lunes, 2 de octubre de 2017

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS (1° parte) –– Por San Alfonso María de Ligorio.







Excelencia de esta virtud


   Toda nuestra perfección está cifrada en amar a nuestro amabilísimo Dios, según aquello de San Pablo: Tened caridad, que es vínculo de perfección (Col., III, 14). Pero toda la perfección del amor está fundada en conformar nuestra voluntad con la voluntad de Dios; porque este es el efecto principal del Amor, dice San Dionisio Areopagita, unir la voluntad de los amantes de suerte que no tengan más que un solo querer y no querer. Por consiguiente, tanto más amará el alma a Dios cuanto más unida esté con su divina voluntad. Verdad, es que agradan al Señor las mortificaciones, las meditaciones, las comunicaciones, las obras de caridad que ejercitamos con el prójimo; pero solamente cuando están conformes con su voluntad santísima; de lo contrario, lejos de ser de su agrado, las detesta y las juzga dignas de castigo.

   Si un amo tuviera dos criados y uno de ellos trabajara sin tregua ni descanso, pero siempre a su gusto y según su capricho, y el otro, aunque se afanara menos, se esmerase en hacerlo todo conforme a la obediencia, a buen seguro que el amo tuviera en más aprecio al segundo que al primero. Si nuestras obras no están hechas según el beneplácito del Señor, ¿cómo podrán redundar en gloria suya? No quiere Dios los sacrificios, sino que se acate su santísima voluntad. ¿Por ventura el Señor, dijo Samuel a Saúl, no estima más que los holocaustos y las víctimas el que se obedezca a su voz? Es como crimen de idolatría el no querer sujetarse al Señor (1 Reg., XV, 22. (2) Hebr. X, 5).

   El hombre que quiere obrar por propio antojo, con independencia de Dios, comete una especie de idolatría, porque en este caso, en vez de adorar la voluntad de Dios, adora en cierto modo la suya.

   Añádase a esto que la mayor gloria que podemos dar a Dios es cumplir en todo su santísima voluntad. Esto de buscar la gloria de su Padre, fue lo que principalmente vino a enseñar con su ejemplo nuestro Redentor, cuando del cielo bajó a la tierra. Al entrar en el mundo, según el Apóstol, se expresó de esta manera: Tú no has querido sacrificio, ni ofrenda; más a mí me has apropiado un cuerpo... Entonces dije. Heme aquí que vengo... para cumplir, ¡oh Dios!, tu voluntad. Has rehusado las víctimas que los hombres te ofrecían; ya que es tu voluntad que te sacrifique el cuerpo que me has dado, pronto estoy a cumplirla. Y no pocas veces aseguró que había bajado a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la de su eterno Padre. He bajado del cielo, ha dicho por San Juan, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió (Joan, VI, 38). Y para que el mundo entendiese el amor inmenso que tenía a su Padre, se ofreció, por sujetarse a su voluntad, a padecer muerte de cruz para salvarnos Esto cabalmente fue lo que dijo cuando en el Huerto salió al encuentro de sus enemigos que iban a prenderlo para conducirlo a la muerte. Para que conozca el mundo, dijo, que amo a mi Padre y que cumplo con lo que me ha mandado, levantaos y vamos (Ibid. XIV, 31). Y dijo también que solamente reconocería por hermanos suyos a los que cumpliesen su voluntad divina. Aquel que hiciese la voluntad de mi padre..., éste es mi hermano (Math., XII, 50).

   Todos los santos, convencidos de que en ello estaba cifrada la perfección cristiana, han puesto su afán y todo su intento en cumplir la voluntad de Dios. Decía el B. Enrique Susón “que Dios no exigía de nosotros que tuviéramos abundantes luces, sino que en todo nos sometiésemos a su voluntad”. Y Santa Teresa añade: “Toda la pretensión de quien comienza oración... ha de ser trabajar y determinarse y disponerse a hacer su voluntad, conformar con la de Dios. En esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino (Moradas 2).” La B. Estefanía de Soncino, religiosa dominica, fue un día trasladada en admirable visión al cielo, y vió las almas de algunos difuntos, que ella había conocido, sentadas entre los serafines, y le fue revelado que aquellas almas habían sido levantadas a tan alto grado de gloria porque mientras vivieron en la tierra habían estado íntimamente unidas a la voluntad de Dios. El B Enrique Susón también decía: “Prefiero ser el más vil gusanillo de la tierra por voluntad de Dios, que serafín en el cielo por mi propia voluntad.”

   Mientras vivimos en el mundo, debemos aprender de los santos del cielo a amar a Dios. El amor puro y perfecto que los bienaventurados tienen en la gloria los inclina a conformar en todo su voluntad con la del Señor. Si los serafines entendieran que era voluntad de Dios el que se ocuparan por toda la eternidad en amontonar las arenas de las riberas del mar o en cultivar los jardines de la tierra, en ello pondrían todo su placer y todo su contento. Aún más; si Dios les manifestase que era de su agrado que se arrojaran al fuego abrasador del infierno, inmediatamente se arrojarían a aquel abismo sin fondo, para hacer la voluntad de Dios. Por esto Jesucristo nos enseñó a pedir la gracia de cumplir su voluntad en la tierra, como lo hacen los bienaventurados en el cielo, diciendo: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

   El Señor llamó a David hombre según su corazón, porque ejecutaba lo que entendía era de su agrado. He hallado a David, dice, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos (Act., XIII, 22).

   En efecto, el Santo Rey estaba siempre dispuesto a seguir la voluntad divina, como él mismo lo asegura cuando dice: Dispuesto está mi corazón, Dios mío, mi corazón está dispuesto (Ps., LXI, 8). Y no cesaba de pedir al Señor que le enseñase a cumplir su voluntad. Enséñame a hacer tu voluntad (Ps., CXLII). Un solo acto de perfecta conformidad con la voluntad de Dios basta para santificar un alma. Cuando San Pablo perseguía a la Iglesia, le iluminó Jesucristo y lo convirtió. Para conseguirlo, ¿qué es lo que hizo San Pablo? ¿Qué es lo que dijo? No hizo más que ofrecerse a cumplir la voluntad de Dios. Señor, dijo, ¿qué quieres que haga? (Act., IX, 6). Y en aquel mismo instante le proclamó Jesucristo vaso de elección y apóstol de los gentiles. Ese mismo es ya un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre delante de todas las gentes (Ibid., 15).

   Y esto no es de maravillar, porque el que da a Dios su voluntad, se lo da todo; el que da limosnas da al Señor parte de sus bienes; el que se mortifica le da su sangre; el que ayuna le ofrece su alimento; pero el que le entrega su voluntad le da no sólo parte de lo que tiene, sino que se lo da todo. Entonces puede con toda verdad decirle: Pobre soy, Dios mío, pero os doy todo lo que poseo, porque dándoos mi voluntad no tengo más que daros. Esto es justamente todo lo que el Señor pide de nosotros: Hijo mío, nos dice, dame tu corazón (Prov., XXIII, 26); esto es: tu voluntad. Dice San Agustín que no podemos hacer ofrenda más agradable a Dios que decirle: Tomad, Señor, posesión de mí, os doy toda mi voluntad; dadme a entender lo que de mí queréis, que pronto estoy a ejecutarlo.

   Si queremos colmar los deseos del corazón de Dios, procuremos en todo conformarnos con su santísima voluntad; y no sólo debemos conformarnos, sino también identificar nuestra voluntad con la suya; conformar nuestra voluntad con la de Dios es unir la nuestra con la suya; pero el identificarnos con ella exige más, exige que de la voluntad de Dios y de la nuestra hagamos una sola, de suerte que no queramos más que lo que Dios quiere, y nuestra voluntad sea la voluntad de Dios.


   Esto es lo más subido de la perfección a la cual debemos siempre aspirar. A esto debemos enderezar todos nuestros deseos, todas nuestras meditaciones y plegarias. Esto es lo que debemos pedir por intercesión de nuestros Santos Patronos, por medio de nuestros Ángeles Custodios, y sobre todo por mediación de María, Madre de Jesús, la cual fue más perfecta que todos los Santos, porque estuvo unida con más perfección que ellos a la voluntad de Dios.

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