Juntos
en mesa redonda hallábanse en una casa de huéspedes varios comensales, y entre
ellos se distinguían por su arrogancia un judío y un protestante, ambos
jóvenes, de fácil palabra y de no pequeño descaro. Era tiempo de Cuaresma y la
conversación recayó sobre el ayuno que impone la Iglesia Católica.
—Señores—dijo
el rabino,—yo cuando ayuno lo hago por gusto, por mostrar a las gentes que aún
existen almas penitentes en el mundo, pues es lo cierto que el Señor nunca nos
ha mandado por ninguna ley positiva que ayunemos.
—Ciertamente—añadió
el protestante,—Dios no exige a ninguna criatura racional que extenúe su cuerpo
y que se atormente con el hambre. El ayuno es una práctica supersticiosa
fundada en una idea falsa de la Divinidad, pues muchos se imaginan que Dios se
complace en vernos padecer. Además, yo soy médico y afirmo que la privación de
alimentos perjudica a la salud, disminuyendo nuestras fuerzas y haciéndonos
incapaces para desempeñar las obligaciones que requieren vigor.
—Falso,
señor doctor—contestó un católico grave que se hallaba presente,—Dios no exige
ni manda al hombre que ayune imprudentemente, con grave perjuicio de su salud,
dando luego que hacer a los médicos como usted, sino que busca en todo la moderación
de los alimentos del cuerpo, para bien de éste y del alma, y en verdad que los ayunos
mitigados de ¡hoy no son para matar a nadie; tal es la indulgencia de la
Iglesia, que llega casi al último extremo. Claramente lo expresó el grande San
Gregorio en sus Morales (Homilía 30), diciendo: «Por la abstinencia han de ser
extinguidos los vicios de la carne, pero no la carne. Es preciso que el hombre
ejercite el arte del ayuno de tal suerte que aniquile los vicios del cuerpo,
pero no el cuerpo mismo; pues muchas veces, mientras con la abstinencia
perseguimos al enemigo, que es el vicio, quitamos la vida al ciudadano, a quien
amamos, y en otras ocasiones, condescendiendo con los apetitos del ciudadano le
damos fuerza para que pelee contra nosotros».
—Usted,
señor doctor, que habrá estudiado la historia de la filosofía, debe saber que
los antiguos filósofos, cuáles fueron los sectarios de Pitágoras, de Platón, de
Cenón y aun muchos epicúreos, han alabado y practicado la abstinencia y el
ayuno, no por otra causa sino porque sabían por experiencia que el ayuno es un
medio para domar y debilitar las pasiones rebeldes, y que los sufrimientos del
cuerpo sirven para ejercitar la virtud o la fuerza del alma. A Sócrates le
preguntaron en qué se diferenciaba él de otros hombres, y respondió: En que ellos viven para comer y yo como para
vivir. ¿A quién se adhiere usted, señor doctor, á Sócrates o a Epicuro?
No se funda el ayuno, amigo mío, en una
falsa idea de la Divinidad, como usted atrevidamente ha dicho, pues así como a
un médico no se le acusa de crueldad porque mande al enfermo dieta y otros
remedios mortificativos, así tampoco Dios es cruel cuando manda a los pecadores
mortificarse humillarse, padecer y ayunar.
Para saber si el ayuno es perjudicial a la
salud o nos deja incapaces para desempeñar nuestras obligaciones, basta ver si
hay menos ancianos en la Trapa que entre los voluptuosos del siglo.
Usted, como doctor en Medicina, podrá
decirme: ¿quién llama más a los médicos,
los que ayunan o los intemperantes? Oiga usted lo que ocurrió en París: «Un acreditado médico preguntó al P.
Bourdaloue cuál era su régimen de vida, y como el religioso le contestara que
sólo hacía una comida al día, replicó el médico: —Guardad secreto, señor,
porque si se imitara vuestro ejemplo, quedaríamos sin clientela todos los
médicos» (Blanchard.)
Así se expresó aquel buen católico delante
de gran concurrencia, y ni el judío ni el protestante supieron qué responder.
Verdaderamente sus razones no tienen
réplica, y para nosotros los cristianos, guiados por la fe, bástanos abrir las
divinas Escrituras, en las cuales leemos éstas y otras análogas frases: Buena es la oración con ayuno, y mejor es la
limosna que esconder los tesoros (Tob., XII, 8.) Convertíos a mí—dice el
Señor—con ayuno, y con llanto, y con gemidos —(Joél., II, 12.) Y Cristo
nuestro bien, exclamó: Este género de
demonios no se lanza sino con la oración y el ayuno... Cuando ayunéis, no
mostréis el rostro triste como los hipócritas... (Math., XVII, 20 y VI, 17.)
Luego el ayuno es esencialmente bueno;
siempre es un acto de virtud—dijo San León, —y con altísima sabiduría le prescribe la
Iglesia en sus preceptos, diciendo: El cuarto, ayunar en los tiempos debidos. Ahora
bien: ¿cuáles son estos tiempos, y a
quiénes y cómo obliga el precepto del ayuno? Cuatro son los tiempos en que
la Iglesia le preceptúa, a saber: En la Cuaresma, en las cuatro témporas, en las
vigilias y en algunos días del Adviento.
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