sábado, 20 de enero de 2018

A JESÚS CRUCIFICADO PARA ALCANZAR LA GRACIA DE UNA BUENA MUERTE



   Estas oraciones están tomadas de la parte final del libro “Preparación para la muerte” de San Alfonso María de Ligorio. (Biblioteca del Apostolado de la Prensa – año 1914) pero no pertenecen al Santo, sino a una joven protestante convertida al catolicismo. Es una bella y muy edificante oración. Yo diría casi una poesía.

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   Compuso estas preces una joven protestante que se convirtió a nuestra Religión católica a los quince años de edad, y murió a los dieciocho en olor de santidad. Pío VII y León XII concedieron cien días de indulgencia por cada día que se recen dichas oraciones, y una plenaria si se rezan diariamente durante un mes, todas aplicables a las almas del purgatorio. — (N. del T.)

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   Jesús, Señor, Dios de bondad, Padre de misericordia, me presento delante de Vos con el corazón contrito, humillado y confuso, encomendándoos mi última hora y la suerte que después de ella me espera.

   Cuando mis pies, perdiendo el movimiento, me adviertan que mi carrera en este mundo está ya para acabarse,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis manos trémulas y torpes no puedan ya estrechar el crucifijo, y a pesar mío le dejen caer en el lecho de mi dolor,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis ojos, apagados y amortecidos por el dolor de la muerte cercana, fijen en Vos miradas lánguidas y moribundas,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis labios fríos y balbucientes pronuncien por última vez vuestro santísimo Nombre,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi cara pálida y amoratada cause ya lástima y terror a los circunstantes, y los cabellos de mi cabeza, bañados del sudor de la muerte, anuncien que está próximo mi fin,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siempre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír de Vos la irrevocable sentencia que determine mi suerte por toda la eternidad,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi imaginación, agitada de espantosos fantasmas, se vea sumergida en mortales congojas, y mi espíritu, perturbado del temor de vuestra justicia, a la vista de mis iniquidades luche contra el enemigo infernal que quisiera quitarme la esperanza en vuestra misericordia y precipitarme en el abismo de la desesperación,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mi corazón débil, oprimido por el dolor de la, enfermedad, esté sobrecogido del dolor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi destrucción, recibidlas, Señor, como sacrificio expiatorio para que muera víctima de penitencia, y en aquel momento terrible,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis parientes y amigos, juntos alrededor de mí, lloren al verme en el último trance y os rueguen por mi alma,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando perdido el uso de los sentidos desaparezca de mí toda impresión del mundo, y gima entre las postreras agonías y congojas de la muerte,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   Cuando mis últimos suspiros muevan a mi alma a salir del cuerpo, recibidlos como señales de mis santos deseos de llegar a Vos, y en aquel instante,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

Cuando mi alma se aparte para siempre de este mundo y salga de mi cuerpo, dejándole pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de él como un tributo que desde ahora ofrezco a vuestra divina Majestad, y en aquella hora,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

   En fin, cuando mi alma comparezca ante Vos y vea por vez primera el esplendor inmortal de vuestra soberana Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia, sino dignaos recibirla en el seno amoroso de vuestra misericordia a fin de que cante eternamente vuestras alabanzas,

   Jesús misericordioso, tened compasión de mí.

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viernes, 19 de enero de 2018

LA EUCARISTÍA Y LA FAMILIA – Por San Pedro Julián Eymard



   “No os dejaré huérfanos” (Juan, XIV, 18.)

   La Imitación de Cristo ha dicho: “Cuando Jesús está presente, todo anda bien; cuando está ausente, es un infierno.”

   ¿Qué sería de nosotros si el Salvador se hubiese contentado con vivir su vida mortal?

   Esto hubiese sido ya, sin duda, una gran misericordia, y hubiese bastado para merecernos la salvación y la gloria eterna; pero esto no obsta para que fuésemos los más desgraciados de los hombres. Y ¿cómo esto? dirá alguno. Con la gracia, la palabra de Jesús, sus ejemplos y los testimonios excesivos de su amor, ¿seriamos tan desdichados? Sí, así sería en efecto.

I

   He ahí una familia agrupada, unida alrededor de su cariñoso padre: esa familia es feliz. Mas el jefe de ella ha sido arrebatado de este mundo; las lágrimas ocupan el lugar de la alegría y la felicidad; aquello no es ya una familia: falta el padre.

   Ahora bien; Jesús vino al mundo a fundar una familia; sus hijos estarán contentos —dice el Profeta— alrededor de su mesa como las nuevas plantas del olivo. Que desaparezca nuestro jefe, y la familia se habrá dispersado.

   Sin Nuestro Señor Jesucristo, nosotros nos hallaríamos como los Apóstoles durante su Pasión, errantes y sin saber qué hacer; y, sin embargo, ellos estaban cerca de Jesucristo; de Él lo habían recibido todo; habían presenciado sus milagros; su vida se había deslizado ante su vista: todo esto es verdad, pero faltaba el Padre; ellos no constituían ya una familia, no eran ya hermanos: cada uno iba por su lado.

   ¿Qué sociedad puede subsistir sin jefe?

   La Eucaristía es, pues, el lazo de unión de la familia cristiana: quitadla y habrá desaparecido la fraternidad.

   Los protestantes, que no poseen la Eucaristía, ¿han conservado acaso la fraternidad cristiana? No, ellos son extranjeros los unos con respecto a los otros. Aun cuando se hallan reunidos en sus templos, no forman una familia; cada uno es libre para pensar y hablar lo que le parezca; sus templos no son sino grandes salones: ¡Asi convidan al recogimiento, a la oración!

   ¿Los católicos que no frecuentan la Eucaristía son hermanos? No puede decirse que lo sean; y en las familias en que el padre y los hermanos no comulgan, el espíritu de unión se aleja, la madre es una mártir y las hermanas son perseguidas. No, no, sin la Eucaristía no hay familia cristiana.

   Más si Jesucristo reaparece, renace la familia. Ved la gran familia de la Iglesia: en ella hay fiestas, y se comprende; fiestas en honor del padre de familia, de la madre, de los santos, que son nuestros hermanos; estas fiestas tienen su razón de ser.

   ¡Ah! ¡Jesús sabía bien que mientras dure la familia cristiana, Él había de ser su padre, su centro, su alegría, su felicidad!

   Así que, cuando nosotros, nos encontramos, podemos saludarnos fraternalmente; nos levantamos de la misma mesa; por esto los Apóstoles llamaban instintivamente hermanos suyos a los primeros cristianos.

   ¡Ah! el demonio sabe muy bien que alejando de la Eucaristía a las almas destruye la familia cristiana, y nos hacemos egoístas; pues no hay más que dos amores: o el amor de Dios, o el amor de sí mismo; preciso es entregarse al uno o al otro.

II

jueves, 18 de enero de 2018

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte VII)





Odio del Demonio contra los hombres y guerra que le hace.


   El demonio, que se ha declarado enemigo personal de Dios, no pudiendo hacer nada contra Él, se venga con su imagen (el hombre), dice Bossuet, y desgarrándola la deshonra, llenando su espíritu envidioso de malos deseos de venganza. Espíritu negro, espíritu tenebroso, espíritu furioso y desesperado, que afecta un fausto insolente en vez de su grandeza natural; que emplea astucias maliciosas en vez de una sabiduría celestial; que no respira más que odio, disensión y envidia en vez de la caridad y de la sociedad fraternal. Parece que Satanás y todos sus ángeles dicen: no seremos nosotros los únicos miserables; ¡cuántos hombres morirán de nuestra mano! ¡Ah! ¡Cuántos sitios vamos a dejar vacantes, y cuántos se hallarán entre los criminales que pudieran haberse sentado entre los jueces! El odio de los demonios contra nosotros es tal, notadlo bien y pasmaos de tanto exceso, es tal el odio que contra nosotros tienen, que se placen no sólo en arruinarnos, sino también en manchar nuestra alma y degradarla. Si, prefieren todavía corrompernos a atormentarnos, prefieren quitar la inocencia a quitar el reposo, hacernos malos a hacernos desgraciados. Y es verdad que cuando estos crueles vencedores se han hecho dueños de un alma, entran en ella con furia, la roban, la saquean y la violan. Estos corruptores la violan, no tanto para satisfacerse, como para deshonrarla y envilecerla. La inclinan a que se entregue a ellos, y luego la  desprecian: la tratan como son tratadas las mujeres que vienen a ser el ludibrio de aquellos por quienes se han cobarde o indignamente prostituido...


   Los demonios están llenos de odio y de envidia contra nosotros; nos hacen una guerra encarnizada a causa de las gracias y de los bienes celestiales que Dios nos concede, y porque estamos destinados a ocupar un día los tronos que han perdido con su orgullo...

   El demonio es vuestro enemigo, dice el apóstol San Pedro: El demonio es un instigador de querellas, un falso testigo, un acusador. ––Nos ataca a nosotros, ataca nuestra salvación y nuestra felicidad eterna. Quiere conquistarnos a fin de tenernos por compañeros, después de habernos tenido por cómplices. Y todo esto, por odio a Dios, a fin de que Dios no reciba nuestras adoraciones. Su orgullo le inspira un odio tan grande a Dios, que, según al parecer de varios graves autores, aun cuando Dios le prometiese perdonarle a condición de que se humillase, preferiría sufrir eternamente antes que renunciar a su orgullo y a su odio 2 ° Nos hace la guerra por envidia Nos la hace por orgullo; quisiera que nos volviésemos semejantes a él para dominarnos y reinar sobre nosotros...

   Tenemos que sostener un combate contra los demonios, dice San Pablo... Es una lucha sin tregua...

   Los odios más furiosos y más implacables entre los hombres no son más que una sombra, comparados con los de los demonios. En ellos todo es odio, celos, deseos de eterna venganza...

El demonio tuvo la audacia de atacar al mismo Jesucristo.

miércoles, 17 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II - I


SAN FRANCISCO DE SALES.




CAPÍTULO II


No debemos turbarnos a la vista de nuestras faltas.

I


   1. Dos señales de la buena y de la mala tristeza. — “La tristeza que es según Dios, dice San Pablo, obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo causa la muerte.” (II Corintios, VII, 10). La tristeza puede ser, pues, buena o mala, según las disposiciones que produce en nosotros. Verdad es que las produce más malas que buenas, pues sólo produce dos buenas, a saber: misericordia y penitencia, y en cambio produce seis malas, esto es: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo que hace decir al Sabio: “La tristeza mata muchas cosas, y nada hay de provecho en ella” (Eccl., xxx, 25), porque para dos buenos arroyos que proceden del manantial de la tristeza, hay seis que son bien malos.


   Por eso el demonio hace todos sus esfuerzos para engendrar esa mala tristeza, y para lograr desalentar el alma y desesperarla, procura primero turbarla. Para esto no faltan seguramente pretextos. —¿No hay que afligirse por haber ofendido a la Majestad soberana, ultrajado a la hermosura infinita y herido el corazón del más tierno de los padres? —Sí, ciertamente, nos responde San Francisco de Sales; hay que afligirse por ello, pero con un verdadero arrepentimiento, y no con un dolor melancólico de despecho y de indignación. Pues el verdadero arrepentimiento, como todo sentimiento inspirado por el buen Espíritu, es tranquilo: non in commotione Dominus. Allí donde empiezan la inquietud y la turbación, la tristeza buena cede el puesto a la mala. “La tristeza mala, prosigue nuestro Santo, turba el alma, la vuelve inquieta, causa temores desarreglados, disgusta de la oración, adormece y fatiga el cerebro, priva al alma de consejo, de resolución, de juicio y de valor; en suma: es como un crudo invierno que siega toda la hermosura de la tierra y entumece a todos los animales; pues quita toda suavidad al alma y la vuelve casi paralítica e impotente en todas sus facultades.”


   2. Señales de un alma que se turba después de sus caídas. — ¡En estos síntomas, cuantas almas reconocerán la turbación de que se han dejado llevar después de sus faltas y los estragos que ha hecho en ellas! Se había comenzado con fervor, lanzándose resueltamente en pos del Maestro en el camino, en las rudas pendientes del Calvario. ¡Una caída sobrevino, y he aquí la turbación! Se levanta, sin embargo: el arrepentimiento, la absolución sacramental lo han reparado todo. ¡No importa! Uno se mira, se examina con ansiedad, cuenta las heridas, apenas cicatrizadas; se las sonda con horror, se las envenena por querer vendarlas con el despecho y la impaciencia; “no hay nada que conserve más nuestras lacras que la inquietud y el apresuramiento para quitarlas”.


   Y durante este tiempo el paso se acorta. Ya no se corre, se anda apenas, se arrastra descontento de sí y casi de Dios mismo, sin confianza en la oración, sin otra disposición que el miedo a la recepción de los Sacramentos, hasta que una circunstancia especial, una confesión excepcionalmente preparada, un retiro, vienen a devolver a esta alma por un momento el ardor de los comienzos. Mas poco después, la renovación de nuevas caídas, si continúa dominada por la turbación, o simplemente el recuerdo de las faltas pasadas, traerán un recrudecimiento de melancolía; a la carrera seguirá inmediatamente el paso lento, y quiera Dios que a fuerza de vacilaciones y de lentitudes no se concluya por caer en una inercia sin remedio.


   ¿Qué es, pues, pobres almas, lo que ha venido a paralizar vuestros esfuerzos? Corríais mucho. ¿Quién os ha detenido?, os pregunta el Apóstol (San Pablo). La turbación, responde el autor de Filotea (San Francisco de sales): “Si no os hubierais inquietado al primer tropezón, y hubierais gallardamente llevado vuestro corazón en las manos, no habríais caído al segundo.”



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




jueves, 11 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo V


SAN FRANCISCO DE SALES.



V


   1. Después de una caída no debemos permanecer asombrados, sino levantarnos prontamente. — ¡Oh—digámoslo de pasada—, qué indulgencia tendría uno con sus hermanos si se meditasen bien estés pensamientos! ¡Cómo se identificaría uno con la inefable paciencia de Aquel que antes de investir a sus Apóstoles del poder de remitir los pecados, les recomendó perdonar no siete veces, sino setenta veces siete veces! Sin duda, esta indulgencia, aplicada a nuestras propias faltas como a las de otro, no debe llegar hasta mirarlas con ojo indiferente. Pero una cosa es no asombrarse de ellas y otra no detestarlas y repararlas. El labrador no se asombra de ver a las malas hierbas causar estragos en su campo; pero ¿es por eso menos diligente para arrancarlas? Por eso, después de haber dicho, sin hacer excepción de los pecados mortales: “cuando cometáis faltas, no os asombréis”; después de haber hecho notar que “si supiésemos bien lo que somos, en vez de quedar pasmados al mirarnos en tierra, nos asombraríamos de poder permanecer en pie”, San Francisco de Sales nos recomienda vivamente que no nos acostemos ni nos revolquemos donde hemos caído, y se apresura a añadir: “que si la fuerza de la tempestad nos altera algunas veces el estómago y nos hace perder un poco la cabeza, no nos asombremos; pero tan pronto como podamos, recobremos aliento y nos animemos a soportarla mejor”.


   “Levantad, pues, vuestro corazón cuando caiga, con toda suavidad, humillándoos mucho delante de Dios con el conocimiento de vuestra miseria, sin asombraros en modo alguno de vuestra caída, porque no es cosa admirable que la enfermedad sea enferma, y la debilidad, débil, y la miseria, mezquina. Detestad, sin embargo, con todas vuestras fuerzas la ofensa que Dios ha recibido de vos, y con gran valor y confianza en la misericordia de Aquel, volved al camino de la virtud, que habíais abandonado.”


   Este último texto insinúa bastante qué disposición, soberanamente saludable, debe tomar el lugar de la extrañeza después de nuestras caídas; este es, el conocimiento de nuestra abyección, primer grado de la humildad. De esto hablaremos en la segunda parte de esta obra. Por el momento, después de haber dejado sentado que la vista de nuestras faltas no debe admirarnos, demostremos que menos todavía debe turbarnos.



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.







El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo IV


SAN FRANCISCO DE SALES.



IV

   1. Los más santos no son los menos imperfectos, sino los más valerosos. — Nada más consolador que estos consejos para las almas seriamente enamoradas del deseo de agradar sin reservas a su Dios y ligadas a su servicio por comunicaciones más íntimas. Se juzgan con facilidad más inexcusables que otras en las infidelidades que se les escapan, y sus caídas parecen que deben asombrarlas más. No es este el parecer de los maestros de la vida espiritual. “Frecuentemente— dice el Padre Grou—, las caídas que uno da proceden de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones. Las almas tímidas y cautelosas que quieren ver siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos a cada momento para evitar los malos pasos, que temen tanto mancharse, no adelantan tanto como las otras y la muerte las sorprende casi siempre en la mitad del camino. No son los que cometen menos faltas los más santos, sino aquellos que tienen más valor, más generosidad y más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, los que no temen tropezar, ni aun caer y mancharse un poco, con tal de que avancen.”

   San Juan Crisóstomo decía lo mismo en otros términos: “Mientras un soldado está en el combate, aunque se deje herir, aunque retroceda un poco a veces, nadie es bastante duro, o tan ignorante de las cosas de la guerra, que se lo impute como un gran crimen. Sólo los que nunca combaten no son jamás heridos. Los que se lanzan con ardor contra el enemigo son los que resultan con más frecuencia heridos.”


   2. Una caída, aun grave, no debe asombrarnos. —¿Habrá que aplicar también al pecado mortal las reflexiones que son objeto de este capítulo, y recomendar a las almas gravemente culpables que no se asombren de las caídas que les privan de la amistad de Dios? ¿Se atrevería San Francisco de Sales a usar el mismo lenguaje que emplea con los corazones generosos, a los que se ha dirigido hasta aquí? Escuchemos: “Querido Teótimo: los Cielos se pasmarían, sus puertas se estremecerían de terror y los ángeles de paz se desvanecerían de asombro ante esta miseria de corazón humano, que abandona un bien tan amable para adherirse a cosas tan deleznables. Pero ¿habéis visto esta pequeña maravilla que todos conocen y de la que nadie se da cuenta? Cuando se perfora un tonel muy lleno, no se saldrá el vino como no le entre el aire por encima; lo que no sucede a los toneles en los que hay ya un vacío, pues apenas son perforados, el vino se sale de ellos. Ciertamente, en esta vida mortal, aunque nuestras almas abunden en amor celestial, no están tan llenas de él que no pueda salir de ellas el amor por la tentación; pero allá en lo alto, en el Cielo, cuando las suavidades de la hermosura de Dios ocupan todo nuestro entendimiento, y las delicias de su bondad absorben toda nuestra voluntad, de suerte que no haya nada en ellos que la plenitud de su amor no llene, ningún objeto, aunque penetre hasta nuestros corazones, podrá jamás sacar, ni hacer salir, una sola gota del precioso licor de su amor celestial; y pensar que penetre el viento por encima, esto es, engañar o sorprender al entendimiento, no será ya posible, pues será inconmovible en la apreciación de la verdad soberana” Tratado del Amor de Dios, lib. IV, cap. I.

   Ya lo hemos oído; una caída en el pecado, y aun en pecado grave, no podrá provocar asombro más que en el Cielo, allí donde esa caída es imposible. Aquí abajo no hay más motivo para sorprenderse de ello que el que habría al ver escaparse un líquido de un recipiente descubierto.



EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




lunes, 8 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo III


SAN FRANCISCO DE SALES



III


   1. Las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen por la posta y se van a pie. — “San Pablo, en un solo momento, fué purificado, como asimismo Santa Catalina de Génova, Santa Pelagia y algunas otras; pero esta suerte de purificación es totalmente milagrosa y extraordinaria en la gracia, como la resurrección de los muertos en la naturaleza; por eso no debemos pretenderla. La purificación ordinaria, sea de los cuerpos, sea de los espíritus, no se hace sino poco a poco, gradualmente, de avance en avance, con trabajo y tiempo. Los ángeles tienen alas sobre la escala de Jacob; pero no vuelan, sin embargo, sino que suben y bajan con orden, peldaño por peldaño. El alma que sube del pecado a la devoción es comparable al alba, que al elevarse disipa las tinieblas en un instante, pero poco a poco. La curación que se hace tan hermosamente es siempre más segura. Las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen a caballo o por la posta, pero se van a pie y poco a poco. Introducción a la Vida devota, 1° parte, capítulo V.”

    Hay, pues, que tener paciencia y no pensar curar en un día tantos hábitos malos como hemos adquirido por el poco cuidado que hemos tenido de nuestra salud espiritual.”

   Y el buen Santo no cesaba de decir, como conclusión, “que aunque sobrevengan muchas flaquezas a causa de vuestras enfermedades espirituales, no hay que asombrarse de ello”.

   2. Para afirmarse en Dios sin tropezar, son necesarias dos cosas. —Por otra parte, no concedía a ninguna alma, por adelantada que estuviese en la perfección, el derecho de extrañarse después de una caída, y a sus más fervientes religiosas dirigía las advertencias siguientes: “¿Es tan gran maravilla vernos tropezar alguna vez?”

   “La fiesta de la Purificación no tiene octava. Es necesario que tomemos dos resoluciones iguales; una, ver crecer las malas hierbas en nuestro jardín; otra, tener el valor de verlas arrancar y de arrancarlas nosotros mismos; pues no morirá nuestro amor propio mientras vivamos, y de éste nacen esas impertinentes miserias.”

   “Vi el llanto de mi pobre hermana N; y me parece que todas nuestras niñerías no proceden de otro defecto que de éste: que olvidamos la máxima de los Santos, que nos han advertido que todos los días debemos entender que comenzamos nuestro progreso en la perfección; pues si pensásemos bien en esto, no nos asombraríamos de hallar en nosotros miserias tantas que cercenar” Cartas a Santa Juana Francisca Fremiot de Chanta, 332.
 .
   “Preguntáis cómo haríais para afirmar de tal modo vuestro espíritu en Dios, que nada le pueda desasir ni apartar de Él. Dos cosas son necesarias para esto: morir y salvarse, pues después de esto no habrá jamás separación y vuestro espíritu estará indisolublemente adherido y unido a su Dios”.


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.




sábado, 6 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo II


SAN FRANCISCO DE SALES




II

   1. Sin un privilegio especial, el hombre no puede evitar todos los pecados veniales. —En efecto: la fe nos enseña que las malas inclinaciones viven en nosotros, al menos en germen, hasta la muerte, y que ninguno puede, sin un privilegio especial, tal como el que la Iglesia reconoce en la Virgen Santísima, evitar todos los pecados veniales, por lo menos los indeliberados. Con frecuencia nos olvidamos en la práctica de esta doble tesis, y bueno será que la oigamos desarrollar por nuestro amable Santo en su sencillo e inimitable lenguaje:

   “No pensemos, mientras estemos en esta vida, poder vivir sin cometer imperfecciones, pues no es posible, ya seamos superiores o ya seamos inferiores, porque somos todos hombres y, por tanto, todos tenemos necesidad de creer esta verdad como muy segura, a fin de que no nos asombremos de vernos todos sujetos a imperfecciones. Nuestro Señor nos ha ordenado decir todos los días estas palabras que están en el Padrenuestro: Perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no hay excepción en este mandamiento, porque todos tenemos necesidad de cumplirlo” Conferencia XVI. De las aversiones.

   El amor propio puede estar mortificado, pero no muere nunca; por eso, de tiempo en tiempo produce retoños en nosotros que dan testimonio de que, aunque esté cortado por el pie, no está desarraigado... No debemos en ningún modo extrañarnos de encontrar en nosotros el amor propio, aunque no se mueva. Duerme algunas veces como un zorro, que de repente se arroja sobre las gallinas; por esto es necesario velar con constancia sobre él y defenderse de él con paciencia y suavidad. Que si algunas veces nos hiere, desdiciendo lo que nos ha hecho decir o desautorizando lo que nos ha hecho hacer, estamos curados..., curados, pero temporalmente, hasta que se declaren nuevas enfermedades, pues “nunca estaremos perfectamente curados hasta que nos hallemos en el paraíso” —añade nuestro Santo—, y durante esta vida, cualquiera que sea nuestra buena voluntad, “es necesario tener paciencia, por ser de naturaleza humana y no de la angélica”, y resolvernos a vivir, según la expresión de un ilustre asceta, “como incurables Espirituales” Carta 333.

   2. Los progresos en la perfección son lentos y mezclados con caídas. —A las almas que dan los primeros pasos en los caminos de la perfección interior es principalmente a las que San Francisco de Sales se esfuerza en inculcar el conocimiento práctico de su flaqueza. Estas, en efecto, son las que por inexperiencia son más accesibles al asombro después de las faltas y sus funestas consecuencias. “Turbarse y desalentarse cuando se ha caído en el pecado— dice excelentemente el piadoso San Francisco de Sales—, es no conocerse a sí mismo.”

   Oigamos con qué firmeza y con qué gracia nuestro bienaventurado Doctor reprende e instruye a esas almas: “Me decís que tenéis aún el sentimiento vivo ante las injurias. Pero, querida hija, ¿a qué se refiere esto? ¿Es que habéis derrotado ya a esos enemigos?

   No es posible que seáis tan pronto dueña de vuestra alma como si la tuvierais en la mano absolutamente desde el primer momento. Contentaos con ganar de cuando en cuando alguna pequeña ventaja Sobre vuestra pasión enemiga.

   Nuestra imperfección debe acompañarnos hasta el féretro. No podemos andar sin tocar el suelo. No hay que acostarse ni revolcarse en él, pero tampoco hay que pensar en volar, pues somos polluelos pequeños que todavía no tenemos alas.

   “Las flechas que vuelan en pleno día (Ps. XC, 6) son las esperanzas vanas y pretenciosas que alimentan las almas que aspiran a la perfección. Esperan nada menos que ser Teresas de Jesús, o santas como Catalina de Sena o de Génova. Esto es bueno; pero decidme: ¿qué tiempo os tomáis para llegar a serlo? —Tres meses, respondéis; menos, si se puede. —Hacéis bien en añadir “si se puede”, porque, de otro modo, podríais muy bien engañaros.”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.



viernes, 5 de enero de 2018

El arte de aprovechar nuestras faltas – Primera parte: Capítulo I


SAN FRANCISCO DE SALES





PRIMERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO


No nos extrañemos de nuestras faltas.
I


   Miserias humanas. —Mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. — Es a la vez el honor y el tormento del hombre caído no poder acostumbrarse a sus faltas. Príncipe desposeído, descalificado por la culpa de sus primeros padres, conserva siempre en el fondo del corazón el sentimiento de su nobleza de origen y de la inocencia que debía ser su patrimonio. En cada una de sus caídas apenas puede contener una exclamación de sorpresa, como si le hubiera ocurrido un accidente extraordinario.

   Se diría que era Sansón privado de su fuerza por la mano pérfida que le cortó los cabellos. “¡En pie—le gritaban—, los filisteos están ahí!” Y él se levantaba, imaginándose, como en lo pasado, que iba a derribar a sus enemigos, olvidándose de que su vigor de otros tiempos le había abandonado Jueces, XVI.

   Por nobles que sean en nosotros las raíces de esta disposición, los frutos de ellas son demasiado funestos para que no se les haga la guerra. El desaliento, lo veremos muy pronto, es la pérdida de las almas; pero no les invade si no se abre en ellas un camino por el asombro que sigue a la falta. (Nota nuestra. El autor va hacer mucho énfasis en este tema del desaliento). Contra este peligro va San Francisco de Sales a prevenirnos.

   A ejemplo de los más eminentes doctores y de los sabios más esclarecidos, el bienaventurado Obispo San Francisco de Sales  profesó siempre una compasión extrema hacia la flaqueza del hombre. “¡Oh, miseria humana, miseria humana! —repetía—. ¡Oh, cuán rodeados estamos de enfermedades!... ¿Y qué otra cosa podemos dar por nosotros mismos, sino caídas?” Se siente en todas sus palabras y en todos sus escritos que las cumbres de la perfección a que había ascendido le habían puesto en disposición de sondear con una mirada profunda los abismos de miserias y de enfermedad, ahondados en nosotros por el pecado original. Y de ello tenía cuenta, con gran amplitud de espíritu, respecto de todas las almas que se sometían a su dirección, y a las que no cesaba de recordar su condición decadente. “Vivís—escribía a una dama—, vivís, según me decís, con mil imperfecciones. Verdad es, mi buena hermana; pero ¿no tratáis hora tras hora de hacerlas morir en vos? Es cosa cierta que mientras estamos aquí envueltos en este cuerpo tan pesado y corruptible, hay siempre en nosotros algo que flaquea.”

   “Os quejáis—decía en otro lugar —de que se mezclan muchas imperfecciones y defectos en vuestra vida, contra el deseo que tenéis de la perfección y pureza del amor de nuestro Dios. Os respondo que no es posible despojarnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. ¿Acaso no es regla general que nadie será tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a tener alguna imperfección?”


EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.



lunes, 25 de diciembre de 2017

La visión de Sor Dominica del Paraíso cuando tan sólo era una niña – Por San Alfonso María de Ligorio. (No se pierdan esta bella lectura)





   Se lee en la vida de Sor Dominica del Paraíso, escrita por el padre Ignacio del Niente, dominico, que en una aldea llamada Paraíso cerca de Florencia nació esta doncellita de padres pobres. Desde niña empezó a servir a la divina Madre. Ayunaba a honra suya todos los días de la semana, y después en el sábado repartía a los pobres aquella comida que se había quitado de la boca, y cada sábado iba al huerto de su casa o a los campos vecinos donde recogía todas las flores que podía, y las presentaba delante de una imagen de la santísima Virgen con el niño en los brazos, Pero volvámonos ahora a ver con cuantos favores la agradecidísima Señora compensaba los obsequios que esta su sierva le ofrecía. Estando una vez Dominica a la ventana, y era entonces de diez años, vio en la calle una mujer de hermoso aspecto y consigo un niño, que entrambos alargaban la mano en acción de pedir limosna. Va ella a tomar el pan, y he aquí que sin abrir la puerta se los ve delante, y advierte que el niño tenía heridas las ¡manos, los pies y el pecho. Por lo cual preguntó a la mujer: — ¿Quién ha herido este niño?—Respondió la mujer: ¡— Le ha herido el amor. — Dominica enamorada de la modestia y hermosura de aquel niño, le preguntó si le dolían aquellas heridas. Más él no respondió sino con una sonrisa. Entre tanto estando ya todos cerca de las imágenes de Jesús y de María, dijo la mujer a Dominica: — Dime, hija, ¿quién te mueve a coronar a estas imágenes de flores? — Ella respondió: — Me mueve el amor que tengo a Jesús y María. — ¿Y cuánto les amas?— Los amo cuanto puedo. — ¿Y cuánto puedes? — Cuanto ellos me ayudan. — Prosigue, dijo entonces la mujer, prosigue en amarlos, que bien te lo pagarán ellos; en el cielo.

   Luego la doncella percibiendo que salía de aquellas llagas un olor celestial, preguntó a la Madre con qué ungüento las ungía, y si aquel ungüento se podía comprar. Respondió la mujer: — Se compra con la fe y con las obras. —Dominica les ofreció el pan. La Madre dijo: — ¡La comida de este mi Hijo es el amor, dile que amas a Jesús y le alegrarás. — El niño apenas oyó este nombre de amor empezó a regocijarse, y vuelto a la doncellita le preguntó, cuanto amaba a Jesús. Y respondiendo ella que le amaba tanto que día y noche siempre pensaba en él, no buscaba otra cosa  más que el darle gusto cuanto podía : — Ahora bien, añadió él, ámale, que el amor te enseñará qué debes hacer para darle gusto. —Creciendo después el olor que exhalaba de aquellas llagas, exclamó Dominica: — ¡O Dios! esta fragancia me hace morir de amor. Si el olor de un niño es tan suave, qué será el olor del paraíso — Mas he aquí entonces ve mudarse la escena: La Madre apareció vestida de Reina y cercada de luz, y el niño hermoso resplandeciente como un sol, que tomando aquellas mismas flores las esparció: sobre la; cabeza de Dominica, la cual reconociendo ya en aquellos personajes a María y a Jesús, se había postrado para adorarlos. Y así dio fin la visión.

   Dominica tomó después el hábito de Santo Domingo, y murió en opinión de santa en al año 1553.


LAS GLORIAS DE MARÍA


lunes, 11 de diciembre de 2017

PLEGARIA SILENCIOSA




Colaboradora del blog.




Le pedí fuerzas a Dios para llegar más lejos,
y me hizo débil
para que aprendiera la humilde obediencia.


Le pedí salud para hacer cosas grandiosas,
y me hizo frágil para que hiciera cosas mejores.


Le pedí riquezas para ser feliz,
y me dio la pobreza para que fuera sabio.


Le pedí poder para ser admirado por los hombres,
y me dio debilidad
para que sintiera la necesidad de Dios.


Le pedí todas las cosas para disfrutar la vida,
y me dio vida para disfrutar todas las cosas.


No tuve nada de lo que pedí,
pero todo lo que esperaba,
casi a pesar de mí mismo,
mis silenciosas plegarias fueron escuchadas.


Soy el más rico en bendiciones
entre todos los hombres.

Vida retirada – Por San Alfonso María de Ligorio.




   Las almas que aman a Dios encuentran el paraíso en su vida retirada, la cual las separa del comercio con los hombres. No, no es enfadoso conversar con Dios en la soledad separándose de las criaturas: Porque ni su conversación tiene amargura, ni tedio su trato, sino alegría y gozo.


   Los mundanos tienen razón de aborrecer la soledad, porque desde el momento en que se ven privados de sus diversiones y de sus ocupaciones terrenas, el remordimiento se hace sentir más vivamente en sus corazones. Buscan la sociedad para ahogar o distraer sus conciencias; pero cuantos más alivios buscan en las concurrencias y en las ocupaciones, más espinas y amarguras encuentran.


   Lo contrario acontece a los que aman a Dios, porque en su retiro encuentran un amigo fiel que les consuela y alegra más que la compañía de sus amigos y parientes, aunque sean estos los primeros personajes del mundo. San Bernardo decía: Jamás estoy menos sólo, que cuando estoy sólo, porque entonces encuentro a Dios que me habla: más atento estoy entonces a escucharle y más dispuesto a unirme a Él.


   Nuestro Salvador quería que sus discípulos, aunque destinados a propagar la fe por el mundo entero, suspendiesen de vez en cuando sus fatigas, y se retirasen a la soledad para conversar sólo con Dios. Además sabemos que Jesucristo solía mandarles a diversos lugares de la Judea, a convertir pecadores; pero después de las fatigas no dejaba de invitarles a que se retirasen a algún lugar solitario diciéndoles: Venid aparte a un lugar solitario, y descansad un poco; pues eran muchos los que iban y venían, y ni aun tiempo para comer tenían.


   Ya que el Señor impuso el reposo hasta a sus mismos discípulos, diciéndoles: Descansad un poco, es necesario que los que cooperan a su santa obra se retiren de vez en cuando a la soledad, para recogerse dentro de sí mismos y renovar sus fuerzas, para trabajar después con nuevo ardor en la conversión de las almas.


   Los que trabajan para el prójimo, pero con poco celo y amor de Dios, con el fin de adquirir honores y riquezas, son de poco provecho para las almas. Si pues el Señor dijo a sus discípulos: Descansad un poco, quería significar con esto, no que se entregasen al sueño, sino que tomasen descanso conversando con Dios y pidiéndole gracia para vivir bien y así recobrar fuerzas para trabajar después por la salud de las almas. Sin este descanso con Dios en la oración, menguarán nuestras fuerzas para atender bien al provecho propio y del prójimo.


   San Lorenzo Justiniano observa con razón que la soledad se ha de amar siempre, pero que no siempre se ha de estar en ella; esto es, que los que son llamados por el Señor a convertir a los pecadores, no siempre han de permanecer encerrados en su retiro, porque esto sería faltar a la divina vocación, para la cual todo debe abandonarse cuando Dios lo ordena; pero deben amar y suspirar por la soledad, donde el Señor se deja encontrar más que en otra parte.


   ¡Oh Jesús mío! ¡He amado poco el retiro porque os he amado poco: continuamente he ido en busca de los placeres y de los contentos del mundo, que han hecho que os perdiese a vos, bien infinito!


   ¡Desdichado de mí! Durante tantos años he tenido mi corazón en las distracciones sin pensar más que en los bienes de la tierra, olvidándome de vos. ¡Oh Dios mío! Tomad este corazón que habéis redimido con el precio de vuestra sangre: abrasadle en vuestro santo amor: poseedle todo entero. ¡Oh Virgen María, Reina del Cielo! Vos podéis alcanzarme esta gracia: la espero de vos.


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