viernes, 17 de noviembre de 2017

LAS ALMAS EUCARÍSTICAS (pensamientos sobre la Eucaristía, para cada día del año) – 17 de Noviembre.




   Nos llegamos a comulgar todos los días y jamás se niega a venir a nosotros.

  Nos acercamos al Tabernáculo para contarle nuestros desfallecimientos, nuestras alegrías, nuestros más grandes cariños; y jamás se cansa de escucharnos.

   ¡Si supiéramos toda la bondad que atesora Cristo en su santísimo Corazón!


Padre Fr. Bernardino Izaguirre

De Orden de los Menores.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Con verdad un hombre desengañado escribía en un cráneo humano: “Cogitanti vilescunt omnia... Al que en esto piensa todo le parece vil...”




   Quien medita en la muerte no puede amar la tierra... ¿Por qué hay tanto desdichado amador del mundo? Porque no piensan en la muerte... ¡Míseros hijos de Adán!, nos dice el Espíritu Santo (Salmo 4, 3),

   “¿Por qué no desterráis del corazón los afectos terrenos, en los cuales amáis la vanidad y la mentira?” Lo que sucedió a vuestros antepasados os acaecerá también a vosotros; en vuestro mismo palacio vivieron, en vuestro lecho reposaron; ya no están allí, y lo propio os ha de suceder.

   Entrégate, pues, a Dios, hermano mío, antes que llegue la muerte. No dejes para mañana lo que hoy puede hacer (Eclesiastés, 9, 10); porque este día de hoy pasa y no vuelve; y en el de mañana pudiera la muerte presentársete, y ya nada te permitiría hacer.

   Procura sin demora deshacerte de lo que te aleja o pueda alejarte de Dios. Dejemos pronto con el afecto estos bienes de la tierra, antes que la muerte por fuerza nos los arrebate. ¡Bienaventurados los que al morir están ya muertos a los afectos terrenales! (Apocalipsis, 14, 13). No temen éstos la muerte, antes bien, la desean y abrazan con alegría, porque en vez de apartarlos de los bienes que aman, los une al Sumo Bien, único digno de amor, que les hará para siempre felices.


“PREPARACIÓN PARA LA MUERTE”

San Alfonso María de Ligorio

viernes, 10 de noviembre de 2017

De las enfermedades que nos vienen por nuestros pecados, en la que resplandece la divina justicia con su misericordia. – Por el Padre Luis de Lapuente.




Aunque es verdad que algunas enfermedades son enviadas por algunos fines de la gloria de Dios, como después veremos, a ti te conviene considerar que las tuyas son castigo de tus pecados, o de los que conoces, porque sabes bien que has ofendido a Dios, o de los ocultos que no conoces, pero conócelos el juez, que justamente te castiga por ellos. Los muy santos, dice San Dionisio, padecen estas cosas por la gloria de Dios solamente, porque han sido inocentes y están libres de culpas graves; pero yo, miserable pecador, padezco las enfermedades por mis pecados, y confieso que merezco estos castigos, y en mí se cumple lo que dijo David: Por su maldad castigaste al hombre, e hiciste que su vida se secase como una araña. Vuelve, pues, los ojos a lo que padece tu cuerpo flaco y desvirtuado, y por ello sacarás lo que eres en el alma. Y ¿qué ha sido tu alma, sino una araña ponzoñosa, cuya ocupación era desentrañarse, tejiendo telas de vanidad que se lleva el viento, y urdiendo telas de codicia para cazar a los prójimos con engaño, y sustentarte de la sangre inocente, o quitándoles la hacienda o la fama y honra? ¿Qué araña hay tan seca como tu espíritu? El cual, habiendo de ser como abeja que coge miel de las flores, es como araña sin jugo, ni devoción o ternura, y seca como una arista. Luego justo es que Dios castigue a tal alma, poniendo su cuerpo también enfermo, flaco y seco como araña. Pues ¿de qué te turbas, miserable, si te dan lo que mereces y te ponen el cuerpo como tú has puesto el alma? Por esto añade David: Verdaderamente en vano se turba el hombre cuando está enfermo y atribulado, pues él ha dado la causa para ello. Por tanto, Señor, yo me vuelvo a ti, y te suplico que oigas mi oración y atiendas mis lágrimas y pongas fin a mis miserias.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CUÁL DEBE SER NUESTRO AMOR A MARÍA. (Segunda parte final)









MARÍA AMADA DE LA IGLESIA MILITANTE

   Esta confianza filial, de que vamos tratando, debe ser además FIRME Y UNIVERSAL, de suerte que nada sea capaz de enflaquecerla, y al propio tiempo se extienda a todas las eventualidades y tropiezos de la vida. Nada, ni las cosas prósperas o adversas que nos sobrevengan, ni la malicia de los hombres o de los demonios, ni nuestras propias caídas, por graves o vergonzosas que sean, ni las mismas pruebas de Dios, a que según su beneplácito se digne someternos, deben ser parte para entibiar nuestra inquebrantable confianza en nuestra bondadosa Madre, María. Especialmente debemos recurrir a ella, como los niños corren al regazo de su madre cuando se ven acosados por enemigo más poderoso, en las ocasiones siguientes:

  PRIMERA, cuando nos asalta la tentación. María es el terror del infierno.

   Y nada sienten tanto los demonios como verse vencidos y arrollados por el poder de María. Al fin, ella fue la que aplastó la cabeza del dragón infernal; y esa derrota y la herida mortal que entonces recibió le llenan de confusión, y quiere desahogar en nosotros su rabia, ya que contra la Virgen es impotente. Y por eso mismo, María que ve que el infierno pretende vengar en nosotros el daño que Ella le hizo, vuela presurosa en nuestro auxilio siempre que la invocamos. Sigamos, pues, el consejo de San Bernardo. “¡Oh tú, cualquiera que seas, que te crees fluctuar con grande riesgo entre los huracanes y tempestades de este siglo, más bien que andar a pie firme sobre la tierra! no apartes tus ojos del esplendor de esta Estrella, si no quieres morir entre borrascas. Si se enfurecen los vientos de las tentaciones, si tropiezas en escollos de adversidades, vuelve los ojos a esta Estrella, invoca a María.  Si te mirares impelido fuertemente por las olas de la soberbia, de la ambición, de la detracción o envidia, vuelve los ojos a la Estrella, invoca a María. Si la ira o avaricia, o el estímulo de la carne agitaren la navecilla del alma, vuelve los ojos a María. Si turbado por la enormidad de los crímenes, confuso por la fealdad de la conciencia, aterrado por el horror del juicio futuro, comienzas a ser sepultado o como absorbido en el báratro de la tristeza, en el abismo de la desesperación, acuérdate de María. En los peligros, en las angustias, en las perplejidades de la vida, piensa en María, a María invoca. No se aparte de tus labios, no se aparte de tu corazón; y para lograr el favor de sus plegarias, no ceses de seguir el ejemplo de su vida. Siguiéndola, no te extravías; llamándola, no desesperas; acordándote de Ella, no yerras; si ella te sostiene, no caes; si te protege, no hay por qué temas; si encamina tus pasos, no te fatigas, y con su favor llegas a la eterna felicidad”.

   SEGUNDA.  La segunda ocasión en que hemos de recurrir especialmente a María, ha de ser cuando se trata de la elección de estado, ya propia, ya de aquellos que dependen de nosotros.

   Este es un negocio de suma importancia, íntimamente ligado con la eterna salvación y aun con la felicidad y dicha temporales. Muchos se condenan o viven vida infeliz, porque erraron en este punto, y siguiendo el ímpetu de la pasión o el egoísmo de la naturaleza, no tomaron a María por Madre y consejera.

   TERCERA. Hemos de recurrir en tercer lugar al patrocinio de María, siempre que nos asalte la enfermedad o nos veamos en peligro de muerte.

   ¡Ah! en este último trance, sobre todo, nos hemos de acordar de María y llamar muy de corazón a las puertas de su maternal misericordia, recordándole de una parte lo mucho que nos ama y padeció por nosotros al pie de la cruz, y por otra los años de nuestra infancia y el amor que le teníamos cuando niños, para que nos alcance perfecta contrición de las culpas y extravíos que cometimos después. Invoquémosla, si no podemos con los labios, con gemidos del corazón; pidamos a tiempo los santos sacramentos, que es error muy perjudicial guardar cosas tan importantes para cuando uno ya no sabe lo que se hace; roguemos que nos repitan con frecuencia los dulcísimos nombres de Jesús y María; besemos con filial cariño su imagen y escapulario, y las cuentas del rosario, objetos para nosotros de más estima que rico collar de perlas y brazaletes de oro, y... muramos, en fin, con la muerte de los justos que mueren en el Señor, cerrando los ojos a la luz de este mundo para abrirlos en la risueña alborada del día de la gloria. ¡Oh, dichoso el que muere besando la imagen de María o pronunciando su dulcísimo nombre!

   Más para que ese recurso filial y lleno de confianza a la santísima Virgen nos sea fácil y familiar, acostumbrémonos a invocarla continuamente, a comunicar con ella los secretos de nuestra alma, los pesares y alegrías que experimentemos, los planes que concibamos; sea, en una palabra, María, nuestra Madre y confidente.

    POR ÚLTIMO, sea nuestro amor a María PRÁCTICO Y OPERATIVO; amor más de obras que de palabras. Este| amor ha de abrazar dos partes; es a saber: evitar lo malo y ejecuta lo bueno; evitar faltas y pecados y hacer obras buenas. Los límites de este escrito no nos permiten descender a muchas particularidades: tampoco es muy necesario, porque, gracias a Dios, no faltan obras excelentes que tratan de la materia, ni dejamos de ser buenos por falta de conocimiento, sino porque no nos aplicamos de veras a serlo. ¿Quién no sería muy bueno y santo si hiciese lo que conoce ser agradable a la Virgen?

   Pues sea esta la regla que nos dirija en nuestras acciones: antes de hacer u omitir alguna obra, preguntémonos: esta acción u omisión, ¿agradará a mí dulcísima Madre María? ¿Gustará o no la Virgen de que yo  lea este libro, de que vaya a tal reunión, de que me ocupa en esto o aquello? ¿Le gustará? Pues voy, lo hago. — ¿No le gustará? Pues lo dejo.



   Esta regla, eminentemente práctica, vale por muchas.

   Fuera de esto, los santos recomiendan a los devotos de María varias prácticas piadosas de reconocida utilidad. He aquí los obsequios que aconseja se hagan San Alfonso María de Ligorio:

1. Rezar con frecuencia el Ave María.

2. Celebrar las festividades de la Virgen, preparándose para ellas con algún triduo o novena.

3. Rezar diariamente el santo rosario o el Oficio parvo.

4. Ayunar el sábado o la víspera de sus fiestas.

5. Visitar sus sagradas imágenes.

6. Llevar el santo escapulario.

7. Agregarse a alguna de las congregaciones, cofradías o hermandades de la Virgen.

8. Dar limosna en su obsequio.

9. Acudir con frecuencia a María.

10. Y otros, como decir Misa o mandarla decir en honra suya, invocar la protección de los santos más allegados a la Virgen, leer cada día en algún libro que trate de sus excelencias y prerrogativas, predicar o exhortar a otros a su devoción, rogar todos los días por los vivos y difuntos más devotos suyos, rezar el Ángelus, etc.

   Pero no olvidemos que lo más subido, y como la flor hermosísima de la devoción á, María, señal inequívoca de cuanto la amamos, consiste en dos cosas juntas: en acordarnos de ella casi continuamente y en imitar sus virtudes. La memoria frecuente es indicio de amor, y la imitación pone su sello. ¡Oh! Amemos a María y seremos felices. Amemos a María, y con su amor vendrán a nuestra alma todos los bienes.


“AMOR A MARÍA”

Padre Vicente Agustí (de la Compañía de Jesús).


miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA ORACIÓN HUMILDE.


CUÁL DEBE SER NUESTRO AMOR A MARÍA. (Primera parte)







   Nuestro amor a la Santísima Virgen ha de ser, ante todo, amor FILIAL. Esto es lo primero que se deriva de nuestra cualidad de hijos de esta excelsa Señora, dada a nosotros por Madre de la manera más solemne desde el sangriento árbol de la cruz. Pero este amor filial importa a la vez RESPETO Y OBEDIENCIA a nuestra querida Madre. ¿Quién ama a la suya, que no la reverencie y obedezca? Nada más puesto en razón.

   Este RESPETO  hará que hablemos siempre bien de Ella, que la saludemos al pasar por delante de sus imágenes, por lo menos interiormente, si lo advertimos, que oigamos con gusto sus alabanzas y la honremos pública y privadamente, rezándole cada día nuestras devociones y, siempre que podamos, el santísimo rosario. ¡Ah! ¿Qué buen hijo, si puede, dejará pasar mucho tiempo sin saludar o dirigir la palabra a su madre, sin verla o visitarla?

   Este amor respetuoso hará también, no sólo que nunca digamos palabras ofensivas a nuestra Señora, más que asimismo procuremos, hasta donde alcancen nuestras fuerzas, que ninguno las diga. ¿Qué buen hijo sufriría que deshonrasen a su Madre? Por esto los buenos hijos de María, que en viajes o en otras partes tienen que callar para no promover mayor escándalo y ser ocasión de que se cometan más pecados, al oír ciertas bocas del infierno, groseras y mal habladas, reparan las blasfemias contra Dios y la Virgen con interiores alabanzas, y procuran, ya que no reprender al impío o asqueroso blasfemo, desarmar la cólera celeste, indignada contra el procaz y sucio gusano de la tierra.

   La OBEDIENCIA, nacida de este mismo amor filial, hará que seamos dóciles a las inspiraciones que nuestra buena Madre nos envíe por medio de los santos ángeles, que están a sus órdenes, o por el dictamen y remordimiento de nuestra conciencia, No contristemos a María, ni mucho menos la ofendamos a sabiendas. Si oímos su voz y seguimos sus consejos, todo nos saldrá bien. “Observa, hijo mío—nos dice ella, —los preceptos de tu Padre, y no abandones la ley o los documentos de tu Madre: tenlos siempre grabados en tu corazón, y sírvante como de collar precioso. Cuando caminares vayan contigo, guárdente cuando durmieres, y en despertando conversa con ellos; pues, el mandamiento de tu Padre es a manera de antorcha, y la ley o instrucciones de tu Madre como una luz, y la corrección que conserva a los jóvenes en la disciplina es el camino de la vida”.

   En segundo lugar, nuestro amor a la Virgen Santísima ha de ser TIERNO Y CONFIADO. ¿Qué hijo no siente ternura y confianza hacia su madre? ¿Quién la merece mejor que ella? ¿Quién sabe compadecerse de las debilidades y flaquezas de los hijos con más ternura que las Madres? ¿Y quién más Madre que María?

   Los santos nos dan ejemplo de este amor tiernísimo hacia María con expresiones tales, que si ellos no las dijesen casi no nos atreveríamos a usarlas. Por ellas principalmente se apellida  San Bernardo el doctor melífluo (meloso). Pero no es él sólo quien se vale de semejantes modos de decir que respiran la más filial ternura y confianza. Oigamos por vía de muestra a San Anselmo, Obispo lucense, que dirigiéndose a la Virgen, le dice, entre otras regaladas expresiones de cariño: “¡Oh dulce Señora, cuyo solo recuerdo endulza el corazón, cuya grandeza bien meditada levanta el espíritu, cuya hermosura recrea la vista interior y cuya inmensa amabilidad embriaga al alma que la considera! ¡Oh Señora, que robas los corazones con tu dulzura! ¡Y ahora me robaste el mío, y no sé dónde lo pusiste para que lo pueda encontrar! ¿Por ventura lo escondiste en tu seno, para que hallándole allí me encuentre también a mí mismo? ¿O lo colocaste entre tus pechos? Tal vez allí lo pusiste para que, pues se había resfriado en tu amor, abrasado en nuevas llamas no pueda ya separarse de ti. ¡Oh robadora de corazones! ¿Cuándo me devolverás el mío? ¿Por qué arrebatas así los corazones de los sencillos? ¿Por qué haces violencia, o más bien benevolencia, a los amigos? ¿Por ventura quieres quedarte con él? Cuando te lo pido me sonríes, y al punto descanso, adormecido con tu dulcedumbre; vuelvo después en mí, y al pedírtelo otra vez me abrazas, oh dulcísima, y quedo embriagado en tu amor. Ahora ya no distingo mi corazón del tuyo, y no sé pedirte otra cosa sino tú mismo corazón... ¡Ah! Guarda el mío, consérvalo en la sangre del Cordero, ponlo en el costado de tu Hijo, a fin de que sienta sólo lo que tú sientes, sólo ame lo que tú amas, no viva en la tierra, sino en el cielo contigo”.


“AMOR A MARÍA”
Padre Vicente Agustí (de la Compañía de Jesús).


lunes, 6 de noviembre de 2017

Acerbo Nimis (fragmento) – Carta encíclica de san Pío X (sobre la enseñanza del Catecismo) 15 de abril de 1905




Necesidad de instrucción

   …¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! –Al decir “pueblo cristiano”, no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y –lo que es más triste la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote –por no perder la esperanza de su salvación– les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre –por desgracia, con harta frecuencia– que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.


   Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos. (Instit. 27, 18.)

martes, 24 de octubre de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte VI)






Malicia, habilidad, y astucia del Demonio.

   El  demonio, dice San Cipriano, es llamado serpiente, porque se desliza y arrastra como ella; se adelanta insensiblemente, ocultando su marcha a fin de engañar. Su astucia es tan grande, sus planes tan hábiles y capciosos, que hace tomar la noche por el día, el día por la noche, el veneno por el remedio; lleva la desesperación bajo pretexto de esperanza, y la deserción bajo pretexto de fidelidad; ofrece a nuestros homenajes al Anti-Cristo bajo el nombre de Cristo. De esta suerte, haciendo pasar la mentira por verdad, escamotea sutilmente la verdad misma.

   Satanás se transforma en ángel de luz para seducir, dice el gran Apóstol.

   La malicia, la habilidad y las astucias de Satanás se manifiestan:

   1° en que observa cuáles son los lugares menos fortificados, como dice San Jerónimo.

   2° en que, como también dice San Jerónimo, no presenta jamás al hombre el pecado descubierto, sino que se sirve de rodeos; no se lanza de repente, sino que se adelanta poco a poco y echa completamente a pique la débil navecilla. Para hacer caer en el pecado, se oculta; porque es tan asqueroso, tan horrible y tan infecto, que si se presentase, haría morir de miedo a todo el mundo; nadie querría acercarse a él. Oculta la fealdad del pecado, de aquel pecado, que, hijo de Satanás, es asqueroso, horrible e infecto como su padre; disfraza el pecado con la apariencia y el nombre de dulzura, de flores lozanas, da felicidad y hasta de virtud. Oculta el anzuelo del pecado, y sobre todo del deleite, a fin de que quedéis cogidos a este aguijón penetrante y mortal, mientras saboreáis un placer engañoso y emponzoñado. Impele al hombre al vicio paso a paso; comienza por hacerle cometer faltas ligeras, y le arrastra asi á las mayores.

   El demonio, tan audaz, bien quisiera, si se atreviese y pudiese, hacernos desde luego tan malvados como él; pero, demasiado astuto, prevé que no tendría éxito su seducción. Bien quisiera atacarnos a campo abierto; pero, demasiado maligno, teme que se le escape su presa. Va por grados, dice Bossuet, y se oculta. Su fealdad, como ya hemos dicho, y la fealdad del pecado que quiere hacer cometer, darían horror: oculta una y otro; porque si el hombre pudiese ver al demonio y al pecado tales como son, jamás, jamás se daría al demonio ni al pecado...

   El demonio se arrastra como la serpiente, y toma sus movimientos y rodeos; ya enseña la cabeza, ya la cola. Se arrastra cuando está lejos, para que no le vean, y muerde cuando está cerca...

   Estudia nuestras inclinaciones y las admite: asi es que no tentará por impureza al avaro, porque para ser libertino habría de ser pródigo. No tentará por avaricia al impúdico. Transportará en espíritu al ambicioso a la cumbre del poder; llevará al orgulloso a adorarse a sí mismo; enviará hambre al hombro dominado por la gula, etc...

   Seduce al libertino de un modo, al sabio de otro, al escrupuloso de diferente manera. Ataca al niño, a los jóvenes, al hombre adulto, al anciano; a cada uno según su edad, su parte débil, su inclinación.

   Ataca ora al cuerpo, ora al espíritu, ora al corazon Hiere ya por fuera, ya por dentro; busca el paraje más débil; sube por asalto; presenta la flor, y oculta la espina; dora la copa Mirad esta flor: ¡qué hermosa! respirad el agradable olor que despide Examinad esta copa: ¡qué excelente licor contiene! bebed, bebed... Pero, ¡deteneos! esta flor y esta copa está envenenada; si las tocáis, moriréis al momento para la eternidad...

   No es más que un pensamiento, dice aquel maligno espíritu, una simple mirada, una complacencia probadlo, ya os detendréis cuando queráis. Si buscáis la felicidad, aquí la podréis hallar... Tened cuidado; ya se avanza el asesino; el incendio empieza por una chispa… Que un buque vaya a pique, ya recibiendo de repente una gran cantidad de agua, ya tomándola poco a poco, el hecho es qne el buque va a pique… El demonio, este monstruo astuto, dice Bossuet, va por grados; inclina primero a Judas a la avaricia, luego le induce a vender a su Dios, más tarde a la traición, y por fin a la desesperación, a la cuerda, al infierno.

   Ved como el maligno espíritu ataca a nuestros primeros padres. La serpiente, dice la Escritura, que era el más astuto de todos los animales, dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis del fruto de todos los árboles del paraíso? (Gen. III. 1). Esta sola pregunta es un crimen. ¿Por qué, serpiente infernal, te metes en lo qne Dios ha mandado? Lo que Dios ha prescrito es sagrado ¿No obra asi Satanás respecto de todos los hombres para seducirlos? ¿Por qué no habéis de hacer esto? les dice: ¿Por qué no habéis de ver a tal persona? ¿Por qué no habéis de ir a tal sitio? ¿Por qué, etc.?

   Eva le respondió: Dios nos ha prohibido comer del fruto del árbol que está en medio del paraíso, para que no muramos. (Gen. III. 2-3). ¡Imprudente Eva! ha tenido la debilidad de escuchar un instante a la serpiente, y sólo por esto ha empezado a sucumbir y a ser culpable. ¡Ay de mí! ¿No nos conducimos nosotros también de este modo?...

   La serpiente, viendo la debilidad de Eva, va más lejos: al crimen de la pregunta une el crimen de la negativa, y responde a la mujer: De ninguna manera, no sufriréis la muerte (Gen. III. A). ¿No obra el demonio de una manera parecida con nosotros? No hay tanto mal en esto como se dice; es exageración; son demasiado severos. ¡Qué! ¿El infierno por tan poca cosa?... En tercer lugar, al crimen de la pregunta y de la negativa, la serpiente añade el crimen de la afirmación, para instar a Eva y seducirla del todo: No moriréis, dice, porque Dios sabe que el día que comáis de esta fruta se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. (Gen. III. 5).

   Ya está Eva seducida y perdida. La mujer vió, pues, que aquella fruta era buena “para comer, y bella a los ojos, y de un aspecto  deleitable; y cogió del fruto, y comióle; y dió también a su marido, que comió como ella. (Gen. III. 6). Y los ojos de ambos quedaron abiertos; y reconocieron que estaban desnudos, etc. (Gen. III. 7). Estos son los felices y los dioses que ha hecho el demonio. Todos los que escuchan a la serpiente, hallan las mismas recompensas...

lunes, 23 de octubre de 2017

De la oración que se hace ante el Santísimo Sacramento – Por San Alfonso María de Ligorio.





   



   En cualquier lugar en que se haga la oración, es siempre agradable a Dios; mas parece que Jesucristo agradece de un modo particular la que se le hace ante el Santísimo Sacramento, porque otorga más abundantemente sus gracias y sus luces a los que se llegan a visitarle.  Se ha quedado en este Sacramento, no sólo para alimento de las almas que lo reciben en la santa comunión, sino también para que los que le busquen puedan gozar de su presencia en todo tiempo y en todo lugar. Van los piadosos peregrinos a Loreto donde Jesús vivió, y a Jerusalén en donde fué crucificado; pero, ¡cuánto mayor no ha de ser nuestra oración, al tener delante de nuestros ojos el tabernáculo, en que este mismo Dios, que habitó con nosotros y por nosotros murió en el Calvario, reside noche y día personalmente!

   No es permitido a toda clase de personas hablar privadamente a los reyes de la tierra; mas todos sin excepción, ricos y pobres, nobles y plebeyos, pueden hablar cuando quieran al Rey del Cielo, Jesucristo, y exponerle sus necesidades, y pedirle sus mercedes en este Santo Sacramento, donde está pronto a dar audiencia a todos, y a todos les oye y los consuela.

   La gente del mundo que no conoce otros placeres que los terrenos, no concibe qué placer pueda gozarse al pie del altar en donde está la hostia consagrada; más para las almas que son amantes de Dios, las horas y los días enteros pasados delante del Santísimo Sacramento no son más que minutos: tan dulces son los goces que el Señor allí les da a probar.

   ¿Pero cómo podrían los mundanos gozar de estas dulzuras, ellos cuyo corazón y cabeza no están llenos sino de tierra? San Francisco de Borja decía que para que reinase en nuestros corazones el amor divino, era menester antes quitar de ellos la tierra; de otra manera, el amor divino, ni siquiera entra allí, porque no encuentra lugar donde estar. Cesad, dice David, y ved que yo soy Dios. Para percibir el sabor de Dios y experimentar cuán dulce es para quien le ama, es menester quedar vacante, esto es, despegarse de los afectos terrenos. ¿Queréis encontrar a Dios? Desprendeos de las criaturas y lo encontraréis, decía Santa Teresa.

   ¿Qué debe hacer un alma delante del Santísimo Sacramento? Amar y rogar. No debe permanecer allí para percibir dulzuras y consuelos, sino solamente para agradar a Dios con actos de amor, para entregarse enteramente a Dios, despojándose de toda voluntad propia, y ofreciéndose a su divina Majestad, diciendo: Dios mío, yo os amo, y sólo a vos quiero amar. Haced que os ame siempre: después disponed de mí y de todas mis cosas y mis bienes como sea de vuestro agrado.

   Entre todos los actos de amor divino, el más agradable al Señor es el que hacen continuamente los elegidos en el cielo, el cual consiste en regocijarse por la beatitud infinita de Dios. Los elegidos aman a Dios más que a sí mismos: más desean la felicidad de aquél a, quien aman que la suya propia; y viendo que Dios goza de una felicidad infinita, recibirían por ello un contentamiento infinito; mas por cuanto la criatura no es capaz de un contentamiento infinito, queda llena de él, de modo que el gozo de Dios hace el gozo de ella y su paraíso.

   Estos actos de amor, aunque hechos acá en la tierra sin experimentar dulzura sensible, son muy agradables a Dios. No siempre concede sus consuelos en esta vida a las almas que más quiere: no se los concede sino muy rara vez, y entonces, no tanto es para recompensar sus buenas obras (la recompensa completa se la reserva en el cielo), como por darles más fuerzas para soportar con paciencia los disgustos y adversidades de la vida presente, y en especial las distracciones y sequedades a que están sujetas las almas piadosas en medio de la oración.

   En cuanto a las distracciones, no hay que hacer caso: basta que las alejemos cuando nos enteramos de ellas: los mismos santos las experimentan algunas veces; mas no por esto cesan de orar, y nosotros debemos imitarlos. San Francisco de Sales dice que, aunque en la oración no hiciéramos más que desechar y volver a desechar las distracciones, todavía la oración es de gran provecho.

   Cuanto a las sequedades, la mayor pena de las almas piadosas es el hallarse a veces sin ningún sentimiento de devoción, sin voluntad y hasta sin ningún deseo sensible de amar al Señor, y con esto frecuentemente se les añade el temor de estar en desgracia de Dios por sus culpas, y de ser de él abandonadas. En tan profundas tinieblas no saben hallar la salida, y les parece que tienen cerradas todas las puertas. Continúe entonces el alma su oración: resista al demonio: procure unir su desolación a la que Jesucristo experimento en la cruz; y si no puede decir otra cosa, diga a lo menos con algo de espíritu: Dios mío, quiero amaros, quiero ser enteramente de vos: tened piedad de mí, no me abandonéis. Diga también, como decía una alma santa a Dios cuando más desolada se sentía: Os amo, por más que parezca que me aborrecéis: huid lejos de mí y donde queráis, que yo os seguiré a todas partes para amaros. Acto de amor.


miércoles, 18 de octubre de 2017

DECLARACIÓN DEL EPISCOPADO ARGENTINO SOBRE LA MASONERÍA. (Y sobre el comunismo. Del año 1959)







Queridos amigos de este blog, recomiendo la lectura de este material válido para cualquier país católico del mundo, pues su contenido es una constante aplicable en todos los casos. Infórmense debidamente o no van a entender jamás los acontecimientos que se vienen sucediendo y que tanto mal hacen, a la Iglesia y a la sociedad católica. Resalto una vez más la íntima relación entre masonería y comunismo. Luego hablaremos a quienes están subordinados ambos.

“El Episcopado Argentino en su Reunión Plenaria, ante las diversas manifestaciones hechas en la prensa por la masonería, se siente en la obligación de hacer una pública declaración en cumplimiento de la recomendación de S.S. León XIII”: “Lo primero que procuraréis hacer será arrancar a los masones sus máscaras para que sean conocidos tales cuales son” (Encíclica “Humanum Genus”).

Los Papas, pilotos supremos e infalibles de la civilización, comprendieron el peligro que amenazaba al mundo a través de las sectas y lo señalaron desde la primera hora declarando palmariamente la conjuración satánica que se cernía sobre la humanidad.

Desde Clemente XII, en su Encíclica “In Emminenti” de 1738, hasta nuestros días, reiteradamente los soberanos Pontífices han condenado las sectas masónicas, y el Código de Derecho Canónico señala: “Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género incurren en excomunión” (Canon 2335).

El 24 de julio de 1958 (en la Octava Semana de Formación Pastoral), S.S. Pío XII señaló como “raíces de la apostasía moderna, el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo, y la masonería, madre común de todas ellas”.

Doctrina y fines de la masonería

El inmortal Pontífice León XIII, en la carta Encíclica “Humanum Genus” ––condenatoria de la masonería–– al afirmar que “junto al reino de Dios en la tierra, que es la verdadera Iglesia de Cristo, existe otro reino, el de Satán, bajo cuyo imperio se encuentran todos los que rehúsan obedecer a la ley divina y eterna y acometen empresas contra Dios, o prescinden de Él”, nos advierte que “en nuestros días todos los que favorecen al segundo de estos bandos parecen conspirar de común acuerdo y pelear con la mayor vehemencia, siéndoles guía y auxilio la sociedad que llaman de los masones. Audazmente se animan ––continúa el Papa–– contra la Majestad de Dios y maquinan abiertamente y en público la ruina de la Santa iglesia, y esto con el propósito de despojar enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios que les granjeó Jesucristo Nuestro Salvador”. Más adelante dice León XIII:Entre los puntos de doctrina en que parece haber influido en gran manera la perversidad de los errores masónicos se hallan las enormidades sostenidas por los socialistas y comunistas y los ataques contra la verdadera y genuina noción de la familia cristiana, la cual tiene su origen en el matrimonio uno e indisoluble; y contra la educación cristiana de la juventud y la forma de la potestad política modelada según los principios de la sabiduría cristiana. Por eso, a ejemplo de nuestros Predecesores, hemos resuelto declararnos de frente contra la sociedad masónica, contra el sistema de su doctrina y sus intentos y manera de sentir y obrar, para más y más poner en claro su fuerza maléfica e impedir así el contagio de su funesta peste. Hay varias sectas ––anota el Papa–– que si bien diferentes en nombre, forma y origen, se hallan sin embargo unidas entre sí por cierta comunión de propósitos y afinidad entre sus opiniones capitales, concordando de hecho con la secta masónica: especie de centro de donde todas ellas salen y adonde todas vuelven”.

“Su último y principal intento no es otro que el de destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo; levantando, a su manera, otro nuevo fundamento y leyes sacadas de las entrañas del Naturalismo , el cual sostiene que la naturaleza y la razón humana ha de ser en todo maestra y soberana absoluta”. Luego, el Papa enumera algunos intentos masónicos por los cuales los sectarios “niegan toda divina revelación, atacan con saña a la Iglesia Católica, cuyo deber propio es guardar y defender en incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios; propugnan la separación de la iglesia y el Estado, fomentan el indiferentismo religioso, sostiene la igualdad de todos los cultos, privan a la Iglesia de su libertad, propician la educación laica obligatoria, con exclusión de toda idea religiosa, el matrimonio civil, el divorcio absoluto y el ateísmo de estado” (Encíclica “Humanum Genus”).

Medios recomendados en la actualidad por la masonería

En 1958, en la cuarta conferencia Interamericana de la Masonería, realizada en Santiago de Chile, se manifestó que, “La Orden presta ayuda a sus adeptos para que puedan alcanzar altas jerarquías en la vida pública de las naciones”; y luego se desarrolló el temario titulado: “Defensa del laicismo”. Señalóse a continuación la nueva táctica de la masonería con la que coinciden también las últimas consignas del comunismo internacional. Los masones deben procurar el laicismo en todos los órdenes y los comunistas la subversión del orden social como terreno apto para sus intentos finales. La consigna es la siguiente: “Intensificar la campaña laicista por intermedio de los diversos partidos políticos influenciados. Tratar de apaciguar la alarma de la Iglesia Católica contra la masonería evitando la acción masónica directa. Incrementar la acción conducente al quebrantamiento de la unidad de los movimientos obreros, para apresurar luego su copamiento. La masonería y el comunismo persiguen momentáneamente el mismo objeto en América latina; por lo cual debe procurarse la mayor armonía en la acción, sin que aparezca públicamente su alianza”.

Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal

Una prueba de todo esto tenemos en el “Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal”.

La masonería mundial y el comunismo se aprestan a realizar en la ciudad de Montevideo, el denominado “Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal”. Es éste un congreso masónico de inspiración comunista que aspira a hacer servir los fines masónicos de “fraternidad universal” a la expansión del comunismo soviético internacional. Se realizará este congreso en los días de la próxima Semana Santa (del 26 al 28 de marzo) y se propone aprestarse para “luchar por la confraternidad humana y la paz del mundo”. Dos lemas en que ocultan sus perversas intenciones la Masonería y el Comunismo.

Masonería y Comunismo

“El Marxismo y la Masonería tienen el ideal común de la felicidad terrestre. Un masón puede aceptar enteramente las concepciones filosóficas del marxismo. Ningún conflicto es posible entre los principios del marxismo y de la masonería”: lo afirma el gran Maestre de la Masonería de París.

Para lograr sus fines, la masonería se vale de la Alta Finanza, de la alta política y de la prensa mundial; el marxismo se vale de la revolución en lo social y económico contra la patria, la familia, la propiedad, la moral y la religión.

Los masones cumplen su fin con medios secretamente subversivos; los comunistas con medios abiertamente subversivos. La masonería mueve a las minorías políticas sectarias; el comunismo se apoya en una política de masas, explotando los anhelos de justicia social.

A los jóvenes

Morada de la eternidad – Por San Alfonso María de Ligorio.


   

   El hombre irá a la morada de la eternidad.  Es un error llamar nuestra casa a la que al presente habitamos: la casa de nuestro cuerpo será dentro de poco una sepultura donde habrá de estar hasta el día del juicio, y la casa de nuestra alma será o el cielo o el infierno, según hayan sido nuestros méritos, y allí deberá estar por toda la eternidad.

   No irán nuestros cadáveres por sí mismos a la sepultura, otros los llevarán; pero el alma ella misma pasará a la morada que habrá merecido: morada de eterno gozo o de eterno dolor. Según el bien o el mal que hace el hombre, así él va por su pie á, la casa del cielo o a la del infierno, y ya no se muda más de casa.

   Los que viven en la tierra suelen cambiar de habitación, sea por capricho, sea por necesidad. En la eternidad nunca se muda de casa. En donde se entra por primera vez, allí se ha de habitar para siempre. El que entre en el cielo será dichoso para siempre; el que entre en el infierno será eternamente desdichado.

   El que entre en el cielo estará siempre en compañía de Dios y de los santos, siempre en paz, siempre contento, porque los elegidos están siempre rebosando de gozo sin temor de perderlo jamás. Si en los bienaventurados entrase el temor de perder  aquella dicha que gozan, ya no serían bienaventurados, porque la sola sospecha de perder aquel gozo que poseen les perturbaría la paz en que viven. Al contrario, los que entran en el infierno estarán eternamente separados de Dios, siempre penando en aquel fuego con los condenados.

      No penséis que los tormentos del infierno sean semejantes a los que se padecen en este mundo, donde con acostumbrarse se va disminuyendo la pena. Así como las delicias del paraíso no causarán jamás tedio, sino que parecerán siempre nuevas como el primer día de gozarlas, según lo significa el cántico eterno de los bienaventurados: Y cantaban como un cántico nuevo. Así por el contrario, en el infierno las penas no se disminuirán en toda la eternidad; ninguna costumbre podrá jamás aliviarlas.

   Los infelices réprobos sentirán por toda la eternidad el mismo tormento que sintieron la primera vez que quedaron  sometidos a ellas.

   San Agustín dice que los que creen en la eternidad y no se convierten a Dios, han perdido la fe o el juicio

   Desdichado del pecador que entra en la eternidad, sin haberla conocido, exclama San Cesáreo, y que ha descuidado pensar en ella. Y añade después: Dos veces desdichados en primer lugar porque caen en aquel abismo de fuego; y después, porque una vez que habrán entrado, no volverán a salir de él. Las puertas del infierno se abren para dar entrada a las almas de los condenados; pero no para darles salida.

   No: los santos no han hecho jamás bastante para su salvación: sepultándose en los yermos, alimentándose con yerbas del campo, durmiendo sobre duras piedras, no han hecho nada demás, dice San Bernardo, porque no hay demasiada seguridad donde peligre la eternidad; cuando se trata de la eternidad, jamás se toman bastantes precauciones.

   Así pues, cuando el Señor nos envía alguna cruz con la enfermedad, con la pobreza, o con otro cualquier mal, pensemos en el infierno que tenemos merecido, y todos nuestros sufrimientos nos parecerán ligeros. Digamos entonces con Job: Peque y de veras delinquí, y no he sido castigado como merecía. ¿Cómo podré yo quejarme cuando me enviéis, Señor, algunas tribulaciones, yo que he merecido el infierno?

   ¡Oh Jesús mío! no me arrojéis al infierno, porque en el infierno ya no podría amaros, sino que habría de aborreceros para siempre.


   Privadme, Señor, de todo, de los bienes, de la salud, de la vida, pero no me privéis de vuestro amor. Disponed que os ame y os alabe, y después castigadme siempre, y haced de mi lo que cumpla a vuestra voluntad. ¡Oh Virgen María! madre de Dios, interceded por mí.

sábado, 14 de octubre de 2017

Un moribundo ante su Crucifijo – Por San Alfonso María de Ligorio.

   



   Jesús mío, mi Redentor, que vais A ser mi juez dentro de poco, tened misericordia de mí, antes que llegue el terrible momento en que me habéis de juzgar. No me espantan mis pecados ni el rigor de vuestro juicio, cuando os miro muerto en esa cruz para salvarme.

   Consoladme sin embargo en la agonía en que me encuentro: mis enemigos quieren asustarme, diciéndome que no hay salvación para mí; pero yo no quiero perder un solo instante mi confianza en vuestra infinita bondad, diciendo con el Profeta: Mas tu eres mi amparador. Consoladme, decid a mi alma: Yo soy tu salud.

   No se pierdan las ignominias y el dolor que habéis sufrido, ni la preciosa sangre que habéis derramado por mí. Sobre todo yo os ruego por el dolor que experimentásteis cuando vuestra alma bendita se separó de vuestro cuerpo sacrosanto, que tengaís piedad de mi alma cuando salga de mi cuerpo.

   Verdad es que a menudo os he ofendido con mis pecados; pero en este momento os amo más que a todas las cosas, más que a mí mismo: me arrepiento de todo corazón de los disgustos que os he causado, y los detesto y los abomino más que a todo mal. Conozco que he merecido mil veces el infierno por las ofensas que os he hecho; pero la dolorosa muerte que por mí sufristeis, y las gracias sin número que me habéis concedido, me permiten esperar que al comparecer ante vos me daréis el ósculo de paz.

   Lleno de confianza en vuestra bondad, ¡oh Dios mío! me entrego en vuestros paternales brazos. Las ofensas que os he inferido me han hecho merecer el infierno; pero yo espero por esa sangre preciosa, que ya me hayáis perdonado, y que pueda algún día ir a cantar en el cielo vuestras misericordias:
Misericordias Domini in aeternum cantabo.

   Acepto de buena voluntad las penas que me están preparadas en el purgatorio; justo es que el fuego purifique en mi las injurias que os he hecho. ¡Oh santa prisión! ¿Cuándo me encontraré encerrado dentro de ti, seguro de no poder perder ya a mi Dios?

   ¡Oh sagrado fuego del purgatorio! ¡Cuándo me purificarás de tantas manchas y me harás digno de entrar en la patria de los bienaventurados! ¡Oh eterno Padre! Por los merecimientos de la muerte de Jesucristo, hacedme morir en vuestra gracia y en vuestro amor, para que os ame eternamente en el cielo. Os doy gracias por los beneficios que me habéis concedido durante mi vida y sobre todo por la gracia grande de concederme la Santa Fe, y de haberme hecho recibir en estos últimos días de mi vida todos los Santos Sacramentos.

   Ya que disponéis mi muerte, quiero morir por agradaros, que poco sea que yo muera por vos, ¡oh Jesús mío! por vos que habéis muerto ¡por mí! Diré con San Francisco: Moriré  por tu amor, puesto que tú te dignaste morir por el mío.

   Recibo la muerte con tranquilidad: acepto con gozo todas las penas que tendré que sufrir aún, hasta el momento en que expire. Dadme fuerza para sufrirlas con perfecta conformidad a vuestra santísima voluntad. Ofrezco estas penas para mayor gloria vuestra, y las uno a las que sufristeis vos en vuestra pasión. Eterno Padre, os consagro mi vida y todo mi ser: os pido que os dignéis de aceptar este sacrificio mío por los méritos del gran sacrificio que Jesucristo vuestro hijo os Ofreció de sí mismo en la cruz.

   ¡Oh Virgen María! Madre de Dios, que me habéis alcanzado tantas gracias del Señor durante mi vida, os doy gracias de todo corazón; no me abandonéis en mis últimos  instantes, en que más que nunca necesito de vuestra intercesión. Rogad a Jesús por mí, y aumentad vuestras súplicas: alcanzadme más dolor de mis pecados y más amor de Dios, a fin de que vaya a amarle eternamente en vuestra con todas mis fuerzas en el cielo. Virgen María, mi esperanza, yo confío en vos.
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