viernes, 20 de julio de 2018

MÁXIMAS ETERNAS – MEDITACIÓN II – Por San Alfonso María de Ligorio – Sobre la importancia del fin del hombre.




PRIMERO.

   Considera ¡oh hombre! cuanto te interesa llegar a tu último y glorioso fin en el que consiste toda tu felicidad; porque si le alcanzas, te salvas, y serás eternamente dichoso, colmado de todos los bienes asi de alma como de cuerpo; pero si por el contrario lo pierdes, pierdes también tu alma y tu cuerpo, el paraíso y a Dios, y seréis eternamente infeliz y condenado para siempre. Así entre todos los negocios del hombre el único importante y necesario es servir a Dios y salvar su alma. No digas pues ¡Oh cristiano! ––Ahora quiero satisfacer mis gustos; más tarde ya me consagraré a Dios, y espero salvarme. ¡Esta falsa esperanza a cuantos no ha conducido al infierno! también ellos tenían este mismo lenguaje, y al presente están condenados, sin que haya remedio para ellos. ¿Hay algún condenado que verdaderamente haya querido condenarse? Dios maldice al que peca con la esperanza del perdón; Maledictus homo qui peccat in spe. Tú dices: yo quiero cometer este pecado, y después ya me confesaré de él. — Pero ¿quién sabe si tendrás tiempo para ello?  (Nota nuestra: cometer un pecado pensando que después uno se confesará, ya es un pecado en si mismo, por lo que cuando se peque deberá confesar dos pecados: El pecado que cometió y que además el hecho  de que lo hizo pensando que después lo confesaría) ¿Quién te asegura que no morirás repentinamente después de tu pecado? Como quiera que sea, tú pierdes la gracia de Dios ¿y si no vuelves a recobrarla? Dios usa de misericordia con el que le teme, y no con el que lo desprecia: Et misericordia ejus... timentibus cum (Luc. 1, 50.) No digas tampoco: yo me confesaré  igualmente de tres pecados que de dos; —  porque Dios te perdonará tal vez dos pecados y no tres: sufre al pecador, pero no siempre. In plenitudine peccatorum puniat: (II. Mach. 6. 14.) Cuando la medida está llena, Dios no perdona ya; hiere de muerte al pecador, o bien le abandona, que es un castigo peor que la muerte: de suerte que este infeliz, de pecado en pecado, va descendiendo al infierno.

   Piensa, mi querido hermano, en lo que acabas de leer. Es tiempo ya de poner término a tus pecados y de entregarte a Dios. Tomo como que esta sea la última advertencia que Dios te envía: bastante le has ofendido, bastante tiempo te ha sufrido: y si todavía cometes un pecado mortal, teme que Dios no te perdone ya. Considera que se trata de tu alma y de tu eternidad. ¡Oh! ¡Este  grande pensamiento de la eternidad, a cuantos no ha separado del mundo! ¡A cuantos no ha conducido a pasar su vida en los claustros, en los desiertos y en las cavernas!

   ¡Desgraciado de mí! ¿Qué me queda de tantos pecados cometidos? ¡Nada, sino el corazon atormentado, la conciencia cargada, el infierno merecido! ¡Oh Dios mío! ¡Oh padre mío! atraedme a vuestro amor.

SEGUNDO.


   Considera, ¡Oh cristiano! que este negocio de la eternidad es el más descuidado. Se piensa en todo, menos en salvarse. Se tiene tiempo para todo, excepto para Dios. Dígase a  un mundano que frecuente los Sacramentos, que haga oración media hora cada día, y responderá: tengo hijos, tengo sobrinos, tengo posesiones, tengo de que ocuparme. ¿Y no tienes también un alma? ¿Podrás hacer valer tus riquezas, y llamar a tus hijos, a tus sobrinos, para que vengan a socorrerte a la hora de la muerte, y que te libren del infierno, si eres condenado? ¡Ah! No te lisonjees de poder nunca conciliar Dios con el mundo, y el paraíso con el pecado. El negocio de tu salvación no es un negocio que pueda tratarse enteramente a tu gusto: es necesario que te hagas violencia a ti mismo, y que trabajes, si quieres ganar la corona inmortal, ¡Cuantos cristianos se prometían servir a Dios más tarde y salvarse, y ahora se hallan en el infierno! ¡Qué locura la de pensar siempre en lo que acaba tan pronto y pensar tan poco en lo que no debe acabar jamás!


   ¡Ah cristiano! ¡Fija tu atención en lo que te espera: piensa que muy pronto saldrás de este mundo, para ir a la morada de la eternidad! ¡Desgraciado de ti, si te condenas! ¡Observa bien que después ya no habrá remedio!

TERCERO.

   Considera, pues, esto, y di: tengo un alma, y si la pierdo, todo es perdido. Tengo un alma, y aunque gane un mundo al precio de esta alma, ¿cuál será mi provecho? Si llego a ser un gran personaje, y pierdo mi alma ¿qué me quedará? Si amontono tesoros, si ensalzo mi casa, si engrandezco a mis hijos, y pierdo mi alma ¿de qué utilidad me servirá todo esto? ¿Qué aprovechan las grandezas, los placeres y las vanidades, a tantos desgraciados que han tenido una vida mundana, y que ahora se reducen a polvo en una fosa y están sepultados en los profundos infiernos? Si, pues mi alma me pertenece, si no tengo más que una, y si, una vez perdida, es perdida para siempre, debo poner mucho cuidado en salvarla Este es punto muy importante, pues que se trata de ser o eternamente dichoso, o eternamente desgraciado.

   ¡Oh Dios mío! yo confieso con rubor y vergüenza que hasta ahora he vivido como ciego; he andado errante muy lejos de Vos, y no he pensado en salvar mi alma, esta alma única e inmortal. ¡Oh padre mío! salvadme por el amor de Jesucristo; pues que consiento perderlo todo, con tal que no os pierda a Vos, ¡Oh Dios mío! — ¡Oh María, mi esperanza, salvadme por vuestra intercesión!


“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”








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