquiera en alejar la causa? ¿Qué es lo que arma la mano del Señor? ¿Quién pone en ella el rayo para herirnos? El pecado. El pecado es una obligación que nosotros mismos hemos firmado, y que depone contra nosotros. Cuando prevaricamos, nos obligamos voluntariamente a soportar el castigo.

   Jeremías exclama: ¡Oh espada del Señor! ¿Cuándo querrás cesar de herir a los hombres? Detente al fin, y vuelve a la vaina. Mas ¿cómo puede detenerse, si los pecadores no cesan de prevaricar, y el Señor ha mandado a las calamidades que le dejen vengado en tanto que los pecadores continúen viviendo en el pecado? (Jeremías; IV, 6, 7.) Nosotros hacemos novenarios, distribuimos limosnas, ayunamos, rogamos; ¿cómo, pues, no quiere oírnos el Señor? Escuchad la respuesta que os da El mismo: ¿Cómo queréis que escuche las súplicas de los que solicitan obtener el perdón del castigo sin acordarse de alcanzar el perdón de los pecados, a los cuales no quieren renunciar? ¿De qué sirven los ayunos, las limosnas, las víctimas, si no quieren mudar de vida? (Jerem., XIV, 12.)

   No os fiéis, pues, de todas estas exterioridades: preciso es, más que todo, dejar el pecado. Hay quienes se afanan en orar, en herirse los pechos; pedir misericordia; pero esto no basta. También rogaba el impío Antíoco; pero sus súplicas no le atrajeron la misericordia del Señor. Este infeliz, devorado por los gusanos y cercano a morir, se dirigía al Señor para ser librado; mas, como no tenía dolor de sus pecados, quedó privado de misericordia. ¿Cómo es posible escapar del castigo cuando no se quiere abandonar el pecado? ¿Cómo pueden socorrernos los santos si no cesamos de irritar al Señor? Los hebreos tenían también a Jeremías que rogaba por ellos; mas ni con todas las súplicas del profeta pudieron escapar del castigo, porque no dejaron el pecado. No podemos dudar que las súplicas de los santos son utilísimas para alcanzarnos la divina misericordia; pero lo son en cuanto nos ayudamos nosotros mismos y hacemos todos los esfuerzos posibles para desterrar el vicio, para huir las ocasiones, para reconciliarnos con Dios.

   El emperador Focas levantaba murallas y multiplicaba todos los géneros de defensa posibles; mas una voz del Cielo le dijo: ¡Oh Focas! ¿De qué te sirven todos estos trabajos que emprendes para defenderte de los que están afuera? Cuando el enemigo está dentro, la plaza se halla siempre en el mayor peligro.

   Es, pues, necesario arrojar de nuestro corazón el enemigo, es decir, el pecado; sin esto, ni el mismo Dios puede substraernos del castigo, porque Dios es justo y no puede dejar impune el pecado. Los habitantes de Antioquía rogaron a la Santísima Virgen que les librase de un grande mal que les amenazaba. San Bertoldo, que se hallaba en la ciudad, oyó a la Virgen que desde el Cielo decía: Dejad el pecado, y Yo os libraré.

   Roguemos, pues, al Señor que sea misericordioso; pero roguémosle como hacía David: Señor, ayudadme. Muy bien quiere Dios ayudarnos; pero quiere también que nosotros nos ayudemos a nosotros mismos, y que hagamos por nuestra parte todo lo que podemos hacer. El que quiere ser ayudado, debe primero ayudarse él mismo. Dios quiere salvarnos; pero no debemos pretender que Dios lo haga todo, sin hacer nosotros nada. Dice San Agustín: El que te crió sin ti, no te salvará sin ti. ¿Qué pretendéis, pues? ¿Queréis tal vez que el Señor os conduzca al Paraíso con todos vuestros pecados? Provocáis sobre vosotros los castigos del Cielo, ¡y queréis que de ellos os libre Dios! ¡Queréis condenaros, y pretendéis que Dios os salve!

   Si verdaderamente tenemos la intención de convertirnos, roguemos al Señor con confianza. Aun cuando hubiéramos cometido todos los pecados del mundo, podemos alcanzar misericordia, con tal que roguemos y que tengamos firme voluntad de corregirnos. Pidamos a Dios en nombre de Jesucristo, el cual nos prometió que su Eterno Padre nos concedería todo lo que le pidiéramos por sus méritos y en su nombre. Pidamos de continuo: obtendremos todas las gracias, y nos salvaremos. San Bernardo nos exhorta a dirigirnos a Dios por la mediación de María; no puede dudarse que Ella ruega a su Hijo por nosotros todas las veces que se lo pedimos. María alcanza todo lo que solicita; imposible es que sus súplicas no sean oídas por su Hijo, que tanto la ama. (Hagamos un  acto de dolor).


“DE LA PROVIDENCIA EN LAS CALAMIDADES PÚBLICAS”






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