martes, 17 de diciembre de 2019

MEDITACIONES del P. LUIS DE LA PUENTE para las fiestas de Navidad. De la jornada de la Vírgen nuestra Señora desde Nazaret a Belén.



MEDITACIÓN PRIMERA.
PUNTO PRIMERO


   En primer lugar, consideraré por fundamento de las meditaciones siguientes, como el Verbo encarnado, estando en las entrañas de su Madre, quiso hacer una en rada en el mondo, la más nueva, admirable y santa que jamás hubo ni habrá; penosa para sí y provechosa para nosotros, asentando los cimientos de la perfección evangélica· que babia de predicar. De modo que, su primera entrada en el mundo, como dice San Cipriano (Serm. de Nat.), fuese dechado de nuestra primera entrada en la Religión cristiana, para que entrasen sus discípulos por donde él entró, ejercitando las virtudes que ejercitó. Y para este fin dejó todo lo que el mundo ama y busca, y buscó todo lo que el mundo aborrece y huye. Y así, para nacer dió traza como salir de Nazaret por dejar las comodidades que pudiera tener, naciendo en casa de su Madre y entre sus deudos y conocidos, a donde no le fallara el abrigo de un aposento, y brizo y algún regalo, como no le faltó al Bautista, por nacer en casa de su padre; pero todo lo dejó, mostrando cuanto aborrece los regalos de la carne, y cuan amigo es de pobreza; pues deja lo poco que tiene su pobre Madre, y como peregrino quiere nacer en Belén, en tal coyuntura que todo le fallase.

   Con este ejemplo me confundiré, por verme tan amigo de mis comodidades y regalos que, no solamente no huyo de ellos, pero con ansia los busco; y si no los hallo, me aflijo. ¡O Jesús Nazareno, Florido con flores de virtudes celestiales, que sales de Nazaret por huir las flores de los regalos terrenos! suplícote por esta salida favorezcas mi flaqueza, para que renuncie las flores y blanduras de mi carne, deseando solamente las flores de tus virtudes, con las cuales adornes mi alma, para que le dignes nacer en ella. Amen.

PUNTO SEGUNDO.


   En segundo lugar, consideraré la ocasión que tomó Cristo nuestro Señor para hacer esta jornada, y salir con su intento; porque en aquellos días salió un edicto de Augusto César, que todo el orbe se empadronase, acudiendo cada uno a la ciudad de donde tenía su origen. En cumplimiento de esto fue José de Nazaret a Belén, para encabezarse allí con María su esposa, que estaba preñada.

   En este hecho ponderaré cuan diferentes son los pensamientos de Dios y los de los hombres; los del rey del cielo de los del rey de la tierra: porque este edicto estaba fundado en soberbia, ambición, jactancia y avaricia, mandando más de lo que podía; esto es, que todo el orbe se encabezase, como si todo fuera suyo, y deseando que todos fuesen sus vasallos y le pagasen pecho, aunque fuesen pobres y necesitados. Pero al contrario el rey del cielo Jesucristo; todos sus pensamientos tenia puestos en humildad, pobreza y sujeción, y en hollar pompas, riquezas y vanidades. No viene mandar ni a ser servido, sino a obedecer y servir a todo el mundo. Y en confirmación de esto, quiere que su Madre y él en ella se encabecen, y profesen ser vasallos de Augusto César y le paguen tributo, para confundir con este ejemplo la soberbia y codicia del mundo; porque si el Rey de reyes, y Monarca de todo lo criado entra en el mundo humillándose, y prestando vasallaje a un rey terreno y malo.

   ¿Qué mucho me humille yo, y me sujete a toda humana criatura por su amor? (Pet. II 13). Y ¿qué soberbia será no humillarme al mismo Dios, reconociéndome por su vasallo, y pagándole con obediencia el tributo que le debo? ¡O rey del cielo! no permitas en mí tal soberbia, pues te humillaste tanto para remediarla.

PUNTO TERCERO.


   Lo segundo ponderaré, que aunque este edicto se fundaba en soberbia y codicia, quiere Dios que sea obedecido de los suyos, porque gusta obedezcamos a nuestros superiores en todo lo lícito que nos madaren (Mateo. XXIII, 3), aunque lo manden por sus propios intereses y dañados fines, reconociendo en ellos a Dios, cuyo lugar tienen. Y así Cristo nuestro señor levantó de punto esta obediencia, haciendo esta jornada por cumplir la voluntad del Eterno Padre que babia ordenado naciese su Hijo en Belén de Judá (Mich. v, 2; Math. II, 6), aunque su providencia tomó este edicto del emperador Augusto, como medio para conseguir su intento. Y como Cristo nuestro señor venia al mundo a cumplir, no su voluntad, sino la del que le enviaba (Juan. VI, 38), quiso nacer en el lugar donde su Padre babia ordenado, y nacer obedeciendo, como murió obedeciendo, para que todos aprendamos a obedecer. ¡O Amado mío! pues mi vida está en hacer tu voluntad, mis entradas y salidas en cuanto hiciere, sean conformes a ella por siempre jamás. Amén.

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