jueves, 22 de febrero de 2018

AYUNO Y ABSTINENCIA – Por Cornelio Á Lápide (III parte) y final de esta publicación.




EL BUEN SAMARITANO.


   COMENTARIO DEL BLOG: Creo que lo que está escrito en esta publicación pocos lo saben, y si lo saben, no en el sentido que estos Santos les dan al ayuno acompañado de las buenas obras y mortificación de las pasiones. Ayunar solamente no basta para agradar a Dios, si no se hace lo que se explica en la segunda parte de esta publicación. El que no lo lee corre el riesgo de ayunar mal. De más está decir que este comentario no va dirigido a los que saben. Yo no lo sabía. Ahora puedo decir que entiendo el verdadero sentido del ayuno. Dios nos conceda la gracia de practicarlo.


Falsos pretextos que se alegan para no ayunar.


   Alegamos mil razones falsas para librarnos de la ley del ayuno: la edad, la debilidad de estómago, las ocupaciones, la rigidez de la ley etc.

   Los pecadores no pueden ayunar, es decir, no tienen fuerza para salvarse, y la tienen para condenarse; pero es más costoso ir al infierno que ir al cielo El mundo tiene tormentos, sacrificios, privaciones, exigencias, Ordenes mil veces más penosas qne el Evangelio...

   ¿Y no ha de haber ninguna energía para el bien, habiendo tanta fuerza para el mal?... ¡Los que se creen demasiado débiles para ayunar y hacer abstinencia, saben perfectamente imponerse privaciones cuando se trata aunque no sea más que de ganar una corta cantidad de dinero; y cuando se les asegura que obtendrán la gracia, el cielo y la gloria eterna con algunos días de ayuno, son demasiado débiles!...

   ¡Ah! no es la debilidad del temperamento la verdadera causa de la violación de una ley tan santa y tan ventajosa; las verdaderas, causas de este desorden, son la perdida de la fe, la indiferencia, la gula y la impiedad.

   ¿Creéis que vuestra salud sea débil?; pero ¿no tenéis la culpa de  haber perdido vuestra salud? ¿No la destruís con la avaricia, la lujuria, la vanidad, la gula, la embriaguez, la cólera, los juegos y otros excesos?

   Muchas veces la salud sólo está alterada por el desorden de las pasiones ¡Oh! ¡Cuántos hay que abusan de esta, salud, don tan precioso de Dios!...

Hay varias especies de ayuno.

   Hay el ayuno de la voluntad. Hemos ayunado, dicen algunos, y ¿por qué no ha tenido Dios en cuenta nuestros ayunos? Porque dice Isaías, seguís vuestros caprichos y voluntades en los días de ayuno: (LVIII.  3) ¿Acaso el  ayuno que yo estimo, dice el Señor por medio de; Isaías, no es más bien el que tú deshagas los injustos contratos,  que canceles las obligaciones usurarias que oprimen, que dejes en  libertad a los que han quebrado, y quites todo gravamen? (LVIII. 6 ). ¡Qué partas tu pan con el hambriento, y que a los pobres y a los que no tienen hogar los acojas en tu casa, y vistas al que veas desnudo, y no desprecies tu propia carne, o a tu prójimo! (LVIII.7). Sí esto haces, amanecerá tu luz, como la aurora, y llegará presto tu curación; y delante de ti, irá siempre tu justicia, y la gloría del Señor te acogerá en su seno. (LVIII. 8.) Entonces invocarás al Señor, y él te oirá benigno: Clamarás, y él te dirá: Aquí estoy. (LVIII. 9).

   Notad aquí que el Señor enseña y explica cuál debe ser el ayuno de los cristianos durante la cuaresma y los demás días de ayuno. Es preciso: 1°. Que el alma se abstenga de los vicios, así como el cuerpo se abstiene del alimento, dice San Jerónimo: Porque el objeto del ayuno es humillar el cuerpo y sujetarlo al alma, sujetar el alma a la razón, la razón a la virtud y al espíritu, y el espirita a Dios;  y sí no os encamináis a este fin, en vano emplearéis el remedio de los ayunos, de la misma manera que el enfermo toma inútilmente el remedio, si no se abstiene de lo que puedo dañarle, dice San Crisóstomo: (In Gen. I, homil. VIII).


   El mérito de nuestros ayunos, dice San León, no estriba solamente, en la abstinencia de los alimentos; de nada sirve quitar al cuerpo su nutrición, si el alma no se aparta de la iniquidad, y si la lengua no deja de hablar mal.

   Si sólo la boca ha pecado, dice San Bernardo, que ayune ella tan sólo, y basta; pero si todo peca en nosotros, ¿por qué todo no ha de ayunar? Que ayune pues la vista y se prive de las miradas y de toda curiosidad vana; que ayune el oído, y no se abra ni a las fábulas, ni a los rumores; que ayune la lengua y se prive de la maledicencia y de la murmuración; que ayunen las manos huyendo de la pereza; y sobre todo que ayune el alma, alejándose de los pecados y de su propia voluntad. Porque sin semejante ayuno, Dios rechaza los demás.

   Es pues preciso hacer que el ayuno del cuerpo sea meritorio por medio del ayuno del alma y del corazón y la abstinencia de los pecados. Este es el ayuno que prescribe el profeta Joel: Santificad vuestro ayuno: (I. 23) Porque, como explica San Gregorio, santificar el ayuno es dedicarse a otras buenas obras, ofreciendo a Dios la abstinencia de la carne, cese la ira, cálmense las querellas; porque en vano se mortifica el cuerpo, si no se pone un freno a las malas inclinaciones.
   San Jerónimo nos dice: ¿Da qué sirve debilitar el cuerpo con el ayuno, si el espíritu se subiera de orgullo? ¿Qué alabanzas puedo merecernos la palidez que imprime el ayuno, si estamos llenos y manchados de envidia? ¿Qué virtud hay en no beber vino, y en embriagarse de ira y de odio?

   Partid vuestro pan con el qne tiene hambre. (Isai. LVIII. 7.)

   Esta es la segunda condición que Dios exige en el ayuno para que lo acepte. El ayuno, dice San Gregorio, debe ir acompañado de piedad y de limosna; es preciso dar al pobre lo que quitamos al estómago: es preciso dar pan a los pobres, hospitalidad al extranjero, y vestidos al desnudo.

   Aquello de que os priváis, dice el mismo Doctor, es menester darlo a otro, a fin de que el medio que empleáis para castigar vuestra carne, sirva para reparar las fuerzas de vuestro prójimo: (Homil. XVI in Evang.)

   Santificad vuestro ayuno. Que vuestro ayuno tenga alas para penetrar hasta el cielo, dice San Bernardo: el ala de la oración y el ala de la justicia. Santifiquen el ayuno, para que la intención pura y la oración ferviente lo ofrezcan a la Majestad divina.


“Tesoros de Cornelio Á Lápide”

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