miércoles, 2 de abril de 2025

LA CRUZ PINTADA – Por el Apostolado de la Buena Prensa – Año 1894.




   Esperaba la hora de comer el Cura de un pueblo pequeño, después de haber predicado en una Misa mayor un sermón sobre aquellas palabras de Jesús que se leen en el Evangelio de San Mateo: «El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí.» Entró al propio tiempo en casa del párroco un pobre peón de albañil, muy amigacho suyo, hombre de buenas costumbres y de sano corazón, pero algo turbio de entendimiento, y no muy contento con su suerte ni satisfecho de su condición. El Cura y el buen albañil tenían grandes discusiones, en las que el buen Sacerdote procuraba  resolver las dudas que en aquel espeso cerebro se anidaban.

 

   — ¿Has estado hoy en el sermón? — preguntó el Cura.

   — Sí, señor — contestó Roque; — y aunque no lo hubiese oído no me hacía falta; no, señor, no me hacía falta.

   — ¡Hombre, hombre—repuso el Cura explícame eso, que no lo entiendo bien!

   — Pues es claro; Ud. Ha predicado que dijo nuestro Señor: «El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» Pues yo no necesito tomar ninguna cruz; hace tiempo que la llevo encima, y ¡flojilla que es mi cruz!

   — ¿Y cuál es, Roque, esa cruz grande que tú tienes?, porque, a decir verdad, yo no la veo. Tú eres joven, sano, soltero, robusto; trabajas la mayor parte del año, no tienes achaques, ni enfermedades, ni enemigos...

   —Y no tengo un cuarto, y no tengo dinero; y el no tener dinero es la cruz más grande que puede haber; es la cruz más pesada de cuantas cruces pueden llevarse; y la llevo siempre a cuestas, siempre conmigo, y no me la puedo quitar de encima, y me pesa, me repesa, y me contrapesa, y...

   — Y eres un asno—añadió el Cura riéndose.

   — ¿Conque el no tener dinero es una cruz? Vamos, no te creía tan tonto y tan mal cristiano, y, sobre todo, tan endeble que no pudieses llevar una cruz tan pequeña e insignificante como el no tener dinero, teniendo, como tienes, salud que te sobra y robustez para trabajar, y trabajo continuo.

   — Salud y robustez sin dinero... morirse, morirse.

   — Hombre, no exageres — repuso el Cura; — y para que veas cuan ligera es tu cruz; para que veas cuan cobarde eres, voy a decirte que es más ligera, más llevadera, más fácil de llevar que una cruz que yo te pintaré con yeso en la espalda de tu chaqueta.

   — Vamos, señor Cura, que no estoy para bromas.

   — No, no es broma ni burla lo que te digo. Hablo seriamente. Dime ¿cuánto ganas el día que trabajas?

   — Seis reales.

   — Pues yo te daré dos pesetas cada día, y no trabajarás, no tendrás más que hacer que pasear por las calles, por la plaza, por todo el pueblo, con las manos on los bolsillos del pantalón, pero con una cruz que yo te pintaré en la espalda de la chaqueta, y que — óyelo bien — no has de permitir que te la borren. Y ya verás, mi buen Roque, como al poco tiempo me dices: «Señor Cura, esta cruz pintada me pesa más, mucho más que el no tener un cuarto.

   — ¿Cuándo me la pinta Ud.? — dijo Roque, que ya se le hacía la boca agua al pensar en las dos pesetas diarias sin trabajar.

   — Mañana, que es domingo — dijo el Cura.

   — ¿Y mañana me dará Ud. las dos pesetas ya?

   — Sí, hombre.

   — Pues hasta mañana.

 

   En efecto, al día siguiente, antes de Misa mayor, fué Roque a casa del señor Cura, con su chaqueta negra; el Párroco le hizo con yeso blanco una cruz, que le cogía toda la espalda, de rayas gruesas bien visibles, mientras el buen Roque se reía...

 

   — No te rías — dijo el Cura; — ya te pesará esa cruz mucho más que el no tener dinero.

 

   Y se marchó a Misa nuestro Roque en compañía del Cura, que entró en la sacristía, mientras que el cruzado entraba en la iglesia por la puerta mayor. Tomó agua bendita, se arrodilló, y en esto le dice un amigo que estaba detrás:

 

   — Roque, llevas una cruz pintada en la chaqueta.

   — Ya lo sé —contestó Roque.

 

   Se encogió de hombros el amigo, y comenzó la Misa.

   Un poco después de alzar a Dios, una vieja que estaba arrodillada detrás de Roque, le dice tocándole en el hombro:

 

   — Roque, llevas dos rayas de yeso en la espalda.

   — Bueno —respondió Roque — déjelas Ud.

 

   Acabóse la Misa, y al salir de la iglesia, una vecina le dice:,

 

   — Chico, ¿y esa cruz que llevas ahí pintada?

   — A Ud. no lo importa — contestó Roque, ya un poco amostazado.

   — ¡Oh!—dijo la vieja. — yo creía hacerte un favor.

   — Pues señor, ¿es posible — murmuró Roque — que se han de meter en si llevo rayas o cruz en la chaqueta? Ya me voy cargando.

   — Chico — le dice un amigo — ¡qué guapo vas con esa cruz en la espalda! ¿Quién te la ha pintado?

   — Quien a mí me ha dado la gana — saltó Roque ya montado en cólera.

   — Hombre, no te incomodes; tú eres dueño de llevar una cruz pintada; y por mí, si quieres pintarte la cara, píntatela.

 

   Y se separó el amigo muy serio.

   Ya no estaba Roque muy conforme con: aquellas rayas, y ya se le iba subiendo la mosca a la nariz; pero aunque muy vivo de genio, el recuerdo de las dos pesetas lo hizo encogerse de hombros y seguir su camino.

 

   Llegó a la plaza al mismo tiempo que unos cuantos amigos.

 

   — Roque —dijo uno de ellos: — ¿qué llevas ahí on la chaqueta? Chico, chico, una cruz; ¿es para que no te lleve el diablo? Espera que yo te la borraré.

 

   Y sacó el pañuelo para sacudirla.

 

   — No, no—gritó Roque; — déjala, no la borres, no la toques.

   — Pero hombre — dijeron los demás- ¿te has vuelto loco?

   — No; pero no quiero que me la borréis.

   — Ea, pues ahí te quedas; vamos, este hombre está tonto.

 

   Y se marcharon sin mirarle, quedándose él de muy mal talante.

   Y aquellos amigos fueron publicando que el pobre Roque tenía una cruz pintada en la chaqueta, y que no quería que se la borrasen; y fueron reuniéndose otros y otros, y señalando con el dedo al pobre Roque; y riéndose de él, de modo que se iba hartando de rayas, y pesándole ya bastante aquella pintada y ligera cruz.

 

   Al volver una esquina encuentra a un compañero suyo, que le dice mofándose:

 

   — Vaya Ud. con Dios, señor Don. Roque.

   — Yo no tengo don — repuso con mal gesto el cruzado.

   — Es que como Ud. es caballero de la gran cruz de yeso.

   — Yo soy caballero de la cruz de la gran...

 

   Y Roque, con gesto amenazador, soltó una puerca barbaridad.

 

   — ¡Hola, el de la cruz — decía uno.

   — Aquí está el de las rayas blancas.

   — El de la chaqueta negra y cruz de yeso.

   — ¿Quieres un cepillo para borrarla? — decía otro.

   — No necesitarás Cirineo para que te ayude.

   — ¿Es para que no te lleve el diablo?

 

   Y efectivamente, a Roque se lo llevaban tres mil millones de demonios, y ya sudaba la gota gorda con el peso leve de la cruz pintada.

   Otro amigo se lo acerca, y con la mano comienza a sacudirle.

 

   — ¡Estáte quieto! — gritó Roque hecho un energúmeno.

   — Pues señor, no hay duda, este hombro está rematadamente loco. —

 

   Y se apartó de él y fué publicando que el pobre Roque se había vuelto loco; y él veía que todos le señalaban con el dedo, unos con lástima, otros con burla, otros riéndose; y se le iba acabando la paciencia; y en esto un muchacho grito: «¡Al tio de la cruz» y otro y otros le hicieron coro: «¡Al tio loco de la cruz!» Y Roque corrió tras ellos echando fuego por los ojos, y tirando blasfemias por aquella boca; y los chicos corren más, y él, jadeando, corría y sudaba, y un zagal cogió una piedra, y —toma, al tio loco; — y esto fué como la señal de la batalla; y otro cogió otra piedra, y otros otras, y cayó un diluvio de piedras sobre el pobre Roque, nuevo San Esteban, pero sin sus méritos; y los chicos «¡al loco, al loco!» gritaban como demonios; y el infeliz se acordó de la maldición del gitano: en manos de chicos te veas. Y las piedras llovían. y no podía guarecerse de tantas como le tiraban; y el infeliz ya no perseguía a los muchachos, sino que éstos le perseguían a él, y corría delante de ellos, tropezando, con la lengua fuera, sudando a mares y sin ver el terreno que pisaba; y aquí caigo, aquí me levanto, le alcanzaron algunas chinas, se le escapó el sombrero, una piedra le hirió en la cabeza, el pobre so tocó y miró sangre, y ya no pudo sufrir más, y maldijo las rayas blancas que le pesaban como una losa de plomo, y le entró una mortal congoja; y los chicos seguían «¡al loco, al loco!» y piedras sin parar, y miró al cielo con angustia y bendijo su antes para él pesada cruz, y se maldijo a sí mismo, y fué su suerte que se encontró a la puerta del Cura, y entró y cerró la puerta, a la que alcanzaron algunas pedradas de los pequeños perseguidores, y se dejó caer medio muerto en un banco, a tiempo que el Cura salió de su habitación a los gritos de la turba infantil y al atronador estrépito de la pedrea...«¡Señor Cura!—rugió el dolorido Roque, en cuanto le apercibió; —no quiero cruz pintada, no quiero dos pesetas, ni dos duros, ni diez millones: me pesa esta cruz, me pesa haber salido esta mañana con estas dos rayas, me pesa más que todo esta cruz, en la que en poco me crucifican esos demonios de chiquillos, después de haberme rascado el alma hombres y mujeres con tanto preguntar por qué la llevaba pintada en la chaqueta. Bórremela Ud., por todos los Santos Apóstoles, si no, va a ser hoy el último día de mi vida.»

 

   — Vamos, sosiégate — dícele cariñosamente el Cura. —¿No te decía yo que esta cruz pintada te pesaría mucho? Siento mucho las pedradas: lávate esa herida, que por fortuna es muy leve: pero, por lo demás, me alegro que te convenzas de que muchas veces creemos tener una pesada cruz y quisiéramos dejarla, y querríamos tener otra que nos parece menos pesada, y resulta que la que Dios nos ha dado es mil veces más ligera. No murmures de la cruz que Dios te ha dado; confórmate con ella; confórmate con no tener mucho dinero, como tú dices que no tienes, que ya ves que es harto más ligera que esa pintada, de la que te reías cuando te la pinté.

 

   — Es verdad — dijo Roque, dando un resoplido como una ballena; —bórreme Y esa cruz de la chaqueta; bórremela,  que yo no la vea; y le prometo de aquí en adelante conformarme con la cruz que el Señor tenga a bien enviarme, y que la llevaré sin murmurar; y si no con alegría, porque no soy Santo, a lo menos con cristiana resignación.

 

   — Amén — dijo el Cura — y acuérdate que todo no consiste en prometer, sino en cumplir.

 

JOAQUÍN MARTÍNEZ LOZANO.

 

 

 

 

 



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