lunes, 14 de agosto de 2017

De los bienes de la enfermedad – Por el P. Luis de Lapuente.




   Pues por aquí verás la suave providencia de nuestro Dios, el cual, viendo ¿muchos de sus escogidos caídos en estas miserias, por la salud y fuerzas corporales que les ha dado, o habiendo penetrado mucho antes con su altísima sabiduría que caerían en ellas, si viviesen sanos y fuertes, determina de llevarlos por el camino de las enfermedades y dolores, para atajar todos estos daños y enriquecerlos con sus divinos dones.

   Porque las enfermedades doman los caballos desenfrenados de nuestros cuerpos y enfrenan la furia de sus pasiones, para que no prevalezcan contra el espíritu que no podía domeñarlas; porque, como dice San Gregorio, la carne que no es afligida con dolores, está desenfrenada en las tentaciones. Y ¿quién ignora que es mucho mejor arder con las llamas de las calenturas (fiebres) que con el fuego de los vicios? Y si te acuerdas de este fuego, no te quejarás de esta llama que te preserva de tal incendio; pues por esto dijo Dios a Job, cuando estaba enfermo: Acuérdate de la guerra, y no hables más palabra.

   Y si me dijeres que el caballo enflaquecido con la enfermedad parará en medio de la carrera, antes has de creer que dispone Dios la enfermedad para que le sirva de freno en la carrera que andaba de los vicios, y, por consiguiente, de espuela para que pase adelante en las virtudes. Acuérdate, dice San Gregorio, de aquel mal profeta Balaam, que caminaba en una burra para maldecir al pueblo de Dios; pero la burra impidió su camino, porque vio un ángel que le amenazaba con una espada: y aunque Balaam la hería con la vara, nunca quiso pasar adelante; antes le apretó el pie contra la pared, y después se echó sobre él, para que ni a pie pudiese proseguir su camino. Y entonces por la boca de la jumenta le habló el ángel, y le abrió los ojos para que viese el peligro en que estaba; y postrándose él en tierra, le adoró y se ofreció a ejecutar cuanto le mandase. Y ¿qué filé todo esto, sino avisarnos que la carne apretada con los dolores detiene los malos pasos del espíritu y corrige sus demasías, siendo ocasión de que abra los ojos para ver al invisible Dios que le castiga, y humillando su altivez se postra a los pies de su Criador y se ofrece a dejar sus malos pasos, para andar de nuevo otros mejores?

   Y ¿qué mejores pueden ser, que poner en orden los cuatro desórdenes que su prosperidad causaba? Porque la enfermedad quita al cuerpo el cetro que tenía, y tiénele rendido como siervo. Ella priva al necio de su hartura, haciéndole cuerdo con la pena; doma los bríos de la sensualidad briosa, para que tenga paz sujetándose a la razón. Y también quita a la carne la herencia que tenía, haciendo que como esclavo se contente con lo peor y más trabajoso de esta vida.
   Y por consiguiente, lo que hacen las disciplinas, ayunos y asperezas corporales en los sanos, eso obran también las enfermedades y dolores en los enfermos; y con un modo más seguro y perfecto, porque van limpios de voluntad propia y vanagloria, y mortifican el corazón en lo más vivo; y aunque en su raíz son necesarias, pero la divina gracia las hace voluntarias, convirtiendo la necesidad en materia de virtud, gustando tanto de padecer sus dolores, que a los forzosos añaden por su elección otros muchos, con que se hacen muy esclarecidos.

   Grande loa ganó el santo Job con la vida ejemplar que llevaba cuando estaba rico y sano; pero el demonio, como pondera San Juan Crisóstomo, no hacía caso de esta su virtud, porque peleaba vestido de grandes riquezas; y aunque después, cuando se las quitó, dio grandes muestras de su santidad, tampoco se dio Satanás por satisfecho de ello, porque peleaba con cuerpo sano; más cuando Dios le dió licencia de tocarle con enfermedades, hiriéndole de pies a cabeza con llagas y dolores, y vio que todavía descubría más heroicas virtudes, enmudeció dándose por vencido del que corría tan ligeramente con lo adverso, como había corrido en lo próspero. Pero ¿cómo corrió en sus enfermedades y dolores? La misma Escritura lo declara, cuando dice: Que raía la podre con una teja. Poco caso hacía de sus dolores, quien limpiaba sus llagas, no con lienzo blando, sino con una dura teja que los aumentaba; y con este espíritu decía: ¡Oh, quién me diese que el que ha comenzado a afligirme con dolores me desmenuzara con ellos, soltara su mano, y si fuese menester me cortara por medio! ¡Oh, heroica paciencia! ¡Oh, resignación magnánima! ¡Oh, dichosa enfermedad, que así hace subir de punto la virtud!

   Ya no me espanto de que San Timoteo padezca grandes enfermedades y continuo dolor de estómago, y con todo eso beba agua, con que le acrecienta. Ya no me admiro de que Dios no quiera quitar a San Pablo el estímulo de su carne, que, como dice San Agustín, ora una enfermedad, o dolor corporal muy grave, pues le dice: Virtus in infirmitate perficitur, la virtud se perfecciona en la enfermedad; y en no nombrar una virtud particular, da a entender que se perfeccionan todas. Perfecciónase la caridad con Dios, mortificando el amor propio; la misericordia con el prójimo, |aprendiendo de la propia miseria a compadecerse de la ajena; la obediencia, conformando su voluntad con la divina en todo lo que da pena; la prudencia, en aceptar el tormento del cuerpo con alegría del espíritu; y las demás virtudes morales, cuando pasan por este crisol, salen como el oro, más resplandecientes, por la ocasión que tienen de vencer mayores dificultades y ejercitar sus actos más heroicos.

   Pues ¿qué diré de la eficacia que tienen las enfermedades para purificar el alma, en esta vida, de lo que impide la entrada en la gloria? Porque como Lázaro el pobre, por la heroica paciencia que tuvo en sus dolores, luego que murió fué llevado por los ángeles al descanso, así tus largas enfermedades te servirán de purgatorio para que, purificado por ellas, puedas muriendo entrar luego en el cielo: más si nuestro Señor quisiere restituirte la salud, las enfermedades habrán servido para enseñarte el modo como has de usar de ella, siguiendo el consejo que Cristo nuestro Señor dio a aquel enfermo a quien dijo: Toma tu litera a cuestas, y anda. Tu cuerpo, dice San Ambrosio, es lecho y litera del alma; y cuando ella está enferma con vicios y pecados, el cuerpo la lleva arrastrando con el ímpetu furioso de sus pasiones; más cuando ella sana de sus enfermedades espirituales, comienza a llevar sobre sí al cuerpo a donde quiere, y él se deja llevar y le está muy sujeto. Pues ¿qué es decir Cristo, toma tu litera y anda, sino: ya que has padecido tantas enfermedades y trabajos con paciencia, yo te restituyo la salud del cuerpo y del alma con entero señorío del alma sobre el cuerpo, para que los dos a una caminen de virtud en virtud hasta llegar a la cumbre y perfección de todas? Pero en tal caso no te tengas por seguro, pues de la misma salud que Dios te da, aunque sea por el sacramento y por milagro, puedes usar mal, acordándote de lo que el Labrador dijo al mismo enfermo: Mira que estás ya sano, no quieras pecar, porque no tornes a perder la salud con mucho mayor daño. Oye lo que te avisa el Sabio, como divinamente declara San Gregorio: No entregues tu honra a los extraños y tus años al cruel; porque no gocen ellos de tus fuerzas, y tus trabajos pasen a la casa ajena, y llores al fin de la vida por haber consumido tus carnes y tu cuerpo sin provecho; como si dijera: No degeneres de la nobleza de hombre, ni gastes tus años en servir a tus enemigos y  Satanás, capitán de ellos; no es razón que lleven el fruto de las fuerzas que Dios te dio, y que tus trabajos no sean para enriquecer la casa de tu alma, sino para llenar con ellos la casa ajena, que es el infierno, perdiendo la salud y fuerzas sin remedio, por haber usado de ellas con pecado.



“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”

jueves, 3 de agosto de 2017

Pasaje de la Vida de San Alfonso María de Ligorio – Aborrecimiento al pecado y su devoción a María.




   Luego que cumplió el segundo lustro de su edad, (10 años) fué agregado Alfonso por el mismo padre Pagano a la congregación de jóvenes nobles, erigida en la casa de los padres del Oratorio de San Felipe Neri en Nápoles, llamada de los Jerónimos, y cuyo instituto es, encaminar a los caballeros jóvenes por la vía de la perfección cristiana, ejercitándolos en toda clase de prácticas devotas y en toda especie de virtudes. Allí asistía diariamente con gran modestia y recogimiento al santo sacrificio del altar; acudía con puntualidad á todas las reuniones y funciones comunes; se acercaba todas las semanas a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, y observaba con la mayor exactitud todos los ejercicios y todas las prácticas que se hallaban prescritas. Más esto no bastaba. Era, además, el joven Alfonso dócil y respetuoso con los mayores, amable y verídico con los iguales, y afable y modesto con todos; pero lo que le daba aún más realce es, que se descubrían en él las más claras señales de una conciencia tan pura y tan dispuesta a aborrecer no solo el pecado aun el más leve, sino hasta la misma apariencia de pecado, amando en sumo grado la pureza y la virginidad, así como el espíritu de oración y de contemplación y todas las virtudes cristianas. Así es que muy en breve llegó a ser el espejo y el modelo de todos sus contemporáneos, siendo con razón admirado y estimado de todos, más bien como un ángel del cielo, que como un joven revestido de carne mortal.

   Los padres del citado Oratorio acostumbraban llevar de cuando en cuando a estos jovencitos a una inocente recreación, por lo cual fueron conducidos un día a la casa de campo del príncipe de la Riccia, llamada vulgarmente Miradoisi. Sucedió allí, que invitado Alfonso por sus compañeros a jugar a la pelota con ellos, se excusó muchas veces diciendo que él no sabía ni palabra en esto de jugar. Pero cediendo por fin a las estrechas y reiteradas instancias de sus compañeros, y queriendo condescender con una solicitud tan inocente, se puso a jugar, y aunque enteramente inexperto en la materia, quedó por fin vencedor. Entonces el mayor de aquellos jóvenes caballeros, sumamente picado de que Alfonso casi lo había burlado con decirle que no sabía jugar, al pagarle la insignificante cantidad que había perdido en el juego, dijo una palabra malsonante e inconveniente. Al oiría el inocente Alfonso, se le cubrió el rostro de un vivo encarnado, y altamente lastimado en lo más íntimo de su corazon por la ofensa hecha a Dios, tomó un aire grave superior a su edad, y volviéndose a él lleno de celo, le dijo: ¿Cómo es eso? ¿Así se ofende a Dios por una vil moneda? y arrojándosela, añadió: he ahí vuestro dinero, y Dios me libre de ganar ninguno en tan malos términos. Dicho esto, le volvió la espalda y se fué como huyendo por lo más intrincado del jardín. Atónitos sus compañeros, y penetrados de la reprensión tan seria y tan pronta de Alfonso, permanecieron inmóviles y confusos por algún tiempo con el delincuente; pero luego, cediendo a los estímulos de la edad, volvieron a ponerse a jugar de nuevo entre sí hasta el pardear de la tarde. Entonces, no habiendo vuelto a ver a Alfonso, ni sabiendo qué había sido de él, se pusieron a buscarlo por todas partes, con tanta más razón, cuanto que el joven que lo había insultado, arrepentido ya de su trasporte, dijo a sus compañeros: vamos a buscar a Fonso porque quiero presentarle mis escusas. ¿Más qué vieron? Después de varias y largas pesquisas, le encontraron por fin arrodillado delante de una imagencita de la Vírgen, que había sacado de la bolsa y había prendido en el tronco de un árbol viejo; y lo que es más, tan arrobado y tan fuera de todos sus sentidos, que ni aun echó de ver la llegada de sus compañeros que al instante lo rodearon. Estos quedaron absortos al ver un espectáculo tan tierno como inesperado, y el caballero que había sido ocasión de él, no pudo ya contenerse y exclamó: ¿Qué es lo que he hecho? he maltratado a un santo. Entre tanto, Alfonso, vuelto en sí del éxtasis, se levantó, recogió la imagen, y lleno de confusión se reunió con sus compañeros. Pero mucho mayor fué el rubor y la vergüenza de que se cubrió el rostro tanto del caballero reprendido por él, como de todos los demás, que sin proferir una palabra,, volvieron a sus casas, contando a sus padres y parientes lo que había sucedido, como un verdadero prodigio.


“De la Vida de San Alfonso María de Ligorio”




miércoles, 2 de agosto de 2017

Nuestra salvación está en la cruz – Por San Alfonso María de Ligorio.







   La Iglesia canta en el viernes santo estas palabras: He aquí el leño de la cruz, del cual pende la salud del mundo. Nuestra salud está en la cruz, en nuestra resistencia a las tentaciones, en nuestra indiferencia por los placeres de este mundo: nuestro verdadero amor a Dios reside en la cruz.

   Debemos, pues, resolvemos a llevar con paciencia la cruz con que Jesucristo ha querido cargar nuestros hombros y a morir en ella por amor de Jesucristo, como él murió en la suya por amor nuestro. No hay otro camino para entrar en el cielo que resignarse en las tribulaciones hasta la muerte. Este es el medio de encontrar la tranquilidad aun en los sufrimientos. Pregunto: cuando viene la cruz, ¿qué medio hay para no perder la paz del alma, sino conformarse con la divina voluntad? Si no adoptamos este medio, vayamos donde queramos, hagamos cuanto podamos, no podremos librarnos del peso de la cruz. Por el contrario, si de buen grado la llevamos, ella nos guiará al cielo y nos dará paz en la tierra.

   El que rehúsa la cruz ¿qué hace? Aumentar su peso. Más el que la abraza con paciencia aligera la carga, que se convierte en consuelo para él, porque Dios prodiga su gracia a todos los que por agradarle llevan de buen grado la cruz que les ha impuesto. Naturalmente no agrada el padecer; pero cuando el amor divino reina en nuestros corazones nos lo hace agradable.

   Si consideramos la bienaventuranza de que gozaremos en el paraíso, si fuésemos fieles al Señor en soportar nuestras penas sin lamentarnos, no nos quejaríamos de él cuando nos envía la cruz. Más exclamaríamos con Job: Sea mi consuelo, que afligiéndome con dolor no me perdone, ni yo me oponga a las palabras del Santo (Job VI, 10). Y si somos pecadores, si nos hemos hecho merecedores del infierno, debemos alegrarnos de vernos castigados por el Señor en esta vida, porque será señal positiva de que Dios quiere librarnos del castigo eterno. ¡Desgraciado del pecador que ha prosperado sobre la tierra! El que sufre grandes reveses, que eche una mirada sobre el infierno que ha merecido, y a su vista todas las penas que sufre, le parecerán ligeras.
   Si, pues, hemos pecado, esta oración debernos dirigir a Dios de continuo: Señor no economicéis conmigo dolores, no me privéis de sufrimientos. Pero os ruego al mismo tiempo que me concedáis fuerza para sufrir con resignación, a fin de que no me oponga a vuestra santa voluntad. Me conformo de antemano a todo lo que queráis disponer de mí, y digo con Jesucristo: Así sea, Padre: porque así fue de tu agrado (Mateo XI, 26). Señor, os ha placido hacerlo así, así sea hecho.

   Un alma que se siente dominada del autor divino, no busca más qué a Dios: Si diere el hombre toda la sustancia de su casa por el amor, como nada la despreciaría (Cant VIII, 7). El que ama a Dios lo desprecia todo, y renuncia a todo lo que no le ayude a amar a Dios. Por sus buenas obras, por sus penitencias, por sus trabajos, por la gloria del Señor. No debe pedir consuelos y dulzuras de espíritu; le basta saber que agrada a Dios. En suma, atiende siempre y en todas las cosas a negarse a sí mismo, renunciando a todo gusto suyo, y después de esto, de nada se envanece ni se hincha, más llámase siervo, y poniéndose en el último lugar se abandona en manos de la voluntad y de las misericordias divinas.

   Si queremos ser santos es preciso cambiar de paladar. Si no llegamos a hacer que lo dulce nos sepa amargo, y lo amargo nos sepa dulce, no lograremos jamás unirnos perfectamente con Dios. Aquí está toda nuestra seguridad y perfección, en sufrir resignados todas las contrariedades que nos acontezcan, grandes o pequeñas; y debemos sufrirlas por aquellos mismos fines, porque el Señor quiere que las suframos; a saber: para expiar las faltas que hemos cometido; para hacernos merecedores de la vida eterna; y para congraciamos con Dios, que es el principal y más noble fin que podemos proponernos en todas nuestras acciones.

   Ofrezcamos, pues, a Dios estar siempre resueltos a llevar la cruz que nos destina, y atendamos a sufrir todos los trabajos por su amor, a fin de que cuando nos los envíe estemos dispuestos a abrazarlos, diciendo lo que Jesucristo dijo a San Pedro cuando fue preso en el huerto para ser conducido a la muerte: El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo tengo de beber? (Juan XVIII, 11). Dios me envía esta cruz para mi bien, ¿Y yo la rehusaré?

   Si el peso de la cruz nos parece insoportable, recurramos de seguido a la oración: Dios nos dará las fuerzas necesarias. Acordémonos de lo que dice San Pablo: Todas las tribulaciones de este mundo, por duras que sean, no tienen proporción alguna con la gloria que nos prepara Dios en la vida venidera (Romanos VIII, 18). Avivemos, pues, la fe cuando nos asalte la adversidad. Echemos una mirada sobre Jesucristo muriendo por nosotros en la cruz: pensemos después en el paraíso y en los bienes que Dios prepara a los que sufren por su amor. De esta manera no nos quejaremos, más le daremos las gracias por habérnoslos mandado, y le rogaremos que los aumente. ¡Oh! ¡Cuánto se alegran los santos en el cielo, no por los placeres ni lo honores que han gozado en la tierra, sino por haber sufrido por Jesucristo! Todo lo que acaba vale poco; sólo es grande lo que es eterno y no pasa nunca.

   ¡Cuánto me consuelan, Señor, estas palabras! Volveos a mí y yo me volveré a vosotros. (Zaoh I, 8). Yo os he abandonado por amar a vuestras criaturas y por seguir mis inclinaciones miserables: todo lo abandono y me convierto a vos; estoy cierto de que no me rechazaréis si quiero amaros, habiéndome dicho que me tenderéis los brazos: y yo me volveré a vosotros. Recibidme, pues, en vuestra gracia y hacedme sentir cuán precioso sea vuestro amor, y cuánto me habéis amado, a fin de que nunca más me aparte de vos. Jesús mío, perdonadme: mi muy amado Salvador, perdonadme: ¡mi único amor, perdonadme todos los disgustos que os he dado! ¡Dadme vuestro amor y después haced de mi lo que queráis! Castigadme cuanto queráis, privadme de todo pero no me priváis de vos. Venga todo el mundo a ofrecerme todos sus bienes: yo protesto que sólo os quiero a vos, padre mío. Virgen María, recomendadme a vuestro divino Hijo. Él os concede cuanto le pedís, en vos deposito toda mi confianza.



El que ama a Dios no debe aborrecer la muerte – Por San Alfonso María de Ligorio.






   ¿Cómo aborrecerá la muerte el que vive en gracia de Dios? El que está en gracia permanece en Dios, y Dios en el (I Juan IV 16): Así, pues, el que ama a Dios está seguro de su gracia, y muriendo  así está seguro de ir a gozar de Dios eternamente en el reino de les bienaventurados. ¿Y un hombre así habrá de temer la muerte?

   David ha dicho: No entres en juicio con tu siervo, porque ningún viviente será justifícalo en tu presencia (Salmo CXLII).  Más esto quiere decir que nadie debe presumir salvarse por sus propios méritos; porque nadie, a excepción de Jesús y María, puede decir que toda su vida ha estado exenta de culpas. Pero cuando se arrepiente uno de sus faltas, cuando ha puesto su confianza en Jesucristo que ha venido al mundo para salvar a los pecadores, no debe temer la muerte. Vino el Hijo del hombre a salvar lo que había perecido (Mateo VIII 11).

   En efecto, ha muerto, ha derramado su sangre por los pecadores. La sangre de Jesucristo, dice el Apóstol, clama mejor en favor de los pecadores que la sangre de Abel, pidiendo venganza de su hermano Caín (Hebreos XII 22).

   Verdad es que sin la revelación divina nadie puede tener la certidumbre infalible de su salvación; pero bien puede tener certidumbre moral de que se ha dado de corazón a Dios y está pronto a perderlo todo, aun la vida, antes que perder la divina gracia. Esta certidumbre está fundada en las promesas de Dios: Nadie que haya esperado en el Señor, dice la Escritura, ha quedado confundido en su  esperanza (Eccl II 11). Asegura Dios en varios lugares de las sagradas letras que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve. ¿Acaso quiero yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos, y viva? (Ezequiel XVIII 23).

   En otro lugar afirma lo mismo, y añade como un juramento: Vivo yo, dice el Señor Dios; no quiero la muerte del impío, sino que se convierta y viva (Ezequiel XXXIII 11). En el mismo lugar se lamenta Dios de los pecadores obstinados, que prefieren perder su alma antes que dejar el pecado diciendo: ¿Y por qué habéis de morir, casa de Israel? A todos los que se arrepienten de sus fallas, les promete olvidarlas: Más si el impío hiciere penitencia... vivirá... De todas sus maldades que el obró, no me acordare yo (Ezequiel XVII 21).

   Señales muy ciertas del perdón recibido son para un pecador el aborrecer sus pecados. Un Santo Padre dice que debe estar seguro de haber sido perdonado el que dice con verdad: He aborrecido y abominado la iniquidad (Salmo CXVIII 163). Señal cierta es también de haber recobrado la divina gracia el perseverar en la vida virtuosa por mucho tiempo después del pecado: asimismo son también grandes señales de estar en gracia el tener una firme resolución de perder antes la vida que la amistad de Dios, como igualmente el tener un vivo deseo de amarle y de verle amado de todo el mundo, y sentir pena de verle ofendido.

   ¿Pero  de qué proviene que algunos grandes santos después de haberse consagrado a Dios enteramente, después de una vida mortificada y desprendida de todos los afectos y bienes terrenos, se han visto acometidos de gran temor, al considerar que iban a comparecer delante de Jesucristo Juez? Respondo: que son pocos los santos que al morir hayan sufrido estos temores, queriendo Dios que así se purificasen, antes de entrar en la eternidad, de algunas reliquias de pecado; pero que generalmente todos los santos han muerto con una gran paz y con gran deseo de morir para ir a gozar de Dios. Por otra parte, la incertidumbre de la salvación produce efectos diferentes en los pecadores y en los santos: los pecadores pasan del temor a la desesperación: los santos al contrario, del temor a la confianza, y así mueren en paz.

   Por tanto, el que tiene señales de estar en gracia de Dios, debe desear la muerte y repetir estas palabras de Jesucristo: Venga á nos él tu reino. Debe echarse en brazos de la muerte con alegría, así por librarse de los pecados, dejando este mundo donde no se vive sin defectos, como por ir a ver a Dios cara a cara y amarle con todas sus fuerzas en el reino del amor.

   ¡Oh mi amado Jesús! ¡Mi Salvador y mí Juez! Cuando habréis de juzgarme, por vuestra misericordia, no me arrojéis al infierno. En el infierno ya no podría yo amaros: más habría de aborreceros para siempre; ¡y cómo podría yo odiaros a vos que sois tan amable y que me habéis amado tanto! Esta gracia yo no la merezco por mis pecados; más si yo no la merezco, la habéis merecido vos para mí con la sangre que en medio de tantos dolores derramasteis por mí en la cruz.

   En suma. ¡Oh Juez mío, imponedme todas las penas, pero no me privéis de que pueda amaros! ¡Oh madre de Dios! Mirad que me hallo en peligro de condenarme y no poder amar a vuestro divino Hijo que merece un amor infinito. ¡Virgen María, socorredme, tened piedad de mí!


martes, 1 de agosto de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte III)







El demonio es fuerte.


   El  Evangelio llama al demonio el fuerte armado: Fortis armatus. (Luc. XI. 21).  ¿Tratáis de indagar cuál es la naturaleza de este enemigo? Es un espíritu ¿Deseáis verle? Es invisible... ¿Queréis conocer su carácter? Es muy malo y muy astuto ¿Su poder? Es, dice San Pablo, el dueño y el gobernador del mundo, esto es, de los siglos: Mundi rectores. (Efesios. VI. 12). Revestíos, dice aquel gran apóstol, de toda la armadura de Dios para poder contrarrestar a las asechanzas del diablo; porque no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires (Efesios VI 11- 12).

   Notad estas palabras: principados, potencias, príncipes, del mundo. Según los santos Padres, los demonios han conservado, después de su caída el mismo nombre jerárquico que tenían en el cielo antes de haber caído. Como en un ejército, unos mandan, otros obedecen y tienen señalado un puesto más bajo. De ahí su fuerza inmensa. Los que son llamados principados, potencias, príncipes, son jefes entre los demonios.

   Si tenéis deseos de conocer el lugar que ocupa el demonio, sabed que domina la tierra y cae sobre nosotros desde lo alto de los aires… Si buscáis su morada, sabed que está en todas partes, noche y día… Si preguntáis cuál es su inteligencia, sabed que es muy vasta y superior a la de los hombres más sabios...

   Hombres de gran fuerza, dice el Salmista hablando de los demonios, arremeten contra mí: Irruerunt in me fortes. (LVIII. 4). ¿Cómo arrancar su presa a un hombre esforzado? dice Isaías: ¿cómo recobrar aquellos que ha arrebatado un varón valiente? (XLIX. 24).

   Sí consideráis su naturaleza, el demonio es un gigante, dice Orígenes. (Homil VII c. XII).

   Espíritus inteligentes, activos, ágiles y vigilando sin cesar, los demonios tienen un gran poder, triplicado todavía por su audacia, su odio y crueldad. Cayendo, han conservado todas sus fuerzas. Los demonios son tan fuertes, que San Pablo baste los llama dioses de este siglo: (II. Cor. IV. 4).

   Semejantes expresiones nos prueban con evidencia cuán fuerte y poderoso es el diablo...

   Lo que obliga a decir con mucha razón a San Crisóstomo: Si los demonios están asi organizados en ejércitos, si son espíritus, si son los amos del mundo, ¿cómo, decidme, os entregáis al placer, y cómo los venceremos sin armas?

   Añadid a la fuerza y al poder de los demonios, su número prodigioso. Y toda esta espantosa multitud no cesa de hacernos una guerra encarnizada...

De qué modo es fuerte el demonio y contra quien.

sábado, 29 de julio de 2017

De las causa por qué nuestro Señor envía las enfermedades, y de los provechos que saca de ella para perfeccionar a sus escogidos – Por el P. Luis de Lapuente.

   


   Si los obreros de nuestro soberano Padre de familias hubieran de trabajar no más que corporalmente como los segadores y cavadores, fuera menester que llevara a todos por el camino de la salud y fuerzas corporales, pues con la enfermedad no pudieran cumplir la tarea del trabajo para que les llamaba; mas como sus obras son principalmente espirituales y crecen en la perfección, no solamente haciendo, sino padeciendo, de aquí es que tiene Dios caminos muy diversos, por donde suele guiarlos a un mismo fin, esto es, a que sean perfectos. Y a unos da salud entera y complexión fuerte para ejercitar las obras de virtud propias del cuerpo y también las del espíritu, cuyo instrumento es el mismo cuerpo, y cuando está sano y fuerte, puede servirle con provecho; pero a otros carga de enfermedades y dolores que son más a propósito para el camino de padecer, proporcionando al espíritu ocasión de ejercitar las heroicas virtudes, que andan juntas con la paciencia; cuya obra, como dijo el apóstol Santiago, es muy perfecta, porque el padecer también es obrar, y los muy sufridos son obreros muy escogidos; y cuando llegan a ser diestros en ambas cosas, creciendo con la salud y con la enfermedad, entonces son del todo perfectos.

   Más ¿quién podrá declarar los secretos de la divina Providencia en la distribución de estas dos suertes? Porque nuestro Señor, cuanto es de su parte, más quisiera que los hombres tuvieran su naturaleza sana y vigorosa, para que cuerpo y espíritu le sirvieran en todo con alivio y gusto; y así en el estado de la inocencia crió a los hombres sanos y libres de toda enfermedad, y aun después del pecado se conservaron mucho tiempo con salud muy fuerte. Y por gran favor los israelitas, como dijo David, por espacio de cuarenta años, que anduvieron en el desierto, estuvieron libres de enfermedades, para que pudiesen siempre caminar a la tierra de promisión y pelear contra los enemigos que defendían la entrada en ella; porque no hay duda que la salud y fuerzas corporales de suyo ayudan mucho a caminar por el desierto de esta vida, en busca de la tierra de promisión eterna, haciendo guerra a los demonios y a los vicios con obras muy heroicas de grande provecho para el alma, de mucha edificación para la Iglesia, y de singular ayuda para el prójimo, ejercitando rigurosas abstinencias y asperezas y las obras de misericordia, así las corporales sirviendo a los enfermos y hospedando a los peregrinos, como las espirituales gobernando, predicando y ejercitando otros ministerios en bien de los prójimos; y por esta causa el Adán celestial, aunque tomó otras miserias del Adán terreno, no tomó, como dice Santo Tomás, la de las enfermedades corporales, que no se avenía con su excelente complexión. Y también preservó de ellas a la Virgen nuestra Señora, a San Juan Bautista, y a muchos esclarecidos Santos, que, con especial vocación, llamó para obras muy grandes, previniéndoles con mucha salud y cuerpos muy robustos para sufrir tan excesivos trabajos. Y los que han recibido este don, han de procurar, como dice San Basilio, conservarlo, diciendo a nuestro Señor como David, conservaré para ti mi fortaleza. Tenía experiencia este santo rey de lo mucho que había hecho con la salud, y fuerzas que Dios le había dado, acometiendo osos, desquijarando leones, venciendo gigantes, desbaratando ejércitos, y matando con una sola embestida ochocientos enemigos. Y pareciéndole que no era bien destruir con indiscreciones este don tan precioso, dijo al Señor que se lo dió: Yo guardaré esta mi fortaleza, no para mí, sino para ti no para buscar cosas de mi gusto, sino del tuyo; no para honrarme, sino para honrarte, y servirte con ella. Y si tú también guardas para Dios la fortaleza que te ha dado, podrás con su ayuda, domar las fieras de tus pasiones, vencer los gigantes del infierno, destruir el ejército de los vicios, y llevar a cabo empresas muy gloriosas, creyendo que la divina vocación te guía por este camino para salir con ellas.

   Pero es tan grande nuestra miseria, que la salud que Dios nos da para servirle, la convertimos en instrumento de  ofenderle; y las fuerzas que habíamos de emplear en buscar las virtudes, empleamos en seguir los vicios, especialmente los dos que San Gregorio llama carnales, porque se ejercitan con el cuerpo, y tienen por fin los deleites de la carne o los del gusto, en que se ceba la gula, o los del tacto, que son cebo de la lujuria; pues en los cuerpos sanos y robustos suelen brotar con mayor vehemencia las pasiones de la sensualidad, y como hallan mayor gusto en las cosas deleitables, se van sin freno tras ellas. Y para que veas tu miseria en la ajena, mira cuán mal se aprovecharon los hebreos de la salud y fuerzas que Dios les dio en el desierto: si les faltaba el agua, murmuraban contra Moisés con tanta impaciencia, que temió no le apedreasen en su furor; cuando les faltaba la comida, se embravecían de manera, que quisieran más haber muerto en Egipto que padecer aquel trabajo; y cuando tenían abundancia de maná, presto les fastidió y tornaron a murmurar, estimando en más los ajos y cebollas que comían en Egipto, porque eran más conformes a su gusto. Y en ausencia de Moisés se sentaron a comer, y luego se levantaron a jugar, y el juego paró en idolatrar. Y otra vez adoraron los ídolos de las mujeres moabitas, por cumplir su gusto carnal con ellas. Finalmente, como dijo Moisés, engordó el amado, y tiró coces contra Dios, dejando al Señor que se las dió. Estos son los frutos de la salud y fuerzas corporales mal domadas; porque como el caballo brioso y fuerte, si toma bien el freno honra al caballero y le saca del peligro, pero si es indómito y desbocado le despeña; así el cuerpo, que es como caballo del alma, cuando está sano y fuerte, si juntamente está bien rendido y enfrenado con el freno de la razón, es honra del que le rige; y, como dijo Dios a Job, va al encuentro de los enemigos, no teme las batallas, está fuerte en los peligros, y sale victorioso de ellos; más si no está bien domado, despeña a la miserable alma en los vicios a que está inclinado. ¿Quién contará las glotonerías, embriagueces y las idolatrías de su vientre, a quien tiene por su Dios? ¿Qué diré de los juegos y pasatiempos y de las carnalidades de su sensualidad, a quien reconoce por señora? ¿Qué de sus murmuraciones y furores, y de las venganzas que inventa contra los que le impiden sus gustos y pretensiones? Y si con la salud se junta hacienda y poder, de todas tres hace armas para turbar el reino de las virtudes, y entronizar en su lugar todos los vicios. Tres cosas, dice el Sabio, turban la tierra, y la cuarta no se puede tolerar: el siervo cuando reina, el necio cuando está harto, la mujer rencillosa cuando se Casa, y la esclava que hereda a su señora. ¿Quién es el siervo que reina, sino el cuerpo sano y fuerte que preside en el reino del alma, y tiene poder para cumplir lo que desea? Y ¿quién es el necio harto, sino el apetito sensitivo, criado con abundancia de manjares y con fuerzas para cumplir sus gustos? Y ¿quién será la mujer rencillosa que se casa, sino la sensualidad briosa, que quiere igualarse con el espíritu, y le aflige si no le da todo lo que pide? Y ¿quién la esclava que hereda a su señora, sino la carne, que se alza con las riquezas que había de gobernar la razón y las emplea todas en sus regalos? Estas cuatro cosas turban la conciencia, alteran la familia y descomponen la república, porque no guardan el orden que Dios manda y la prudencia dicta; mandando como rey al cuerpo que había de servir como esclavo; y comiendo y bebiendo el apetito furioso, que había de andar siempre hambriento; gobernando la sensualidad como señora, no habiendo de ser más que criada; y teniendo la carne cuanto quiere, debiendo ser tratada como esclava; y si la divina misericordia no pone orden en estos desconciertos, y no quita las armas a estas fieras, no tendrán número sus insolencias; porque siempre emplearán sus fuerzas en multiplicar pecados.



“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”

jueves, 27 de julio de 2017

Preparación para la muerte – Por San Alfonso María de Ligorio.




   Aclaración: El título de este artículo no corresponde a la obra homónima escrita por el mismo autor.

   Está establecido que los hombres mueran una sola vez (Hebreos.  IX 27): La muerte es cierta. Por el contrario, es incierto el tiempo y el modo de nuestra muerte. Por eso nos exhorta Jesucristo diciendo: Estad preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre (Lucas XII 40).

   Dice, estad preparados, y así no creemos bastante para salvarnos el prepararnos para la muerte cuando llega ésta, sino que es menester que entonces nos encontremos dispuestos a abrazarla de aquel modo y con aquellas circunstancias con que nos acaecerá. Por eso conviene que una vez al mes, cuando menos, se repitan los siguientes actos: ¡Oh Dios mío! Pronto estoy a recibir la muerte que me destinareis. Yo la acepto desde ahora y sacrifico mi vida en honor de vuestra Majestad y también en penitencia de mis pecados, conformándome con que esta carne mía por cuyo contentamiento tanto os ofendí, sea devorada por los gusanos y reducida a polvo.

   ¡Jesús mío! el dolor y la agonía de mis últimos instantes los uno a los dolores y agonía que sufristeis en vuestra muerte. Yo acepto la muerte con todas las circunstancias que vos queráis. Acepto el tiempo; de aquí a muchos años, o en breve: acepto el modo con que llegará, en la cama, o fuera de ella: presentida o imprevista, con enfermedad más o menos dolorosa, como a vos os plazca: me someto en todo a, vuestra santa voluntad. Dadme fuerza para soportarlo todo con paciencia.

   ¿Que podré yo dar al Señor en testimonio de reconocimiento por cuanto de él he recibido? Os doy gracias, Señor, primeramente por el don de la fe: declaro que deseo morir hijo de la Santa Iglesia Católica. Os doy gracias por no haber ordenado mi muerte cuando estaba en pecado mortal, y por haberme perdonado tantas veces con tanta misericordia. Os las doy también por las luces y las gracias con que os habéis dignado llamarme a vuestro amor. Os ruego que en la hora de mi muerte me concedáis recibir el santo Viático, a fin de que unido a vos comparezca delante de vuestro tribunal.

   No soy yo merecedor de escuchar de vuestra boca: Muy bien, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho, entra en el gozo de tu Señor (Mateo XXV 21). No lo merezco, Jesús mío, porque en ninguna cosa he sido perfectamente fiel; pero vuestra muerte me infunde esperanza de que seré admitido en el cielo, para amaros allí eternamente y de todo corazón.

   ¡Oh amor mío crucificado, tened piedad de mí! Miradme con aquel amor con que me mirasteis desde la cruz al morir por mí. No te acuerdes, Señor, de los delitos de mi juventud ni de mis ignorancias. Los pecados me asustan, pero la cruz en que os contemplo clavado por mi amor me infunde esperanza: He aquí el leño de la cruz, del cual pende la salud del mundo. Deseo concluir mis días para poner fin a mis pecados antes de morir. Perdonadme las ofensas que os he hecho, perdonadme por vuestra sangre: ¡Oh sangre del Inocente, lava las manchas del arrepentido!

   Jesús mío, yo abrazo vuestra cruz, y beso las llagas de vuestros pies, en donde deseo exhalar el alma. ¡Oh! ¡No me abandonéis en mis últimos instantes! Te rogamos que auxilies a tus siervos, ya que los redimiste con tu preciosa sangre.

   Os amo de todo corazón, os amo más que a mí mismo, y me arrepiento con toda mi alma de haberos despreciado hasta ahora. Señor, yo estaba perdido, pero vuestra bondad infinita me ha arrancado de las cosas de este mundo: recibid, pues, mi alma desde ahora para aquel momento en que deberá salir de este mundo. Yo exclamaré con Santa Águeda: Señor, que me apartaste del amor del mundo, recibe mi alma. En tí, Señor, deposité mi confianza, no sea yo confundido para siempre, pues tú me redimiste, Señor, Dios de verdad.

   Virgen Santa, socorredme en la hora de la muerte: Santa María, madre de Dios, ruega por mí, pecador, ahora y en la hora de mi muerte; en tí, Señora, puse mi confianza, no sea yo confundido para siempre. Señor San José, mi protector, obtenedme una santa muerte. Ángel mío de mi guarda, Arcángel San Miguel, defendedme del demonio en el último combate. Y vosotros, Santos del paraíso, vosotros, ¡oh defensores míos! Socorredme en aquel extremo. Jesús. María y José, téngalos yo a mi lado en la hora de mi muerte.





martes, 25 de julio de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte II)




¿Por qué ha salvado Dios al  hombre y no al ángel?

   Los santos Padres indican cinco causas principales que han hecho que el perdón se negara al ángel y se concediera al hombre.

   La primera es que el hombre ha pecado por fragilidad de la carne; mientras que el ángel, no teniendo cuerpo, no tenía esta fragilidad...

   La segunda es que el ángel ha pecado sin ser tentado por nadie; mientras que el hombre ha sido tentado y seducido por el demonio...

   La tercera es que no ha caído toda la raza de los ángeles, sino sólo parte de ellos; mientras que en la persona de Adán toda la naturaleza humana ha caído. La posteridad de Adán no era indigna del perdón, puesto que no había tomado parte con su voluntad en el pecado del primer hombre. Asi lo siente San Agustín...

   La cuarta es que el ángel, a causa de su gran inteligencia, ha pecado con plena voluntad y malicia; mientras que el hombre, dotado de una inteligencia más escasa, ha pecado por debilidad y obedeciendo a un impulso extraño, más bien que por una voluntad muy deliberada y por malicia...

   La quinta es que el ángel ha sido creado en el más alto grado de honor que pudiera alcanzar mientras estaba aún en el camino del mérito, y debía ser confirmado en gracia por la contemplación de su Criador. El hombre, por el contrario, había sido creado en un orden inferior. Colocado en la tierra, destinado a multiplicar su raza antes de llegar a mejor vida, se hallaba más apartado de la bienaventuranza...

El demonio es homicida.

   Vosotros sois hijos del diablo, dijo Jesucristo a los escribas y fariseos, orgullosos y criminales, y asi queréis satisfacer los deseos de vuestro padre: El fué homicida desde el principio, y criado justo, no permaneció en la verdad  (Juan. VIII. 44).

   Con su rebelión, el demonio se dió la muerte… Ha sido homicida del primer hombre, y lo es de la raza humana… Hasta quería destruir a Dios, si hubiese podido, a fin de usurpar su puesto. Y lo que no ha podido hacer a Dios en el cielo, se lo ha hecho en la tierra, haciendo que los judíos matasen a Jesucristo...

   El demonio es el padre de la muerte; no ha engendrado jamás otra cosa más que la muerte. No sabe hacer vivir: como un ladrón hábil y feroz, no sabe más qne despojar, degollar y reírse de los crímenes que puede cometer...
El demonio es el padre de todos los crímenes y de todas las herejías.

   El que comete pecado, del diablo es hijo, porque el diablo continúa pecando desde el momento de su caída, dice el apóstol San Juan. El demonio es el príncipe del pecado, y el padre de todos los males, dice San Cirilo.

   El demonio es el autor de todos los crímenes, de todas las mentiras y de todos los errores: por esto es el padre de los herejes y de las herejías. Sin él jamás habría existido el pecado; y sin él, por consiguiente, jamás habría habido miserias, enfermedades, muerte e infierno; porque todas estas cosas terribles son la pena del pecado… Ningún ser es tan culpable, criminal, depravado e infame como lo es Satanás...

¿Por qué compara Jesucristo el demonio al relámpago y al rayo?

   Yo estaba viendo, dice Jesucristo a sus apóstoles, caer del cielo á Satanás A manera de relámpago (Luc. X. 18).

   Lucifer es comparado al relámpago y al rayo: a causa de su agilidad...; a causa de su poder para dañar...; porque llega pronto, pero pasa y desaparece de la misma manera, si no se le escucha...; porque aparece algunas veces bajo una forma brillante y pura: aunque rechazado, y despreciado y maldecido, se trasforma en ángel de luz...

¿Por qué es llamado león el demonio?

   Sed sobrios y velad continuamente, dice el apóstol San Pedro; porque el diablo, vuestro enemigo, anda girando al rededor vuestro como un león rugiente en busca de presa que devorar (1. V. 8).

   Satanás es llamado león; porque,  como el león, vela… Es cruel como el león… Ruge como el león… El león que se arroja sobre su presa, obedece a la ira, a la rabia, al hambre; y lo mismo sucede con el demonio: el león desprecia y pisotea las sobras de su presa; el demonio desprecia y pisotea a los que pervierte y mata… EI león se oculta para sorprender a su presa; el demonio también… El león se enfurece; Satanás también... El león huele mal; el demonio esparce por todas partes el mal olor de las pasiones y del pecado… El león y el demonio desean poder devorar… E1 león y el diablo rondan buscando su presa…10° El león ataca sobre todo a los animales de gran tamaño y poderosos, desprecia a los pequeños y a los débiles, no come más que lo que coge vivo; el demonio hace del justo su víctima privilegiada, ataca sobre todo a las almas más piadosas, más santas, más elevadas en virtud y más heroicas; desprecia los corazones cobardes y carnales… 11°. El león y el demonio se lanzan con más furor sobre el hombre cuando se ven heridos...



“Tesoros de Cornelio Á Lápide”

lunes, 24 de julio de 2017

LA FRECUENTE COMUNIÓN PARA LOS JÓVENES – Por Monseñor de Segur (Una lectura imperdible para nuestros jóvenes católicos).




   Cuanto acabo de decir con respecto  los niños, tiene todavía mucha mayor aplicación para los jóvenes de diez y seis a veinte años, edad temible en la que la lucha incesante de las pasiones se complica con los ejemplos corruptores que ofrece el mundo y con otras mil dificultades procedentes del exterior. San Felipe Neri que consagraba toda su vida a la santificación de la juventud romana, y cuya autoridad tiene doble peso tanto por su angelical santidad como por su especial experiencia, declaraba muy terminantemente que la frecuencia de la sagrada Comunión, juntamente con renovada devoción a la Santísima Vírgen, no solo era el medio más a propósito, sino que, en su sentir, era el Único, para conservar a la juventud en las buenas costumbres y en la vida de la fe, levantarla en sus caídas y reparar todas sus debilidades.

   Pasó cierto día un estudiante a encontrar al Santo (Felipe Neri), suplicándole muy encarecidamente se dignase ayudarle a despojarse de los malos hábitos que tiempo hacia le tenían esclavizado. Después de haber oído San Felipe la humilde confesion de todas sus debilidades y faltas, le consoló y le animó, y le dió sabios y prudentes consejos; y por último le despidió habiéndole absuelto y hecho dichoso, ordenándole que pasase al día  siguiente a recibir la sagrada Comunión, y añadiendo al mismo tiempo que si por desgracia le acontecía volver a caer en aquellas faltas, pasase inmediatamente a verle, y tuviese toda su confianza puesta en la bondad Dios. Vió al día siguiente acercarse al confesonario al pobre joven a acusarse de una recaída. Como la primera vez, le levantó el Santo en su segunda caída, animándole a luchar con valor; y al concederle de nuevo la absolución de todas sus culpas, le ordenó, como en la víspera, que se acercase a recibir la Sagrada Eucaristía. El estudiante de una parte violentamente combatido por la costumbre, y de la otra por su vivo deseo de convertirse a Dios, alcanzó por medio de aquella misericordiosa dirección, al mismo tiempo que por la frecuencia en acercarse a recibir el Pan de los Ángeles, tal fuerza y energía, que pasó trece días consecutivos a reconciliarse con el Santo; y si él no era incansable en su caridad no lo era menos el otro en su penitencia. Venció por fin el amor, y Jesucristo pudo contar en el número de sus fieles a un nuevo siervo, quien, en muy poco tiempo, hizo en el camino de la santidad tan rápidos progresos, que San Felipe no titubeó un momento en juzgarle digno del sacerdocio. Admitido posteriormente en la Congregación del Oratorio, edificó a Roma con su celo y sus virtudes, y joven todavía, tuvo la muerte de los santos. Su mayor gusto era contar la historia de su conversión para así animar a los pobres pecadores, y al mismo tiempo hacer entender a los jóvenes que su sola  áncora de salvación es la frecuencia de loa Sacramentos.

   ¡Qué no daría yo para hacérselo comprender así a todos y verles acudir con afán a la Sagrada Mesa! Hállase el joven colocado, a efecto de la misma fogosidad de sus años, entre dos extremos: el amor fatal de su carne rebelada que le deshonra y le pierde; el amor a la Sagrada Eucaristía que le santifica, que es su salvaguardia y que le da fuerzas para resistir el empuje dé las pasiones. En este estado, pues, es indispensable que escoja, teniendo presente que si no quiere el amor del segundo extremo (amor a la Sagrada Eucaristía), caerá necesariamente en el primero (amor a la carne), y entonces, ¡ay de él! A los diez y ocho o veinte años sin el alimento de la Sagrada Eucaristía, no es posible la continencia; siendo por consiguiente todavía menos posible aquella constancia en el bien, aquel candor vigoroso y aquellas nacientes virtudes que hacen de un joven cristiano lo más bello y lo más respetable que hay sobre la tierra.

   ¡Qué hermoso cambio no se operaría en todos nuestros colegios y en todas nuestras escuelas públicas, si recobrase de nuevo su imperio la práctica de la frecuente Comunión! En vez de esa inmoralidad que indigna a todo corazon noble; en ves de esa indiferencia cien mil veces más corruptora que las mismas malas costumbres, veríamos despertarse del marasmo intelectual en que vegeta hace más de siglo y medio nuestra juventud, por naturaleza tan viva, tan amable, tan despejada de entendimiento y de noble corazón, para dar a la Iglesia y a la patria hombres tan grandes como en tiempos más afortunados. ¡Cuán cierto es que lejos de Jesucristo todo se extingue y eclipsa, y que nada vuelve a florecer si no es con su divino contacto!

   La experiencia se encarga de manifestarnos la trascendental influencia que ejerce la Sagrada Comunión sobre la vida de la juventud, demostrando claramente que no hay vicios que no extirpe, ni resurrección que no realice.

   Así, pues, jóvenes, ya seáis puros, o ya por desgracia hayáis caído en pecado, acercaos a la Comunión, que es la única que os mantendrá en el orden, o bien os restablecerá en él. Creedme, nada hay más fácil que conservarse puro y casto comulgando con frecuencia. Lo que no podéis sin Jesús, lo lograreis fácilmente con El. Pensad en el porvenir: para llegar a ser un día hombres honrados, es necesario que hayáis vivido digna y santamente los años de vuestra adolescencia; y además, repito que, para que vuestra honra esté libre de toda mancha, y a salvo de todo peligro, no hay otro medio que acudir frecuentemente a la Sagrada Comunión.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


jueves, 20 de julio de 2017

DIVERSOS IMPULSOS DE LA NATURALEZA Y DE LA GRACIA – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Cristo. Hijo mío, observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia; pues, aunque diametralmente opuestos, son a veces tan fáciles de confundir, que apenas hombres iluminados interiormente y espirituales los distinguen.

   Todos quieren el bien, y tanto en lo que dicen como en lo que hacen algún bien intentan. Por eso, la apariencia del bien a muchos engaña. La naturaleza es astuta; a muchos atrae, seduce, cautiva; ella es siempre su propio fin.

   La gracia es sencilla; huye aun de las apariencias del mal; no intenta seducir; como único fin de todos sus actos se propone a Dios, en quien descansa como en su fin.

   La naturaleza no quiere mortificarse, ni reprimirse, ni vencerse, ni obedecer, ni someterse voluntariamente.

   La gracia se esfuerza por mortificarse, resiste a las inclinaciones sensuales, quiere sujetarse, desea vencerse y no quiere hacer uso de su libertad; le gusta vivir sujeta a la obediencia, y no quiere mandar a nadie, sino vivir, estar y permanecer siempre sujeta a Dios, y por Él está dispuesta a inclinarse humildemente ante todos los hombres.

   La naturaleza trabaja por su propio interés, y calcula siempre la ganancia que de otros puede obtener; la gracia atiende al provecho común antes que a la propia utilidad y ventaja.

   A la naturaleza le gusta que la honren y reverencien; la gracia atribuye fielmente a Dios toda honra y toda gloria.

   La naturaleza teme las humillaciones y los desprecios; la gracia goza “de sufrir afrentas por el nombre de Jesús” (Act 5, 41).

   A la naturaleza le gusta la ociosidad y el descanso corporal; la gracia no puede estar ociosa, y con gusto se dedica al trabajo.

   La naturaleza procura tener cosas bonitas y curiosas, y detesta lo tosco y ordinario; la gracia se complace en lo humilde y sencillo, no desdeña la ropa burda, ni aun se niega a vestirse de harapos.

   La naturaleza a lo temporal atiende, se regocija del lucro material; si pierde, se entristece; de una palabrita descortés se irrita.

   La gracia atiende a lo eterno, a lo temporal no se apega, no pierde la tranquilidad cuando pierde, ni la exaspera el lenguaje duro, porque allá arriba, donde nada se pierde, allá en el cielo, ha puesto su tesoro y su alegría.

   La naturaleza es codiciosa, más le gusta recibir que dar, quiere tener cosas personales y propias.

   La gracia es compasiva y generosa, huye de singularidades, con poco se contenta, “más placer encuentra en dar que en recibir” (Act 20, 35).

   La naturaleza inclina a las criaturas a la carne, a las vanidades, a andar de acá para allá; la gracia atrae hacia Dios y la virtud; renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos carnales, sale poco, de aparecer en público se ruboriza.

   A la naturaleza le gusta tener consolaciones externas que le causen deleite sensible; la gracia sólo en Dios busca su consuelo y, sobre todo lo sensible, pone sus delicias en el sumo Bien.

   La naturaleza todo lo hace por su propio interés y comodidad; nada puede hacer de balde; a cambio de sus beneficios espera recibir igual es o mayores, o al menos alabanza y favor; y quiere que se ponderen mucho sus dádivas y servicios; la gracia no busca ninguna cosa temporal, ni pide por lo que hace otra recompensa sino a Dios solo, y de las cosas temporales necesarias quiere solamente las que puedan servirle para adquirir las eternas.

   La naturaleza se goza de tener muchos parientes, muchos amigos; se ufana de su linaje y nobleza; a los poderosos sonríe, a los ricos adula, aplaude a los que son del mismo modo; la gracia ama a sus mismos enemigos, no se envanece del gran número de sus amigos, ninguna importancia concede al linaje, ni al lugar del nacimiento, si no hubo allí mayor virtud; más favorece al pobre que al rico, más se compadece del inocente que del prepotente, congenia con el sincero, no con el embustero; anima siempre a los buenos a aspirar a gracias más sublimes (1 Cor 12, 31) y a conformarse, por sus virtudes, al Hijo de Dios.

   La naturaleza pronto se queja de molestias y privaciones; la gracia sufre la pobreza con resignación.

   La naturaleza se mira como el centro de todas las cosas, lucha y litiga en su propia defensa; la gracia reduce todas las cosas a Dios, de quien como fuente manan; no se atribuye ningún bien, ni es arrogante o presuntuosa; no porfía ni prefiere su opinión a otras, sino que somete humildemente todas sus opiniones y juicios al juicio de Dios y a la eterna sabiduría.

   La naturaleza desea saber secretos y oír noticias; le gusta manifestarse al exterior y ver, observar y experimentar muchas cosas con sus sentidos; desea ser conocida y hacer cosas que la gente admira y aplaude; la gracia no se interesa oír saber noticias o ver curiosidades; porque tal deseo viene de la original corrupción de la naturaleza, ya que no existe sobre la tierra nada nuevo ni permanente. Así enseña a guardar los sentidos, a huir de la vana complacencia y ostentación, a esconder bajo la capa de la humildad lo que de veras es admirable y laudable, y a procurar que de todas las cosas y de todos los conocimientos resulte la gloria y honra de Dios, y el provecho propio y del prójimo. Y no quiere que se hagan elogios suyos o de lo suyo; antes desea que a Dios se bendiga por todos sus dones, pues nos lo da todo por pura bondad.

   Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, el sello que distingue a los elegidos; es prenda de salvación eterna, que de la tierra levanta al hombre para que ame al cielo, y de carnal lo transforma en espiritual.

   Así, cuanto más se reprime a la naturaleza y se la vence, tanta mayor gracia se le infunde, y a cada nueva visita de la gracia, el hombre interior se reforma diariamente para hacerse más y más semejante a Dios.



“LA IMITACIÓN DE CRISTO”
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