Yo era
un libertino, un hombre de mundo, por decir poco…una mañana, no sé por qué, y a
pesar de haberme acostado, como siempre, muy tarde, me desperté al ser de día,
pero antes de la salida del sol. Sentía el disgusto indeterminado, la amargura,
el cansancio y ese confuso discurso que dejan en el alma y en el cuerpo las
noches pasadas en frívolas diversiones rayanas al libertinaje.
No sé por qué inconsciente impulso de mi
voluntad, me levanté, me lavé, me vestí y me eché a la calle. No sé si la
frescura del vientecillo matinal fué lo que avivó la sensibilidad un tanto
aletargada de mis sentidos. Recuerdo que aspiré con gozo el aire, que se
entonaron mis nervios, que disminuyó el calenturiento calor de mi piel, que con
claridad se produjo el pensamiento, y que hasta en el corazón comprendí se
había producido una saludable mudanza.
Hubo de parecerme que las gentes que hallaba
al paso eran diligentísimas y animosas, que sus caras manifestaban alegría, y
que aquel mundo de la mañana hacía más lívido, más violento, más tétrico el
recuerdo de los faranduleros, los cortesanos, los amigotes... y aun las fiestas
de la noche.
Entréme, seducido por el bullicio, en un
mercado, y víme divertido en medio de la revuelta de colores de verduras,
frutas, aves, pescados y otras cosas que allí se ofrecían, y aturdido por la
algarabía de la gente que por allí pululaba. —Estas gentes—me dije—son felices;
por lo menos no son tan desgraciadas como yo... Ríen espontáneamente, hablan
con voz recia... y hasta en sus polémicas y riñas se ve algo, diferente... es
júbilo.
Lo que
sí recuerdo claramente es que en la calle de Toledo hálleme a una señora de
cabellos blancos, rostro delgado y pálido, vestida de negro, cubierta con un
manto y que llevaba en la mano libritos religiosos y un rosario liando
aquéllos; por entre sus dedos salía la crucecilla colgante. —Así iba mi madre a
Misa—me dije.
Tal
vez por este recuerdo seguí a la señora y entré cuando ella entró en San
Isidro, y tras ella en la capilla de una Virgen, que luego me dijeron ser del
Buen Consejo.
Y
estos pensamiento acudieron a mi mente: ¿Quién
fué el sabio que dijo que el más activo y fuerte trabajo es el trabajo mental,
y el más grande trabajo mental es la oración? No lo recuerdo; pero sí recuerdo haberlo
leído. Parece que cuantos aquí están piensan en Dios, hablan con Él... ¡Hablar
con Dios!
Cuando nos hablamos a nosotros mismos ¿no
tenemos siempre conciencia de que hay alguien que oye... mejor dicho, que ve
nuestro pensamiento? Sí... al menos el hombre que en esto no se haya fijado...
será porque no ha tenido jamás conciencia perfecta de sí mismo.
¿Cuántas veces mi madre pediría por mí?...
¿Puedo yo reírme de los que rezan? ¡Meditación! ¡Elocuencia silenciosa e
íntima... el más noble estado del alma!
—¡Caballero... un ramo de flores! —dijo
cerca de mí una vocecita aguda y lamentosa. Aparté de mi lado a la mozuela, que
desde el último, escalón de las gradas del templo hasta la calle de los me perseguía
con insistencia.
—Caballero...
mire usted qué hermosas.
—Vaya, déjame, chiquita... ¿Voy a llevar yo
ahora rositas y claveles en la mano?
—Cómpreme usted este ramilletito.
—Vamos, no molestes...
—Señor... que tengo a mi padre ya desde hace
tres semanas sin trabajo y a mi madre enferma... ¡por la Virgen santísima, cómpreme
usted este ramo!
—¡Cuántos
he comprado a las floristas de los teatros sólo por bromear con ellas un
instante!... ¿Qué sentí al ver a aquella
chicuela morenucha, pobremente vestida, delgada, de ojos suplicantes y rostro
angustiado, y al oír su petición y el nombre de la Virgen? No lo sé... ¿Qué sentí?
¡Un latido fuerte en el pecho, una violenta sacudida del corazón! Saqué algunas
monedas y las puse en manos de la niña, pero rechazando al propio tiempo el
ramito.
—
Quédate con él—dije.
—¡Ay, señorito. Dios se lo pague... pero
llévese el ramo... llévese más, porque me ha pagado usted casi todos los que me
quedaban... ¿Quiere que se los lleve a casa? ¿No? pues mire... se los pondré a
Nuestra Señora del Buen Consejo en nombre del señorito.
Me
estremecí al oír esto. Sin duda la muchacha, al verme salir de la iglesia,
juzgó que sería yo un devoto y atendía a realizar lo que, a juicio suyo, había
de ser de mi mayor agrado. Flores a la Virgen... ¿yo? Vaya, aseguro a ustedes
que entonces, pero así, de un golpe, vinieron a mi memoria recuerdos de otros
días... ya lejanos. ¡Mi madre... mi difunta madre, mi hermana, que había
también muerto muy joven... ¡pobre Filomena!... reunidas adornando con flores
el altar de la Virgen…
Y apresuradamente respondí, dando dos duros
a la chiquita…
—¡Toma,
tráeme un par de ramos grandes... y vamos a llevárselos a la Virgen del Buen
Consejo! Poco después los ramos estaban en el altar, y yo, arrodillado por
hacerme poco visible y cubriéndome el rostro para ocultar el llanto... quédeme
en la capilla.
¿Por
qué sin más discursos, ni polémicas, ni dudas, ni luchas, ni escrúpulos, ni
temores... empecé a orar? ¿Viendo la claridad... toda la claridad que revela
los horrores de la vida... y la inmensa grandeza de la eternidad?
¡Oh... porque la conversión es siempre un
milagro... siempre... siempre!
“LA
LECTURA DOMINICAL”
Año
1904.
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