jueves, 24 de mayo de 2018

Milagros de Don Bosco por intercesión de María Auxiliadora “Un secreto para morir tranquilo – año 1866”





   En 1866 Don Bosco, a causa de la extraordinaria extensión de sus obras, había emitido una importante lotería.

   Un día, llególe de Roma una carta bien singular. La marquesa V*** le hacía un pedido y un ofrecimiento cuya sustancia es como sigue:

   “Feliz, cuanto se puede ser en la tierra, vivo, sin embargo, con una angustia terrible: el pensamiento de la muerte me causa indecible inquietud, y mi fe no es bastante a sobreponerse a ese involuntario terror. A medida que os escribo, un movimiento convulsivo se apodera de todo mí ser. Pronta estoy a cualquier sacrificio para obtener que esta penosa idea cese de atormentarme y he aquí por qué me dirijo a vos. El tiempo apremia: padezco una enfermedad inexorable y que puede quizás muy pronto quitarme la vida. Aseguradme, os suplico, que la Santísima Virgen, vuestra bondadosa María Auxiliadora, me concederá la gracia de no temer la muerte y de verla llegar con toda serenidad, y yo por mi parte os prometo que, siendo ya Cooperadora de vuestras Obras, seré vuestra servidora y la servidora de vuestros hijos. Mi voluntad y todos mi bienes de fortuna y cuanto me resta de mi vida os pertenecerán; pondré él empeño posible en ser respecto a vos un instrumentó fiel de la Divina Providencia, pero ¡por piedad! que María Auxiliadora me libre del terrible espanto que me causa la muerte”.

   Don Bosco le contestó a vuelta de correo:

   “Os aseguro que María Auxiliadora os concede la gracia deseada: moriréis tranquilamente y sin advertirlo. Cumplid vuestra promesa y la Santísima Virgen no faltará a la suya”.

   Pasaron algunos años. La marquesa V***, libre de aquellas angustias, llenó con admirable abnegación su compromiso: parecía no vivir sino para los huérfanos de Don Bosco.

   Un día a fines del año 1871, la marquesa dice a su marido, excelente cristiano.

   —Tiempo hace que no he hecho una confesión general; sí te parece me dispondré a ello en los últimos, días del año,

   —Excelente cosa; seguid vuestra inspiración.

   El último día de diciembre la marquesa había terminado su confesión general. Al día siguiente, celebración del año nuevo después de la santa comunión, hallándose reunida en el almuerzo toda la familia, rebosaba de singular contento.

   De repente manda a un criado:

   —Abrid los postigos.

   —Señora marquesa, están abiertos.

   —Abridlos ¡que entre luz!

   Nueva respetuosa observación del doméstico.

   Todos estaban atentos a esta extraña indicación, cuando la marquesa como iluminada por repentina luz, con indefinible acento exclama:

   — ¡Ángel! (éste era el nombre del marido) ¡Ángel! Me muero... Y con una alegría celestial que transformaba su semblante, repitió — ¡Ángel, yo muero, yo muero!... y se durmió en el Señor.

   María Auxiliadora cumplía su promesa.

   Don Bosco recibió esta noticia en el colegio de Varazze, donde se hallaba indispuesto. El marqués terminaba así su carta:

   “YO NO LLORO ESTA MUERTE COMO UNA DESGRACIA, SINO QUE BENDIGO A MARÍA AUXILIADORA COMO AUTORA DE UN INSIGNE FAVOR”


“SAN JUAN BOSCO”

Por el Dr. Don Carlos D´Espiney. – Año 1949

miércoles, 23 de mayo de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día tercero.





DÍA TERCERO.
ADVERTENCIAS.

Lee otra vez las del día primero.


PRIMERA MEDITACIÓN


Jesús me llama a su séquito.

   Jesús es el Unigénito de Dios, la sabiduría, el substancial amor del Padre celestial, la gloria y felicidad de los ángeles, el vencedor de Satanás, el. Rey de cielos y tierra. — Y este bondadoso Jesús se digna amar una criatura humana, hacerla prodigio de su gracia, objeto privilegiado de su (ternura, esposa de su corazón. — Y he aquí que este Dios de bondad baja a la tierra, se hace hombre para ser hermano de su criatura predilecta, para vivir con ella y comunicarle por su santa humanidad todas las riquezas de su divinidad.

   ¿Quién será esa afortunada criatura? ¿Quién tendrá tal dicha y tal gloria? —Escucha, alma mía: Jesús llama a alguien y le nombra; eres tú misma. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que Vos me conozcáis? ¿que yo tenga tan grande dicha? — ¡Ven¡ ¡oh privilegiada criatura mía! Yo soy tu creador y tu último fin. Ven, amadísima hija mía: Yo soy tu Salvador, que vengo a libertarte de la esclavitud del pecado, de la tiranía del demonio, de tu condenación al inferno y la eterna desventura que tus pecados te habían merecido. Ven, hermana y esposa de mi corazón: quiero reinar en ti y hacerte reinar conmigo; quiero darte participación en todos mis bienes, en mi ciencia divina, mi sangre, mi gloria y mi divinidad. —Pídeme cuantas dádivas quieras, y te las concederé. –– Para ti he creado el mundo, para ti he creado los cielos con toda su magnificencia; para ti he decretado desde toda la eternidad mi unión a la naturaleza humana mediante la Encarnación; para ti he subido al Calvario; para tí he fundado mi Iglesia, a fin de que por ella, como por una tierna madre perpetuamente viva, pueda yo venir hasta ti.

   “He aquí mis dones. — ¿Qué me retribuirás tú, en cambio? Yo soy un Dios celador; oye y pesa las condiciones del contrato que quiero celebrar contigo; son las de un esposo soberano.”

   “El esposo da su nombre a la esposa; yo te doy el mío en señal de mis derechos sobre ti, y te ennoblezco con su gloria, pero tú perderás tu nombre propio.”

   “Entre esposos son comunes todos los bienes: disfruta, pues, de mis bienes, pero yo quiero los tuyos.”

   “La esposa sigue la condición de su esposo: tal es su deber y su gloria; yo soy pobre en esta vida pasajera; necesario será, pues, compartir mi pobreza.”

   “Mi gracia y mi amor deben ser tu única riqueza. Humilde soy y humillado en medio del mundo: preciso es que seas humilde y humillada a la par de mí. —Objeto soy de desprecio y persecuciones para el mundo: otro tanto habrá de sucederte. —Yo padezco: preciso es que tú estés crucificada conmigo y que lleves en ti los estigmas de mis divinas llagas: mi vida es cruz continuada, y por la cruz vivo y reino en el alma que quiere ser mía. — La someto a pruebas antes de darle testimonio de mi amor. — Parezco abandonarla, dejarla entregada a sus miserias, en lucha con todos los demonios del infierno antes de darle el galardón de la victoria. —La humillo hasta en medio de la abundancia de mis gracias; la crucifico en la intensidad de mi amor.”

   “Tales son, hija mía, mis condiciones; no temas la prueba, yo le sostendré; no te asustes de los sacrificios, harán tu gozo y tu dicha; aprecia el peso inmenso de mi gloria; mide la longitud de mi eterno reinado, comprende el misterio de mi amor, el precio de tu alianza, y decide... Te espero.”

   ¡Oh Dios mío de mi corazón! Gracias os doy eternas por haberme elegido y llamado a Vos. Acepto incondicionalmente ese divino contrato; os seguiré por doquiera; sólo Vos reinaréis en mi corazón y en vida.

   (Renuévese aquí el voto de castidad, si se ha hecho.)


SEGUNDA MEDITACIÓN

Seguir a Jesús con María.

   Jesús tiene siempre consigo a su divina Madre: no se separan. —María es el lazo que nos une a Jesús. — María es la vida de Jesús revestida de un ambiente maternal propicio a mi flaqueza e, imperfección. —Quien dice María, dice la gracia de Jesús. —Quien dice María, dice el espíritu de Jesús formado en mí por la bondad y ternura de su divina Madre. — En una palabra; María es mi celestial maestra, mi Madre, según la gracia para educarme y formarme en el espíritu, en la santidad y el amor de Jesús. Debo, pues, seguir a María y amarla como un hijo sigue y ama a su madre. Y para ello debo vivir de su amor a Jesús. Ahora bien: tres caracteres tiene el amor de María a Jesús.

No calles pecados mortales por vergüenza. Por un pecado mortal se va al infierno: Lee esto.






   
   Despierta de tu sueño, alma dominada de esa maldita vergüenza, escucha la voz de tu Dios que hoy te llama aun como amigo y te convida con el perdón; vomita ante el confesor el veneno de la culpa: arranca de tu corazón esa cruel espina que no te deja un solo momento de sosiego, de alegría y de tranquilidad: escarmienta en cabeza ajena; teme, teme o  te suceda lo que a la desgraciada de este caso (entre los muchísimos casos, que se pudieran citar).

   Refiere el Padre Caravantes, que una mujer principal era tan dedicada a la virtud que su Obispo y todos la tenían por santa. Esta puso los ojos en un criado suyo y consintió en un pensamiento deshonesto, y aunque entonces pecó con el deseo, como no cometió el pecado por obra ni solicitó al criado

   Pero no  se animó de confesarlo, aunque algunas veces se le acordaba y la remordía la conciencia.

   Le parecía como a algunas almas engañadas por el demonio que Dios se lo había de perdonar sin confesarlo, o bien que lo haría a la hora de la muerte. Llegó la hora de la muerte para esta infeliz, y aunque en le dio Dios nuevos avisos para que se confesase de aquel pecado, ella temerosa de perder el concepto de santa que gozaba, lo calló también en la hora de la muerte como lo babia callado en vida, según ordinariamente sucede. Murió, y el Obispo la sepultó en su capilla; mas he aquí, que a la noche siguiente levantándose a maitines antes que los demás entró en dicha capilla, y al entrar la vió llena toda de fuego como si fuera un horno encendido. Con todo eso entró, y vió que sobre la sepultura de aquella mujer estaba un cuerpo tendido, y debajo un gran fuego, y muchos demonios que con instrumentos de hierro atizaban el fuego. El Obispo pasmado de lo que miraba, reparó y conoció que era el cuerpo de la difunta mujer, y para más asegurarse la conjuró de parte de Dios y de María Santísima para que dijere quien era. Ella respondió que era su hija de confesión, y que por no haber confesado un pecado de pensamiento deshonesto con un criado, se había condenado, y por ello padecía las horribles penas del infierno. Si alguno después de leer es lo ejemplo con tinúa callando sus pecados no podrá quejarse de que Dios no le ha dado bastantes avisos.

   Callar un sólo pecado mortal cruel espada que atravesará eternamente su corazón acordándose con  la facilidad con que pudo confesarse he ir al cielo, y de los muchos medios que para eso tuvo, y que por haberlos despreciado tiene que arder eternamente en el infierno.



“Tomado de temas varios de la Biblioteca Cristiana”

martes, 22 de mayo de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día segundo.





DÍA SEGUNDO.

ADVERTENCIAS


   Pedir a Jesucristo que nos haga compartir un tanto su tristeza en el Huerto de las Olivas, y que nos haga llorar con Él por nuestros pecados.

   Evitar el ver tus pecados demasiado al por menudo, a no ser que la gracia de Dios te lleve a eso con calma y contrición, pero conviene mirarlos ante la misericordia de Dios, más que con atención a nosotros mismos.

   Comenzar la confesión.

   Sufrir con espíritu de penitencia las pruebas del Retiro. —Acontece a menudo padecer mucho el segundo día del Retiro.


PRIMERA MEDITACIÓN

Dios y el mundo.

   I.   El mundo es una nadería; sólo en Dios está la plenitud del ser.

   El mundo nada tiene de bueno ni de estable. Todos sus bienes son tan solo vanidad, decepción y amargura. — Estériles, engañosas y pérfidas son todas sus promesas; — Sus honores, sus placeres, su amistad engendran esclavitud, — pecado, — apostasía. Sólo Dios posee todo verdadero bien; divinas son sus promesas; — no hay verdadero honor ni placer puro y perfecto sino en su santo servicio.

   El mundo no puede sino hacerme infeliz haciéndome culpable. — Sólo Dios puede hacerme feliz haciéndome santa. Debo, pues, dejar el mundo por Dios.

   II. Dios con su divina bondad me ayuda a separarme del mundo. —Me castiga cuando me he dejado llevar demasiado del mundo. — Me hace padecer por las criaturas para que no me apegue a ellas. — Me concede disgusto y alejamiento hacia todo cuanto no es Dios.

   Me hace la gracia de que comprenda yo que es Él mí solo bien, — mi único fin — y que el mundo no es más que un calvario para mí.

   Fruto: — Quiero, con San Pablo, estar crucificado al mundo, y que el mundo esté crucificado para mí.

   El mundo ha olvidado, despreciado y perseguido a Jesucristo, mi Dios, mi divino Esposo; quiero ser tratada como Él.

   Combatiré, pues, con todas mis fuerzas los afectos desordenados hacia las criaturas. — Estaré alerta contra los afectos demasiado terrenos. — No me ocuparé en mi corazón con las criaturas, sino con sólo Dios, y con el prójimo por Dios.


SEGUNDA MEDITACIÓN

Dios Misericordioso.

lunes, 21 de mayo de 2018

MISIÓN DE LA MUJER CRISTIANA (Capítulo primero – II) – Por el P. FRANCISCO J. SCHOUPPE, S. J.






Virtudes de la Mujer Cristiana.


   Al considerar la elevada misión de la mujer cristiana, todos los corazones de nobles sentimientos se inflaman en ardorosos deseos de acometer semejante empresa; de llevar a cabo tan gloriosos designios de la divina Providencia. Pero ¿cómo dar cumplimiento a tan santos deseos? ¿Qué condiciones se requieren para esta empresa? ¿Qué virtudes deben adornar a una mujer para obrar estas maravillas que hemos dicho, y responder a los designios de Dios?

   Para desempeñar el apostolado que Jesucristo tiene confiado a la mujer cristiana, se requieren tres virtudes fundamentales: la piedad, el celo doméstico y la paciencia. Estas virtudes bien arraigadas en el alma harán germinar y florecer todas las demás; y la mujer que las posea estará bien dispuesta a ejecutar las grandes obras que Dios de ella demanda.

   I. Piedad. La primera virtud fundamental de la mujer cristiana es la piedad; pero una piedad instruida, sólida y ejemplar.

   a) Su piedad debe ser instruida por el conocimiento exacto y razonado de la doctrina cristiana. Tiene necesidad, ante todo, de un conocimiento claro de nuestra religión, para hallarse preparada para instruir sólidamente, sea en su casa, sea fuera de ella, a todos los que vegetan en la ignorancia. ¡Felices los hijos que desde la más tierna edad han aprendido de los piadosos labios de su buena madre, o virtuosa hermana, los rudimentos de la fe! Estas saludables lecciones pronunciadas con acento de piedad, se graban en las tiernas inteligencias tan profundamente que no se borran jamás.

   Los conocimientos religiosos deben elevarse hasta la categoría de científicos: esto es, que se conozcan las bases de certidumbre sobre las cuales descansan las verdades de nuestra santa fe. Entre otras pruebas irrefragables, conviene poseer y comprender bien la que resulta de la Resurrección de Jesucristo.

   Nuestro divino Salvador que nos ha enseñado su celestial doctrina, quiso darnos una prueba evidente de ella en su Resurrección gloriosa. Este acontecimiento histórico, mil veces más cierto que cualquier otro hecho narrado por la Historia, es a todas luces una obra sobrenatural y divina, y como el sello de Dios que autentica la doctrina de Jesucristo. Además, esta doctrina, confiada por el mismo Salvador a su Iglesia infalible, conservase en ella pura e inalterable: de suerte que todas las generaciones la han oído predicar y enseñar por la Iglesia, como si la escuchasen de los mismos labios de Jesucristo.

   Este conocimiento razonado de nuestra santa fe es, sobre todo en nuestros días, indispensable a la mujer cristiana; porque en nuestro siglo de incredulidad debe estar apercibida y apercibir a los suyos contra el contagio pestilente del escepticismo; y deberá, también, muchas veces, confundir la ignorancia de los impíos.

   b) Su piedad debe ser no solamente instruida, más también sólida; y lo será si está basada sobre las convicciones inquebrantables de la fe, y sobre una voluntad firmemente resuelta a servir a Dios ante todas las cosas. De esta piedad sólida y bien cimentada sobre las convicciones de la inteligencia y sobre la firmeza de la voluntad, nace espontáneamente la constancia en la práctica bien regulada de la devoción; cuyos ejercicios no se omitirán jamás, aunque cuesten algún sacrificio.

   c) Finalmente, la piedad debe ser ejemplar; esto es, debe ir acompañada del buen ejemplo, de la práctica de las virtudes cristianas, principalmente de aquellas que nacen de la caridad, como la dulzura y afabilidad en el trato, que hacen amable la piedad. Asi resplandezcan dijo el Salvador, vuestras buenas obras delante de los hombres, que éstos glorifiquen y alaben a vuestro Padre celestial. (Matth. V, 16).

   II. Celo doméstico. La segunda virtud fundamental en que debe ejercitarse la mujer cristiana es el celo doméstico. Consiste esta virtud en el amor a la familia y a todos sus miembros, y en atender con solicitud a todas las cosas que les interesan.

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día primero.





   Compuso el Padre el primero de los retiros cuando era todavía Marista, para las Doncellas de la Orden Tercera de María, y se echa de ver ya en dicho Retiro un grande amor a la Eucaristía; pero la Santísima Virgen María, sus virtudes y su espíritu son el tema en que se inspira y la norma para la santificación del alma durante esos días de recogimiento. (Lo ideal es que el retiro se lo haga ante Jesús sacramentado)

REGLAMENTO PARA EL RETIRO


   Con objeto de evitar a las personas que quieran hacer estos ejercicios, la molestia de formarse un reglamento, reproducimos aquí los rasgos principales de la Vida propia de los días de retiro, trazados por el mismo P. Eymard.

   Señalar una hora fija para levantarse. Hacer por la mañana, antes del mediodía, dos meditaciones de tres cuartos de hora al menos cada una. — Antes de la comida, examen particular.

   De tarde.Rosario, y después de él media hora de lectura espiritual, la tercera meditación y el Vía Crucis.

   El espíritu que ha de animar la vida exterior sea: silencio, soledad, modestia.

   En cuanto al interior: paciencia, paz, oración.

COMIENZO DEL RETIRO
ADVERTENCIAS

   Recitarás el Veni Creator y la Letanía de la “Virgen Santísima.

   Te pondrás bajo el amparo del glorioso San José y del Santo Ángel de tu guarda.

MEDITACIÓN PREPARATORIA

   Tengo mucha necesidad de estos ejercicios. ¡Ya tanto tiempo que no los he hecho!

   Los necesito para reparar lo pasado, para santificar el presente, para prepararme a la eternidad...

   1. Necesito un buen retiro respecto a lo pasad: a fin de hacer penitencia, y a fin de purificar mi conciencia para no tener inquietudes a la hora de la muerte.

   2. Por lo que mira al presente: a fin de conocer los obstáculos que se oponen a mi adelantamiento espiritual, a la vida de Jesús en mí; —a fin, principalmente, de conocer los designios de gracia y amor que Dios forma para conmigo, — el camino especial por donde quiere conducirme hacia sí.

   3. Tocante al porvenir: a fin de prepararme a los sacrificios, al padecimiento, a la muerte; — a fin de ponerme en manos de la voluntad de Dios por todos los medios que Él me muestre de emplearme en su santo servicio, de procurar su gloria en mí y en el prójimo.


Fruto:

   Expresar mi gratitud a Dios por esta gracia tan preciosa del retiro: gracia que incluye todas las demás; — gracia que puede por sí sola facilitarme la satisfacción entera y plena por lo pasado, y ponerme para siempre en el estado de perfección a que Nuestro Señor me llama; — gracia que me dispondrá a recibir, y me la dará también, otra; es a saber: la gracia soberana de la perseverancia final... ¡Cuán bueno es Dios!

   Hacer este retiro con alegría, como preparación a las bodas celestiales, a mi unión íntima con Jesucristo, divino Esposo de mi alma; y esto por siempre y para siempre.

   Venir con una buena voluntad dispuesta a sufrirlo todo y a cumplir cuanto Dios se dignare mostrarme.

   Me aplicaré por lo tanto, ante todo, a cumplir bien el reglamento para el retiro.


DÍA PRIMERO
ADVERTENCIAS


   1. Evita el cansar la cabeza por excesivo empeño en las reflexiones. —Procura más bien ver la verdad que investigarla; saborearla más bien que discutirla.

   2. Evita la violencia en los actos de la voluntad. — Procura más bien mover el corazón por actos de humildad y santa compunción.

   3. Recógete suavemente en Dios, por actos de jaculatorias mentales y vocales. —No esfuerces ni fatigues la imaginación para representarte a Dios o sus misterios, a no ser que estas representaciones se formen naturalmente.

   4.  Hay que estar dispuestos a las pruebas de distracciones, sequedades, entorpecimientos, y soportarlas como una penitencia, santificándolas por la humildad y la consideración de la voluntad de Dios que quiere ser glorificado en nuestra flaqueza.

   5. Tomarás después de cada meditación algunos apuntes de los sentimientos que te han conmovido, las pruebas que te han asaltado, los medios que has empleado y la resolución que has tomado.

   6. Evita cuidadosamente las visitas innecesarias, asi como también las ocupaciones que puedan disipar demasiado el espíritu o absorberlo.

   Guardarás silencio y observarás gran modestia, como que te hállas en presencia de Dios y en su santuario.

PRIMERA MEDITACIÓN

Bondad de Dios en mi creación.


   A. Crearme Dios, obra fué de su amor, —y de su amor eterno...

   B. La bondad enteramente  paternal de la Providencia me ha conservado en medio de mil peligros, —me ha puesto en las mejores condiciones de salvación.

Fruto Primero:

sábado, 19 de mayo de 2018

AMOR A MARÍA – PARTE PRIMERA – II.






II

María amable por su hermosura de cuerpo y alma.

   Una de las cosas que más cautivan y obligan a amar es, sin duda, la belleza. Lleva tras sí los ojos quien la posee, y predispone a que la favorezcan cuantos le ven. A este propósito se cuenta de la reina Doña Isabel la católica que, llevándole un caballero, mancebo de mucha hermosura y gentileza, una carta de favor para que le hiciese mercedes, y poniendo ella los ojos en su agraciado semblante respondió: “Poca necesidad tenia de carta vuestra presencia”.

   ¿Qué diremos ahora de la hermosura de la bienaventurada Virgen María? Diremos que es tan excelente y peregrina, que no podrá dejar de amarla quien debidamente la considere. Tres suertes de hermosura podemos distinguir en la sacratísima Madre de Dios: belleza corporal, intelectual y moral, y en todas tres fué maravillosa.

   De la belleza corporal de la Virgen dicen los Santos Padres grandes encomios y alabanzas, que sería prolijo repetir. Compáranla a lo más hermoso del cielo y de la tierra, y le dan la palma sobre cuantas hermosuras mencionan los libros sagrados del Antiguo Testamento, las cuales eran figura y representación de María. Llámanla rostro de Dios, estatua labrada por la misma mano del Altísimo, templo viviente, formado por la divinidad para habitar personalmente en él, palacio digno del alma que encerraba y cuya vestidura era. Particularizando más, regálanse en pintarla de estatura regular y bien proporcionada, de tez trigueña, cabellos rubios, ojos garzos y brillantes, cejas graciosamente arqueadas, nariz aguileña, labios rojos y no gruesos, largos los dedos y las manos delgadas y bien formadas. Tal era, que el mismo Dios la alabó de hermosa; y tal, que arrebatado y fuera de sí al mirarla Dionisio Areopagita, la hubiera tenido y adorado por Dios si la fe no le enseñara que era simple criatura. Pero notemos de paso que la belleza corporal de María era de un orden superior al de las bellezas humanas, y que el efecto que producía en cuantos la miraban distaba del que estas ordinariamente producen, como dista el cielo de la tierra. No tenía la belleza de María nada de voluptuosa y muelle, lánguida y enervante: su gentil talle comparado a la palmera que se cimbrea; sus ojos como los de la paloma, bañada en las corrientes de las aguas; su cuello airoso y blanco como el marfil; sus mejillas coloradas como las rosas de Jericó; sus manos hechas a torno y derramando jancitos; su cutis blando y delicadísimo, mezcla de nieve y rosa; su aliento perfumado como el de los campos de azahar o el de las viñas de Engaddi; sus pies menudos y ligeros como los de los ciervos o de los gamos; su cabellera sedosa y abundante, cayendo sobre sus nevadas espaldas como lluvia de oro que obscurece al sol; cuanto de ella dijo el enamorado Esposo de los Cantares, lejos de atraer a los hombres hacia la tierra los elevaba al cielo, infundía castos pensamientos, purificaba los sentidos, divinizaba la carne.

martes, 8 de mayo de 2018

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Tercera parte y final de la publicación) [EJEMPLO.]





EJEMPLO.


   Doña Catalina de Sandoval, una de las más estimadas señoras de España, en la primera flor de sus años estuvo mucho tiempo dudosa, sobre qué estado de vida babia de seguir, y debajo de qué bandera debía militar. Por una parte el demonio la proponía las raras prendas, de que era dotada, de hermosura y donaire, las comodidades de sus riquezas, lo dulce de los placeres, y la gloria de las honras que podía gozar en el mundo. Por otra parte, Cristo la sugería la belleza, pero ardua, de las virtudes, el amor de la pobreza, la mortificación de los sentidos, el desprecio de la gloria vana. Dudosa entre estas dos escuadras de objetos contrarios, no acertaba a resolverse; pero entretanto, dejándose llevar del torrente del mundo, sin resolución de seguir la bandera de Lucifer, con las obras huía de la de Cristo, hasta que poco a poco se dejó dominar del amor del mundo. La vanidad era el elemento en que vivía, y el aire que respiraba. Vestir galas, inventar nuevas modas, y trazas de mostrarse hermosa, gustar de trajes pomposos y de ostentación, asistir a todas las fiestas públicas, y dejarse ver con gusto de los ojos de todos.

   Las muchas prendas naturales, que tenía, movieron a muchos caballeros de grande esfera a pedirla por esposa: más ella altiva, por sus mismas prerrogativas, ponía altísimo el punto, y respondía soberbiamente, que no había de admitir a sus desposorios, sino una Testa coronada, o de sangre real.

   Uno, entre otros, que tenía, mayor ansia de granjearla, prometió un gran regalo a una doncella, que la servía de camarera, si tenía ánimo y traza para persuadir a Doña Catalina, que le admitiese por marido. La doncella se valió de todos los artificios imaginables para introducir en la gracia de la dama aquel caballero; pero siempre en vano. No obstante, no perdió el ánimo; y una mañana, entrando en la cámara de su señora a darla los buenos días, y haciendo que viese la luz, con abrir la ventana, la dijo: ¡Oh señora, qué bravo sueño he tenido esta noche! Me parecía que estaba viendo unas magníficas fiestas a las bodas de Ud. Señoría con Don (nombrándole al caballero) y proseguía a decirle alabanzas, y ponderar sus prendas. Aquí Doña Catalina gravemente indignada, la arrojó de su presencia con ásperas palabras, amenazándola con más que palabras, replicando: ¿No te tengo dicho, que ninguna persona del mundo podrá lograr mi amor, si no es rey, o de real sangre? Dicho esto, puso una ropa ligera, y levantándose de la cama, se puso a pasear por la sala, revolviendo soberbiamente en su ánimo, que para ella no bastaban muchas riquezas, que eran menester honores reales. Cuando en el mismo punto de ensoberbecerse, levantó por buena suerte los ojos a un crucifijo, que tenía en la sala; y al mirarle la cabeza coronada de espinas, y leer el título: Jesús Nazarenus Rex Judaeorum, se sintió interiormente llamada a tomar aquel soberano Rey por Esposo, y que la decían: Veis aquí al Rey que andas buscando, y te desea y ama más que ningún otro. Paróse á mirar con ojos piadosos al crucifijo, y su corona de espinas, aquel Corazón herido, aquellas Manos llagadas, y todos los miembros llenos de cardenales. Y repitiendo el mirarle, oyó una voz, que resonó en las orejas del cuerpo, más hizo eco grande en el corazón, y la dijo. Tú me conseguirás así. Entonces, o fuese reverencia, o espanto, que atemorizó a Doña Catalina, ella quedó asombrada de aquellas palabras, que no sabía de donde salieron; cuando vió, que el Señor, acercándosele amorosamente, añadió: Yo soy, no quieras temer. Por donde avivándose y cobrando aliento, se puso de rodillas; y volviendo al Salvador, le dijo: Señor mío, bien sabéis cuanto he huido de vos, y seguido las banderas del mundo; ya desde este punto me rindo toda a vuestra cruz: os acepto por mi Esposo, así como lo queréis, coronado de espinas, y lleno de heridas y llagas por mi bien. Despídeme de todo amor del mundo: y os entrego a vos únicamente mi corazon, rogándoos, que no le dejéis jamás salir de vuestra mano, de suerte, que de aquí adelante sea todo totalmente vuestro. Sea testigo de esta mi resolución y perpetua donación, la Reina del cielo, mi Señora, con toda la corte celestial. Entonces extendió Jesucristo el brazo derecho hacia Catalina, como para abrazarla y tomarla por su purísima esposa, diciéndola: Este brazo, en que está mi sumo poder y fortaleza, te le doy, para que tú, confortada y fortificada con él, puedas con valor ejecutar mi voluntad, y vencer a tus enemigos, manteniéndome la palabra que me has dado.

   Así esta grande alma, volviendo las espaldas a Lucifer, se dió al punto a seguir a su Esposo coronado de espinas. Y porque no es decente, que coronada de espinas la cabeza, los miembros sean delicados, como dice san Bernardo. Las riquezas, los honores, los placeres que antes le sugería y ofrecía el demonio, fueron después aborrecidos de su espíritu más que la muerte. Al contrario, la pobreza, las mortificaciones, los desprecios, a que la llamaba Cristo, eran todas sus delicias endulzadas con extraordinarios consuelos del Espíritu Santo: hasta que viviendo vida religiosa algún tiempo en el siglo, pasó a vivir como santa en la religión, súbdita muy estimada de santa Teresa; y para continua memoria de haber escogido por Esposo a Jesucristo, se llamó Catalina de Jesús: “Debemos negarnos a nosotros mismos, e imitar a Cristo por la cruz.” Tomás de Kempis


“VERDADES ETERNAS”

“DE LAS DOS BANDERAS DE CRISTO Y LUCIFER” – Por el P. Carlos Gregorio Rosignoli, de la Compañía de Jesús. (Segunda parte)








BANDERA DE CRISTO.


   Miremos ahora de la otra parte a Cristo, Salvador del mundo, que en un sitio humilde junto al templo de Jerusalén, con un modo suavísimo llama y convida a que le sigan. Mirad cuán amable es su semblante sobre todas las bellezas del mundo. En su frente tiene asiento la Majestad, pero humilde; en sus ojos reina la alegría, pero modesta; de sus labios destila dulzura, pero que no empalaga; de sus manos salen las gracias, pero sin interés.

   Corónanle al rededor sus queridos discípulos, pendientes de su boca a oír y recibir palabras de vida eterna. Tiene enarbolado DONDE SE ENCUETRA, NUETRA SALUD, VIDA Y RESURRECION. Convida con dulcísimas palabras a seguirle y ponerse de su lado. Venid a mí (dice) todos los que estáis fatigados y agravados, que yo os daré aliento, descanso y refección. Tomad mi yugo sobre vuestros hombros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazon; porque mi yugo es suave, y mi peso es ligero. Es verdad, que nos muestra la cruz, debajo de la cual debemos militar; pero juntamente nos avisa por medio de su siervo Tomás de Kempis. En la cruz está la salud y la vida; en la cruz está la defensa de nuestros enemigos, y la gracia de las consolaciones celestiales; en la cruz se halla la fortaleza del corazon, el gozo del espíritu, la perfección de las virtudes, y la esperanza de la bienaventuranza eterna.

   Es verdad, que Cristo impone a sus secuaces leyes a prima vista muy duras; el negarse a sí mismo es una renunciación de todos los placeres del sentido, un abandono de las riquezas superfluas, un desprecio de los vanos honores. Más; el tomar la cruz es una preparación del ánimo a tolerar las cosas contrarias al genio de la naturaleza, la penitencia y mortificación del cuerpo, la pobreza de espíritu, la humildad de corazon; las cuales se oponen directamente a los tres genios de apetitos, que sugiere el demonio.

   Pero también es verdad cierta, que si Cristo pide cosas dificultosas, nos concede juntamente gracias extraordinarias para fácil y suavemente ejecutarlas; como divinamente advirtió san León. “A los que le siguen les da tal  abundancia de ayudas y socorros divinos, que no solo hacen fáciles, sino alegres y deleitables los ejercicios de las virtudes.” Convida el Salvador al desprecio de las riquezas, y amor a la pobreza; más al mismo tiempo reparte tal gracias para tolerar la falta de los bienes humanos, que san Luis, de Primogénito del rey Carlos de Nápoles, hecho pobre religioso Franciscano, decía: que le era mucho más sabroso un pedazo de pan bazo, recogido de limosna, que las delicias de la mesa real. Exhorta a la continencia y castidad; pero con tan eficaces socorros conforta la flaqueza de la carne, que san Agustín, después de haber experimentado tantos deleites sensuales, sentía mayor gusto en vivir careciendo de ellos, que cuando soltaba la rienda al apetito. Persuade el Salvador huir de las honras, y tener afecto a la humildad; pero con tanta eficacia alienta los corazones débiles, que santa Isabel, reina de Hungría, tenía por mayor gloria el ser ultrajada, que cuando antes era honrada y reverenciada en el trono.

   Quiere, que con fatigas y sudores apostólicos nos industriemos en ganar almas a su servicio. Para estas industrias apostólicas, busca por todas partes compañeros. A ellas convida con empeño a sus secuaces. Más después les endulza el trabajo con tantos consuelos, que san Francisco Javier en las arduas empresas de su trabajosísima apostolado, se veía obligado a exclamar; Basta, Señor, basta. No más gustos, mi Dios, no más, que mi corazon no es capaz de tantas delicias del cielo. ¡Oh, que las mortificaciones, las penurias, las deshonras, que tal vez se padecen por seguir la bandera de Cristo, son recompensadas con tantos regalos de espíritu, que siempre corren a las parejas los trabajos y los consuelos de sus soldados.  Más: no se contenta el Apóstol con decir, que corresponde puntual una consolación igual a aquel poco de tristeza, que se padece por Dios, sino protesta ser cien veces mayor la avenida de gozo, que la gota de aflicción.

   Con todo eso, supongamos que el Salvador no quiera favorecer con gracias extraordinarias ahora a los que les siguen, ni endulzar la amargura de su Ley con el aroma de sus celestiales dulzuras. Finjamos, que el divino Capitán diga a sus soldados: No he venido a traer la paz sin no la espada, es necesario que os hagáis guerra a vosotros mismo. En esta vida, por amor de mí, os habéis de privar de estos bienes tan buscados, tan agradables, tan apetecidos, por entrar en una milicia trabajosa, difícil, molesta, sin alivio, sin cohorte alguna. Yo, soldados míos, os convido a lágrimas, a dolores, a padecer; cuando al contrario, el mundo os llama a sus festines y divertimientos.

 Vosotros habéis, de gemir debajo del peso de la cruz: el mundo os dará a gozar todo el campo de sus placeres pero notad bien el trueque que debe al fin suceder, porque vuestro breve padecer presto se cambiará en un eterno gozar: a la breve batalla seguirá un eterno triunfo, Pelead valerosamente, que os espera un reino eterno: Cuando al contrario todas aquellas transitorias alegrías del mundo, se reducirán a eternos llantos. Muy presto serán castigados los gustos de una vida caduca con penas atrocísimas de una muerte sempiterna é inmortal. Si el Redentor así les dijese a sus secuaces, y los quisiese afligir de presente, para después premiarles en lo venidero; con todo eso, ¿no deberían entrar gustosos en el partido, y alistarse debajo de sus banderas? ¿La felicidad de un término bienaventurado sin fin, no debía ser poderosa para facilitar cualquier camino áspero? ¿Cómo podremos, sin pelear y sin padecer, pretender aquel cielo, que costó a las vírgenes tantas mortificaciones, a los confesores tantas penitencias, a los mártires tanta sangre? ¿No es verdad lo que dijo Pablo, que no equivalen, ni igualan todas las penas y aflicciones de esta vida a la grandeza de la gloria, que esperamos?

   Mas no obra así con sus soldados el Capitán del cielo. Es así, que les tiene preparado un gran premio en la otra vida después de la victoria; pero no por eso en la presente, que es tiempo de batalla; no por eso, (digo) deja de repartirles un gran donativo de sus gracias, un sueldo copioso, y de anticiparles dulcísimos confortativos en medio de sus trabajos, y convertir las pocas mortificaciones del cuerpo, en unos sumos gozos del espíritu. Usa el Salvador con sus secuaces lo que usó Dios con el pueblo de Israel. Habíales prometido una tierra tan feliz, que manase leche y miel, y abundase de todas las delicias. ¿Y con cuánta abundancia les asistió y proveyó, aun en el desierto, cuando caminaban a la tierra prometida? Bien pudiera justamente decirles: Por ahora, mientras dura el viaje, tened un poco de paciencia; no tengaís por muy pesado pasar lo mejor que pudiereis con yerbas silvestres y raíces amargas, que encontrareis: Vendrá después, y presto, el tiempo en que gozaréis los deliciosos y regalados frutos, los sabrosos manjares de aquella afortunada tierra: pero ni lo dijo, ni lo hizo Dios así. Hízole previsión, aún en el desierto, por aquellas sendas ásperas y molestas, de un pan del cielo, tan abundante como gustoso.

   Labró para ellos un maná, que encerraba en sí todas las suavidades y sabores, sirviendo, no solo a la necesidad del sustento, sino también a las delicias del paladar. No de otra suerte nuestro Redentor; si bien tiene preparado a sus siervos en el paraíso aquel torrente de néctar celestial; con todo eso, aun en este desierto, les reparte con grande abundancia sus dulzuras para sustentarlos briosos en sus trabajos.

   Y con todo eso, no consigue el Salvador atraer muchos a sus banderas. Aman mejor los cristianos militar al infeliz sueldo de Lucifer, por la miseria de algunos bienes suyos, amargos y caducos, que al sueldo de Cristo, por la abundancia de bienes purísimos, alegrísimos y eternos. Antes quieren ser esclavos de un fiero tirano, que por una vida llena de mil trabajos, los lleva a una muerte eterna, que siervos de su legítimo Señor, e hijos de su amorosísimo Padre, que con tantas gracias, y por medio de tantas consolaciones, los conduce a una vida bienaventurada.
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