Vuela por todo el mundo la fama del nuevo
género de Milicia, que se ha establecido en nuestros tiempos en el País mismo,
que el Hijo de Dios, habiéndose hecho visible en la Carne, a otro tiempo
honrado con su presencia: a fin de que del mismo lugar de donde él arrojó por entonces
los Príncipes de las tinieblas con la fuerza de su brazo, extermínase todavía
hoy sus infelices ministros, que son los hijos de la infidelidad, disipándolos por
el valor de estos bravos Caballeros, haciendo así aun el día de hoy la
redención de su pueblo, y enarbolando nuevamente el trofeo de nuestra salud en
la casa de David su siervo.
Este es, vuelvo a decir, el nuevo género de
Milicia, y no conocido en los siglos pasados; en el cual se dan a un tiempo
mismo dos combates con un valor invencible: contra la carne y la sangre; y
contra los espíritus de malicia que están esparcidos en el aire. Y, a la
verdad, yo hallo, que no es maravilloso ni raro resistir generosamente a un
enemigo corporal con las solas fuerzas del cuerpo. Tampoco es cosa muy
extraordinaria, aunque sea loable, hacer guerra a los vicios o a los demonios
con la virtud del espíritu, pues se ve todo el mundo lleno de Monjes, que están
continuamente en este ejercicio. Más ¿quién no será sorprendido de pasmo por
una cosa tan admirable y tan poco usada, como es ver el uno y el otro hombre
poderosamente armado de estas dos espadas, y noblemente revestido del ceñidor
militar?
Ciertamente, este Soldado es intrépido y
está seguro por todas partes, cuyo espíritu se halla armado del casquete de la
fe, e igualmente que su cuerpo de la coraza de hierro. Pues estando fortalecido
con estas dos suertes de armas, no teme ni a los demonios, ni a los hombres. Yo
digo más, no teme la muerte, pues que desea morir. Y en efecto ¿qué es lo que
puede hacer temer, sea viviendo o sea muriendo a quien encuentra su vida en
Jesucristo, y su recompensa en la muerte? Es cierto, que él combate con
confianza y con ardor por Jesucristo; pero él desea todavía más morir y estar
con Jesucristo; porque esto es toda la dicha suya. Pues valerosos Caballeros,
marchad con seguridad, echad fuera con un coraje intrépido a los enemigos de la
cruz de Jesucristo, y estad ciertos de que ni la muerte, ni la vida podrán
separaros de la caridad de Dios que está en Jesucristo: rumiando con frecuencia
dentro de vosotros en todos los peligros estas palabras del Apóstol: “SEA QUE VIVAMOS O SEA QUE MURAMOS NOSOTROS
SOMOS PARA DIOS” (Romanos XIV, 8)
¡O con cuánta gloria vuelven del combate
estos vencedores! ¡O con cuánta dicha mueren estos Mártires en la pelea!
Regocijaos, Campeón valeroso, de vivir y de vencer en el Señor; pero regocijaos
todavía más de morir y de ser unido al Señor. Sin duda, vuestra vida es
fructuosa, y vuestra victoria gloriosa; mas, vuestra muerte sagrada debe ser
preferida a la una y a la otra con muy justa razón. Porque, si los que mueren
en el Señor, son bienaventurados ¿Cuánto más lo serán los que mueren por el
Seño?
A la verdad, de cualquier manera que se muera,
sea en el lecho, o sea en la guerra, la muerte de los Santos será siempre preciosa delante de Dios; más, la
que sucede en la guerra, es tanto más preciosa cuanto es mayor la gloria que la
acompaña. ¡O que seguridad hay en la vida que está acompañada de una conciencia
pura! ¡O que seguridad, repito yo, hay en la vida que espera la muerte sin
temor ninguno! ¡Ó, la desea con ansia tambien, y la recibe con devoción! ¡O cuán
santa y segura es esta , y cuán libre y
exenta está de este doble peligro de que se hallan ordinariamente las gentes,
de guerra, que no tienen a Jesucristo por fin de sus combates!
Porque
otras tantas veces como entras en la pelea, tu que no combates sino por un motivo
temporal, debes siempre estar en temor o de matar a tu enemigo en cuanto al
cuerpo, y a tí mismo en cuanto al alma, o quizá de ser muerto por él en cuanto
al cuerpo y en cuanto al alma juntamente.
Pues el peligro o la victoria del cristiano
se deben considerar, no por el suceso del combate, sino por el afecto del corazon.
Si la causa de aquel que pelea, es justa, su éxito no puede ser malo, así como
su fin no puede ser bueno, si es defectuoso su motivo, y no es recta su
intención.
Si con la voluntad de matar a tu enemigo, tú
mismo quedas en el puesto, mueres haciéndote homicida: y si quedas superior, y
haces perecer a tu contrario con el designio de triunfar de él y de vengarte,
vives homicida. Pues, o sea que mueras, o que vivas, sea que seas victorioso o
vencido, de ningún modo te es ventajoso ser homicida.
¡Desgraciada victoria, la que te hace sucumbir
al vicio al mismo tiempo que triunfar de un hombre! Y en vano te glorías de haber
triunfado de tu enemigo, cuando la cólera o la soberbia te reducen a servidumbre.
Hay otros que matan un hombre sin pasión de venganza, y sin codicia de vencer,
sino solamente por librarse del peligro. Y por lo que a mi toca, no osaría
aprobar esta victoria, porque de dos males es menor el morir en el cuerpo que
en el alma. De donde no es permitido concluir en manera alguna, que el alma muere
con el cuerpo, pues no hay sino el pecado que la de la muerte, según esta
palabra de la Escritura; “EL
ALMA QUE PECASE MORIRÁ” (Corintios II,
10).
“TRATADOS
MORALES, DOCTRINALES Y DOGMÁTICOS”
(Año
1803)
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