El célebre compositor Glück fué en su infancia
niño de coro y estaba dotado de una voz maravillosa.
Un día al salir de la iglesia en la cual el niño
había cantado maravillosamente, un religioso, el Hermano Anselmo, le tomó en
sus brazos y le dio las gracias con efusión por las lágrimas de ternura que su
canto le había hecho derramar.
– ¿Qué podré yo darte, querido niño, le dijo
en prueba de mi agradecimiento? Toma, añadió, aquí tienes mi rosario.
Guárdalo como recuerdo mío. – Si le rezas diariamente, él será la verdadera llave de oro que te
abrirá las puertas no sólo del templo de la fama sino del verdadero templo de
la inmortalidad que es el cielo.
Su extremada pobreza obligó poco después a los
padres de Glück a abandonar Viena donde residían con su hijo; más nunca ni en las horas de angustia,
olvidó éste el rosario del Hermano Anselmo.
Nombrado, andando el tiempo, profesor de
Maria Antonieta en la corte, todas las noches se retiraba para rezar su rosario
como un religioso para rezar su oficio.
Llamaba a su rosario, el «breviario del músico». Con el rosario
se ponía a trabajar, y cuando la
inspiración le faltaba tomaba su rosario y con él la llama de su genio brillaba de nuevo.
Gracias
en fin a esta devoción puede asegurarse que su muerte repentina no le encontró desprevenido,
pues hallóse en sus heladas manos el rosario, que estaba sin duda rezando en el
momento en que le sorprendió la muerte.
Este
precioso ejemplo es estimulo, querido católicos, a apreciar cada vez más la hermosísima
práctica del santo Rosario, corona de flores divinas que al exhalar su perfume,
de amor a María, os atraerá sus gracias y favores. Rezadle cada día, rezadle
con devoción y la Reina del cielo os bendecirá.
“EL
FARO DE LA COSTA”
Boletín
salesiano.
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