martes, 12 de junio de 2018

AMOR A MARÍA – Parte primera – III.





María amable por su bondad y pureza.

   ¿Quién es esta que se adelanta como la aurora, hermosa como la luna, brillante como el sol, terrible como ejercito formado en batalla? (Cant. VI, 9) Estas palabras de los Cantares, que la Iglesia aplica a nuestra Señora, nos la presentan en toda la carrera de su vida, adornada de divinos privilegios, a la faz de los ángeles y de los hombres.

   ¡Cuán amable, en verdad, nace María de las entrañas de su santísima madre, la anciana y estéril Ana! Fruto de los gemidos y oraciones de ésta y de su esposo San Joaquín, jamás ha existido en el mundo niña tan preciosa, y cuyo nacimiento causase tan pura alegría y santo regocijo. No reclinaron, es cierto, sus tiernecitos miembros en cuna de marfil y oro, ni arrullaron sus oídos los genetlíacos de Atenas o de Roma; pero recibírosla al nacer los brazos piadosísimos de sus padres, y la adormecieron los sencillos cantares de los pastores e inocentes zagalejos, si ya no es que digamos, como algunos pretenden, que nació en las soledades del campo y entre el balido de las ovejas. ¡Cómo debieron extasiarse sus dichosos padres al contemplar aquel fruto de bendición, hermosísimo pimpollo que el cielo les regalaba en el último período de su vida! ¡Con qué embeleso recogerían aquellas dulces miradas y suave sonrisa con que la niña recién nacida les manifestaba su cariño y agradecimiento!

   Porque sus sonrisas y miradas no eran instintivas ni maquinales como las de otros niños, sino llenas de inteligencia y bondad y gobernadas por la razón, ya que, como hemos dicho, María, desde el seno de su madre, gozaba del perfecto uso de su razón y libertad, ¡Oh! ¡Quién fuera tan feliz que hubiese podido presenciar tales escenas y tomar en sus brazos a esta niña preciosísima, que no exhalaba un quejido, ni causaba la menor molestia, ni dió nunca muestras de enfado. ¡Oh! ¡Quién hubiese podido imprimir en sus tiernecitos pies y manos siquiera un ósculo reverente!

   Pero si amable se mostró María en su nacimiento y lactancia, no lo fue menos en su presentación y en la vida que llevó en el templo. Tres años contaba cuando sus padres, fieles al voto que habían hecho de ofrecerla al Altísimo se disponían a conducirla a Jerusalén para que con las otras doncellas sirviese en el templo a la divina Majestad. Cuáles debieron ser en esta ocasión los sentimientos de Joaquín y Ana, y cuánto debió, naturalmente, costarles el apartar de sí a tal hija, y desprenderse de ella para siempre, considérelo quien sepa apreciar el amor de una madre y el valor de tal Hija. El sacrificio fué inmenso: sólo inferior al amor que tenían a Dios y a su resignación en la divina voluntad.

   ¿Quién es capaz de expresar las oleadas de afectos que se levantaron en el corazón de María y sus padres los días que precedieron a la subida al templo? ¡Qué ansias las de la preciosa Niña por consagrarse enteramente al divino servicio! ¡Qué deseos los de Joaquín y Ana por cumplir su promesa, generosos por una parte, tristes y melancólicos, naturalmente, por otra!

   ¡Y qué paz tan suave y celestial bañaba sus almas en medio de estas avenidas de afectos y del fundado presentimiento que tenían de que ya no les volvería a cobijar el mismo techo!

miércoles, 6 de junio de 2018

MISIÓN DE LA MUJER CRISTIANA (Capítulo III) – Por el P. FRANCISCO J. SCHOUPPE, S. J.

SANTA INÉS.




Formación de la Mujer Cristiana.


   No sin especial consejo de Dios fué manifestando sus dones de sabiduría y de gracia, a medida que crecía en edad, el Salvador del mundo. Este desenvolvimiento, o mejor dicho, esta gradual manifestación de sus virtudes, debían ofrecer un acabado modelo de formación a la juventud cristiana.

   Los jóvenes deben adiestrarse así en la virtud como en la ciencia, so pena de estancarse en la ignorancia, y de encenagarse en el vicio: la edad madura solamente recoge lo que la juventud sembró y cultivó. Es, pues, de todo punto necesario que las jóvenes se esmeren en su propia formación, si quieren, en día no lejano, llenar los designios que Dios tiene sobre ellas.

   Dejando a un lado la formación literaria y científica, la cual debe ser proporcionada a la condición social y a los bienes de fortuna, hablaremos aquí de la formación moral, que es la que modela el corazón y establece el reinado de las virtudes. Esta educación moral, no solamente es mucho más preciosa que las ciencias y las bellas artes, sino que es absolutamente necesaria e indispensable, y por lo mismo la Providencia de Dios la ha puesto al alcance de todas las condiciones sociales, y de todas las fortunas.

   Pero, ¿en qué consiste esta formación moral de que hablamos? Consiste en el cultivo de las virtudes, principalmente  de aquellas que son el adorno de toda joven, y producen, poco a poco, las tres fundamentales virtudes de que antes hemos hablado. Más como no es posible la adquisición de las virtudes, sin apartar antes los obstáculos que a ellas se oponen; diremos primero algunas palabras acerca de estos, y después hablaremos de las virtudes.

   I. Obstáculos. Lo que impide que una joven adquiera las grandes y bellas cualidades que han de hermosear su corazón y han de formar su gloria, es la vanidad, la curiosidad, la malicia, y la intemperancia en el hablar. Estos cuatro vicios capitales engendrarán todos los demás vicios y ahogarán la buena semilla de las virtudes, si con empeño no se trabaja en arrancarlos del corazón.

   a) Primer obstáculo: la vanidad. Es la vanidad como un gusano destructor que roe la virtud en su misma raíz; induce a complacerse en las buenas cualidades que la persona posee o se imagina que posee; y a manifestarse y querer lucir ante los ojos de los hombres.

   Si la joven abre su corazón a la vanidad, si le da entrada en su alma, bien pronto perderá el gusto a las cosas de Dios. Oscurecida la vista del espíritu, ya no verá resplandecer la verdadera gloria; la felicidad del cielo y de los elegidos carecerá de atractivo para ella; la hermosura del alma y de las virtudes serán miradas con indiferencia, y aun tal vez con desprecio, si no le sirven para satisfacer el deseo de vana gloria de que está lleno su corazón; todas las grandes enseñanzas de la fe desaparecerán, en breve tiempo, de su vista.

   Por el contrario, no conocerá más que las groseras hermosuras de este mundo, las efímeras beldades de la tierra, flores que se deshojan al implacable soplo de la muerte; todas las energías de su espíritu se concentrarán en la engorrosa tarea del bien parecer ante el mundo, y en satisfacer los caprichosos gustos del lujo.

   Consumirá en el aseo y adorno de su persona, el tiempo que imperiosamente reclaman sus deberes, y el dinero que debería emplear en limosnas y en buenas obras, y en muchas ocasiones, el que de justicia se debe a los que la sirven. No es esto todo; la pasión de agradar a los demás, de atraerse las miradas de las personas que la rodean, enciende el envidioso deseo de oscurecer a las bellezas rivales, llena el corazón de amargos celos, y la boca de palabras maldicientes.

   Brevemente: la joven dominada por el vicio de la vanidad, no conocerá la piedad, no tendrá espíritu de economía, no gozará de paz ni de reposo; viciosa e infeliz en el tiempo, será todavía más desgraciada en la eternidad.

   Para huir de todos estos males, y vencer el vicio de la vanidad, que tan tiránicamente domina en el corazón de la mujer, se han de poner los ojos en la humilde Virgen de Nazaret, y copiar de ella las virtudes que no se tienen; se ha de mirar con frecuencia a nuestro divino modelo Jesús, hecho, en el día de su pasión, sangriento juguete de un mundo perverso. Contemplando las llagas que los azotes han abierto en el adorable cuerpo del Salvador, y el andrajo de púrpura que le sirvió de vestido, y la corona de espinas que adornó su sacratísima cabeza, quedará triturada la vanidad, y se verá toda la insensatez de quien se afana por complacer a un mundo que tan villana y cruelmente trató al Rey de la gloria y Dios de la majestad.

   b) Segundo obstáculo: la curiosidad. Entiéndese por curiosidad el desordenado deseo de ver, oír y conocer.

   No todo deseo de conocer es desordenado; la instrucción y adquisición de conocimientos útiles y serios, conforme al estado y vocación de cada uno, caen bajo la acción del deseo honesto y laudable. La curiosidad de que hablamos, nada tiene que ver con este noble afán de enriquecer el espíritu con nuevos conocimientos razonables que contribuyen al perfeccionamiento del alma. La curiosidad no busca ver, oír y saber, sino lo que recrea, lo que hiere la imaginación, lo que impresiona los sentidos. La joven que no reprime a tiempo esta malsana curiosidad, no reparará en satisfacerla por medio de lecturas frívolas y novelescas, con la frecuencia en los teatros y otros espectáculos, con salidas y excursiones intempestivas: llenará su espíritu de vanas ilusiones y desvaríos, perderá el gusto del trabajo y de las ocupaciones serias, y finalmente, descuidará no solamente los ejercicios de piedad, sino también las obligaciones domésticas.

   c) Tercer obstáculo: la molicie. Este vicio consiste en el amor desordenado de la satisfacción de los sentidos. La joven que no aprende a privarse de nada, que busca cuanto le es placentero, y no lo que es conveniente; que quiere satisfacer todos sus gustos y caprichos; que prefiere lo que le es grato, y relega el deber al postrer lugar; caerá en la ociosidad, buscará con juvenil avidez los placeres fuera de la familia, no habrá diversión que no frecuente, ni baile a que no concurra. ¡Ay! estos falsos goces y alegrías pasajeras, llenas de amarguras y decepciones, le vendrán a costar muy caras ciertamente: la paz del corazón será turbada; empañada la tersura de la virginal pureza; tal vez se vea comprometido su honor; desaparecerá la generosidad, la franqueza y la energía de su carácter; sucediendo a estas buenas cualidades, la debilidad, la inconstancia y el egoísmo, que abrirán a todos los vicios su corazón.

   d) Cuarto obstáculo: la locuacidad. Se incurre en este vicio cuando una persona se entrega sin freno al prurito de hablar. La joven que se deja llevar de  esta mala tendencia, no dejará de cometer muchos pecados; pues, como está escrito, en el mucho hablar no faltará pecado. (Prov. X, 19). La indiscreción, la ligereza, las mentiras frecuentes, las querellas y los chismes, el comprometer buenas reputaciones, el sembrar odios y rencores entre los miembros de una misma familia, o entre la más sincera amistad, son los frutos amarguísimos y detestables que de la inmoderación de la lengua se cosechan, los cuales podría evitar el prudente silencio. La persona que no es dueña de su lengua pierde la estima y la confianza de todos, y pone en contingencia el buen éxito de los negocios mejor encaminados.

   No es esto todo; con el hablar sin moderación, mil distracciones turbarán su espíritu, impidiéndole orar con el sosiego y devoción convenientes, y, para su propio daño, experimentará la verdad de esta máxima, que “para hablar bien con Dios, es necesario hablar poco con los hombres”. Perdiendo el espíritu de oración, perderá juntamente el principio de toda fuerza sobrenatural, y por consiguiente, de toda virtud. Debemos, pues, seguir el sabio consejo de la Escritura que dice: Pon puerta y candado a tu boca. Funde tu oro y tu plata y haz de ellos una balanza para pesar tus palabras, y frenos bien ajustados para tu boca (Eccli. XXVIII, 28 y 29); y rogar con David: Poned, Señor, guarda a mi boca y puerta conveniente a mis labios. (Salmo CXL, 3).

   Estos cuatro vicios son los principales impedimentos que se oponen a la formación virtuosa de las jóvenes: es, pues, de todo punto necesario impedir que entren en el corazón; y si ya existen en él, trabajar con empeño para dominarlos y vencerlos; porque ellos vencidos, se desarrollarán con holgura y florecerán las virtudes.

martes, 5 de junio de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Quinto día.



 DÍA QUINTO.

PRIMERA MEDITACIÓN

Espíritu de  sacrificio.

   La tercera disposición para seguir fielmente a Jesús es el espíritu de sacrificio: el estar en ánimo de sacrificarlo todo a la vida y al amor de Jesús en nosotros.

   I. Jesús lo quiere: “El que ama a padre o madre, más que a mí, no es digno de mí: y el que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mí.”

   En otra ocasión reclama que odiemos todo cuanto se opone a su amor, y manifiesta que quien no lo hace así, incluso aun también la vida, no puede ser su discípulo…

   Antes de admitir a sus discípulos en su séquito, exige que abandonen entonces mismo barca y redes, casa, familia, padre y madre.

¡Qué de sacrificios pide Jesús a su Santísima Madre!

   Sacrificio de su libertad y de la gloria exterior de su virginidad, bajo el velo del matrimonio, bajo la obediencia a los derechos de un esposo. Y María lo cumple humildemente. — Así lo quiere Dios, como condición de la maternidad divina, de la salvación del mundo.

   ¡Sacrificio de dejar su casa de Nazaret para ir a experimentar desdenes de amigos y parientes en Belén, y verse reducida a habitar un portal abandonado, destituida de todo auxilio y rodeada de la mayor pobreza! Y María hace este sacrificio con alegría. — A tal costa adquiere su título de Madre de Jesús.

   Sacrificio de su patria para ir a habitar un país desconocido, idólatra, inhospitalario, Egipto, adonde tiene que viajar de noche y en invierno. Y María cumple este sacrificio con celo. — Lleva a Jesús consigo. Sacrificio de su ternura maternal y de su afecto hacia la felicidad natural de Jesús, cuando el anciano Simeón le predice y le muestra la espada de dolor que hiere ya su corazón; y esto apenas cuarenta días después del nacimiento de su divino Jesús. — ¡Y aquel Calvario anunciado con su cruz y sus afrentas no lo perderá ya de vista María, durante treinta y tres años! — ¡Oh qué vida de doloroso amor! María se crucifica con Jesucristo.

   Sacrificio de desconsuelo. María pierde a Jesús en Jerusalén; no sabe cuándo volverá a encontrarlo. — Llora por Él y con amor le busca, sin quejas, sin desesperación. — Se creía indigna de poseer tamaño tesoro.

   Sacrificio de soportar el rigor aparente de Jesús, que finge en su misión no reconocerla en cierto modo como Madre: — “Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti?” Y también: “¿Quién es mi Madre?” — Pero María adora los misteriosos designios de su divino Hijo y le ama con acrecentado amor.

   Sacrificio del Huerto de las Olivas, en donde María experimenta mortal tristeza de no poder consolar a su Jesús, triste hasta la muerte y abandonado de sus discípulos.

   Mas ¡qué decir de las agonías de María siguiendo a Jesús a casa de Caifas, de Herodes, de Pilatos; en medio de las imprecaciones, blasfemias y gritos de muerte que vomitaban contra su Hijo aquellos a quienes Él había curado, a quienes había hecho más bien, que eran su pueblo amado!

   Y su dolor es mayor que la muerte al pie de la cruz, cuando ve a Jesús crucificado, derramando toda su sangre, consumido por abrasadora sed, abandonado de su Padre.

   ¡Y María, su Madre amantísima, sin poder hacer más que compartir sus dolores y consolarle con sus lágrimas y su amor!

   ¡Qué martirio! ¡Sólo María pudiera soportarlo; sólo ella amaba a Jesús cómo merece ser amado!

   Hasta tiene que hacer el sacrificio del objeto de su amor, de Jesús. — ¡Habrá de verle morir, le acompañará a la sepultura, le sobrevivirá todavía veinticuatro años en esta tierra de destierro! —Pero María sólo quiere lo que quiere Jesús; el amor de Jesús suple para ella todo: su presencia visible, el gozo de su gloria, el cielo mismo.

   He ahí, alma mía, lo que pide Jesús a los que quieren seguirle y agregarse a Él. ¿Tienes suficiente valor, amor bastante para ponerte a su discreción? — ¡Adelante! Dile a Jesús: “Divino Señor, Esposo de mi corazón, yo os seguiré por doquiera, con María, mi Madre.” ¡Pues qué! ¿No tengo en vos todos los bienes? Amaros y agradaros,  ¿no es la mayor felicidad de la vida? Compartir vuestros sacrificios, vuestros padecimientos, vuestra muerte, ¿no es el más hermoso triunfo del amor? — ¡Oh Dios mío! Decidido estoy: no pongo ya condición ni reserva a mi amor para con Vos. Os seguiré en todo y hasta el Calvario. Hablad, cortad, dividid, abrasad: mi corazón es el altar y la víctima.

   II. Sólo al espíritu de sacrificio concede Dios sus más exquisitas gracias. “Y cualquiera que dejamos dice —casa, o hermanos, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o heredades por mi nombre, recibirá ciento por uno y poseerá la vida eterna.”

lunes, 4 de junio de 2018

DE LOS VICIOS Y DE SUS REMEDIOS: REMEDIOS CONTRA LA AVARICIA – Por Fray Luis de Granada.








   La AVARICIA es desordenado deseo de hacienda. Por lo cual con razón es tenido por avariento no sólo el que roba, sino también el que desordenadamente codicia las cosas ajenas, o desordenadamente guarda las suyas. Este vicio condena el Apóstol cuando dice (I Timoteo. VI): Los que desean ser ricos, caen en tentaciones y lazos del demonio y en muchos deseos inútiles y dañosos que llevan los hombres a la perdición. Porque la raíz de todos los males es la codicia. No se podía más encarecer la malicia deste vicio que con esta palabra: pues por ella se da a entender que quien a este vicio está sujeto, de todos los otros es esclavo.

   Pues cuando este vicio tentare tu corazón, puedes armarte contra él con las consideraciones siguientes. Primeramente considera, oh avariento, que tu Señor y tu Dios cuando descendió del cielo a este mundo, no quiso poseer estas riquezas que tú deseas: antes de tal manera amó la pobreza, que quiso tomar carne de una virgen pobre y humilde, y no de una reina muy alta y muy poderosa. Y cuando nació no quiso ser aposentado en grandes palacios, ni echado en cama blanda, ni en cunas delicadas, sino en un vil y duro pesebre sobre unas pajas. Después de esto, en cuanto en esta vida vivió, siempre amó la pobreza y despreció las riquezas: pues para sus embajadores y apóstoles escogió, no príncipes ni grandes señores, sino unos pobres pescadores. Pues ¿qué mayor abuso querer ser rico el gusano, siendo por él tan pobre el Señor de todo lo criado?

   Considera también cuánta sea la vileza de tu corazón: pues siendo tu ánima criada a imagen de Dios, y redimida por su sangre (en cuya comparación es nada todo el mundo) la quieres perder por un poco de interés. No diera Dios su vida por todo el mundo, y dióla por el ánima del hombre: luego de mayor valor es un ánima que todo el mundo. Las verdaderas riquezas no son oro, ni plata, ni piedras preciosas: sino las virtudes que consigo trae la buena consciencia. Pon aparte la falsa opinión de los hombres, y verás que no es otra cosa oro y plata, sino tierra blanca y amarilla, que el engaño de los hombres hizo preciosas. Lo que todos los filósofos del mundo despreciaron, ¿tú, discípulo de Cristo, llamado para mayores bienes, tienes por cosa tan grande, que te hagas esclavo de ella? Porque como dice San Jerónimo: aquél es siervo de las riquezas que las guarda como siervo: más quien de sí sacudió este yugo, repártelas como señor.

   Mira también que (como el Salvador dice) nadie puede servir a dos señores: que son. Dios y las riquezas: y que no puede el ánimo del hombre libremente contemplar a Dios, si anda con la boca abierta tras las riquezas del mundo. Los deleites espirituales huyen del corazón ocupado en los temporales, y no se podrán juntar en uno las cosas vanas con las verdaderas, las altas con las bajas, las eternas con las temporales, y las espirituales con las carnales, para que puedas juntamente gozar de las unas y de las otras.

   Considera también que cuanto más prósperamente te suceden las cosas terrenas, tanto por ventura eres más miserable: por el motivo que aquí se te da de fiarte de esa falsa felicidad que se te ofrece. ¡Oh, si supieses cuánta desventura trae consigo esa pequeña prosperidad! El amor de las riquezas más atormenta con su deseo, que deleita con su uso; porque enlaza el ánima con diversas tentaciones, enrédala con muchos cuidados, convídala con vanos deleites, provócala a pecar, e impide su quietud y reposo. Y sobre todo esto nunca las riquezas se adquieren sin trabajo, ni se poseen sin cuidado, ni se pierden sin dolor: más lo peor es que pocas veces se alcanzan sin ofensas de Dios, porque (como dice el proverbio) el rico, o es malo, o heredero de malo.

   Considera esto otro, cuan gran desatino sea desear continuamente aquellas cosas que aunque todas se junten en uno, es cierto que no pueden hartar tu apetito, más antes lo atizan y acrecientan, así como el beber al hidrópico la sed: porque por mucho que tengas, siempre codicias lo que te falta, y siempre estás suspirando por más. De suerte que discurriendo el triste corazón por las cosas del mundo, cánsase, y no se harta; bebe, y no apaga la sed, porque no hace caso de lo que tiene, sino de lo que podría más haber; y no menos molestia tiene por lo que no alcanza, que contentamiento por lo que posee: ni se harta más de oro que su corazón de aire. De lo cual con mucha razón se maravilla San Agustín diciendo: Qué codicia es ésta tan insaciable de los hombres, pues aun los brutos animales tienen medida en sus deseos. Porque entonces cazan, cuando padecen hambre: más cuando están hartos, luego dejan de cazar. Sola la avaricia de los ricos no pone tasa en sus deseos: siempre roba, y nunca se harta.

domingo, 3 de junio de 2018

Procesión – Solemnidad de Corpus Christi – Domingo 3 de junio de 2018 – Priorato Nuestra Señora de Itatí (Corrientes Argentina). FSSPX.





Homilía del R. P. Nicolás López Badra (prior) – Solemnidad de Corpus Christi – Domingo 3 de junio de 2018 – Priorato Nuestra Señora de Itatí (Corrientes Argentina). FSSPX.

"Pan de los Ángeles"



   Homilía del R. P. Nicolás López Badra (prior) – Solemnidad de Corpus Christi –  Domingo 3 de junio de 2018 – Priorato Nuestra Señora de Itatí (Corrientes Argentina). FSSPX.

   Una bella homilía que nos ayuda a profundizar un poco más en el  misterio del “Pan de los ángeles” el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Pedimos a la Virgen María nos ayuda a comprender todos los días un poco más sobre esta verdad de nuestra Santa Fe. 




sábado, 26 de mayo de 2018

DE LOS VICIOS Y DE SUS REMEDIOS: REMEDIOS CONTRA LA SOBERBIA – Por Fray Luis de Granada.





   Habiendo pues de tratar de los vicios y de sus remedios, comenzaremos por aquellos siete que se llaman capitales, porque son cabezas y fuentes de todos los otros. Porque así como cortada la raíz de un árbol se secan luego todas las ramas que recibían vida de la raíz, así cortadas estas siete universales raíces de todos los vicios, luego cesarán todos los otros vicios que destas raíces procedían. Por esta causa Casiano escribió con tanta diligencia ocho libros contra estos vicios (lo cual también han hecho con mucho estudio otros muy graves autores) por tener muy bien entendido que vencidos estos enemigos, no podrían levantar cabeza todos los otros.

   La razón de esto es, porque todos los pecados (como dice Santo Tomás) originalmente nacen del amor proprio: porque todos ellos se cometen por codicia de algún bien particular que este amor proprio nos hace desear. De este amor nacen aquellas tres ramas que dice San Juan en su Canónica (I. Juan. 2), que son: codicia de la carne, codicia de los ojos y soberbia de la vida, que por términos más claros son: amor de deleites, amor de hacienda y amor de honra; porque estos tres amores proceden de aquel primer amor. Pues del amor de los deleites nascen tres vicios capitales, que son: lujuria, gula y pereza. Del amor de la honra nasce la soberbia, y del amor de la hacienda el avaricia. Más los otros dos vicios, que son ira y envidia, sirven a cualquiera destos malos amores, porque la ira nace de impedirnos cualquiera de estas cosas que deseamos; y la envidia de quienquiera que nos gana por la mano y alcanza aquello que el amor proprio quisiera antes para sí que para sus vecinos. Pues como éstas sean las tres universales raíces de todos los males, de las cuales proceden estos siete vicios; de aquí es que, vencidos estos siete, queda luego el escuadrón de todos los otros vencido. Por lo cual todo nuestro estudio se ha de emplear ahora en pelear contra estos tan poderosos gigantes, si queremos quedar señores de todos los otros enemigos que nos tienen ocupada la tierra de promisión.

   Entre los cuales el primero y más principal es la soberbia, que es apetito desordenado de la propia excelencia. Ésta dicen los santos que es la madre y reina de todos los vicios: y por tanto, con mucha razón aquel santo Tobías, entre otros avisos que daba a su hijo, le daba éste, diciendo (Tobías IV): Nunca permitas que la soberbia tenga señorío sobre tu pensamiento, ni sobre tus palabras: porque de ella tomó principio toda nuestra perdición. Pues cuando este pestilencial vicio tentare tu corazón, puedes ayudarte contra él de las armas siguientes:

   Primeramente considera aquel espantoso castigo con que fueron castigados aquellos malos ángeles que se ensoberbecieron; pues en un punto fueron derribados del cielo y echados en los abismos. Mira, pues, cómo este vicio oscureció al que resplandecía más que las estrellas del cielo: y al que era no solamente ángel, mas muy principal entre los ángeles, hizo no solamente demonio, más el peor de todos los demonios. Pues si esto se hizo con los ángeles, ¿qué se hará contigo, polvo y ceniza? Porque Dios no es contrario a sí mismo, ni aceptador de personas, mas así en el ángel como en el hombre le descontenta la soberbia, y le agrada la humildad. Por lo cual dice San Agustín: La humildad hace de los hombres ángeles, y la soberbia de los ángeles demonios. Y San Bernardo dice: La soberbia derriba de lo más alto hasta lo más bajo, y la humildad levanta de lo más bajo hasta lo más alto. El ángel ensoberbeciéndose en el cielo, cayó en los abismos; y el hombre, humillándose en la tierra, es levantado sobre las estrellas del cielo.

   Juntamente con este castigo de la soberbia considera el ejemplo de aquella inestimable humildad del Hijo de Dios, que por ti tomó tan baja naturaleza, y por ti obedeció al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz. Pues aprende, hombre, obedecer; aprende, tierra, a estar debajo de los pies; aprende, polvo, a tenerte en nada; aprende, oh cristiano, de tu Señor y tu Dios, que fué manso y humilde de corazón. Si te desprecias de imitar el ejemplo de los otros hombres, no te desprecies de imitar el de Dios, el cual se hizo hombre, no solamente para redimirnos, mas también para humillarnos.

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día cuarto.






DIA CUARTO

ADVERTENCIAS

   1.* Leer de nuevo las del primer día.

   2.* Acabar la confesión.

   3.* Mantenerse en mayor recogimiento, si es posible. — Pues que ahora es el momento en que más bien hablará Jesús al alma, que no está a Jesús.

   4.* Evitar el andar revolviendo penosamente lo pasado.

   Este día lo emplearás en meditar acerca de las dos disposiciones necesarias para seguir fielmente a Jesús; la primera consiste en tomar su fortaleza de la confianza en Jesús; la segunda en hacerlo todo con espíritu de recogimiento.

PRIMERA MEDITACIÓN

Fortaleza por la confianza en Dios.
   De mí nada puedo en orden a la salvación; sin Jesús no puedo hacer nada que sea agradable a Dios y meritorio para la vida eterna. Más lo puedo todo en Dios, que me conforta con su gracia. Por dónde la confianza en Dios es la medida de mi fortaleza y mi santidad. — ¿En qué ha de estribar, pues, mi con fianza?

   En la bondad de la divina Providencia para conmigo. Dios me ama, Dios dispone todos mis caminos en su bondad; todo en mi vida lo regula para mi mayor bien. — Tengo, pues, seguridad que cuanto me sucede viene de Dios y de su bondad; las alegrías y las penas en su santo servicio, los consuelos y las amarguras, las prosperidades y los contratiempos, la salud y la enfermedad. —La divina Providencia dirige mi barquilla, da viento a la vela, envía la calma o la tempestad; mi deber es confiarme al divino Piloto: Él me llevará en salvo al puerto de la patria celestial.

   2° Confianza en la misericordia de Dios.

   He pecado, he pecado mucho, he contraído una inmensa deuda para con la misericordia divina, y me atemoriza la cólera de Dios; me atemoriza el infierno ¿Dónde me esconderé?—Bajo el manto de la misericordia divina, que Jesús tiende sobre mí.—¿Dónde me esconderé?—En el corazón de Jesús, que está abierto para mí.

   Mas ¿cómo pagaré mi deuda? Con los méritos de mi Jesús, con su amor para conmigo, con mi amor para con ti. Jesús me ha dicho, como a la Magdalena: “Perdonados te son tus pecados.” ¡Oh cuán consoladora palabra! La divina misericordia de mi Salvador ha sellado mi vida como cosa de su propiedad; no quebrantes ¡oh alma mía! Jamás ese Sello. Jesús ha extendido el manto de su misericordia sobre todas mis miserias pasadas; no lo levantes nunca, para no andar removiendo ese antiguo lodazal de pecados. —Funda, pues, tu confianza en la infinita misericordia de Jesús; y cuando te asalten temores, espera en Jesús, que te amó cuando tú no le amabas. — Cuando te asalten temores confíate a Jesús, que es tu Salvador. — Cuando te acometan ansiedades busca reposo en Jesús; que tal confianza es el mejor homenaje a su bondad, y no olvides nunca que la filial confianza en la misericordia de Dios es la más segura y perfecta gracia de tu justificación.

   3° Confianza en la gracia de Dios ante las tentaciones. — Recuerda, alma mía, que Dios permite y quiere la tentación que te aflige; que el demonio ningún poder tiene sobre ti. — Si Dios le permite que te tiente, es para mostrarle que eres completamente de Dios, y para proporcionarte la grande ocasión de probar tu fidelidad. Dios quiere también con esto que tú te humilles y le honres por tu propia humillación; quiere darte ocasión de que puedas resarcirte contra el demonio de las ventajas que éste haya podido en otro tiempo obtener sobre ti. — En fin, Dios mira en eso á centuplicar los méritos de tu vida.

   La tentación es, por lo tanto, más bien gracia que pena, puesto que trae la ocasión de ejercitar las mayores virtudes y de adquirir tantos méritos: no la temas, pues, tanto, alma mía. Teme, sí, tu flaqueza, tus recaídas; mas espera en la gracia de Dios. La gloria del combate vale más que la de la paz.

   4° Confianza en la gracia de Dios para conseguir la perfección a que Él nos llama. — Grande y sublime es, alma mía, la perfección a que Dios te llama. Se trata de renunciar al mundo, de renunciarte a ti misma en todo.

    De que Jesús crucificado se lleve tus preferencias sobre Jesús en el Tabor.

   De crucificarte con este Esposo ensangrentado; se trata de amarle con el más soberano, cordial y absoluto amor. — ¿Cómo llegarás a tan alta santidad?

   Oye: Jesús dijo a sus Apóstoles: “Tened confianza, que yo he vencido al mundo.” —Ahí está su victoria. — Y en otra ocasión: “Yo estaré con vosotros todos los días.”— Y a San Pablo, temeroso: “Te basta mi gracia, pues la virtud en la enfermedad se perfecciona.” —Y a San Pedro: “¿Me amas más que éstos?”

   Exclama, pues ¡oh alma mía! con el grande Apóstol, que tú nada puedes de tuyo, pero que lo puedes todo en Cristo que te conforta, que combate contigo, que obra, vive y triunfa en ti.


SEGUNDA MEDITACIÓN

Recogimiento exterior.

jueves, 24 de mayo de 2018

Milagros de Don Bosco por intercesión de María Auxiliadora “Un secreto para morir tranquilo – año 1866”





   En 1866 Don Bosco, a causa de la extraordinaria extensión de sus obras, había emitido una importante lotería.

   Un día, llególe de Roma una carta bien singular. La marquesa V*** le hacía un pedido y un ofrecimiento cuya sustancia es como sigue:

   “Feliz, cuanto se puede ser en la tierra, vivo, sin embargo, con una angustia terrible: el pensamiento de la muerte me causa indecible inquietud, y mi fe no es bastante a sobreponerse a ese involuntario terror. A medida que os escribo, un movimiento convulsivo se apodera de todo mí ser. Pronta estoy a cualquier sacrificio para obtener que esta penosa idea cese de atormentarme y he aquí por qué me dirijo a vos. El tiempo apremia: padezco una enfermedad inexorable y que puede quizás muy pronto quitarme la vida. Aseguradme, os suplico, que la Santísima Virgen, vuestra bondadosa María Auxiliadora, me concederá la gracia de no temer la muerte y de verla llegar con toda serenidad, y yo por mi parte os prometo que, siendo ya Cooperadora de vuestras Obras, seré vuestra servidora y la servidora de vuestros hijos. Mi voluntad y todos mi bienes de fortuna y cuanto me resta de mi vida os pertenecerán; pondré él empeño posible en ser respecto a vos un instrumentó fiel de la Divina Providencia, pero ¡por piedad! que María Auxiliadora me libre del terrible espanto que me causa la muerte”.

   Don Bosco le contestó a vuelta de correo:

   “Os aseguro que María Auxiliadora os concede la gracia deseada: moriréis tranquilamente y sin advertirlo. Cumplid vuestra promesa y la Santísima Virgen no faltará a la suya”.

   Pasaron algunos años. La marquesa V***, libre de aquellas angustias, llenó con admirable abnegación su compromiso: parecía no vivir sino para los huérfanos de Don Bosco.

   Un día a fines del año 1871, la marquesa dice a su marido, excelente cristiano.

   —Tiempo hace que no he hecho una confesión general; sí te parece me dispondré a ello en los últimos, días del año,

   —Excelente cosa; seguid vuestra inspiración.

   El último día de diciembre la marquesa había terminado su confesión general. Al día siguiente, celebración del año nuevo después de la santa comunión, hallándose reunida en el almuerzo toda la familia, rebosaba de singular contento.

   De repente manda a un criado:

   —Abrid los postigos.

   —Señora marquesa, están abiertos.

   —Abridlos ¡que entre luz!

   Nueva respetuosa observación del doméstico.

   Todos estaban atentos a esta extraña indicación, cuando la marquesa como iluminada por repentina luz, con indefinible acento exclama:

   — ¡Ángel! (éste era el nombre del marido) ¡Ángel! Me muero... Y con una alegría celestial que transformaba su semblante, repitió — ¡Ángel, yo muero, yo muero!... y se durmió en el Señor.

   María Auxiliadora cumplía su promesa.

   Don Bosco recibió esta noticia en el colegio de Varazze, donde se hallaba indispuesto. El marqués terminaba así su carta:

   “YO NO LLORO ESTA MUERTE COMO UNA DESGRACIA, SINO QUE BENDIGO A MARÍA AUXILIADORA COMO AUTORA DE UN INSIGNE FAVOR”


“SAN JUAN BOSCO”

Por el Dr. Don Carlos D´Espiney. – Año 1949

miércoles, 23 de mayo de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día tercero.





DÍA TERCERO.
ADVERTENCIAS.

Lee otra vez las del día primero.


PRIMERA MEDITACIÓN


Jesús me llama a su séquito.

   Jesús es el Unigénito de Dios, la sabiduría, el substancial amor del Padre celestial, la gloria y felicidad de los ángeles, el vencedor de Satanás, el. Rey de cielos y tierra. — Y este bondadoso Jesús se digna amar una criatura humana, hacerla prodigio de su gracia, objeto privilegiado de su (ternura, esposa de su corazón. — Y he aquí que este Dios de bondad baja a la tierra, se hace hombre para ser hermano de su criatura predilecta, para vivir con ella y comunicarle por su santa humanidad todas las riquezas de su divinidad.

   ¿Quién será esa afortunada criatura? ¿Quién tendrá tal dicha y tal gloria? —Escucha, alma mía: Jesús llama a alguien y le nombra; eres tú misma. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que Vos me conozcáis? ¿que yo tenga tan grande dicha? — ¡Ven¡ ¡oh privilegiada criatura mía! Yo soy tu creador y tu último fin. Ven, amadísima hija mía: Yo soy tu Salvador, que vengo a libertarte de la esclavitud del pecado, de la tiranía del demonio, de tu condenación al inferno y la eterna desventura que tus pecados te habían merecido. Ven, hermana y esposa de mi corazón: quiero reinar en ti y hacerte reinar conmigo; quiero darte participación en todos mis bienes, en mi ciencia divina, mi sangre, mi gloria y mi divinidad. —Pídeme cuantas dádivas quieras, y te las concederé. –– Para ti he creado el mundo, para ti he creado los cielos con toda su magnificencia; para ti he decretado desde toda la eternidad mi unión a la naturaleza humana mediante la Encarnación; para ti he subido al Calvario; para tí he fundado mi Iglesia, a fin de que por ella, como por una tierna madre perpetuamente viva, pueda yo venir hasta ti.

   “He aquí mis dones. — ¿Qué me retribuirás tú, en cambio? Yo soy un Dios celador; oye y pesa las condiciones del contrato que quiero celebrar contigo; son las de un esposo soberano.”

   “El esposo da su nombre a la esposa; yo te doy el mío en señal de mis derechos sobre ti, y te ennoblezco con su gloria, pero tú perderás tu nombre propio.”

   “Entre esposos son comunes todos los bienes: disfruta, pues, de mis bienes, pero yo quiero los tuyos.”

   “La esposa sigue la condición de su esposo: tal es su deber y su gloria; yo soy pobre en esta vida pasajera; necesario será, pues, compartir mi pobreza.”

   “Mi gracia y mi amor deben ser tu única riqueza. Humilde soy y humillado en medio del mundo: preciso es que seas humilde y humillada a la par de mí. —Objeto soy de desprecio y persecuciones para el mundo: otro tanto habrá de sucederte. —Yo padezco: preciso es que tú estés crucificada conmigo y que lleves en ti los estigmas de mis divinas llagas: mi vida es cruz continuada, y por la cruz vivo y reino en el alma que quiere ser mía. — La someto a pruebas antes de darle testimonio de mi amor. — Parezco abandonarla, dejarla entregada a sus miserias, en lucha con todos los demonios del infierno antes de darle el galardón de la victoria. —La humillo hasta en medio de la abundancia de mis gracias; la crucifico en la intensidad de mi amor.”

   “Tales son, hija mía, mis condiciones; no temas la prueba, yo le sostendré; no te asustes de los sacrificios, harán tu gozo y tu dicha; aprecia el peso inmenso de mi gloria; mide la longitud de mi eterno reinado, comprende el misterio de mi amor, el precio de tu alianza, y decide... Te espero.”

   ¡Oh Dios mío de mi corazón! Gracias os doy eternas por haberme elegido y llamado a Vos. Acepto incondicionalmente ese divino contrato; os seguiré por doquiera; sólo Vos reinaréis en mi corazón y en vida.

   (Renuévese aquí el voto de castidad, si se ha hecho.)


SEGUNDA MEDITACIÓN

Seguir a Jesús con María.

   Jesús tiene siempre consigo a su divina Madre: no se separan. —María es el lazo que nos une a Jesús. — María es la vida de Jesús revestida de un ambiente maternal propicio a mi flaqueza e, imperfección. —Quien dice María, dice la gracia de Jesús. —Quien dice María, dice el espíritu de Jesús formado en mí por la bondad y ternura de su divina Madre. — En una palabra; María es mi celestial maestra, mi Madre, según la gracia para educarme y formarme en el espíritu, en la santidad y el amor de Jesús. Debo, pues, seguir a María y amarla como un hijo sigue y ama a su madre. Y para ello debo vivir de su amor a Jesús. Ahora bien: tres caracteres tiene el amor de María a Jesús.

No calles pecados mortales por vergüenza. Por un pecado mortal se va al infierno: Lee esto.






   
   Despierta de tu sueño, alma dominada de esa maldita vergüenza, escucha la voz de tu Dios que hoy te llama aun como amigo y te convida con el perdón; vomita ante el confesor el veneno de la culpa: arranca de tu corazón esa cruel espina que no te deja un solo momento de sosiego, de alegría y de tranquilidad: escarmienta en cabeza ajena; teme, teme o  te suceda lo que a la desgraciada de este caso (entre los muchísimos casos, que se pudieran citar).

   Refiere el Padre Caravantes, que una mujer principal era tan dedicada a la virtud que su Obispo y todos la tenían por santa. Esta puso los ojos en un criado suyo y consintió en un pensamiento deshonesto, y aunque entonces pecó con el deseo, como no cometió el pecado por obra ni solicitó al criado

   Pero no  se animó de confesarlo, aunque algunas veces se le acordaba y la remordía la conciencia.

   Le parecía como a algunas almas engañadas por el demonio que Dios se lo había de perdonar sin confesarlo, o bien que lo haría a la hora de la muerte. Llegó la hora de la muerte para esta infeliz, y aunque en le dio Dios nuevos avisos para que se confesase de aquel pecado, ella temerosa de perder el concepto de santa que gozaba, lo calló también en la hora de la muerte como lo babia callado en vida, según ordinariamente sucede. Murió, y el Obispo la sepultó en su capilla; mas he aquí, que a la noche siguiente levantándose a maitines antes que los demás entró en dicha capilla, y al entrar la vió llena toda de fuego como si fuera un horno encendido. Con todo eso entró, y vió que sobre la sepultura de aquella mujer estaba un cuerpo tendido, y debajo un gran fuego, y muchos demonios que con instrumentos de hierro atizaban el fuego. El Obispo pasmado de lo que miraba, reparó y conoció que era el cuerpo de la difunta mujer, y para más asegurarse la conjuró de parte de Dios y de María Santísima para que dijere quien era. Ella respondió que era su hija de confesión, y que por no haber confesado un pecado de pensamiento deshonesto con un criado, se había condenado, y por ello padecía las horribles penas del infierno. Si alguno después de leer es lo ejemplo con tinúa callando sus pecados no podrá quejarse de que Dios no le ha dado bastantes avisos.

   Callar un sólo pecado mortal cruel espada que atravesará eternamente su corazón acordándose con  la facilidad con que pudo confesarse he ir al cielo, y de los muchos medios que para eso tuvo, y que por haberlos despreciado tiene que arder eternamente en el infierno.



“Tomado de temas varios de la Biblioteca Cristiana”

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