VOZ DE JESÚS —Sucumbí
a la muerte, hijo mío; pero ya me tienes viviendo por los siglos de los siglos.
Como salí del Padre para venir al mundo, así tuve que abandonar el mundo para
volver al Padre. Pero el amor de mi Corazón no permitía ni sufría dejar huérfanos
a aquellos a quienes amaba más que a mi vida. El amor del Padre me invitaba y
me llamaba para que, subiendo a ÉL, fuera también glorificado con Él con el
mismo resplandor que Yo tenía en su presencia antes de existir el mundo.
Pero
el amor de los hombres me invitaba también, y estimulaba a permanecer con ellos
para consolarlos en las tribulaciones de la vida. Entonces mi Corazón encontró
un medio de dejar satisfecho el amor para con mi Padre y el amor para con los
hombres.
Misterio,
hijo mío, en cuya virtud, subiendo al cielo y permaneciendo sentado a la diestra
de Dios Padre, permanezca, no obstante, con vosotros hasta la consumación de
los siglos.
Misterio
que, a no haberlo Yo sacado de mí mismo Corazón, ningún mortal lo hubiera
imaginado; misterio que trasciende toda la naturaleza creada; misterio, en fin,
que excede todo finito poder.
Eran,
pues, necesarios milagros estupendos, sólo asequibles a la omnipotencia divina.
Pero triunfó el amor; el amor, que halló tal invención en mi Corazón divino, encontró
allí mismo también poder para ponerla por obra.
Todo es posible, todo es fácil a la voluntad
de mi Corazón, cuyo querer es poder y ejecutar.
Mas como los mortales no podrían resistir el
espectáculo de mi Majestad glorificada, ni el mundo podría subsistir ante los
resplandores de tanta claridad, tuve que atemperarme A la flaqueza de los
hombres para que no se apartaran estremecidos del resplandor de mi Majestad.
Convino, pues, ocultar lo resplandeciente de mi gloria y cuanto pudiera
aterrarlos.
Además,
hijo, no teniendo tú aquí patria permanente, sino ya que buscas otra venidera,
te convenía que Yo viviera contigo bajo forma extraña, no fuera que olvidando
tu peregrinación en la tierra, pretendieras edificar aquí tu tabernáculo y
apegarte a lo terreno, en lugar de acordarte de tu destierro y suspirar por la
patria donde cara a cara podrás contemplar mi gloria.
Por
último, hijo mío, como esta vida es breve, y después de ella no te queda tiempo
para merecer, te era conveniente y provechosísimo que cubriendo mi presencia
con un velo, te diese más ocasión de ejercitar la fe y mayor oportunidad para
practicar otras virtudes.
PADRE.
ARNOLDO. S. J.
APOSTOLADO
DE LA PRENSA 1897.
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