miércoles, 2 de abril de 2025

LA CRUZ PINTADA – Por el Apostolado de la Buena Prensa – Año 1894.




   Esperaba la hora de comer el Cura de un pueblo pequeño, después de haber predicado en una Misa mayor un sermón sobre aquellas palabras de Jesús que se leen en el Evangelio de San Mateo: «El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí.» Entró al propio tiempo en casa del párroco un pobre peón de albañil, muy amigacho suyo, hombre de buenas costumbres y de sano corazón, pero algo turbio de entendimiento, y no muy contento con su suerte ni satisfecho de su condición. El Cura y el buen albañil tenían grandes discusiones, en las que el buen Sacerdote procuraba  resolver las dudas que en aquel espeso cerebro se anidaban.

 

   — ¿Has estado hoy en el sermón? — preguntó el Cura.

   — Sí, señor — contestó Roque; — y aunque no lo hubiese oído no me hacía falta; no, señor, no me hacía falta.

   — ¡Hombre, hombre—repuso el Cura explícame eso, que no lo entiendo bien!

   — Pues es claro; Ud. Ha predicado que dijo nuestro Señor: «El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» Pues yo no necesito tomar ninguna cruz; hace tiempo que la llevo encima, y ¡flojilla que es mi cruz!

   — ¿Y cuál es, Roque, esa cruz grande que tú tienes?, porque, a decir verdad, yo no la veo. Tú eres joven, sano, soltero, robusto; trabajas la mayor parte del año, no tienes achaques, ni enfermedades, ni enemigos...

   —Y no tengo un cuarto, y no tengo dinero; y el no tener dinero es la cruz más grande que puede haber; es la cruz más pesada de cuantas cruces pueden llevarse; y la llevo siempre a cuestas, siempre conmigo, y no me la puedo quitar de encima, y me pesa, me repesa, y me contrapesa, y...

   — Y eres un asno—añadió el Cura riéndose.

   — ¿Conque el no tener dinero es una cruz? Vamos, no te creía tan tonto y tan mal cristiano, y, sobre todo, tan endeble que no pudieses llevar una cruz tan pequeña e insignificante como el no tener dinero, teniendo, como tienes, salud que te sobra y robustez para trabajar, y trabajo continuo.

   — Salud y robustez sin dinero... morirse, morirse.

   — Hombre, no exageres — repuso el Cura; — y para que veas cuan ligera es tu cruz; para que veas cuan cobarde eres, voy a decirte que es más ligera, más llevadera, más fácil de llevar que una cruz que yo te pintaré con yeso en la espalda de tu chaqueta.

   — Vamos, señor Cura, que no estoy para bromas.

   — No, no es broma ni burla lo que te digo. Hablo seriamente. Dime ¿cuánto ganas el día que trabajas?

   — Seis reales.

   — Pues yo te daré dos pesetas cada día, y no trabajarás, no tendrás más que hacer que pasear por las calles, por la plaza, por todo el pueblo, con las manos on los bolsillos del pantalón, pero con una cruz que yo te pintaré en la espalda de la chaqueta, y que — óyelo bien — no has de permitir que te la borren. Y ya verás, mi buen Roque, como al poco tiempo me dices: «Señor Cura, esta cruz pintada me pesa más, mucho más que el no tener un cuarto.

   — ¿Cuándo me la pinta Ud.? — dijo Roque, que ya se le hacía la boca agua al pensar en las dos pesetas diarias sin trabajar.

   — Mañana, que es domingo — dijo el Cura.

   — ¿Y mañana me dará Ud. las dos pesetas ya?

   — Sí, hombre.

   — Pues hasta mañana.

 

   En efecto, al día siguiente, antes de Misa mayor, fué Roque a casa del señor Cura, con su chaqueta negra; el Párroco le hizo con yeso blanco una cruz, que le cogía toda la espalda, de rayas gruesas bien visibles, mientras el buen Roque se reía...

 

   — No te rías — dijo el Cura; — ya te pesará esa cruz mucho más que el no tener dinero.

 

   Y se marchó a Misa nuestro Roque en compañía del Cura, que entró en la sacristía, mientras que el cruzado entraba en la iglesia por la puerta mayor. Tomó agua bendita, se arrodilló, y en esto le dice un amigo que estaba detrás:

 

   — Roque, llevas una cruz pintada en la chaqueta.

   — Ya lo sé —contestó Roque.

 

   Se encogió de hombros el amigo, y comenzó la Misa.

   Un poco después de alzar a Dios, una vieja que estaba arrodillada detrás de Roque, le dice tocándole en el hombro:

 

   — Roque, llevas dos rayas de yeso en la espalda.

   — Bueno —respondió Roque — déjelas Ud.

 

   Acabóse la Misa, y al salir de la iglesia, una vecina le dice:,

 

   — Chico, ¿y esa cruz que llevas ahí pintada?

   — A Ud. no lo importa — contestó Roque, ya un poco amostazado.

   — ¡Oh!—dijo la vieja. — yo creía hacerte un favor.

   — Pues señor, ¿es posible — murmuró Roque — que se han de meter en si llevo rayas o cruz en la chaqueta? Ya me voy cargando.

   — Chico — le dice un amigo — ¡qué guapo vas con esa cruz en la espalda! ¿Quién te la ha pintado?

   — Quien a mí me ha dado la gana — saltó Roque ya montado en cólera.

   — Hombre, no te incomodes; tú eres dueño de llevar una cruz pintada; y por mí, si quieres pintarte la cara, píntatela.

 

   Y se separó el amigo muy serio.

   Ya no estaba Roque muy conforme con: aquellas rayas, y ya se le iba subiendo la mosca a la nariz; pero aunque muy vivo de genio, el recuerdo de las dos pesetas lo hizo encogerse de hombros y seguir su camino.

 

   Llegó a la plaza al mismo tiempo que unos cuantos amigos.

 

   — Roque —dijo uno de ellos: — ¿qué llevas ahí on la chaqueta? Chico, chico, una cruz; ¿es para que no te lleve el diablo? Espera que yo te la borraré.

 

   Y sacó el pañuelo para sacudirla.

 

   — No, no—gritó Roque; — déjala, no la borres, no la toques.

   — Pero hombre — dijeron los demás- ¿te has vuelto loco?

   — No; pero no quiero que me la borréis.

   — Ea, pues ahí te quedas; vamos, este hombre está tonto.

 

   Y se marcharon sin mirarle, quedándose él de muy mal talante.

   Y aquellos amigos fueron publicando que el pobre Roque tenía una cruz pintada en la chaqueta, y que no quería que se la borrasen; y fueron reuniéndose otros y otros, y señalando con el dedo al pobre Roque; y riéndose de él, de modo que se iba hartando de rayas, y pesándole ya bastante aquella pintada y ligera cruz.

 

   Al volver una esquina encuentra a un compañero suyo, que le dice mofándose:

 

   — Vaya Ud. con Dios, señor Don. Roque.

   — Yo no tengo don — repuso con mal gesto el cruzado.

   — Es que como Ud. es caballero de la gran cruz de yeso.

   — Yo soy caballero de la cruz de la gran...

 

   Y Roque, con gesto amenazador, soltó una puerca barbaridad.

 

   — ¡Hola, el de la cruz — decía uno.

   — Aquí está el de las rayas blancas.

   — El de la chaqueta negra y cruz de yeso.

   — ¿Quieres un cepillo para borrarla? — decía otro.

   — No necesitarás Cirineo para que te ayude.

   — ¿Es para que no te lleve el diablo?

 

   Y efectivamente, a Roque se lo llevaban tres mil millones de demonios, y ya sudaba la gota gorda con el peso leve de la cruz pintada.

   Otro amigo se lo acerca, y con la mano comienza a sacudirle.

 

   — ¡Estáte quieto! — gritó Roque hecho un energúmeno.

   — Pues señor, no hay duda, este hombro está rematadamente loco. —

 

   Y se apartó de él y fué publicando que el pobre Roque se había vuelto loco; y él veía que todos le señalaban con el dedo, unos con lástima, otros con burla, otros riéndose; y se le iba acabando la paciencia; y en esto un muchacho grito: «¡Al tio de la cruz» y otro y otros le hicieron coro: «¡Al tio loco de la cruz!» Y Roque corrió tras ellos echando fuego por los ojos, y tirando blasfemias por aquella boca; y los chicos corren más, y él, jadeando, corría y sudaba, y un zagal cogió una piedra, y —toma, al tio loco; — y esto fué como la señal de la batalla; y otro cogió otra piedra, y otros otras, y cayó un diluvio de piedras sobre el pobre Roque, nuevo San Esteban, pero sin sus méritos; y los chicos «¡al loco, al loco!» gritaban como demonios; y el infeliz se acordó de la maldición del gitano: en manos de chicos te veas. Y las piedras llovían. y no podía guarecerse de tantas como le tiraban; y el infeliz ya no perseguía a los muchachos, sino que éstos le perseguían a él, y corría delante de ellos, tropezando, con la lengua fuera, sudando a mares y sin ver el terreno que pisaba; y aquí caigo, aquí me levanto, le alcanzaron algunas chinas, se le escapó el sombrero, una piedra le hirió en la cabeza, el pobre so tocó y miró sangre, y ya no pudo sufrir más, y maldijo las rayas blancas que le pesaban como una losa de plomo, y le entró una mortal congoja; y los chicos seguían «¡al loco, al loco!» y piedras sin parar, y miró al cielo con angustia y bendijo su antes para él pesada cruz, y se maldijo a sí mismo, y fué su suerte que se encontró a la puerta del Cura, y entró y cerró la puerta, a la que alcanzaron algunas pedradas de los pequeños perseguidores, y se dejó caer medio muerto en un banco, a tiempo que el Cura salió de su habitación a los gritos de la turba infantil y al atronador estrépito de la pedrea...«¡Señor Cura!—rugió el dolorido Roque, en cuanto le apercibió; —no quiero cruz pintada, no quiero dos pesetas, ni dos duros, ni diez millones: me pesa esta cruz, me pesa haber salido esta mañana con estas dos rayas, me pesa más que todo esta cruz, en la que en poco me crucifican esos demonios de chiquillos, después de haberme rascado el alma hombres y mujeres con tanto preguntar por qué la llevaba pintada en la chaqueta. Bórremela Ud., por todos los Santos Apóstoles, si no, va a ser hoy el último día de mi vida.»

 

   — Vamos, sosiégate — dícele cariñosamente el Cura. —¿No te decía yo que esta cruz pintada te pesaría mucho? Siento mucho las pedradas: lávate esa herida, que por fortuna es muy leve: pero, por lo demás, me alegro que te convenzas de que muchas veces creemos tener una pesada cruz y quisiéramos dejarla, y querríamos tener otra que nos parece menos pesada, y resulta que la que Dios nos ha dado es mil veces más ligera. No murmures de la cruz que Dios te ha dado; confórmate con ella; confórmate con no tener mucho dinero, como tú dices que no tienes, que ya ves que es harto más ligera que esa pintada, de la que te reías cuando te la pinté.

 

   — Es verdad — dijo Roque, dando un resoplido como una ballena; —bórreme Y esa cruz de la chaqueta; bórremela,  que yo no la vea; y le prometo de aquí en adelante conformarme con la cruz que el Señor tenga a bien enviarme, y que la llevaré sin murmurar; y si no con alegría, porque no soy Santo, a lo menos con cristiana resignación.

 

   — Amén — dijo el Cura — y acuérdate que todo no consiste en prometer, sino en cumplir.

 

JOAQUÍN MARTÍNEZ LOZANO.

 

 

 

 

 



martes, 1 de abril de 2025

DEVOCIÓN DE LOS PRIMEROS MIÉRCOLES DE MES EN HONOR A SAN JOSÉ.


 

Por la señal, etc.

Pésame, etc.

 

   ¡Oh amabilísimo Patriarca San José! Desde el abismo de mi pequeñez y miseria os contemplo con emoción y alegría de mi alma en vuestro trono del cielo, como gloria y gozo de los Bienaventurados, pero también como padre de los huérfanos en la tierra, consolador de los tristes, amparador de los desvalidos, auxiliador de los Ángeles y Santos ante el trono de Dios, de vuestro Jesús y de vuestra santa Esposa.

 

   Por eso yo pobre, desvalido, triste y necesitado, a Vos dirijo hoy y siempre mis lágrimas y penas, mis ruegos y clamores del alma, mis arrepentimientos y mis esperanzas; y hoy especialmente os traigo ante vuestro altar y vuestra imagen una pena que consoléis, un mal que remediéis, una desgracia que impidáis, una necesidad que socorráis, una gracia que obtengáis para mí y para mis seres queridos.

 

   Y, para conmoveros y obligaros a oírme y conseguírmelo, os lo pediré y demandaré durante treinta días continuos, en reverencia a los treinta años, que vivisteis en la tierra con Jesús y María: y os lo pediré, urgente, y confiadamente, Invocando todos los títulos que tenéis para compadeceros de mí, y todos los motivos que tengo para esperar que no dilataréis el oír mi petición, y remediar mi necesidad; siendo tan cierta mi fe en vuestra bondad y poder, que al sentirla os sentiréis también obligado a obtener y darme más aún de lo que os pido y deseo.

 

   1) Os lo pido por la bondad divina que obligó al Verbo Eterno a encarnarse y nacer en la pobre naturaleza humana, como Hijo de Dios, Dios Hombre y Dios del hombre.

 

   2) Os lo suplico por vuestra ansiedad inmensa al sentiros obligado a abandonar a vuestra santa Esposa.

 

   3) Os lo ruego por vuestra resignación dolorosísima para buscar un establo y un pesebre para palacio y cuna de Dios nacido entre los hombres.

 

   4) Os imploro por la dolorosa y humillante Circuncisión de vuestro Jesús, y por el santo, glorioso y dulcísimo nombre que le impusisteis por orden del Eterno.

 

   5) Os lo demando por vuestro sobresalto al oír del Ángel la muerte decretada contra vuestro Hijo Dios, por vuestra obedientísima huida a Egipto, por las penalidades y peligros del camino, por la pobreza extrema del destierro y por vuestras ansiedades al volver de Egipto a Nazaret.

 

   6) Os lo pido por vuestra aflicción dolorosísima de tres días, al perder a Vuestro Hijo, y por vuestra consolación suavísima al encontrarle en el templo, y por vuestra felicidad inefable de los treinta años que tuvisteis en Nazaret con Jesús y María sujetos a vuestra autoridad y providencia.

 

  7) Os lo ruego y espero por el heroico sacrificio, con que ofrecisteis la víctima de vuestro Jesús al Dios Eterno para la cruz y para la muerte por nuestros pecados y nuestra redención.

   8) Os lo demando por la dolorosa previsión que os hacía todos los días contemplar aquellas manos infantiles, taladradas después en la cruz por agudos clavos; aquélla cabeza que se reclinaba dulcísimamente  sobre vuestro pecho, coronada de espinas; aquel cuerpo divino que estrechabais contra vuestro corazón, desnudo, ensangrentado y extendido sobre los brazos de la Cruz, aquel último momento en que le veíais expirar y morir.

 

   9) Os lo pido por vuestro dulcísimo tránsito de esta vida en los brazos de Jesús y María y vuestra entrada en el Limbo de los Justos y al fin en el cielo.

 

  10) Os lo suplico por vuestro gozo y vuestra gloria, cuando contemplasteis la Resurrección de vuestro Jesús, su subida y entrada en los cielos y su trono de Rey inmortal de los Siglos.

 

   11) Os lo demando por vuestra dicha inefable cuando visteis salir del sepulcro a vuestra santísima esposa resucitada, y ser subida a los cielos por los Ángeles y coronada por el Eterno, y entronizada en un solio junto al vuestro.

 

   12) Os lo pido y ruego y espero confiadamente por vuestros trabajos, penalidades y sacrificios en la tierra, y por vuestros triunfos y glorias y feliz bienaventuranza en el cielo con vuestro Hijo Jesús y vuestra esposa Santa María.

 

   ¡Oh mi buen Patriarca San José! Yo, inspirado en las enseñanzas de la Iglesia Santa y de sus Doctores y Teólogos, y en el sentido universal del pueblo cristiano, siento en mí una fuerza misteriosa, que me alienta y obliga a pediros y suplicaros y esperar me obtengáis de Dios la grande y extraordinaria gracia que voy a poner ante vuestra imagen y ante vuestro trono de bondad y poder en el cielo.

 

   Aquí, levantando el corazón a lo alto, se le pedirá al Santo, con amorosa instancia la gracia que se desea.

 

   Obtenedme también para los míos y los que me han pedido ruegue por ellos, todo cuanto desean y les es conveniente.

 

   San José rogad por nosotros; Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

 

ORACIÓN.

 

   Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima; concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como intercesor en los cielos. Oh Dios, que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén

lunes, 31 de marzo de 2025

LA INCREDULIDAD – Por el Apostolado de la Buena Prensa – Año 1894.

 



   Es uno de los mayores males de nuestro tiempo, el mayor sin duda de todos los males, la incredulidad, la falta de fe. La humanidad en gran parte no cree en las verdades de la religión, como creían nuestros antepasados. Este gravísimo mal lo consideran naturalmente los impíos, como uno de sus más gloriosos triunfos. Uno de ellos lo ha dicho: “Paso ya la edad de la fe, y ha empezado la edad de la razón”.

 

   Pero, ¿cuál es la causa de esta incredulidad tan generalizada? Según los impíos, es que las gentes se han convencido de que la Religión es falsa. Mas esto es fácil decirlo, pero imposible probarlo. Por el contrario, basta estudiar un poquito, nada más que un poquito, para convencerse de que nunca, como en nuestro tiempo, abundan las pruebas de la veracidad de la Religión. Eso que se llama ciencia, moderna, en todo lo que tiene de verdadera ciencia, está lleno de pruebas y demostraciones concluyentes a favor de la fe. El descubrimiento y estudio de las leyes naturales es una demostración evidente de la existencia de las leyes sobrenaturales. La grandeza del cosmos, revelada por la astronomía, es como una revelación nueva sorprendente y avasalladora de la grandeza de Dios, y de su providencia adorable. El microscopio nos muestra que en lo indefinidamente pequeño, no es Dios menos grande que en lo indefinidamente grande de la naturaleza. La Geología nos comprueba, casi de un modo matemático, la verdad del relato de Moisés, sobre la creación del mundo y del hombre. La historia profana, mejor estudiada que antes, demuestra la exactitud hasta de los menores detalles de la historia sagrada. La Psico-física y la Biología evidencian la unión substancial del alma con el cuerpo. La Meteorología entrevé ya que los vientos y las tempestades están sujetos a ley, como se dice en las Santas Escrituras. Todas las ciencias y estudios modernos comprueban más o menos la verdad de nuestra Santa Religión. Y los hombres de ciencia más esclarecidos de nuestro tiempo, muchos son católicos fervorosísimos. Sólo los charlatanes y eruditos alardean de impiedad, a nombre de la ciencia.

 

   No, no es la ciencia la causa de la incredulidad dominante. La causa es el vicio; son las pasiones desenfrenadas. No es que la edad de la razón haya sucedido a la edad de la fe, fórmula absurda; porque fe y razón son hermanas. Lo que hay es que a la edad de la fe y de la razón unida, se pretende que suceda la edad de la concupiscencia. Atenas no es enemiga de Roma, la enemiga es Sodoma, la ciudad de todos los vicios.

 

   No se cree, o no se prefiere creer, porque las creencias estorban para gozar. Se quiere comer mucho, se quiere oprimir a los pobres, se quiere beber vino hasta emborracharse, se quiere engañar al prójimo, se le quiere estafar, se quiere prestar dinero al 100 por 100 de interés o más, se quiere dar gusto, en suma, a todos los apetitos de la carne, satisfacer todos los malos deseos, dar rienda suelta a todos los instintos perversos; y por eso, nada más que por eso, se procura desembarazar del pensamiento de Dios; y se cierran los oídos para que no lleguen al alma las palabras de la Iglesia. Se procede, como el ave estúpida, que escóndela cabeza en un agujero para no ver al cazador que la aprisiona. Se procede como el cobarde que cierra los ojos, para no oír la descarga que puede herirle. Para los concupiscentes, para los glotones, páralos borrachos, para los tiranos, para los insubordinados y revolucionarios, para, los adúlteros, para los ladrones y para los asesinos. Dios es molesto, la Iglesia es incómoda, la virtud de los demás es una afrenta, la fe una pesadilla congojosa. Y quieren que no haya Dios, ni Jesucristo, ni Iglesia, ni Papa, ni sacerdotes, ni mandamientos que no cumplen, ni sacramentos que no reciben. Y como asi lo desean, se hacen la ilusión, de que lo que desean es la verdad, y dicen que no creen, cuando lo cierto es que, apenas se disipa un poquillo en sus conciencias el aturdimiento y mareo producidos por los vicios, asómbrase ellos mismo de encontrarse tan convencidos, tan creyentes como los cristianos prácticos más fervorosos.

 

   Esta es la verdad del escepticismo que hoy domina en tantas almas desventuradas.

 


jueves, 27 de marzo de 2025

Las confesiones mal hechas llevan muchas almas al infierno le dijo Cristo a San Teresa de Ávila – Por el Pbro. Luis José Chiavarino.


 

   

   DISCÍPULO: — ¿Es, pues, un gran mal la confesión mal hecha?

 

   MAESTRO: — Es la principal causa de la condenación de las almas.

 

   DISCÍPULO: — ¿De veras, Padre?

 

   MAESTRO: — Certísimo. Las Confesiones mal hechas son la causa de la perdición eterna de muchas almas.

 

   DISCÍPULO: — Padre, usted exagera.

 

   MAESTRO: — De ningún modo; no soy yo quien lo dice: lo aseguran los santos más duchos en las vías del espíritu; lo contempló en una visión Santa Teresa de Jesús.

 

   Estaba la Santa en oración y he aquí que al punto ve abrirse ante sus ojos un abismo profundísimo, todo repleto de fuego, encendido en vivas llamas y precipitarse numerosísimas, como los copos de nieve en invierno, las infelices almas. Espantada la santa alza los ojos al cielo y exclama:

 

   — “Dios mío, Dios mío”, Qué es lo que veo — ¿Quiénes son tantas almas pobrecitas? — “Seguramente son de pobres infelices, de idólatras, de turcos, de judíos…”

 

   — No, Teresa, le responde Dios. Sepas que las almas que ves ahora precipitarse en el infierno, por permisión mía, son todas ellas almas de cristianos como tú.

 

   — Pero serán almas de gente que ni creían ni practicaban la religión, ni frecuentaban los sacramentos.

 

  — No, Teresa, no. — Sepas que todas estas almas son de cristianos, bautizados como tú, que como tú creían y practicaban...

 

   — Más no se habrán confesado nunca, ni en la hora de la muerte...

 

   — Son almas que se confesaban y que se confesaron en el trance de la muerte... –– ¿Cómo, pues, Dios mío, se condenan?


   –– ¡Se condenan porque se confesaron mal!... Vé, Teresa, cuenta a todos esta visión y conjura a todos los obispos y sacerdotes a no cansarse nunca de predicar sobre la importancia de la confesión y contra las confesiones mal hechas, a fin de que mis amados cristianos no vengan a convertir la medicina en veneno y a servir para su daño de este Sacramento, que es el Sacramento de la misericordia y del perdón.

 

      DISCÍPULO: — ¡Jesús mío! — ¿Son, pues, tantas las confesiones mal hechas?

 

¡CONFESAOS BIEN!

miércoles, 26 de marzo de 2025

San Guillermo de Norwich, mártir en Inglaterra, en 1137 – 24 de Marzo.




    San Guillermo fue también víctima del odio implacable de los judíos contra nuestra santa religión. Padeció en el duodécimo año de su edad.

   Era hijo de una familia muy piadosa; Varios prodigios habían acompañado su nacimiento e ilustrado su infancia. Llevó una vida muy pura y santa, y siendo su reputación bien conocida, mereció ser elegido por los judíos para el sacrificio de la Pascua.

    Trabajando como aprendiz de curtidor en Norwich, los judíos lo atrajeron a su casa algún tiempo antes de Pascua en 1137.

   Cuando lo tuvieron bajo su control, le ataron las extremidades y la cabeza para evitar todo movimiento y le pusieron una mordaza en la boca. Después de esto le raparon la cabeza, y le hirieron con muchos golpes de puntadas; luego pusieron al inocente en la horca y trataron de quitarle la vida. En su costado izquierdo, hasta lo más profundo del corazón, le hicieron una herida cruel, y para cauterizar el flujo de sangre que corría por todo su cuerpo, le vertieron agua muy caliente sobre la cabeza.

   El día de Pascua, los judíos metieron su cuerpo en un saco y lo llevaron a un bosque cerca de las puertas de la ciudad con la intención de quemarlo allí; Pero al ser sorprendido por un burgués de la ciudad llamado Eiluerdus, lo dejaron colgado de un árbol. En el lugar donde fue encontrado se construyó una capilla llamada “San Guillermo en los bosques”.

   Para protegerse de este mal, los judíos sobornaron con dinero al gobernador de la ciudad, quien se encargó de imponer silencio a Eiluerdus. Pero sólo tuvo éxito por un tiempo; y pronto el crimen fue descubierto y castigado como debía ser, tanto a los judíos culpables, como a  sus cómplices.

   El cuerpo del Santo, que había sido glorificado por los milagros, fue llevado, en 1144, al cementerio de la iglesia catedral, dedicada a la Santísima Trinidad; Seis años más tarde fue colocado en el coro de la misma iglesia.


   Sir Weever dijo: Que antiguamente los judíos en las principales ciudades de Inglaterra se llevaban a niños varones para circuncidarlos, coronarlos con espinas, azotarlos y crucificarlos en burla de Nuestro Señor Jesucristo. Así murió San Ricardo de Pontoise. Matthew Paris y Capgrave, también informan que San Hugo, cuando era niño, fue crucificado por los judíos en Lincoln en 1254.

 

    El nombre de San Guillermo de Norwich está registrado el 24 de marzo en los calendarios ingleses.

 

 

martes, 25 de marzo de 2025

San Ricardo de París, niño, mártir – 25 de marzo – Año 1180 25 de marzo.



Al fin del reinado de Luis VII en Francia, y al principio del de Felipe Augusto, su hijo, que reinó algún tiempo con él, ocurrió en París un hecho casi análogo al ocurrido en la ciudad de Norwich (24 de marzo). El mártir también estaba en edad de razón, y por eso su victoria fue más notable y más gloriosa.

 

   Era un muchacho llamado Richard, de muy buena familia, de tan sólo doce años. Los judíos lo apresaron cerca de la fiesta de Pascua, lo condujeron a su casa y lo llevaron a una bóveda subterránea. El jefe de la sinagoga, al interrogarlo sobre sus creencias y lo que le habían enseñado sus padres, respondió con una firmeza digna de un verdadero cristiano:

 

   «Creo sólo en Dios Padre todopoderoso, y en Jesucristo, su único Hijo, nacido de Santa María Virgen, crucificado y muerto bajo Poncio Pilato».

 

   El rabino, ofendido por esta profesión de fe tan llena de candor, se dirigió a los judíos cómplices de su crimen y les ordenó que lo desnudaran y lo azotaran cruelmente. La ejecución siguió inmediatamente a la orden; el santo joven fue desnudado y golpeado con una furia que sólo podía corresponder a los hijos de la raza de Canaán. Mientras unos le trataban de esta manera, otros, que eran espectadores de la tragedia, le escupían en la cara y, en un horrible desprecio por la fe cristiana que profesaban, proferían mil blasfemias contra la divinidad de Jesucristo, mientras que el mártir le bendecía sin cesar, sin pronunciar otras palabras, en medio de todos estos tormentos, que el sagrado nombre de JESÚS.

 

   Cuando estos tigres hubieron gozado bastante de este primer tormento, le levantaron en una cruz, y le hicieron sufrir todas las indignidades que sus sacrílegos antepasados ​​habían hecho sufrir antiguamente a nuestro divino Salvador en el Calvario; Sin embargo, su barbarie no pudo quebrantar el coraje del Mártir; pero, conservando siempre el amor de Jesús en su corazón, no dejó de tenerlo en sus labios, hasta que al fin su pequeño cuerpo, debilitado por el dolor, dejó salir su alma con un suspiro, y con el mismo adorable nombre de Jesús.

 

   Una impiedad tan detestable, cometida en medio de un reino totalmente cristiano, no quedó impune. El rey incluso quiso exterminar a todos los judíos que estaban en Francia, porque casi en todas partes eran acusados ​​de crímenes similares; además de su usura. El rey por último  se contentó con desterrarlos del reino.

 

   Dios quiso hacer ilustre la memoria del santo mártir, que murió por la causa de su hijo. La tumba que le erigieron en un cementerio llamado Petits-Champs, se hizo famosa por los milagros que allí ocurrían todos los días; lo que impulsó a los cristianos a levantar su santo cuerpo del suelo y llevarlo solemnemente a la Iglesia de los Inocentes, donde permaneció hasta que los ingleses, habiéndose hecho de algún modo dueños de Francia, y particularmente de París, bajo el débil rey Carlos VI, sustrajeron este precioso tesoro para honrarlo en su país, entonces católico, y nos dejaron sólo su cabeza. Todavía se podía ver en el siglo XVIII, en esta misma Iglesia de los Inocentes, custodiada en un rico relicario.

 

   La historia del martirio de San Ricardo fue compuesta por Robert Gaguin, general de la Orden de la Santísima Trinidad; se encuentra también en los Anales y Antigüedades de París; en el martirologio de los santos de Francia, y en varios historiadores que han escrito las acciones de nuestros reyes.

 

   Particularmente en Escipión Dúplex, cuando trata del reinado de Felipe Augusto, en el año 1180, este autor observa, con el cardenal Baronio, en el segundo volumen de sus Anales, que, ocho años antes, otros judíos habían cometido un crimen similar en la ciudad de Nordwich, en Inglaterra, en la persona de un niño, llamado Guillermo, como vimos.

 

   De este niño habla Polidoro Virgilio en su Historia de Inglaterra, como también lo hace el religioso Roberto du Mont en su suplemento a Sigeberto.

 

   Tenemos ya cinco santos inocentes martirizados por los judíos: Simeón, en Trento, Janot, en la diócesis de Colonia, Guillermo, en Nordwich, Hugo en Lincoln y nuestro Ricardo, en París. Pero existen miles de casos en toda la historia del cristianismo, algunos muy bien documentados.

 

   Podemos añadir un quinto, del que habla Raderus en su Santa Baviera, es decir, un niño llamado Miguel, de tres años y medio, hijo de un campesino llamado Jorge, del pueblo de Sappendelf, cerca de la ciudad de Naumburgo. Los judíos, habiéndolo raptado el Domingo de Pasión, para satisfacer su rabia contra los cristianos, lo ataron a una columna, donde lo atormentaron durante tres días con extrañas crueldades: así le abrieron las muñecas y las puntas de los pies, y le hicieron varias incisiones en forma de cruz por todo el cuerpo, para sacarle toda la sangre. Murió en este tormento en el año de Nuestro Señor 1340.

 

   Añadamos que habiéndose convertido los judíos en objeto de un odio tan general, sólo los Papas y los concilios los salvaron, al menos a menudo, de la furia del pueblo y de los edictos de proscripción de los príncipes. En ciertas regiones y ciudades se cometieron terribles masacres o se les obligó, mediante amenazas y torturas, a abrazar el cristianismo.

 

   Alejandro II, por citar sólo dos ejemplos, elogió a los obispos españoles que se habían opuesto a esta violencia; El V Concilio de Tours (1273) prohibió a los cruzados perseguir a los judíos.

 

   Comentario de Nicky Pío: La indulgencia en favor de los Judíos, solo debe ser proporcional a su inocencia, de lo contrario, ya por ley divina, ya por ley humana, deben ser castigados cómo cualquier asesino, con el agravante de ser sus presas predilectas,  son los NIÑOS cristianos, y su ancestral odio a CRISTO.

 

 

 

lunes, 24 de marzo de 2025

SAN SIMÓN DE TRENTO, INOCENTE Y MÁRTIR – 24 de marzo.


 


   El 24 de marzo el Martirologio Romano, conmemora “la pasión de San Simeón, niño, cruelísimamente sacrificado por los judíos en Trento y después glorificado por sus muchos milagros”. En 1475, un muchacho de tres años, llamado Simón, desapareció en el pueblo italiano de Trento; las circunstancias eran tales que la sospecha recayó en los judíos. Esperando declarar sobre esta sospecha, uno de ellos “halló” el cuerpo del niño en una canalización, donde después confesaron haberlo tirado.

 

   El examen del cuerpo, reveló a todas luces que el muchacho no se había ahogado; había heridas extrañas en el cuerpo, de circuncisión y crucifixión. Según testimonios recogidos en Trento poco después de la tragedia. Un médico judío atrajo al niño con halagos, y secuestró al pequeño con miras a la celebración de la Pascua judía.

 

   Después de crucificar al niño y extraerle la sangre, los oficiales de la sinagoga ocultaron su cuerpo por algún tiempo y, después lo arrojaron al canal. Se arrestaron aproximadamente a siete Judíos; fueron torturados y reconocieron que el muchacho había sido ritualmente asesinado con el propósito de obtener sangre cristiana para mezclar con el pan ázimo ceremonial; se hicieron estas confesiones separadamente y estuvieron de acuerdo en la totalidad de los detalles esenciales. Se juzgó a los judíos y finalmente fueron ejecutados.

 

   El funcionario a cargo de la investigación del crimen fue Jean de Salis de Brescia, un Judío convertido, originalmente llamado Jean de Feltro, quien describió cómo su padre lo dijo que Judíos de su pueblo, Lanzhat, habían matado a un niño en una Pascua y de cómo mezclaron su sangre en el vino y en pasteles.

 

   ¡Nadie se ha atrevido alguna vez a reprobar y negar los eventos históricos de este caso; sólo los Judíos inventan “razones” de por qué no era un Asesinato Ritual. Pero no hay ningún escape a la conclusión opuesta. En 1759, en respuesta a una apelación Judía de Polonia, la Inquisición envió al Cardenal Ganganelli (que más tarde llegó a ser el Papa Clemente XIV) para investigar e informar de todo este asunto, con referencia particular a los muchos casos que por entonces se informaron en Polonia. (Ver Informe del Cardenal Ganganelli, en el The Ritual Murder Libel and the Jew, de C. Roth, 1935, pág. 83): “admito entonces como verdadero el hecho del Bendito Simón, muerto a los tres años de edad, asesinado por los Judíos en Trento en el año de 1475 en odio de la fe de Jesucristo (aunque sea discutido por Basnage y Wagenseil); por el famoso Flaminio Cornaro, un Senador Veneciano, en su trabajo “El Culto del Niño San Simón de Trento (Venice, 1753) dispone de todas las dudas levantas por los mencionados críticos”. Los judíos tratan de tirar a descrédito a los jueces que condenaron a los asesinos Judíos.

 

   El Papa Sixto IV, enfrentó la posibilidad de sancionar el culto de San Simón; pero la razón de esto era que el culto no estaba aún autorizado por Roma, era un movimiento popular sin autoridad.  Este mismo Papa, más tarde, expresó su aprobación del veredicto sobre los judíos en la Bula Papal XII Kal. Julio, 1478.

 

   No tenemos sólo el testimonio acerca de lo correcto de los procedimientos de Sixto IV; también de varios otro Papas; Sixto V, quien reguló el culto popular de San Simón al ratificarlo en 1588, como lo citado por Benedicto XIV en Libro I, Ch. XIV, Nº 4 de su trabajo En la Canonización de los Santos; también por el mismo Papa Benedicto XIV en su Bulla Beatus Andreas del 22 de febrero, I755, en que confirma a Simón como un santo, un hecho que omitió de los argumentos de ese abogado de los Judíos, Strack (The Jew and Human Sacrifice); Gregorio XIII reconociendo a Simón como un mártir, y también visitando la urna; y, como ya se declaró, se obligó a reconocer que era un caso de asesinato Judío en odio de Cristiandad según Clemente XIV.

 

   La urna de San Simón está en la Iglesia de San Pedro, en Trento; se muestran reliquias de él todavía, entre ellos el cuchillo sacrificatorio.

 

   Para resumir, el Asesinato Ritual de San Simón de Trento es apoyado por tal evidencia que quien dude de la condena, en consecuencia, lo hace sin razón de las altas autoridades jurídicas y eclesiásticas de cuya probidad e inteligencia no hay la más ligera excusa para ponerlas en duda.

 

FUENTE: Católicos Alerta. (Defendiendo nuestra fe).


sábado, 22 de marzo de 2025

LAS 7 PUERTAS DEL INFIERNO – Por el Padre Guilherme Vaessén.


 


   Comentario de NICKY PÍO: Hace años, y más de una vez publiqué las 4 puertas del infierno de San Alfonso María de Ligorio, fundador de la orden de los “Redentorista”. Esta obra, aumenta el número de puertas a 7, pero siguiendo en todo el espíritu de San Alfonso.

 

La primera puerta: LA IMPUREZA.

 

   No os engañéis, decía San Pablo, los impuros no heredarán el cielo. La impureza es el amor desenfrenado a los placeres de la carne. Pensar voluntariamente en cosas deshonestas; desear practicar, ver, oír cosas escandalosas; decir palabras, tener conversaciones inmorales, leer libros obscenos, mirar graves espectáculos de personas indecentes; permitirse a sí mismo o a otros tomar libertades criminales; practicar en el sacramento del matrimonio lo que la moral cristiana prohíbe... son pecados contra la pureza.

 

   Dirá alguno ese pecado es pequeñito. ¿Pequeñito? Más es un pecado mortal.

 

   Dice San Antonino que es tal la corrupción de este pecado, que ni los demonios pueden sufrirlo, y añade el mismo santo que cuando se cometen actos tan viles, hasta el diablo se fuga para no verlos.

 

   Consideremos ahora el horror que causará a Dios aquella persona que, como dice San Pedro, como un cerdo, se revuelve  en el lodazal de este pecado. Dirán entonces los esclavos de la impureza: Dios es misericordioso, conoce la debilidad de la carne. Pues fíjate, como relata la Escritura, los castigos más terribles que Dios descargo sobre el mundo fueron por culpa  de este pecado.

 

   Abramos, pues, la Escritura. El mundo está todavía en su comienzo y los hombres ya son corruptos, carnales e impúdicos. Dios se arrepiente de haber creado al hombre y por eso decide exterminarlo. Las cataratas del cielo se abren, la lluvia cae durante cuarenta días y cuarenta noches, las aguas suben hasta cubrir las montañas más altas y la humanidad se ahoga, sumergida en las aguas del diluvio. Sólo ocho personas escapan, la familia de Noé, quienes fueron los únicos que mantuvieron la castidad.

 

   ¿Es un pecado leve? ¿Qué más leemos en la Biblia? Había cinco ciudades en Palestina famosas por su comercio, sus riquezas y aún más famosas por su asombrosa corrupción. En aquellas ciudades se cometieron pecados que ni siquiera se pueden nombrar, pecados sensuales contra la naturaleza, pecados horribles que lamentablemente se cometen hoy, después de dos mil años de cristianismo. ¿Qué hizo Dios? Envió lluvia sobre aquellas ciudades, ya no de agua, sino de fuego y azufre, que redujo a cenizas las ciudades y a sus habitantes.

 

   No satisfecho, Dios ordenó que la tierra se abriera y que el infierno se tragara los infames restos de Sodoma y Gomorra.

 

   ¿Qué más nos sigue diciendo la Sagrada Escritura? Que en el pasado Dios ordenó quemar vivos a quienes cometían tales pecados, e incluso a los matrimonios que profanaban su matrimonio mediante el horrendo crimen del adulterio. Este pecado de adulterio, después del asesinato, es el más grave de todos los pecados contra el prójimo, ha sido considerado siempre, incluso por los paganos, como un delito digno de todos los castigos. Los antiguos egipcios condenaban a las mujeres casadas que habían cometido este pecado a ser quemadas vivas; Los sajones también condenaban a la hoguera a las mujeres casadas infieles y a la horca a los cómplices de sus crímenes. Y hay cristianos que con la llama de este pecado, –sin arrepentimiento y sin confesarlo–  se ha cercan al sacramento que San Pablo llama grande.

 

   Estos son apenas los castigos para este mundo. ¿Qué será en el otro mundo?

 

   Está escrito, y la palabra de Dios no vuelve atrás, que los deshonestos no entrarán en el reino de los cielos. Y este es el pecado que arrastra mayor número de almas al infierno.

 

   Dice San Remigio que la mayoría de los condenados están en el infierno a causa de este pecado. San Bernardo dice lo mismo: Este pecado arroja a casi todos al infierno. San Isidoro dice del mismo modo: es la lujuria, mucho más que cualquier otro vicio, lo que somete al género humano al diablo. En una palabra, y es la doctrina de todos los santos, de cien condenados en el infierno, habrá un ladrón, un asesino, un malvado, pero noventa y nueve deshonestos.

 

   Pobres pecadores. Lejos de mí está el infundiros desesperación; Lo que quiero decir es que si te encuentras sumido en este vicio, intenta salir de ese asqueroso atolladero lo antes posible, pues de lo contrario el infierno será tu destino eterno.

 

Lo que debes hacer es lo siguiente: