miércoles, 14 de noviembre de 2018

De las enfermedades que nos vienen por fines más altos de la gloria de Dios – Por el padre Luis de Lapuente. (No exagero en decir que pocos ven la enfermedad como lo describe esta publicación, no se la pierdan para comprensión y consuelo de los que están enfermos)





   Para consuelo de los enfermos, es bien que consideren que no siempre las enfermedades son castigo de pecado, sino algunas veces las envía Dios solamente para manifestar su gloria, y para ejercicio de sus escogidos, sacando de ellas grandes ganancias. Así lo dijo el Salvador a los apóstoles, cuando le preguntaron la causa de haber nacido un hombre ciego: No pecó, dice, éste ni sus padres: sino que es ciego para que en él se manifiesten las obras de Dios; y de la enfermedad de Lázaro, dijo: Que era para la gloria de Dios, y para que en él fuese glorificado su único Hijo. Y de aquí es, que algunas veces el justo, aunque tenga algunas culpas, padece enfermedades más graves que ellas merecen, por otros fines que Dios pretende; como lo testifica de sí el santo Job, cuando dijo: Ojalá se pusiesen en una balanza los pecados con que merecí este castigo, y en otra los trabajos que padezco, y echarías de ver, que las penas son más pesadas que las culpas. Pero esto mismo es motivo de sumo consuelo y alegría; porque mucha mayor grandeza es estar en la cruz, como Cristo, inocente, que como el buen ladrón, culpado; y grande gloria es imitar en esto a nuestro capitán y al glorioso ejército de sus soldados los mártires, cuyos tormentos no eran por sus pecados, sino para dar testimonio de su fe y de la caridad que tenían de su Dios; y es linaje de martirio padecer sin culpa enfermedades, para que sea Dios glorificado en ellas. Y ¿de dónde a mí tanto bien que pueda yo ser materia de la divina gloria, y que ella crezca por mi causa? Sea, Señor, yo atormentado, con tal que tú seas glorificado. Mas aunque es verdad, que lo mejor de los trabajos es no tener culpa que sea causa de ellos, no has de desmayar por verte culpado; porque bien puede ser que tus enfermedades sean castigo de tus pecados, y juntamente sean para gloria de Dios y para que él sea glorificado en ellas, no sólo con el resplandor de su justicia, sino por otros muchos caminos de su mayor gloria.

   De aquí puedes subir a considerar, que Dios te envía las enfermedades para probar tu fe y lealtad, y ver cómo peleas por su amor, basta vencer, quedando él muy honrado y glorificado con esta victoria, que más es suya, que tuya. Piensa, pues, hermano, cuando estás enfermo, que la cama es el campo o el palenque donde entras a pelear con mi ejército de soldados y crueles enemigos, que son el frío y la calentura, el hastío, la sed, los dolores, buscas, congojas y las molestias de las medicinas, y luego levanta los ojos al cielo, y entiende que Cristo nuestro Señor te está mirando cómo peleas, como miraba a San Esteban, cuando le estaban apedreando, y desde allí te anima a pelear, porque le va su honra en que venzas, y a ti te va la vida en no ser vencido. Mírale otras veces cómo está cerca de ti, rodeando tu cama por todas partes; porque en él vives, y te mueves, y dentro de él estás cuando padeces, y dentro de ti le tienes para pelear en ti, y por ti, ayudándote con su gracia para salir con la victoria; y animado con su presencia, vuelve por su honra, no admitiendo culpa, ni impaciencia alguna, aceptando de buena gana todas las penas que padeces, para que Dios sea glorificado en ellas. Imagina que te pone en esta cama para que eches de ti tal olor de santidad, que edifiques con tu paciencia a los que te vieren, y les muevas a glorificar a tu Padre celestial; a la manera que se dice del santo Tobías: Que te afligió Dios con la ceguedad, para que se diese a los venideros ejemplo de paciencia, como le dió el santo Job, perseverando sin mudanza en el divino servicio. Imagina también que tienes a tu lado al ángel de la guarda, y al demonio, estando a la mira de lo que haces y procurando cada uno tenerte de su parte. No confundas a tu ángel, ni alegres a tu enemigo, dándole ocasión para que triunfe de ti y escarnezca a Dios; antes procura confundir al demonio, y alegrar al santo ángel, y darle ocasión de que él glorifique a Dios por la paciencia que por su amor has mostrado.

La devoción de las "TRES AVEMARÍAS"






sábado, 10 de noviembre de 2018

EL CLUB DE LOS LEONES – Un pequeño informe. ¡Entérese!



¿QUE ES EL CLUB DE LOS LEONES?

   Es otra de las asociaciones que, sin ser propiamente quizás masónicas, pueden considerarse sin embargo como uno de los tantos movimientos que difunden por el mundo las ideas de la secta (entiéndase la secta masónica).

   La historia del Club de los Leones arranca del año 1917, cuando el joven Melvyn Jones, estudiante de Chicago, juntó alrededor suyo muchos chicos de su edad. La miseria rodeaba a muchos de ellos; y las diferencias sociales estaban muy acentuadas en ellos. Entonces decidieron realizar obras benéficas, aunque con el más riguroso anonimato, y favorecer entre los hombres de todos los países la hermandad, la concordia y la amistad. De modo más inmediato, reunieron algún dinero, organizaron rifas, recogieron ropas, abrieron comedores populares, todo para los necesitados.

   El grupo inicial estaba formado por dos docenas de afiliados. En la actualidad (NOTA: se debe tener encuenta que esta publicación tiene sus años, los datos no están actualizados), la organización leonística cuenta con más de 12.000 clubes, distribuidos en 63 países, y con más de 600.000 miembros o leones. Solamente en América del Sur parece que hay unos 40.000 leones. En diciembre de 1954, el vicepresidente de los Leones internacionales, Dr. Humberto Venezuela, dejó establecida en Argentina una filial del Club.

   Se fundaron pronto otras filiales, y en diciembre de 1957, su presidente Mr. Edward Barry visitó Argentina, acompañado por leones internacionales y recibió en Rosario los homenajes de representantes de los clubes leones de Uruguay, Chile y Paraguay.

   La palabra Leones es una sigla y corresponde a:

L ealtad                N obleza de ideales

E ntendimiento      E sfuerzo     por el progreso

O rden                   S ervicio      al individuo.

   Armando Tonell, en un artículo salido en la revista Reflector, (de la Congregación del Verbo Divino) escribe: “Los Leones se diferencian de los rotarios en un solo detalle: las clasificaciones. Mientras que en el Rotary cada actividad tiene un representante, en el Club de Leones, o “Lions Internacional” se admite a todos por igual y la selección es menos rigurosa. Por el ridículo nomenclátor en que cataloga a sus miembros, como por sus pretensiones de salvador social, el Club de Leones puede encasillarse muy bien entre los clubes chirles y fanfarrones”.

¿Qué debe pensarse de los leones?

   Que sepamos, la Iglesia no ha dado todavía ninguna directiva acerca de tales clubes, como ya lo hizo para el Rotary.

   Creemos que con toda razón debe aplicársele el Canon 684, cuyo texto repetimos: “Son dignos de alabanza los fieles que dan su nombre a asociaciones que promueve la Iglesia o al menos tienen su aprobación. Por el contrario, absténgase de las sociedades secretas, condenadas, sediciosas, sospechosas, o que buscan eludir la legítima vigilancia de la Iglesia”.

   A lo menos le conviene al Leonismo este último calificativo: sospechoso, por los motivos que apunta Armando Tonell, en el artículo ya citado: “Si el “Club de Leones” no pasara más allá de sus extravagancias de forma, no valdría la pena ocuparse de él, ni para ponerlo en solfa. ¿Qué importa una máscara más, que creyendo que todo el año es carnaval busca empeñosamente formar su comparsa? Pero es el caso que el “Club de los Leones” esconde bajo su careta inofensiva un fondo inaceptable desde el punto de vista del mejoramiento social y de la elevación moral del hombre. (Que pretende ser su finalidad).

   Proclama el “Club de Leones” la amistad, el compañerismo y la camaradería como únicos medios para mejorar moralmente a la humanidad, de acuerdo con la enseñanza rotaría legada por Paul Harris, fundador del Rotary.

  Y Harris preconizó la prescindencia absoluta de Dios y de todo credo religioso... Todo debe hacerse sin el auxilio de la Divinidad. Debe obrarse Ieonísticamente. En los tiempos de Roca y de Wilde, se decía “masónicamente”; pero hoy, para disimular, se tapan el mandil con el mantel de la opípara mesa en que periódicamente se reúnen “leones” y “rotarios”, y con fingida candidez, enarbolan el banderín del indiferentismo religioso, tanto más pernicioso como la misma guerra a la religión.

   En lugar de alistarse en las filas del Leonismo, los católicos deseosos de fomentar la caridad o de ejercerla en provecho de los necesitados hallarán fácilmente muchas otras asociaciones “que promueve la Iglesia o al menos tienen su aprobación” en que podrán inscribirse con mérito de su parte, sin el peligro de caer en el indiferentismo religioso o de favorecer, aunque sea indirectamente, los planes de la Masonería.

UNAS FOTOS REVELADORAS.

   En la Revista “Cruzado Español” del 15-XII-1960, Fidel Castro aparece fotografiado, une vez con el Presidente del Club de los Leones de La Habana, Dr. Balando Fernández Patmos, en un momento del almuerzo celebrado por dicho Club en el Salón Caribe del Hotel Hilton, y otra vez en el almuerzo del Club Rotario de La Habana, con el Dr. Manuel Urrutia, presidente, y varios miembros del Gabinete”.

SIN CONTAR QUE...

   Muchas otras sectas, asociaciones y sistemas doctrinales como Acción Laica, Liga de la Enseñanza, Intelligence Service, Friendly Societies, Young Men's Christian Association (YMCA), Liga de los Derechos del Hombre, etc., son auxiliares y renuevos de la Masonería. . . (Triana, Hist. de los HH. Tres Puntos).

   “En Argentina existen cerca de 40 organizaciones colaterales de la Masonería, creadas exprofeso para desarrollar su acción profana, sin comprometerse; y otras 30 que, si bien no son fundaciones masónicas han sido prácticamente copadas por la Masonería.

   Otros autores han denunciado la influencia de la Masonería en el espiritismo y el teosofismo y otras prácticas esotéricas”. (Cfr. Fray Isidoro Silvestre O.F.M. en “Masonería, su misión, sus actividades”).

   “Todos los Leones no son masones, ni mucho menos, pero todos los masones son favorables al Club de los Leones”.

   La propaganda masónica se ha preocupado, sobre todo desde 1930, en organizarse en las altas esferas, con el fin de alcanzar mejor en todos los terrenos sus fines más esenciales.

   Esta propaganda no se contenta con obrar sobre los partidos políticos y por su intermedio. Pone en obra los medios más diversos: ciertos periódicos, asociaciones “fraternas” que ¡ha multiplicado en muchos ambientes las Ligas que proceden más o menos directamente de ella o que ella inspira, o que son sus aliados: Liga de los Derechos del Hombre, Liga de la Enseñanza llegada a ser Confederación General de las Obras Laicas, Librepensamiento, Agrupaciones racionalistas, de defensa laica, de funcionarios, de combatientes, de compañeros de mutualistas, de enseñanza popular, etc. Ha desarrollado las obras de Juventud, Scouts, Asociaciones deportivas. Patronatos de laicos. Colonias de vacaciones.

   Ha invitado a sus miembros a tomar lugar en las secciones locales de las diversas obras. Ha llamado a su auxilio al teatro, al cine, la radio, las bibliotecas populares, los volantes.

   A menudo procede mediante personas interpuestas. Recomienda a sus fieles el empaparse bien, en las Logias, en las enseñanzas masónicas; y después, dejar el mandil y su cualidad de masón, para bajar a la ciudad como simples ciudadanos. Que se trate de la acción parlamentaria o de cualquier obra, la Masonería se ha de hacer sentir por todas partes, y descubrir en ninguna”. CHARLES LEDRÉ “La Masonería”


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   “El Anticristo no se llamará así; de lo contrario no tendría adeptos. No llevará un “maillot” rojo, y no vomitará azufre. Llegará disfrazado como el Gran Humanista; hablará de paz y de abundancia. Protegerá la ciencia, pero tan sólo para que los fabricantes de armas se sirvan de una maravilla de la ciencia para destruir otra. Hablará aún, tal vez, de Cristo, y dirá de El que fué el hombre más grande que jamás haya existido. En medio de su aparente amor a la Humanidad y con sus enternecedoras palabras sobre la libertad y la igualdad tendrá un gran secreto que no dirá a nadie. No creerá en Dios. Vivimos días de Apocalipsis. . .”

Mons. Fulton Sheen (1951).



“Tomado de la publicación Fe integra” N° 5 (Segunda Edición)

jueves, 1 de noviembre de 2018

UNA PECADORA OBSTINADA – Una historia real escrita por San José Cafasso.




Nota nuestra: Una gran lectura, que inspira a la piedad, a una gran confianza en los sacerdotes y en la misericordiosa mediación de María Santísima.

   Cuán saludable haya sido para los moribundos la actividad de nuestro Santo, lo demuestra la historia de los últimos días de una pobre pecadora: historia que con mano temblorosa pero con ardiente y confiado corazón nos la narra él mismo en sus apuntes particulares.

   Se trata de una joven nacida de noble familia, que recibió en los primeros años una educación completa, tanto religiosa como civil y literaria. Enriquecida en grado eminente con bellas dotes físicas y siendo por naturaleza de índole dulce y amable, era la alegría y delicia de sus padres y de cuantos la conocían. Cuando se hacían los más felices pronósticos sobre su porvenir, chocó contra un escollo fatal que fué causa de su naufragio. La obra de uno sólo bastó para destruir en poco tiempo la larga y laboriosa faena de muchos. Dejóse seducir por vanas lisonjas y cayó en el fango, cayendo con ella muchas y halagadoras esperanzas. Alejándose a escondidas de la casa paterna, contrajo un caprichoso y malogrado matrimonio. Despojada ya de su pudor y favorecida para el mal por la juventud de sus años y por su rara belleza, que la hacía una diosa a los ojos de sus admiradores, se lanzó sin freno por el camino de la impiedad. Contrajo después una terrible enfermedad que la consumía lentamente entre atroces dolores y a los treinta y tres años, se encontraba ya al fin de sus días. Después de haber perdido el honor, los bienes, la salud y estando ya al punto de perder la vida, no le quedaba sino salvar su alma. Pero el vicio y la iniquidad estaban tan estrechamente unidos que parecía vana toda esperanza.

   Aquí entra la acción de San Cafasso, quien escribe: “El 26 de agosto de 1842, estaba confesando en la iglesia de San Francisco de Asís en Turín, cuando se me presentó un señor a quien yo no conocía para rogarme fuera en seguida a visitar a una señora enferma cuyo nombre y habitación me hizo saber. Respondí que lo haría gustoso, y una vez despachados los penitentes, me encaminé al lugar indicado; cuando llegué a la casa me anunció a la enferma una persona del servicio que, después de haberme hecho esperar un poco en la antesala, me dijo fríamente que podía seguir. Sin sospechar lo que iba a suceder, entré con aire alegre a la pieza de la enferma, la saludé cortésmente y le dirigí algunas palabras de condolencia, que no produjeron ningún efecto, pues ni siquiera se dignó mirarme. Hice poco caso de tal recibimiento, atribuyéndole más a la vehemencia de sus dolores que a la mala disposición de su ánimo. Invitado por algunos de los presentes, me senté al lado de su lecho. Mas la enferma, volviendo a mí su rostro airado, me dijo bruscamente que no tenía nada que ver conmigo ni qué decirme; que me fuese más bien a casa de quien me había hecho llamar”.

   “Debo confesar que tan inesperada respuesta me produjo mucha pena, pero disimulando, no desesperé de volverla a mejores sentimientos; por esto, sin, cambiar de tono le respondí tranquilamente que no se inquietase, pues no era mi intención hablarle de sacramentos o de cosas que la pudieran turbar; que yo estaba plenamente satisfecho por haber tenido la bondad de recibirme como a uno de sus visitantes... Pero ella, como si me leyese en el corazón, sin atender a mis palabras, me respondió más bruscamente que antes, que no se confesaría y repitió que no tenía nada que ver conmigo y nada que decirme”.

   No me desanimó este segundo rechazo sino que busqué todos los medios para abrirme camino en aquel corazón. Mas fueron inútiles mis esfuerzos y las cosas comenzaron entonces a ir de mal en peor y sus respuestas se hicieron cada vez más extravagantes e impías. Preguntada si por lo menos me recibiría otro día que viniera a visitarla, me respondió que sí, con tal que no le hablase de Dios.

   Talvez hubiera debido cesar en mi empeño después de esta definitiva respuesta para intentarlo en mejor ocasión, pero sentía en gran manera tener que partir del lado de la miserable sin un rayo siquiera de esperanza, y animado por la piedad de una caritativa persona que me miraba afligida y casi con lágrimas en los ojos, no pude menos de decirle alguna buena palabra. Mas entonces la enferma, como si no pudiese soportar no sólo mi voz sino mi presencia, irguiéndose improvisadamente en el lecho se puso a gritar con voz desesperada que retumbaba en todos los lugares de la casa, que no la importunase más y no le rompiese la cabeza. Aturdido por este tono de voz, y desesperando de obtener mi intento, partí rápidamente seguido de no sé qué confusas voces de la enferma, que no entendí”.

   Durante el curso del día tuvo San Cafasso el pensamiento y el corazón dirigidos a aquella infeliz. Hacia el atardecer volvió a su lado, y viéndola tranquila en el semblante y en el modo de hablar se movió por ello a animar con suaves palabras y sabias reflexiones su corazón para inducirla a ajustar los intereses de su alma. Cuál fué el resultado de esta nueva tentativa, nos lo refiere el Santo.

   “La enferma agotó su paciencia al oír mi conversación; así que, aun no había yo terminado de hablar cuando, volviéndose hacia mí, renovó la acostumbrada respuesta de que no comenzara a importunarla.

   —No es para incomodarla, señora, proseguí, sino sólo para decirle cuanto me obliga la caridad que a usted debo, pues si el Señor la llama, ¿quiere ir al otro mundo en las condiciones en que se encuentra?— ¡Oh! sí que me llama el Señor, repitió aún más exacerbada la enferma, no puedo oír estas cosas. —Será como usted quiera, continuó siempre con manera afable San Cafasso. Usted irá sin que la llamen; pero llamada o no, ¿quiere ir así?— Entonces, no sabiendo qué responder, y no queriendo por otra parte soportarme más, se enderezó sobre el lecho y tomando un tono de apariencia tranquilo pero fuerte y vibrante, con los ojos bien abiertos y fijos en mí: —Sepa de una vez por todas que no quiero confesarme, dijo, acompañando sus palabras con el gesto del brazo”.

   “A tal respuesta que me cerraba el camino a ulteriores instancias y me quitaba casi toda esperanza, pensé, no sé si bien o mal, cambiar yo también de método y de tono. Me puse pues, en pie y le dije:

   Si es así, señora, me voy. Rogaré por usted al Señor pero esté segura de que no volveré más a importunarla. Sepa además que yo la espero en otro lugar y otro día y entonces usted tendrá que confesar con sus propios labios de qué le han valido sus blasfemias y su obstinación—.

   Yo quería continuar para recalcarle, más los gestos y gritos de la enferma que parecía una energúmena, me persuadieron que me retirara, como lo hice en efecto. Pero al pasar por la antecámara, encontrándome con los de la casa, que habían acudido a los gritos de la enferma y me miraban desanimados y compasivos, me mostré muy desconsolado y afligido, como lo estaba efectivamente; y para obligarlos a hacer lo que yo ya no podía, exclamé en voz alta:

   —Si quiere irse al infierno, que se vaya; toda la culpa será suya; ella será quien ha de arrepentirse”.

   Cuando volvió a casa San Cafasso con el alma llena de amargura, pensó que no había otro camino sino recurrir a la Madre de las Divinas Misericordias. Al día siguiente, 27 de agosto, no hizo sino rezar. Rogaban con él sus compañeros sacerdotes y los fieles. Las plegarias fueron eficaces. Por la tarde encontró el Santo en casa un billete escrito por el padre de la desventurada, en el que le suplicaba fuera a la mañana siguiente a la casa de la moribunda que tenía muchas cosas para confiarle. En la mañana del 28 pasaba San Cafasso por tercera vez el umbral de aquella casa donde un alma lo esperaba ansiosamente.

miércoles, 31 de octubre de 2018

EN QUÉ CONSISTEN EL VERDADERO PROGRESO ESPIRITUAL Y LA SÓLIDA PAZ DEL CORAZÓN – Por Tomás de Kempis.








CRISTO: Hijo mío, yo dije: “O dejo mi paz, os doy mi paz, yo no la doy como el mundo la da” (juan 14,27)

Todos desean la paz; pero lo que a la verdadera paz conduce no todos lo procuran.

Mi paz está con los mansos y humildes de corazón. Tu paz consistirá en tener mucha paciencia.

Si me oyes y sigues mis consejos, gozarás de mucha paz.

EL DISCÍPULO: ¿Qué debo hacer, pues?

CRISTO: En toda ocasión vigila tus acciones y palabras; y ten siempre recta intención de agradarme a mí solo, y de no desear ni buscar nada fuera de mí.

Además, no juzgues temerariamente de dichos o hechos ajenos, ni te entrometas en lo que no te importa.


Así podrá suceder que pocas veces o raramente te turbes.

Porque no sentir jamás ninguna turbación, ni sufrir nunca molestia alguna, ni en el cuerpo, ni el alma, no es posible en la vida presente, sino en el estado del eterno descanso.

No creas haber hallado la paz verdadera por no sentir ninguna pena, o que todo va bien, por no tener adversarios, o que ya eres perfecto, porque todo sucede conforme a tus deseos.

Ni tampoco te creas una gran cosa o amado especialmente, por sentir gran favor y dulzura; porque al hombre verdaderamente virtuoso no se le conoce en eso, ni  consiste en eso el progreso espiritual y la perfección del hombre.

EL DISCÍPULO: ¿Pues en qué consiste, Señor?

CRISTO: En sacrificarse de todo corazón a la voluntad divina, no buscando el interés propio ni en lo poco ni en lo mucho, ni en el tiempo ni en la eternidad, sin mudar de semblante, pesando todas las cosas en la misma balanza.

Si tuvieras fortaleza y longanimidad  para esperar, que viéndote privado de la consolación interior prepararas el alma a sufrimientos aún más graves; si no creyeras que no merecías cosas tan duras, antes reconocieras mi justicia y santidad en cuanto ordeno; entonces estarías en el camino recto y cierto de la paz, y tendrías segura esperanza de volver a ver mi rostro entre transportes de alegría. Y ten entendido que si llegaras al desprecio perfecto de ti mismo gozarías de una paz tan imperturbable como es posible en este destierro.


“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

martes, 30 de octubre de 2018

Reglamento de vida PARA UN CRISTIANO –– CAPÍTULO I — Medios para conservarse en la gracia de Dios (segundo medio) –– Por San Alfonso María de Ligorio.





SEGUNDO MEDIO.
LA ORACIÓN MENTAL.


   El segundo medio, es la oración mental, sin la que es difícil mantenerse mucho tiempo en la gracia de Dios. El Espíritu Santo ha dicho: Memorare novissima tua, et in aeternum non peccabis: (Eccli. 7.40.) El que medita con frecuencia los novísimos o postrimerías, es decir, la muerte, el juicio, y la eternidad del infierno y del paraíso, no caerá en el pecado. —Pero estas verdades no se ven con los ojos del cuerpo, pues que solo el alma puede concebirlas: y si no las consideramos frecuentemente, se borran de nuestra memoria, cuando se presentan los placeres de los sentidos; el que pierde de visto las verdades eternas, se deja arrastrar fácilmente por lo que a ellos halaga: he aquí porque tantos desgraciados se entregan al vicio y se condenan. Todos los cristianos saben y creen que deben morir y ser juzgados; pero como no piensan en esto, viven apartados de Dios.

   Sin la oración mental estamos privados de luz y andamos a oscuras; y andando a oscuras no descubrimos los riesgos, no tomamos precauciones y no imploramos los auxilios de Dios: tal es la causa de nuestra perdición. Sin la oración nos falta luz y fuerza para adelantar en el camino de Dios, porque sin la oración, no pedimos; a Dios que nos ayude, y el que siendo débil por naturaleza no pide auxilios para sostenerse ¿qué extraño es que caiga?

   Esto es lo que hacía decir al Cardenal Belarmino, que si un cristiano no medita las máximas eternas, le es moralmente imposible perseverar en la gracia de Dios.

   Por el contrario, el que tiene todos los días su meditación, caerá difícilmente en el pecado, y si alguna vez tiene la desgracia de sucumbir en algún encuentro, continuando la oración, volverá muy luego a Dios. “Un devoto siervo del Señor ha dicho, que la oración mental y el pecado mortal, no podían vivir juntos.”

   Proponte pues, hacer cada día a la mañana o a la tarde, aunque es mejor por la mañana, oración durante media hora. Mira el capítulo siguiente en el que hallarás una breve explicación del modo como se ha de practicar este ejercicio con facilidad. Por lo demás, basta que consagres esta media hora a leer o  algún libro de meditaciones, cualquiera de tantos como existen, teniendo cuidado de promover de tiempo en tiempo algún buen sentimiento.

   A de rezar alguna oración, del modo que lo hallarás consignado en el capítulo siguiente. Te ruego encarecidamente que no omitas hacer oración al menos una vez cada día, en cualquier desconsuelo en que te halles: y cualquiera que sea la repugnancia que tengas para hacerla, Si no la abandonas, no hay duda, que te salvarás.

   Además de la oración, es muy útil ejercitarse también cada día, en la lectura espiritual por media hora o al menos un cuarto de hora en un libro que trate de la vida de un santo o de las virtudes cristianas. Cuántos hay que leyendo un libro devoto se han resuelto a mudar de vida y han llegado a ser grandes Santos, como San Juan Colombino, San Ignacio de Loyola y tantos otros. Sería aún en extremo ventajoso hacer cada año los ejercicios espirituales en el retiro de una casa religiosa. Pero al menos no omitas tu meditación diaria.


“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”

viernes, 12 de octubre de 2018

Tercer Secreto de Fátima (No revelado todavía) ¡¡¡Imperdible!!



Conferencia sobre el tercer secreto de Fátima. Monseñor Williamson basado en una entrevista realiza al Padre Paul Kramer por la revista “Fátima Crusader” pronuncia una conferencia exponiendo los posibles contenidos del Tercer Secreto, todavía no revelado según los expertos en el estudio sobre Fátima.




lunes, 8 de octubre de 2018

Cuán grande sea la obra de ayudar a los enfermos – Por el V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano.





Clara cosa es que la salud verdadera del hombre no está en la vida, sino en la muerte; porque donde cayere el árbol, allí tendrá siempre su morada (Eccles. XI); de que se infiere, que el ayudar a bien morir a los enfermos es obra de no pequeña caridad, y mayor de lo que muchos se imaginan: porque si se considera el hombre que se ha de salvar, lo hallamos de inestimable valor, habiendo sido criado a imagen y semejanza de la Trinidad altísima: después de esto, si se vuelve el pensamiento a las obras que el Hijo de Dios ha hecho por salvarle, ¿quién podrá jamás comprender la estimación y grandeza de la salud humana? Y finalmente, si se considera el fin principal de ella, que es la gloria de Dios, queda de todos modos inefable en su grandeza.

De las consideraciones que debemos hacer cuando nos llaman a ayudar a los enfermos.

   Para excitarnos mejor a la caridad cuando nos llaman a ayudar a los enfermos, además de las consideraciones sobredichas, debemos de premeditar las cosas siguientes: la primera, que no nos llaman estas o aquellas personas, sino Dios, que nos da por ejemplo a su Hijo santísimo, al cual envió desde el cielo a la tierra para redimir y salvar al mundo: donde considerarás cuán infatigable se mostró siempre por nuestro bien, sin que el frio, el calor, el hambre, la sed, ni pena alguna, ni aun la ignominia de la cruz detuviese el curso de su fineza. Asi, pues, si no quieres contristar a tu Señor, está advertido para no rehusar este piadoso y caritativo oficio por motivo alguno, no por cansancio, no por alguna comodidad propia, no por alguna mortificación o pena que se padece en los aposentos o estanques de los enfermos, y últimamente considera aquella sentencia del Señor: Con la misma medida con que midiereis, seréis medidos. (Marc. IV, 24).

De los medios principales de que necesitamos para ayudar a los enfermos.

   Para ejercitar bien esta santa obra de ayudar a los que están para morir, necesitamos de cinco cosas: de la buena vida, de la desconfianza de nosotros mismos, de la confianza en Dios, de la oración, y de saber el arte y modo de ayudarlos. Pero habiendo discurrido ya de las cuatro primeras en el Combate espiritual, trataré solamente en este lugar, con el auxilio divino, de la quinta con toda la brevedad posible.

“COMBATE ESPIRITUAL”





Reglamento de vida PARA UN CRISTIANO –– CAPÍTULO I — Medios para conservarse en la gracia de Dios (Primer medio) –– Por San Alfonso María de Ligorio.





   Este Reglamento se divide en tres capítulos: el primero trata de los medios de conservarse en la gracia de Dios; el segundo contiene los actos y las prácticas de piedad que han de observarse y el tercero tiene por objeto las principales virtudes que un cristiano debe practicar.

   Debemos estar, persuadidos que para para conseguir la salvación eterna, no basta querer salvarse, sino que es necesario valerse de los medios que Jesucristo nos ha dejado. De otro modo, si caemos en el pecado, vanamente alegaremos en el día del juicio que las tentaciones han sido fuertes y que nosotros éramos débiles; porque Dios nos ha proporcionado los medios de vencer con su gracia todos los ataques de nuestros enemigos; y si no queremos aprovecharnos de ellos y sucumbimos, la culpa será nuestra.

   Ciertamente que todos los hombres quieren salvarse; pero como no todos hacen caso de los medios de salvación, esta es la causa de que tantos pequen y se pierdan.

PRIMER MEDIO.

HUIDA DE LAS OCASIONES.

   El primer medio es evitar la ocasión. EL que no tiene cuidado de evitar las ocasiones de pecar, con especialidad en materia de placeres sensuales, caerá miserablemente en el pecado. “En la guerra de los sentidos, decía San Felipe Neri, los cobardes que huyen, son los que vencen” La ocasión es como una venda que nos cubre los ojos y no nos deja ver nada, ni a Dios, ni el infierno, ni las resoluciones que hicimos. La Sagrada Escritura, dice, que es imposible andar sobre carbones encendidos sin quemarse. (Prov. 6. 27,) Es pues moralmente imposible exponerse voluntariamente a la ocasión sin sucumbir, por más que se hayan tomado mil resoluciones y hecho a Dios mil promesas.

   Esta verdad está demostrada todos los días por la desgracia de tantas almas tristemente caídas, por no haber evitado las ocasiones.

   Y el que ha vivido en la costumbre de pecar torpemente sabe que no le bastará para contenerse evitar las ocasiones totalmente próximas, porque si no procura evitar aun las que no son del todo próximas, fácilmente caerá. Guardémonos también de dejarnos engañar por el demonio, bajo el pretexto de que la persona que es causa de nuestras tentaciones, es de grande virtud: porque muchas veces sucede, que cuanto más piadosa es esta persona, tanto más fuerte es la tentación.

   Se lee en Santo Tomás, (de modo conf, a 22.) que las personas más santas son por lo mismo mucho más atractivas.

   La tentación comienza por el espíritu y acaba por la carne. Un gran siervo de Dios, el Padre Sertorio Caputo, de la compañía de Jesús, decía que el demonio hacia primero amar la virtud; después a la persona; y que al fin nos ciega y nos precipita.

   Es necesario también evitar las malas compañías porque nosotros somos muy débiles; el demonio nos tienta continuamente, los sentidos nos inclinan al mal, y el ejemplo de una mala compañía no dejará de hacernos caer en el pecado.

   Lo primero pues, que debemos hacer para salvamos, es apartarnos de las ocasiones y do las compañías peligrosas. Y en esto es necesario que nos hagamos violencia, y que cueste lo que costare a nuestra inclinación natural, tengamos bastante resolución para sobreponernos a todo respeto humano. Sin hacernos violencia no nos salvamos. Es verdad que no podemos poner nuestra confianza en nuestras propias fuerzas sino únicamente en los auxilios de Dios: sin embargo. Dios quiere que cooperemos también por nuestra parte, haciéndonos violencia cuando es necesario, para ganar el paraíso: (Math. 11, 12.).


“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”

MÁXIMAS ETERNAS – MEDITACIÓN VII y final de estas máximas – Por San Alfonso María de Ligorio – SOBRE LA ETERNIDAD DE LAS PENAS.







PRIMERO.

   Considera que el infierno no tiene fin: en él se padece todos los suplicios y todos son eternos. Asi, después de cien, después de mil años de sufrimientos; el infierno no hará más que comenzar; y si se pasarán cien mil, o cien millones, o mil millones de años y de siglos el infierno no por eso acabará, sino que estará comenzando. Si un Angel llevase ahora a un condenado la noticia de que Dios quiere librarle del infierno, cuando hayan pasado tantos millones de siglos, o como gotas hay  de agua, como las hojas de árboles y los granos de arena en la mar y por toda la tierra: — tú te espantarías; pero este desgraciado experimentaría seguramente con esta noticia, más gozo que tú, aunque supieses que ibas a ser elevado sobre el trono de un gran reino. En efecto, el condenado se diría a sí mismo; es verdad que deben transcurrir tantos siglos, más al fin vendrá un día en que hayan pasado. — ¡Ay! ¡Todos estos siglos, pasarán efectivamente, y el infierno no pasará; todos estos siglos se multiplicarán tantas veces como hay granos de arena, gotas de agua, hojas de árboles, y el infierno no se acortará por ello! Todos los réprobos dirían a Dios de buena gana: “Señor, aumentad mi suplicio tanto como os plazca; hacedle durar tanto tiempo como queráis y con tal que les pongáis un término estoy contento” — pero no, este término no vendrá jamás –– Si al menos el desgraciado pudiese hacerse ilusión diciendo: ¿quién sabe? ¡Puede ser que algún día tenga Dios compasión de mí y me saque del infierno! No, vuelvo a decir, el réprobo tendrá siempre delante de sus ojos la sentencia de su condenación eterna y se verá siempre obligado a decir: todas estas penas que sufro, este fuego, estos dolores y estos gritos, jamás, jamás acabarán ¿cuánto durarán? ¡Siempre! ¡Siempre! ¡Oh jamás! ¡Oh siempre! ¡Oh eternidad! ¡Oh infierno! ¡¡¡Cómo!!! ¡Los hombres están convencidos de que esto es lo que les espera, y sin embargo, pecan y continúan viviendo en el pecado!

SEGUNDO

   Hermano mío, fija bien en esto tu atención; reflexiona que el infierno, si pecas, es también para ti. Ya arde bajo tus pies este horrible horno; y mientras lees estas líneas, ¡cuántas almas se precipitan en él! Piensa bien que si una vez caes en él, y a no podrás salir. Si desgraciadamente has merecido ya el infierno por alguna falta grave, da gracias a Dios por haberte perdonado hasta hoy; y pronto, apresúrate a poner a esto remedio: llora tus pecados y aprovecha los medios, más seguros que puedas para salvarte.

Confiésate con frecuencia, ten cada día un rato de  lectura espiritual; ten especial devoción a la Santìsima Virgen rezando lodos los días el rosario y ayunando todos los sábados; resiste a las tentaciones, invocando frecuentemente a Jesús y a María; evita las ocasiones de pecar y si Dios te llama a dejar el mundo, ¡ah! hazlo, hazlo sin vacilar. Por más que lo hagas sólo por escapar a una eternidad de tormentos, es pequeña cosa lo que se te pide, no es nada.

   Digamos con San Bernardo: Para asegurar uno su eternidad (salvación), no hay precaución que baste. — ¡Mira cuantos anacoretas, para evitar el infierno han ido a vivir a las grutas y a los desiertos! –– ¿Y tú que haces, después de haber merecido tantas veces el infierno? ¿Qué haces, mi querido hermano, que haces? ¡Ah! teme por tu condenación, vuélvete a Dios y dile de todo corazón:
   Señor, heme aquí, yo soy vuestro, y quiero hacer todo lo que exijáis de mí. — Oh María, asistidme bajo el seguro asilo de vuestra protección, pues sois refugio de pecadores.



¡VIVA JESÚS NUESTRO AMOR!
Y
¡MARÍA NUESTRA ESPERANZA!



“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”







miércoles, 3 de octubre de 2018

LA VIGILIA o privación prolongada de sueño – Por Antonio Royo Marín O.P. (Fenómenos místicos extraordinarios).





   El hecho. — Paralelo y análogo al fenómeno anterior es la privación de sueño o vigilia casi constante que se ha registrado también en la vida de muchos santos.

   Casos históricos. — He aquí algunos de los más notables: San Macario de Alejandría pasó veinte días seguidos sin dormir, pero al cabo hubo de ceder al sueño sintiendo desvanecerse su cabeza. Santa Coleta solía dormir una hora a la semana y una vez en su vida permaneció un año entero en vigilia absoluta. Durante más de treinta años Santa Ludwina no durmió más de lo equivalente a tres noches. San Pedro de Alcántara durmió durante cuarenta años tan sólo hora y media diariamente, como el mismo Santo refirió a Santa Teresa, añadiendo que éste había sido el mayor trabajo de penitencia que había tenido al principio hasta acostumbrarse. Santa Rosa de Lima restringía a dos horas el tiempo concedido al descanso, y a veces menos aún. Santa Catalina de Ricci desde pequeña no dormía jamás más de dos o tres horas cada noche; al llegar a los veinte años, cuando el éxtasis se apoderó de su vida, no dormía sino una hora por semana, y a veces apenas dos o tres horas por mes. Y, en fin, la Bienaventurada Águeda de la Cruz pasó los ocho últimos años de su vida en constante vigilia.

   Explicación del fenómeno. — Admitiendo la historicidad de estos hechos—algunos no podría rechazarlos la crítica más severa —, hay que pensar en algo sobrenatural para explicar el fenómeno. El sueño, como el alimento, es absolutamente necesario para la conservación de la vida. El organismo se gasta con el ejercicio y se repara con el reposo. Cuando el insomnio se prolonga, su necesidad se vuelve imperiosa; y cualquiera que sea la fuerza de voluntad con que el hombre quiera contrarrestarlo, acaba por sucumbir a él.

   Cuando, pues, la vigilia se prolonga sin la menor interrupción durante semanas y meses enteros sin que disminuya el vigor y el ejercicio de la vida corporal, no se puede menos de atribuir el fenómeno a algo superior a la simple naturaleza humana. Se puede restringir progresivamente la imperiosa necesidad de dormir, pero sin milagro no se la puede dominar completamente.

   Los médicos y fisiólogos están de acuerdo en que sin salir de las leyes normales de la naturaleza orgánica no se puede llegar a privarse totalmente del sueño ni de los alimentos. La dificultad está en fijar en qué momento comienza la derogación de esas leyes; pero esa derogación se impone necesariamente.

   Sin embargo, aun sin recurrir al milagro, nos parece que puede intentarse — en parte al menos —una explicación dentro del estado de sobrenaturalidad alcanzado por las almas que han practicado estas largas vigilias. Los santos —en efecto — se han esforzado siempre en restringir las necesidades de la vida sensitiva y animal. Aparte de su amor a la mortificación, les movía a ello el deseo de encontrar tiempo para prolongar su oración. Lo mismo que la abstinencia, las largas vigilias se encuentran, sobre todo, entre los contemplativos y extáticos.

   Ahora bien: está perfectamente comprobado que la contemplación y, sobre todo, el éxtasis casi continuo desprenden y liberan al alma de la esclavitud de la vida animal. Durante el éxtasis, la actividad del alma es intensísima, pero el cuerpo reposa profundamente, teniendo como tiene suspendido el ejercicio de sus sentidos internos y externos. De ahí que el éxtasis equivalga —desde el punto de vista corporal y en orden a la restauración de las fuerzas del organismo — a un verdadero sueño. Y por eso, Santa Teresa dice de sí misma que al salir de sus éxtasis se encontraba —incluso corporalmente — mucho mejor y con la cabeza más despejada que antes.
   Acaso, pues, en esta sobrenaturalidad sublime alcanzada por las almas de los santos pueda encontrarse una explicación suficiente de este fenómeno y del anterior. A medida que el alma se nutre y embriaga de Dios, gusta menos de los groseros alimentos corporales; cuanto más se absorbe y concentra en Dios, menos está sujeta a la somnolencia y pesadez de la carne. Es como un glorioso anticipo de las condiciones excelsas de los cuerpos glorificados, para los que la visión beatífica será a la vez su alimento y su reposo.


“TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA”

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