“Venid,
y vamos todos
con
flores a porfía,
con
flores a María,
que
Madre nuestra es.”
Yo tengo grabado en mi corazón un nombre con
caracteres indelebles Nombre que sabe a mis labios más dulce que la miel de los
panales, y suena más grato a mis oídos que todas las armonías del mundo y del
cielo, reunidas en una sola armonía.
Me enseñó a pronunciarlo mi madre, reclinándome
sobre su seno entre abrazos y caricias, mientras me contemplaba con el alma en
los ojos, de los que se desbordaba a torrentes la ternura, la pureza y el
cariño.
Cuando las dos emociones supremas, el dolor
y la alegría, embargan mi ser, ese nombre sube espontáneamente de mi corazón a
mis labios, porque la música divina de su dulcísimo sonido calma o ahuyenta las
penas de mi alma, y es, al par, el único canto de alegría que sabe exhalar mi
garganta cuando el gozo inunda mi pecho.
Lo he balbuceado con deliciosa fruición en
mi niñez venturosa, cuando la vida me sonreía y mis manos podían levantarse
puras al cielo. Lo pronuncié más tarde, buscando consuelo para mi alma
desolada, cuando el primer desengaño desgarró sin piedad mi corazón.
Lo he pronunciado después en demanda de
amparo, cuando los brillantes y engañosos fantasmas de la tentación me ofrecían
sonriendo la copa de los placeres, que oculta traidoramente en su fondo la hez
amarga del roedor remordimiento.
Cuánto hay de tierno, dulce, bello y sublime
en la creación, me recuerda ese nombre tan querido. Lo dibuja el rayo de la
luna que se filtra dulcemente a través de la espesa fronda y tiembla en las
espumas del arroyuelo, fingiendo encajes de plata. Lo veo escrito en el fondo
luminoso y azul de los cielos, cuando el sol se levanta temblando en el
horizonte y su lumbre pura reverbera sobre las crestas del oleaje de los mares.
Lo susurran los vientos de la tarde que columpian blandamente las ramas de los
abetos y las palmeras, y los cefirillos de la noche que juguetean entre los
juncos de la ribera del lago.
La vida entera no basta para sondear el mar
inmenso de gracia y dulzura de ese nombre, ante el cual se abaten y humillan las
más poderosas inteligencias de los más altos serafines; porque ese nombre
querido, que bendicen los hombres y los ángeles, y enamora y cautiva con su
incomparable dulzura al mismo Dios, es el nombre de MARÍA, ¡de María
Inmaculada! María significa, en siriaco, “dama”,
“señora”,
“soberana”, y en hebreo, “estrella del mar” “Stella Maris”, porque María es, en
verdad, la Señora y Soberana augusta de los cielos y la tierra, y la Estrella
divina cuya luz serena y apacible conduce al perdido navegante al anhelado
puerto, y posee la maravillosa virtud de calmar las tempestades del piélago y
del alma.
Pero el nombre de María significa mucho más
para mi corazón... María
significa
para mi corazón “Madre”; porque María es mi madre, mi verdadera y única madre,
la madre divina que el Salvador me legó desde la cruz, entre crueles angustias,
al decirme en la persona del discípulo amado: “He ahí a tu Madre.”
Por eso el nombre de María es para el
cristiano, después del nombre de Jesús, el más dulce, poético y tierno que
existe en todas las lenguas.
Por eso brota espontáneamente de los labios,
entre lágrimas o entre sonrisas, cuando el dolor o el placer conmueven nuestra
alma. Por eso los niños, las criaturas más hermosas de la tierra, cantan en las
tardes perfumadas del poético mayo, postrándose en el templo a los pies de la
imagen de la Virgen sin mancilla:
“Venid,
y vamos todos
con
flores a porfía,
con
flores a María,
que
Madre nuestra es.”
Porque María es, en realidad, nuestra Madre,
que nos ama más y mejor que la que nos llevó en sus entrañas, y derrama a manos
llenas sobre nosotros, desde el cielo, los tesoros inagotables de las misericordias
del Señor, de las cuales Ella únicamente es la dispensadora.
Rindámosla toda la vida, y particularmente en
este mes, a Ella dedicado, el obsequio de nuestra veneración y de nuestro amor
entrañable. Vayamos todas las tardes de mayo a postrarnos ante su altar,
ofreciéndola, en cambio de las flores de la tierra que la ofrecíamos en nuestra
infancia, flores del cielo, esto es, flores de virtudes imperecederas, que no
deshojan ni marchitan las brisas de la tierra, y llevemos allá a los niños,
esas puras criaturitas que tanto ama la Virgen Inmaculada, para que al
ofrecerla hoy las “flores del bajo suelo”, aprendan a ofrecerla durante toda su
vida flores de pureza y de inocencia, flores de santidad.
Y si el pecado manchó la pureza de vuestra
alma, “... venid, y vamos todos” a pedir a la Virgen Santísima la gracia del
arrepentimiento, la gracia de una buena confesión y de una comunión fervorosa,
que restituya a nuestra alma la inocencia de la niñez y nos santifique.
No temáis, pobrecillos; acercaos a María sin
recelo, con entera confianza: que es nuestra Madre y nos está esperando con los
brazos abiertos... “¡Venid, y vamos todos..., que Madre nuestra es ! . . .”
“APOSTOLADO
DE LA PRENSA”
Año
1925
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