lunes, 26 de septiembre de 2016

La masonería que niega el infierno es una prueba de su existencia. (Lectura imprescindible)



   El último y principal de los intentos masónicos: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo”. (León XIII, “Humanum Genus”, 1884)

   Leyendo la Encíclica de León XIII “Humanum Genus” sobre la Masonería (abril de 1884) y las obras más serenas y objetivas escritas sobre la materia (obras resumidas en el artículo Francmasonería del Diccionario Teológico Católico), se ve cuál es el fin secreto y auténtico de la misma. Desde que la malicia del demonio dividió el mundo en dos campos: dice, en resumen, León XIII, la verdad tiene sus defensores, pero también sus implacables adversarios. Son las dos ciudades opuestas de que habla San Agustín: la de Dios, representada por la Iglesia de Cristo con su doctrina de eterna salvación, y la de Satanás, con su perpetua rebelión contra la enseñanza revelada. La lucha entre ambos ejércitos es perenne, y desde el fin del siglo XVII, fecha del nacimiento de la mentada asociación, que ha reunido fundido en una todas las sociedades secretas, las sectas masónicas han organizado una guerra de exterminio contra Dios y su Iglesia. Su finalidad es descristianizar la vida individual, familiar, social, internacional, y para ello todos sus miembros se consideran hermanos en toda la faz de la tierra; constituyen otra iglesia, una asociación internacional y secreta.



   “El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. Con aguda visión ha descrito Agustín estos dos reinos como dos ciudades de contrarias leyes y deseos, y con sutil brevedad ha compendiado la causa eficiente de una y otra en estas palabras: “Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial”. Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor”. (Humanum Genus, 1884).

   León XIII, hacia el fin de su Encíclica, revela el modo como estas sectas clandestinas se insinúan en el corazón de los príncipes, ganándose su confianza con el falso pretexto de proteger su autoridad contra el despotismo de la Iglesia; en realidad, con el fin de enterarse de todo, como lo prueba la experiencia; ya que después ––añade el Papa–– estos hombres astutos lisonjean a las masas haciendo brillar ante sus ojos una prosperidad de que, según dicen, los Príncipes y la Iglesia son los únicos pero irreductibles enemigos. En resumen: precipitan las naciones en el abismo de todos los males, en las agitaciones de la revolución y en la ruina universal, de que no sacan provecho más que los más astutos.

   Este objetivo real de la descristianización se enmascaraba antes con otro que sólo era aparente. La secta se presentó al mundo como sociedad filantrópica y filosófica. Más, logrados algunos triunfos, arrojó la máscara. Se gloría de todas las revoluciones sociales que han sacudido a Europa, y especialmente de la francesa; de todas las leyes contra el clero y las Órdenes religiosas; de la laicización de las escuelas, del alejamiento del Crucifijo de los hospitales y de los tribunales, de la ley del divorcio, de todo cuanto descristianiza la familia y debilita la autoridad del padre, para sustituirla por un Gobierno ateo. Practica el adagio: dividir para vencer: separar de la Iglesia los reyes y los Estados; debilitar los Estados, separándolos unos de otros para mejor dominarlos con un oculto poder internacional; preparar conflictos de clase separando a los propietarios de los obreros; debilitar y destruir el amor a la patria; en la familia separar el esposo de la esposa, haciendo legal el divorcio, y más fácil cada vez; separar, en fin, a los hijos de sus progenitores para hacer de ellos la presa de las escuelas llamadas neutras, en realidad impías, y del Estado ateo.

   La Masonería pretende también, contribuir al progreso de la civilización rechazando toda revelación divina, toda autoridad religiosa: los misterios y los milagros deben ser desterrados del programa científico. El pecado original, los Sacramentos, la gracia, la oración, los deberes para con Dios son absolutamente rechazados, igual que toda distinción entre el bien y el mal. El bien se reduce a lo útil, toda obligación moral desaparece, las sanciones del más allá ya no existen. La autoridad no viene de Dios, sino del pueblo soberano.

   Reina en la Masonería particular odio contra Cristo. La blasfemia y la imprecación se reservan de modo especial para su Santo Nombre; se intenta, en fin, robar Hostias consagradas para profanarlas del modo más ultrajante. La apostasía es de rigor en sus miembros cuando son recibidos en los grados superiores. A los ojos de los iniciados, lo mismo a los de los judíos empedernidos, la condenación de Jesús, pronunciada por la autoridad judicial, está perfectamente justificada, y la crucifixión fué perfectamente legítima. La Iglesia Católica, es, pues, combatida como la enemiga. Por fin, la noción de Dios, anteriormente tolerada, es suprimida del vocabulario masónico.



   La perversidad satánica de la Masonería se revela, en fin, en el mismo misterio con que vela y protege sus propios designios. Sus más importantes proyectos, discutidos en reuniones secretas, son cuidadosamente sustraídos al conocimiento de los profanos y hasta de muchos afiliados de los grados menos elevados. En cuanto a los iniciados, cuando son llamados a los grados más elevados, juran no revelar nunca los secretos de la Sociedad; y los que se proclaman defensores de la libertad, se entregan por completo a sí mismos a un poder oculto que desconocen y  del que, probablemente, desconocerán siempre los proyectos más secretos. El hurto, la supresión de los documentos más importantes, el sacrilegio, el asesinato, la violación de todas las leyes divinas y humanas podrían serles impuestos: bajo pena de muerte deberían ejecutar tan abominables órdenes.

   El árbol se juzga por sus frutos. La raíz de este árbol deforme es el odio a Dios, a Cristo Redentor y a su Iglesia. Es, pues, una obra satánica, que demuestra a su modo que el Infierno existe, el Infierno que la secta pretende negar.

   No hay que maravillarse, por tanto, de que la Iglesia haya condenado muchas veces la Francmasonería, bajo Clemente XII, Benedicto XIV, León XII, Gregorio XVI, Pío IX, León XIII (Cfr. Denz., 1967, 1718, 1859 y sigs.) El Santo Oficio, en su Circular de febrero de 1871 al Episcopado, llega a imponer la obligación de denunciar a los corifeos y las cabezas ocultas de estas peligrosas sociedades: el hijo no está dispensado a denunciar al padre, y el padre al hijo. El esposo debe obrar igualmente respecto a la esposa, el hermano con relación a su hermana. El bien universal de la sociedad exige este rigor. El motivo de esta decisión del Santo Oficio se funda en las supercherías a que recurren las logias, ocultándose bajo nombres ficticios.

   La Masonería, primera en negar el Infierno, es, por consiguiente, la prueba, con la propia perversidad satánica, de su existencia. Esto se revela ante todo en las profanaciones de la Eucaristía: ésas son manifiestamente inspiradas por el demonio y suponen, por tanto, su fe en la presencia real. Esta fe del demonio, como explica Santo Tomás (II, II, q. 5, a. 2), no es la fe infusa y saludable con la humilde sumisión del espíritu a la autoridad de Dios revelador; es una fe adquirida que únicamente se funda en la evidencia de los milagros, porque el demonio sabe bien que son verdaderos milagros, completamente distintos de los engaños de que él es autor. Estas horribles profanaciones de Hostias consagradas son, pues, a su manera, una prueba sensible de la protervia satánica y, por consiguiente, del Infierno al que está condenado Satanás. De ese modo el mismo demonio confirma el testimonio de las Santas Escrituras y de la Tradición que él quisiera negar.

  Por lo demás, de cuando en cuando, como en la guerra última, aparece en la vida pública de los pueblos un odio espantoso; se diría que el Infierno se abre a nuestros pies. Esto confirma la Revelación: los delitos de los que no se hace penitencia tendrán una pena eterna.



REGINALD GARRIGOU-LAGRANGE, O. P.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Es propio de la iglesia vivir entre luchas, dificultades y aflicciones. San Pío X



   Están pues muy equivocados los que creen y esperan para la Iglesia, un estado permanente de plena tranquilidad, de prosperidad universal, y un reconocimiento práctico y unánime de su poder, sin contradicción alguna; pero es peor y más grave el error de aquellos que se engañan pensando que lograrán esta paz efímera disimulando los derechos y los intereses de la Iglesia, sacrificándolos a los intereses privados, disminuyéndolos injustamente, complaciendo al mundo “en donde domina enteramente el demonio” (1 Jn 5, 19), con el pretexto de simpatizar con los fautores de la novedad y atraerlos a la Iglesia, como si fuera posible la armonía entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y el Demonio.

   Son éstos sueños de enfermos, alucinaciones que siempre han ocurrido y ocurrirán mientras haya soldados cobardes, que arrojen las armas a la sola presencia del enemigo, o traidores, que pretendan a toda costa hacer las paces con los contrarios, a saber, con el enemigo irreconciliable de Dios y de los hombres.


   San Pío X, Encíclica Communium Rerum – Con motivo del Jubileo Sacerdotal del Papa y el octavo centenario de San Anselmo, 21 de abril de 1909.

Nuestra Señora de las Mercedes. (Generala del ejército Argentino) — 24 de setiembre



   Estaba todavía gran parte de España oprimida bajo el yugo de los sarracenos, y gran número de cristianos gemían en la más dura y cruel esclavitud con grave peligro de abandonar la santa fe que de sus padres habían recibido; cuando algunos piadosos varones, compadeciéndose de la miserable suerte de sus hermanos, se reunieron para tratar de socorrerlos y procurarles el alivio de sus penas. Desde el año 1190 se ocupaban en tan benéfica obra unos caballeros catalanes; mas no se instituyó la orden religiosa para la redención de cautivos, hasta principios del siglo siguiente. Esta obra heroica de auxiliar a los cristianos puestos en cautiverio traía muy pensativo a san Pedro Nolasco: cuando he aquí que una noche se le apareció la serenísima Reina de los cielos, consoladora de los afligidos, y le manifestó ser voluntad suya y de su benditísimo Hijo que en su honra se instituyese una religión que tuviera por fin principal redimir a los cristianos cautivos, y cuyos religiosos estuviesen prontos a perder su libertad y aun la vida en bien de sus prójimos y para conservación de su fe. El santo, corrió a su confesor, san Raymundo de Peñafort, a darle cuenta de lo que le había sucedido. Quedó sorprendido Raymundo al oír a su penitente, y al entender que había recibido del cielo el mismo favor que él; pues también a Raymundo se le había aparecido la santísima Virgen y descubiértole su voluntad y la de su bendito Hijo. Pero mucho mayor fué por una parte el asombro, y por otra el gozo y alegría de uno y otro, al referirles el rey de Aragón Jaime I, que aquella misma noche había tenido igual revelación, hecha por  la misma misericordiosísima Señora. Asegurados, pues, los tres de la verdad de lo sucedido, trataron desde luego de poner por obra la voluntad del cielo, y el día 10 de agosto del año 1218 instituyeron una orden religiosa que, en honor de nuestra Señora, llamaron de santa María de las Mercedes, y del fin que al fundarla se proponían, le añadieron el nombre de “Redención de Cautivos”. A los tres otros esenciales de pobreza, castidad y obediencia, añadieron los religiosos de esta orden un cuarto voto, por el cual se obligaban a quedarse en rehenes en poder de los sarracenos siempre que esto fuese preciso para alcanzar la libertad de los cristianos. Concedióles el rey que pudiesen llevar al pecho sus reales armas, y el soberano pontífice aprobó y confirmó tan pío y santo instituto. En conmemoración de tan insigne beneficio hecho por la santísima Virgen a los hombres, se estableció esta festividad de María con el título de las Mercedes.

   Reflexión: ¡Cuántos miles y miles de cristianos, tratados en Argel y Berbería con grande crueldad, miserables, hambrientos, desnudos, cargados de cadenas o azotados y heridos bárbaramente por los látigos de los sobrestantes moros, se vieron libres del cautiverio y restituidos alegremente al hogar de sus familias por la generosa caridad de los religiosos de la Merced! Echáronse estos muchas veces al cuello las cadenas a trueque de libertar a los pobres cautivos, y en el primer capítulo general de la Orden, halláronse ya presentes muchos venerables religiosos a quienes los moros habían sacado un ojo, o mutilado la nariz o las orejas, y otros que estaban cubiertos de heridas, recibidas por haberse quedado en rehenes para librar a pobres cautivos de aquella durísima esclavitud.

   Oración: Oh Dios, que por medio de la gloriosísima Madre de tu unigénito Hijo te dignaste enriquecer a tu Iglesia con una nueva religión destinada a rescatar a los fieles del poder de los paganos; rogámoste que por los méritos y por la intercesión de la que veneramos como a iniciadora de tan pía obra, nos veamos libres de todos nuestros pecados y del cautiverio del demonio. Por el mismo Hijo tuyo y Señor nuestro. Amén.


FLOS SANCTORVM



jueves, 22 de septiembre de 2016

Curso sobre la Penitencia o Confesión (Final de la Parte I)



Institución de este sacramento

   Jesucristo antes de su pasión, había dicho a Pedro: (Mat. 16, 19) “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos”. En otra ocasión Jesús dice estas mismas palabras a TODOS los apóstoles reunidos: (Mat. 18, 18) “Os empeño mi palabra, que todo lo que atareis sobre la tierra, será eso mismo alado en el cielo; y lodo lo que desatareis sobre la tierra será eso mismo desatado en el cielo”

   Después de su resurrección, se aparece a los apóstoles reunidos en el cenáculo y les dice: (Juan 20, 19): “Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis, y quedan retenidos a los que se los retuviereis”.


Explicación de las palabras de Jesús

  Con estas palabras Jesús hace a sus apóstoles JUECES, pues según las circunstancias, deben PERDONAR o RETENER los pecados; deben por lo tanto conocer quien, es digno del perdón y quien no lo es. Estos actos son muy propios de los jueces.

   Estos jueces deben ejercer su oficio con sabiduría, prudencia y equidad, para lo cual deben oír al culpable, porque sólo él se conoce.

   Supongamos que un presidente envía a uno de sus ministros, por el interior de la República, para que recorra las provincias y le dice: Yo perdonaré a todos los que tú perdonares y condenaré a todos los que tú condenares. Esto no querría decir, que al azar, sin examen, sin conocer los crímenes, perdonara o condenara; sino que supone necesariamente el conocimiento de los delitos, para poder en algunos casos perdonar y en otros condenar.

   Resumiendo: PARA REMITIR o RETENER hay que juzgar; para JUZGAR hay que conocer y para CONOCER, hay que oír la declaración del culpable, en este caso; la confesión del pecador, que es el único que sabe los pecados que ha cometido.

   El Concilio Tridentino, dice categóricamente: “Si alguno negare, que la confesión sacramental fué instituida o es necesaria, para la salvación por derecho divino; o dijere que la costumbre de confesarse en secreto al sólo sacerdote, costumbre observada siempre desde un principio por la Iglesia hasta el presente, es ajena a la institución y al mandamiento de Cristo, y una invención humana, sea anatema (sea excomulgado) S.14, canon. 6.

Materia necesaria y suficiente

   No es materia del sacramento de la Penitencia: el pecado original porque no es pecado personal; ni los pecados cometidos antes del Bautismo, porque esos pecados no caen bajo la jurisdicción de la Iglesia.

   Materia NECESARIA: son los pecados mortales, aún aquellos, que han sido perdonados por un acto de contrición perfecta.

   Materia SUFICIENTE: son los pecados veniales. También los pecados ya perdonados. En efecto, la Iglesia: autoriza a confesarlos varias veces y la práctica de los buenos cristianos es de confesarlos repetidas veces al menos en general. Así se dice: Me acuso además de los pecados de mi vida pasada, particularmente los cometidos contra tal o cual mandamiento, etc.

Forma de la Confesión

   La forma de la Confesión son las palabras que el sacerdote pronuncia al dar la absolución y son: YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.

Ministro de la Confesión

   Es sólo el sacerdote, que además de haber recibido, el sacramento del Orden Sagrado, debe tener el poder de jurisdicción, que lo da el Papa o el Obispo.

Sujeto de la Confesión

   Es toda persona bautizada, que tenga uso de razón, es decir que sepa distinguir entre el bien y el mal y que haya cometido algún pecado.

   La materia del sacramento de la Confesión es el pecado, por lo tanto si no hay pecado no puede haber sacramento.  La Virgen Santísima no pudo recibir el sacramento de la Confesión, porque no cometió durante toda su vida ningún pecado mortal ni venial.



“CURSO COMPLETO DE RELIGIÓN”

Las fuentes de la gracia

P. Mariano Núñez Mendoza

Año 1943




Contra las miradas lujuriosas dirigidas a la mujer (San Francisco de Asís)



   San Francisco acostumbraba  a hablar de los ojos demasiados ligeros con  este enigma: Un poderoso rey envió sucesivamente dos emisarios a la reina. Vuelve el primero, y sólo pronuncia las palabras indispensables respecto al desempeño de su comisión.

   Los ojos del sabio se fijaron sólo en el asunto y no se derramaron por otra parte. Volvió el segundo, y después de pocas palabras relacionadas con el encargo, comenzó a elogiar y tejer una historia de la hermosura de la señora. “En verdad, señor, vi una mujer hermosísima. Dichoso quien puede gozarla.” A ello respondió el rey: “Siervo malvado, ¿en mi esposa tuviste el atrevimiento de fijar tu impúdica mirada? Fácil es adivinar que querrías tomar una cosa que tan sutilmente inspeccionabas.” Hace comparecer entonces al primer enviado y le pregunta: “¿Qué te ha parecido de la reina?” Respondió: “Muy bien, porque escuchó en silencio y contestó con sagacidad” Repuso el rey: “¿Nada tiene ella de hermosa?” “A ti, mi señor, atañe mirar esto; yo sólo debía pronunciar palabras.” El rey pronunció su sentencia: “Tú, casto en los ojos y más casto en el cuerpo, permanece en mi servicio, más a ese otro, arrójesele de la casa, no sea que deshonre el tálamo.”

   Proseguía entonces el bienaventurado Padre Francisco: Cuando hay excesiva seguridad, se precave uno menos del enemigo. El diablo, si puede llegar a coger al hombre por un cabello, hace que éste se convierta en maroma. Si durante muchos años no puede hacer caer al que tienta, no le molesta la tardanza, si logra que al fin caiga. Pues éste es su oficio, y ni de noche ni de día se ocupa en otra cosa.



“VIDA SEGUNDA” por CELANO

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Curso sobre la Penitencia o Confesión (Parte I)




     En esta primera parte se tocaran los siguientes puntos:

   La Penitencia o Confesión. — Relación entre la virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia. — Institución de este sacramento. — Materia necesaria y suficiente. — Forma. — Ministro y sujeto.

La penitencia o confesión

     ¿Qué es la Penitencia?

   La Penitencia es un sacramento por el cual se perdonan todos los pecados cometidos después del Bautismo.

   ¿Cuándo recibimos el sacramento de la Penitencia?

   Recibimos el sacramento de la Penitencia cuando nos confesamos y recibimos la absolución de los pecados.

   ¿Qué es la absolución de los pecados?

   La absolución de los pecados es el perdón que nos da el Sacerdote, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, cuando nos confesamos bien.

   Para poder confesarse hay que estar bautizado, de lo contrario no tiene ningún, valor la Confesión, ni puede hacerse. Se podrá acercar al sacerdote una persona no bautizada y podrá decir todos sus pecados, pero la absolución no vale, no se le perdona ningún pecado, porque para poder recibir cualquier sacramento hay que estar bautizado, por eso decimos: el Bautismo es el primero y más necesario de los sacramentos en el que se nos da la gracia y el carácter de cristianos.

   La Confesión perdona TODOS LOS PECADOS. Por más malvada que haya sido una persona y por más pecado que haya cometido, si se CONFIESA BIEN, se le perdonan TODOS LOS PECADOS.

   Demos gracias a Dios por tanta bondad y misericordia. Cada vez que nos confesamos, pensemos en esa bondad de Dios. Una persona perdona, a otra, una, dos, tal vez tres veces, y con qué dificultad; en cambio Dios PERDONA SIEMPRE al corazón arrepentido.     ’

Relación entre la virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia.

   En nuestra común manera de hablar la palabra PENITENCIA: significa una pena o un castigo, que se impone a alguna persona, o se lo impone ella misma, por alguna falta que ha cometido. Frecuentemente, (por ejemplo, en el Colegio), se dan penitencias por llegar tarde, no estudiar la lección, no hacer los deberes, portarse mal, etc. Ciertamente no hay ningún alumno, que no sepa lo que es en el lenguaje vulgar una penitencia; más aún casi todos la conocerán por experiencia.

   En religión o en lenguaje teológico la palabra penitencia significa: 1) el sacramento de la Penitencia o Confesión; 2) la virtud de la penitencia y 3) la satisfacción; es decir, la quinta condición para hacer una buena Confesión, que es: cumplir la PENITENCIA impuesta por el confesor.

¿Qué es la virtud de la penitencia?

   La penitencia es una virtud sobrenatural que dispone al pecador al dolor y detestación de los pecados cometidos, por ser ofensas a Dios.

   La virtud de la penitencia dispone por lo tanto a un firme propósito de no cometerlos más y de expiar o reparar, con una vida ejemplarmente cristiana los pecados cometidos. Es evidente, que si el pecador tiene verdadero dolor de sus pecados, los debe aborrecer y de su parte procurará poner Lodos los medios posibles para evitarlos.

   La virtud de la penitencia tiene por consiguiente una gran relación con el sacramento de la Penitencia, o Confesión, porque dispone al alma para recibir dignamente este sacramento, excitando en ella los sentimientos de dolor y detestación de los pecados, que son la base del firme propósito de enmienda.


“CURSO COMPLETO DE RELIGIÓN”

Las fuentes de la gracia

P. Mariano Núñez Mendoza

Año 1943

Causas y funestas consecuencias de las malas confesiones (Callar pecados por vergüenza)




Discípulo. — Dígame, Padre, ¿cuál es la causa principal de las malas confesiones?

Maestro. — Pueden ser varias, pero la más principal es siempre el miedo, es decir, aquella maldita vergüenza, engendro del diablo, que a muchos cierra la boca para que callen ciertos pecados o para que no manifiesten el número verdadero. ¿Sabes cómo se conduce el demonio cuando quiere inducir a alguno a pecar? Se le acerca y con mil tramoyas le sugiere que peque. “Ea, abalánzate a aquel pecado... ¿Tan gran mal piensas que es? Dios es bueno... No te castigará... Ya te confesarás luego, te perdonará, y... asunto concluido”. Una y otra vez; hoy, mañana y pasado, no ceja en su porfía, hasta que acaba por triunfar, es decir, por arrancar el consentimiento y arrastrar al pecado y tal vez a la repetición de los pecados. En cambio, cuando el pobrecito pecador, agobiado por el remordimiento, resuelve ir a confesarse, muda su táctica: se le acerca de nuevo y le dice: “¿Cómo te atreverás a manifestar tal pecado?... Se asombrará el confesor... te reñirá... lo llevará a mal... quizás te niegue la absolución... Ea. No temas, más tarde te confesarás... hay tiempo... siempre es hora...”

Discípulo. — ¿Es esa la táctica del demonio?

Maestro. — Esa es ciertamente. El mismo lo declaró a San Antonino, Arzobispo de Florencia.

Un día vio este Santo al demonio junto al confesonario y le increpó diciendo:
— ¿Qué haces ahí, bestia feroz?
Respondióle: —Estoy esperando para hacer una restitución.
— ¿Qué restitución?, dime, embustero.
—Vengo a restituir el miedo y la vergüenza que he robado a los pecadores en el acto de hacerles cometer los pecados.

Discípulo. — Creo haber leído que también Don Bosco vio al demonio en parecidas circunstancias.

Maestro. —Justamente. —Oye cómo sucedió.

Una tarde estaba el santo sacerdote confesando en el coro de la Iglesia de San Francisco de Sales, de Turín. Eran muchos los jóvenes que se habían reunido, esperando turno para confesarse.
Confesáronse diez, veinte, llega finalmente uno que, después de confesar parte de sus pecados, para.
— ¡Adelante!, dícele Don Bosco, que por luz divina, leía la conciencia de su hijo espiritual. — ¡Adelante!... ¿Y el otro?...
—No tengo más. Padre. No tengo más.
—No temas, hijo, continuó el santo. El confesor no te ha de reñir, ni castigar, él siempre perdona, lo perdona todo en nombre de Dios. ¡Animo!. ¡Confiésate bien!
—No tengo otros pecados, ninguno más...
—Pero ¿por qué, hijo mío, quieres hacer una confesión sacrílega dar que reír al demonio y hacer llorar a Jesús?
—Os lo aseguro, Padre, no tengo nada más.
Entonces Don Bosco, que comprendía, el peligro en que se hallaba aquel pobre joven, inspirado de lo alto, corta de repente la inútil porfía y le dice: —Bueno, mira quién está aquí detrás, a la espalda... El muchacho se vuelve en seguida, exhala un grito de terror y arrojándose al cuello de Don Bosco, exclama:
—Sí, Padre, tengo aún otro pecado... y confiesa el pecado que no osaba confesar.
Los compañeros que estaban en la Iglesia y que oyeron el grito, apenas salieron le rodearon, queriendo saber el porqué de aquel grito. El, sonriente, aunque todavía asustado, les dice:
—Lo vais a saber. —Tenía un pecado que no me atrevía a declarar... Don Bosco lo leyó en mi conciencia... vi al demonio en figura de un gran mono con ojos de fuego, con largas uñas, preparado para atraparme.

Discípulo. —Don Bosco era un santo. ¡Qué dicha confesarse con un santo! ¿No es verdad, Padre?

Maestro. —Todos los confesores representan a Jesucristo; Jesucristo siempre es Santo, tolo lo sabe, todo lo ve, se compadece de todo, todo lo perdona.

Discípulo. —Sin embargo, el demonio se ocupa en engañar y traicionar en la confesión.

Maestro. —Siempre, ciertamente.

Como el lobo que apresa a las ovejas por la garganta, para que no puedan balar, y se las lleva y las devora, así procede el demonio con ciertas almas; les apresa por la garganta para que no confiesen los pecados, y así las arrastra miserablemente al infierno.

Discípulo. — ¡Ah bribón, sinvergüenza! ¿Y habría quien engañado una vez, se presente de nuevo al juego de este astuto impostor?

Maestro. —Muchos, muchísimos. ¡Ay de aquél que empieza a entrar por este camino! Y, generalmente, por este camino van los que se dan al pecado impuro. Casi nunca hay dificultades en confesar los pecados contra la fe, las blasfemias, las profanaciones de los días festivos, las desobediencias, venganzas y hasta los pecados de hurto; pero si se han de confesar pecados impuros, o si se tienen que manifestar ciertas circunstancias que los acompañaron, o si es grande el número de ellos, entonces suele acometer una maldita vergüenza que cierra sacrílegamente la boca. Y, puesto que las confesiones sacrílegas, ordinariamente nunca van solas, después de una se hace otra, continuando así por años y años, juntándose por lo común, a esos sacrilegios las comuniones sacrílegas. Y no es raro el caso de aquellos que, habiendo comenzado a callar sus pecados graves desde la primera confesión, llegan a viejos sin haberse confesado bien nunca, ni reparado tamaño desorden de su alma.

Es increíble, exclama el P. Da Bérgamo, es increíble cuan propensa sea la juventud a esta pasión del miedo o rubor, y de ahí la facilidad con que los jóvenes siguen callando los pecados, por no sufrir la pena de confesarlos.

San Leonardo atestigua haber tenido a sus pies penitentes que habían estado varias veces en el trance de la muerte sin haber vencido, ni siquiera entonces, el rubor que les cerraba la boca para confesar ciertos pecados.

San Alfonso recomienda que se hable frecuentemente con fervor en la predicación y en los catecismos de esta mala vergüenza de callar los pecados, y persuadir al pueblo de la ruina que acarrean a sus almas las malas confesiones porque esta plaga de las malas confesiones reina en todas partes, especialmente en los pueblos pequeños. Y, puesto que a la gente suelen impresionar los ejemplos, recomienda que se cuenten muchos ejemplos de personas que solían condenados por callar pecados en la confesión.

Discípulo. —Cuénteme pues algunos Padre.

Maestro. —Con mucho gusto.

Se cuenta de una niña que a los 7 años había tenido la desgracia de cometer un pecado de impureza. Por vergüenza no se atrevió a confesarlo nunca. Cayó gravemente enferma, llama al confesor, se confiesa, recibe el Santo Viático y la Extremaunción y muere. Todos, su madre, sus hermanas y sus amigas lamentaron su muerte, pero se consolaban creyéndola salva y santa, cuando a los tres días de enterrada, mientras iba el sacerdote a celebrar la Santa Misa por su alma, siente que le tiran de la casulla para detenerle y una voz triste y lastimera le dice: —“Padre, no vaya a celebrar por mí porque estoy condenada; condenada por los pecados que callé en mis confesiones desde los siete años”.

Otra muchacha de trece años, comulgó por Pascua con todas sus compañeras; mas he aquí que apenas recibe la Santa Hostia, le viene como un sobresalto, se estremece y cae derribada al suelo. La gente acude espantada y la llevan a una casa vecina. Al acabarse la función, el Párroco se apresura para verla en la cama donde se revolvía, perdido el conocimiento; la llama por su nombre y le dice: “Buen ánimo. Encomiéndate a Jesús, al mismo Jesús que has recibido en la Comunión”. A estas palabras ella abre los ojos del todo y llena de horror exclama: “¿A Jesús, a Jesús?... ¡Ah, no! He recibido a Jesús en pecado, he cometido sacrilegio por los pecados que callé en la confesión”. Y continuando revolviéndose, poco después expiró entre la conmoción y el espanto de todos.

Otro joven también se confesó mal, por miedo y vergüenza de confesar ciertos pecados, y apenas recibió la Hostia Santa, abre la boca y echa a gritar: “Ay, ¡qué ascua de fuego, ay, que me quemo!”— El sacerdote, se inclina, mira, ve que la Hostia se había cambiado, efectivamente, en ardiente ascua de fuego. La extrajo en seguida y se salvó aquel joven; mas todos los presentes comprendieron que Jesús no acaricia a los sacrílegos.

Más terrible es el hecho siguiente que, además demuestra cuán triste cosa sean ciertos escándalos tanto para quienes los dan, como para quienes los reciben, particularmente en la juventud.

Lo refiere Ausonio Franco en sus escritos.

Zarpaba del puerto de Génova un buque para Marsella. Entre los pasajeros, iba una noble señora, la cual pronto notó la presencia de una señorita vestida de luto, de aspecto triste, que se sentaba en el extremo de un banco del puente superior de la nave; de vez en cuando alzaba los ojos llorosos hacia la playa, exhalando profundos suspiros, y luego, tapándose la cara con las manos, prorrumpía en amargos sollozos. Con la mayor afabilidad aquella señora, acercándosele despacio y con muy delicados y gentiles modos, después de no pocas fatigas, le arrancó la siguiente confesión:
Pertenezco a una distinguida familia de Génova; vivía feliz en compañía de mis papas y una hermana de veinte años, dos años menos que yo. Cierto día enfermó de tan terrible enfermedad, que en breve la redujo al trance de la muerte.
Urgentemente se llamó al Sacerdote, se confesó, recibió el Viático y la Extremaunción y antes de morir, aprovechando un momento en que estaba sola a su cabecera, me toma de la mano y apretándome fuertemente, con voz apagada, me dice:
— ¡Me muero, hermana! Me siento morir y que estoy condenada al infierno. ¿Recuerdas, Luisita, ciertas palabras que me dijiste, hace años, en tal ocasión? Pues bien, jamás las he olvidado. . . Esas palabras me fueron ocasión de pecados... Me confesé, mas aquellos pecados los callé siempre... he recibido el viático sacrílegamente. Me siento morir y que voy al infierno... ¡pero por tu culpa!
Me arodillé a sus pies, le pedí perdón y ella, tomándome la mano muy fuertemente, ¡Sí, te perdono, me dice, te perdono, más por tu culpa voy al infierno! Y expiró.
Ayer la llevaron al cementerio, y esta mañana, me escapé de casa, me embarqué en esta nave, no sé a dónde iré; sin duda acabaré mal. Considere mi desventura.
En este momento el estampido de un cañón anuncia que la nave está junto al puerto. Todos los pasajeros andan atareados en busca de sus valijas. En tal confusión la señora pierde de vista a aquella infeliz. Pregunta a todos, la busca por el barco, en el puerto, en la playa, por todas partes, pero inútilmente; desgraciadamente tiene que persuadirse de que, loca del dolor, se arrojó al mar.

Maestro. — ¿Qué nos enseñan estos ejemplos?

Discípulo. —Le aseguro que son terribles y capaces de demostrar cuan gran mal sean las malas confesiones.

Maestro. —No debe parecerte, pues, extraño que se insista tanto sobre la sinceridad en las confesiones. Yo, que desde mis primeros años de sacerdocio, por la gracia de Dios, tuve la dicha de dedicarme a catequizar y predicar, tanto a jóvenes como adultos, y continúo al presente en la misma tarea consoladora y fructuosísima, no he dejado nunca mi costumbre de hablar frecuentemente acerca de la necesidad de confesarse con sinceridad, y nunca me he arrepentido de ello.
¡Oh, cuántos jóvenes y adultos he confortado, corregido, salvado en los ejercicios espirituales, en las misiones y hasta en las simples conferencias y discursos con esta sal que debiera condimentar toda predicación!

Discípulo. —Muy bien dice, Padre: en efecto, ninguna predicación se escucha tan a gusto como la que versa sobre la confesión.


Presbítero. José Luis Chiavarino

“CONFESAOS BIEN”


Las cuatro principales puertas del infierno (La blasfemia) ¿Cuál es tu puerta?




La blasfemia la segunda puerta del infierno.

   Hombres hay que en las adversidades no dirigen sus golpes contra sus semejantes, sino contra Dios: unos blasfeman de los santos; otros llegan a la audacia extrema de maldecir al mismo Dios. ¿Sabéis lo que es la blasfemia? Dice San Crisóstomo que no hay pecado mayor. Todos los demás pecados no se cometen, según San Bernardo, sino por debilidad; la blasfemia es originada de la malicia.

   Con razón, pues, San Bernardo llama diabólico el pecado de blasfemia, porque el blasfemador ataca a Dios y a sus santos. Es peor que los crucificadores de Jesucristo: aquellos desdichados no le reconocían por Dios, mientras que los blasfemos, sabiendo que lo es, van a insultarle cara a cara. Peores son que los perros, pues estos animales no muerden al amo que los mantiene; los blasfemadores, al contrario, insultan a Dios en el momento mismo que les colma de beneficios. ¿Qué pena, pues, será suficiente para castigar un crimen tan horrible, dice San Agustín? Así, no debe admirarnos que, en tanto que exista este pecado, no cesen de afligirnos las calamidades, dice el Papa Julio III en la Bula XXIII.

   Léese en el prefacio de la Pragmática Sanción en Francia, que, cuando el rey Roberto rogaba por la paz del reino, le aseguró el Crucificado que no la tendría hasta que de él hubiese desterrado la blasfemia. El Señor en la Santa Escritura amenaza destruir el país en donde reina este vicio detestable. (Is., I, 4.)

   Si se siguiera el consejo de San Juan Crisóstomo, sería menester despedazar la boca de los blasfemos. San Luis Rey de Francia, mandó que se marcasen con un hierro encendido los labios del blasfemo.
   Un gentilhombre incurrió en este castigo; intercedióse inútilmente por él. San Luis fué inflexible; y a los que le acusaban de crueldad les contestaba que prefería dejarse quemar él mismo los labios antes que sufrir en su reino una tan enorme injuria contra Dios.

   Dime, pues, tú, blasfemo: ¿de qué país eres? Ya te lo diré yo primero: tú eres del Infierno. En la casa de Caifas conocieron que San Pedro era del país de Galilea; su lenguaje lo probaba. El tuyo ¿no es el de los condenados? (Apoc, XVI, 11.)

   Mas explícate: ¿qué pretendes conseguir con tus blasfemias? ¿Honor? — No, pues el que blasfema es aborrecido de todo cuanto hay de honrado sobre la tierra. — ¿Acaso bienes temporales?— No; este funesto vicio es a menudo castigado con maldiciones temporales. (Prov., XIV, 34.) — ¿Placer?—No: ¿qué placer puede sentir el blasfemo? La blasfemia es un gusto de condenado, y, desde que pasa el furor, los remordimientos se dejan percibir en el fondo del corazón. ¿Para qué insultar al Señor? ¿Para qué ultrajar los santos? ¿Qué mal os han hecho? ¡Os ayudan, ruegan a Dios por vosotros, y vosotros los maldecís! Dejad ahora mismo y a toda costa este vicio detestable. Si ahora no os corregís, le conservaréis hasta la muerte, como ha sucedido con tantos desdichados que han muerto con la blasfemia en los labios.

   Mas ¿qué debo hacer, Padre mío, cuando la pasión me transporta? ¡Gran Dios! ¿No hay otras expresiones? ¿No se puede decir: Virgen Santísima, ayudadme, alcanzadme paciencia? Cesará el rapto de la cólera, y os conservaréis en la gracia de Dios. Si blasfemáis, os veréis más afligido acá en la Tierra y castigado por toda la eternidad.



San Alfonso María de Ligorio.
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