viernes, 15 de septiembre de 2017

Sólo el salvarse es necesario – Por San Alfonso María de Ligorio.




   Una sola cosa es necesaria (Lucas. X, 42). No es necesario que en este mundo tengamos riquezas, ni que alcancemos honores, ni que gocemos de salud, ni que disfrutemos de placeres: sólo es necesario que nos salvemos: porque no hay medio; si no nos salvamos, seremos condenados.

   Después de esta corta vida, o gozaremos eternamente de la bienaventuranza de la gloria, o para siempre durará nuestra desdicha en los infiernos.

   ¡Oh Dios mío! ¿Qué será de mí? ¿Me salvaré, o me condenaré? Una de estas dos cosas me ha de caber indispensablemente. Yo espero salvarme, ¿pero tengo de ello alguna seguridad? Después de saber que he merecido el infierno tantas veces, Jesús mío, mi Salvador, en vuestra muerte está cifrada mi esperanza.

   ¡Cuántos mundanos que se vieron en otro tiempo colmados de riquezas y de honores, elevados a grandes puestos y hasta colocados sobre el trono, se hallan ahora en el infierno, en donde todo su fausto, todas sus grandezas pasadas no les sirven sino para acrecentar sus tormentos y su desesperación!

   Ved aquí, no obstante, lo que les había dicho el Señor: No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra... mas atesorad para vosotros tesoros en el cielo, en donde no los consume orín ni polilla (Mateo. VI, 19).  Todos los bienes terrestres los arrebata la muerte; pero los bienes espirituales son tesoros mil veces más preciosos, y duran eternamente.
   Dios nos hace saber que quiere la salvación de todo el mundo (I Timoteo, I, 4), y a todos nos da los socorros necesarios para que nos salvemos. ¡Desdichados de los que se pierden! Su perdición nace de ellos mismos: Tu perdición, Israel, de tí: sólo en mí está tu socorro (Oseas. XIII, 9) El más cruel tormento que padecen los condenados, es pensar que se han perdido por su propia culpa.

   El fuego y el gusano roedor, esto es, el remordimiento de la conciencia, serán los verdugos de los condenados en venganza de sus pecados (Ecle. VII, 9) Pero el gusano roedor les atormentará sin fin, y mucho más que el fuego. ¡Cuánta no es nuestra aflicción en la tierra si perdemos algún precioso objeto, un diamante, un reloj, un bolsillo lleno de oro, por nuestro descuido! Esta pérdida nos quita el apetito, y no nos deja con ciliar el sueño, pensando en ella aunque haya esperanza de repararla por otro camino. Ahora pues, ¿cuál será el tormento de un condenado, al considerar que ha sido por su culpa el perder a Dios y la gloria, sin esperanza de poderlos recobrar?

   Erramos, será el grito eterno de los condenados (Sap. V, 6). Nos hemos engañado, nos hemos perdido voluntariamente y nuestro yerro no tiene remedio. Mientras estamos en la vida, con el tiempo, con un cambio de estado, con una entera resignación a la voluntad divina, podemos poner remedio a las desgracias que nos acontecen; pero ninguno de estos remedios nos servirá cuando hayamos entrado en la eternidad, si hemos errado el camino del cielo.

   El apóstol San Pablo nos exhorta a que busquemos nuestra salvación eterna, con un continuo temor de perderla: Obrad vuestra salud con temor y con temblor (Filipenses. II, 12) Este temor nos hará caminar siempre con cautela, huir de las malas ocasiones, encomendarnos continuamente a Dios y así nos salvaremos. Roguemos, pues, al Señor se digne grabar en nuestra mente el pensamiento que de nuestro último suspiro depende nuestra felicidad eterna, o nuestra eterna desdicha sin esperanza de remedio.

   ¡Oh Dios mío! yo he despreciado a menudo vuestra gracia y no merezco compasión; pero el profeta me asegura que vos sois compasivo con los que os buscan: Bueno es el Señor para el alma que le busca.


   He huido de vos hasta ahora, pero ya ni busco, ni deseo, ni amo más que a vos solo. Por piedad, no me desechéis. Acordaos de la sangre que por mí derramasteis: y esta sangre y vuestra intercesión, ¡oh María! madre de Dios, son toda mi esperanza.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Confianza en Jesucristo – Por San Alfonso María de Ligorio.




   La misericordia de Dios para con nosotros llega hasta el extremo,  pero quiere que esperemos los efectos de su misericordia, y que le imploremos excitados por la más viva confianza en los méritos de Jesucristo y en sus promesas. Por esto nos encarga San Pablo el conservar siempre esta confianza, la cual obtiene de Dios gran recompensa: No queráis perder vuestra confianza, que  tiene un crecido galardón (Hebreos X, 35).

   Cuando, pues, el terror que nos infunde el juicio de Dios parezca que disminuye en nosotros esta confianza, hemos de expulsar este terror de nuestro corazón, y decirnos a nosotros mismos lo que se decía David en el Salmo 42, ¿Quare tristis es anima mea? (¿Por qué estas triste alma mía?)

   ¿Pero tú esperar no sabes?
   ¿Palpitas, corazón mío?
   Destierra el temor, no des
   Tan presurosos latidos.
   ¿Para qué quieres turbarte?
   Espera en tu Señor, Dios,
   Que algún día sus favores
   Cantaremos con amor.

   Jesucristo reveló a Santa Gertrudis que puede tanto en su corazón nuestra confianza, que consigue de él todo cuanto le pedimos. San Juan Clímaco dice lo mismo. Toda oración hecha con confianza casi hace fuerza al Señor, pero esta violencia le es agradable.

   San Bernardo dice que la misericordia divina es como una fuente inmensa de la cual el que va con un vaso mayor de confianza, se lleva mayor caudal de gracias. Es lo que David dice: Hágase, Señor, tu misericordia sobre nosotros, de la manera que en ti hemos esperado (Psal. XXXII, 22). Dios nos ha declarado, que él es protector y salva a todos los que esperan en Él. (Psal. XVII, 31- XVI,)

   Alégrense pues, decía David, todos los que esperan en ti, Dios mío, porque serán eternamente felices, y tú habitarás en ellos para siempre. El mismo profeta ha dicho: El que en el Señor espera se verá rodeado de su misericordia, protegido por ella, y a cubierto de todo peligro de perderse (Psal. XXXI, 10)

   ¿Qué grandes promesas no hacen las Santas Escrituras a todos los que esperan en Dios? ¿Nuestros pecados nos han conducido al borde de la condenación? El remedio es fácil: corramos con confianza a abrazar los pies de Jesucristo, dice el Apóstol, y conseguiremos el perdón de ellos. (Hebreo, IV 16). No aguardemos, para acudir  Jesucristo, a que esté sentado en el trono de la justicia, ahora es tiempo de acudir, ahora que está sentado en el trono de la gracia. San Juan Crisóstomo dice que nuestro Salvador tiene más deseo de perdonarnos que nosotros de ser perdonados.

   Pero, dirá un pecador: yo no merezco ser atendido si pido perdón. Yo le respondo; que si le faltan merecimientos, su confianza en la divina misericordia le obtendrá la gracia; porque este perdón no se funda en el mérito del pecador, sino en la promesa que Dios ha hecho de perdonar todos los que se arrepienten; por esto ha dicho Jesucristo: Todo aquél que pide, recibe (Lucas XI, 10). Un comentador del Evangelio explica la palabra Omnis, diciendo: sea justo, sea pecador, con tal que ruegue con confianza. Oigamos de la boca del mismo Jesucristo cuánto hace la confianza: Todo cuanto pidiéreis orando, creed  que os será concedido y os acontecerá (Marcos.  XI, 24).

   Los que por debilidad temen volver a caer en sus antiguos pecados, tengan confianza en Dios y no volverán a cometerlos. Como lo afirma el profeta: No será culpado ninguno de los que esperan en él (Psal XXXIII, 23). Isaías dice que los que esperan en Dios hallarán nueva fuerza (Isaías XL, 31). Seamos, pues, firmes en nuestra confianza, como dice San Pablo, porque Dios ha prometido proteger a todos los que esperan en él. Así, pues, cuando tengamos que vencer algún obstáculo muy superior a nuestras fuerzas, digamos: Todo lo puedo en aquél que me conforta (Phil. IV, 13.) ¿Quién ha esperado en Dios y se ha perdido? (Ecle, II, 11).

   Pero no busquemos, no exijamos siempre aquella confianza sensible que quisiéramos sentir, basta tener la voluntad de confiar en Dios. La verdadera confianza es querer confiar porque Dios es bueno y quiere ayudarnos; porque es omnipotente y puede ayudarnos; porque es fiel y lo ha prometido; y sobre todo aseguremos nuestra confianza en la promesa hecha por Jesucristo: En verdad, en verdad os digo, que os dará el Padre todo lo que le pidiéreis en mi nombre (Juan. XVI, 23). Pidamos pues a Dios las gracias por los méritos de Jesucristo, y obtendremos cuanto le pidamos.


   ¡Oh! eterno Dios: yo ya sé que soy pobre de todo; nada puedo y nada tengo que no me haya venido de vuestras manos. Así, pues, únicamente os digo: Señor, tened piedad de mí. Lo peor es que a mi pobreza he añadido el demérito de corresponder a vuestras gracias con las ofensas que contra vos he cometido; pero esto no obstante, espero de vuestra bondad esta doble misericordia, primero que perdonaréis mis pecados, y después que me concederéis la santa perseverancia con vuestro amor y con la gracia de pediros siempre que me ayudéis hasta la muerte. Yo solicito y espero todas estas gracias por los méritos de vuestro Hijo y de la bienaventurada Virgen María. ¡Oh Virgen María! mi protectora, socorredme con vuestros ruegos.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Idólatras son, no ateos




   Pero si se quita a Dios y a Cristo del horizonte de la vida pública, se lo deberá sustituir por algo. Así lo afirma Dostoievski en su novela El adolescente: 

   “el hombre no puede vivir sin arrodillarse, no se soportaría, ninguno sería capaz de ello. Y si a Dios rechaza ante un ídolo se inclina, de madera de oro, o imaginario. Idólatras son no ateos.”

jueves, 7 de septiembre de 2017

LA INQUISICIÓN (esclarecimiento y cotejo) – Por Tomás Barutta S. D. B. (Parte III-A)




PRIMERA PARTE

LA INQUISICION

Bosquejo - ideológico e histórico

LA HEREJÍA Y SU REPRESIÓN
Iglesia y ortodoxia.

   El cristianismo no es invención humana sino religión revelada definitiva; no es una doctrina filosófica que deba perfeccionarse, sino un depósito divino que ha de guardarse fielmente y declararse infaliblemente (Concilio Vaticano I Constitución Dei Filius, cap. IV, 5.); no es un conjunto de conclusiones variables y cambiantes de la razón humana, sino una participación de la inmutable sabiduría divina. Dogmáticamente admite progreso doctrinal, pero sólo en la expresión o mejor formulación del dogma y en la explicitación de una verdad hasta entonces implícita, y, en el campo de la vida práctica, en la mayor valoración ascética de verdades ya conocidas.

   La Iglesia ha sido establecida por Cristo, su fundador, como custodio fiel, investigador asiduo, expositor auténtico e infalible y apóstol constante y ubicuo de la revelación divina    hasta el fin de los tiempos. Esta es una de sus misiones específicas; más aún, una de     las razones fundamentales de su existencia. Para que pudiera cumplirla, Cristo la constituyó sociedad perfecta, esto es, suprema e independiente en su género, dotada del triple poder legislativo, ejecutivo (y coercitivo) y judicial, y de todos los medios necesarios para el logro de sus fines. Integrada por hombres, es decir, por almas substancialmente unidas a cuerpos, que desarrollan en su seno no sólo una vida interior, invisible, espiritual y sobrenatural, sino también una vida exterior, visible, material, la Iglesia puede ejercer sobre sus miembros tanto coerción espiritual como temporal, exceptuada —según sentir de los canonistas— la pena capital, que repugna a su carácter de sociedad religiosa que no quiere “la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

   El tesoro de la revelación es uno e indivisible. No se puede descalzar de él un solo elemento revelado sin        que toda la construcción se haga pedazos. Palabra divina, es objetivamente infalible, no admite negación ni duda. La Iglesia, a quien asisten promesas de indefectibilidad doctrinal, no puede en la interpretación de la palabra de Dios permitirse concesión alguna en pro del escepticismo o de un sentimental irenismo. Si, por un imposible, así lo hiciera, marcharía directamente a un sincretismo religioso, y perdería su específica fisonomía. Dejaría de ser religión divina para trocarse en creación puramente humana, destinada, como todas las cosas puramente humanas, a evolucionar sin cesar, dejando de ser constantemente. De allí que la más rígida intolerancia doctrinal sea deber estrictísimo de la Iglesia y razón y explicación de su supervivencia.

   Esto nos aclara el porqué, a lo largo de toda la historia, desde los días de su aparición —cuando era considerada por el Estado como sociedad ilícita— hasta nuestros tiempos de decantado liberalismo ideológico, la Iglesia haya vindicado para sí, como derecho exclusivo, la vigilancia sobre la ortodoxia de sus miembros, vigilancia indispensable y trascendente, que atañe primordialmente y como ordinaria incumbencia a sus supremos jerarcas, los obispos y el sumo pontífice.

   La Iglesia considera tan grave deber esta obra de profilaxis que jamás la ha descuidado ni descuidará, cualesquiera sean los riesgos que tal empeño le atraiga. Es que, en realidad, en esta función de vigilancia se asienta, como en uno de sus pilares fundamentales, la vida misma de la Iglesia, su unidad esencial, su fisonomía peculiar. Sin pureza de doctrina desaparecerían sus notas características de unidad y catolicidad; la Iglesia dejaría de ser una, católica, apostólica y romana, para trocarse en un conglomerado de sectas dispares, vinculadas a lo sumo por algún lazo moral, como más o menos sucede en el protestantismo.

   Ortodoxia es para la Iglesia sinónimo de principio de conservación. De allí que su defensa equivalga a lucha por la existencia. De aquí la gravedad social del delito de herejía. Prescindiremos de su aspecto dogmático (la herejía, doctrina errónea contra la fe auténticamente revelada) y moral (la herejía, pecado de infidelidad), para ceñirnos al aspecto canónico (la herejía, delito contra la estabilidad de la Iglesia).

La herejía, delito religioso.

   Por herejía se entiende toda doctrina directamente opuesta a uno de los dogmas, definidos o enseñados por la Iglesia como directamente revelados.

   Frente al patrimonio de la revelación divina el hereje hace una elección o selección; se queda con algunas verdades y rechaza otras, o las interpreta en forma distinta de la oficial eclesiástica.


   La herejía puede ser material o formal. Material es el error inconsciente o de buena fe; formal es la negación concierne y voluntaria de la verdad revelada. Por la herejía formal el hereje se levanta contra el magisterio de la Iglesia considerado como regla de fe. Esta oposición querida constituye la PERTINACIA, la que radica la razón de pecado; pertinacia que, llegando a la obstinación ante las repetidas amonestaciones de la Iglesia, dará particular gravedad y colorido al delito de herejía.

   La herejía puede ser interna o externa. Es interna la conservada en el fondo del espíritu sin manifestación exterior alguna. Es externa la que de cualquier manera se manifiesta exteriormente, por señales, escritos, palabras acciones. La herejía externa puede, a su vez, ser pública u oculta. Es pública la exteriorizada ante un número suficiente de testigos. Es oculta la no declarada delante de nadie, o sólo delante de un pequeño número de personas discretas.

   La Iglesia sancionará con sus penas sólo la herejía formal y externa; no se ocupará socialmente de la meramente interna ni castigará en forma alguna la puramente material. Particular empeño pondrá, como es natural, en reprimir la pública por los peligros de escándalo y proselitismo.

   Por su oposición directa a la fe la herejía es el más grave de todos los pecados, después del odio de Dios de que puede proceder. Constituye una soberana injuria directamente dirigida contra la autoridad divina, coloca al culpable fuera de la sociedad establecida por Jesucristo para la salvación de los hombres y, en consecuencia, fuera del camino que conduce normalmente al Paraíso.

   Como delito eclesiástico es asimismo el más grave, pues niego la  autoridad de la Iglesia, destruye la nota esencial de su unidad, se alza en rebelión o incita a los demás a la revuelta. EI hereje es, por lo tanto, en el seno de la Iglesia un auténtico revolucionario. Su obra es de lo más perniciosa contra la Iglesia como sociedad, y contra sus miembros como individuos, pues pretende arrebatarles la fe, pues es el más precioso de todos los bienes, ya que es fundamento y raíz de toda justificación y sin ella —al decir de la Sagrada Escritura— es imposible agradar a Dios ni salvar el alma.

   La gravedad y perniciosidad del delito de herejía nos explica el que la Iglesia haya empleado y siga empleando los más eficaces medios a su alcance para preservar la fe de sus miembros y su propia unidad interior. El actual derecho canónico (recordamos que la obra es de 1958) todavía señala contra la herejía no sólo las profesiones de fe y visitas episcopales, sino también la condena de libros y de proposiciones, la prohibición a los católicos de ciertas comunicaciones con los herejes, la excomunión, privación de oficios o beneficios eclesiásticos, de sepultura religiosa, etc.

   Es que la Iglesia no ignora que Cristo, enviando a los Apóstoles a predicar, impuso a  todos la obligación de creerles y vinculó a la fe la salvación, según las palabras traídas por san Marcos: “Id por el mundo universo y predicad el Evangelio a toda criatura. EI que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (XVI, Í5-16). No ignora tampoco que los Apóstoles tuvieron por la herejía la misma repulsión que el Divino Maestro. San Juan ve en ella la obra del Anticristo (I Juan. IV, 3) y prohíbe recibir y hasta saludar a los herejes (II Juan. 10). San Pedro y san Judas hablan de ellos con extrema energía (II Petr. II, 1-17; Jud. 4 ss.). San Pablo los anatematiza (Gal. I, 9) y entiende reprimirlos y domarlos con su poder espiritual (II Cor. X, 4, 6) a fin de no tener que abandonarlos a Satanás (I Tim. I, 19 ss.).

   Fiel, pues, a este mandato y a estos sentimientos, la Iglesia de todos los tiempos considera como deber primordial y sagrado la prevención y represión de la herejía. Resulta así la más intransigente de las iglesias, pues profesa la intolerancia de la verdad; pero, fiel a su carácter maternal, se esfuerza, al mismo tiempo, por derramar constantemente y doquiera las efusiones de su caridad (CF. Concilio Tridentino, ses. XIII. de reform., cap. I.)

La herejía, crimen público.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

DIOS USA DE MISERICORDIA HASTA CIERTO PUNTO, Y DESPUÉS CASTIGA – Por San Alfonso María de Ligorio.




   ¿No habéis fundado vuestra gloria usando de indulgencia con vuestro pueblo? (Is., XXVI, 15).

   Cuantas veces, Señor, habéis perdonado a este pueblo; le habéis amenazado de muerte con temblores de tierra, con la peste con que habéis afligido a los pueblos vecinos; habéis usado con ellos de misericordia; habéis perdonado; mas ¿qué habéis conseguido? ¿Acaso este pueblo ha dejado la culpa? No; aun se ha portado peor: después de algunos momentos de temor, os ha ofendido de nuevo, ha provocado otra vez vuestra cólera. ¿Qué pensáis vosotros, pecadores miserables? ¿Pensáis que Dios aguarda siempre, perdona siempre, y no castiga jamás? ¡Ah, no, no es así! Emplea la misericordia hasta cierto punto; empieza después la justicia, y castiga.

   Preciso es penetrarse de esta verdad: que el Señor no puede dejar de aborrecer el pecado. Dios es la misma santidad; no puede, pues, dejar de abominar a este horrible monstruo, enemigo suyo, cuya malicia está en oposición directa con sus divinas perfecciones. Y si Dios aborrece el pecado, debe de necesidad aborrecer al pecador que está estrechamente unido con el pecado. (Sap., XIV, 9.) ¡Ved con qué fuerza se queja el Señor, en la Escritura Santa, de aquellos que le desprecian para aliarse con tu enemigo! (Is., I, 2.) “Escuchadme ¡oh cielos!, dice el Señor; escúchame ¡oh tierra!, observa la ingratitud de los hombres hacia Mí; Yo los alimenté, Yo los  crié como hijos míos, y ellos me pagan con injurias y desprecios. (Is., I, 3-4.) Los animales faltos de razón son reconocidos a su amo, y mis hijos me ha desconocido y abandonado.”

   Los brutos son agradecidos con aquel que les hace bien. Ved, si no, con qué fidelidad sirve un perro al amo que le alimenta. Mas, vosotros, ¿cómo os portáis con Dios, que os ha dado el alimento y los vestidos; que os ha conservado la vida mientras vosotros le estabais ofendiendo? ¿Qué pensáis, pues, hacer en lo sucesivo? ¿Queréis vivir siempre del mismo modo? ¿Creéis tal vez que no habrá castigo ni infierno para vosotros? Sabed, pues, que así como el Señor no puede dejar de aborrecer el pecado, porque es Santo, del mismo modo no puede dejar de castigarlo cuando el pecador se obstina, porque es Justo.

   Cuando Dios castiga, se ve obligado a ello por nuestras culpas, porque no se place en castigarnos. No se complace el Señor en vernos condenados, dice el Sabio, porque no quiere la perdición de seres que ha criado. (Sap., I, 14.)

   No hay jardinero alguno que plante un árbol con el designio de cortarle y arrojarle al fuego. Así, según San Crisóstomo, Dios aguarda por mucho tiempo antes de castigar a los pecadores; espera que se corrijan para poder ser con ellos misericordioso. (Is., XXX, 17.) El Señor es pronto en salvar, lento en castigar. Al momento que David hubo dicho peccavi, el profeta le anunció el perdón que Dios acababa de concederle. (II. Reg., XII, 13.) Más deseo tiene Dios de perdonarnos que nosotros de conseguir el perdón.

LA INQUISICIÓN (esclarecimiento y cotejo) – Por Tomás Barutta S. D. B. (Parte II)




INTRODUCCIÓN

¡Atómica palabreja!

   ¡La Inquisición! ¿Cómo no se me arideció la mano al escribir la palabra tremenda, a cuyos trazos elévame, ante la espantada fantasía de muchos, abigarrada visión de atroces instrumento de exquisito suplicio, hábitos monásticos empapados en sangre y en vergüenza, llantos irrestañables corriendo sin cesar por rostros inocentes, hogueras infames en que —como en an nuevo Horeb— arde sin consumirse la eterna libertad de pensamiento?...

   Han corrido siete siglos desde que se fundara la fatídica institución inquisitorial, hace dos centurias que perdió toda virulencia, desde más de cien años cayó sobre ella definitivamente la losa del sepulcro y, sin embargo el tema, a juzgar por sus citas frecuentes, es de perenne actualidad.

   Con la Noche de San Bartolomé y el proceso de Galileo, Horma entre los hechos que la irreligión, el anticlericalismo y —las más de las veces— la supina ignorancia explotan clásicamente desde hace más de cuarenta lustros contra la Iglesia.

   No hay diario de izquierda, político liberal o rojo, conferenciante librepensador y sensacionalista que no crea  poner una pica en Flandes descalzar todo prestigio a esa augusta sociedad bimilenaria que      es la Iglesia, borrar todas sus benemerencias y hundirla en eterno desprecio, con sólo sacar a plaza esta atómica palabreja: ¡Inquisición!

   Como se ha notado infinitas veces, no deja de ser halagüeño homenaje para la Iglesia el que sus enemigos hayan de remontar continuamente los siglos para hallar contra ella un fundamental reproche que hacerle...

* * *

   ¡La Inquisición! ¡Tema antipático y difícil!

   Una nutrida y secular bibliografía    de intelectual suburbio antirreligioso ha convertido a la Inquisición en algo intrínsecamente aborrecible, le ha dado carácter de tópico ominoso; por lo que suscita natural e inconscientemente en el ánimo del lector una instintiva prevención y repulsa.

   ¡Qué no se ha dicho de ella! La deformación sistemática de la verdad basada en los dos procedimientos principales de la omisión y exageración (omisión de toda luz, exageración de toda sombra) ; los ciegos prejuicios colectivos transmitidos de generación en generación; una encendida literatura de combate en que la emponzoñada pluma del sectarismo protestante se transmitía a la superficial Enciclopedia y era heredada sucesivamente por el filosofismo, el positivismo, el racionalismo y el doctrinarismo liberal, han hecho de la Inquisición la verdadera “cabeza de turco” de la Historia, el monopolio milagroso de execrable crueldad deshonroso fanatismo y crasa ignorancia, la sentina de todos los vituperios, un Moloch sanguinario, “un basilisco que mata a miradas”…

   Si la verdad histórica dependiera sólo del número de los testigos, a fe que la inquisición estaría condenada total e irremisiblemente, y la Iglesia con ella.

. Efectivamente ¡qué colección maravillosa de frases altisonantes y de trozos literarios antiinquisitoriales!

   ¿Quién ignora los versos de Voitaire?:

   “..Aquel sangriento tribunal,
   Horrible monumento del poder monacal,
   Que España ha recibido, pero que ella aborrece;
   Que venga los altares, y al par los envilece;
   Que, cubierto de sangre, de llamas rodeado,
   Degüella a los mortales con un hierro sagrado”

   ¿Quién no ha topado alguna vez con títulos sugestivos como el que Reinaldo González Montano ponía, mediando el siglo XVI (1567), al primero de los virulentos ataques contra la Inquisición española?: íntegro, amplio y puntual descubrimiento de las bárbaras, sangrientas e inhumanas prácticas de la Inquisición española contra los protestantes... Obra adecuada para estos tiempos y que sirve para apartar el afecto de todos los buenos cristianos de esa religión, que no puede sostenerse sin esos puntales del infierno.

   ¿Quién no ha leído en alguna antología las frases de Castelar: “¡Oh! No hay nada más espantoso, más abominable que aquel inmenso imperio español que era un sudario extendido sobre el planeta (...) Pero, señores, encendimos las hogueras de la Inquisición, arrojamos a ella a nuestros pensadores, los quemamos, y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas.”? (1869).

   ¿Quién no conoce las del otras veces serio historiador, Lafuente, que se pone melodramático en el Discurso preliminar de su Historia General de España cuando escribe?: “Una negra nube aparece, no obstante en el horizonte español, que viene a sombrear este halagüeño cuadro (Gobierno de los. Reyes Católicos). En el reinado de la .piedad se levanta un tribunal de sangre… Se establece la Inquisición y comienzan los horribles autos de fe. Los hombres, hechos a imagen y semejanza de Dios, son abrasados, derretidos en hogueras porque no creen lo que creen otros hombres. Es la creación humana de que se ha hecho más pronto, más duradero y más espantoso abuso. Los monarcas españoles que se sucedan, se servirán grandemente de este instrumento de tiranía que encontrarán erigido, y el fanatismo retrasará la civilización por largas edades...”

   Ingenio de poesía, destello de elocuencia, agudo análisis de raciocinio, pretendida sinceridad de testigo, majestad de historia: todo se ha conjurado para hacer de la Inquisición un cuadro tan monstruoso que resulta históricamente inexplicable.

   Felizmente la secular “nube de testimonios” nada definitivo prueba contra ese Tribunal, porque todos pertenecen “a la misma familia”: los unos no son más que plagios y repeticiones de los otros, o han sido engendrados por los mismos antihistóricos padres: la ligereza científica, la pasión exacerbada, la ignorancia, el prejuicio, el sofisma histórico...

Objeción efectista y dolosa.

lunes, 4 de septiembre de 2017

LA INQUISICIÓN (esclarecimiento y cotejo) – Por Tomás Barutta S. D. B. (Parte I)



AL LECTOR

   Las páginas qué siguen no constituyen una “historia” de la Inquisición. Aunque se expongan en ellas los elementos principales de la trama histórica del famoso tribunal —su cómo y su porqué—, la finalidad perseguida es simplemente apologética. Entendimos en los artículos de Didascalia —hoy reproducidos en libro— brindar a los lectores de la revista, esto es, principalmente a los profesores de religión y a los alumnos universitarios o de la escuela secundaria, una ayuda y esclarecimiento en las dificultades, con que podían tropezar en manuales, vulgarizaciones históricas, lecturas literarias, etc., respecto a tan ardua e interesante como, en general, científicamente desconocida materia.

   Con lo dicho se indica que estas cuartillas no se enderezan a especialistas, ni tienen pretensiones magistrales.

   Las dijimos una, “apología” pero esto ha de entenderse despojado de cuanto de parcial, tendencioso o banderizo puede llevar anejo tal palabra en el lenguaje corriente. Basados en los autores mejor informados, pretendimos hacer un estudio serio y sereno. Más que ensayar una defensa o exaltación absoluta de la Inquisición, quisimos esbozar su “explicación” o defensa relativa, es decir, la que surge espontáneamente del estudio de las circunstancias de tiempo y ambiente en que se produjo este fenómeno histórico, y de la comparación con las otras instituciones de igual o parecido carácter. A estas finalidades precisas obedecen la elección de los temas y la insistencia sobre el lado luminoso de la Inquisición. Mucho tiene asimismo valor de argumento “ad hominem” contra protestantes, racionalistas, librepensadores, liberales y otros denigradores sistemáticos del Santo Tribunal. De allí también la alusión frecuente a lo contemporáneo.

   Cuanto antecede está contenido, a nuestro entender, en el subtítulo de la obra “Esclarecimiento y cotejo”. Creímos, sin embargo, nuestro deber explicarlo más extensamente para evitar todo equívoco e impedir se le exijan a estas páginas lo que ellas no pretenden dar.

   Recopilación de artículos periódicos, el volumen tiene, sin duda, los defectos propios de tal género de publicaciones: algunas repeticiones, no orden rígido de cuestiones, desproporción relativa de sus capítulos y un tanto por ciento de contorno y aderezo literario u oratorio. Pedimos por ellos la benévola consideración del lector.

   Aunque, por lo regular, en nuestro ambiente suele entenderse antonomásticamente por Inquisición a la española, hemos tratado en estas páginas también de la Inquisición medieval, ya porque ésta sirvió de inspiración y precedente a aquélla, ya sobre todo, porque, habiendo sido comunes en general los principios, procedimientos y penas, son comunes las acusaciones y había de ser común la defensa. No nos hemos ocupado, en cambio, “ex professo” de la Inquisición Romana o Santo Oficio, aunque lo más de lo escrito puede valer también para ella, porque no se la suele atacar en conjunto sino más bien en algunos de sus procesos (Giordano Bruno, Galileo, etc.), que, Dios mediante, han de ser objeto de otros escritos.

   Para completar la obra, hemos añadido —amén de algunos retoques y ampliaciones— una introducción ideológica someros datos sobre el origen y desarrollo de la Inquisición, y una breve bibliografía.

   Esperamos en Dios que esta colección de artículos resulte una popularización —¡no una vulgarización!—, que sea de provecho a cuantos, sin ocios para estudios especializados, quieran tener una información seria e imparcial sobre el tema tan debatido del Santo Tribunal de la Inquisición.

El Autor


Editorial “APIS” Rosario (Rep. Argentina) Año 1958



De la misericordia de Dios – Por San Alfonso María de Ligorio


   Es tan grande el deseo que Dios tiene de concedernos sus gracias que, como dice San Agustín, más desea él dárnoslas que nosotros recibirlas. Y la razón es, que la bondad divina, como dicen los filósofos, es difusiva por naturaleza en beneficio de los demás. Siendo, pues, Dios la bondad infinita, tiene deseo 'infinito de comunicarse a nosotros, criaturas suyas, y de darnos participación de sus bienes.

   De aquí nace la grande misericordia que el Señor tiene de nuestras miserias. David dice que la tierra está llena de la misericordia divina y no de la justicia, porque Dios no ejerce su justicia en castigar a los malos, sino cuando conviene y se ve casi forzado a ello; por el contrario, es fácil y propenso a ejercitar su misericordia con todos y en todo tiempo, por lo que dice Santiago: La misericordia aventaja al juicio (Carta de Santiago II, 13).

   Sí, la divina misericordia arranca a menudo de las manos de la justicia los azotes preparados para los pecadores y les alcanza el perdón. Por esto el Profeta daba a Dios el nombre mismo de misericordia: Dios mío, misericordia mía (Salmo LVIII, 13. Y añadía: Por tu nombre, Señor, perdonarás mi pecado (Salmo XXIV, 11) . Esto es: Señor, perdóname por tu nombre, ya que eres la misma misericordia.

   Isaías decía, que el castigar no es según el corazón de Dios, sino ajeno y peregrino, como si dijese, lejano de su inclinación (Isaías, XXIII, 21). Su misericordia infinita le decidió a enviar a su Hijo   hacerse hombre sobre la tierra, a Morir en una cruz para librarnos de la muerte eterna. San Zacarías exclama: Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó de lo alto 5. Con las palabras entrañas de misericordia quiere indicarse una misericordia que procede del corazón de Dios, que prefirió ver morir a su Hijo hecho hombre a permitir la condenación del linaje humano.

   Para ver cuánta es la piedad que Dios tiene de nosotros y su deseo de hacernos bien, basta leer estas palabras que nos dice en el Evangelio: Pedid y se os dará (Mateo VII, 7). ¿Qué más pudiera uno decir a su amigo para probarle el amor que: Pídeme lo que quieras y te lo daré? Pues esto es justamente lo que nos dice Dios a cada uno de nosotros.

   Nos invita además a que recurramos a él en nuestras tribulaciones, y promete aliviarlas: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os aliviare (Mateo XI, 23). Quejábanse en cierta ocasión los Hebreos de Dios, y decían que no volverían a pedirle gracia alguna. Entonces dijo Dios á Jeremías: ¿Por qué mi pueblo no quiere acudir a mí? ¿Por ventura he sido yo para Israel un desierto, o tierra tardía? ¿Pues porque ha dicho mi pueblo: Nos hemos retirado, no vendremos más a tí? (Jeremías II, 31). Reprendía el Señor por estas palabras la conducta de los hebreos que habían dudado de su bondad, pronta siempre a socorrer como lo dijo por Isaías. Tan pronto como te oiga te responderá (Isaías XXI, 19).

   Habéis pecado: ¿queréis ser perdonados? No temáis, dice San Juan Crisóstomo, porque más impaciente está el Señor de perdonarnos, que nosotros de recibir el perdón (Homilía 23 in Mateo)  Si Dios nos encuentra obstinados en el pecado, nos aguarda para ser indulgente con nosotros (Isaías XXX, 18).  Nos muestra entonces los castigos que nos están preparados, para que nos arrepintamos (Salmo LIX, 6) Empieza llamando a la puerta de nuestro corazón para que le abramos (Apocalipsis XXX, 20). Nos sigue después por todas partes y nos dice: ¿Y por qué moriréis, casa de Israel? (Ezequiel XVIII 31). Que es como si nos dijese: “Hijo mío, porque quieres perderte”

   San Dionisio dice, que el Señor llega a rogarnos que no nos perdamos. El Apóstol lo había ya escrito, rogando en nombre de Cristo a los pecadores que se reconciliasen con Dios (II Corintios V, 2). San Juan Crisóstomo comenta así el referido pasaje: El mismo Jesucristo os ruega. ¿Y qué os ruega? Que os reconciliéis con Dios.

   Si después de todo eso los pecadores persisten en su obstinación, ¿qué más ha de hacer Dios? Todavía ofrece no rechazar a los que se llegaren a él arrepentidos: Aquél que  a mi viene, no le echare fuera (Juan VI, 57).

   Dice además que está pronto a abrazar a todos los que se echan en sus brazos: Volveos a mí, y yo me volveré, a vosotros (Zacarías I, 3) Promete perdonar al impío luego que se arrepienta, y echar un velo sobre sus culpas pasadas: Mas si el impío hiciere penitencia... vivirá... de todas sus maldades que él obró, no me acordaré yo (Ezequiel XVIII, 21) Y llega a decir: Venid y acusadme: si fueren vuestros pecados como la grana, como nieve serán emblanquecidos (Isaías I, 18). Que es como si dijese: Arrepentíos, y si yo no os acojo en mis brazos, acusadme de haber faltado a mi palabra.

   Pero no: el Señor no aparta de si a un corazón arrepentido (Salmo L, 19). San Lucas describe la alegría del Señor al encontrar la oveja extraviada (Lucas XV, 5), y con cuánto amor acogió al hijo pródigo, cuando éste vino a echarse a sus pies (Lucas XV, 20). Dios mismo dice allí que hay más gozo en los cielos por el arrepentimiento de un pecador, que por noventa y nueve justos inocentes (XV, 7). San Gregorio nos da de ello la razón, y consiste, según el Santo, en que los pecadores arrepentidos por lo común suelen ser más fervorosos en amar a Dios que los inocentes tibios.

   Jesús mío, ya que habéis sido tan paciente esperando mi arrepentimiento, y tan amoroso en perdonarme, quiero amaros con ardor; pero es necesario que vos mismo me deis ese amor: concededme esta gracia, Señor. No sería glorioso para vos el ser débilmente amado por un pecador a quien habéis colmado de tantos beneficios. Señor, ¿cuándo comenzaré yo a ser tan agradecido con vos, como bondadoso habéis sido vos conmigo?


   Hasta el presente en lugar de reconocimiento no ha habido en mí más que ofensas y desprecios. ¿Habré de ser siempre así con vos, Señor, con vos que ningún medio habéis omitido de granjearos mi amor? No, Salvador mío, quiero amaros de todo corazón, y no quiero disgustaros más. Me ordenáis que os ame, y yo no deseo más que amaros. Vos me buscáis a mí y yo no busco a otro que a vos. Dadme vuestro auxilio, sin el cual yo nada puedo. ¡Oh Virgen María, Madre de misericordia, haced que yo sea enteramente del Señor!

jueves, 31 de agosto de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte IV)




El demonio es débil


   Sujetaos a Dios, dice el apóstol Santiago: resistid al demonio, y huirá de vosotros. Resistidle con una fe viva y firme, dice el apóstol San Pedro.

   Cuando el demonio se acerca y trata de excitar en vosotros movimientos de ira, de orgullo, de impureza, etc., resistidle con valor; y al momento le ahuyentaréis. Porque delante de un alma firme, el demonio tiembla; con los que titubean, es, por el contrario, terrible como un león.

   Él enemigo antiguo, dice San Gregorio, es fuerte contra los que le escuchan, y débil contra los que le oponen resistencia. Sí cedemos a sus sugestiones, es formidable como un león, es vencedor; pero si le rechazamos fuerte y prontamente, queda aplastado como una hormiga.

   Asi pues, para los unos es un león, y para los otros una hormiga: las almas carnales tienen trabajo para escaparse de su crueldad; mientras que las almas puras pisan su debilidad con el pié de la virtud.

   ¿De qué modo, dice Isaías, arrancaremos su presa a un hombre tan esforzado? ¿Cómo recobrar aquello que ha arrebatado un varón tan valiente? He aquí lo que dice el Señor: Le serán quitados al hombre esforzado los prisioneros que ha hecho, y será recobrada la presa que arrebató el valiente.

   Si consideráis la naturaleza del demonio, dice Orígenes, es un gigante, y nosotros unos pigmeos; pero si seguimos a Jesús, que le ha privado de su fuerza, el demonio no nos inspirará ya ningún temor.

   El demonio es muy débil, ante los hombres valerosos y heroicos.

   Es un león rugiente, es terrible: Leo rugiens. (I. Petr. V. 8). Es una serpiente que se arrastra por el suelo; es muy débil. Dios, que le ha dejado sus fuerzas para suplicio suyo, le ha puesto un freno. No puede dominar más que a aquellos a quienes Dios desprecia y abandona: ¡triste poder y reino vergonzoso!...

   El demonio es débil, puesto que emplea la habilidad, la astucia, los rodeos, la mentira; es débil, puesto qne se arrastra y se oculta. Es impotente; Jesucristo le ha derrotado ¿Quién es el que le vence y le derriba? El que está vigilante, el que huye, que ruega, el que desconfía de sí mismo y se mortifica.

   Una sola palabra de Jesucristo ahuyentaba a legiones de espíritus infernales del cuerpo de los poseídos: ¿qué fuerza no ha de tener la presencia de Jesucristo, su gracia, la sagrada comunion? Sólo una señal de la cruz asusta a los espíritus de las tinieblas, y les hace huir, San Bernardo asegura que cualquiera que invoque los santos nombres de Jesús, de María y de José, es invencible, aunque todos los demonios luchen contra él. Tertuliano decía a los perseguidores de la religión, que un poseído, cualquiera que fuese, no podía resistir a un simple cristiano. El demonio es pues muy débil. (Apolog.). Una simple resistencia estrella sus fuerzas y le pone en derrota, dice el apóstol Santiago (IV. 7).

   Los Santos de todos los siglos, de todas las edades y de todos los sexos, han triunfado del demonio y le han aplastado la cabeza; siguiendo su ejemplo, todos nosotros podemos quedar victoriosos de este enemigo salvaje...




“Tesoros de Cornelio Á Lápide”

miércoles, 30 de agosto de 2017

Las penitencias de Santa Rosa – Por Leopoldo Marechal




DE CÓMO ROSA FABRICA SU CORONA

   ¡Rosa no había descuidado ese detalle, ciertamente! Sólo tenía doce años cuando, al mirar cierto día una imagen de Cristo, consideró particularmente los dolores de las espinas que se hincaban en su cabeza y resolvió hacerse una semejante. Era de estaño fundido, y Rosa la circundó de mimbres y llenó por dentro de clavos que, distribuidos estratégicamente, le herían y ensangrentaban la cabeza, sin que toda esa máquina de dolor, oculta por la toca, se revelase a ojos profanos. Diez años antes de su felicísima muerte abandonó aquella primera corona, en el deseo de forjarse otra que respondiese mejor a la de su Esposo místico. Intentó ponerse una de verdaderas espinas, a fin de que la imitación fuera exacta, pero dos razones la hicieron desistir: primero, la de su confesor, que temía el efecto corruptible de la substancia orgánica luego la suya propia, que le dió a entender cuán difícil era ocultar espinas reales bajo una toca. Entonces, doblando un fleje de plata, Rosa le dió la forma de un círculo, dentro del cual introdujo noventa y nueve clavos, también de plata, distribuidos en tres series de treinta y tres, o sea el número de años que vivió el Redentor. A fin de poder ceñírsela sin obstáculos, la virgen se afeitó a navaja los cabellos, que habían vuelto a crecerle un tanto, y sólo se dejó en la frente un mechón que, dispuesto con artificio, escondiese la corona y no la revelase a ojos extraños.

   Aquel artefacto le producía dolores continuos y diferentes con sus noventa y nueve púas que se le hincaban al menor movimiento de su cabeza, al hablar y sobre todo al toser. Para colmo, la virgen se lo plantaba cada día en sitio diferente, buscando los lugares no heridos todavía o los que cicatrizaban recién: ninguno de sus familiares conocía el secreto de aquella corona, ni aun lo alcanzaba del todo su confesor, que sólo tenía vagas referencias.

   Cierto día el padre de Rosa, muy colérico, perseguía en el huerto a un hermanito de la virgen, sin duda para castigarle una travesura: la niña se interpuso entre ambos y rogó a su padre que no se dejara llevar por la ira; mas el hombre, al rechazar a Rosa, la golpeó, sin quererlo, en la frente, de modo tal que los clavos de la corona, oprimidos a fondo, hicieron saltar tres hilos de sangre, que la toca no logró disimular. La niña, temiendo que por aquella sangre se descubriera el artificio de la corona, voló a su aposento, la arrancó de su frente y tras esconderla se lavó la sangre y volvió a cubrirse con la toca y el velo. Pero su madre, que temía siempre los rigores penitenciales de aquella hija extraordinaria, no tardó en seguirla al aposento y en obligarla a descubrir su cabeza: viéndola llena de puntazos y desolladuras, adivinó la naturaleza del instrumento que los había producido; y, sin embargo, nada le dijo a la virgen, temiendo que al quitarle la corona no inventase algo peor. Con todo, la excelente madre hizo intervenir a uno de los consejeros espirituales de Rosa, el padre Juan de Villalobos, el cual mandó a la niña que le llevase aquel instrumento con el que martirizaba su cabeza. Obedeció ella, como siempre, y el consejero, al ver la terrible máquina, trató de hacer que su penitente renunciase a tanto rigor. Pero Rosa, viendo una insinuación más que una orden en las palabras de su consejero, insistió tanto y tan bien que ambos llegaron a un acuerdo por el cual Rosa llevaría su corona, pero con algunos clavos de menos que el padre Juan limaría o remacharía con sus propias manos, como efectivamente lo hizo luego al ver una Rosa tan obstinada en sus espinas...

LOS AYUNOS DE ROSA

   Cualquiera podría creer que un cuerpo tan trabajado como el de aquella virgen necesitaba, sin duda, un sustento material proporcionado a sus fatigas. Por lo cual es bueno decir, ahora, con qué sabores regaló su lengua y de qué manjares alimentó sus días terrestres, que no fueron muchos.

   Como todas sus virtudes, la de la abstinencia se reveló en sus más verdes años: acaso no hablaba todavía cuando se negó a comer las frutas que tanto agradan a los niños; a los seis años apenas, ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, sin que poder humano alguno lograse hacerle probar otra cosa; y a los quince se prometió no alimentarse nunca de carne, voto que cumplió en la medida de sus fuerzas y luchando contra familiares, amigos y médicos, ya mediante la astucia, ya con la resistencia natural que oponía su estómago a cuanto no fuese un pedazo de pan mojado en agua.

   Muchas veces la debilidad de su cuerpo alarmó a los suyos, y sobre todo a su madre que, bien arraigada en este mundo, no acababa de entender los extremos de aquella hija prodigiosa. Le reprochaba sus ayunos, la llamaba verdugo de sí misma; y viendo que nada lograba con sus sermoneos la obligó un día a comer en la mesa familiar, delante de sus ojos, para verlo que comía y en qué cantidad. Rosa obedeció con la dulzura de siempre, y temblando a la sola idea de ingerir alimentos que le repugnaban, solicitó que no se la obligase a probarlos todos, sino aquellos que su naturaleza le indicase.

   Con la complicidad de Mariana, su infaltable escudero, logró intervenir en la cocina doméstica para aderezarse algo que tenía los exteriores de un pastel, pero que se integraba sólo con unos pedazos de pan y un manojo de hierbas: la intervención de algunas pasas en aquella torta singular no tenía más objeto que el de satisfacer y despistar las miradas maternas; y la falta de sal, así como la amargura de las hierbas que Rosa elegía, daban al pastel un sabor que, de probarlo, hubiese asombrado no poco a la excelente madre. Algunas veces, y a fin de variar el condimento, la virgen mezclaba cenizas a los hierbajos y mendrugos de su famoso pastel, de modo tal que, a su lado, el pan y el agua que Rosa prefería resultaban un manjar delicioso. Otra vez su madre le descubrió un vaso de hiel, e interrogada la niña sobre el uso que hacía de aquella substancia, confesó que también la utilizaba para sazonar sus comidas. Andando el tiempo Mariana refirió que Rosa bebía hiel en ayunas, el día que no comulgaba, y que mezclando hiel, cortezas de pan y lágrimas se hacía un alimento que llamaba “mis gazpachos”.

   Hay en América un vegetal muy curioso que nuestros indios llaman mburucuyá y nosotros pasionaria, el cual da una flor cuyos órganos interiores fingen admirablemente los instrumentos de la Pasión. La virgen limeña no podía menos que sentirse ganada por tan religioso vegetal; pero en lugar de comer su fruta, que es muy dulce, se alimentaba de sus tallos, que tienen un sabor amarguísimo. Por otra parte, bueno es decir que tal hierba o tal fruta sólo le sirvieron de estratagema para satisfacer la ansiedad de sus familiares hasta el día en que, convencidos de la violencia que con sus instancias le hacían, dejaron que Rosa dispusiera libremente de sus ayunos. Estos eran de dos clases, según la época litúrgica: durante siete meses del año, hasta la Pascua de Resurrección, sólo comía pan y agua en raciones que, siendo ínfimas en sí, Rosa iba disminuyendo gradualmente al llegar la Cuaresma, entrada la cual sólo se alimentaba con algunas pepitas de membrillo, cinco los viernes y rociadas con hiel. Su segunda forma de ayuno consistía en no comer absolutamente.

   Tanto en su celda como en casa de doña María de Usategui se le vió realizar los más extraordinarios ayunos. Doña María comenzó a enviarle a su celda ocho panecillos negros que habrían de constituir su alimento de toda la semana: ¡cuál no sería el asombro de aquella señora cuando vió que la niña, terminada la semana, le devolvía seis panes y medio que le habían sobrado! Más a delante se comprobó que con un pequeño pan y un vaso de agua la virgen había pasado cincuenta días; igual tiempo se pasó más tarde sin beber ni una sola gota de agua; y cuando llevada por la fiebre bebía, no tomaba el agua fresca del aljibe, lo cual habría sido imperdonable regalo, sino el agua caliente de la cocina, y a pequeños sorbos. Con estos sabores de la tierra iba ganándose Rosa los sabores del cielo.



“Vida de Santa Rosa de Lima” año 1945
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