sábado, 16 de febrero de 2019

DE LA PAZ INTERIOR Y VERDADERA SENDA DEL PARAÍSO – Por El V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano. (Cap. III y IV)





CAPÍTULO III.

   Que esta habitación pacifica de corazón se ha de edificar poco a poco.

   Pondrás todo el desvelo y cuidado posible, como se te ha dicho, en no dejar que se turbe tu corazón, o se mezcle en cosa que lo inquiete; y así trabajarás siempre en conservarlo pacífico y quieto; porque de esta suerte el Señor edificará en tu alma una ciudad de paz, y tu corazón será verdaderamente una casa de placeres y delicias. Solamente quiere y desea de tí, que cuando se altere o turbe tu espíritu, procures calmarlo y pacificarte en todas tus operaciones y pensamientos. Pero así como no se edifica en un solo día una ciudad, así no pienses que en un solo día podrás adquirir esta paz interior: porque todo esto no es otra cosa que edificar una casa al Señor, y un tabernáculo al Altísimo, haciéndole templo suyo; y el mismo Señor es el que lo ha de edificar, pues de otra suerte seria vano y sin fruto tu trabajo. (Salmo, CXXVI). Considera que el principal fundamento de este ejercicio ha de ser la humildad.

CAPÍTULO IV.

Que el alma debe negarse a toda consolación y contento, porque en esto consiste la verdadera humildad y pobreza de espíritu con que se adquiere esta paz interior.

   Si deseas entrar por esta puerta de la humildad, que es la única que se halla, debes trabajar con todo el esfuerzo y diligencia posible, principalmente en el principio, en abrazar las tribulaciones y cosas adversas, como a tus más queridas hermanas, deseando ser despreciado de todos, y que no haya alguno que te favorezca o te consuele, sino solamente tu Dios. Procura fijar y establecer en tu corazón esta máxima: Que sólo Dios es tu bien, tu esperanza y tu único refugio, y que todas las demás cosas son para ti espinas que si las acercas al corazón, no podrán dejar de herirte y lastimarte. Cuando recibas alguna afrenta, súfrela con alegría, y gloríate en ella, teniendo por cierto que entonces está Dios contigo. No desees o busques jamás otra honra que padecer por su amor y por su gloria. Pon todo el estudio posible en alegrarte cuando alguno te dijere palabras injuriosas, o te reprendiere o te despreciare; porque es grande y muy precioso el tesoro que se halla escondido en este polvo, y si lo tomas con gusto te hallarás rico en breve tiempo, sin que lo advierta el mismo que te hace este presente.

   No procures ni quieras jamás ser conocido y estimado de alguno en esta vida, para que todos te dejen solo padecer con Cristo crucificado, sin que alguno te lo impida.

   Guárdate de tí mismo, como del mayor enemigo que tienes en este mundo. No sigas tu voluntad, tu parecer o capricho, si no quieres perderte. Por esta causa necesitas precisamente de armas para defenderte de tí mismo; y así todas las veces que tu voluntad se inclinare a alguna cosa, aunque sea no solamente licita, sino santa, la pondrás primeramente sola y desnuda delante de Dios con profunda humildad, diciéndole que en ella se haga y cumpla, no tu voluntad, sino la suya, y ejecutarás esto con fervientes y encendidos deseos, sin alguna mezcla de amor propio, conociendo siempre que de tí nada tienes y nada puedes. Guárdate de todas aquellas opiniones y sentimientos propios que llevan consigo apariencia y especie de santidad y celo indiscreto, del cual dice el Señor: Guardaos de los falsos profetas que vienen en traje de corderos, y son lobos voraces: de sus frutos los conoceréis (Mateo, VII, 15,16): sus frutos son: dejar en el alma ansia, inquietud y afán.

   Todas las cosas que te distraen y apartan de la humildad y de esta paz y quietud interior con cualquiera color o causa, son los falsos profetas, que en figura de corderos, esto es, con color de celo, y de ayudar al prójimo indiscretamente, son lobos voraces que te roban la humildad, y aquella paz y quietud que es tan necesaria al que verdaderamente desea aprovechar; y cuanto mayor apariencia de santidad tuviere la cosa, con tanto mayor cuidado y diligencia deberás examinarla, y siempre con mucha paz y quietud interior, como se ha dicho. Pero si tal vez faltares en alguna de estas cosas, no te turbes, sino humíllate delante del Señor, y reconoce tu flaqueza, y queda advertido y enseñado para lo venidero; porque Dios por ventura lo permite, a fin de humillar alguna soberbia que en tí se halla oculta, y tú no la conoces. Si en alguna ocasión sintieres herida el alma de alguna aguda y venenosa espina, no por esto le turbes o inquietes; mas vela con mayor atención y cuidado, para que no pase y penetre dentro; retira y separa entonces con suavidad y dulzura tu corazón, y restitúyelo a su primera calma, conservando tu alma pura y sin tacha a los ojos de Dios, al cual hallarás siempre en el fondo de tu corazón por la rectitud de tu intención, persuadiéndole que todo esto sucede para prueba y ejercicio tuyo, para que de esta suerte te hagas capaz de tu bien, y merezcas la corona de justicia, que su infinita misericordia te tiene preparada.



“COMBATE ESPIRITUAL”
POR  EL V, P. D. LORENZO ESCUPOLI,
DE LA ÓRDEN DE LOS PP. CLÉRIGOS REGULARES
DE SAN CAYETANO.





domingo, 3 de febrero de 2019

MILAGROS ADMIRABLES DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES – Por Monseñor de Segur.





NOTA: Si están enfermos no dejen de leer estos casos milagrosos de curaciones por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.




De cómo la fe sencilla y firme de una pobre mujer de Tarbes, obtuvo desde el principio grandes favores de Nuestra Señora de Lourdes.

   He aquí algunos sucesos que se remontan a los principios mismos de las maravillas de la Gruta de Lourdes.

   Por mucho tiempo han sido ignorados del público, y acaso fueron relegados al olvido si la lectura de los Annales no hubiera hecho comprender a las personas curadas el deber que tenían de manifestarlos al público (*): Tomamos estos conmovedores relatos de los Annales de Lourdes (Marzo de 1871), que se publican con la aprobación del Obispo de Tarbes.

I

   La primera de estas personas es una humilde obrera de Tarbes llamada Francisca Majesté. No tenemos de informe más testigo que ella misma pero éste basta. Lleva impresa en su rostro la señal de un alma inocente, recta, inteligente, modesta. Su palabra es grave, y cincuenta años de una vida irreprochable y piadosa le dan autoridad.

   Cerca de tres años antes de las Apariciones de Lourdes, estuvo sujeta a suspensiones momentáneas de la vista. Ocurríale esto de repente, sin que nada hiciera presentir su aproximación; de pronto una niebla espesa cubría sus ojos y los oscurecía rápidamente, y luego la luz desaparecía. Francisca, entonces sumergida  en una noche profunda, se quedaba estupefacta; frotábase los ojos y esperaba a que apareciese de nuevo la claridad, lo que sucedía poco después. En lo demás, no sentía ningún dolor ni alteración sensible en los ojos.

   Consultó con un médico, quien después de varios experimentos, como ella le instara para saber toda la verdad, le dijo: “–Debo declarároslo; creo que no puedo nada. –Pero ¿piensa Usted que me quedaré ciega? –No sé”

   Estas respuestas eran dolorosas, pero ella las había solicitado porque prefería conocer la realidad de su situación. Desde aquel día la pobre mujer, asustada, temblaba de miedo de perder enteramente la vista.

   Ella estaba familiarizada con el dolor, porque su vida había sido una cadena casi continua de enfermedades; más de todas las pruebas pasadas ninguna la había apesadumbrado como ésta. ¡Ciega!... Antes quería morir.

   Los rumores de la Aparición de Massabielle llegaron a sus oídos. Cuando se confirmaron, creyó con fe sencilla y firme en la Providencia. “Para Dios nada hay imposible, decía, y El no permitirá que seamos así engañados.”

   Oyó hablar de curaciones milagrosas, y una vaga esperanza pasó por su corazón, pero sin inclinarla todavía a hacer el ensayo. Dijéronla varias veces: “Francisca, Usted que es tan piadosa, ¿no piensa ir a buscar su curación a la Gruta de Lourdes?”  Y ella contestaba “Todavía no siento la confianza necesaria; si Dios me la envía iré.” Hizo esfuerzos para merecerla, y Dios se la dio un día se sintió muy inclinada ir a la Gruta; la esperanza llenaba su alma, y ella, comprendiendo que esta inspiración venía de Dios, dispuso el viaje en los primeros días de Mayo de 1858.

   Francisca no había visto la Gruta. Cuando divisó la roca santificada por la presencia de la Virgen Inmaculada, su alma se conmovió profundamente. Un fervor muy sensible la inundó de gozo, y su oración era tan dulce que no podía apartarse de allí. Se lavó los ojos devotamente con el agua milagrosa y con una fe grande en su virtud sobrenatural, y mientras la bebía, su corazón decía: “¡Curaré!...”

   Desde este momento ni una sola vez, ni un solo segundo se ha ocultado la luz a sus ojos. En ninguna parte, en doce años, le ha hecho pararse la suspensión, de la vista como en otro tiempo.

   Francisca tenía también largo tiempo en una de sus rodillas un tumor como del tamaño de un huevo de pato que no la molestaba porque de ordinario no le dolía, y sólo le incomodaba algo para rezar porque entonces tenía la rodilla en el aire. Esta dificultad la hizo pensar en la Gruta, y se dijo a sí misma sin ningún sentimiento marcado: “Puesto que me hallo aquí voy también a lavar el tumor.”  Hecho esto fué a arrodillarse enteramente sin la menor molestia; pero absorta por la alegría de su oración y por el pensamiento de sus ojos, en su convicción curados para siempre, no pensó ya en el tumor. Continuaba siempre que rezaba haciéndolo hincada con ambas rodillas en el suelo, y sólo al cabo de algunos días miró su tumor. Este no existía ya, y no volvió a aparecer.

II

viernes, 1 de febrero de 2019

DE LA PAZ INTERIOR Y VERDADERA SENDA DEL PARAÍSO – Por El V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano. (Cap. I y II)





CAPÍTULO I.

   Cuál sea la naturaleza del corazón humano, y cómo debe ser gobernado.

   El corazón del hombre ha sido criado únicamente para ser amado y poseído de Dios, su Criador. Siendo, pues, tan alto y tan excelente el fin de su creación, se debe considerar como la principal y la más noble de todas sus obras. De su gobierno depende la vida o la muerte espiritual. El arte de gobernarlo no es difícil; porque siendo propiedad suya hacer todas las cosas por amor, y nada por fuerza, basta que veles dulcemente y sin violencia sobre sus movimientos, para que hagas de él cuanto quisieres.

   Por esta causa debes primeramente fundar y establecer de manera la intención de tu corazón, que de lo interior proceda lo exterior; porque si bien las penitencias corporales, y lodos los ejercicios con que se castiga y aflige la carne, no dejan de ser loables, cuando son moderados, con discreción, y como conviene a la persona que los hace: no obstante, no adquirirás jamás por solo su medio alguna virtud, sino ilusión y viento de vanagloria, con que pierdas enteramente tu trabajo, si de lo interior no fueren animados y reglados semejantes ejercicios.

   La vida del hombre no es otra cosa que guerra y tentación continúa. Por esta causa has de velar siempre sobre ti misma, y guardar tu corazón, para que se conserve siempre pacífico y quieto; y cuando advirtieres que en tu alma se levanta algún movimiento de inquietud sensual, procurarás con toda diligencia reprimirlo luego, pacificando tu corazón, y no permitiéndole que se desvíe o tuerza a alguna de las cosas que lo perturban. Esto ejecutarás todas las veces que sintieres alguna inquietud, ya sea en la oración, ya en cualquiera otro tiempo; pero advierte, que todo esto se ha de hacer con suavidad y dulzura, y sin alguna fuerza o violencia. En suma, el principal y continuo ejercicio de tu vida ha de ser pacificar tu corazón, cuando se hallare inquieto y turbado; porque en este estado no podrás orar bien, si primero no lo sosiegas y restituyes a su primera tranquilidad.

CAPÍTULO II.

   Del cuidado que debe tener el alma de pacificarse y adquirir una perfecta tranquilidad.

   Esta atención o centinela de paz sobre tu corazón te llevará a cosas grandes sin alguna dificultad o trabajo; porque con ella velarás de tal suerte sobre ti mismo, que te acostumbres a orar, a obedecer, a humillarte y a sufrir sin inquietud las injurias y menosprecios. No es dudable que, antes que llegues a conseguir esta paz interior, padecerás mucha pena y trabajo, por no estar ejercitado; pero quedará siempre tu alma muy consolada en cualquiera contradicción que la suceda; y de día en día aprenderás mejor este ejercicio de sosegar y pacificar tu espíritu: y si tal vez te hallares tan atribulado y tan inquieto, que te parezca imposible recobrar la paz interior, recurre luego a la oración y persevera en ella, a imitación de Cristo nuestro Señor, que oró tres veces en el huerto ( Mateo, XXVI) , para enseñarte con su ejemplo, que nuestro único recurso y refugio ha de ser la oración; y que aunque te sientas muy contristado y pusilánime, no debes dejarla, sino continuarla con perseverancia , hasta que reconozcas que tu voluntad se halle enteramente conforme con la de Dios, y por consiguiente devota y pacífica, y juntamente fuerte, generosa y atrevida para recibir y abrazar con gusto lo mismo que antes temía y aborrecía, como hizo nuestro Redentor: Levantaos, y vamos: que llega el que me ha de entregar. (Mateo, ibid.)


“COMBATE ESPIRITUAL”

POR  EL V, P. D. LORENZO ESCUPOLI,
DE LA ORDEN DE LOS PP. CLÉRIGOS REGULARES

DE SAN CAYETANO.

martes, 29 de enero de 2019

BLASFEMIA – Por Cornelio A Lápide.




Lo que es la blasfemia y su enormidad.

   La blasfemia es una palabra injuriosa a Dios, a la sagrada Virgen, a los santos, o a las cosas santas. “No profanéis el nombre de vuestro Dios” (Levítico. XVIII. 21). Sea castigado con la pena de muerte el blasfemo del nombre del (Levítico. XXIV. 10.)

   ¿Sabéis, dice Isaías, de quién habéis blasfemado, y contra quien levantasteis la voz? contra el Santo de Israel: (XXXII. 23).

   Los que blasfeman de Jesucristo que reina en el cielo, no son menos pecadores que los que le crucificaron en la tierra, dice San Agustín (I).

   La boca del blasfemo está llena de maldición, dice el Salmista: (IX. 7). Mi nombre, dice el
Señor por medio de Isaías, es blasfemado diariamente: (LII. 5).

   El blasfemo es un insensato...; un loco furioso...; siembra el escándalo Es un reprobado...; un demonio...

   El lugar en donde se blasfema se parece al infierno...

Castigos que atrae la blasfemia

   Lo que prueba cuán grande es el crimen que comete el blasfemo,  son los castigos que le aguardan.

sábado, 5 de enero de 2019

San Andrés Bobola (Su martirio – Descripto por el Cardenal Pie) Una breve pero impresionante lectura.




   El caso del jesuita polaco Andrés Bobola, (…) es realmente impresionante. Capturado por los cosacos cismáticos, éstos se ensañaron con él y le hicieron revivir, paso a paso, la Pasión de Cristo. Un martirio tan cruel como hermoso no podía no excitar la elocuencia de Pie. Transcribamos algunas líneas de la emocionante descripción que nos ha dejado:

   Considerad a estos caníbales haciendo en el cuerpo palpitante del noble misionero mutilaciones jamás vistas en ninguna carnicería, y sazonando su crueldad con burlas impías. “Sacerdote latino, no tienes sino una pequeña tonsura: te haremos una más grande”; y los Cosacos, dibujando sobre la cabeza de Bobola un círculo con un cuchillo, tiran de su cuero cabelludo y lo arrancan con violencia.
“Vamos a mostrarte cómo haces en la Iglesia romana: con tus manos, das vuelta las hojas del libro en el altar, así te daremos vuelta la piel”; y entonces despellejan esas manos que nunca se alzaron sino para bendecir, separan los músculos, cortan sus articulaciones. “Es sacerdote, agregan, hay que darle una casulla”; y habiéndolo arrojado sobre una mesa, le quitan de a pedazos toda la piel de la espalda y luego esparcen sobre esa gran herida manojos de paja picada: “Papista, le dicen, nunca has oficiado con un ornamento tan hermoso.” Le cortan la nariz, los labios; ya no queda rostro de hombre; sin embargo su furor no está saciado. “Es un monstruo, gritan sus verdugos, pero le faltan las garras; vamos a ponerle garras”; y cortando astillas de madera de pino, las hunden bajo las uñas de las manos y de los pies. Pero como el mártir tenía aún suficiente fuerza para invocar la misericordia divina, y para conjurar a los cismáticos a convertirse a la pureza de la fe católica y a la unidad de la Iglesia romana, se precipitan por última vez sobre su víctima, le abren en la parte posterior del cuello una herida ancha y profunda, y por esa abertura extraen la lengua del apóstol, esa lengua a la vez tan docta y tan suave, y habiéndola mostrado como un trofeo, la arrojan a lo lejos con desprecio. Andrés respiraba aún. El jefe de los Cosacos terminó su suplicio con un golpe de sable. 159

   Una nación como Polonia, a la que dos siglos de persecuciones no han podido vencer, observa Pie, una nación cuya fe es inexterminable como su patriotismo, es una nación evidentemente sostenida de lo alto. “Cuando leo el relato de la conservación milagrosa de los restos sagrados de Bobola -concluye-, cuando considero ese cuerpo horriblemente desfigurado y sin embargo incorrupto, ese conjunto de miembros mutilados y esa flexibilidad semejante a la de la carne viva, esos signos reunidos de vida y de muerte, ese aroma suave que brota de un lienzo en disolución, me digo a mí mismo: Tal asociación de suplicio y de gloria, de vida y de muerte, es la imagen viva y natural de la Polonia entera, de ese pueblo de mártires y de héroes, siempre torturada y siempre conservada, de esa nación que se diría embalsamada en su sangre, y cuyas heridas exhalan un aroma de vitalidad y de triunfo.”


EL CARDENAL PIE. Lucidez y coraje al servicio de la verdad.

Por Alfredo Sáenz S. J.


GLADIUS. Buenos Aires  2007.



Recomendamos compre este libro si lo ve, es una obra muy aleccionadora. Tal vez más que nunca para el tiempo en que vivimos.

martes, 25 de diciembre de 2018

“Misa del Gallo” Sermón del R. P. Nicolás López Badra (prior). Priorato Nuestra Señora de Itatí. Capilla San Miguel Arcángel. FSSPX. Corrientes – Argentina.





La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo

(1ª Clase - Ornamentos blancos)

1ª MISA - MISA DEL “GALLO”

EVANGELIO SAN JUAN (I, 1-14)

   EN el principio existía el verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por El fueron hechas todas las cosas: y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas: en Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres: y esta luz resplandece en medio de las tinieblas, más las tinieblas no la han recibido. Hubo un hombre enviado de Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que por él todos creyesen. No era él luz, sino el que había de dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, más el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dióles potestad de llegar a ser hijos de Dios: los cuales nacen no de la carne, ni de concupiscencia de la carne, ni de concupiscencia de hombre, sino de Dios. (Se hace genuflexión): Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ EN MEDIO DE NOSOTROS: y nosotros hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.



martes, 18 de diciembre de 2018

“La intercesión individual y social de Nuestra Señora” – Tomado de las obras del CARDENAL PIE, comentarios a cargo del Padre Alfredo Sáenz S. J.




   En varios de los sermones donde comparece la figura de Nuestra Señora, Mons. Pie destaca su carácter de abogada, “madre de la santa esperanza”. La entera tradición de los Padres y Doctores coincide en que el amor a María es una señal, la más cierta, de predestinación. La salvación depende de la caridad, y Nuestra Señora es la madre del amor hermoso, mater pulchrae dilectionis (Eccli 24, 24). Al engendrar a Cristo, dio a luz al amor divino encarnado, convirtiéndose en madre de la caridad y del amor hermoso en cuanto principio general. Pero lo es también con respecto al nacimiento particular de la caridad en el corazón de cada uno de los hombres.

   La intercesión salvadora de María no se limita tan sólo al plano personal. Es ella también la que mejor conducirá el mundo entero a Dios, la que llevará de nuevo a las naciones hasta el corazón de Jesucristo. A una sociedad desde hace tanto tiempo mutilada, o mejor, decapitada, no será sino ella quien le devolverá su verdadera cabeza, que es Cristo.

   Nuestra Señora será la mejor consoladora de los buenos en su combate por la realeza social de su Hijo. La debilidad, observa Pie, se advierte por doquier, en los individuos, en los pueblos, e incluso entre los mismos católicos. Es cierto que el número de los perversos es ingente, mucho mayor que en otras épocas. Sin embargo, los malvados constituyen un pequeño número en comparación con los débiles. Y lo que resulta espantoso es que la debilidad está en las inteligencias más aún que en las voluntades y en el carácter; o mejor, las voluntades están sin fuerza, sin decisión, porque las inteligencias carecen de luz, de convicción. “Nuestro tiempo tiene la pretensión de ser el tiempo de los espíritus fuertes; la historia lo llamará el tiempo de los espíritus débiles. La «pusilanimidad», tal es justamente la palabra adecuada. Las almas son pequeñas, sin altura, sin amplitud, sin anchura, sin profundidad; carecen de firmeza, de consistencia.”

   Pues bien, frente al espectáculo de esta multitud de cobardes, Pie clama con toda su alma: Sancta María, juva pusillanimes (Santa María, ayuda a los pusilánimes), pidiéndole que venga en ayuda de este mundo de apocados. Ella, que ha dado a luz al Verbo, que es el poder y la sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 24), hará que Cristo habite por la fe en nuestros corazones (cf. Ef 3, 17); y “un alma ya no es pequeña, ya no es estrecha, ya no es débil; es grande, es amplia, es fuerte cuando lleva a Cristo en sí misma”.

   Asimismo suplica Pie a Nuestra Señora: refove flebiles (reanima a los desanimados), refiriéndose a los católicos decaídos. “¿Qué hacemos desde hace varios años sino lanzar suspiros?”. La lucha es por cierto sumamente ardua; el mundo se goza -mundus gaudebit- y nosotros gemimos -vos autem contristabimini (Job 16,20)-; de ahí que sea más necesario que nunca tener aliento largo para soportar y para sufrir con paciencia. No en vano dijo Cristo: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5, 5). Y ninguno mejor que Nuestra Señora para consolar abundantemente a los que lloran en la batalla.

   Que socorra también a los desgraciados -sucurre miseris-, es decir, al mundo entero. “Yo sé que los que inventaron la deificación de la humanidad no toleran que se dude de su satisfacción y de su bienestar. La divinidad no es compatible con la miseria; y si el mundo es Dios, resulta lógico proclamar que el mundo es feliz. Pero la respuesta a esta pretensión está escrita en los libros santos: «Pueblo mío, dice el Señor, los que te declaran bienaventurado», por tanto, los que te deifican, «ésos te engañan»: Popule meus, qui te beatum dicunt, ipsi decipiunt (Is 3, 12).” El mundo moderno es profundamente desgraciado, aunque se esmere por afirmar lo contrario. Los más infelices de todos son los que no sienten su infelicidad, los que se pavonean en su desamparo. La mayor calamidad de nuestro tiempo es que los hombres modernos “siendo realmente desgraciados, miserables, pobres, ciegos, desnudos, se jactan de ser ricos y opulentos, de estar provistos de todo (cf. Ap. 3, 17) [...] Oh María, ven en ayuda de estos infortunados que no tienen conciencia de su propia miseria; ábreles los ojos sobre ellos mismos: Sucurre miseris”.

   Que socorra finalmente a los restos supérstites de la Cristiandad: Ora pro populo (Ruega por tu pueblo). En el lenguaje de la Iglesia, observa Pie, el pueblo fiel no es sólo un grupo de individuos, sino el concierto de las naciones cristianas, la “respublica christiana”, aquello que David había profetizado al hablar de la unión entre los pueblos y los reyes al servicio de un único Señor: In conveniendo papulos in unum et reges ut serviant Domino (“Encontrándose pueblos y reyes para servir al Señor”, Ps 101, 23). Pues bien, a pesar de que Cristo sea ese Rey en torno al cual deben congregarse los pueblos y sus reyes respectivos, hoy existen pueblos infieles, naciones apóstatas, y los hombres de nuestro siglo no sólo se glorían de haber extirpado el cristianismo social, sino que intentan destruir incluso su clave de bóveda, para que no quede siquiera el recuerdo de la antigua Cristiandad. Frente a todo esto, Sancta María, ora pro populo, ruega por la Cristiandad, por los restos del mundo cristiano.


“El CARDENAL PIE. Lucidez y coraje al servicio de la verdad”

Padre Alfredo Sáenz S.J. Serie “Héroes y Santos”

GLADIUS
Buenos Aires
2007

lunes, 3 de diciembre de 2018

San Francisco Javier, confesor. — 3 de diciembre. (+1552)





   San Francisco Javier, ornamento de la Compañía de Jesús, gloria de su nación, taumaturgo de estos últimos siglos, apóstol de las Indias y del Japón, admiración de todas las naciones, era navarro y descendía de los reyes de Navarra. Escogióle el Señor para resucitar en el siglo XVI, que fué el de las herejías, todos los prodigios y gracias de los apóstoles. Inclinado a las letras y al estudio de la sabiduría, pasó a la universidad de París, donde graduado de maestro en artes, enseñó filosofía en aquella universidad, con grande aprobación y aplauso de sus discípulos. Fue compañero del beato Pedro Fabro, y los dos lo fueron de san Ignacio de Loyola en la fundación de la Compañía de Jesús. Con deseo de visitar los santos Lugares, pasó a Venecia: y frustrado el viaje a Jerusalén, recorrió varias ciudades de Italia predicando y dando ejemplos de heroica humildad y mortificación.

   Fué designado para anunciar el Evangelio a las tierras de la India descubiertas por los portugueses, y pasó allá con el título y autoridad de Nuncio apostólico, que le dio Paulo III. Llegado a Goa después de una larga y penosísima navegación, se dio del todo al trabajo apostólico, recorriendo a pie, y a veces descalzo, aquellas vastísimas regiones, y navegando a todas las islas de la Oceanía en que residían portugueses. Cuando entre los oyentes los había de varias lenguas, cada uno oía a Javier como si le hablase en la suya natural: y sucedió algunas veces que haciéndole muchos a la vez preguntas sobre la doctrina, o por no entenderla bien o por dudar de ella, Javier con una sola respuesta satisfacía a todas las preguntas.

   Lo que daba especial eficacia a su predicación eran los numerosos milagros que hacía, sanando enfermos, librando de peligros, calmando los mares embravecidos y los vientos tempestuosos, haciendo retroceder ejércitos enteros de bárbaros enemigos, descubriendo lo más oculto de los corazones, anunciando lo que estaba por venir, resucitando muertos, y acompañando todas estas maravillas con la no menor de sus apostólicas virtudes, el celo, la paciencia, la mansedumbre, la humildad, la misericordia con los desgraciados, el respeto a los superiores, la caridad con los iguales, la afabilidad con los inferiores.

   Tuvo noticia del Japón recientemente descubierto por los portugueses, y al momento voló allá, exponiéndose a mil peligros: y con los ejemplos de sus virtudes y las maravillas que hemos dicho, plantó la fe en aquellos reinos, cuyos moradores la abrazaron con tal fervor, que semejaban los primeros cristianos convertidos por la predicación de los apóstoles.

   Establecidas aquellas cristiandades y dejados en ellas ministros que las cultivasen, volvió él a Malaca, donde supo que se había descubierto la China; y se dirigió allá a predicar a Cristo. Llegado a Sancián, isla cercana al continente chino, alegre con la vista de la tierra y con la esperanza de nuevos triunfos, dióse el Señor por satisfecho de sus trabajos y lo llamó al descanso eterno.

   Reflexión: El recuerdo de Javier trae a la memoria millones de almas convertidas por su celo. ¡Oh! ¡Cuánto amó y estimó el Hijo de Dios las almas! ¡La caridad nos habría de estar siempre solicitando y compeliendo a trabajar por salvarlas! Que no se puede sufrir que muera Dios por un alma y que la veamos irse a perder y a caerse en el infierno y que la podamos ayudar y no lo hagamos: esto no lo puede sufrir la caridad.

   Oración: Oh Dios, que por la predicación y milagros de san Francisco Javier, te dignaste agregar a tu Iglesia los pueblos de las Indias; concédenos benigno, ya que veneramos los gloriosos merecimientos de sus virtudes, que también imitemos sus ejemplos. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

“FLOS SANCTORVM”


viernes, 30 de noviembre de 2018

Los Novísimos – El Purgatorio.





   El purgatorio es un lugar de expiación para las almas de aquellos que, si bien murieron en gracia de Dios, no han satisfecho enteramente a la   divina Justicia.

   ¿Quiénes van al Purgatorio? 1) Los que mueren con pecados veniales. 2) Los  que no han satisfecho en esta vida la pena temporal merecida por sus pecados. Con la confesión bien echa se perdonan las culpas graves y la pena eterna, el Infierno, pero no siempre queda perdonada la pena temporal. Dios, perdonando el pecado mortal, ordinariamente conmuta la pena eterna en una temporal, que debe pagarse en esta vida Con penitencias y obras buenas, o en el Purgatorio.

Existencia del Purgatorio.

   Niegan la existencia del Purgatorio los protestantes y otros herejes. Nosotros afirmamos su existencia con los siguientes argumentos:

   Pruebas de fe.1) En el libro de los Macabeos se lee que, después de una batalla, Judas Macabeo mandó a Jerusalén doce mil dracmas de plata para que se ofrecieran sacrificios por los pecados de los que habían muerto en el combate. Esto arguye que, aun después de muertos, tenían aquello soldados penas que expiar. No pena eterna, porque en el Infierno no hay redención; luego se habla allí de pena temporal, o sea del Purgatorio.

A renglón seguido dice el mismo autor inspirado: Es, pues, santa y saludable obra el rogar por los muertos, para que sean libres de sus pecados.

   Los protestantes que rechazan el dogma del Purgatorio, han quitado de la Biblia este pasaje de los Macabeos, o bien dicen que este libro no es inspirado; pero los judíos y  cristianos no dudan de su inspiración.

   2) Testimonio de Jesucristo. — Al hablar de los pecados contra el Espíritu Santo, dice qué no se remitirán ni en este mundo ni en el otro. Con estas palabras da a entender que  hay pecados que se remiten en la otra vida, y que por lo tanto existe Un lugar donde se remiten, a saber el Purgatorio.

   Pruébase por la razón, — Muchos mueren en gracia de Dios, pero con el alma manchada de pecados veniales o sin haber satisfecho enteramente a la divina Justicia. Estas almas no pueden ir al infierno porque son amigas de Dios; tampoco pueden ir a la Gloria porque escrito está: No entrará en ella ninguna cosa contaminada. (Apoc., XXI, 27). Luego es forzoso que antes de ir al Cielo pasen un tiempo en lugar de  expiación; luego debe admitirse el Purgatorio.

Penas.

Las hay de dos clases:

   l) La pena del daño, que consiste en la privación de la vista de Dios: es el mayor dolor de las benditas ánimas.

2) La pena del sentido, que consiste en el tormento del fuego que en intensidad es igual al fuego del Infierno. El mismo fuego, dice un Santo, atormenta al justo y al réprobo.

   Las almas sufren estos tormentos con la mayor resignación; al verse manchadas con el pecado, se avergüenzan de comparecer ante la presencia de Dios y de sus bienaventurados y voluntariamente se sumergen en aquellas llamas.

   ¿Cuánto tiempo duran esas penas? — No es igual para todas las almas: depende de la cantidad y gravedad de sus faltas (veniales), de la mayor o menor penitencia hecha durante la vida en satisfacción de sus pecados, de los sufrimientos que reciben, etc.

Cómo podemos aliviar a las almas del Purgatorio.

   Podemos aliviar a las benditas ánimas con oraciones, indulgencias y otras buenas obras, pero sobre todo con la Santa Misa.

   Se llaman sufragios las obras buenas que se hacen en favor de las benditas ánimas del Purgatorio; dichos sufragios son sólo a manera de suplicas que la divina Justicia acepta en la medida que cree conveniente; por eso, un alma no siempre obtiene infaliblemente todos los efectos de los sufragios aplicados a ella especialmente. En ningún caso resultan inútiles los sufragios, porque si Dios no los aplica a un alma, los aplica a otra.

   La devoción a las benditas almas es utilísima porque hace practicar muchas obras buenas, causa grande gozo en el cielo y ayuda en gran manera a conseguir la salvación de quien practica esta devoción: Nuestro propio interés debe por lo tanto impulsarnos a aliviar esas almas. En la misma medida que por ellas nos interesamos, se interesaran los hombres de nosotros cuando nos hallemos en aquel ardentísimo fuego del que muy pocos se libran.

Indulgencias.

   Indulgencias son la remisión de la pena temporal debida por nuestros pecados, que nos concede la Iglesia fuera del  sacramento de la penitencia.


LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)

Los Novísimos (Resurrección de la carne)





Concepto.

   Resurrección de la carne quiere decir que todos los hombres resucitarán volviendo a tomar cada alma el cuerpo que tuvo; en ésta vida.

   Esto acontecerá al fin del mundo. Los que en aquel momento vivan todavía, morirán para luego resucitar, porque es necesario que en todos se cumpla la ley de la muerte: “Asi como en Adán mueren todos, así también todos serán vivificados en Cristo” (1Cor., XV, 22).

   Todas las almas saldrán del Cielo, del Purgatorio o del Infierno y vendrán a tomar de nuevo sus cuerpos a fin de comunicarles una vida que ya no cesará (“vida perdurable”).

Observaciones.

   a) Sólo la Virgen no resucitará ese día porque Ella, a imitación de su divino Hijo, resucitó poco después de su muerte, y fué llevada al Cielo en cuerpo y alma.

   b) El alma tomará él mismo cuerpo al cual, estuvo unida en la tierra.

   c) La resurrección de los muertos sucederá por la virtud de Dios omnipotente, a quien nada es imposible. Si Dios creó las cosas de la nada bien podrá resucitar en un instante a todos los hombres.

   Cualidad de los cuerpos resucitados. — Habrá grandísima diferencia entre el cuerpo de los escogidos y el de los condenados.

   Las dotes que adornarán los cuerpos gloriosos de los escogidos son cuatro:1) la impasibilidad: no estarán sujetos a males y dolores ni a la necesidad de comer, descansar, etc.; 2) la claridad: brillarán como el sol y como otras tantas estrellas; 3) la agilidad: podrán trasladarse en un momento y sin fatiga de un lugar a otro, y de la tierra al Cielo; 4) la sutileza: con que sin obstáculo alguno podrán penetrar cualquier cuerpo, como lo hizo Jesucristo resucitado.

   El cuerpo de los condenados estará privado de estas dotes y llevará la horrible marca de su eterna condenación.

Certeza de esta resurrección.

   Sagrada Escritura. — El anciano Job en medio de sus crueles angustias y dolores decía: “Sé que vive mi Redentor, y que en el último día he de resucitar de la tierra, y de nueva he de ser rodeado de mi piel y en mi carne veré a Dios; a quien he de ver yo mismo y mis ojos le han de mirar, y no otro” (Job, XIX, 25-27).

   Visión de Ezequiel: Una prueba irrefragable de la resurrección de la carne es la visión  del profeta Ezequiel (XXXVIII).

   Los macabeos decían al tirano: “Tú, oh perversísimo, nos haces perder la vida presente, más el Rey del mundo nos resucitará” (2 Mac; VII, 9).

   Dice San Pablo: “Es necesario que este cuerpo corruptible quede revestido de incorruptibilidad, que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad” (1Cor; XV, 50-53).

   Tradición. — Todos los Padres han profesado y defendido este dogma: “La resurrección de los muertos, dice Tertuliano, es; la confianza de los cristianos; creemos en ella porque Dios lo ha revelado”

   Los mártires echaban en cara a los verdugos esta verdad.

   La Iglesia la enseña en sus símbolos: “Creo en la resurrección de la carne” (Credo). “Espero la resurrección de los muertos” (Niceno). “A cuyo advenimiento (de Jesucristo) deberán resucitar todos los hombres con sus propios cuerpos (Atanasiano).

Predicación de Jesucristo.

   Nuestro divino Salvador ha enseñado claramente esta doctrina. Leemos en el Evangelio de San Juan: “La voluntad de mi Padre que me ha enviado, es que todo aquél que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (VI, 40).

   Y poco después, al hablar de la Sagrada. Eucaristía, dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Id; 55)”.

Razones de conveniencia.

   La razón natural nos dice ser conveniente y necesario que los hombres resuciten:

   1) El cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo; por eso conviene que un día ambos estén reunidos, a fin de que la obra de Dios, deshecha por un momento a causa del pecado y de la muerte, sea definitivamente restaurada.

   2) Es el hombre entero el que hace el bien o el mal; por lo tanto el cuerpo ha contribuido eficazmente así a la salvación: el hombre debe ser recompensado o castigado todo entero, en su cuerpo y alma, el premio de nuestras obras o el castigo de nuestros pecados.

   3) La resurrección de Jesucristo es una prenda de la nuestra: “Cristo, dice San Pablo, ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos; porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir también la resurrección dé los muertos” (1Cor., XV, 20-21).

   Y en otro pasaje: “Si los muertos no resucitan, tampoco Jesucristo resucitó” (Id., id., 16).


LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)

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