En
la vida de San Juan el Limosnero, que Leoncio, obispo de Chipre, nos dejó
escrita, se lee, que en aquella isla vivía un hombre no menos rico que avaro.
«Cierto
día que llegaba éste a su casa en ocasión en que le traían el pan, un pobre le
pidió limosna con tan reiteradas instancias, que montando en cólera aquel rico
lo llenó de injurias, concluyendo por arrojarle con furia a la cara uno de aquellos
panes. Dos días después, cayó el rico gravemente enfermo, y en un sueño que
tuvo parecióle que era presentado al tribunal divino, y que en una balanza
pesaban los demonios sus malas obras: los Ángeles quisieron contrapesarlas
cargando en la otra las buenas, pero no hallaron otra cosa más que aquel pan arrojado
al pobre, que pesaba muy poco. A pesar de ello dijéronle aquellos
bienaventurados espíritus, que por haber dado aquel pan, aunque de tan mala
gana, Dios le permitía volver a la vida. Resucitó, o mejor despertó de aquel
sueño, e hizo tal cambio de vida, que empleó toda su hacienda en obras de
misericordia, llegando hasta la heroicidad de venderse a sí mismo por esclavo, para
socorrer con el precio a los pobres, con lo que alcanzó una santidad
esclarecida»
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