viernes, 8 de marzo de 2024

Fenómenos diabólicos (De la obsesión) – Por Adolphe Tanquerey.

 




   Celoso de imitar la acción divina en el alma de los Santos, esfuérzase el demonio para ejercer él también su imperio, o, mejor, su tiranía sobre los hombres. Ora asedia, pudiéramos decir, al alma por defuera, moviendo horribles tentaciones; ora se aposenta dentro del cuerpo, y le mueve a su antojo, como si fuera el dueño de él, para poner turbación en el alma. El primer caso es la obsesión, y el segundo la posesión.

   Con respecto a la acción del demonio se han de evitar dos extremos: hay quienes le inculpan todos los males que nos acaecen, sin tener presente que hay en nosotros estados morbosos que no suponen intervención alguna diabólica, las malas inclinaciones que provienen de la triple concupiscencia, y que basta con las causas naturales para explicar cumplidamente las tentaciones. Y hay otros, por el contrario, que no se acuerdan de lo que los Libros Sagrados y la Tradición cuenta acerca de la acción del demonio, y de ninguna manera quieren conceder que intervenga. Para guardar el justo medio, se ha de seguir la regla de no recibir como fenómenos diabólicos sino aquellos que, por su carácter extraordinario o por el conjunto de circunstancias, indiquen claramente la acción del espíritu maligno.

Diremos primero de la obsesión y luego de la posesión.

De la obsesión.

   Su naturaleza. La obsesión no es, en suma, sino una serie de tentaciones más violentas y duraderas que las ordinarias. Es externa, cuando obra en los sentidos exteriores por medio de apariciones; interna, cuando provoca impresiones íntimas. Rara vez es solamente externa, porque el demonio no obra en los sentidos exteriores sino para turbar más fácilmente al alma. Sin embargo, hubo santos que, aun estando obsesos exteriormente por toda clase de fantasmas, conservaron en el interior de su alma una paz inalterable.

   1) El demonio puede obrar en todos los sentidos exteriores:

   a) En la vista, apareciéndose bajo aspectos repugnantes, para asustar a las gentes y apartarlas del ejercicio de las virtudes, como hizo con la V. M. Inés de Langeac y con otras muchas; otras, bajo aspectos seductores, para arrastrarlas al mal, como se apareció muchas veces a S. Alfonso Rodríguez.

   b) En el oído, haciendo oír palabras y cantares blasfemos u obscenos, como se lee en la vida de Santa Margarita de Cortona, o moviendo estrépito para asustar, como sucedió a veces a Santa Magdalena de Pazzis y al Santo Cura de Ars.

   c) En el tacto, de dos maneras, golpeando e hiriendo el cuerpo, como se lee en las bulas de canonización de Santa Catalina de Siena, de S. Francisco Javier, y en la vida de Santa Teresa; y otras veces con abrazos y caricias para incitar al mal, como S. Alfonso Rodríguez cuenta de sí mismo.

   Como advierte el P. Schram, hay casos en los que esas apariciones son meras alucinaciones producidas por una sobrexcitación nerviosa; pero aun entonces son tentaciones temibles.

   2) Obra también el demonio en los sentidos interiores:

   La imaginación y la memoria, y  en las pasiones, para excitarlas. Como el alma, muy, a pesar suyo, se encuentra llena de imágenes importunas, obsesionantes, que persisten a pesar de todo lo que hace para echarlas de sí, siéntese empujada a arrebatos de ira, a desesperada angustia, a movimientos instintivos de antipatía, o, por el contrario, a peligrosas ternuras, que no tienen razón que las justifique. Cierto que es muy difícil a veces determinar si hay verdadera obsesión; más cuando tales tentaciones son a la vez calladas, violentas, persistentes y difíciles de explicar por una causa natural, puede verse en ellas una acción especial del demonio.

   En caso de duda será bueno consultar con un médico cristiano capaz de examinar si los fenómenos son debidos a un estado morboso que se pueda aliviar con una higiene racional.

   Cómo ha de obrar el director:

    Ha de reunir la más entendida prudencia y la bondad más paternal.

   a) Nunca habrá de creer, sin pruebas de peso, que haya verdadera obsesión. Pero, haya obsesión o no, ha de tener mucha compasión de los penitentes acometidos de tentaciones violentas y persistentes, y darles ánimos con sabios consejos.

   b) Si, durante el período fuerte de la tentación, se produjeren en el sujeto desórdenes algunos sin consentimiento de la voluntad, le hará saber el director que no puede haber pecado donde no hay consentimiento. En caso de duda juzgará no haber habido falta, por lo menos grave, si se tratare de persona habitualmente bien dispuesta.

   c) Cuando se tratare de personas fervorosas habrá de pensar el director si tentaciones tan persistentes no formarán parte de las pruebas pasivas; y entonces dará a los tales, consejos apropiados al estado de sus almas.

   d) Cuando la obsesión diabólica es moralmente cierta o muy probable, puédense aplicar privadamente los exorcismos prescritos por el Ritual Romano, o fórmulas abreviadas; cuando llegare este caso, es conveniente no avisar a aquel a quien se va a exorcizar, si se temiere que el advertírselo le turbará y exaltará la imaginación; basta con decirle que vamos a rezar por él una oración aprobada por la Iglesia.

   Por lo que toca a los exorcismos solemnes, no se pueden aplicar sino con permiso del Ordinario, y con las precauciones de que diremos cuando hablemos de la posesión.

 

COMPENDIO

DE

TEOLOGÍA ASCÉTICA Y MÍSTICA


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