sábado, 27 de agosto de 2016

La impenitencia final y la conversión in extremis (lectura imprescindible) (parte I)




   COMENTARIO DEL BLOG: Mi experiencia visitando enfermos, me llevo a ver casos como los que en esta publicación se describe. Por nada dejen de leerla. Sepan de qué se trata la impenitencia final. Puede, no lo sé, (pero es posible) que de ello dependa su salvación o condenación eterna. 

   Puesto que toda nuestra vida futura y eterna depende del estado en que se encuentre nuestra alma en el momento de morir, es necesario que hablemos ahora de la impenitencia final, que se opone a la buena muerte, y, por contraste, de las conversiones in extremis.

   La impenitencia, en el pecador, es la ausencia o privación de la penitencia, que debería borrar en él las consecuencias morales del pecado o de la rebelión contra Dios. Estas consecuencias del pecado son la ofensa hecha a Dios, la corrupción del alma rebelde, los justos castigos que ella ha merecido.

   La destrucción de semejantes consecuencias se lleva a cabo mediante la satisfacción reparadora, esto es, mediante el dolor de haber ofendido a Dios y mediante una compensación expiatoria. Como explica Santo Tomás (III, q. 4, a. 5y 87), estos actos de la virtud de penitencia son, para los pecadores, de necesidad de salvación; lo exigen la justicia y la caridad para con Dios y hasta la caridad para con nosotros mismos.

.   La impenitencia es la ausencia de contrición y de satisfacción; puede ser temporal, esto es, tener lugar en la vida presente, o final, es decir, en el momento de la muerte. Es necesario leer el sermón de Bossuet sobre el endurecimiento, que es la pena de los pecados precedentes. (Adviento de San Germán y Defensa de la Tradición, L. XI, C. IV, V, VII, VIII.)

¿Qué es lo que conduce a la impenitencia final?

   La impenitencia temporal. Esta se presenta bajo dos formas muy distintas: la impenitencia de hecho es simplemente la falta de arrepentimiento; la impenitencia de voluntad es la resolución positiva de no arrepentirse de los pecados cometidos. En este último caso se trata del pecado especial de impenitencia, que en su máxima expresión es un pecado de malicia, el que se comete, por ejemplo, al disponer que se le hagan funerales civiles.

   Ciertamente es grande la diferencia entre las dos formas; sin embargo, si el alma es sorprendida por la muerte en el simple estado de impenitencia de hecho, la suya es también una impenitencia final, aunque no haya sido preparada directamente con un pecado de endurecimiento.

   La impenitencia temporal de voluntad conduce directamente a la impenitencia final, aunque algunas veces Dios, por su misericordia, preserve de llegar a ella. En este camino de perdición se puede llegar a querer deliberada y fríamente perseverar en el pecado, a rechazar la penitencia que nos habría de librar.

   Es entonces, como dicen San Agustín y Santo Tomás (II, II, q. 14), no sólo un pecado de malicia, sino contra el Espíritu Santo, es decir, un pecado que va directamente contra cuanto podría ayudar al pecador a levantarse de su miseria.

   El pecador debe, pues, hacer penitencia en el tiempo ordenado, por ejemplo, en el tiempo pascual; de otro modo, se precipita en la impenitencia final y en la de voluntad, al menos por omisión deliberada. Y es tanto más necesario volver a Dios cuanto que no se puede, como dice Santo Tomás, permanecer largo tiempo en el pecado mortal sin cometer otros nuevos que aceleran la caída (I, II, q. 109, a. 8).

   Así, pues, no es preciso, para arrepentirse, esperar a más adelante. La Sagrada Escritura nos incita a que lo hagamos sin demora: “No esperes hasta la muerte para pagar tus deudas” (Eccl., XVIII, 21). San Juan Bautista, con su predicación, no cesaba de mostrar la necesidad urgente del arrepentimiento (Luc. III, 3). Lo mismo que Jesús al principio de su ministerio: “Arrepentíos v creed en el Evangelio” (Mar., I, 15). Más tarde, dijo aún: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis” (Luc., XIII, 5). San Pablo escribía a los romanos (II, 5): “Por tu endurecimiento y la impenitencia de tu corazón, estás acumulando la cólera divina para la manifestación del juicio justo de Dios, que dará a cada uno según sus obras.” En el Apocalipsis (II, 16), se dice al Ángel (el Obispo) de la Iglesia de Pérgamo: “Arrepiéntete; de no ser así, te visitaré no tardando.” Es la visita de la Justicia divina la que de este modo se anuncia, si no se tiene debidamente cuenta de la visita de la misericordia.

   Los grados de la impenitencia temporal voluntaria son numerosos: Tomando como punto de partida los menos graves, que son a pesar de eso, muy peligrosos, a) Están los endurecidos por ignorancia culpable, fijos en el pecado mortal y en la ceguera, que les hace constantemente preferibles los bienes de un día a los de la eternidad; ésos beben la iniquidad como agua con una conciencia adormecida y soñolienta, ya que han descuidado siempre gravemente instruirse acerca de sus deberes sobre cuánto es necesario para su salvación. Son numerosísimos. b) Vienen después los endurecidos por vileza., que, más iluminados que los precedentes y más culpables, no tienen la energía necesaria para romper los lazos que ellos mismos se han fabricado. Lazos de lujuria, de avaricia, de orgullo, de ambición, y que no ruegan para obtener la energía necesaria que les hace falta. c) Por fin, vienen los endurecidos por malicia, aquellos, por ejemplo, que, no orando, se han rebelado contra la Providencia a causa de cualquier desgracia; los disolutos, que viven sofocados por sus desórdenes, que blasfeman, siempre descontentos de todo, y que, materializados, hablan todavía de Dios, pero sólo para injuriarlo; d) finalmente, los sectarios que tienen un odio satánico a la religión católica cristiana y no cesan de escribir invectivas contra ella.

   Existe mucha diferencia entre unos y otros; pero no se puede afirmar que para llegar a la impenitencia final se deba necesariamente haber sido de los endurecidos por malicia o al menos por vileza o ignorancia voluntaria. Ni podemos tampoco firmar que todos los endurecidos por malicia serán condenados, puesto que la misericordia divina ha convertido, a veces, a grandes sectarios que parecían obstinados en la vía de la perdición. Vamos a ver unos ejemplos:

   Se lee en la vida de San Juan Bosco, que se acercó al lecho de un moribundo francmasón y feroz sectario. Este le dijo: “Sobre todo no me habléis de religión, de otro modo, guardaos: aquí tengo un revólver, cuya bala es para vos, y he aquí otro con una bala para mí.” “Muy bien—respondió imperturbable Don Bosco—entonces hablemos de otra cosa.” Y le habló de Voltaire, exponiéndole su vida. Concluyó diciendo: “Algunos afirman que Voltaire murió impenitente y que tuvo mal fin. Yo no lo diré, porque no lo sé.” “Entonces—preguntó el otro—, ¿también Voltaire hubiera podido arrepentirse?” “Pues claro.” “Y, entonces, ¿también yo podría arrepentirme?...” Parece ser que aquel hombre desesperado cerró una mala vida con una buena muerte.

   Se cita el ejemplo de un sacerdote santo, Padre espiritual en las cárceles, que no consiguiendo persuadir a un criminal condenado a muerte para que se confesase, terminó por increparle impacientado: “Bien, piérdete, puesto que quieres perderte.” Esta palabra, que ponía límites a la inmensidad de la divina misericordia, fué la que impidió al santo sacerdote subir, después de su muerte, al honor de los altares. Su causa de beatificación no ha podido ser introducida.

 Ciertamente los Padres de la Iglesia, y con ellos los mejores predicadores, han amenazado con frecuencia con la impenitencia final a los que rehúsan convertirse o que dejan la conversión para más tarde.

   Después de haber abusado tanto de la gracia divina, ¿podrán obtener más tarde los auxilios necesarios para la conversión? Es cosa muy de dudar.


“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”


R. Garrigou-Lagrange O.P.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Escuche y descargue "TRADICIÓN Y ACCIÓN" 24/08/2016


Paz que gozan en este mundo las almas perfectas. (Lectura sumamente recomendable)




   Es necesario trabajar y padecer mucho para alcanzar la perfección. “No es la obra de un día, ni juego de niños el renunciarse perfectamente, pero el que todo lo deja todo lo halla; el que renuncia a toda codicia encuentra la verdadera paz” (La Imitación de Cristo).

   Sí, el que tiene el arrojo de pelear denodadamente contra sus inclinaciones naturales y de morir a sí mismo, recibe buena paga de sus fatigas; es mucho más feliz que las almas menos generosas que quieren servir a Dios y contentar a la naturaleza. No que esté más libre de dolor y de las tribulaciones de la vida, pues los mejores amigos de Jesús tienen siempre una gran parte en su divina cruz; sino porque siendo muy humildes, muy desprendidos, son menos sensibles a los contratiempos, los fracasos, las humillaciones. Todas estas amarguras y otras como los abatimientos o quebrantos del corazón pueden afligir su naturaleza, pero su voluntad unánime con la de Dios no padece contrariedad alguna por ello; muy al contrario, como sus padecimientos los quiere Dios y glorifican a Dios, la voluntad se considera feliz con ellos.

   El alma menos amante, que conserva asimientos naturales, afectos puramente humanos, padece no sólo en su naturaleza sino también en su voluntad la cual muchas veces es contrariada, sacudida, irritada; y tiene que hacer un esfuerzo para resignarse; la resignación la aplacará, pero sin procurarle ninguna alegría.

   Las almas imperfectas, pues, no disfrutan de esta paz que poseen las almas desasidas, paz profunda, inalterable. “Yo os dejo mi paz, os doy mi paz”, dijo el Salvador a sus Apóstoles en el discurso de despedida, (Juan, XIV, 27). Preciosa es la paz de Jesús a quien Isaías llamó Príncipe de la paz. Esta paz que Jesús disfrutaba y de la cual dió parte a sus verdaderos amigos sobrepuja, dice San Pablo, toda experiencia. Esta paz reside en el centro del alma, y como el fondo del Océano no es alterado por las tempestades que sacuden y agitan su superficie, como la cima de las montañas continúa recibiendo luces vivificantes de los astros mientras que abajo reinan las nubes, las lluvias, y las tormentas, el alma que no tiene otra voluntad que la de Dios, cuyo amor es intenso y su confianza es invencible, permanece tranquila, aun cuando en la parte inferior experimenta dificultades, asaltos de tentaciones, amarguras de toda suerte. La angustia misma que le produce su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas, a veces bien dolorosa, no perturba su paz interior, porque sabe que estas congojas las quiere Dios y cederán en gloria suya.

   Más que paz, es felicidad, es alegría perfecta la que encuentra el alma enteramente fiel, esta alegría y gozo que Jesús deseaba a sus Apóstoles: “Os he dicho estas cosas (permaneced en mi amor, guardad mis mandamientos), para que vuestro gozo sea perfecto” (San Juan, XV, ll). Este gozo lo prometía Jesús a sus Apóstoles, mientras se entregaran del todo a la oración: “Pedid y recibiréis a fin de que vuestro gozo sea colmado” (S. J., XV, 24). Jesús mismo pedía este gozo a su Padre celestial para sus íntimos amigos: “Padre, yo ruego por ellos, para que posean en sí mismos el gozo cumplido que tengo yo” (S. J., XVII, 148).

   El gozo, el contentamiento de la voluntad que logra el objeto de sus deseos, el gozo, el amor satisfecho. El alma perfecta tiene ardientes y santos deseos, un amor muy puro: lo que desea es la gloria de Dios, con un amor intenso de la voluntad de Dios, que para ella es siempre buena, sabia, paternal. Ahora bien; ella sabe que Dios al cual tanto desea ver glorificado, recibe de su Hijo, de los santos, de sus escogidos una gloria digna de Él. Sabe también que esta voluntad divina tan ardientemente amada es siempre cumplida, que Dios tan poderoso como sabio consigue siempre sus fines. Lo cual es para ella manantial de gozo que de ordinario no es rebosante ni de estrépito, sino profundo, reposado, suavísimo.

   Y para sí misma, ¿qué desea esta alma una vez que ha llegado al perfecto desasimiento? Desea su Dios, y sólo a Él busca, y cuando no se busca más que a Dios, se le encuentra siempre y en todas partes. Muy delicioso es para ella volverse hacia Él, entretenerse con Él, pensar en sus grandezas, sus bondades, su felicidad infinita; gran deleite saber que lo tiene cerca de sí, muy dentro de sí misma; sabrosísimo el unirse a Él con amor simple y tranquilo, pero intenso.

   Los que tienen el corazón dividido, y no están desasidos de sí mismos ni de las criaturas, no gustarán las dulzuras del amor. Estando mucho menos iluminados acerca de las perfecciones, las amabilidades de Dios, son menos atraídos hacia Él. Además las inclinaciones naturales, de las que no se han despojado aún, los atraen demasiado hacia los objetos creados, los adhieren mucho a sus negocios, a sus ocupaciones favoritas, y los concentran con exceso en sí mismos, para que el corazón pueda tener sus complacencias en Dios. Pero los que poseen un amor intenso, cuán felices son amando y sabiendo que son amados.

   Y todas las cosas concurren al bien de las almas amantes: Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum. La Providencia divina desde toda la eternidad lo preparó todo para su provecho. Las almas incompletamente fieles inutilizan muchas veces los designios de Dios sobre ellas Con frecuencia en las pruebas se impacientan o bien no se resignan sino a medias; a veces les sucede que repasan demasiado en su espíritu sus agravios; entonces quedan descontentas, amargadas. Muchas veces en las tentaciones no resisten sino flojamente. Cuántas ocasiones de ejercitar la virtud no dejan pasar por falta de valor para dar a Dios todos los sacrificios que les pide. El alma enteramente fiel de todo se aprovecha y cada día acumula para la eternidad nuevas e imponderables riquezas.


“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”
por

Augusto Saudreau


Canónigo honorario de Angers

ESCUCHE HOY "TRADICIÓN Y ACCIÓN"


lunes, 22 de agosto de 2016

La Santísima Virgen pide el rezo del Santo Rosario (Imperdible)









  Consideración. — Esta devoción fue introducida en las prácticas cristianas por la Santísima Virgen, comunicándosela a Santo Domingo de Guzmán como arma para desbaratar y vencer a los herejes.

   La Iglesia se propone, con la difusión del rezo del santo Rosario, restaurar el espíritu de oración.

   El hombre moderno no ora, porque ignora la importancia de la plegaria, verdadera respiración del alma. Piensa que el mundo logrará sus mejoras con discursos, diarios y revistas. Abundan los suicidios, los desesperados, los tristes y encadenados por los vicios, porque no se levanta el corazón a Dios, el único que puede curar todas las calamidades.

   Con el rezo del Rosario adquirimos el hábito de la oración. Y como debemos orar en Cristo, con Cristo y por Cristo, en el Rosario se entreveran la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, a fin de atraer las miradas misericordiosas del Padre Eterno, y nos envíe su Espíritu para sanar la sociedad y enfervorizar la vida cristiana:

   La práctica del Rosario aúna los corazones, los hogares y los pueblos.

   Los Sumos Pontífices la aconsejaron y encomiaron repetidas veces. De San Pío X son estas palabras: “La oración del Rosario es la más bella de todas, la más rica en gracias y aquella que toca más el Corazón de la Madre de Dios. Si queréis que reine la paz en vuestros hogares, rezad el Rosario en común.” En Lourdes se había aparecido a Santa Bernardita repasando entre sus dedos las cuentas del Rosario.

   A San Antonio María Claret, llamado el segundo Santo Domingo, le dijo: “Predica mi Rosario, porque en él está la salvación de las naciones.”

   La Santísima Virgen prometió que: “Todo el que recitase devotamente el santo Rosario con la consideración de los sagrados misterios no será oprimido por la desgracia, no será castigado por la justicia de Dios, no morirá de muerte imprevista, sino que se convertirá si es pecador, se conservará en gracia y se hará digno de la vida eterna.”

   Pero nunca como en Fátima recomendó la Virgen Santísima el santo Rosario tantas veces y con tanta insistencia. Lo hace en las seis apariciones.

   Quiere que todos recen el Rosario diariamente. Del vidente Francisco dice que antes de ir al cielo tendrá que rezar muchos Rosarios. Encareció a los tres pastorcitos que rezaran el Rosario, para lograr el fin de la guerra de 1914. Se proclama la Virgen del Rosario.

   Al recorrer su imagen el orbe, enciende en las almas esta devoción como cruzada de salvación. Un misionero había comprobado que, rezando el Rosario, jóvenes en peligro de muerte, a causa de grandes accidentes, se habían salvado milagrosamente. Una madre, en gravísimo estado durante un parto, se salvó con su niño; hombres alcoholizados habían vencido el vicio; vidas disolutas habían encontrado el camino del Espíritu; almas alejadas habían vuelto al regazo de la fe; familias sin hijos habían alcanzado la bendición de la fecundidad; muchos soldados se habían salvado en el fragor de la batalla. Muchas angustias espirituales habían sido vencidas, y muchos paganos habían alcanzado el puerto de la conversión.

   Y tú, ¿ya te has comprometido a rezarlo todos los días? ¿Sabes rezarlo? ¿Has introducido la costumbre en tu casa?...

   Medita. — Pide a la Virgen comprender y practicar la devoción del Rosario.

EJEMPLOS

   — Don Cándido Bacelar, médico de Cervaes, Villa Verde, después de una intervención quirúrgica, quedó casi totalmente paralítico de los miembros inferiores. El 13 de octubre último, empeoró notablemente. “Ese mismo día, escribe, gran parte de mi familia pedía en el Santuario de Fátima mi curación. Allí se encontraba mi nietecita, que recientemente se había curado por intercesión de la Virgen, de una enfermedad pulmonar. Besó ese día a la Virgen, pidiendo la curación de su abuelito médico. Lo cierto que del día 13 al 14 comencé a andar y desde entonces mejoro incesantemente, por lo que hago público mi agradecimiento.”

   “Un padre de familia numerosa, hacía más de cuarenta años que no ponía los pies en la iglesia. Cuando pasó Nuestra Señora de Fatima, hallábase enfermo y renegaba de Dios por su enfermedad. Manifestó el deseo de ver la imagen. Allá se la llevamos a su casa. Besóla conmovido, y al día siguiente se confesó y recibió la sagrada Comunión, que en todo aquel tiempo nunca había recibido. Continúa enfermo, es cierto, y los médicos ya le desengañaron, pero se muestra resignado y acepta los sufrimientos con mucha paciencia.”


DEVOCIONARIO A LA VIRGEN DE FÁTIMA

Inmaculado Corazón de María.




   El domingo después de la octava de la Asunción. Así como veneramos el sacratísimo Corazón de Jesús, por estar unido con la divinidad, y para recordar y agradecer a nuestro Redentor adorable las divinas finezas de su infinito amor; así es también digno de gran reverencia el dulcísimo Corazón de María, por ser el corazón de la Madre de nuestro Señor y salvador, y de nuestra soberana Madre adoptiva. De este Corazón virginal de María salió la purísima sangre con que el Espíritu Santo formó el cuerpo sacratísimo de Jesús: este Corazón maternal de María palpitó siempre de amor ardentísimo a aquel su Hijo adorable, se dilató en sus alegrías, se oprimió en sus angustias, participó de sus mismos sentimientos y deseos, y fué la más perfecta semejanza de aquel Corazón divino. ¿Cómo no había de ser purísimo sobre toda pureza creada aquel Corazón de la Hija primogénita del Padre, exenta de toda mancha de culpa e inmaculada desde el primer instante de su concepción? ¿Cómo no había de ser santísimo aquel Corazón de la Madre del Hijo de Dios, habiendo recibido en su seno virginal al mismo autor y consumador de toda santidad? ¿Cómo no había de estar lleno de la caridad divina aquel Corazón de la Esposa del Espíritu Santo, enriquecida con todos sus soberanos dones, gracias y carismas? Recordemos además para singular consuelo de nuestras almas, que este purísimo, santísimo y preciosísimo Corazón de María es por gran dicha nuestra el Corazón de nuestra Madre, de nuestra soberana Reina y de nuestra piadosísima Corredentora: y que por esta causa no solamente nos ama con maternal cariño, sino que también puede y quiere favorecernos con grandes beneficios, y señaladamente con aquellos que más se ordenan a nuestra eterna salud y gloria perdurable. Anímense los pobres pecadores, que en este Corazón maternal de la Virgen, que nos engendró en el Calvario, y nos adoptó por hijos en la persona del discípulo amado, hallarán un piélago de bondad y ternura inefable sin mezcla de rigor ni aspereza: y si tiemblan de la divina justicia, acójanse a la Madre del supremo Juez y a la misericordia de su Corazón maternal. Consuélense los pobres hijos de Eva, que en este Corazón de María, Reina y Señora de los cielos y de la tierra encontrarán abierto el tesoro de todas las gracias para el socorro de todas sus necesidades y el alivio de todas las aflicciones del cuerpo y del espíritu. Y nadie desespere de su eterna salvación por grandes que sean sus culpas, porque en el Corazón de María, nuestra misericordiosísima Corredentora, que nos amó con tal extremo, que por nosotros ofreció su divino Hijo al Eterno Padre, hallaremos todos los méritos que nos faltan para hacernos verdaderos hijos de Dios y coherederos de su Reino. Ninguno de los que con humildad y entera confianza acuden al amor del Corazón dulcísimo, magnífico y amorosísimo de María ha de temer la muerte perdurable.

   Reflexión: No hemos de contentarnos con poner nuestra esperanza en el Corazón de María; procuremos además como verdaderos hijos de tan soberana Madre, que nuestro corazón sea semejante al suyo por imitación de, sus excelentes virtudes: y ya que fué tan puro e inmaculado su Corazón, no permitamos que reine el pecado en el nuestro: ya que fué tan humilde, arranquemos del nuestro toda raíz de soberbia y vanidad.

   Oración: Omnipotente y sempiterno Dios, que en el Corazón de la bienaventurada virgen María hiciste una morada digna del Espíritu Santo; concédenos propicio, que celebrando devotamente la festividad de su Corazón purísimo, sepamos vivir según tu Corazón. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM

sábado, 20 de agosto de 2016

LOS NOVÍSIMOS (El Cielo) Publicación final.






   Es un lugar de delicias donde el alma, limpia de todo pecado, goza eternamente de una felicidad sobrenatural y perfecta que le dan la visión y la posesión eterna de Dios.

   Goces del Paraíso. –– Admiten los teólogos dos clases de goces; unos se refieren a la esencia de la felicidad y se llaman esenciales; otros son secundarios o accesorios: corresponden en sentido opuesto a la pena de daño y a la del sentido que experimentan los réprobos

   La esencia de la felicidad o el gozo principal de los bienaventurados consiste en ver a Dios y en gozar de su hermosura; así lo declaran las palabras de Jesucristo: “La vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero y a Jesucristo a quien Tú enviaste” (San Juan, XVII, 3).

   No podemos comprender ahora cuánto esa visión de Dios llenará de gozo a los bienaventurados, pero algo se vislumbra en lo que aconteció a los tres apóstoles que en el Tabor vieron un destello de la belleza de Jesucristo; tan prendados quedaron, que uno de ellos, Pedro exclamó: “Oh Señor, cuán bueno es estar aquí (Mat; XVII, 4).

   Esta dicha se compara en magnitud al océano, según se deduce  de las de Jesucristo a los bienaventurados: Entra en el gozo de tu Señor (Mat; XXV 21) lo cual da a entender que ese gozo es como un abismo en el cual penetra el alma.

   Los goces accesorios son un conjunto  de bienes cuya enumeración sería interminable y de los cuales no podemos formarnos una idea por cuanto son muy distintos de los que  aquí gozamos. Bástenos saber que cuantas cosas pueda haber agradables para nosotros o ser deseadas en esta vida, ya se refieran a la ilustración del alma, ya a la perfección y  comodidad del cuerpo, inundan por todas partes la feliz vida de los celestes moradores.

   El cuerpo gozará de las propiedades ya  explicadas (Véase “Resurrección de la carne”) y los sentidos disfrutaran también de todas las purísimas satisfacciones que desearen.

   Conviene advertir también que esos goces: a) Serán eternos; los bienaventurados no pueden pecar; por consiguiente no podrán ser apartados del gozo de Dios. b) Serán siempre nuevos; nunca se hastiará de dios el alma; no son como los goces de esta tierra que por agradables que sean, fatigan porque el cuerpo no los puede resistir mucho tiempo.

Existencia del Cielo.

   Pruebas de fe. –– 1) La sentencia de Jesucristo a favor de los escogidos: Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo (San Mat; XXV, 34). 2) Palabras de Jesucristo al ladrón arrepentido: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Luc; XXII). 3) Palabras de Jesucristo en el sermón de la montaña: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos. (Mat; V, 3).

   Pruebas racionales. –– Justicia de dios. –– Siendo Dios infinitamente justo, no puede mirar con indiferencia las acciones de los hombres; deberá dar el premio a los buenos y el castigo a los malos. Pero como en esta vida no reciben los buenos el premio merecido, antes al contrario, vemos cómo padecen y sufren persecuciones; luego deberán recibirlo en la otra vida; por lo tanto habrá para los justos un lugar de descanso eterno; a este lugar llamamos Paraíso.

La felicidad del Cielo no será igual para todos.


   Así como en el infierno sufren los condenados diversamente, según el número y gravedad de sus culpas; así también en el Cielo hay diferencia en cuanto al grado de gozo de los elegidos.

   No gozan  igualmente un pecador que se ha convertido poco antes de morir y un santo que ha empleado toda su vida sirviendo y amando a Dios.

   “En casa de mi Padre, dice Jesucristo, hay muchas moradas” (Juan, XIV, 2) Esta felicidad es proporcionada al mérito de cada uno.

   Así y todo, no existe envidia en los unos, no arrogancia en los otros: cada uno es dichoso en la medida que le corresponde. Sucede con los bienaventurados lo mismo que con dos personas sentadas a una misma mesa: la una come más que la otra, pero ambas están satisfechas porque se han saciado.

   AUREOLAS. –– Los goces del Paraíso serán especiales para algunas categorías de justos: los teólogos llaman aureolas a ciertos premios que son privilegio exclusivo de los mártires, de los vírgenes y de los doctores: Los primeros por haber vencido al mundo; los segundos, a la carne (las pasiones); los terceros, al demonio. Esta aureola aunque  afecte principalmente a sus almas, brillará también en sus cabezas en forma de corona.


LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)












viernes, 19 de agosto de 2016

LOS NOVÍSIMOS (El infierno)




   El Infierno es la privación de la vista de Dios y el lugar donde se padece el fuego eterno y todo mal sin mezcla de bien alguno.

   Infierno etimológicamente significa lugar subterráneo, bajo, profundo.

   El Infierno es llamado en las Escrituras con diversos nombres: pozo del abismo, lugar de la ira de Dios, estanque ardiente, tierra de tinieblas y de miseria, muerte eterna, etc.

Su existencia.

   Muchos y poderosos son los argumentos a favor de la existencia del Infierno:

   Sagrada Escritura.Dice Isaías: “¿Quién de vosotros habitará con los ardores eternos?” (XXXIII, 14). “El gusano (o sea el remordimiento) de ellos no morirá y el fuego de ellos no se apagará " (LXVI, 24).

   Job llamaba al Infierno “Tierra de miseria y de tinieblas en donde habita sombra de muerte, y ningún orden, sino un horror sempiterno” (Job, X, 22).

   San Pablo al hablar de los que no obedecen al Evangelio, dice que pagarán la pena eterna de perdición (2 Tesal; I, 9).

   Sagrada Tradición. — Los Santos Padres sostienen unánimemente la existencia de un Infierno eterno.

   El Concilio Ecuménico de Constantinopla (año 553) anatematiza a los que sostienen que los tormentos de los impíos tendrán fin.

   La Iglesia canta en el Símbolo de San Atanasio: “Los que han obrado bien irán a la vida eterna; los que han obrado mal, irán al fuego eterno”.

   Pruebas de razón. La Justicia de Dios: Dios infinitamente santo, odia infinitamente el pecado; justísimo como es, debe premiar a los buenos y castigar a los malos. Pero Dios de ordinario no castiga a los pecadores en esta vida, y si los castiga no es con una pena proporcionada a sus pecados. Por consiguiente debe castigar o premiar en la otra vida. Luego existe un Infierno.

Enseñanzas de Jesucristo sobre el infierno.

   Las pruebas más decisivas acerca de la existencia del Infierno las dió el mismo Jesucristo:

   1) Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que está aparejado para el diablo y para sus ángeles. Tal es la sentencia que proferirá contra los réprobos.

   2) Hablando de la diligencia con que debemos evitar las ocasiones de pecado, dice: Si tu mano te escandaliza (fuese para ti ocasión de pecado) córtala y échala de ti: más te vale entrar en el Paraíso sin ella que, teniéndola, ser arrojado al infierno, al fuego que nunca se puede apagar, en donde el gusano de aquéllos no muere, y el fuego nunca se apaga (Marc., IX, 42 y siguiente donde repite lo mismo aplicándolo al pie y al ojo).

   3) Habla claramente del Infierno, en la parábola del rico Epulón, donde dice: Murió el rico y fué sepultado en el Infierno (Luc; XVI, 22).

   4) No temáis a los que matan el cuerpo (a los perseguidores y tiranos) y no pueden matar el alma: temed antes al que puede echar el alma y el cuerpo en el Infierno (temed a Dios) (San Mateo, X, 28).

Tormentos del Infierno.

   Penas del Infierno. — Siendo el pecado, según Santo Tomás, aversio a Deo (apartarse de Dios) y conversio ad creaturas (afición desordenada a las criaturas) doble será el castigo del Infierno: la pena de daño y la del sentido. Consiste la primera en la privación de la vista de Dios. Es la mayor de todas las penas; si es causa de suma aflicción para un hijo, para un ciudadano el verse alejado de sus padres, desterrado de su patria, ¿qué no sufrirá el alma privada de Dios que es su centro y el fin por el cual había sido creada? El alma ha visto en el juicio la belleza de Dios, siente ansias irresistibles de abismarse en Él y se ve rechazada por la sentencia de eterna condenación. Si los réprobos en el Infierno pudiesen ver a Dios, se sentirían muy aliviados y aun perderían su fuerza las llamas en que se hallan sumergidos. La pena del sentido la constituye principalmente el tormento del fuego cuya intensidad es tal que, en frase de San Agustín, el nuestro comparado con aquél es como fuego pintado: “tamquam ignis depictus”; es un fuego inteligente que atormenta más o menos según la gravedad y cantidad de los pecados; fuego tenebroso, que no deja gozar del beneficio de la luz; fuego que encierra en sí otros suplicios imposibles de imaginar.

   A todo esto hay que añadir el remordimiento de la conciencia que es comparado por Jesucristo a un gusano que roe y nunca muere: “Vermis eorum non moritur”

   Estos tormentos afligirán a los réprobos sin disminuir su potencia, sin que los condenados experimenten el menor alivio, como lo da a entender Jesucristo en la parábola del rico Epulón, al cual ni siquiera se le concedió el irrisorio refrigerio de una gota de agua.

Eternidad del Infierno.

   Lo más terrible y desesperante del Infierno es su eterna duración.

   Los réprobos, distintamente de lo que acontece en la tierra, no tendrán ni la esperanza, ni siquiera la ilusión del término de sus penas.

   Dante en el libro primero de su “Divina Comedia” describe gráficamente la eternidad del Infierno grabando a la entrada del mismo esta aterradora sentencia: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entre”: Dejad toda esperanza los que entráis aquí.

   Se puede probar la eternidad de las penas con el siguiente argumento:


   Persistencia del pecado. — El pecador, al morir en pecado mortal, persiste para siempre en ese estado, ya no puede arrepentirse. Luego será siempre enemigo de Dios y como tal, digno de eterno castigo.


LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)

jueves, 18 de agosto de 2016

Inconstancia del Corazón. Dios debe ser el fin último de nuestros actos.




   Cristo. Hijo, no confíes en tus sentimientos: los que ahora tienes pronto se cambiarán en otros.

   Mientras vivas estarás sujeto a mudanza, aunque no quieras: de modo que ya te sintieras alegre, ya triste; ya tranquilo, ya inquieto; ya devoto, ya indevoto; ya enérgico, ya indolente; ya pesado, ya ligero.

   El hombre sabio y experimentado en la vida espiritual se sobrepone a todas esas mudanzas sin mirar que siente o de que parte sopla el cambiadizo viento; cuidando sólo de que su alma siempre marche adelante, toda ocupada en llegar al fin a que quiere y debe llegar.

   Porque siempre será el mismo y permanecerá inconmovible como roca quien por entre tantos y tan varios acontecimientos tenga la mirada de su intención continuamente fija en mí.

   Cuanto más clara sea la mirada de la intención, con tanto mayor firmeza se navega por entre las diversas tempestades.

   Pero la mirada de la intención pura se les anubla a muchos por fijarse de pronto en algún objeto deleitable que se interpone.

  Rara vez se encuentra a alguno que esté libre por entero del defecto de buscarse a sí mismo. Así fueron los judíos a la casa de Marta y María “no sólo por ver a Jesús, sino a lázaro también” (Jn. 12, 19)


Beato Tomás de Kempis






LOS NOVÍSIMOS (Resurrección de la carne)

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Concepto

   Resurrección de la carne quiere decir que todos los hombres resucitarán volviendo a tomar cada alma el cuerpo que tuvo; en ésta vida.

   Esto acontecerá al fin del mundo. Los que en aquel momento vivan todavía, morirán para luego resucitar, porque es necesario que en todos se cumpla la ley de la muerte: “Asi como en Adán mueren todos, así también todos serán vivificados en Cristo” (1Cor., XV, 22).

   Todas las almas saldrán del Cielo, del Purgatorio o del Infierno y vendrán a tomar de nuevo sus cuerpos a fin de comunicarles una vida que ya no cesará (“vida perdurable”).

   Observaciones. a) Sólo la Virgen no resucitará ese día porque Ella, a imitación de su divino Hijo, resucitó poco después de su muerte, y fué llevada al Cielo en cuerpo y alma.

   b) El alma tomará él mismo cuerpo al cual, estuvo unida en la tierra.

  c) La resurrección de los muertos sucederá por la virtud de Dios omnipotente, a quien nada es imposible. Si Dios creó las cosas de la nada bien podrá resucitar en un instante a todos los hombres.

   Cualidad de los cuerpos resucitados. — Habrá grandísima diferencia entre el cuerpo de los escogidos y el de los condenados.

   Las dotes que adornarán los cuerpos gloriosos de los escogidos son cuatro: 1) la impasibilidad: no estarán sujetos a males y dolores ni a la necesidad de comer, descansar, etc.; 2) la claridad: brillarán como el sol y como otras tantas estrellas; 3) la agilidad: podrán trasladarse en un momento y sin fatiga de un lugar a otro, y de la tierra al Cielo; 4) la sutileza: con que sin obstáculo alguno podrán penetrar cualquier cuerpo, como lo hizo Jesucristo resucitado.

   El cuerpo de los condenados estará privado de estas dotes y llevará la horrible marca de su eterna condenación.

Certeza de esta resurrección.

   Sagrada Escritura. — El anciano Job en medio de sus crueles angustias y dolores decía: “Sé que vive mi Redentor, y que en el último día he de resucitar de la tierra, y de nueva he de ser rodeado de mi piel y en mi carne veré a Dios; a quien he de ver yo mismo y mis ojos le han de mirar, y no otro” (Job, XIX, 25-27).

    Visión de Ezequiel: Una prueba irrefragable de la resurrección de la carne es la visión  del profeta Ezequiel (XXXVIII).

   Los macabeos decían al tirano: “Tú, oh perversísimo, nos haces perder la vida presente, más el Rey del mundo nos resucitará” (2 Mac; VII, 9).

   Dice San Pablo: “Es necesario que este cuerpo corruptible quede revestido de incorruptibilidad, que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad” (1Cor; XV, 50-53).

   Tradición. — Todos los Padres han profesado y defendido este dogma: “La resurrección de los muertos, dice Tertuliano, es; la confianza de los cristianos; creemos en ella porque Dios lo ha revelado”

   Los mártires echaban en cara a los verdugos esta verdad.

   La Iglesia la enseña en sus símbolos: “Creo en la resurrección de la carne” (Credo). “Espero la resurrección de los muertos” (Niceno). “A cuyo advenimiento (de Jesucristo) deberán resucitar todos los hombres con sus propios cuerpos (Atanasiano).

Predicación de Jesucristo.

   Nuestro divino Salvador ha enseñado claramente esta doctrina. Leemos en el Evangelio de San Juan: “La voluntad de mi Padre que me ha enviado, es que todo aquél que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (VI, 40).

   Y poco después, al hablar de la Sagrada. Eucaristía, dice: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (Id; 55)”.

Razones de conveniencia.

   La razón natural nos dice ser conveniente y necesario que los hombres resuciten:

   1) El cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo; por eso conviene que un día ambos estén reunidos, a fin de que la obra de Dios, deshecha por un momento a causa del pecado y de la muerte, sea definitivamente restaurada.

   2) Es el hombre entero el que hace el bien o el mal; por lo tanto el cuerpo ha contribuido eficazmente así a la salvación: el hombre debe ser recompensado o castigado todo entero, en su cuerpo y alma, el premio de nuestras obras o el castigo de nuestros pecados.

   3) La resurrección de Jesucristo es una prenda de la nuestra: “Cristo, dice San Pablo, ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos; porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir también la resurrección dé los muertos” (1Cor., XV, 20-21).

   Y en otro pasaje: “Si los muertos no resucitan, tampoco Jesucristo resucitó” (Id., id., 16).




LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)

miércoles, 17 de agosto de 2016

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LOS NOVÍSIMOS. (Purgatorio)




   El purgatorio es un lugar de expiación para las almas de aquellos que, si bien murieron en gracia de Dios, no han satisfecho enteramente a la   divina Justicia.

   ¿Quiénes van al Purgatorio? 1) Los que mueren con pecados veniales. 2) Los  que no han satisfecho en esta vida la pena temporal merecida por sus pecados. Con la confesión bien echa se perdonan las culpas graves y la pena eterna, el Infierno, pero no siempre queda perdonada la pena temporal. Dios, perdonando el pecado mortal, ordinariamente conmuta la pena eterna en una temporal, que debe pagarse en esta vida Con penitencias y obras buenas, o en el Purgatorio.

Existencia del Purgatorio.

   Niegan la existencia del Purgatorio los protestantes y otros herejes. Nosotros afirmamos su existencia con los siguientes argumentos:

   Pruebas de fe. 1) En el libro de los Macabeos se lee que, después de una batalla, Judas Macabeo mandó a Jerusalén doce mil dracmas de plata para que se ofrecieran sacrificios por los pecados de los que habían muerto en el combate. Esto arguye que, aun después de muertos, tenían aquello soldados penas que expiar. No pena eterna, porque en el Infierno no hay redención; luego se habla allí de pena temporal, o sea del Purgatorio.

   A renglón seguido dice el mismo autor inspirado: Es, pues, santa y saludable obra el rogar por los muertos, para que sean libres de sus pecados.

   Los protestantes que rechazan el dogma del Purgatorio, han quitado de la Biblia este pasaje de los Macabeos, o bien dicen que este libro no es inspirado; pero los judíos y  cristianos no dudan de su inspiración.

   2) Testimonio de Jesucristo. — AI hablar de los pecados contra el Espíritu Santo, dice qué no se remitirán ni en este mundo ni en el otro. Con estas palabras da a entender que  hay pecados que se remiten en la otra vida, y que por lo tanto existe Un lugar donde se remiten, a saber el Purgatorio.

   Pruébase por la razón, — Muchos mueren en gracia de Dios, pero con el alma manchada de pecados veniales o sin haber satisfecho enteramente a la divina Justicia. Estas almas no pueden ir al infierno porque son amigas de Dios; tampoco pueden ir a la Gloria porque escrito está: No entrará en ella ninguna cosa contaminada. (Apoc., XXI, 27). Luego es forzoso que antes de ir al Cielo pasen un tiempo en lugar de  expiación; luego debe admitirse el Purgatorio.

Penas.

Las hay de dos clases:

   l) La pena del daño, que consiste en la privación de la vista de Dios: es el mayor dolor de las benditas ánimas.

   2) La pena del sentido, que consiste en el tormento del fuego que en intensidad es igual al fuego del Infierno. El mismo fuego, dice un Santo, atormenta al justo y al réprobo.

   Las almas sufren estos tormentos con la mayor resignación; al verse manchadas con el pecado, se avergüenzan de comparecer ante la presencia de Dios y de sus bienaventurados y voluntariamente se sumergen en aquellas llamas.

   ¿Cuánto tiempo duran esas penas? — No es igual para todas las almas: depende de la cantidad y gravedad de sus faltas (veniales), de la mayor o menor penitencia hecha durante la vida en satisfacción de sus pecados, de los sufrimientos que reciben, etc.

Cómo podemos aliviar a las almas del Purgatorio.

   Podemos aliviar a las benditas ánimas con oraciones, indulgencias y otras buenas obras, pero sobre todo con la Santa Misa.

   Se llaman sufragios las obras buenas que se hacen en favor de las benditas ánimas del Purgatorio; dichos sufragios son sólo a manera de suplicas que la divina Justicia acepta en la medida que cree conveniente; por eso, un alma no siempre obtiene infaliblemente todos los efectos de los sufragios aplicados a ella especialmente. En ningún caso resultan inútiles los sufragios, porque si Dios no los aplica a un alma, los aplica a otra.

   La devoción a las benditas almas es utilísima porque hace practicar muchas obras buenas, causa grande gozo en el cielo y ayuda en gran manera a conseguir la salvación de quien practica esta devoción: Nuestro propio interés debe por lo tanto impulsarnos a aliviar esas almas. En la misma medida que por ellas nos interesamos, se interesaran los hombres de nosotros cuando nos hallemos en aquel ardentísimo fuego del que muy pocos se libran.

Indulgencias.

    Indulgencias son la remisión de la pena temporal debida por nuestros pecados, que nos concede la Iglesia fuera del  sacramento de la penitencia.



LA RELIGIÓN EXPLICADA (Año 1953)

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