jueves, 27 de abril de 2017

Más al comulgar mi corazón se queda frio e insensible; estoy distraído y no siento el menor fervor, la menor devoción. –– Por Monseñor de Segur.




   Para los que gustan mucho de  hablar y oír sobre la Comunión: Esta lectura no sólo es de una gran sabiduría, sino también de gran consuelo y hermosura. ¡RECOMENDABLE!

   Cuando por la milagrosa pesca conoció San Pedro la divina santidad y majestad de Aquel que había entrado en su barca, se arrojó a los pies de Jesús, y le dijo: Exi a me, Domine, quia homo peccator sum. “Apartaos de mí, Señor porque soy un hombre pecador” Y el buen Maestro le contestó: Noli timere. “No temas” (Lucas V. 8.)

   No temas tú tampoco: ¿no entregaste tu corazon a Dios? ¿No quieres servirle bien y fielmente? Pues no te pide más. Las distracciones deben humillarnos, no desanimarnos; estate  seguro de que la mayor parte de las veces no son voluntarias, y, por lo tanto, no nos privan del fruto de nuestras Comuniones. Si tienes buena voluntad, buena será también la Comunión.

   ¿Piensas que les Santos no experimentaron también esas tristezas, ese tedio, esa privación de todo consuelo sensible, esas importunas distracciones de que te quejas?

   San Vicente de Paul sufrió por espacio de dos años enteros tan gran sequedad de espíritu, que ni aun podía formular un acto de fe y como el demonio se aprovechaba de su situación angustiosa para turbar la paz de su alma con fuertes tentaciones, el Santo puso sobre su corazón, cosido en la sotana el Credo que había escrito al efecto, y una vez por todas convino con Nuestro Señor que cuando pondría la mano sobre aquella fórmula se entendería que hacia los actos de fe y piedad que no le permitía el estado interior de su alma. Permaneciendo incontrastable en su fe, continuó sus ejercicios espirituales, sin dejar uno solo, celebrando cada día la misa. Y pregunto ahora: ¿eran buenas las Comuniones?

   Fenelón pasó los últimos años de su vida sufriendo penas iguales, y escribía a su piadoso amigo, el duque de Besuvilliers: “Experimento una sequedad de espíritu terrible, y la paz de que gozo es muy amarga,”

   Estas son las pruebas con que el Señor purifica comúnmente a todos sus verdaderos servidores; esta es la vía ordinaria por donde lleva a sus escogidos a la cima de la perfección cristiana; y precisamente la Comunión frecuente es, según Santa Teresa, el mejor remedio para esas almas desoladas.

   Por otra parte, muchas veces la sagrada Eucaristía obra en nuestra alma sin que lo echemos de ver, como observa San Lorenzo Justiniano; y el gran doctor San Buenaventura, añade: “Aunque te sintieres tibio y sin devoción, no debes por eso dejar de acercarte a la sagrada Mesa porque, cuanto más enfermo estuvieses, más necesidad tienes del médico”

   Decía un santo sacerdote, director de Seminario, me decía igualmente cierto día: “Temo menos la negligencia en la Comunion, que la negligencia de la Comunion, siempre la muerte es peor que la enfermedad.”

   La Eucaristía es el foco del amor de Dios; luego cuanto más frio te sientas mucho más cerca debes ponerte de ese fuego que despide ardores divinos.

   Además, ¿no tendrías tú la culpa de esa se quedad que tantas inquietados te causa? ¿Pones mucho cuidado de evitar las faltas veniales? ¿Te guardas mucho de disgustar al Espirita Santo?  Ordinariamente las infidelidades de esta clase tienen por consecuencia inmediata, diré más, por castigo, una especie de tristeza, un abandono aparente, durante el cual el alma se ve privada de toda dulzura espiritual.

   Otra observación: estas tus penas ¿no podrían provenir también de un encogimiento, de una mezquindad, por decirlo así, de sentimientos; de una piedad, en fin, demasiado personal? Cuando comulgues, y en general cuando ores, piensa más en los otros que en tí. La caridad te hará mucho bien. Ta corazón se ensanchará a medida que te ocupes de la salvación de tus hermanos, de la conversión de los pecadores y de los intereses de la fe. Al rogar por tus semejantes se te despertarán unos sentimientos y una atención que no tenías cuando pensabas exclusivamente en tí solo.

   Por último, debes saber que ese tedio, ese hastío y disgusto por las cosas del alma son casi siempre una tentación. Viendo el maligno espíritu que no puede atacarte de frente, se venga hostigándote incesantemente, para que el cansancio te obligue a abandonar la buena senda. Sé más astuto que el demonio: él quiere desalentarte no dándote momento de reposo; mantente, pues, firme y tranquilo, que no se hará esperar mucho el tiempo de la paz y de los dulces consuelos.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO V - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Si el bien de la sociedad exige la creencia en el infierno.


FRANCISCO –– ¿Qué te parecen, Adolfo, las doctrinas de esos herejotes sobre el asunto que debatimos?

ADOLFO — Paréceme de perlas; porque bueno es se finjan esos temores para contener las masas en sus deberes. De otra suerte, ¿a qué vendría a parar la sociedad? El vulgo es ciego, y con cualquier patraña se contenta.

FRANCISCO — Absurdo, Adolfo, absurdo. La ficción y engaño son impotentes para conducir al hombre al fin de la sociedad, porque tarde o temprano se descubren. Hemos, pues, de convenir en que Dios, autor y criador de la sociedad, infundió en sus miembros, sabios e ignorantes, el temor de las eternas penas, obligándolos a la guarda de la divina ley, base de sólida paz y prosperidad verdadera. Y ¿quién se atreverá a sostener que Dios puede apelar al engaño para sus Elevadísimos fines?

ADOLFO — Medio es, a mi entender, para conseguir el orden y la paz, primero la promulgación de leyes civiles que pongan coto a los desórdenes de los criminales, y segundo la elección de gobernantes probos y activos que velen por su observancia.

FRANCISCO — Medio es, pero ineficaz; porque, ¿quién contiene a los Gobiernos tiránicos que se extralimitan? ¿Quién castiga a los súbditos que, sin ser vistos y aparentando honradez, se lanzan al crimen? Además, ¿qué nos demuestran los desórdenes y anarquía que nos amenazan? Las bayonetas, cañones y cadalsos son insuficientes, porque a las bayonetas se responde con la dinamita y el puñal; mas a las divinas amenazas, intimadas por los ministros del Omnipotente, ¿con qué se responde?
   Por esto los incrédulos mismos confiesan que Dios no pudo fundar con solidez las humanas sociedades sin amenazar con los tormentos del infierno a príncipes y vasallos que intentasen gravemente perturbarlas. Voltaire lo proclama sin ambages. “Yo no quisiera, dice, tener trato con un príncipe que no creyera en el infierno; porque si él hallaba interés en hacerme triturar en un mortero, a buen seguro que sería molido.”

   Para los vasallos, añadía Voltaire: “Si fuera yo soberano, huiría de relaciones con cortesanos que no creyeran en el infierno; porque, si encontrasen algún provecho en darme veneno, acaso a cada triquitraque tendría que tomar triaca o contraveneno.” De todo lo cual concluye aquel impío: “Es, pues, de todo punto necesario para reyes y pueblos que la idea de un Ser Supremo, criador, gobernador, remunerador y vengador, esté profundamente grabada en todos los espíritus.”

miércoles, 26 de abril de 2017

No dejen de rezar el Santo Rosario




   No dejen de rezar el Santo Rosario, nada bueno podemos hacer sin la oración constante a nuestra Madre del Cielo. Ella es quien nos consigue de su Hijo Divino cuantas gracias necesitamos para salvar nuestras almas. Por eso ¡Sed valientes y no abandonéis el rezo del Santo Rosario! El demonio busca eso que dejes la oración.


   Reza el Santo Rosario hasta que El Señor te llame a su presencia, y de sus dulces labios escuches decir: “He oído a mi Madre hablar de ti”

LA VIDA DE ORACIÓN –– Por San Pedro Julián de Eymard




   “Me alimento de un pan y una bebida invisibles a los hombres”. (Tob., XII, 19).

   Hay en el hombre dos vidas: la del cuerpo y la del alma; una y otra siguen, en su orden, las mismas leyes.

   La del cuerpo depende, en primer lugar, de la alimentación; cual es la comida, tal la salud; depende en segundo lugar del ejercicio que desarrolla y da fuerzas, y, por último, del descanso, donde se rehacen las fuerzas cansadas con el ejercicio. Todo exceso en una de estas leyes es, en mayor o menor grado, principio de enfermedad o de muerte.

   Las leyes del alma en el orden sobrenatural son las mismas, de las cuales no debe apartarse, como tampoco el cuerpo de las suyas.

   Ahora bien: la comida, el manjar del alma, así como su vida, es Dios. Acá abajo, Dios conocido, amado y servido por la fe; en el cielo, Dios visto, poseído y amado sin nubes. Siempre Dios. El alma se alimenta de Dios meditando su palabra, con la gracia, con la súplica, que es el fondo de la oración y el único medio de obtener la divina gracia.

   De la misma manera que en la naturaleza cada temperamento necesita alimentación diferente según la edad, los trabajos y las fuerzas que gasta, así también cada alma necesita una dosis particular de oración. Notad que no es la virtud la que sostiene la vida divina, sino la oración, pues la virtud es un sacrificio y resta fuerzas en lugar de alimentar. En cambio, quien sabe orar según sus necesidades cumple con su ley de vida, que no es igual para todos, pues unos no necesitan de mucha oración para sostenerse en estado de gracia, en tanto que otros necesitan larga. Esta observación es absolutamente segura: es un dato de la experiencia.

   Mirad un alma que se conserva bien en estado de gracia con poca oración; no tiene necesidad de más; pero no volará muy alto.

   A otra, al contrario, le cuesta mucho conservarse en él con mucha oración y siente que le es necesario darse de lleno a ella. ¡Ore esa alma, que ore siempre, pues se parece a esas naturalezas más flacas que necesitan comer con mayor frecuencia, so pena de caer enfermas!

   Más hay oraciones de estado que son obligatorias. El sacerdote tiene que rezar el oficio y el religioso sus oraciones de regla. Estas nunca es lícito omitirlas ni disminuirlas por sí mismo, de propia autoridad.

   La piedad hace que uno sea religioso en medio del mundo. A estas almas la gracia de Dios pide más oraciones que las de la mañana y de la tarde. La condición esencial para conservarse en la piedad es orar más. Es imposible de otro modo.

   Sabéis muy bien que hay dos clases de oración; la vocal, y la mental, que es el alma de la primera. Cuando uno no ora, cuando la intención no se ocupa en Dios al orar verbalmente, las palabras nada producen: la única virtud que tienen se la presta la intención, el corazón.

EL AMOR DE LOS SANTOS A NUESTRO SEÑOR Y A SU SANTÍSIMA MADRE



   Los bienaventurados ven sin celajes (con claridad) las tres Personas divinas, ven también en Dios la unión personal del Verbo y de la Humanidad de Jesús, la plenitud de gracia, de gloria, de caridad de su santa Alma, los tesoros de su Corazón, el valor infinito de sus actos humano-divinos (teándricos), de sus méritos pasados, el valor de su Pasión, de la mínima gota de su Sangre, el valor desmedido de cada Misa, el fruto de las absoluciones; ven también la gloria que irradia del Alma del Salvador sobre su Cuerpo después de la Resurrección, y cómo después de su Ascensión al Cielo está El en la cúspide de toda la creación material y espiritual.

   Los elegidos ven también, en el Verbo, a María corredentora, la eminente dignidad de su Maternidad divina, la cual, por su fin, pertenece al orden hipostático, superior a los órdenes de la naturaleza y de la gracia: contemplan la grandeza de su amor al pie de la Cruz; su elevación sobre las jerarquías angélicas, la irradiación de su mediación universal.

   Esta visión, in Verbo, de Jesús y de María, se une a la bienaventuranza esencial, como el objeto secundario más elevado se une, en la visión beatífica, al objeto principal (Al contrario, la visión extra Verbum y, con mayor motivo, la visión sensible de Cristo y del cuerpo glorioso de María, pertenecen a la felicidad accidental. Hay una gran diferencia entre estos dos conocimientos: el más elevado es llamado por San Agustín la visión de la mañana, el otro, la visión de la tarde, porque ésta descubre las criaturas, no en la luz divina, sino en la luz creada, que es como la del crepúsculo. Se identifica mejor esta diferencia si se consideran los dos conocimientos que se pueden tener de las almas sobre la Tierra: se pueden considerar a sí mismas, por lo que dicen o escriben, como haría un psicólogo; y se pueden considerar en Dios, como hacía, por ejemplo, el Santo Cura de Ars, cuando oía en confesión a los que se dirigían a él; fué el genio sobrenatural del confesonario, porque escuchaba a las almas en Dios, permaneciendo en oración; y por eso, bajo la inspiración divina, les daba una respuesta sobrenatural, no solo verdadera, sino inmediatamente aplicable; y la gente iba a él porque tenía el alma rebosante de Dios.)

martes, 25 de abril de 2017

No se puede, comulgar sin preparación, y no tengo tiempo para prepararme del modo debido –– Por Monseñor de Segur.




   Les puedo asegurar que esto que van a leer pocos católicos lo saben. Una lectura ¡¡¡Imperdible!!!

   La cuestión no está en saber si se puede comulgar sin preparación; claro está que un acto tan sagrado no puede hacerse a la ligera e inconsideradamente. La falta de preparación lleva a la tibieza y hace no solo inútiles, sino hasta peligrosas, las más excelentes prácticas religiosas. Sí, no hay duda: debemos prepararnos y prepararnos con el mayor cuidado y solicitud, para recibir la sagrada Eucaristía; más todavía, cuando nos hayamos preparado bien y muy bien, aun debemos humillarnos ante la presencia de Dios y pedirle encarecidamente que se digne suplir con su misericordia los defectos de nuestra preparación.

   Pero ¿en qué consiste esta preparación? ¿Será necesario multiplicar las prácticas de piedad, hacer largas meditaciones? De ningún modo: muy bueno y laudable es todo esto, y hasta necesario para el que tiene tiempo, más no todos la tienen. La Iglesia que nos exhorta a todos, cualquiera que sea nuestra condición, a comulgar con frecuencia, es la primera en decirnos que ante todo debemos cumplir con las obligaciones de nuestro estado.

   ¿Qué debemos, pues, hacer para disponernos bien? Vivir cristianamente, es decir, orar atenta y devotamente, elevar con frecuencia nuestro pensamiento a Dios, mantenerse interiormente unidos a él, velar sobre nuestro genio a fin de evitar las faltas ligeras, dedicarnos valerosamente al cumplimiento de nuestros deberes para agradar a Dios, y ejercitarnos en la práctica de la humildad y de la mansedumbre. El género de vida que llevamos, esa es la verdadera preparación para la sagrada Comunión; así como la verdadera acción de gracias está en el buen empleo de las horas del día después que nos hemos alimentado con el pan de los Ángeles.
   ¿Qué es lo que te impide obrar así? ¿Se necesita mucho tiempo para pensar en nuestro Señor, y para amarle? ¿Necesitas mucho tiempo para conservarte puro y bueno y para proponerte en todas tus acciones un fin cristiano que las santifique? ¿Necesitas mucho tiempo para consagrar todos tus pensamientos, afectos y deseos a la mayor gloria de Dios? No se necesita más tiempo para ser bueno que para ser malo, ni para vivir por Jesucristo que para vivir por el mundo.

   “La Comunión frecuente, dice Cornelio Alápide, es la mejor preparación para la Comunión. La Comunión de hoy es una acción de gracias de la de ayer y la mejor preparación para la de mañana con la comunión sucede lo mismo que con la oración: cuanto más se ora, mejor se ora y más gusto se halla en orar.”

   “Así, añade San Alfonso María de Ligorio, aun cuando no hayas tenido tiempo para prepararte porque te lo haya impedido una obra buena o una obligación de tu estado, no dejes por eso de comulgar. Basta con que procures evitar toda conversación inútil y toda ocupación no urgente”

   Esto no quiere decir que deban omitirse las oraciones y los ejercicios de piedad que constituyen la preparación inmediata, así como la acción de gracias también inmediata para la recepción del augusto Sacramento. No, la preparación y la acción de gracias inmediata son del todo necesarias como nos lo enseña el papa Inocencio XI, y con él todos los doctores de la Iglesia y todos los maestros de la vida espiritual. Sin ellas, bien pronto debilitaríase en nuestros corazones el sentimiento de respeto a la sagrada Eucaristía, y no tardaría en extinguirse, o por lo menos en languidecer el espíritu de fe. Si podemos disponer de mucho tiempo, consagrémoslo a la Comunión; más si tenemos poco, como sucede con frecuencia, contentémonos con el necesario, y suplamos con nuestro fervor y devoción las horas que no hayamos podido dedicar a la preparación.

   San Francisco de Sales completa los prudentes consejos que acabamos de consagrar en estas páginas, trazando en su “Introducción” la línea de conducta que sería de desear que todos nosotros observásemos, “La víspera, dice, retírate tan temprano como te sea posible, a fin de que puedas recogerte y orar en paz. Por la mañana al despertarte, saluda de antemano al divino Salvador que te está aguardando. Al ir a la iglesia, ofrece tu Comunión a la santísima Virgen, y recibe luego con el corazon lleno de amor a Aquel que se da por amor.”

   Persuádete de que en esto como en muchas otras cosas querer es poder, y de que como lo desees, seguro encontrarás siempre tiempo y lugar para prepararte y comulgar. ¡Cuántas personas de todas condiciones y edades he conocido que parecían estar materialmente imposibilitadas de comulgar con frecuencia, y que, sin embargo, encontraban, inspirándose en su fervor, medio de satisfacer, los deseos de su piedad!

Un caso ejemplar de que querer es poder:

   He conocido un pobre niño que se veía rigurosamente maltratado por sus brutales e impíos padres, cuando estos sabían que había cumplido con sus deberes religiosos; pues bien, este niño se las componía tan bien que, desde su primera Comunión, no dejaba pasar, por decirlo así, un solo domingo sin recibir la sagrada Eucaristía. Levantábase antes del amanecer, salía secretamente, iba a la iglesia y comulgaba; luego daba gracias por el camino, y volvíase a casa sin que sus padres se hubiesen apercibido de su ausencia.

* * *

   Asimismo conozco en Paris a muchas madres de familia que van cada día, tanto en invierno como en verano a Misa primera, a fin de que estando de vuelta temprano, no cansen molestias con su ausencia ni a sus maridos ni a sus hijos.

   Ten igual buena voluntad; inspírate en iguales sentimientos de fe y de amor, y también tú encontrarás tiempo de recibir frecuente y santamente la divina Eucaristía: Vade, et tu fac similiter. Ve, y haz lo mismo.



“LA SAGRADA COMUNIÓN”

LOS NOVÍSIMOS: (La muerte)




La palabra “Novísimos” (del latín novíssimus — último, postrero) o Postrimerías, significa las últimas cosas que a todos nos aguardan, y son cuatro: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria.

   La meditación seria y frecuente de estas cuatro verdades es el medio mejor para evitar el pecado como dice el Espíritu Santo: En todas tus acciones acuérdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás (Eccli; VII, 40).

   Así como la amenaza del castigo aparta al niño de sus travesuras; del mismo modo el temor de los castigos de la otra vida aparta a muchos hombres del camino de la perdición.

   Se confirma con el ejemplo de innumerables santos, quienes se convirtieron o se perfeccionaron con el pensamiento de la muerte o de los otros Novísimos.

La muerte. – Su naturaleza.

   La muerte es la separación del alma y del cuerpo.

   La unión del alma con el cuerpo, al cual anima y comunica el movimiento y la acción, constituye la vida; al romperse esta unión, el hombre deja de vivir, ha muerto.

   La muerte es para el cuerpo la desaparición absoluta de la sensibilidad: el cuerpo ya no ve nada, no oye nada, no siente nada. Es el estado más humillante y más próximo a la nada por cuanto el cuerpo se descompone y lentamente se deshace, es devorado por los gusanos y se reduce a polvo, cumpliéndose asi las palabras de Dios a Adán prevaricador: “Polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen; III, 19).

   Por lo que toca al alma, la muerte la desata del cuerpo, de donde sale como de una cárcel y súbitamente se halla en la eternidad.

"El gran medio de la oración" San Alfonso María de Ligorio - Audio libro mp3


lunes, 24 de abril de 2017

No me atrevo a comulgar sin confesarme, y no puedo confesarme a cada momento –– Por Monseñor de Segur.




   Y ¿quién te pide esa perpetua confesión? La Iglesia, que nos exhorta encarecidamente a comulgar a menudo y hasta, si es posible, a comulgar cada día, nunca nos ha impuesto la obligación de confesarnos cada vez que comulguemos.

   No hemos de ser más católicos que el Papa, no hemos de crearnos obligaciones que, lejos de habernos sido impuestas, ni siquiera se nos aconsejan. Aún más añado que en el caso presente tu temor es opuesto al espíritu de la Iglesia. No hay más que un caso en que, según el concilio de Trento, haya establecido la obligación de confesar antes de comulgar; a saber: cuando se tiene conciencia de haber cometido un pecado mortal. Pero las almas cristianas que se acercan con frecuencia a los Sacramentos, pocas veces caen en pecado mortal.

   Por lo que toca  sobre aquellas faltas menos graves que se llaman veniales y que son inherentes a la flaqueza humana, la fe nos enseña expresamente que quedan completamente borradas con un acto de amor de Dios y de sincero arrepentimiento; y para facilitarnos todavía más esta purificación, la Iglesia en su solicitud maternal ha establecido, con el nombre de Sacramentales, medios muy sencillos con cuyo empleo quedan purificadas nuestras conciencias: tales son, entre otros, hacer la señal de la cruz con agua bendita, rezar el Padre nuestro, el Confiteor en la misa, etc.

   Y si después de esto titubeases aún en comulgar a causa de algunos pecados veniales que hubieses cometido desde la última confesión, oye al concilio de Trento, la gran voz de la Iglesia católica, declarar que “la sagrada Comunión preserva del pecada mortal y borra las culpas veniales.”

   Medita y comprende bien estas palabras del Concilio; no fué instituida la confesión para borrar las faltas de cada día, sino la Comunión, esa Comunión a la que tienes tanto miedo. Las culpas cotidianas, con tal que te arrepientas sinceramente de ellas, con tal que las detestes, la Comunión las devorará directamente como el fuego devora la paja; el fuego no consume las piedras ni el hierro; pero sí que devora y consume la paja. Ahora bien, las piedras y el hierro son los pecados mortales que solo pueden desmenuzar y reducir a polvo el rudo martillo de la confesión; la paja son esas faltas más graves que por desgracia cometemos cada día, a pesar de nuestros buenos deseos.

   El jansenismo es el que introdujo entre nosotros este temor anticatólico, que, bajo pretexto de mayor santidad, ensalza la confesión a expensas de la Comunión, nos fatiga con una carga abrumadora de escrúpulos, falsea nuestras conciencias, y con tenernos respetuosamente alejados de la Eucaristía, foco vivo y fuente de toda santidad y hace las delicias del diablo.

   Si Dios reina en tu corazón, comulga valerosamente, sin temor, antes bien con gozo, a pegar de tus cotidianas flaquezas. Si fueses a encontrar muy a menudo a tu confesor, podrías tener acaso temor de cansarle; pero yendo a comulgar a menudo y aun cada día, no cansarás a Jesús que tanto te ama: te lo aseguro.



“LA SAGRADA COMUNIÓN”

domingo, 23 de abril de 2017

¡Pureza! En el momento de comulgar




Maestro. –– Como acabas de oír, mi estimado discípulo, Jesucristo quiere y ama a las almas generosas; pero ama y quiere todavía más a los corazones limpios y puros. Él es el cordero que se apacienta entre lirios. La impureza es una mancha asquerosa que aparta las miradas de Jesús, sus caricias y sonrisas. Escucha esta hermosísima comparación:

Sucede con harta frecuencia sobre todo en los niños, llenárseles la cara de llagas y postillas, que deforman sus rosadas mejillas y supuran materias y sangre. Sus madres están apesadumbradas por ello, y también toda la familia. Pero a pesar de todo, les quieren lo mismo, aunque por precaución, y hasta repugnancia, no les pueden acariciar ni besar.  Pues lo mismo sucede con Jesús, cada vez que se ve obligado a entrar en el corazón de aquellos que se presentan a comulgar sin pecado mortal, esto es, en gracia, pero manchados con impurezas, como son los pensamientos desordenados, las miradas un poco libres y curiosas, las conversaciones y palabras incorrectas, los deseos poco castos.

Reprimamos las pasiones todas, pero sobre todo la impureza.

Jesús viene al alma pura como la abeja a la flor. Jesús tiene predilección por ella; la colma de caricias, y se comunica con ella de manera más íntima y completa; hace se deleite con sus gracias escogidas y, frecuentemente se manifiesta a ella en forma visible, durante la vida, con más frecuencia en la hora de la muerte, como un anticipo de gloría.

D. — Por cierto, Padre, que recuerdo haber leído todo esto en la vida de San Juan Bosco, de San José Cafasso, de San José Cottolengo y de muchos otros Santos, que repetidas veces conversaban con Jesús de los asuntos más importantes que tenían, como se suele hacer con los amigos más íntimos.

M. — No solamente los grandes Santos, sino también los pequeños disfrutan muchas veces de estos favores.

En la vida de  San Domingo Savio, se cuenta lo siguiente: Era alumno del Oratorio Salesiano de Don Bosco en Turín, y faltó un día al desayuno, a la clase y a la comida, sin que nadie supiera dónde estaba. Avisaron a Don Bosco. El Santo adivinó en seguida de qué se trataba. Fué a la iglesia y le encontró, en el coro, inmóvil, elevado un palmo del suelo, con un pie apoyado sobre el otro, con una mano puesta en el atril y la otra sobre el pecho, mirando al Sagrario, y con una mirada angelical, imposible de describirse; como si estuviera contemplando una visión suavísima y conversando íntimamente con Jesús en la Eucaristía.

Lleno de admiración, Don Bosco le llama, y no responde. Le toca y entonces el joven, como si despertara de un profundo sueño, exclama: — ¡Oh! ¿Acabó ya la Misa? —Mira —dijo Don Bosco, enseñándole el reloj—, son ya las dos.

Domingo se quedó perplejo y confundido queriendo pedir perdón de la falta que había cometido contra el horario; pero el Santo Fundador del Oratorio le llevó a comer, y, después a la clase, diciéndole:

—Fíjate cuánto te ama Jesús; no te olvides de mí y de las necesidades del Oratorio cuando conversas íntimamente con El.

viernes, 21 de abril de 2017

Meditaciones para los días de la semana “Viernes” –– Por San Pedro de Alcántara.




   Este día meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditación también se confirme más tu ánima en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

   Estas penas, dice San Buenaventura, se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno (según él mismo dice) como un lago oscuro y tenebroso, puesto debajo de la tierra, o como un pozo profundísimo lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentadores y atormentados, con perpetuo llanto y crujir de dientes.

   Pues en este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido y la otra de daño. Y cuanto a la primera, piensa cómo no habrá allí sentido alguno dentro ni fuera de ánima que no esté penando con su propio tormento, porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará el que cada uno de ellos pene con su propio tormento y pague su merecido. Allí los ojos adúlteros y deshonestos padecerán con la visión horrible de los demonios. Allí las orejas que se dieron a oír mentiras y palabras torpes, oirán perpetuas blasfemias y gemidos. Allí las narices amadoras de perfumes y olores sensuales, serán llenas de intolerable hedor. Allí el gusto que se regalaba con diversos manjares y golosinas, será atormentado con rabiosa hambre y sed. Allí la lengua murmuradora y blasfema será amargada con hiel de dragones. Allí el tacto amador de regalos y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, dice Job, del río Cocyto, (lamentación, río del hades)  y entre los ardores y llamas del fuego. Allí la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento, con la representación de los males venideros, y la voluntad, con grandísimas iras y rabias que los malos tendrán contra Dios.  Finalmente, allí se hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar, porque, como dice San Gregorio, allí habrá frío que no se pueda sufrir, fuego que no se pueda apagar, gusano inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bienes. Pues dime ahora: si el menor de todos estos males que hay acá se padeciese por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan recio de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males en todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que pueda sentir ni encarecer esto cómo es?

“LA PRIMERA MISA”. (De un nuevo sacerdote)

El bello grabado que podemos observar, representa el momento en que el nuevo Sacerdote, concluida su primera Misa, recibe en sus brazos y estrecha contra su corazón a su madre amada, la que, como indica su reverente actitud, no ve en aquel instante en el hijo de sus entrañas más que al ungido del Señor, mientras su anciano padre, alejado del grupo, llora de felicidad; gustando todos en aquel supremo instante la dicha intensa y pura por la que han suspirado tanto tiempo, y que no se parece en nada a las dichas de la tierra.



   ¡La primera Misa de un nuevo Sacerdote!... ¡Qué tema tan abundante en profundas consideraciones para un espíritu cristiano! ¡Qué horizontes tan extensos y luminosos presentan a la vista del alma esas palabras, y qué insondables abismos de amor infinito nos muestran!

   ¡Una nueva Misa que se celebra en el mundo! ¿Sabéis lo que esto significa?...

   ¡Jesucristo descendiendo una vez más a la tierra con las manos llenas de los infinitos tesoros de su infinita Misericordia para derramarlos con amor inagotable sobre los infelices pecadores! ¡Jesucristo extendiendo una vez más sus brazos santísimos sobre el mundo, como hace siglos los extendió sobre la Cruz para protegerle y detener la ira de su Eterno Padre, que de otro modo descendería sin cesar sobre la tierra! ¡Jesucristo ofreciéndose otra vez como Victima expiatoria por los pecados del mundo!

   ¡Un alma, muchas almas, muchísimas almas quizá, libradas de los terribles tormentos del purgatorio y convertidas para siempre en moradores del cielo! ¡Un pecador, muchos pecadores arrancados de las garras del demonio; aumento de fe y de fortaleza para los cristianos, multiplicación de las almas puras y santas sobre la tierra, oleadas de bendiciones y de gracias que descienden sobre el mundo, purificándole y disponiéndole para la perfección y la santidad!... ¡Eso, y mucho más que puede concebirse ni expresarse, es lo que significa una Misa más en el mundo!

   ¿Quién pudiera explicar lo que pasa en los cielos y en la tierra en el momento solemne en que el nuevo sacerdote, después de pronunciar con labios trémulos las palabras de la Consagración, levanta en sus manos, temblando de pavor, de amor y de respeto, a Jesucristo?... Dios Padre, conmovido a la vista de Aquél en quien se complace y que se interpone una vez más como medianero entre Él y el mundo, detiene el brazo de su Justicia y derrama a manos llenas sobre la tierra sus bendiciones. El Corazón de María Inmaculada se inunda de gozo al contemplarle, y los ángeles, pasmándose de asombro, rodean el altar y adoran en la tierra, mezclándose con los hombres, al que adoran eternamente en el cielo, mientras crujen y retiemblan en sus quicios las puertas de las horribles mansiones de los réprobos.

   ¡Qué puras, qué inmaculadas, qué santas deben ser las manos del sacerdote, aquellas manos que tocan al que es la Pureza misma y sostienen al que sostiene a la creación con su palabra! ¡Qué pura aquella boca que le recibe, y aquel pecho que le guarda! ¡Qué torrentes de luces y de gracias recibirá aquel corazón en Aquella primera Misa, para que luego las derrame sobre el mundo! ¡Qué ardiente caridad, qué felicidad purísima inundará en aquellos instantes el alma del nuevo Sacerdote!


   Y esa nueva Misa ha de repetirse muchas y muchas veces sobre la tierra, dando gloria al Señor, alivio al purgatorio, santos al cielo y paz a los hombres de buena voluntad. ¡Quién puede comprender los beneficios que recibe el mundo por una sola Misa que se celebre, y los poderosos auxilios de que priva por una sola que deje de celebrarse!



TEÓFILO.


Tomado de “Lectura dominical” Apostolado de la Prensa.

jueves, 20 de abril de 2017

Sobre el segundo mandamiento (meme)


Meditaciones para los días de la semana “Jueves” –– Por San Pedro de Alcántara.




   Este día pensarás en el Juicio final, para que con esta consideración se despierten en tu ánima aquellos dos tan principales afectos que debe tener todo fin cristiano, conviene a saber: temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

   Piensa, pues, primeramente, cuán terrible será aquel día en el cual se averiguarán las causas de todos los hijos de Adán, y se concluirán, los procesos de nuestras vidas, y se dará sentencia definitiva de lo que para siempre ha de ser. Aquel día abrazará en sí los días de todos los siglos presentes, pasados y los venideros, porque en él dará el mundo cuenta de todos estos tiempos y en él derramará la ira y saña que tiene recogida en todos los siglos. Pues que tan arrebatado saldrá entonces aquel tan caudaloso río de la indignación divina, teniendo tantas acogidas de ira y saña, cuantos pecados se han hecho dende el principio del mundo.

   Lo segundo, considera las señales espantosas que precederán a este día, porque (como dice el Salvador) antes que venga este día habrá señales en el sol y en la luna y en las estrellas, y, finalmente, en todas las criaturas del cielo y de la tierra. Porque todas ellas sentirán su fin antes que fenezcan, y se estremecerán y comenzarán a caer primero que caigan. Más los hombres, dice, andarán secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos espantosos de la mar, y viendo las grandes olas y tormentas que levantará, barruntando por aquello las grandes calamidades y miserias que amenazan al mundo con tan temerosas señales. Y así andarán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de la muerte muertos y antes del juicio sentenciados, midiendo los peligros con sus propios temores, y tan ocupados cada uno con el suyo, que no se acordará del ajeno, aunque sea padre o hijo. Nadie habrá para nadie, porque nadie bastará para sí solo.

   Lo tercero, considera aquel diluvio universal de fuego que vendrá delante del juez, y aquel sonido temeroso de la trompeta que tocará el Arcángel para convocar todas las generaciones del mundo a que se junten en su lugar y se hallen presentes en juicio; y, sobre todo, la majestad espantable con que ha de venir el Juez.

miércoles, 19 de abril de 2017

De cómo el Beato Sebastián de Aparicio practicaba las virtudes en su oficio de labrador, y de las tentaciones y asechanzas del demonio para impedir dicha virtudes.




   Comenzó nuestro Sebastián a enriquecerse en el oficio de labrador mediante el asiduo trabajo y el esmerado esfuerzo que ponía en su desempeño, llegando a adquirir fama de opulento entre los de su misma carrera o profesión. Pero dados sus principios de virtud y mortificación, cuanto más aumentaban sus riquezas, menos disfrutaba de ellas, privándose de las comodidades que suelen traer aparejadas.

   Su conducta a los ojos de los mundanos era verdaderamente extraña, pues lejos de buscar con el dinero comodidades y satisfacciones, parecía gastarlo en la búsqueda de penalidades y mortificaciones. No obstante su mucha riqueza, su alimento diario consistía en unas pocas tortillas de maíz, sazonadas con chiles deshechos en agua, a lo que añadía en los días festivos un poco de carne de res; su bebida invariablemente era el agua. Su cama era una delgada estera o simple petate, extendido en la dura tierra, sobre el cual se entregaba al descanso durante algunas horas de la noche, cuando dormía en su casa, porque muchas noches cuando salía a velar y vigilar sus sembrados, dormía sobre su caballo, arrimando la cabeza a una vara larga de la que se servía como arma para ahuyentar a las bestias y animales que causaban perjuicios en la finca. Su vestido era sencillo y muy modesto; y vivía completamente alejado de los pasatiempos y diversiones del mundo.

   La gran sinceridad con que practicaba todas y cada una de estas cosas, ponía a salvo su humildad, pues su misma sencillez hacía que los hombres no las atribuyesen a virtud ni reflexionasen sobre el fondo de bondad de donde procedían, por donde puede comprenderse que quedaba reservado para sólo Dios el conocimiento de las virtudes que practicaba en su interior, tales como la presencia de Dios, el amor divino, su continua oración y la contemplación de los misterios de nuestra sacrosanta religión.

   Si la humildad de Sebastián ocultaba estas virtudes ante los hombres, no sucedía lo mismo con el demonio, nuestro común enemigo, que ya estaba receloso de la piedad del siervo de Dios y había comenzado a poner por obra todos los medios que le sugería su astucia, para separarle de sus santos propósitos, como puede verse en los casos que anotamos a continuación:

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO IV - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Todo eso será verdad, pero mi razón protesta la ciencia, de... de... de...

FRANCISCO: —Basta con lo dicho, y no tartamudees más, querido Adolfo. ¡Qué razón ni qué calabazas! Las pasiones son las que rechazan el infierno. ¿Pero la razón? ¡Pues qué! ¿Los que creemos en él somos irracionales? ¿Lo eran los santos y los sabios todos del Catolicismo? ¡Qué diantre! (Qué demonios). Estáis siempre a vueltas con la razón los que tenéis de ella la cantidad indispensable para ser hombres, y no hacéis caso de usar bien de ella para discurrir. Dime: ¿No tenemos todos, civilizados y bárbaros, grabada en nuestros corazones una ley que nos manda adorar a Dios Criador, amar al prójimo como a nosotros mismos; que nos veda blasfemar el santo nombre del Señor y no causar a nuestros hermanos daño en su bienes y en su personas?

ADOLFO: —No lo niego, así me lo dicta mi conciencia.

FRANCISCO: —Luego esta ley debe tener su sanción, es decir, debe estimular a su guarda con la esperanza del premio, e impedir con el temor del castigo su infracción.

ADOLFO: —Basta por toda sanción, Francisco, el testimonio de la conciencia, que consuela al que obra bien y atormenta con su torcedor al que se entrega al crimen. Recuerdo que oí en cierta ocasión a un jesuita un hecho que viene en apoyo de esta verdad. “Una mañana, dijo, se postró a mis pies un gran criminal, el cual, entre otros gravísimos pecados, confesó que había cometido dos horrendos asesinatos, el uno sin cómplice, y el otro con ayuda de un joven tan desalmado como él. Por favor de Dios o desgracia suya, el homicida quedó libre, al paso que su compañero cayó en manos de la justicia y fué condenado a muerte. Cuando dieron a éste públicamente garrote vil, el otro estaba presente contemplando la ejecución; pero, a pesar de gozar libertad completa, no tenía un momento tranquilo. El gusano roedor no le dejaba punto de reposo. Cuando veo, decía, un Guardia civil, ya me tiemblan las rodillas, temeroso de que vengan a prenderme. Mis crímenes me persiguen por doquiera como al fratricida Caín. Ni aun en la misma cama duermo en paz, porque estoy con la inquietud de que, soñando, se descubra mi delito, lo sepa mi esposa y me delate.” ¿No es éste castigo suficiente para un hombre facineroso?

FRANCISCO: —Algo es, pero no suficiente, porque sin el temor del infierno, o no habría remordimientos, o no serían suficientes a refrenar pasiones violentas. ¿Por qué temía tanto ese criminal? ¿Por qué tiemblan muchos, y no tienen momento de descanso aunque estén seguros de la justicia humana? ¡Ah! Temen, sin darse tal vez cuenta de ello, él más allá, al Juez terrible que espera más allá de la tumba, y al que no pueden sobornar y del que no pueden huir. Además enseña la experiencia que, a medida que se van echando callos en la maldad, se van apagando los gritos de la conciencia, hasta morir casi por completo su gusano roedor. Y si dices que para estos criminales está la humana justicia como instrumento de la ley natural, te contestaré: ¡Buena está la humana justicia! ¿Qué crímenes venga esa justicia? Si lo examinas siquiera someramente, hallarás que, aunque alguna que otra vez impone un escarmiento, por lo común no castiga más que a los débiles y desamparados. Observa lo que pasa en nuestros tiempos, y tendrás que convenir conmigo en que, en tanto que grandes ladrones, después de haberse enriquecido con la sangre de los pobres, gastan lujosos coches y banquetean tranquilos, otros pobrecitos que, acosados por la miseria, robaron unas pesetas y a veces algunos céntimos, arrastran en los presidios pesadas cadenas y son maltratados como viles animales. ¿Has visto muchas levitas en los presidios? Y, sin embargo, bajo muchas buenas levitas se ocultan muchos perdidos. ¿Dónde está, pues, la justicia y recta sanción de la ley natural? No, amigo; no bastan los remordimientos y humanos castigos para contener al hombre en el cumplimiento de sus deberes; es menester el temor de unas penas que no se acaban jamás. ¿Acaso no fué éste el sentir, no digo de todos los doctores católicos, que esto ya lo dijimos al principio de nuestra discusión, sino de todos los que brillaron en el mundo por su ilustración y saber?

domingo, 16 de abril de 2017

Comulgad con frecuencia (para que Cristo no os diga: “No te conozco”)



Discípulo. — Padre, ¿será posible la repetición de estos ejemplos de generosidad?

Maestro. — Ya lo creo; se pueden y se de ben repetir donde haya almas generosas, llenas de fe y de amor a Jesucristo.

D. –– Pero no en todas partes se encuentran párrocos tan celosos ni jóvenes de tanta virtud.

M. — Si no hay párrocos ni jóvenes tan entusiastas y cristianos, debería haberlos. La falta de ellos es por sí mismo un verdadero castigo y tal vez llega a ser prueba evidente de que Dios les ha abandonado.

Comunismo, socialismo y masonería, malas costumbres, irreligión, ¿no son pruebas evidentes del abandono de Dios y el camino cierto que a este abandono conduce?

Démonos prisa para reparar los daños; el camino más seguro es la Comunión. Lo aseguró Jesucristo por boca de su Vicario en la tierra, el Papa Pío X, llamado el Papa de la Eucaristía.

Escucha la historia. Este Papa, en pocos años, desde el 1905 al 1910, promulgó hasta ocho decretos para estimular a todos, hasta a los niños y enfermos, a que comulgaren con frecuencia, apartando dificultades y concediendo favores a todos. Pues bien, a los pocos días de lanzar el último decreto, mientras daba gracias después de la Misa, hízose en su aposento un gran resplandor, y en medio de su luz se le apareció Jesucristo, quien, congratulándose con él, le dijo: —Muy bien, mi buen Vicario; estoy contento de tu obra, de la Comunión frecuente de los niños y de los adultos.

Y haciendo hincapié sobre lo que decía, añadió: —Pero todavía no basta, debe continuar aún, porque la salvación del mundo en los tiempos que corren está basada en la Sagrada Comunión.

D. — Admirable, Padre; y ¿es fidedigno este relato?

M. — Sin duda, pues así lo ha hecho público y lo ha asegurado el Cardenal Merry del Val, entonces secretario de Estado, que presenció en parte la aparición.

Calcula, pues si después de tales testimonios nos hemos de formar una gran Cruzada de cristianos que sean generosos con la Comunión frecuente y estén siempre dispuestos a decir: —Si es voluntad de Dios, si lo quiere asi el Vicario de Jesucristo, el Papa, también nosotros lo queremos por encima de los mayores sacrificios.

Por el contrario, siendo negligentes en la Comunión frecuente, corremos el grave riesgo de que más tarde nos dirija Jesucristo en el juicio particular el terrible y bochornoso anatema: — ¡No os conozco!

La Resurrección del Señor. –– Por Fray Luis de Granada.




    Acababa ya la batalla de la Pasión, cuando aquel dragón infernal pensó que había alcanzado victoria del Cordero, comenzó a resplandecer en su alma la potencia de su Divinidad, con la cual nuestro león fortísimo descendió a los infiernos, y, vencido y preso aquel fuerte armado, lo despojó de la rica presa que allí tenía cautiva, para que, pues el tirano había acometido a la cabeza sin tener derecho a ella, perdiese por vía de justicia el que pensaba tener en los miembros.

   Entonces el verdadero Sansón, muriendo, mató sus enemigos. Entonces el Cordero sin mancilla, con la sangre de su testamento sacó sus prisioneros del lago donde no había agua. Entonces el verdadero David, con la espada de Goiás, cortó la cabeza a Goiás, cuando el Salvador con la muerte venció al autor de la muerte, el cual, por medio de ella, llevaba todos los hombres cautivos a su reino.

   Habida, pues, esta tan gloriosa victoria, al tercero día el autor de la vida, vencida la muerte, resucitó de los muertos; y así salió el verdadero José de la cárcel del infierno por voluntad y mandamiento del Rey soberano, trasquilados ya los cabellos de la mortalidad y flaqueza y vestido de ropas de hermosura e inmortalidad.

   Aquí tienes luego que considerar la alegría de todos los aparecimientos que hubo en este día tan glorioso, que son: la alegría de los Padres del Limbo, a quien el Salvador primeramente visitó y sacó de cautivos; la alegría de la Sacratísima Virgen nuestra Señora; la alegría de aquellas santas mujeres que le iban a ungir al sepulcro, y la alegría también de los discípulos, que tan desconsolados estaban sin su Maestro y tanta consolación recibieron en verle resucitado.


  Pues, según esto, considera primeramente qué tan grande sería la alegría de aquellos Santos Padres del Limbo en este día, con la visitación y presencia de su libertador y qué gracias y alabanzas le darían por esta salud tan deseada y esperada.

   Dicen los que vuelven de las Indias orientales a España, que tienen por bien empleado el trabajo de la navegación pasada, por la alegría que reciben el día que entran en su tierra.

   Pues si esto hace la navegación y destierro de un año o de dos años, ¿qué haría el destierro de tres o cuatro mil años, el día que recibiesen tan gran salud y viniesen a tomar puerto en la tierra de los vivientes?

   Pues la alegría que la Sacratísima Virgen recibió este día con la vista del hijo resucitado, ¿quién la explicará?

viernes, 14 de abril de 2017

De cómo fue Crucificado el Salvador –– Por Fray Luis de Granada.





Llegado el Salvador al monte Calvario, fue allí despojado de sus vestiduras, las cuales estaban pegadas a las llagas que los azotes habían dejado. Y al tiempo de quitárselas es de creer que se las desnudarían aquellos crueles ministros con inhumanidad, que volverían a renovarse las heridas pasadas y a manar sangre por ellas.

  Pues ¿qué haría el bendito Señor cuando así se viese desollado y desnudo? Parece que levantaría entonces los ojos al Padre, y le daría gracias por haber llegado a tal punto que se viese así tan pobre, tan deshonrado y desnudo por su amor.

   Estando Él, pues, así, mándale extender en la Cruz, que estaba tendida en el suelo, y obedece Él como cordero a este mandamiento, y acuéstese  en aquella cama que el mundo le tenía aparejada, y entrega liberalmente sus pies y manos a los verdugos para el tormento.

   Pues cuando el Salvador se viese así tendido sobre la Cruz y sus ojos puestos en el cielo, ¿qué tal estaría su piadoso corazón? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría en este tiempo?
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