Cuando
el cochecito en que va, postrada, Ana María penetra en el acotado patizuelo de
las piscinas, una luz parece extenderse por él, como si, de pronto, una
estrella se hubiese encendido en la frente de la enfermita, o como si el sol
alumbrase tan sólo a aquel cochecito donde Ana María, pálida, demacrada, con su
cabellera de ébano, marco de unos ojos negros y rasgados de dulcísimo y sereno
mirar, sonreía a todo y a todos con esa sonrisa, flor de fragancia exquisita,
que únicamente se da en los jardines de la inocencia y en los huertos cerrados
de las almas puras.
¿Dónde
estaba el foco de aquella luz misteriosa y fascinante que, como aroma de un
pebetero, emanaba del cochecito de la niña el incienso del dolor? ¡No parecía,
que era ella la vencida, sino el dolor el vencido! ¡Ah! ¡Religión bendita del
Crucificado, tú solo tienes el poder de trocar en paraíso la vida de los que
sufren y la virtud de encender estrellas en las huellas del dolor!
Como
Ana María, la hermosa niña a quien los padecimientos no lograron borrar por
completo su belleza. ¡Cuántos otros enfermos, en Lourdes, ardían jubilosos,
como cirios escogidos, en obsequio de la Inmaculada Madre de Dios!
En
parte alguna como en este milagroso santuario, pueden los ojos abarcar y medir
el panorama misterioso del dolor humano y darse cuenta de la máquina
providencial que lo mueve... ¡Y de la lluvia del cielo que lo fecundiza y
engrandece!
Ana
María aguarda el momento de la inmersión en la piscina, cuyas aguas agita el soplo
taumatúrgico... En tanto, su voz cristalina, ahilada por la fiebre, únese al
coro fervoroso de la multitud, cuyos ecos atruenan la montaña, y huyen
cabalgando en las ondas impetuosas del espumoso Gave...
“Au
Gave rapide elle a dit son nom.”
“En el caudaloso río Gave dijo su nombre.”
Nosotros
también oramos con la muchedumbre cosmopolita, que repite, en francés, las
preces del abate:
“¡Mére du Sauveur, priez pour nous!”
“¡Madre del Salvador, ruega por nosotros!”
Mas
tenemos encandilada el alma y amartelados (encariñados) los sentidos con la
sonrisa dulce, esperanzada y luminosa de Ana María. Hace años conocimos a esta
niña aquí mismo, en Lourdes, formando parte de una peregrinación bretona. Iba
acompañada por su padre, ese caballero que ahora, transido de pena, empuja,
suavemente, como preciosa carga, el cochecito de la tullida...
Ana
María, entonces por igual bella y saludable, llevaba clavada en el corazoncito
filial una punzante espina... ¡Su padre no creía!... La fe estaba muerta en su
pecho... Lloraba a hurtadillas la niña, pidiendo para su progenitor, como el
ciego de Jericó pedía para sus pupilas, luz... ¡Luz del alma!... Pasaron los
años... El azote de la gran guerra fustigó el suelo corrompido de Europa... Ana
María, huérfana de madre e hija única, vivía en las soledades de su castillo de
Bretaña, aguardando, entre fieles servidores, la vuelta del padre, soldado de
su patria... ¡Qué días interminables aquellos, esperando la noticia tranquilizadora,
el regreso dichoso del que amaba! ¡Qué
crueles noches de insomnio, de oración y de fervores redoblados, pidiendo a la
Inmaculada de Lourdes que protegiera la vida de su padre, que alumbrara su alma
con la antorcha de la fe! Ana María,
en lo escondido de su alma, maceraba su cuerpo, ayunaba..., ¡violentaba sin
cesar a los cielos!
La paz
devolvió un día sano y salvo a su padre. Volvía del país de la muerte y en su
alma entreabríase ya la rosa de la fe... Pasados los primeros transportes de
alegría filial, Ana María se rindió a la fatiga de cuatro años de zozobras y
angustias mortales, y su salud empezó a descaecer, cebo de las fiebres que la
agotaron y entumecieron... El padre creyó enloquecer. Su hija se le moría. Y
una tarde, a la claridad indecisa del crepúsculo que teñía de rojo y oro la
alcoba de la niña, el padre balbució:
— ¿Quieres
que te lleve a Lourdes, hija mía, para que tu Virgen te devuelva la salud?
— Sí, sí —repite llorando la niña—. ¡Llévame
a Lourdes!...
Y ved aquí como Ana María, postrada en su
cochecito, que el padre empuja suavemente, como carga preciosa, acaba de
penetrar sonriente y esperanzada en el acotado patizuelo de las piscinas, cuyas
aguas mueve el soplo taumatúrgico...
Ya
llega su turno a Ana María... Su padre, ese hombrachón, en cuyo ojal puso la
gran guerra la condecoración de los valientes, llora como un niño... Ya Ana
María ha desaparecido tras las cortinas del departamento de mujeres... La
multitud reza, devota, las preces del Santo Rosario, esa dulce y amorosísima
plegaria, ya que la repetición es el lenguaje del amor.
De pronto se oyen dentro de la piscina gritos
femeniles... Los fieles prestan atención y su plegaria truécase en leve
murmullo de hojas agitadas por el céfiro. Miráis en torno vuestro, y veis
pintados en todos los rostros la ansiedad y el temor de ser testigos de algo
sobrenatural... Continúan en la piscina los gritos femeninos... Son de Ana
María... ¡Suenan a júbilo!... Alguien aparece en la puerta, y grita:
— ¡Milagro!
¡Milagro!...
No hay
palabras con que poder describiros el momento en que el escalofrío de lo
sublime se apodera de aquella muchedumbre, que se arroja en tierra, y ora, y
grita, y llora, y tomada por el vértigo, si no la contuvieran, entraría a viva
fuerza en la piscina y levantaría en alto como un trofeo de su fe, que es ahora
rugiente pleamar, a la enferma y la pasearía por el mundo para dar testimonio
del poder y de la gloria de María.
En los
cochecitos que esperan su hora los enfermos lloran, dulcísimamente, queriendo
incorporarse, como si el milagro operado en Ana María les alcanzara a ellos...
Les ha comunicado alientos y en sus ojos brilla la esperanza.
¡He
aquí al dolor acobardado, desarmado, empequeñecido, trocado en esclavo de los
que sufren en nombre de Dios y por Dios, dueño supremo de la vida y de la
muerte!
Cuando
ha transcurrido el tiempo necesario, Ana María puede abandonar su lecho en la
clínica de reconocimiento facultativo. Todos los médicos, que la han observado concienzudamente,
profirieron la misma palabra: ¡Milagro! Así lo han certificado.
Una mañana en que el sol cabrillea sobre las
verdosas aguas del Gave, la hermosa niña póstrase de rodillas al lado de su
padre para recibir en la Gruta el Pan de los fuertes “La Eucaristía”.
A la niña antójasele que en el rosal que crece
a los pies de la imagen de María en la roca viva hay dos rosas de delicadísimo
matiz, cuyo aroma la embriaga, y no se equivoca Ana María... El rosal muestra
una rosa más: la del alma de su padre vuelto a la fe, porque, como Tomás, metió
sus dedos en las llagas del costado... Vio y creyó...
Pero ¡Ah! Benditos los que no vieron y
creyeron...
¡Benditos
y bienaventurados esos enfermos que en la gran esplanada de Lourdes, rodeada de
jardines versallescos, atenazados por el dolor, pálidos, extenuados..., en los
que no se operará el milagro material de recobrar la salud, pero en todos los
cuales se da ese otro milagro, no menos portentoso, de vencer, y rendir, y
convertir en inefable el dolor, y lo que más espanta y maravilla a la paganía
del mundo ciego y sensual, “en algo apetecible”, como divino manjar que sólo
reserva y reparte el Padre entre los primogénitos y los escogidos!...
GERARDO
REQUEJO VELARDE.
Lourdes,
mayo de 1925.
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