lunes, 9 de enero de 2017

Estudio teológico sobre las “Revelaciones Privadas” (Parte II) Es sumamente importante su lectura para no llamarse a engaños.




II°. REGLAS PARA EL DISCERNIMIENTO DE LAS REVELACIONES.

   Para discernir bien las verdaderas revelaciones, y saber descubrir lo humano que en ellas pudiera tener parte, conviene mucho señalar reglas lo más determinadas que sean posibles. Estas reglas se refieren a la persona que recibe las revelaciones, al objeto acerca del cual versan, a los efectos que causan, y a las señales que las acompañan.

A) Reglas concernientes a la persona que recibe las revelaciones.

   Verdad es que Dios puede hacer revelaciones a quien le plazca, aún a los mismos pecadores; pero de ordinario no las concede sino a las almas, no solamente fervorosas, sino elevadas ya al estado místico. Por lo demás, aun para interpretar las revelaciones verdaderas es necesario conocer las buenas dotes y defectos de quienes creen haber sido regalados con revelaciones. Es menester, pues, examinar sus dotes naturales y sobrenaturales.

   a) Dotes naturales: 1) en cuanto al temperamento, ¿son gente bien equilibrada; o tocada de psico-neurosis o de histerismo? Claro está que, en el último caso, hay razón para poner en cuarentena las pretendidas revelaciones, porque tales temperamentos padecen frecuentes alucinaciones. 2) Por lo que toca al estado mental, ¿es persona discreta, de rectitud de juicio; o de imaginación exaltada, y de excesiva sensibilidad? ¿Es persona instruida, o ignorante? ¿Dónde aprendió lo que sabe? ¿No habrá quedado enflaquecido su espíritu por alguna enfermedad o por largos ayunos? 3) En cuanto a la moral, ¿es persona de verdad sincera; o acostumbra a exagerar la verdad, y a veces a inventar lo que no pasó? ¿Es de temple sosegado, o apasionado?

   La respuesta a estas preguntas no probará ciertamente la existencia o no existencia de una revelación, pero servirá mucho para juzgar del valor del testimonio que dan los videntes.

   b) Con respecto a las cualidades sobrenaturales habrá de mirarse si la persona: 1) es de sólida virtud, largamente probada, o sólo de fervor más o menos sensible; 2) si tiene sincera humildad y profunda, o, por el contrario, le gusta figurar y contar a todos los favores espirituales que dice recibir; la verdadera humildad es la piedra de toque de la santidad; y, cuando falta, es ésta muy mala señal; 3) si manifiesta a su director las revelaciones, en vez de andarlas contando a los demás y si dócilmente sigue los consejos del director; 4) si ha pasado ya por las pruebas pasivas y los primeros grados de la contemplación; especialmente si tuvo éxtasis alguna vez en su vida, o sea, si practica en grado heroico las virtudes: de ordinario guarda Dios las visiones para las almas perfectas.

   Téngase muy presente que el darse estas dotes no prueba la existencia de una revelación, sino que sólo hace más creíble el testimonio del vidente; y que la falta de ellas, sin probar la no existencia, la hace poco probable.

   Además, tales averiguaciones servirán para más pronto descubrir las mentiras y las ilusiones de los pretendidos videntes. Hay ciertamente quienes por soberbia, o para darse importancia, fingen voluntariamente éxtasis y visiones. “Tal aconteció con Magdalena de la Cruz, franciscana de Córdoba, en el siglo XVI, la cual, habiendo hecho pacto con el demonio ya en su niñez, entró en el convento a la edad de diez y siete años, y fué por tres veces abadesa de su monasterio. Con la ayuda del demonio, fingió todos los fenómenos místicos, éxtasis, elevación en el aire, llagas, revelaciones y profecías cumplidas muchas de ellas. Creyéndose estar para morir, hizo confesión de todo, que después retractó; fueronle leídos los exorcismos y encerrada ella en otro convento de su orden. Cfr. Poulain, Gráces d 'oraison, cap. XXI, n. 36.” Otros, muchos más en número, padecen ilusión, por ser de imaginación muy viva, y toman sus propios pensamientos por visiones o locuciones interiores. “Santa Teresa lo dice muchas veces: “Acaece a algunas personas, y sé que es verdad, que lo han tratado conmigo, y no tres o cuatro, sino muchas, ser de tan flaca imaginación, o el entendimiento tan eficaz, o no sé qué es, que se embeben de manera en la imaginación, que todo lo que piensan, claramente les parece que lo ven”. (Castillo, moradas sextas, cap. IX, n, 9).”

B) Reglas concernientes a la materia de las revelaciones.

   En esto es donde debemos poner mayor atención; porque toda revelación, que fuere contraria a la fe o a las buenas costumbres, debe rechazarse sin compasión, según la doctrina unánime de los Doctores, fundada en aquellas palabras de S. Pablo: “Aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas I, 8). Dios no puede contradecirse, ni revelar cosas contrarias a lo que nos enseña por medio de su Iglesia. De aquí dimanan unas cuantas reglas que vamos a exponer.

   a) Se ha de tener por falsa toda revelación privada que se hallare en contradicción con cualquiera verdad de fe: tales son, por ejemplo, las pretendidas revelaciones espiritistas, que niegan muchos de nuestros dogmas, en particular la eternidad de las penas del infierno. — Igualmente, si fueren opuestas al sentir unánime de los Santos Padres y Teólogos, que constituyen una de las formas del magisterio ordinario de la Iglesia.

   Cuando se tratare de una opinión controvertida entre teólogos, se ha de tener por sospechosa cualquier revelación que intentara dar la solución de ella, por ejemplo, que terminara la controversia entre tomistas y molimistas; porque no suele Dios intervenir en cuestiones de esa clase en favor de Unos o de otros.

   b) También debe rechazarse cualquier visión que fuere contraria a las leyes de la moral o de la decencia: por ejemplo, las apariciones de formas humanas desnudas, el lenguaje trivial o inmodesto, descripciones minuciosas, y con muchos pormenores, de vicios vergonzosos que no pueden menos de ofender al pudor. “A mediados del siglo XIX, una vidente, llamada Cancianila, sorprendió la buena fe de un piadoso obispo, el cual publicó una revelación falsa que contenía una descripción horrible de las costumbres de los sacerdotes de su diócesis; obligáronle a presentar inmediatamente la dimisión. (Poulain, op. cit. y cap. XXII). Quizá por esa misma razón se haya prohibido la publicación del Secreto de Melania. Dios no hace revelaciones sino para el bien de las almas, y por eso no puede ser jamás autor de las que por su naturaleza inclinan al vicio.

   Por razón de este mismo principio son sospechosas las apariciones que se muestran sin dignidad, o sin recato, y, con mayor razón, todas las evidentemente ridículas; ésta última es la marca de las imitaciones humanas o diabólicas: así fueron las del cementerio de Saint-Médard.

   c) Tampoco pueden admitirse como de Dios los mandatos imposibles de realizar, teniendo en cuenta las leyes providenciales y los milagros que Dios ha solido hacer: Dios no manda cosas imposibles. “Cuéntase en la vida de Santa Catalina de Bolonia, que se le aparecía a veces el demonio en figura de Cristo crucificado, y le mandaba, bajo pretexto de perfección, cosas imposibles, para desesperarla” (Vita altera, cap. II, 10-13 en los Bolandistas, 9 de marzo)

C) Reglas tocantes a los efectos causados por las revelaciones.

domingo, 8 de enero de 2017

HERIDAS DE AMOR




¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues rae lo has robado
¿por qué así lo dejaste
y no tomas el robo que robaste?
San Juan de la Cruz.

   Aun cuando estas materias, por su elevación, escapan a quienes nos arrastramos todavía a ras del suelo, con todo, siempre será útil y provechoso ver a qué altura puede ascender un alma con el poder de Dios. Por eso vamos a enumerar aquí las mercedes que la Divina Bondad hizo a Rosa, según nos lo refiere ella misma, transcribiendo los lemas explicativos que acompañan a los corazones que son el símbolo preferido por la Santa. Copiemos antes la glosa con que anota las tres primeras de su escrito: “Hechas todas estas mercedes en diferentes ocasiones que no puedo numerar, porque las he recibido repetidas veces, alternándose gran padecer y muy exquisitos crisoles, como en varias ocasiones tengo escrito, para gloria de Dios”.

   “Primera merced de heridas que recibí de Dios. Con lanza de acero me hirió y se escondió”. Este herir y esconderse del Amado nos recuerda los delicados versos de San Juan de la Cruz:

¿A dónde te escondiste,
Amado y me dejaste con gemido?
Como ciervo huíste,
habiéndome herido:
salí tras tí clamando; y eras ido.

   Y nótese aquí y para lo de adelante que Rosa en sus ascensos místicos no conoció los tanteos de los principiantes, cosa que llenaba de admiración a su confidente el Dr. Castillo, ni anduvo por las oscuridades de los menos perfectos sino que de un vuelo, puede decirse, ascendió a aquel grado, descrito por Santa Teresa en las Moradas Sextas, en donde se nos habla de “aquellos impulsos delicados y sutiles que proceden de lo muy interior del alma”. A este grado se siguen otros dos: el primero lo representa Rosa por un corazón dentro del cual se ve la figura de Jesús Niño. Alrededor escribe la Santa: “Aquí descansó Jesús, abrasándome el corazón”. Luego le presta alas a la vital entraña y el ribeteado lema dice: Vuela para Dios: el campo del corazón lo llenó Dios de su amor, haciendo morada en él.

   Síguese luego un apunte biográfico de inapreciable valor que nos obliga a lamentar más aún la pérdida de sus cuadernos. Dice así Rosa: “Estas tres mercedes recibí de la piedad divina antes de la gran tribulación que padecí en la confesión general, por mandato de aquel confesor que me dió tanto en que merecer, después de haber hecho la confesión general y de haber padecido cerca de dos años de grandes penas, tribulaciones, desconsuelos, tentaciones, batallas con los demonios, calumnias de confesores y de las criaturas, enfermedades, dolores, calenturas y, para decirlo todo, las mayores penas del infierno que se puede imaginar, en estos años últimos. Habrá unos cinco años que recibo del Señor las mercedes que en este medio pliego de papel he puesto por inspiración del Señor y experiencia de mi propio corazón, aunque
Indigno”.

   La senda por donde se llega a la perfecta unión con Dios está erizada de espinas y la vía de la más alta santidad no puede carecer de cruces, por eso Rosa es afligida antes de llegar a los brazos del Esposo, confirmando con su propio ejemplo lo que ya he apuntado de esta escala mística, esto es que por ella no se sube sino es con humillación y dolor. Los grados siguientes corresponden a lo que pudiera llamarse purificación pasiva y Rosa los representa por medio de corazones, unas veces atravesados con rayos de amor, otro herido con flecha o sumergido en Dios, orlándolos con otros signos y con los siguientes lemas por su orden:

   “Aquí padece el alma una impaciencia santa. Corazón lleno del Divino Amor escribe fuera de sí”.

   “Corazón atravesado con rayo de amor de Dios”.

   “Corazón herido con flecha de amor divino”.

   “Hallé al que amaba mi alma: téngole y no lo dejaré”.

   “¡Oh dichoso corazón que recibiste en arras el clavo de la pasión!”

   “Llagado corazón con el fuego del amor de Dios, en cuya fragua se labra. Sólo sana quien ya labró con amor”.

   "Fulcite me floribus, stipate me malis quia amore langueo” (Adornadme con flores, cubridme de manzanas que adolezco de amor)
.
   “¡Oh dulce martirio que con arpón de fuego me ha herido!”

   “Corazón herido con dardo de amor divino da voces por quien hirió”.

   "Purifícate, corazón, recibe centella de amor puro para amar a tu Creador. Desata, Señor, el nudo que me detiene”.

   Finalmente, Rosa pinta seis alas pequeñas al corazón y debajo de él coloca la cruz, inseparable compañera siempre del alma, pero que, en llegando a este estado apenas se siente, hecho que Rosa simboliza dejándole sólo un punto de contacto con el corazón y luego dibuja la imagen de la Santísima Trinidad y deja que en su seno se pierda un corazón sin herida alguna, escribiendo al lado de estos místicos emblemas estas palabras:

   “Arrobo, embriaguez en la bodega, secretos de amor divino. ¡Oh dichosa unión, abrazo estrecho con Dios!”

   Lo expuesto no hace más que levantar la punta del velo que cubría el interior de la celda que Rosa había fabricado en su alma, a imitación de su maestra Santa Catalina de Sena, pero ello es bastante para que con justicia podamos colocar a la virgen limeña al lado de la extática y estigmatizada virgen sienesa, de Teresa de Jesús o de Magdalena de Pazzi. Como bien advierte el P. Getino, de haber vivido más tiempo la Santa, muerta a los treinta y un años de edad, es casi seguro que nos hubiera legado otros testimonios de sus conocimientos en la mística y habría podido sin recelo parangonarse con aquellas ilustres santas.

“Vida de Santa Rosa de Lima”

P. RUBEN VARGAS UGARTE S.J.


Amor inmenso de Jesucristo (en la Eucaristía)



Discípulo. — Padre, estoy muy satisfecho de las explicaciones tan hermosas que usted me da, y disfruto mucho. Haga el favor de explicarme lo que sigue:
 Jesucristo es Dios, y siendo así que ha previsto todos estos abusos y sacrilegios cometidos por los malos cristianos contra su Sacramento de Amor, ¿por qué aun así lo instituyó?

Maestro. — ¡Ah, querido! Jesucristo es Dios y ha previsto también la ingratitud de los hombres, sus redimidos: la traición de Judas, el odio de los fariseos, la villanía de Pilatos, su pasión y muerte; no obstante, quiso someterse a estas pruebas con tal de salvar muchas almas, todas las que aprovecharan de su redención.

Dios había previsto que muchos tendrían indigestiones por comer el pan común, y que habría quien se embriagaría bebiendo vino; no obstante, creó el pan y creó el vino. Asi mismo, preveía el abuso de los sacrilegios en la Comunión, pero quiso instituirla con tal de proporcionar a todos una prenda de su amor inmenso, un alimento espiritual, proporcionado a sus almas, una fuerza que restableciera todas nuestras debilidades, un remedio para todos nuestros males espirituales y una señal cierta de nuestra salvación eterna.

D. — Luego Jesucristo, instituyendo la Santísima Eucaristía, ¿ha preferido nuestro provecho a ser El despreciado?

M. — Así es; Jesucristo es como una madre buena. ¿Nunca has pensado cómo se ha formado el amor de las madres de la tierra? Ellas, por experiencia común, saben y comprenden cuánto tendrán que sufrir y soportar cuando sean madres; prevén y conocen la ingratitud de sus hijos, la poca correspondencia a sus sacrificios, la multitud de desilusiones a que estarán sujetas; tienen ante su vista el ejemplo de tantas madres, compañeras suyas, amigas y parientes; no obstante se resignan y dicen: ¡qué le vamos a hacer!, ¡hágase la voluntad de Dios!

Y cuando ya constatan la realidad de las más duras pruebas, las ingratitudes y los desprecios, entonces no se arrepienten, no maldicen su suerte ni a sus ingratos hijos, sino más bien los soportan con paciencia, los toleran, los aman y les atienden, dispuestas en todo momento a sufrirlo todo por ellos, hasta la misma muerte. Son más felices y más gozan por el beso del niño bueno, de lo que sufren por los disgustos y sinsabores que reciben de los otros hijos malos.

D. — Es cierto. Cada día puede apreciarse lo que Ud. dice, en todas las madres.

M. — Entonces, si el amor de una madre, que es puramente humano, goza de tal poder, ¿dejará de ser mayor y más sublime el amor de un Dios?

D. — Está bien; pero Jesucristo, al instituir la Sagrada Eucaristía como alimento, esto es, instituyendo la Comunión, debería haberla dejado solamente como premio para los buenos.

M. — Pues así lo ha hecho. Premio y alimento es para los buenos; no excluye a los malos, ni los aparta; únicamente les condena.

D. — Entonces, ¿por qué los malos comulgan sacrílegamente?

M. — Por la malicia de los hombres, por un abuso y una perversidad que no tiene nombre. ¡Si Jesucristo la tolera es por su misericordia, que es infinita! Ha venido a salvar a todos los hombres, aunque pecadores, y en verdad los ama, no como pecadores, sino para que se conviertan y se salven. Para esto los soporta y los aguanta, diciéndoles sin cesar: Venid a Mí todos. Venid a Mí todos los que estáis fatigados y oprimidos por el peso de vuestros pecados, que Yo os aliviaré. En una palabra, les aguanta y los tolera con la esperanza de que vuelvan en sí y cambien de conducta. ¿Recuerdas la parábola de la cizaña?

Un gran señor dió buena semilla a sus criados, y les mandó que fueran a sembrarla en sus tierras. Los criados hicieron lo mandado, y, al llegar la primavera, cuando visitaron las tierras, se dieron cuenta de que, juntamente con el trigo, había nacido gran cantidad de cizaña. Entonces fueron a su amo y, contándole el hecho, le dijeron:

— Si usted quiere, iremos a arrancarla.

— De ninguna manera, contestó el amo, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis al mismo tiempo el trigo. Dejad que crezcan los dos, y, cuando llegue la siega, separaremos el grano con el grano, y la cizaña, atándola en haces, la echaremos a la lumbre.

     Ve aquí, mi querido discípulo, el consejo sapientísimo de Dios: Esperar, tener paciencia, y después, al tiempo de la siega, a la hora de la muerte, el grano, los buenos, a los graneros del cielo, y los malos, la cizaña, al fuego del infierno.

Así sucederá en la Comunión: el que comulga dignamente irá al cielo, pues la Comunión es prenda de la vida eterna; el que abusa irá al infierno, puesto que come su mismo juicio y condenación.

D. — ¿Qué adelantan entonces los malos con comulgar mal?

M.¿Y qué sacan los delincuentes con cometer tantos delitos, traicionando a la patria, deshonrando a la familia? Nada, lo hacen por depravada intención y por mala voluntad, por desahogo de sus pasiones y por odio. Por esto, los sacrílegos, ni ganan nada, ni les interesa comulgar mal; lo hacen por los motivos arriba expresados. Son delincuentes en materia de religión, miserables y desgraciados, dignos de compasión y de que los buenos recen por ellos.

D. –– Yo rezaré por ellos, porque he aprendido que rezar por los pecadores es cumplir con un deber de caridad. Ahora, Padre, pasemos a otra cuestión.


 “COMULGAD BIEN”


Pbro. Luis José Chiavarino

¿Con que frecuencia debemos confesar?



Discípulo. ––Y ahora, Padre, tenga a bien decirme: ¿con que frecuencia se deberá uno acercarse a la confesión?

Maestro. ––Con la mayor frecuencia posible. Los santos nos dieron antes el ejemplo, hasta parecer una exageración la frecuencia con la que se acercaban a la confesión. Citaré tan solo algunos: San Francisco de Sales, en su reglamento de vida escribió: “Me confesaré cada dos días o a lo más tres”. San Vicente de Paul se confesaba dos veces por semana. San Felipe Neri se confesaba cada dos días, y así quería que lo hicieran sus religiosos. San Vicente Ferrer, San Carlos Borromeo, San Ignacio de Loyola, San Luis Bertrán, San Andrés Avelino y otros muchos, se confesaban diariamente.

D. —Pero esto, Padre, era una verdadera exageración, quizás lo hacían por pasatiempo o escrúpulo.

M. —De ningún modo. Estos eran hombres muy activos y que estaban muy lejos de dejarse dominar de los escrúpulos. Lo hacían por mantenerse en gran pureza de conciencia, y para poder gozar de las múltiples ventajas de este Sacramento.
San Leonardo de Porto Mauricio, infatigable apóstol de Italia, después de haber tenido la buena costumbre de confesarse todos los días constantemente, cuando llegó a la edad de cuarenta y dos años, pensó duplicar la frecuencia, según escribe en su reglamento particular de vida: “Desde ahora en adelante me confesaré dos veces al día, a fin de acercarme al altar con suma pureza; y también para acrecentar la gracia que espero se aumente más en una sola confesión que en muchas otras buenas obras, de cualquier clase que ellas sean”

D. —Padre, me parece que aquí se puede aplicar aquello de que comiendo se entra en apetito.

M. —Así es efectivamente. En nuestro caso, o sea, en la confesión frecuente, así sucede, sin duda de ninguna clase. Dichosos los que sienten esa hambre y sed espiritual, y por el contrario, desgraciados los que están lejos de sentirla, porque morirán de inanición.

D. —Dígame, Padre, ¿estos Santos tomaban esta divina medicina sólo para su provecho particular?

M. —Nada menos, sino que la inculcaban constantemente a los demás, y se constituían en generosos despenseros de la misma, aún a costa de grandes sacrificios. San Felipe Neri, solía predicar que si tuviese ya un pie en el Paraíso y alguien le llamare para confesarse, se volvería inmediatamente para cumplir su ministerio.
San Ambrosio predicaba a sus oyentes: “Aunque estuviese en lo más profundo del sueño, venid, llamad, despertadme para confesaros”
San Francisco de Sales interrumpió un viaje urgente para confesar a un pobre viejo.
¿Y qué diré del Beato Sebastián Valfré, de San José Cafasso, de San Juan Bosco, que pasaban en el confesionario noches enteras, ya en los hospitales, ya en las cárceles?

D. —Esto prueba que la confesión lo es todo, ¿no es verdad, Padre?

M. —Ciertamente. Bastará la confesión para restaurar las sanas costumbres en las ciudades y naciones más corrompidas. En este sagrado ministerio se conocen los verdaderos obreros del Evangelio, se dedican a la confesión todo el tiempo disponible.
D. —En cuanto a mí, Padre, cuanto más me confieso peor soy... siempre con mayores defectos.

M. —No es verdad... Son defectos que ya los tenías y no reparabas en ellos. La confesión te alumbra para conocerlos, para detestarlos, para combatirlos, para corregirlos.
Cada absolución, nos dice San Francisco de Sales, es como un nuevo sol que resplandece en el oscuro aposento de la conciencia.

D. —Siendo esto así, todo cristiano debería acercarse a la confesión lo más frecuentemente posible. 
¿No existe regla fija para las diversas clases de personas?

M. —Existe y es la siguiente:
Para vivir vida cristiana basta confesarse tantas veces cuantas fueren necesarias para evitar el pecado mortal; pues por el pecado mortal el alma muere y ya no es hija ni seguidora de Jesucristo.
Para llevar una vida piadosa, lo menos que debe pedirse es confesarse una vez cada mes; digo, por lo menos una vez al mes, porque, pudiendo sería de desear mayor frecuencia, ya que no se concibe una sincera devoción con el descuido de un medio tan importante de santificación.

Finalmente, para aquellas almas fervorosas que aspiran a una íntima unión con Dios, es indispensable la confesión semanal, porque la confesión no sólo es un remedio, sino también un reconstituyente y es menester tomarlo en períodos fijos, para que su efecto no sufra detrimento.

D. —Padre, ¿qué es eso de íntima unión con Dios?

M. —Es lo que los teólogos llaman vida interior: he aquí cómo la describe el Santo Vianney, cura de Ars: “La vida interior es un baño de amor en la Sangre de Jesucristo, en la cual se sumerge el alma y queda anegada. Dios acoge entre sus brazos a estas almas, como la madre la cabeza de su hijo para cubrirla de besos y de caricias”

D. — ¡Dichosas almas! ¿Y para ellas es necesaria la confesión semanal?

M. —Sí, porque no serían suficientes los demás medios, sin la constancia en la confesión.

D. —Padre, ¿no sería conveniente confesarse más de una vez por semana, como hacían los santos?

M. —Tratándose de sacerdotes, respondo afirmativamente, según el consejo y la práctica de los Santos. Siendo ellos los dispensadores cuotidianos de la Sangre de Cristo. ¿Quién se atreverá a limitarles su uso en provecho propio? Tratándose de otras personas, digo: A menos que se tenga pecado mortal, la mejor regla es atenerse a la confesión semanal.

D. ¿Por qué?

M. —Porque una larga experiencia ha dado a conocer que salvo pocas excepciones la confesión más frecuente que de ocho días, especialmente tratándose de mujeres, no santifica las almas, sino que las vuelve escrupulosas, egoístas, importunas, caprichosas.
Él que sienta mayor deseo de la absolución, recurra a la absolución espiritual.

D. ¿La absolución espiritual? Jamás había oído hablar de ella, Padre.

M. —Pues bien, como hay comunión espiritual, así también hay absolución espiritual. No debe causarte esto maravilla, porque si la contrición perfecta, con el deseo de la confesión, es capaz de borrar del alma los pecados mortales, también obra ciertamente el mismo efecto con los pecados veniales.

D. —Así ¿no sólo una absolución por semana, sino cuantas deseen, aunque sean varias al día?

M. —Así mismo.

D. ¿Y si tuviese pecados mortales y hubiese posibilidad de confesarse?

M. —Entonces, ve a confesarte cuantas veces sea necesario y cuanto antes puedas. En cuanto a mí, debo decir que me he arrepentido siempre que por un motivo u otro he diferido la confesión. Hay que poner en práctica el consejo de San Felipe Neri y de su digno imitador San Juan Bosco: No acostarse nunca en pecado mortal.

Monseñor De Segur cuenta que un niño había prometido a Jesús no echarse a dormir en conciencia de pecado. Sucedió que un mal día, por desgracia cometió un pecado, y quiso cumplir su promesa. Aunque era de noche, con muy mal tiempo y lejos de la iglesia, sin embargo, cobrando ánimo, salió intrépido, se confesó y volvió muy contento dando las más cordiales gracias a Dios por el acto realizado. ¡Dichoso de él! Fuese a descansar; se duerme al instante el buen niño y sueña con ángeles hermosos, sueña con el buen Jesús, con María Santísima, oye melodías celestes y vuela, vuela por los espacios infinitos del Paraíso. A la mañana siguiente su mamá, viendo que tardaba mucho en levantarse, fue a despertarlo: lo llama, mas no responda; lo sacude y no se mueve. Estaba muerto. Y sobre su rostro cándido como un lirio, brillaba la aureola de los santos.

D. —Afortunado niño, la confesión le libró del pecado y del infierno, ¿no es cierto, Padre?

M. —Sin duda. Podemos, pues, concluir, que si la confesión es tal vez penosa, su fruto es siempre dulce y suave; pues la inocencia, la castidad, la fidelidad en el cumplimiento del deber, la práctica de la vida cristiana, y por lo mismo, la verdadera alegría y la paz, son los frutos de la confesión frecuente. De la diestra del confesor manan siempre infinitos beneficios. La confesión es un medio poderoso de educación. Todo puede temerse de aquél que no se confiesa.

sábado, 7 de enero de 2017

Gritos de una adultera condenada al infierno (A no perderse este artículo, tanto mujeres como hombres)




   Recomendamos muy encarecidamente la lectura de este material, cuya única finalidad es “SALVAR ALMAS” En estas líneas encontraran, las mujeres casadas sanos consejos y claras advertencias sobre las consecuencias de este grave pecado, asi como podrán aprender a enseñar a sus hijas sobre los peligros del adulterio y como escapar de él. Advertimos también que el hombre no está exento de tan terrible pecado.

   Si no se les hace inteligible alguna parte del artículo por la manera en que se expresa el autor. Nos lo hacen saber y se lo explicaremos con gusto.

   Y te juzgaré como son juzgadas las adulteras, y las que derraman sangre; y te haré víctima de furor y de celos. Ezequiel Cap. 16,  Vers. 38.

   ¡Oh! Mujeres, no necesitáis  más que oír las escrituras, para confundiros, porque en él para aterrar Dios al Pueblo que mató a Cristo, dice, que lo ha de juzgar con el rigor que a las adulteras, ¡O qué asombro! Ved, cual será, o adulteras, el rigor con que se ha de juzgar esta culpa, cuando amenaza Dios con él para espantar a otros, ¿Cuál será, cuando aún en el divino idioma, se alza con la antonomasia de los rigores? ¿Cuál será, cuando guarda este rigor, para encarecer su ira? En fin, es el pendón negro, que enarbola su justicia, quando se desafuera: “judicabo te judidiciis adulterarum”.

   Repara, que no dice a juzgarlos con el castigo de los adúlteros, sino de las adulteras; y es, porque como es más grave esta culpa en la mujer que en el  hombre es también más grave su pena. Es más grave su culpa, ya porque rompe más frenos para caer, pues además de los espirituales quebranta los de su natural modestia; ya porque regularmente da ocasión al pecado, pues no surtiría efecto, si ella no hubiera dado, o permitido la causa. Por esto amenaza Dios con el castigo en las escrituras, no de los adúlteros, sino de las adulteras: Adulterarum.

   Prosigue diciendo, se portará como el marido celoso, que encuentra a su mujer adulterando. Notad, que en este delito, a diferencia de otros, se embravece el marido con una ira, que ni da, ni toma tiempo para la venganza, que ni la compasión lo mitiga, ni ruegos lo templan; antes, echando por tierra a cuantos se interponen, se arroja con una daga desesperado a ella; y después de haberla degollado, reproduce en su pecho tanta herida, que a no quedar sobradamente muerta del acero, muriera anegada de su sangre: Et dabo te in sanguinem. Usa Dios de este símil, porque entre los humanos es el más inexorable, no porque esta ira sea ni aun sombra de la suya. ¿Qué tiene que ver un castigó con otro? Pues allí, la adultera, ya (puede aunque no suceda) entre los agonizantes vuelcos de la muerte salvar con una contrición su alma; pero Dios quita la vida temporal, y el tiempo para la eterna. Esta sí que es venganza digna de temerse (Luc. 12. V. 5.) “Voy a deciros a quién debéis temer: Temed aquel a aquel que, después de haber dado la muerte, tiene poder de arrojar  en la Gehenna. Sí, os lo digo, a Aquel temedle”

   En fin, para que conozcas el exceso, dice en las escrituras, que no solo te ha de castigar cómo poseído de celos, si no de furor: Et dabo te in sanguinem furoris, celi. La ira de los celos compara la escritura al Infierno: Dura sicut infernus emulatio. Luego, si a la ira del Infierno se añade la del furor, ya no hay con quien compararla por no haber extremo que aventaje a la ira del abismo. Considera, pues, a un Dios sumamente Omnipotente sumamente; sobre airado, celoso; sumamente celoso, enfurecido: ¿hasta dónde llegará con su venganza? Por esto le rogaba David no lo castigara tomado del furor: Ne in furore tuo arguas me. ¿Y tú, o delicada, y pobre mujer, no temes lo que hacía temblar a un David, que no temía Osos, ni Leones?

   No temes nublado tan sangriento, porque te lo finges muy distante: ¡pero ha desventurada, cuan presto caerá sobre tí este aguadero de tempestades! ¿Tiénete consolada la seguridad de que no hay riesgo de que tu marido, vea, sepa, ni castigue tu traición, y no te aflige el que la Vé, la sabe, y la ha de castigar todo un Dios, armado de ira, furor, y celos?

De la lucha contra los enemigos espirituales (Parte I). De lucha contra la concupiscencia


LA TENTACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

   Los enemigos espirituales son la concupiscencia, el mundo y el demonio: la concupiscencia es un enemigo interior, que llevamos siempre con nosotros mismos; el mundo y el demonio son enemigos exteriores, que avivan el fuego de la concupiscencia.

I. La lucha contra la concupiscencia.

(Sobre este tema también puede consultarse el admirable tratadillo de Bossuet sobre la concupiscencia)

   Describe San Juan la concupiscencia en el célebre texto: (I Juan. II, 16) “Todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida: lo cual no nace del Padre”. Cuidaremos de exponerlo convenientemente.

1°. CONCUPISCENCIA DE LA CARNE

   La concupiscencia de la carne es el amor desordenado de los placeres de los sentidos.

   A) El mal. El placer no es malo de suyo; Dios permite el placer ordenándole a un fin superior que es el bien honesto; junta el placer con ciertos actos buenos, para que se nos hagan más fáciles, y para atraernos así al cumplimiento de nuestros deberes. Gustar del placer con moderación y ordenándole a su fin propio, que es el bien moral y sobrenatural, no es un mal, sino un acto bueno; porque tiende a un fin bueno que, en último término, es el mismo Dios. Mas desear el placer independientemente del fin que le hace lícito; quererle, por lo tanto, como un fin en el cual descansa la voluntad, es un desorden; porque es ir contra el orden sapientísimo puesto por Dios. Y ese desorden trae otro consigo; porque, al obrar por solo el placer, corremos peligro de amarle con exceso, ya que entonces no nos guía el fin que pone límites al deseo inmoderado del placer que existe en cada uno de nosotros.

   Quiso Dios en su sabiduría poner un gusto en los mantenimientos para que nos estimulara a reparar las fuerzas del cuerpo. Pero, como dice Bossuet (T. Sobre la concupiscencia Cap IV) “Los hombres ingratos y carnales tomaron ocasión de ese placer para cuidar del propio cuerpo más que de Dios que le había formado... El gusto de los mantenimientos los cautiva; en vez de comer para vivir, parecen, según el dicho de uno de aquellos antiguos, repetido más tarde por San Agustín, no vivir sino para comer. Aún a aquellos que saben regular sus deseos, y se sientan a la mesa para remediar la necesidad de su naturaleza, engáñales el placer, y, arrastrados más de lo conveniente por sus atractivos, pásanse de la raya; enseñoréase insensiblemente de ellos el placer, y nunca creen haber satisfecho harto la necesidad, mientras sienten deleite en el comer y el beber”. De aquí nacen mil excesos en la comida y en la bebida, opuestos a la templanza. ¿Y qué habremos de decir del placer aún más peligroso de la voluptuosidad, “de aquella llaga profunda y vergonzosa de la naturaleza, de aquella concupiscencia que sujeta el alma al cuerpo con lazos tan dulces y tan duramente apretados, que tanto cuesta romper, y que causa tan espantables desórdenes en el género humano?” Bossuet (T. Sobre la concupiscencia Cap. V)

   Esta clase de placer sensual es tanto más peligroso cuanto que está repartido por todo el cuerpo. Tocado de él está el sentido de la vista, porque por los ojos comienza a entrar en el alma la ponzoña del amor sensual. Tocado el del oído, cuando, con peligrosas pláticas y cánticos llenos de molicie, se enciende o mantiene la llama del amor impuro y aquella secreta propensión que sentimos hacia los goces sensuales. — Crece tanto más el peligro, cuanto que todos los placeres de la carne excítanse unos a otros; aun los que parecen más inocentes, si no andamos siempre alerta, abren el camino a los más pecaminosos. Hay también cierta molicie y delicadeza repartida por todo el cuerpo, que nos lleva a buscar descanso en el bien sensible, y así despierta la concupiscencia y atiza su fuego. Amamos al cuerpo con apego tal que pone olvido del alma; el cuidado excesivo de la salud nos hace tratar con mimo al cuerpo; todas esas diversas sensaciones son otros tantos brotes de la concupiscencia de la carne. Bossuet.

   B) El remedio de tamaño mal es la mortificación del placer de los sentidos; porque, como dice S. Pablo, “los que son de Jesucristo, tienen crucificada su propia carne con los vicios y las pasiones”. (Gálatas V, 24) Pues crucificar la carne, dice M. Olier “es atar, agarrotar, ahogar interiormente todos los deseos impuros y desordenados que sentimos en nuestra carne”; es además mortificar los sentidos externos, que nos ponen en relación con las cosas de fuera, y excitan en nosotros peligrosos deseos. La razón fundamental por la que estamos obligados a practicar esa mortificación, son las promesas del bautismo.

viernes, 6 de enero de 2017

La Epifanía o la fiesta de los Santos Reyes. — 6 de enero.





   En el sacrosanto misterio de la Epifanía (que significa manifestación) celebra la santa Iglesia aquel dichoso y bienaventurado día en que el Hijo de Dios, vestido de nuestra carne, se manifestó a los reyes Magos como a primicias de la gentilidad.

   Porque como este Señor era Rey del mundo y venía para salvarle, luego en naciendo quiso ser conocido de los que estaban cerca y de los que moraban lejos, de los pastores y de los reyes, de los simples y de los doctos, de los pobres y de los ricos, de los hebreos y de los paganos, y juntar en uno los que eran entre sí contrarios en el culto y religión y en el conocimiento del mismo Dios.

   Este admirable acontecimiento nos refiere el sagrado Evangelio por estas palabras: «Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en los días de Herodes el rey, he aquí que unos Magos vinieron del oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el oriente y venimos a adorarle. Y oyendo esto Herodes el rey, turbóse, y toda Jerusalén con él. Y convocando a todos los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas del pueblo, inquiría de ellos dónde el Cristo había de nacer. Y ellos le dijeron: En Belén de Judá; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre las principales de Judá, pues de ti saldrá el Caudillo, que regirá a mi pueblo de Israel. Entonces Herodes, llamados reservadamente los Magos, averiguó de ellos con diligencia el tiempo de la estrella, que les apareció. Y encaminándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad diligentemente acerca del Niño; y apenas le hubiereis hallado, hacédmelo saber, para que yo, yendo asimismo, le adore. Y he aquí que la estrella, que habían visto en el oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando, se paró encima de donde estaba el Niño. Y al ver la estrella, holgáronse con gran júbilo. Y entrando en una casa, hallaron al Niño con su Madre María y postrándose le adoraron; y abiertos sus tesoros, ofreciéronle dones, oro, incienso y mirra. Y recibido aviso en sueños para que no tornasen a Herodes, volviéronse a su país por otro camino. » (SAN MATEO, II, I-13).

   Reflexión: «Reconozcamos en los Magos adoradores de Cristo (dice san León, papa), las primicias de nuestra vocación y de nuestra fe, y celebremos con grande gozo de nuestras almas los principios de nuestra dichosa esperanza. Adoremos al tierno Infante que veneraron los Magos en la cuna como al Dios omnipotente que está en los cielos, y presentémosle también de nuestros corazones ofrendas dignas de Dios.» (SERM. II DE EPIPH.).

   ¿Y cuáles son estas ofrendas dignas de Dios? Las que se significaban por los tesoros de los santos Reyes: el oro de nuestra caridad, amando a Jesús sobre todas las cosas; el incienso de nuestra oración, para, alabarle y alcanzar las gracias que nos convienen; y la mirra de la cristiana mortificación, para tener a raya las malas concupiscencias que nos apartan de su divino servicio.

   Y después de hacer hoy estos ofrecimientos al divino Mesías, tomemos como los Magos otra senda distinta de la pasada, haciendo una saludable mudanza de vida, para que libres de todo peligro, podamos llegar a nuestra verdadera patria, que es el cielo.

   Oración: ¡Oh Dios! que en este día ordenaste que tu unigénito Hijo fuese conocido y adorado de los gentiles, dándoles por guía una estrella, concédenos por tu bondad, que pues ya te conocemos por la fe, lleguemos a la contemplación de tu gloria inefable. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


“FLOS SANCTORVUM”


lunes, 2 de enero de 2017

CONFORMODIDAD CON LA VOLUTAD DE DIOS EN: Accidentes ordinarios o comunes. (Por San Alfonso María de Ligorio)




Conformarnos debemos en todo lo natural que nos sobrevenga sin depender de nosotros mismos, como el calor y el frío excesivo, la lluvia, la carencia de víveres, las enfermedades contagiosas, etc.

   Guardémonos de decir: ¡Qué calor más insoportable! ¡Qué frío tan horrible! ¡Qué desgracia! ¡Qué desventura ¡Qué tiempo tan triste! — a otras cosas semejantes, que revelan cierta repugnancia hacia la voluntad de Dios. Todo debemos aceptarlo tal como se presenta, puesto que es Dios quien todo lo ordena. San Francisco de Borja, habiendo llegado una noche, que estaba nevando, a las puertas de una casa de la Compañía, llamó repetidas veces; pero, como los Padres estaban profundamente dormidos, las puertas permanecían cerradas. Cuando llegó el día fué recogido por ellos, dándole repetidas manifestaciones del inmenso pesar que les causaba haberle dejado de aquel modo expuesto a las incomodidades del mal tiempo; pero aseguróles el Santo que había experimentado un grandísimo consuelo al pensar que era Dios quien le mandaba aquella nieve.

   De igual modo debemos portarnos con lo que sintamos en nuestro interior, como el hambre, la sed, la pobreza, el pesar, las humillaciones. En todo esto debemos decir a Dios: “Señor, haced y deshaced como mejor os plazca; yo estaré siempre contento, puesto que nada más quiero yo que lo que Vos Queréis”. — El P. Rodríguez (Perfecto cristiano, P. 1.a, trat. 8, cap. 7) nos enseña de este modo a desvanecer las astucias del demonio cuando presenta a nuestro espíritu ciertos supuestos casos, a fin de hacernos caer en algún mal consentimiento, o a lo menos inquietarnos, por ejemplo: si tal persona os dijera esto, haríais esto o lo otro… Cuando tales ideas se nos vengan a las mentes, respondámonos siempre: —Diría y haría lo que a Dios place. —Y con este medio evitaremos la menor falta y nos quitaremos el menor motivo de inquietud.

viernes, 30 de diciembre de 2016

JACINTA MARTO (III parte final) Una vida breve, santa y llena de enseñanzas para la salvación de nuestras almas.




LOS ULTIMOS DIAS DE JACINTA Y SU MUERTE –– Vamos a exponer brevemente y en partes la vida y muerte de Jacinta Marto. (Tomado del libro “Apariciones de la Santísima Virgen en Fátima” por el Padre Leonardo Ruskovic O.F.M. Año 1946)

   Llegó Jacinta a Lisboa acompañada de su madre; aquí comenzarán para su espíritu las más dolorosas pruebas, y aquí también recibirá eterna recompensa de manos del Eterno Juez a sus heroicas virtudes.

   En el hospital en donde debía ser internada no encontraron alojamiento, por hallarse el nosocomio repleto de enfermos. La Providencia acudió en su auxilio, y por especial excepción fué recibida en un asilo de huérfanas llamado Orfanato de Nossa Senhora dos Milagros (rúa da Estrela 17).

   En este asilo se encontraba como en su propio hogar; para ella fué “La casa de Nuestra Señora de Fátima”, y a la madre superiora, a quien llamaba “madrina” y en quien había depositado toda confianza, la apreciaba en gran manera.

   La Reverenda Madre Superiora. Sor María Godinho, al recibir a Jacinta en el Asilo la consideró especial bendición del cielo y muy pronto pudo cerciorarse de su acertado criterio, pues Jacinta era verdadero modelo de inocencia y modestia y un vivo ejemplo de obediencia y paciencia, no menos que de piedad; virtudes éstas que mucho contribuyeron al adelanto espiritual de aquel establecimiento. Aconsejaba a sus compañeras a la práctica de la obediencia y a dominar sus caprichos, repudiar las mentiras y sufrir todas las contrariedades por amor de Dios para obtener el cielo.

   Su alegría por vivir junto a Jesús, bajo el mismo techo, le proporcionaba tal inmensa alegría, que olvidaba las crueles dolencias que la martirizaban; mientras se albergó en la Casa de Nuestra Señora de Fátima, acompañaba a Jesús en su soledad del sagrario con frecuentes visitas eucarísticas y lo recibía casi diariamente en su inocente corazón.

   A medida que su enfermedad cobraba mayores progresos, sus dolores también se intensificaban más y más; la bondadosa Madre de los Afligidos no dejó de sostenerla y animarla en las dolorosas pruebas con frecuentes y consoladoras apariciones.

   Conversaba un día con la Madre Superiora, quien se encontraba junto al lecho de la enferma, cuando ésta le dijo:

   —Madre, retírese de ahí, porque ese lugar vendrá en seguida a ocuparlo Nuestra Señora,

   Y mientras hablaba así, tenía los ojos fijos hacia el lugar donde esperaba la visión.

   Expondremos aquí algunas de las numerosas instrucciones que la Virgen Santísima se dignaba comunicar a Jacinta, y que ella revelaba fielmente a su “Madrina”, la Madre Superiora.

   “EL PECADO QUE LLEVA MAS ALMAS AL INFIERNO ES EL PECADO CARNAL; POR ESO ES NECESARIO DEJAR EL LUJO, NO OBSTINASÉ EN EL PECADO COMO HASTA AHORA; ES NECESARIO HACER MUCHA PENITENCIA.”

   En otra ocasión le decía la Madre de Dios: “NO PUEDO TOLERAR UNAS MODAS QUE TANTO OFENDEN A DIOS NUESTRO SEÑOR. LAS PERSONAS QUE SIRVEN A DIOS NO DEBEN SEGUIR LAS MODAS. LAS GUERRAS SON SEÑALES DE CASTIGOS DEL MUNDO”.