sábado, 3 de diciembre de 2016

De cómo San Francisco Javier convirtió a toda una isla de salvajes




   …Sucumbieron al extraño encanto del padre blanco, incluso el sultán con su legión de cíen concubinas había sentido el cosquilleo del evangelio en su alma. Para Francisco Javier no existían las barreras ni los obstáculos. Él los vencía todos con su temperamento y con la llama divina que encendía su corazón.

   Durante los meses de agosto y septiembre, Ternate, que de hecho era el centro comercial del clavo, se convertía en un hervidero de actividad, pues era la época de recolección de la preciada especia. Todos los habitantes se entregaban al trabajo que les había de dar la riqueza para el resto del año. Francisco Javier tuvo entonces una pausa en su ajetreado apostolado. La aprovechó para escribir un pequeño libro, una especie de devocionario sencillo y algo árido. Lo dejó inconcluso. El agobiante calor producido por los vientos le sorprendió en el artículo noveno. No pudo proseguir. Tenía que ir a otra isla si no quería quedar incomunicado al variar aquéllos.

   Francisco Javier se alejó de los tamarindos y las oropéndolas que le acompañaron en aquel breve descanso, se alejó de los cristianos que su apostolado había conseguido, y embarcó en una «coracora» para dirigirse a las llamadas islas del Moro, o Moratai, verdadero infierno de salvajes escondido tras hermosas barreras de coral. Pero antes de emprender el nuevo viaje el valiente misionero tuvo que convencer a quienes se lo querían impedir.

   —No lo intentéis siquiera —le dijeron sus fieles en cuanto conocieron su propósito—. En las islas del Moro sólo conseguiréis morir. No hay nadie que se atreva a acercarse a sus costas desde hace muchos años, porque los salvajes asesinan sin piedad. Son caníbales, padre, matan a sus propios hijos y esposas y Juego se los comen.

   —No lograréis asustarme, sino todo lo contrario, hijos míos —les dijo Francisco—. Por todo lo que me contáis veo que esos infieles me necesitan más que nadie.

   —Es una locura —dijo uno.

   —Son traidores —dijo otro—. Saben emplear los más rápidos venenos como nadie. Os matarán.

   —Si es voluntad de Dios, que sea en bien de las almas de mis cristianos —replicó Francisco.

   —Moratai es de nuestro sultán y ni siquiera él se atreve a visitar jamás la isla —explicó un indígena de Ternate.

   —Por muy bárbaros que sean y por muy negro que me pintéis el panorama, estoy decidido a ir a la isla del Moro y rescatar a esos pobres paganos, abandonados por todos, para Dios. No intentéis, pues, retrasar más mi viaje porque no habéis de convencerme.

   —Como capitán de la colonia, representante del rey de Portugal y responsable de las vidas de cuantos habitan en Ternate, me niego a proporcionaros la embarcación que me pedís, padre Francisco —dijo a San Francisco Javier al fin el capitán portugués—. Facilitaros el viaje sería mandaros a la muerte, y yo no quiero responder ante mi rey Juan III y ante el Rey del cielo de la muerte del padre Francisco Javier.

   La cuestión parecía zanjada, pero no lo estaba.

   —Os aseguro que no temo a los peligros ni a la muerte —replicó el misionero con la voz dominada por santa ira—. Mis únicos enemigos son los que se empeñan en dificultarla realización de mis deseos, y sepan estos testarudos que se oponen a la voluntad divina. Puesto que es firme la decisión de negarme los medios para llegar a Moratai, me arrojaré al mar y a nado espero arribar a sus costas.

   No hay nada que no pueda un temple navarro como el de Francisco Javier. EI capitán, sabiendo que era muy capaz de hacer lo que decía, acabó por claudicar, le entregó la «coracora» y le facilitó los malayos que la conducirían hasta la isla del Moro.

    El viaje fue difícil y el desembarco aún más, La hostilidad de los isleños comenzó en las mismas costas. Las tierras, estremecidas por el volcán, eran salvajes y los heterogéneos indígenas todavía más. La muerte le acechaba en cada rincón. Los peligros eran infinitos y variados. Quienes habían querido disuadirle no le habían mentido ni habían exagerado. Moratai era la antesala del infierno y sus isleños eran los propios demonios. Sin embargo, Francisco Javier no explicó ni una sola de las calamidades y sufrimientos que debió padecer en sus tres meses de apostolado. No dio importancia a la heroicidad que su gesto representaba. No quiso alarmar a nadie con las barbaridades que tuvo que ver y combatir. Se limitó a escribir a sus compañeros la parte anecdótica de la expedición y el resultado de su misión. En tres meses cristianizó a todos los bárbaros isleños, y según afirmó: «recibió gran consolación de ellos y yo les di gran consuelo». Según Francisco todo había sido miel sobre hojuelas, cuando en realidad todo debió ser más amargo que la hiel.

   Lo cierto es que el misionero recorrió todo el archipiélago que componía las Moratai y lo cristianizó por entero. Pese a los muchos sufrimientos, Francisco fue muy feliz en aquel mundo y siempre lo recordó con nostalgia.


De la vida de San Francisco Javier.


jueves, 1 de diciembre de 2016

La lengua sus pecados y excesos “Las palabras ociosas”




   Por lo visto ya en la época del gran moralista francés La Bruyére era común mezclar, por pasatiempo, en la conversación palabras ociosas. Por eso escribía el mismo: “Si nos fijásemos seriamente en lo que se dice de frívolo, pueril y vano en las conversaciones ordinarias, nos sentiríamos avergonzados de hablar o de escuchar” (Caráteres: De la sociedad)

   El lector creerá, sin duda, que si La Bruyére volviese a este mundo, nada tendría que modificar en aquella apreciación y juicio, a menos que encontrase en nuestros días muy inferiores el derroche de ingenio al que brillaba en las conversaciones de su tiempo.

   Si se me preguntase por qué dedico un capítulo preferente a las palabras ociosas, responderé que éstas dan lugar u ocasión a la mayoría de los pecados de la lengua. Es, por tanto, lógico y oportuno empezar por señalar la causa que engendra estos pecados.

   Comencemos por dar una idea exacta de la palabra ociosa. ¿Se llama así porque implica algún pecado, sea de murmuración, de indecencia o de mentira? De ninguna manera. No está ahí la malicia de la palabra ociosa. Se le reprocha solamente el ser superflua, innecesaria o inoportuna. Según la define San Gregorio, “es una palabra que no está justificada ni por la necesidad ni por la utilidad”.

   Conviene, con todo, evitar el exceso de severidad, puesto que ciertas palabras pueden parecer ociosas y que, sin embargo, a los ojos de Dios son muy meritorias. La intención es aquí un factor de capital importancia. Vemos, por ejemplo, que una persona sostiene animada conversación con expresiones y palabras, al parecer, superfluas; pues bien, si esa conversación la tiene con la sana intención de hacer algún bien a su interlocutor o a un tercero, lo que parece ociosidad reprensible resulta una acción meritoria y virtuosa. O también observamos que tal persona habla detenidamente con un enfermo empleando palabras, al parecer, inútiles, que podría omitir sin ningún inconveniente; ¿hay derecho a condenar en el acto, diciendo que dicha persona pierde el tiempo en discursos estériles? Esto sería adelantarse demasiado. ¿Quién me asegura que su intención no es de entretener y distraer al enfermo en su soledad, haciéndole olvidar un tanto sus penas? ¡Conversación bendita, digna de alabanza, esa que, bajo las apariencias de charla inútil y vana, es de una utilidad indiscutible con un fin generoso y noble!

   Quede, pues, bien sentado que la intención cuando es recta puede comunicar a una conversación o palabra, al parecer ociosa, un mérito sobrenatural. No se debe, por tanto, censurar a esa madre de familia que, en la mesa, por ejemplo, cuenta historietas con gracia y agudeza para amenizar la comida de familia y hacer la vida hogareña agradable al marido y a los hijos. ¿Qué otra cosa se quiere? No es posible ni conveniente la actitud seria. Hablando constantemente de literatura, ciencia o historia, esa mujer pasaría entre los suyos por una sabihonda insoportable; hablando de moral y religión les haría el efecto de una monja malograda.

   Es por cierto, digna de encomio la que emplea su ingenio en amenizar honestamente con su charla las reuniones de familia. El arte de narrar historietas se me antoja un arte moralizador y cristiano en semejantes circunstancias. No deben, pues, calificarse de ociosas las palabras de ese género purificadas por una intención laudable.

   Reservemos el calificativo para la charlatanería que no tiene justificación alguna, para la conversación fútil movida únicamente por el prurito de hablar.


   Definida de tal manera la palabra ociosa constituye, indudablemente, verdadero pecado. De la boca del Supremo Juez procede esta sentencia: “Yo os lo aseguro: los hombres tendrán que rendir cuenta, el día del Juicio, de toda palabra ociosa que hubiere salido de sus labios.” “Tenemos, pues  dice Álvarez de Paz—, un acto que está prohibido por una ley del mismo Dios; ¿y qué nombre merece un acto semejante sino el de pecado? Por poco respeto que tengamos al Espíritu Santo, que habita en nuestra alma, no hemos de querer contristar a ese divino Huésped bajo el pretexto de que solamente le ofendemos en cosa ligera”. (La mortificación exterior, cap. XII.)

   Quizás preguntará el lector, ¿por qué razón se muestra Dios tan severo por una palabra que en sí misma no parece contener malicia alguna? A lo que San Basilio responde: “Al hablar sin utilidad propia ni del prójimo se desvía la palabra del objeto que Dios, en el plan de su Providencia, le tiene asignado. En vez de hacer de ella un instrumento para el bien, se la hace servir para cosas fútiles. Se habla para no decir nada, y por esto mismo es el acto reprensible”. (Moral, cap. I, reg. 25, y Reg. Brev. Interrog., XXIII.)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LAS DOS TENDENCIAS CONTRARIAS DE NUESTRA VOLUNTAD




En el cielo seremos semejantes a Dios, dice el Evangelista San Juan: Símiles ei erimus (I, Juan, III, 2). Y añade, todo el que tiene esta esperanza debe procurar santificarse como Dios es santo. “Sed santos porque yo, vuestro Dios, soy santo” (Lev. XIX, 2,11, 44), dice el Señor varias veces a su pueblo. Asi la semejanza con Dios que será nuestra gloria y la suprema felicidad eternamente debe ser ante todo una semejanza de santidad; la cual se consigue primeramente por la fusión de nuestra voluntad en la divina, anonadando todos los deseos humanos que no son santos, y por la aceptación amorosa de todas las voluntades divinas que son esencialmente santas. Cuando lleguemos a querer todo lo que Dios quiere y sólo lo que Dios quiere, El mismo perfeccionará esta semejanza que quiso establecer entre Él y nosotros; en esta vida nos colmará de gracias, pero aún mejor en el cielo nos dará una abundante participación de su infinita belleza, nos comunicará con ancha medida su infinita felicidad.

   Desterrar de la voluntad todo querer que no sea santo, tal debe ser el objeto de nuestros constantes esfuerzos; debemos despojarnos, como predica San Pablo, del hombre viejo, viciado por las codicias falaces, y revestirnos del hombre nuevo, el cual es totalmente justo y divino, renunciar a Adán, a sus deseos, a sus inclinaciones desordenadas para cubrirnos con las virtudes de Jesús (Eph., IV, 22-24; Col., III, 2-10; Rom., XIII, 14).

   Impresionaba vivamente al gran apóstol esta oposición de tendencias en nuestra alma, las cuales, hacen que en cada uno existan como dos adversarios encarnizados, dos combatientes perpetuamente en guerra; el hombre viejo que es la reproducción de Adán pecador, y el hombre nuevo, el hombre divino, que es la reproducción de Jesús. Después del pecado original, los malos instintos, de los cuales hasta entonces la bondad divina había preservado a la humanidad, aparecieron muy vivos, y en el hombre hizo presa el egoísmo, la sensualidad, el orgullo, la avaricia; pero Jesús vino a devolvernos la gracia que perdió Adán, a hacernos posible la práctica de las virtudes; siendo El mismo el gran modelo y ejemplar de ellas. Adán, por desgracia, vive siempre en nosotros, pero también Jesús vive en las almas. Luchar contra Adán, hacer morir todo lo que queda en el hombre de sus tendencias pecaminosas, de sus defectos, de sus pasiones, y aumentar más y más las perfecciones cuyo germen depositó Jesús en nosotros y que son sus propias perfecciones, ved ahí nuestra empresa.

   Es manifiesto que todos los deseos o gustos originados de la naturaleza viciada, y contrarios a los divinos, deben ser desechados, anulados; pero hay otros procedentes de la naturaleza, y en sí mismos legítimos; y también éstos deben ser absorbidos en la voluntad divina; y cuando no sean conformes con ella los debemos desaprobar y rechazar. “Padre, decía Jesús, muy cerca de su Pasión, líbrame de esta hora de crueles dolores: Pater, salvífica me ex hac hora. No, Padre, no me libréis, pues que he venido al mundo para padecer y morir. Padre, glorifica tu nombre” (Juan, XII, 27-28). Y horas después, en Getsemaní, aun oraba Jesús; “Padre mío, si es posible aparta de mí este cáliz. Pero no, Padre mío, hágase tu voluntad y no la mía”.

   No había lucha en el alma del Salvador; si sentía este horror al sufrimiento que el alma humana siente es porque lo quería de veras, pues la parte inferior estaba en Él admirablemente sometida a la parte superior. Aun cuando sintiese acerbamente pena por ello, Jesús quería el dolor; tenía dos voluntades, pero la voluntad santa dominaba enteramente su voluntad natural. En nosotros al contrario, existe la lucha, las voluntades inferiores no se someten así a la voluntad superior que es la de la gracia; deben ser rigurosamente vigiladas y las más veces con denuedo combatidas para practicar la perfecta sumisión al divino beneplácito.

   La voluntad natural del hombre es la de su comodidad, gozar, ser estimado, alabado, honrado, querido, libre de toda privación, sufrimiento, humillación, disfrutar las alegrías del espíritu, del corazón, seguir sus inclinaciones, obrar a su talante, que prevalezcan sus ideas; la voluntad divina que puesta en nuestras almas por la gracia se llama en nosotros voluntad sobrenatural, es que amemos a Dios, que procuremos su gloria por todos los medios, aún por los sacrificios y los sufrimientos que son los recursos más eficaces. ¡Cuán ardiente es en sus deseos nuestra voluntad natural, cuán tenaz, y en línea recta para conseguir su fin! “No podéis imaginaros, decía Taulero, la habilidad, las perfidias secretas de nuestra naturaleza para buscar en todas partes sus comodidades. Muchas veces encuentra su placer y su deleite cuando creíamos no darle más que lo necesario; por eso importa en gran manera que el hombre racional vigile atentamente y mantenga en su deber, dirija y gobierne con perseverancia la bestia que existe en nosotros” (Ed. Noel, t. V, p. 889, sermón primero de la dedic.)  No basta que nos esforcemos en dirigir siempre bien nuestras intenciones; la naturaleza es tan codiciosa, tan rebelde y testaruda, que una simple orden no bastará jamás para dirigirla con tino, y así añade Taulero: “Para llegar a la perfecta unión con Dios, no hay camino más breve como la perfecta mortificación” (T. II, p. 275, Sermón primero de Pascua).

   Las voluntades o gustos naturales y las sobrenaturales se encuentran en nuestra alma como en un jardín las buenas y malas hierbas; si el jardinero deja crecer las malas, éstas impiden el incremento de la hierba buena, y acaban por matarla. Así, si dejamos correr libremente a las primeras van siempre creciendo y terminan por ahogar a las segundas; pero si las resistimos, si las domamos, si las aniquilamos, éstas se hacen fuertes e irresistibles. San Francisco de Sales estaba tan convencido de esta verdad que era su deseo que todos se persuadieran de ella; su expresión favorita, dicen sus biógrafos, la que no se hartaba de repetir, era ésta: “El que más mortifica sus inclinaciones naturales, se atrae también más las inspiraciones sobrenaturales” (Espíritu, p. 10. S. 1).

   Y las hemos de combatir todas: es necesario refrenar la inteligencia con el recogimiento, anonadar el amor propio con la humildad, domar y sujetar con mortificación generosa su cuerpo, su corazón, su juicio, sus gustos, sus deseos, su voluntad.


“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”


Augusto Saudreau.

Canónigo Honorario de Angers.

domingo, 27 de noviembre de 2016

DEL ADVIENTO –– Catecismo Mayor de San Pío X




1) ¿Por qué se llaman Adviento las cuatro semanas que preceden a la fiesta de Navidad?

— Las cuatro semanas que preceden a la fiesta de Navidad se llaman Adviento, que quiere decir advenimiento o venida, porque en este tiempo la Iglesia se dispone a celebrar dignamente la memoria de la primera venida de Jesucristo a este mundo con su nacimiento temporal.

2) ¿Qué propone la Santa Iglesia a nuestra consideración en el Adviento?

— La Santa Iglesia en el Adviento propone a nuestra consideración cuatro cosas:

a) las promesas que Dios había hecho de enviar al Mesías para nuestra salvación;

b) los deseos de los antiguos Padres que suspiraban por su venida;

c) la predicación de San Juan Bautista, que preparaba al pueblo para recibirlo exhortando a penitencia;

d) la última venida de Jesucristo en gloria a juzgar a vivos y muertos.

3) ¿Qué hemos de hacer en el Adviento para conformarnos con las intenciones de la Iglesia?

— Para conformarnos con las intenciones de la Iglesia en el Adviento hemos de hacer cinco cosas:

a) meditar con viva fe y con ardiente amor el gran beneficio de la Encarnación del Hijo de Dios;

b) reconocer nuestra miseria y la suma necesidad que tenemos de Jesucristo;

c) suplicarle venga a nacer y crecer espiritualmente en nosotros con su gracia;

d) prepararle el camino con obras de penitencia, especialmente frecuentando  los Santos Sacramentos;


e) pensar a menudo en su última espantosa venida, y a la vista de ella ajustar a su vida santísima la nuestra, a fin de tener parte en su gloria.

Al soberano (Dios) pertenece legislar, a nosotros obedecer (confesar)




Discípulo. —Tenga la bondad, Padre, de resolver y disiparme otras dudas. Ante todo, ¿la confesión es absolutamente necesaria para cancelar o borrar los pecados?

Maestro. —Sí, absolutamente necesaria. Como es necesaria el agua para lavar las manchas, así es necesaria la confesión para lavar y quitar los pecados. Así lo ha establecido Dios; y desde el momento que ha creído obrar de este modo, a nosotros no nos toca sino obedecer.

Por otra parte, ¿qué otro remedio se puede haber escogido más fácil? Ninguno. Pongamos, por ejemplo, que por cada pecado hubiera ordenado que se diera una gran limosna, ¿a cuántos no les parecería gravosa y hasta imposible?... Supongamos que hubiese establecido un ayuno, ¿cuántos no podrían o no querrían ayunar?... Imaginemos que hubiese mandado una larga peregrinación, ¿cuantos, aún con la mejor voluntad, no podrían cumplirla? Más nada de todo eso. Cualquiera que sea el pecado, por cualquier número de veces que lo hubiese cometido, basta que se confiese con un ministro suyo, que el pecador puede elegir libremente, del modo más secreto, todo queda perdonado. Dime: si las leyes humanas y civiles hicieran lo mismo, si bastara presentarse al juez y confesar su delito para obtener el perdón, ¿habría cárceles y galeras?

D. —No, por cierto, todos los delincuentes se apresurarían a confesar, aún los más bribones.

M. — ¿Por qué, pues se considera gravosa la confesión sacramental?

D. — ¡Claro! Más, ¿no bastaría confesarse con Dios directamente? ¿Qué necesidad hay de recurrir al sacerdote, y comunicar a otros nuestros intereses?

M. — Quien manda, manda, y cartuchera al cañón. Ven acá. El rey el gobierno manda pagar los impuestos; ahora bien, prueba de ir a la Capital a pagar directamente al rey o al gobierno. Te dirán: ve a nuestro encargado, al cobrador y págale a él; y no te valdrán tus protestas. Quieren que se pague, pero al cobrador.

Así pasa con la confesión. Dios perdona, pero por medio de sus encargados, que son los confesores.

D. —Absolutamente cierto, jamás había pensado en ello.

M. —Y en lo tocante a lo que decías de manifestar a otros tus intereses, perdona que te pregunte, ¿de qué intereses se trata aquí? Se trata de pecados y no de intereses. Cuando te viene un fuerte dolor de cabeza, o de muelas ¿acaso por no manifestar tus intereses no acudes al médico o al cirujano para que te sane? ¿Y cuando alguien tiene alguna querella contra ti, no te vas a un abogado para que te salve de la condena?

LOS JUDAS (sacrílegos) SE SUCEDEN


A mediados del siglo XVIII, una religiosa de la Visitación, de Turín, tuvo una visión tremenda y por demás impresionante. Mientras rezaba devotamente ante Jesús Sacramentado, se le apareció la sagrada Hostia chorreando sangre fresca.

Ni tiempo tuvo para volver en sí, a causa del asombro y del miedo, cuando repentinamente se encontró en el atrio de las dos iglesias situadas al principio de la plaza de San Carlos, y allí oye una algaraza de gente que viene de las calles laterales de la parte que mira a los Alpes. Gritos, voces, aullidos, blasfemias horribles... La chusma, que aumentaba cada vez más, llenaba completamente la plaza.

Empieza una comedia asquerosísima, e inmediatamente después todos se van precipitando por las calles de la derecha hacia el río Po; les sigue una gran oleada de sangre que inunda toda la plaza, y se desliza por las mismas calles hasta perderse en el río, juntamente con toda aquella gentuza, verdaderos demonios.

 La monjita, horrorizada, se dirige al Señor, y exclama: ¡“Oh Jesús, sálvanos”! Y Jesús le responde: “Tranquilízate, que la oleada ya pasó. Sábete que todos éstos son los profanadores de mi Sangre Eucarística. Son todos los que, en esta ciudad del Sacramento, pisotean la Sagrada Eucaristía, comulgando sacrílegamente. Son los Judas que se suceden a través de los siglos. Vete, y cuenta a todos lo que acabas de ver”.

La religiosa cumplió el encargo, impresionando grandemente la narración de este hecho, narración que hizo muchísimo bien.

D. —Tiemblo, Padre, de miedo; ¿pero es verdad todo esto?

M. —Y bien auténtico; existen documentos en los archivos de la iglesia y de la Curia de Turín.

D. — ¿Es posible que haya tantos Judas?

M. —Ya lo creo, y entre todas las clases sociales, como te he dicho.

D. — ¿Y por qué Jesucristo, que es Dios, no ha previsto estos abusos?

M.Sí, los ha previsto, y, sin embargo, ha instituido la Comunión y el sacerdocio, sabiendo también que muchos comulgarían digna y santamente, de donde recibiría grande honra y gran amor, como también previo que sin la Comunión no sería posible a un gran número de cristianos mantenerse fieles y constantes en su fe.

D. —Entonces, Jesucristo, al instituir la Santísima Eucaristía ¿ha preferido nuestro provecho, aun a costa de ser despreciado?

M.Por cierto, ha preferido nuestro provecho, aun a costa de ser despreciado. Jesús es siempre Jesús, infinito en bondad y misericordia. Hace como la madre que se deja arañar de su hijo, y encima le come a besos; o como la que, a pesar de que la amenazan y le pegan, les aguanta, les quiere y les atiende constantemente. Jesús es siempre el Divino Maestro, amante, paciente, resignado, indulgente.

D. —Aun así, a mí me parece que no debería permitir tantos sacrilegios.

M.Tú opinión o juicio es demasiado corto y terreno; el de Jesús es muy distinto. Más contento y felicidad siente El cuándo uno comulga bien, que dolor pueden causarle todos los sacrilegios que cometen tantas almas indignas. Es como el sol, que, aunque extienda sus rayos sobre todas las inmundicias de la tierra, no obstante todo lo llena de luz, de vida y de calor. Y volviendo al ejemplo de la madre, se siente más contenta y feliz con el cariño de un hijo bueno, que con todos los disgustos de los demás hijos malos.

D. — ¡Oh Jesús, tan mal correspondido a pesar de ser tan bueno!

M. — Sí; infinitamente bondadoso es Jesucristo. ¡Por esto abusan tanto de su bondad!; mas ¡ay de los ingratos y de los traidores!

D. — ¿Y los castigos para éstos serán terribles?

M. —Terribilísimos, pero bien merecidos. No habrá excusa para ellos; las palabras de Jesucristo son eternas e infalibles: “El que come indignamente mi Carne, come su misma condena”.

D. — Luego, ¡pobres de los sacrílégos!

M. — Por cierto, bien infelices. Lo verás en lo que sigue.

José Luis Chiavarino

COMULGAD BIEN


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Llegará el día de mi muerte.




   Es muy conducente a la salvación repetir a menudo: Llegará el día de mi muerte. La Iglesia renueva este recuerdo a los fieles el miércoles de ceniza de cada año. Pero esta idea de la muerte nos es representada frecuentemente en el curso del año, ya en los cementerios que encontramos en los caminos, ya en las sepulturas que vemos en la Iglesia, y ya finalmente en los mismos muertos que llevan a enterrar.

   Los muebles más preciosos que han usado los anacoretas en sus grutas, eran una cruz y una calavera: aquélla para recordarles la muerte de Jesucristo por amor a los hombres, y ésta para que no olvidasen que eran mortales. Y asi perseveraban en la penitencia hasta el fin de sus días, y muriendo pobres en el desierto, morían más contentos que los monarcas en sus palacios.

   Se acerca el fin, el fin se acerca. Uno vive más largo tiempo, otro menos; pero todos, tarde o temprano, debemos morir, y a la hora de la muerte el solo consuelo que experimentaremos será haber amado a Jesucristo y haber sufrido por su amor los trabajos de la vida.

   Entonces no podrán ni las riquezas atesoradas, ni los honores adquiridos, ni los place res gustados consolarnos: todas las grandezas de este mundo no dan consuelo a los moribundos, sino pena; y cuanto más buscadas han sido, tanto mayor pena darán. Por lo contrario, todos juntos serán nuestro suplicio, y cuanto más numerosos habrán sido los bienes mundanos, más y más terribles serán nuestros castigos.

   Sor Margarita de Santa Ana religiosa carmelita descalza hija del Emperador Rodolfo II, decía: ¿De qué sirven los imperios en la hora de la muerte? ¡Ah! A cuántos mundanos les sucede que, cuando están más ocupados en procurarse ganancias, poder y honores, les llega la hora de la muerte y se les dice: Dispón de tu casa, porque vas a morir y no vivirás.  Señor fulano, es tiempo de pensar en hacer testamento, porque se encuentra usted mal. ¡Oh! cuál será la pena de este hombre que estaba en vísperas de ganar un pleito, de adquirir una posesión o un palacio, al oír al sacerdote, que encomendándole el alma, le dirá: ¡Sal, alma cristiana, de este mundo! ¡Sal de este mundo y ve a rendir tus cuentas a Jesucristo! — ¡Ay! no estoy en disposición. —No importa: es necesario partir.

   ¡Oh Dios mío! ¡Iluminadme, dadme la fuerza suficiente para consagrar el resto de mis días a vuestro servicio y a vuestro amor! Si en este instante llegase la hora de mi muerte, yo no moriría contento, moriría en la inquietud y en la ansiedad. ¿Pues a qué espero? ¿A qué me atrape la muerte con gran peligro de mi eterna salvación? Señor, si he sido un loco hasta el presente, no quiero serlo más. Yo me entrego enteramente a vos: aceptadme y socorredme con vuestra gracia.

   A cada uno le llegará su fin, y con él el decisivo momento de una eternidad de bienaventuranza o de una eternidad de condenación. ¡Oh! si pensásemos todos en este momento grande, y en las cuentas que deberemos dar al Juez de toda nuestra vida. Si lo tuviésemos presente, no nos ocuparíamos, no, en amontonar tesoros; no nos fatigaríamos en correr detrás de las grandezas en esta vida que acaba, más pensaríamos en santificarnos y hacernos grandes en la vida que no acaba jamás. Si, pues, tenemos fe y creemos que hay muerte, juicio y eternidad, procuremos no vivir sino para Dios en los días que nos restan. Pasemos por la tierra como peregrinos, pensando que pronto habremos de abandonarla; tengamos delante de la vista la imagen de la muerte, y en los negocios de este mundo hagamos lo que a la hora de la muerte sentiremos no haber hecho.
   Todas las cosas de la tierra nos dejarán, o nosotros las dejaremos. Escuchemos a Jesús que nos dice: Atesorad para vosotros tesoros en el ciclo, en donde no los consume orín ni polilla. Despreciemos los tesoros de la tierra que no pueden contentarnos y presto acaban; adquiramos los tesoros del cielo que nos harán felices y no tendrán fin.

   Desgraciado de mí, ¡oh Dios mío! que os he vuelto las espaldas tantas veces a vos, bien infinito, por las cosas de la tierra. Reconozco mi error de haber buscado hasta ahora cómo adquirir celebridad y fortuna en este mundo. El solo bien que anhelo ya es poderos amar y hacer vuestra santa voluntad. ¡Oh Jesús mío! desterrad de mí todo deseo de querer figurar, y hacedme apetecer los desprecios y la vida retirada. Dadme fortaleza para negarme yo a mí mismo todo aquello que pudiera desagradaros. Haced que abrace en santa paz las enfermedades, las persecuciones, los dolores y todas las cruces que vos me enviáreis. ¡Oh! Séame dado morir por vuestro amor, abandonado de todo el mundo, como moristeis vos por mí.

   ¡Virgen Santa María! Vuestros ruegos pueden hacerme hallar la verdadera felicidad que consiste en amar mucho a vuestro divino Hijo. Rogadle por en vos confió.



SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO




REMEDIOS CONTRA LA LUJURIA – (Frecuencia de los Santos Sacramentos)


ASMODEO EL DEMONIO DE LA LUJURIA


   8°) El último medio es la frecuencia de los santos Sacramentos. En ellos nos dejó Cristo la más sana, eficaz y segura medicina para remedio de todos nuestros males, porque, como dice el Tridentino, por ellos comienza la justificación, o comenzada, se aumenta, o perdida se recobra.

   Y muy especialmente la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía es poderoso remedio contra el vicio de la torpeza.

   No te confundas en confesar tus pecados, dice el Sabio (Eccles. IV, 91), confiándolos con una confesión humilde y vergonzosa de haberlos cometido, pues esto es una santa venganza que te traerá la paz del alma, dice San Bernardo

   Nada pudo el Rey de Siria con todo su ejército contra el Rey de Israel, porque el profeta Elíseo dió a éste noticia de todas las asechanzas del enemigo, así el demonio nada podrá hacer contra tí con todas sus asechanzas y sugestiones si tú las manifiestas a tu confesor, porque además de la gracia del sacramento, él, con sus santos consejos y amonestaciones, te ayudará a resistir y a vencer la sugestión y la torpeza. Casiano escribe de una alma molestadísima en esta materia, pero que siempre que volvía la tentación acudía a su confesor, por cuyo medio logró la más completa victoria.

   Él sacramento de la Eucaristía, es también antídoto y febrífugo de la sensualidad; porque, como dijo San Cirilo, cuando recibimos a la Majestad de Cristo, pacífica y refrena la ley de la concupiscencia, que reside en nuestros miembros; corrobora la piedad y extingue las inquietas perturbaciones del ánimo. Del augustísimo Sacramento habla Zacarías cuando pregunta: ¿Qué cosa es su bien, y qué su hermosura? y responde: El trigo de los escogidos y el vino que germina vírgenes (Zach. IX, 17): una versión dice: que hace cantar a las vírgenes; porque este divino Sacramento da a la castidad tan poderosas armas, que aun antes del combate ya puede cantar la victoria. Al profeta Elias, huyendo de la cruel y torpe Jezabel, le corroboró y dió fuerzas un pan, figura de la Eucaristía. Las aguas del Jordán se detuvieron luego que entró en el rio el arca de la alianza, y así se detienen las tentaciones al entrar la santa Comunión en nuestro pecho. Solamente que es necesario frecuentar estas armas de estos sacramentos, pues David no osaba salir a campaña contra el gigante con las armas de Saúl, aunque eran muy firmes y seguras, porque no estaba a ellas acostumbrado.

   El Señor nos conceda sus soberanos auxilios para frecuentar sus santos Sacramentos, y por su virtud alcanzar la vida eterna. Amen.


R. P. FR. ANTONIO ARBIOL

LOS MASONES (PARTE I)




¿Qué son los masones y demás sectarios?

   Ya hemos visto lo que son los curas, la doctrina que enseñan, la necesidad de su existencia, y demostrado queda también que las flaquezas de algunos no pueden servir ni aun de pretexto para pedir su extinción, como la existencia de moneda falsa no es razón para que deje de acuñarse y de apreciarse la buena.

   Veamos ahora lo que son los masones, que tomamos como el prototipo de todos los sectarios, por ser ellos los que han organizado y dirigen el movimiento anticlerical con que agitan hoy al mundo.

   El masón es, en primer lugar, un hombre que blasonando de libre, se liga con juramentos terribles a una asociación cuyos fines desconoce en el momento de entrar en ella, y a la que ha de prestar ciega obediencia, cualesquiera que sean sus mandatos.

   Es un hombre, además, que alardeando de ser despreocupado y enemigo de toda superstición, se entrega a las más ridículas y depresivas ceremonias, incluso la de ponerse en cuatro pies en plena sesión de logia, como sucede con los afiliados al grado 22 del rito escocés de la secta masónica.

   Es también un hombre que diciendo profesar los principios del libre examen, está obligado, por los juramentos que a ciegas hace, a no profundizar los misterios de la secta, hasta el punto de estarle severamente prohibido leer los rituales de los grados superiores a aquel que le ha sido confiado en la logia.

   Se le dice que todos los hombres son iguales y luego se le obliga a acompañar con antorchas, cuando entran o salen del templo masónico, a los masones de grados superiores al suyo, y se le veda sentarse en el sitio reservado a esos masones y a callar inmediatamente que el venerable de su logia o el vigilante de quien dependen da Un golpe con el mazo o mollete sobre la piedra triangular que dichos dignatarios de logia tienen en la mesilla, también triangular, ante la que se hallan sentados.

   Se dice partidario de la publicidad y acude a sitios escondidos, y es tal el secreto que tiene que guardar en todo lo que se refiere a los asuntos masónicos, que al final de cada sesión se le hace jurar por el venerable de la logia, no revelar a nadie lo que se ha tratado en ella.

   Consta en los estatutos de la secta, para uso de los que no están verdaderamente iniciados en sus rituales secretos, que la masonería no se ocupa en asuntos religiosos ni políticos y sí únicamente en obras benéficas, y no hay movimiento antirreligioso y revolucionario que no haya sido organizado por las logias. Ellas mismas se jactan de haber movido la pluma de los enciclopedistas del siglo XVIII, a ellas pertenecieron Voltaire, Rousseau, Diderot y D’Alembert, cuyos abominables trabajos para arrancar la fe de los individuos y de los pueblos, aún sirven de pauta a todos los enemigos de la Iglesia de Dios en estos tiempos; consideran, y no mienten, como obra suya la proclamación de los llamados derechos del hombre el año 1789, los horrores del terror en 1793, y hasta presentan como título de gloria el asesinato del rey Luis XVI de Francia, al que los masones de la Convención francesa contribuyeron con sus votos, obligando a que también votara el infame regicidio el duque de Orleans, primo de aquel infortunado monarca, y conocido en las logias con el mote masónico o nombre simbólico de Igualdad.

La falta de doctrina: enseñar con caridad. Tomado de la ENCÍCLICA “E SUPREMI APOSTOLATUS” de San Pío X.




   ¿A quién se le oculta, Venerables Hermanos, ahora que los hombres se rigen sobre todo por la razón y la libertad, que la enseñanza de la religión es el camino más importante para replantar el reino de Dios en las almas de los hombres? ¡Cuántos son los que odian a Cristo, los que aborrecen a la Iglesia y al Evangelio por ignorancia más que por maldad! De ellos podría decirse con razón: Blasfeman de todo lo que desconocen. (34) Y este hecho se da no sólo entre el pueblo o en la gente sin formación que, por eso, es arrastrada fácilmente al error, sino también en las clases más cultas, e incluso en quienes sobresalen en otros campos por su erudición. Precisamente de aquí procede la falta de fe de muchos. Pues no hay que atribuir la falta de fe a los progresos de la ciencia, sino más bien a la falta de ciencia; de manera que donde mayor es la ignorancia, más evidente es la falta de fe. Por eso Cristo mandó a los Apóstoles: Id y enseñad a todas las gentes. (35)

   Y ahora, para que el trabajo y los desvelos de la enseñanza produzcan los esperados frutos y en todos se forme Cristo, quede bien grabado en la memoria, Venerables Hermanos, que nada es más eficaz que la caridad. Pues el Señor no está en la agitación. (36). Es un error esperar atraer las almas a Dios con un celo amargo: es más, increpar con acritud los errores, re- prender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia. (37)

   También en esto Cristo nos dio ejemplo: Venid, así leemos que Él dijo, venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados y Yo os aliviaré. (38) Entendía por los que trabajaban y estaban cargados no a otros sino a quienes están dominados por el pecado y por el error. ¡Cuánta mansedumbre en aquel divino Maestro! ¡Qué suavidad, qué misericordia con los atormentados!

   Describió exactamente Su corazón Isaías con estas palabras: Pondré mi espíritu sobre él; no gritará, no hablará fuerte; no romperá la caña cascada, ni apagará la mecha que todavía humea. (39)

   Y es preciso que esta caridad, paciente y benigna (40) se extienda hasta aquellos que nos son hostiles o nos siguen con animosidad. Somos maldecidos y bendecimos, así hablaba Pablo de sí mismo, padecemos persecución y la soportamos; difamados, consolamos. (41).

   Quizá parecen peores de lo que son. Pues con el trato, con los prejuicios, con los consejos y ejemplos de los demás, y en fin con el mal consejero amor propio se han pasado al campo de los impíos: sin embargo, su voluntad no es tan depravada como incluso ellos pretenden parecer. ¿Cómo no vamos a esperar que el fuego de la caridad cristiana disipe la oscuridad de las almas y lleve consigo la luz y la paz de Dios? Quizás tarde algún tiempo el fruto de nuestro trabajo: pero la caridad nunca desfallece, consciente de que Dios no ha prometido el premio a los frutos del trabajo, sino a la voluntad con que éste se realiza.

34. Jud 10.
35. Mt 28, 19.
36. 3 Re 19, 11.
37. 2 Tm 4, 2.
38. Mt 11, 28.
39. Is 42, 1s.
40. 1 Cor 13, 4.

41.1 Cor 4, 12s.

RACIONALISMO E INDIFERENTISMO


INDIFERENTISMO RELIGIOSO




— I. ¿Qué es racionalismo?

Racionalismo es el sistema filosófico-religioso, que enseña que la razón del hombre es el único principio supremo de todo conocimiento humano.

El racionalismo exagera enormemente los fueros de la razón; para él nada existe fuera de lo que la razón humana puede abarcar.

— II. ¿Cómo se divide el Racionalismo?

El Racionalismo se divide en absoluto y moderado o semirracionalismo.

El racionalismo absoluto niega la posibilidad y existencia de la Revelación sobrenatural.

El moderado las admite; pero afirma: a) que la razón tiene el derecho de juzgar con criterio meramente racional las doctrinas reveladas; b) que los misterios sobrepasan las fuerzas de la razón humana, no .porque ésta no pueda por sí misma comprenderlos, sino por la debilidad y oscuridad causadas por el pecado.

— III. ¿Cómo se refuta el Racionalismo?

Falso es el Racionalismo, así el absoluto como el moderado; porque la razón del hombre depende de Dios.

1°. Dios puede manifestar al hombre verdades que Él conoce en su ciencia infinita; v. gr., los sucesos futuros libres.

2°.  La ciencia infinita de Dios encierra verdades que solamente Él comprende y que están por encima de todo entendimiento criado. Son los misterios sobrenaturales; v. gr., la Encarnación del Hijo de Dios que junta dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en la persona divina del Verbo.

— IV. ¿Qué es Indiferentismo?

Indiferentismo religioso es el sistema filosófico que enseña “que es libre a cada hombre, o no profesar ninguna religión, o profesar la que más le agrade” (León XIII).

— V. ¿Cómo se divide el Indiferentismo?

El Indiferentismo puede ser absoluto o mitigado.

El Indiferentismo absoluto niega la obligación de toda religión; el mitigado afirma que todas las religiones son igualmente buenas y que el individuo es libre en escoger una entre ellas.

El Indiferentismo absoluto es falso pues la religión y el culto externo son obligatorios.

— VI. ¿Puede sostenerse que todas las religiones son buenas?

Es imposible que todas las religiones sean verdaderas y por lo mismo buenas; los dogmas, la moral y el culto de las diferentes religiones son contradictorios; unos por ende han de ser verdaderos y buenos, y otros falsos y malos.

Examinemos los dogmas, preceptos y ritos de las varias religiones.

a) Dogmas. Unas religiones enseñan el monoteísmo, otras el politeísmo; unas afirman la divinidad de Jesucristo; otras la niegan, etc.

b) Preceptos. El Mahometismo permite la poligamia, el Catolicismo la prohíbe.

c)  Ritos. Hay ritos puros y virtuosos; otros impuros, deshonestos y viciosos; las religiones paganas y el judaísmo no reconocen los Sacramentos cristianos, el Catolicismo lo admite.

Luego no es posible que los dogmas de estas varias religiones sean verdaderos; sus preceptos, honestos; sus ritos, morales.


Presbítero Nicolás Marín Negueruela.

Profesor de Teología y Apologética.
Año 1944.




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...