martes, 5 de mayo de 2026

¡VENID; Y VAMOS TODOS!..

 



 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Yo tengo grabado en mi corazón un nombre con caracteres indelebles Nombre que sabe a mis labios más dulce que la miel de los panales, y suena más grato a mis oídos que todas las armonías del mundo y del cielo, reunidas en una sola armonía.

 

   Me enseñó a pronunciarlo mi madre, reclinándome sobre su seno entre abrazos y caricias, mientras me contemplaba con el alma en los ojos, de los que se desbordaba a torrentes la ternura, la pureza y el cariño.

 

   Cuando las dos emociones supremas, el dolor y la alegría, embargan mi ser, ese nombre sube espontáneamente de mi corazón a mis labios, porque la música divina de su dulcísimo sonido calma o ahuyenta las penas de mi alma, y es, al par, el único canto de alegría que sabe exhalar mi garganta cuando el gozo inunda mi pecho.

 

   Lo he balbuceado con deliciosa fruición en mi niñez venturosa, cuando la vida me sonreía y mis manos podían levantarse puras al cielo. Lo pronuncié más tarde, buscando consuelo para mi alma desolada, cuando el primer desengaño desgarró sin piedad mi corazón.

 

   Lo he pronunciado después en demanda de amparo, cuando los brillantes y engañosos fantasmas de la tentación me ofrecían sonriendo la copa de los placeres, que oculta traidoramente en su fondo la hez amarga del roedor remordimiento.

 

   Cuánto hay de tierno, dulce, bello y sublime en la creación, me recuerda ese nombre tan querido. Lo dibuja el rayo de la luna que se filtra dulcemente a través de la espesa fronda y tiembla en las espumas del arroyuelo, fingiendo encajes de plata. Lo veo escrito en el fondo luminoso y azul de los cielos, cuando el sol se levanta temblando en el horizonte y su lumbre pura reverbera sobre las crestas del oleaje de los mares. Lo susurran los vientos de la tarde que columpian blandamente las ramas de los abetos y las palmeras, y los cefirillos de la noche que juguetean entre los juncos de la ribera del lago.

 

   La vida entera no basta para sondear el mar inmenso de gracia y dulzura de ese nombre, ante el cual se abaten y humillan las más poderosas inteligencias de los más altos serafines; porque ese nombre querido, que bendicen los hombres y los ángeles, y enamora y cautiva con su incomparable dulzura al mismo Dios, es el nombre de MARÍA, ¡de María Inmaculada! María significa, en siriaco, “dama”,

“señora”, “soberana”, y en hebreo, “estrella del mar” “Stella Maris”, porque María es, en verdad, la Señora y Soberana augusta de los cielos y la tierra, y la Estrella divina cuya luz serena y apacible conduce al perdido navegante al anhelado puerto, y posee la maravillosa virtud de calmar las tempestades del piélago y del alma.

 

   Pero el nombre de María significa mucho más para mi corazón... María

significa para mi corazón “Madre”; porque María es mi madre, mi verdadera y única madre, la madre divina que el Salvador me legó desde la cruz, entre crueles angustias, al decirme en la persona del discípulo amado: “He ahí a tu Madre.”

 

   Por eso el nombre de María es para el cristiano, después del nombre de Jesús, el más dulce, poético y tierno que existe en todas las lenguas.

 

   Por eso brota espontáneamente de los labios, entre lágrimas o entre sonrisas, cuando el dolor o el placer conmueven nuestra alma. Por eso los niños, las criaturas más hermosas de la tierra, cantan en las tardes perfumadas del poético mayo, postrándose en el templo a los pies de la imagen de la Virgen sin mancilla:

 

“Venid, y vamos todos

con flores a porfía,

con flores a María,

que Madre nuestra es.”

 

   Porque María es, en realidad, nuestra Madre, que nos ama más y mejor que la que nos llevó en sus entrañas, y derrama a manos llenas sobre nosotros, desde el cielo, los tesoros inagotables de las misericordias del Señor, de las cuales Ella únicamente es la dispensadora.

 

   Rindámosla toda la vida, y particularmente en este mes, a Ella dedicado, el obsequio de nuestra veneración y de nuestro amor entrañable. Vayamos todas las tardes de mayo a postrarnos ante su altar, ofreciéndola, en cambio de las flores de la tierra que la ofrecíamos en nuestra infancia, flores del cielo, esto es, flores de virtudes imperecederas, que no deshojan ni marchitan las brisas de la tierra, y llevemos allá a los niños, esas puras criaturitas que tanto ama la Virgen Inmaculada, para que al ofrecerla hoy las “flores del bajo suelo”, aprendan a ofrecerla durante toda su vida flores de pureza y de inocencia, flores de santidad.

 

   Y si el pecado manchó la pureza de vuestra alma, “... venid, y vamos todos” a pedir a la Virgen Santísima la gracia del arrepentimiento, la gracia de una buena confesión y de una comunión fervorosa, que restituya a nuestra alma la inocencia de la niñez y nos santifique.

 

   No temáis, pobrecillos; acercaos a María sin recelo, con entera confianza: que es nuestra Madre y nos está esperando con los brazos abiertos... “¡Venid, y vamos todos..., que Madre nuestra es ! . . .”

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1925

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