sábado, 8 de abril de 2017

VÍA CRUCIS – Compuesto por San Leonardo de Porto Mauricio




   Rogámoste, Señor, prevengas nuestras acciones con tu inspiración, y las prosigas con tu ayuda para que toda nuestra obra y oración, por tí siempre empiece y en tí siempre acabe.

   Oración preparatoria, o acto de constricción que se hará antes de dicho santo ejercicio.

   Clementísimo Jesús mío, porque sois infinitamente bueno y misericordioso, os amo sobre todas las cosas, y de todo corazon me arrepiento de haberos ofendido, Dios mío, y sumo bien mío: ofreciéndoos este santo viaje, en honra y veneración de aquel viaje doloroso, que vos hicisteis por mí, indignísimo pecador; e intento ganar todas las indulgencias, y rogar por todos aquellos fines y motivos por los cuales fué con cedido un tan grande tesoro: suplicándoos humildemente que yo haga este santo ejercicio de tal modo que me ayude a conseguir vuestra misericordia en esta vida, y en la otra, la vida; eterna. Amen.

ESTACIÓN PRIMERA.

   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.
   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.

   En esta primera estación se representa la  casa y pretorio de Pilatos, donde nuestro buen Jesús, coronado de penetrantes espinas, y todo bañado en sangre recibió la inicua sentencia de muerte.

   Considera la admirable sumisión del inocente Jesús en recibir una tan inicua sentencia de muerte: y sabe; que tus culpas y pecados fueron los falsos testigos que la firma ron, y tu obstinación, indujo a aquel impío juez a proferirla, y si asi es vuélvete hacia tu Dios amoroso, y más con lágrimas del corazón, que con las expresiones de la lengua dile así:

   ¡Ay de mí! ¡Amado Jesús mío! Y que amor tan entrañable es el vuestro, pues por una criatura tan ingrata sufrís prisiones, cadenas y azotes tan crueles hasta ser sentenciado a una ignominiosa muerte la que solo esto basta para herirme el corazón, y hacerme detestar tantos, pecados míos, que fueron la causa de tantos trabajos vuestros. Ya, Señor, abomino mis pecados, ya los lloro y por todo este camino doloroso andaré suspirando y repitiendo. Jesús mío misericordia, Jesús misericordia. Amén.

   Padre nuestro, Ave María y  Gloria.
   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.

ESTACIÓN SEGUNDA.

   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.
   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.

Recibe Jesús la pesada cruz, sobre sus hombros.

   En esta segunda estación se representa el lugar, donde por mano de cruelísimos ministros, fué cargado sobre los lastimados hombros de Jesús el Madero pesado de la Cruz.

   Considera como el Benignísimo Jesús, lleno de inmensos dolores, se abraza con la Santa Cruz; y mira con cuanta mansedumbre sufre los golpes y escarnios de aquellos viles hombres, cuando tú, o miserable, huyes cuanto puedes la Cruz de la verdadera penitencia, sin reflexionar que sin Cruz no hay entrada en la Gloria. Llora, pues, tu ceguedad, con la cual, hasta ahora has aborrecido el padecer, y vuelto de corazon a tu Señor, dile suspirando así:

   A mí, Jesús mío, a mí, y no a Vos, se debe esa pesada Cruz. ¡Oh Cruz pesadísima, que fuiste fabricada de mis feas y enormes culpas! Ea, pues, Salvador mío, dadme fortaleza para abrazar con amor las cruces de los trabajos, que merecen mis pecados, a fin de que, en el breve tiempo de esta vida, teniendo la dichosa suerte de vivir abrazado con la Santa Cruz, muera crucificado, y por medio de la Cruz, arribe finalmente a gozaros eternamente en el Cielo. Amén.

    Padre nuestro, Ave María y Gloria.
   Señor ten piedad y misericordia de nosotros.

ESTACION TERCERA.

   V. Adorámoste Señor mío Jesucristo y te bendecimos.
   R. Que por, tu santa cruz redimiste al mundo.

Cae Jesús con la Cruz la primera vez.

   En esta tercera, estación, se representa el lugar, donde  el pacientísimo Jesús cayó la  primera vez con la Cruz.


   Considera como el afligidísimo Jesús, decaído de fuerzas por la sangre que vertía, y por la fatiga, que con el tropel le ocasionaban aquellos viles ministros de Satanás, | cayó la primera vez en tierra, debajo del pesado madero de la Cruz. Ea, pues, mira como aquello envenenados verdugos lo hieren con palos, puntillones y desprecios; y el pacientísimo Jesús a todo no abre su boca, sufre y calla, cuando tú en tus ligerísimos trabajos; eres tan impaciente, que luego te alteras, impacientas y ensoberbeces; y aun por ventura, tal vez temerariamente blasfemas. Pues esta vez, a lo menos, arrepentido de tus altiveces, detesta tu soberbia, y ruega a tu afligido Dios de esta manera:

   Amantísimo Redentor mío, aquí está postrado, a vuestros pies el pecador más pérfido de cuantos viven sobre la tierra. ¡Oh cuantas caídas! ¡Oh cuantas veces he sido precipitado en un abismo de iniquidad! Ea, pues, dadme vuestra mano soberana para levantarme. Ayudadme, Jesús mío, ayudadme, a fin de que en lo restante de mi vida, no vuelva a caer en culpa alguna mortal, y en la muerte asegure el conseguir la  eterna salvación. Amen.

   Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
   Señor, ten piedad y misericordia de nosotros.

ESTACIÓN CUARTA.

viernes, 7 de abril de 2017

¡¡¡YO SOY LA CAUSA DE TANTO DOLOR!!!


CORONA DE LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA




Por la señal de la santa cruz, etc.


Oración preparatoria


   Oh amabilísima Madre mía: aunque indigno de comparecer ante vuestro acatamiento, confiado no obstante en vuestra bondad y postrado a vuestros pies, os suplico me alcancéis gracia para meditar con fruto vuestros acerbísimos dolores. No permitáis queden malogrados tantos dolores como vos padecisteis, y tanta sangre derramada por vuestro Hijo santísimo. ¡Oh! ¡Llegue a todos una redención tan abundante! Alcanzad, pues, perseverancia a los justos, fervor a los tibios, conversión a los pecadores, luz de fe a los infieles, humildad y sumisión a los cismáticos y herejes, alivio a las Ánimas del Purgatorio y exaltación a la santa fe católica. Traspasen nuestro corazón esas espadas que atraviesan vuestro pecho purísimo, corten y arranquen de nuestra alma todo afecto desordenado, para que, triunfando con vuestra protección de las acechanzas del infierno, de las máximas del siglo y de los halagos de la carne, logremos triunfar con voz en la eterna bienaventuranza. Amén.


Primer dolor
Simeón profetiza a María la pasión de Jesús

   ¿Y tan pronto, Señor, acibaráis las dulzuras de esta tierna Madre? ¿Tan pronto se acabarán sus gozos y delicias? ¿No bastaba el mar de amargura que le estaba reservado en la Pasión de su Hijo? ¡Ay! ¿Qué placer tendrá en adelante, cuando abrace y acaricie a su querido Jesús? ¡Ah, hermosa frente, dirá; un día te veré taladrada con agudas espinas! ¡Ojos, ahora más claros que el sol, seréis un día eclipsados y cubiertos de polvo y de sangre! ¡Ay, manos purísimas; ay, tiernecitos pies; seréis un día atravesados con cruelísimos clavos! Y este cuerpo, tan delicado y hermoso, ¡veré yo un día rasgado con bárbaros azotes!


   ¡Siquiera se aprovechasen los hombres de esa Pasión! Pero ¡ay! ¡Oís que la Sangre divina que formáis con vuestra leche virginal será sacrílegamente profanada y perdida para muchos! No permitáis, Madre mía, que sea yo uno de ellos; quiero, sí, acrecentaros el consuelo, no la aflicción; quiero vivir de suerte que vuestro Hijo no me sea ocasión de ruina, sino de resurrección.

Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.


Coro:
¿Y tan presto, Simeón,
Dura muerte profetizas?
¡Ay! ¿no ves cuál martirizas
De la Madre el corazón?

Pueblo:
Por tan acerbo dolor,
Oh Virgen, cuando expiremos
Haced que el alma entreguemos
En las manos del Señor.


Segundo dolor
Huida a Egipto

   Qué sobresalto el de María cuando José la despierta, y le dice: ¡El Ángel del Señor manda que huyamos a Egipto con el santo Niño, y permanezcamos allí hasta nuevo aviso! ¡Qué precepto tan arduo! ¡Ir a Egipto, región idólatra, desconocida, de noche, sin despedirse de nadie, sin provisión alguna! ¡Cuáles serían los temores de la Madre, cuáles las incomodidades del tierno Infante, cuáles las congojas y trabajos de José! La peregrinación es larga, penosa y arriesgada; y cuando con su espíritu penetrante oyese el alarido de tantas madres, y viese correr la sangre de tantos niños inocentes, ¿cuál sería el dolor de aquel corazón tan compasivo?

   ¿Y querrás tú también, pecador, renovar pena tan acerba? ¡Ay! ¡Cuántas veces, más cruel que Herodes, quitaste con tus escándalos la vida a inocentes almas!... Perdona, oh dulce Madre mía; y por tan penoso viaje y tan precipitada fuga, haced que camine siempre por los senderos de la justicia, sin desviarme jamás, hasta llegar al suspirado término de la eterna salvación.

Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.


¡Qué congoja cuando visteis
Perseguido al tierno Infante,
Y con desvelo anhelante
En Egipto os guarecisteis!

Por tan acerbo, etc.


Tercer dolor
Pierde la Virgen a su preciosísimo Hijo


   ¡Cuál sería el dolor de María cuando advirtiese que había perdido a su Hijo! Búscale desconsolada, día y noche, entre parientes y conocidos; pregunta por él al cielo, a la tierra y a las criaturas todas; y nadie le da razón de su prenda adorada. Desanda el camino de Jerusalén; recorre las calles y plazas de la ciudad; y en ninguna parte encuentra a Jesús en tres días y noches enteras. Éstos fueron acaso los días más amargos de toda tu vida, oh desolada Madre; pues, aunque en la Pasión del Señor sufrió tanto tu corazón, te quedaba el consuelo de tenerle presente; y cuando te lo quitaron para darle sepultura, sabías a lo menos que era sin culpa tuya... Mas ahora te ves privada de su amable vista, y la humildad te hace temer no sea por tu culpa. Con esto ¡qué amargas lágrimas bañan tus mejillas! ¡Qué ayes, qué gemidos exhala tu corazón! Sólo comprenderá tu inmensa pena el que acierte a medir lo amable que es tu Hijo, y lo mucho que tú le amas.

   Pero ¡ay! pecador, sólo tres días perdió María la compañía de su Hijo, y sin culpa: ¡y a no sostenerla Dios, muriera de dolor! Y tú, habiendo perdido su gracia y amistad tantos años hace, y por tu culpa, ¡duermes, sin embargo tranquilo, te ríes y diviertes alegre! ¡Oh, monstruosa estupidez!

Padre nuestro, siete Ave Marías y un Gloria Patri.


Deshecha en un mar cíe llanto. . .
Buscas al Hijo amoroso:
Yo le perdí caprichoso;
¿Y no muero de quebranto?

Por tan acerbo, etc.

jueves, 6 de abril de 2017

No soy digno de acercarme a Dios (en la comunión) – Por Monseñor de Segur.




   Si esta razón fuese valedera, no podríamos comulgar nunca, porque, como dice San Ambrosio, “el que no es digno de comulgar cada día, ¿lo será al cabo de un año?”.

   Dices que eres indigno de comulgar; ¿pero no sabes que a medida que te vas alejando de Jesucristo, te haces indigno y más indigno de acercarte a El?

   Las faltas crecen cuanto menos frecuentes los Sacramentos, porque te privas de aquel Pan de vida que el concilio de Trento, con San Ignacio de Antioquía, propone a los fíeles como antídoto contra el pecado y prenda segura de la inmortalidad.

   Deja, pues, a un  lado esa falsa humildad, esa humildad de contrabando. Muy bien sabe la Iglesia que no eres digno de comulgar, y sin embargo te invita a hacerlo con frecuencia y con mucha frecuencia, si quieres llegar a ser un verdadero servidor de Dios. También sabe ella que no eres digno de comulgar, ni tú ni nadie, que obliga a todos sus hijos, a los sacerdotes y hasta a los mismos obispos, a decir, no una vez sola, sido tres  veces y del fondo del corazon, antes de comulgar: Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum. “Señor, no soy digno de que entres en mí.”

   La Iglesia no te hace comulgar porque seas digno, sino porque tienes necesidad de comulgar para ser lo menos indigno posible de tu santísimo y bondadosísimo Señor. Te exhorta a comulgar, no porque eres santo, sino para que puedas llegar a serlo; no porque eres fuerte, sino porque eres débil e imperfecto, inclinado al mal, fácil de seducir y pronto a pecar.

   El miedo a Dios no es una virtud; la perfección de la piedad es el amor. Ahora bien: el verdadero amor, lo que es igual, “la perfecta caridad echa fuera el temor,” El temor servil. La caridad nos conserva del temor, aquel respeto filial que se concilia admirablemente con la ternura y la confianza, y que podríamos llamar el respecto del amor. El temor servil, o más, es propio de esa piedad jansenista, tan falsa como peligrosa, que cierra y oprime el corazon, destruye el amor y la confianza, seca los más generosos sentimientos y arroja a las almas al vacío y a la desesperación.

   La verdadera humildad va siempre acompañada de la confianza. Un piadoso doctor del siglo cuarto se pregunta: ¿Cuál es más humilde, el fiel que comulga con frecuencia, o el que lo hace raras veces? Y responde sin vacilar: que es más humilde el que recibe más a menudo a Jesucristo, porque con esto da una prueba cierta y una señal indubitable de que conoce mejor su miseria y de que siente más la necesidad de remediarla.

   Ánimo, pues, y confianza; ve a Jesús, puesto que te ama, indigno como eres de su amor; dirígete á El con humildad, ternura y sencillez y fija más tú consideración en el amor que te tiene Dios que en tus propias miserias; que cuanto más comulgues más dignó serás de comulgar.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


martes, 4 de abril de 2017

Para comulgar a menudo es necesario ser más santo de lo que lo soy – Por Monseñor de Segur.




   Y para llegar a ser más santo de lo que eres, es necesario comulgar a menudo. ¿Quién de nosotros dos tiene razón? Evidentemente eres de los que consideran la sagrada Comunion, no como un medio, sino como una recompensa; error profundo, como decíamos  hasta no hace mucho.

   Es mucha verdad, que para comulgar frecuentemente, se necesita cierta santidad. Pero, ¿qué santidad es esa? ¿Es acaso la perfección de los grandes santos y de los mártires? De ninguna manera; sería de desear sin duda, pero no es un requisito la santidad exigida para la Comunion frecuente está a tu alcance y al de todos los verdaderos cristiano, como quiera que es simplemente el estado de gracia con el firme propósito de evitar el pecado y servir a Dios con fidelidad.

  ¿Se puede pedir menos? ¿No conoces que Dios te ha de pedir indispensablemente esta disposición del corazon, cuando sin ella no es posible que seas un verdadero cristiano? Porque, dime, ¿qué es un cristiano que permanece en estado de pecado mortal y se complace en el mal? Más aún; ¿qué es un cristiano, un hijo de Dios que, con deliberado propósito comete y ama el pecado venial?

   Como observa Bourdaloue  en su sermón sobre la comunión frecuente, no debemos confundir nunca lo que es de precepto con lo que es meramente de consejo, confusión que embrolla nuestra piedad y despuebla nuestros templos. Solo una disposición hay que sea de precepto para comulgar digna y útilmente, a saber, el estado de gracia, acompañado del firme propósito de evitar a lo menos el pecado mortal y las ocasiones que nos hacen caer en él. Esta es la ley que rige a toda Comunion, ora sea frecuente, ora no lo sea, ya se trate de la comunion cotidiana del sacerdote, ya de la pascual del común de los fieles. “Solo el pecado mortal, dice santo Tomás, es un obstáculo absoluto para la sagrada Comunion” y Suárez dice igualmente que, “ningún Padre ha enseñado que para comulgar digna y provechosamente se necesiten condiciones de mayor perfección” Que estas disposiciones más perfectas se han de desear y muy de desear, nadie lo pone en duda; la Iglesia las pide a todos los fieles, principalmente a los que comulgan a menudo. Pero al fin y al cabo estas mejores disposiciones son de conveniencia, de consejo, y no de precepto riguroso, ex quadan convenientia, como dice Santo Tomás, y un buen director, aunque las recomiende con las mayores instancias, no las exige de una manera absoluta, por miedo de privar a las almas del único remedio que las preserva tal vez de caídas más graves. Innecesario es añadir que cuanto más a menudo comulgamos, tanto más estamos obligados a tener una conciencia más delicada, a amar a Dios con un amor más puro y hacerle una entrega más total y generosa de todos nuestros afectos y sentimientos, potencias y sentidos; de suerte que tratándose de la Comunion cotidiana, el consejo se confunde con el precepto (Véase el Cielo Abierto, por el abate Favre, misionero de Saboya, donde se trata de esta materia con mas extensión.)

   De todo lo cual resulta que, para comulgar con frecuencia y dignamente, Nuestro Señor solo te pide en definitiva que seas un verdadero cristiano y que te halles sinceramente animado de buena voluntad. Esa buena voluntad, ¿la tienes? Responde en conciencia. Si no la tienes estás obligado a adquirirla; de otra suerte violas las sagradas promesas que hiciste en el Bautismo; y si la tienes, ¿por qué no ir a comulgar, a fin de robustecerla y confirmarte más y más en ella? Tal es el argumento claro y sin réplica que en otro tiempo dirigía a los fieles de Constantinopla el grande Arzobispo y doctor San Juan Crisóstomo: “O bien estáis en gracia de Dios, les decía, o no. Si estáis en gracia, ¿por qué no habéis de recibir la Comunion, que ha sido instituida para manteneros en ella? Si estáis en pecado, ¿por qué no habríais de ir a purificaros por medio de una buena confesion, y acercaros en seguida a la sagrada mesa, en donde recibiréis la fuerza necesaria para no volver a caer?”


“LA SAGRADA COMUNIÓN”




¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO III - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no) Este capítulo es imperdible, viene con ejemplos.




Háblase de algunos que han vuelto del otro mundo.

FRANCISCO: No extraño tu lenguaje, Adolfo queridísimo, porque es común evasiva de los librepensadores, cuando no saben qué responder o se ven acorralados por las razones del adversario, apelar a chirigotas (murgas) o meter a barato las cosas más serias. No cantes victoria ni aun en el terreno de los hechos, porque los hay, sí los hay, y muchos, que vienen a confirmar la palabra de Jesucristo.

   Oye uno que se refiere en la vida de Santa Liduvina. (Patrona de los enfermos crónicos) Floreció esta ilustre virgen padeciendo todo linaje de dolencias en el lecho del dolor por espacio de treinta y ocho años, pero sumamente favorecida del Altísimo congracias extraordinarias, entre otras con el don de penetrar lo más recóndito de los corazones de cuantos la visitaban.

   Fué un día a tratar con ella un mancebo, el cual ocultamente sostenía una amistad ilícita que le conducía tristemente a su ruina eterna. La Santa exhortóle á romper valerosamente las cadenas que le arrastraban a la perdición, y a emprender una vida casta y sólidamente cristiana. — ¿Y qué tiene usted que decir contra mí?, replicó el infeliz. ¿Por ventura puede Ud. poner tacha en mis costumbres? — ¡Ay, desgraciado!, exclamó la enferma. Acuérdese Ud. de lo que hizo ayer por la noche, a tal hora y en tal casa, y verá que su conducta no está cristianamente ajustada.

   Avergonzado el joven, fugóse a otro país lejano en compañía de la que era la piedra de sus escándalos. Allí permaneció por algunos años esclavo de sus torpezas, hasta que murió en la culpa su desgraciada manceba. Entonces tornó el pródigo a su patria, y la primera visita que hizo fué a la santa enferma, la cual le recibió con muestras clarísimas de caridad y de ardiente celo de su salvación.

   —Vamos, —le dijo, —dé Ud. gracias a Dios por haber roto los grillos que no le dejaban volver a su divino servicio. Arrepiéntase Ud. de sus extravíos, y hecha una buena confesión, emprenda una vida del todo cristiana.

   — ¡Cómo! ¿Y qué sabe Ud. de mis grillos y cadenas?—contestó él.

— ¡Oh, sí! Cónstame que se condenó por haber muerto infelizmente la que fué cómplice de sus liviandades. ¡Oh! ¡Si la viera usted sumida en aquel abismo de eternas llamas!...

—Entonces tal vez creería en ese infierno, con que tanto quiere Ud. intimidarme.

   Púsose la santa virgen en oración, y con ella consiguió del Señor que la infeliz condenada se apareciese al joven rodeada de llamas, y echando fuego por todas partes entre lastimeros gritos de rabia y desesperación.

ADOLFO: — Pero, vamos, ese hecho lo contará algún cronicón de la Edad Media...

FRANCISCO: —Ese hecho, y otros mil análogos a ése, lo cuentan los Bolandos, (orden religiosa) que, como tú debías de saber, son, en punto a sensatez y sana crítica, de lo más grave que se conoce.

ADOLFO: ¿Pero todo eso no podría ser obra de la imaginación, o efecto de fascinación hipnótica producida por la enferma? Si hubieran presenciado el hecho muchos testigos imparciales, otra fuerza tendría tu narración...

FRANCISCO: —Pero, hombre de Dios, si en aquellos tiempos no se hablaba siquiera de hipnotismo... ¿Y te parece idónea para esas comedias una pobre enferma, oprimida de indecibles dolores, retablo de penas y amarguras? Mas ya que te empeñas en que te cite oíros acontecimientos más ruidosos, escucha otro famoso y conocido que refieren los mismos historiadores, y lo confirmaron con juramento muchos testigos oculares, y que no ocurrió en la Edad Media, sino casi casi en nuestros días. Si lo niegas, también puedes negar que viviera Napoleón o que Pepe Botellas estuviera en Madrid.

ADOLFO: —Pues cuéntamelo, y a ver si me convences, que lo dudo.

   —Solía San Francisco de Jerónimo recorrer en procesión las calles y alrededores de Nápoles para reunir auditorio en alguna plaza y dirigirle su apostólica palabra. Sucedió un día que una mujer desvergonzada, no queriendo oír los sermones del santo misionero, y sintiendo que se acercaba la procesión a su casa, convidadas algunas mujeres de su laya, y entrando en la danza algunos mozalbetes, se pusieron adrede a mover ruido con castañuelas, sonajas y otros instrumentos, para obligar al predicador á que se fuera con el sermón a otra parte.

   Disimulaba el siervo de Dios con prudencia y caridad; pero aconteció una vez que, pasando por allí mismo con su procesión, vió cerrada la puerta de aquella mala mujer; y, vuelto a uno de los presentes, le preguntó: ¿Que es de la Catalina?  — Que así se llamaba la desgraciada. — ¿No lo sabe usted?, respondió el otro. —Pues ayer le acometió un dolor, y murió de repente sin poder decir ¡Jesús!

   En esto dijo el santo apóstol: — ¿Es muerta Catalina? ¿Y de repente? Vamos a verla. —Entró con todos los que pudieron penetrar en la casa donde estaba el cadáver, mirólo atentamente, oró un rato, y después, revestido de superior impulso, con voz gravísima le preguntó: — Catalina, ¿dónde estás? Dos veces le hizo la misma pregunta sin obtener contestación; pero renovando por tercera vez con mayor imperio la intimación –– Catalina, ¿dónde estás?— levantó la difunta la cabeza, abrió los horribles ojos con pavor de los circunstantes, y con voz espantable y cavernosa respondió: — ¡En el infierno!... ¡Por una eternidad!... ¡Estoy en el infierno! —Esto dicho, volvió a tenderse el frío cadáver, como antes. Todos salieron de la casa llenos de terror, y |a la salida iba el Santo repitiéndoles: — ¡En el infierno—Catalina, ¿dónde estás? —En el infierno; estoy en el infierno... ¡no! ... ¿Lo habéis entendido? ¡En el infierno, y por toda una eternidad!... ¡Oh Dios mío! ¡Dios tremendo y justiciero!...

   Tanta impresión hicieron estas palabras en aquel concurso, que muchos no quisieron volver a sus moradas sin primero confesarse, haciendo las paces con Dios.

domingo, 2 de abril de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? -CAPÍTULO II- (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Si Jesucristo ensenó y predicó alguna vez que había infierno, o si ha sido éste invención de curas y de frailes.

FRANCISCO: –– No sé, querido Adolfo, dónde podrás encontrar autoridades de mayor peso... Con todo, ya que así lo quieres voy a citarte otra irrefragable, que dudo te atrevas a rehusar.

ADOLFO:¿Qué autoridad es ésa? Porque yo, tratándose de que le tuesten a uno, las rechazo todas, todas, todas.

FRANCISCO: — La de aquel mismo que con su palabra divina creó aquella cárcel tenebrosa, y al imperio de su voz encendió las llamas eternas para castigo de los réprobos.

ADOLFO:¡Eso es mucho afirmar!

FRANCISCO: —Es la pura verdad, y lo vas a ver claro como la luz del sol.

ADOFLFO: —Veámoslo, pues.

FRANCISCO: — De los librepensadores, por lo menos aquí en España, muchos quieren pasar plaza de cristianos, y aun de buenos católicos...

ADOLFO: —Yo soy uno de ellos, y me tengo por tan buen cristiano como el mejor. Bien: ¿y qué?

FRANCISCO: —Que Jesucristo, cuya divinidad supongo que admites, y si no yo te la probaré en otra conversación, nos asegura en muchos lugares del Evangelio que hay infierno, y me parece que él debe saberlo mejor que los libre pensadores, que niegan el infierno; porque claro es que no os conviene que lo haya.

ADOLFO: —Te agradeceré me declares dónde y con qué ocasión asegura Jesucristo eso del infierno como lo entienden los curas. Fíjate bien.

FRANCISCO: —Escucha, amigo mío, y piénsalo bien, porque te importa. Refiérenos el sagrado Evangelio que, cuando el divino Maestro iba recorriendo los pueblos de la Judea y predicando en todas partes su doctrina de salvación y de vida, contó en una de sus conferencias esta instructiva historia

“Vivían a un mismo tiempo, y en el mismo lugar, un hombre muy acaudalado y otro muy pobre, llamado Lázaro; y en tanto que aquél vestía púrpura y lino finísimo, y comía regaladamente, celebrando espléndidos banquetes, éste, harapiento y desarrapado, y cubierto de llagas, yacía a la puerta del epulón; y deseando saciarse con las migas que caían de la mesa del rico, no hallaba quien se las diera, ni encontraba allí otro alivio más que el que viniesen los perros y le lamiesen las llagas.” Sucedió en esto que murieron entrambos; y al paso que Lázaro fué llevado por los ángeles a gozar dicha sin fin en el seno de Abraham, el ricachón fué sepultado en los abismos del infierno. El infeliz, sumido en aquel mar de tormentos, cuando, levantando los ojos, vió a lo lejos a Abraham y a Lázaro rebosando satisfacción, exclamó diciendo: —“¡Padre Abraham, compadécete de mí! Envíame a Lázaro, que venga a refrescar mi lengua con una gotita de agua, porque me abraso en estas llamas.” Respondióle Abraham: — “Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste bienes en abundancia, y que no tuviste compasión de los pobrecitos, y Lázaro sufrió con dulce paciencia y resignación los males que le cercaban; justo es que él reciba premio por su conformidad, y tú el debido tormento por tu falta de misericordia. Fuera de que media entre nosotros y vosotros un abismo insondable, de suerte que del todo es imposible vadearlo.” Ruégote, pues, ¡oh padre!, —replicó el rico,— que lo envíes a mi casa, donde tengo cinco hermanos, aún de que los amoneste que no sigan mi mal ejemplo, no sea que tengan ellos también la desgracia de venir a caer en este lugar de tormentos. Contestóle Abraham: —Tienen a Moisés y a los Profetas; que practiquen sus enseñanzas. —No basta eso, padre Abraham, —dijo el condenado; pero si alguno de los muertos fuese a ellos, entonces harán penitencia. Repuso Abraham: — Si no escuchan a Moisés ni a los Profetas, que se creen inspirados por Dios, aun cuando uno de los muertos resucitase y fuese a predicarles, tampoco le darían crédito, sino que lo atribuirían a magia y hechicería, como lo hacen con otros milagros.

sábado, 1 de abril de 2017

LOS CUATRO GRADOS DEL AMOR (en la comunión)





Discípulo. —Hábleme más, Padre, de este amor que debemos a Jesucristo, y del modo como podemos manifestárselo.

Maestro. —Este amor necesita manifestarse y completarse de cuatro maneras:

Primera: Con la presencia del Amado.

Segunda: Entregándose al Amado.

Tercera: Uniéndose a la persona amada, y

Cuarta: Sacrificándose por la persona añada. Las expresiones: “Quisiera estar siempre en tu compañía”, “ser siempre tuyo”, “hacer siempre lo que tú quieres”, “morir por ti”..., etc., etc., son expresiones corrientes entre dos personas que íntimamente se aman; son las expresiones que usa Jesucristo con nosotros, y no solamente las pronuncia con los labios, sino que las ratifica con las obras en el Santísimo Sacramento.

¿Qué ha hecho y qué hace constantemente Jesucristo en la Eucaristía?

Primero: Está con nosotros, noche y día, en nuestras iglesias.

Segundo: Se entrega por completo a nosotros: su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad; quiere ser todo nuestro y estar constantemente a nuestra disposición.

Tercero: Se une íntimamente a nosotros y se hace una sola cosa con nosotros en la Santa Comunión.
Todos los días se renueva en la Santa Misa el sacrificio que hizo por nosotros en el ara de la Cruz. Así es como El completa y perfecciona su amor para con nosotros.

D. —Entonces, si Jesucristo ha instituido la Santísima Eucaristía para completar y perfeccionar su amor para con nosotros, ¿nosotros debemos hacer lo mismo por El?

M. — Claro que sí; debemos, en primer lugar, desear su compañía, y después acompañarle de veras, quedándonos el mayor tiempo posible en la iglesia, desde donde nos llama y en donde nos espera con verdadera ansiedad: “Venid a Mí todos, porque mis mayores delicias consisten en estar con los hijos de los hombres”.

San Juan Bautista Vianney, cura de Ars, contemplaba un día, a un campesino sencillo que, con la mirada clavada en El Sagrario, pasaba largas horas en la iglesia. Lo preguntó qué era lo que hacía tanto tiempo y el campesino le contestó con la mayor sencillez: —Miro yo a Jesús, y El me mira a mí, y los dos quedamos satisfechos—. Dichosos nosotros si llegamos a contentar a Jesucristo, que pide nuestra correspondencia a su amor; darle gusto, estando en su compañía. Mirarle sin más preocupación... Él nos mirará a nosotros, satisfecho del mutuo amor.

D. — Seguramente será éste el mejor modo de prepararse para comulgar y para dar gracias, ¿verdad, Padre?

M. — Ya lo creo, y también el mejor medio de santificarnos.

El Venerable Siervo de Dios Andrés Beltrame, sacerdote salesiano, después de una larga enfermedad que había agotado sus fuerzas, pidió una habitación que tenía una ventana mirando a la capilla, y desde ella pasaba las horas del día y de la noche mirando a Jesús, hablando con El, suspirando, de tal manera que todo el día y gran parte de la noche hacía la guardia a Jesús, quien le daba fuerzas para sufrir y callar, para sufrir y sonreír en el dolor, tener pena y cantar, sintiéndose y siendo en realidad feliz con su suerte, a pesar de su continua inmolación e incesante martirio.

D.¿Y se santificó?

M.Sí, por cierto; y tal vez dentro de poco le veremos elevado al honor de los altares.

En segundo lugar debemos corresponder mutuamente al don preciosísimo de sí mismo que Jesucristo nos ha hecho y continuamente nos hace, ofreciéndole cada vez que vayamos a su encuentro, y, sobre todo, cuando le recibamos en la Sagrada Comunión nuestra mente, nuestro corazón, nuestras alegrías y nuestras penas, nuestras buenas obras y todo lo nuestro, como flores, luces, adornos y encajes para su altar y limosnas para sus pobres. Así hicieron los primeros cristianos y todos los verdaderos amigos de Jesús.

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO I - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Si los que creen en el infierno son los sabios o los tontos de capirote.

   Allá por el mes de Marzo dirigíanse muy de mañana a la estación de Francia, en Barcelona, dos amigos de la niñez, sin que al principio se conocieran. Era el uno sumamente piadoso y notablemente instruido, y había conservado en su corazón las santas máximas que, desde niño, había aprendido de sus cristianos padres; el otro, aunque de bueno y generoso corazón, se había dejado avasallar por amigos perversos, esclavos todos del progreso y la incredulidad del día. Llamábanse este Adolfo, y el otro Francisco.

   Habiendo tomado entrambos su billete para Tarragona y metídose en el anchuroso andén, iluminado aún por numerosos focos eléctricos, conociéronse y se saludaron con gran cariño.

FRANCISCO: —Adolfo, —dijo el uno, — ¡qué placer experimento en poder saludarle después de tantos años de no haberte hablado!

ADOLFO: —No es menor el mío, Francisco, — contestó el otro, —en poder departir contigo, pues tales ideas bullen por mi cerebro que no me han dejado descansar en toda la noche, y tengo necesidad de desahogar mi corazón con alguno que me entienda.

FRANCISCO: — ¿Algún disgustillo de familia?

ADOLFO: —Nada de eso.

FRANCISCO: — ¿Pues?

   Al ir Adolfo a exponer sus inquietudes interrumpióse la corriente eléctrica, apagóse la luz y quedaron los interlocutores casi a obscuras, sin otra luz más que la que despedían el fuego y los faroles de las máquinas que por allí maniobraban.

FRANCISCO: — ¡Qué espectáculo más bello, — exclamó Francisco, —contemplar, en medio de las densas tinieblas que nos envuelven, el movimiento de esas locomotoras!

ADOLFO: Chico, ¿no te parecen a ti grandes monstruos que se mueven por arte de brujos o del mismísimo Satanás? Mira: para mí, esos dos grandes faroles encarnados en la testera semejan dos ojos ardientes como dos inmensas ascuas; la gran caldera cilíndrica sostenida por cuatro ruedas, el cuerpo enorme de la fiera; y los golpes de las bombas arrojando vapor, los resoplidos de sus potentes pulmones despidiendo hálito vaporoso.

FRANCISCO: –– ¡Mira qué imponente es su marcha! No sería por cierto más grave y majestuosa la del megaterio, cuyos restos colosales y prehistóricos se conservan en el Museo de Madrid.

 ADOLFO: — Muy poético estás, Paco del alma.

FRANCISCO: Honra que me haces, y condena mi indiscreción... — Fuera, pues, poesías, y vamos a tus angustias.

   En aquel instante volvió a brillar la luz eléctrica, y se dispusieron a tomar asiento en su vagón.

ADOLFO: –– ¿De qué  has tomado?— preguntó Adolfo.

 FRANCISCO: — Pues, hijo, tercera porque no hay cuarta. Estamos en tiempos de economías, y deseo ahorrar para mis pobrecitos.

 ADOLFO: — Pues yo primera, que los obreros tenemos tan buen paladar como los ricachos y burgueses; pero con sumo gusto entraré contigo en tercera y te manifestaré mis cuitas.

   Metiéronse en el coche, y sentados el uno enfrente del otro, sonó el silbato y arrancó el tren para Tarragona.

FRANCISCO: — ¿Y qué te pasa, hombre, qué te pasa, que estás tan pensativo que no parece sino que tienes dolor de muelas o te persiguen los acreedores?

ADOLFO: — Pues bien, te lo voy a decir aunque te rías de mí. Me pasa una cosa muy rara. ¿Quieres saber quién me persigue? Pues esos demontres (sabiondos) de curas, que no dejan a uno en paz ni de día ni de noche. Ayer, arrastrado por mi esposa, fui a oír una conferencia en la iglesia del Sagrado Corazón. Nunca hubiera ido. ¿De qué dirás que fué la bendita conferencia?

FRANCISCO: — ¿Del infierno?

ADOLFO: — Cabalmente. Y lo de siempre. El Padre de almas se despachó a su gusto, y nos envió a todos adonde esos benditos curas, que no tienen ni talento, ni caridad, ni sentido común, nos envían siempre... pues nada... a las calderas de Pedro Botero. (El diablo). Pero, ¡mira tú que es cosa! Que no han de poder jamás dejarnos en paz y en gracia de Dios, y que no ha de haber más que infierno por arriba, infierno por abajo, demonios por acá, diablos por allá, eternidad por siempre jamás amén, y amenazarnos sin cesar con convertirnos en chicharrones de Satanás si no arriamos bandera y nos hacemos frailes, beatos o poco menos.
¡Créanlo o no lo crean, gritaba el jesuita como un energúmeno, témanlo o no lo teman, allí, en aquellas llamas eternas, encendidas por el soplo de la justicia de Dios, arderán por siempre jamás, si no se convierten a Dios y lloran sus extravíos, los librepensadores, los masones, los impíos... los... los...! ¡Qué sé yo!... Metió en el infierno a media humanidad... Casi no quedaban fuera más que las beatas (que eran las primeras que yo mandaba a aquellos barrios) y los chiquillos. Vamos, que el tal curita era un intransigente, un exagerado, un hombre inverosímil en este siglo...

FRANCISCO: — Y tú, ¿qué sentías al oír esas verdades? Te picaban, ¿es verdad? No me engañes. Aun me parece que te pican las palabras del Padre, y por eso te rascas...

UNA IMAGEN PARA CONTEMPLAR.




No quiero agregar ninguna publicación a esta imagen, creo que es para contemplarla simplemente. Talves, no lo se, les diga alguna cosa a su corazón.