sábado, 23 de mayo de 2026

“EL DOLOR EN LOURDES”

 



 

   Cuando el cochecito en que va, postrada, Ana María penetra en el acotado patizuelo de las piscinas, una luz parece extenderse por él, como si, de pronto, una estrella se hubiese encendido en la frente de la enfermita, o como si el sol alumbrase tan sólo a aquel cochecito donde Ana María, pálida, demacrada, con su cabellera de ébano, marco de unos ojos negros y rasgados de dulcísimo y sereno mirar, sonreía a todo y a todos con esa sonrisa, flor de fragancia exquisita, que únicamente se da en los jardines de la inocencia y en los huertos cerrados de las almas puras.

 

   ¿Dónde estaba el foco de aquella luz misteriosa y fascinante que, como aroma de un pebetero, emanaba del cochecito de la niña el incienso del dolor? ¡No parecía, que era ella la vencida, sino el dolor el vencido! ¡Ah! ¡Religión bendita del Crucificado, tú solo tienes el poder de trocar en paraíso la vida de los que sufren y la virtud de encender estrellas en las huellas del dolor!

 

   Como Ana María, la hermosa niña a quien los padecimientos no lograron borrar por completo su belleza. ¡Cuántos otros enfermos, en Lourdes, ardían jubilosos, como cirios escogidos, en obsequio de la Inmaculada Madre de Dios!

 

   En parte alguna como en este milagroso santuario, pueden los ojos abarcar y medir el panorama misterioso del dolor humano y darse cuenta de la máquina providencial que lo mueve... ¡Y de la lluvia del cielo que lo fecundiza y engrandece!

 

   Ana María aguarda el momento de la inmersión en la piscina, cuyas aguas agita el soplo taumatúrgico... En tanto, su voz cristalina, ahilada por la fiebre, únese al coro fervoroso de la multitud, cuyos ecos atruenan la montaña, y huyen cabalgando en las ondas impetuosas del espumoso Gave...

 

   “Au Gave rapide elle a dit son nom.”

   “En el caudaloso río Gave dijo su nombre.”

 

   Nosotros también oramos con la muchedumbre cosmopolita, que repite, en francés, las preces del abate:

 

   “¡Mére du Sauveur, priez pour nous!”

   “¡Madre del Salvador, ruega por nosotros!”

 

   Mas tenemos encandilada el alma y amartelados (encariñados) los sentidos con la sonrisa dulce, esperanzada y luminosa de Ana María. Hace años conocimos a esta niña aquí mismo, en Lourdes, formando parte de una peregrinación bretona. Iba acompañada por su padre, ese caballero que ahora, transido de pena, empuja, suavemente, como preciosa carga, el cochecito de la tullida...

 

   Ana María, entonces por igual bella y saludable, llevaba clavada en el corazoncito filial una punzante espina... ¡Su padre no creía!... La fe estaba muerta en su pecho... Lloraba a hurtadillas la niña, pidiendo para su progenitor, como el ciego de Jericó pedía para sus pupilas, luz... ¡Luz del alma!... Pasaron los años... El azote de la gran guerra fustigó el suelo corrompido de Europa... Ana María, huérfana de madre e hija única, vivía en las soledades de su castillo de Bretaña, aguardando, entre fieles servidores, la vuelta del padre, soldado de su patria... ¡Qué días interminables aquellos, esperando la noticia tranquilizadora, el regreso dichoso del que amaba!  ¡Qué crueles noches de insomnio, de oración y de fervores redoblados, pidiendo a la Inmaculada de Lourdes que protegiera la vida de su padre, que alumbrara su alma con la antorcha de la fe! Ana María, en lo escondido de su alma, maceraba su cuerpo, ayunaba..., ¡violentaba sin cesar a los cielos!

 

   La paz devolvió un día sano y salvo a su padre. Volvía del país de la muerte y en su alma entreabríase ya la rosa de la fe... Pasados los primeros transportes de alegría filial, Ana María se rindió a la fatiga de cuatro años de zozobras y angustias mortales, y su salud empezó a descaecer, cebo de las fiebres que la agotaron y entumecieron... El padre creyó enloquecer. Su hija se le moría. Y una tarde, a la claridad indecisa del crepúsculo que teñía de rojo y oro la alcoba de la niña, el padre balbució:

 

   — ¿Quieres que te lleve a Lourdes, hija mía, para que tu Virgen te devuelva la salud?

   — Sí, sí —repite llorando la niña—. ¡Llévame a Lourdes!...

 

  Y ved aquí como Ana María, postrada en su cochecito, que el padre empuja suavemente, como carga preciosa, acaba de penetrar sonriente y esperanzada en el acotado patizuelo de las piscinas, cuyas aguas mueve el soplo taumatúrgico...

 

   Ya llega su turno a Ana María... Su padre, ese hombrachón, en cuyo ojal puso la gran guerra la condecoración de los valientes, llora como un niño... Ya Ana María ha desaparecido tras las cortinas del departamento de mujeres... La multitud reza, devota, las preces del Santo Rosario, esa dulce y amorosísima plegaria, ya que la repetición es el lenguaje del amor.

 

   De pronto se oyen dentro de la piscina gritos femeniles... Los fieles prestan atención y su plegaria truécase en leve murmullo de hojas agitadas por el céfiro. Miráis en torno vuestro, y veis pintados en todos los rostros la ansiedad y el temor de ser testigos de algo sobrenatural... Continúan en la piscina los gritos femeninos... Son de Ana María... ¡Suenan a júbilo!... Alguien aparece en la puerta, y grita:

 

   — ¡Milagro! ¡Milagro!...

 

   No hay palabras con que poder describiros el momento en que el escalofrío de lo sublime se apodera de aquella muchedumbre, que se arroja en tierra, y ora, y grita, y llora, y tomada por el vértigo, si no la contuvieran, entraría a viva fuerza en la piscina y levantaría en alto como un trofeo de su fe, que es ahora rugiente pleamar, a la enferma y la pasearía por el mundo para dar testimonio del poder y de la gloria de María.

 

   En los cochecitos que esperan su hora los enfermos lloran, dulcísimamente, queriendo incorporarse, como si el milagro operado en Ana María les alcanzara a ellos... Les ha comunicado alientos y en sus ojos brilla la esperanza.

 

   ¡He aquí al dolor acobardado, desarmado, empequeñecido, trocado en esclavo de los que sufren en nombre de Dios y por Dios, dueño supremo de la vida y de la muerte!

 

   Cuando ha transcurrido el tiempo necesario, Ana María puede abandonar su lecho en la clínica de reconocimiento facultativo. Todos los médicos, que la han observado concienzudamente, profirieron la misma palabra: ¡Milagro! Así lo han certificado.

 

   Una mañana en que el sol cabrillea sobre las verdosas aguas del Gave, la hermosa niña póstrase de rodillas al lado de su padre para recibir en la Gruta el Pan de los fuertes “La Eucaristía”.

 

   A la niña antójasele que en el rosal que crece a los pies de la imagen de María en la roca viva hay dos rosas de delicadísimo matiz, cuyo aroma la embriaga, y no se equivoca Ana María... El rosal muestra una rosa más: la del alma de su padre vuelto a la fe, porque, como Tomás, metió sus dedos en las llagas del costado... Vio y creyó...

 

   Pero ¡Ah! Benditos los que no vieron y creyeron...

 

   ¡Benditos y bienaventurados esos enfermos que en la gran esplanada de Lourdes, rodeada de jardines versallescos, atenazados por el dolor, pálidos, extenuados..., en los que no se operará el milagro material de recobrar la salud, pero en todos los cuales se da ese otro milagro, no menos portentoso, de vencer, y rendir, y convertir en inefable el dolor, y lo que más espanta y maravilla a la paganía del mundo ciego y sensual, “en algo apetecible”, como divino manjar que sólo reserva y reparte el Padre entre los primogénitos y los escogidos!...

 

GERARDO REQUEJO VELARDE.

Lourdes, mayo de 1925.

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