¡Que
bella es la mañana! Una espléndida mañana primaveral. El sol brilla radiante en
el puro firmamento; la brisa juguetea en la enramada y las aves se agitan
bulliciosas en los espacios. ¡Qué en consonancia con la hermosura de la
naturaleza se halla el espíritu de aquel varón justo! Sí; el humilde labriego, el creyente y
piadoso asalariado del linajudo hidalgo Ivan de Vargas, el predestinado Isidro,
prototipo exacto del trabajador cristiano, es feliz en cuanto se puede acá en
la tierra de los sinsabores, y de las lágrimas conseguir la dicha.
Su vida se desliza en un curso alegre,
diáfano, luminoso; la fe brilla con celestes irradiaciones en el sereno y
tranquilo horizonte de su conciencia, la esperanza acaricia con suavísimos
aleteos su corazón y la caridad, inflamándole en su fuego santo, llena de
poesía excelsa su penosa y accidentada existencia terrena.
El no
ignora que la calumnia y la maledicencia, envidiosas de sus virtudes
esclarecidas, se ceban voraces en su persona; pero también tiene muy presente
que estos engendros satánicos han de quedar destruidos totalmente por la
invencible fuerza del Señor. En Este confía, todo lo demás lo desprecia como
cosa superflua e inútil; no tiene más vida que para su Dios, y viviendo unido a
Él está persuadido de que ningún mal le sobrevendrá; marchará enjuto sobre el
tempestuoso piélago de la humana existencia, y guiado por la mano de su
Salvador arribará al puerto seguro de la perdurable bienandanza.
FRANCISCO
PINTADO
(Año
1906)
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