domingo, 21 de junio de 2026

DE LA EXCELENCIA DE LA NUEVA MILICIA, DIRIGIDA A LOS CABALLEROS DEL TEMPLO DE JERUSALEM – Por San Bernando Abad de Claraval

 



 

   Vuela por todo el mundo la fama del nuevo género de Milicia, que se ha establecido en nuestros tiempos en el País mismo, que el Hijo de Dios, habiéndose hecho visible en la Carne, a otro tiempo honrado con su presencia: a fin de que del mismo lugar de donde él arrojó por entonces los Príncipes de las tinieblas con la fuerza de su brazo, extermínase todavía hoy sus infelices ministros, que son los hijos de la infidelidad, disipándolos por el valor de estos bravos Caballeros, haciendo así aun el día de hoy la redención de su pueblo, y enarbolando nuevamente el trofeo de nuestra salud en la casa de David su siervo.

 

   Este es, vuelvo a decir, el nuevo género de Milicia, y no conocido en los siglos pasados; en el cual se dan a un tiempo mismo dos combates con un valor invencible: contra la carne y la sangre; y contra los espíritus de malicia que están esparcidos en el aire. Y, a la verdad, yo hallo, que no es maravilloso ni raro resistir generosamente a un enemigo corporal con las solas fuerzas del cuerpo. Tampoco es cosa muy extraordinaria, aunque sea loable, hacer guerra a los vicios o a los demonios con la virtud del espíritu, pues se ve todo el mundo lleno de Monjes, que están continuamente en este ejercicio. Más ¿quién no será sorprendido de pasmo por una cosa tan admirable y tan poco usada, como es ver el uno y el otro hombre poderosamente armado de estas dos espadas, y noblemente revestido del ceñidor militar?

 

   Ciertamente, este Soldado es intrépido y está seguro por todas partes, cuyo espíritu se halla armado del casquete de la fe, e igualmente que su cuerpo de la coraza de hierro. Pues estando fortalecido con estas dos suertes de armas, no teme ni a los demonios, ni a los hombres. Yo digo más, no teme la muerte, pues que desea morir. Y en efecto ¿qué es lo que puede hacer temer, sea viviendo o sea muriendo a quien encuentra su vida en Jesucristo, y su recompensa en la muerte? Es cierto, que él combate con confianza y con ardor por Jesucristo; pero él desea todavía más morir y estar con Jesucristo; porque esto es toda la dicha suya. Pues valerosos Caballeros, marchad con seguridad, echad fuera con un coraje intrépido a los enemigos de la cruz de Jesucristo, y estad ciertos de que ni la muerte, ni la vida podrán separaros de la caridad de Dios que está en Jesucristo: rumiando con frecuencia dentro de vosotros en todos los peligros estas palabras del Apóstol: “SEA QUE VIVAMOS O SEA QUE MURAMOS NOSOTROS SOMOS PARA DIOS” (Romanos XIV, 8)

 

   ¡O con cuánta gloria vuelven del combate estos vencedores! ¡O con cuánta dicha mueren estos Mártires en la pelea! Regocijaos, Campeón valeroso, de vivir y de vencer en el Señor; pero regocijaos todavía más de morir y de ser unido al Señor. Sin duda, vuestra vida es fructuosa, y vuestra victoria gloriosa; mas, vuestra muerte sagrada debe ser preferida a la una y a la otra con muy justa razón. Porque, si los que mueren en el Señor, son bienaventurados ¿Cuánto más lo serán los que mueren por el Seño?

 

   A la verdad, de cualquier manera que se muera, sea en el lecho, o sea en la guerra, la muerte de los Santos  será siempre preciosa delante de Dios; más, la que sucede en la guerra, es tanto más preciosa cuanto es mayor la gloria que la acompaña. ¡O que seguridad hay en la vida que está acompañada de una conciencia pura! ¡O que seguridad, repito yo, hay en la vida que espera la muerte sin temor ninguno! ¡Ó, la desea con ansia tambien, y la recibe con devoción! ¡O cuán santa y segura es esta    , y cuán libre y exenta está de este doble peligro de que se hallan ordinariamente las gentes, de guerra, que no tienen a Jesucristo por fin de sus combates!

 

   Porque otras tantas veces como entras en la pelea, tu que no combates sino por un motivo temporal, debes siempre estar en temor o de matar a tu enemigo en cuanto al cuerpo, y a tí mismo en cuanto al alma, o quizá de ser muerto por él en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma juntamente.

 

   Pues el peligro o la victoria del cristiano se deben considerar, no por el suceso del combate, sino por el afecto del corazon. Si la causa de aquel que pelea, es justa, su éxito no puede ser malo, así como su fin no puede ser bueno, si es defectuoso su motivo, y no es recta su intención.

 

   Si con la voluntad de matar a tu enemigo, tú mismo quedas en el puesto, mueres haciéndote homicida: y si quedas superior, y haces perecer a tu contrario con el designio de triunfar de él y de vengarte, vives homicida. Pues, o sea que mueras, o que vivas, sea que seas victorioso o vencido, de ningún modo te es ventajoso ser homicida.

 

   ¡Desgraciada victoria, la que te hace sucumbir al vicio al mismo tiempo que triunfar de un hombre! Y en vano te glorías de haber triunfado de tu enemigo, cuando la cólera o la soberbia te reducen a servidumbre. Hay otros que matan un hombre sin pasión de venganza, y sin codicia de vencer, sino solamente por librarse del peligro. Y por lo que a mi toca, no osaría aprobar esta victoria, porque de dos males es menor el morir en el cuerpo que en el alma. De donde no es permitido concluir en manera alguna, que el alma muere con el cuerpo, pues no hay sino el pecado que la de la muerte, según esta palabra de la Escritura; “EL ALMA QUE PECASE MORIRÁ”  (Corintios II, 10).

 

“TRATADOS MORALES, DOCTRINALES Y DOGMÁTICOS”

(Año 1803)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.