sábado, 21 de enero de 2017

Se debe tener gran confianza para con el Confesor (una lectura imperdible y sumamente necesaria)




Discípulo. — Padre, ¿cómo ha de ser la confianza para con el confesor?

Maestro. — Debe ser infantil, sin ansiedad ni doblez, o sea, que debemos abrirle todo nuestro interior sin reserva alguna; en todo aquello que puede interesar a nuestra alma, como hacen precisamente los niños que sienten la necesidad de manifestarlo todo a quien no pretende sino su bien.

D. ¿Qué significa eso de abrir todo nuestro interior?

M. — Quiere decir que debemos manifestar los pecados, los defectos, las malas inclinaciones, es decir, todo lo que agrava la conciencia, sea referente al pasado o al presente. El demonio, dice San Ignacio, procede con los incautos como los jóvenes disolutos con las doncellas inexpertas a quienes desean seducir. Ellos nada temen y de nada se guardan tanto como de que sus pretendidas víctimas descubran a sus padres, las palabras, las confidencias, los tratos ocultos que les prodigan, pues de lo contrario, tendrían que desesperar de conseguir sus impuros intentos. Así el demonio se vale de toda astucia, a fin de que no se entere el confesor de sus tramas y de sus engaños.

D. — El demonio teme tanto esta confianza del alma para con el confesor, porque le corta todos sus lazos y le descubre sus embustes, ¿no es verdad, Padre?

M — Ni más ni menos; y para sofocarla o disminuirla arroja sobre el alma dudas, temores, sospechas, desconfianzas contra el mismo confesor. Es necesario pues cobrar valor con gran ahínco, y manifestar al padre de nuestra alma hasta estas insidias y tentaciones.

Las cosas por su nombre: El adulterio es un pecado mortal y no tiene nada que ver con el amor


viernes, 20 de enero de 2017

Algunas sentencias de los santos Padres y Doctores, sobre el horroroso vicio capital de la lujuria




   San Jerónimo dice que la criatura lujuriosa, aun en vida, ya está muerta; porque no mandan en ella los apetitos racionales, sino los instintos brutales. El mismo escribe que Salomón, siendo como sol del mundo, con el amor desordenado de las mujeres perdió la luz de su alma, la gloria de su casa, el .esplendor de su persona; y de pregonero de Dios, se hizo esclavo del demonio. Por ningún pecado se dice que le haya pesado a Dios el haber criado al hombre, sino por éste. La gula su pábulo; la soberbia su flama: las palabras torpes sus chispas; su humo es la infamia; su ceniza la inmundicia; y su paradero el infierno. San Agustín hace todas las siguientes reflexiones: la lujuria doma los leones, es decir, a las más grandes y nobles almas; sus combates son los más fuertes entre todos los del cristiano, en los cuales es continua la pelea y rara la victoria. El deshonesto vende al demonio, por un placer momentáneo, su alma que Cristo redimió coa su sangre. Lo que deleita pasa en un instante, y las penas del infierno durarán para siempre. La sensualidad es enemiga de Dios y de la virtud; todo lo pierde por el gusto de un momento; ciega a tal punto, que con una gota de deleite, no deja pensar en la eterna pobreza.

   San Ambrosio asegura que la lujuria es mal inquieto, que no deja dormir ni descansar: de noche se enciende, de día perturba, ciega la razón, rompe los negocios, atropella el consejo, enloquece los afectos, nada tiene, es insaciable y solo tiene término con la muerte. El fuerte Sansón sufrió al león pero no a su mala pasión; rompió las ligaduras, pero no sus inclinaciones; abrasó las mieses ajenas, pero no sus aficiones desordenadas.

   San Gregorio, Papa, escribe que la liviandad confunde y oscurece las buenas obras; ciega la mente y todo lo conculca. De la sugestión pasa a la detención; de ésta a la morosidad; de ésta a la delectación; de ésta al consentimiento; de éste a la operación; de ésta a la mala costumbre; de ésta a la desesperación; de ésta a la defensa del pecado; de ésta a gloriarse de su culpa; y de esto a la condenación eterna.

   El dulcísimo San Bernardo dice: La lujuria con cuatro vicios se fomenta: la gula en los regalados manjares; la vanidad en los preciosos vestidos; el gusto en la torpeza, y el ocio en la vida. Tiene dos inseparables amigos, la prosperidad y la abundancia: dos compañías: la pesadez para lo bueno, y la falsa seguridad en su confianza (Bern. Serm. 21). También observa el mismo santo Doctor, que ese vicio destruye al cuerpo, oscurece la vista, abrevia la vida, mancha la fama, mortifica al alma, turba la razón, ciega la mente, quita el sentido, destruye la hacienda, produce escándalos, destruye las amistades, quita la voz, degrada al cuerpo y al alma, destierra al hombre del paraíso, y lo sujeta a los demonios.

   Según San Lorenzo Justiniano, la impureza ocupa a todos y en todo tiempo: de noche y día trabaja sin cesar; no cede al tiempo ni al más santo lugar; nunca descansa ni deja descansar; jamás dice basta, como la boca del infierno; atropella con la prudencia; se introduce como el cáncer; se entraña como la polilla, y muerde como la culebra. El seráfico doctor san Buenaventura compara a la lujuria con el fuego, porque arde sin lucir; roe el corazon sin cesar, y exhala horrible hedor como azufre infernal. Santo Tomás de Villanueva hace notar que entre los avarientos, soberbios, envidiosos, iracundos y golosos, se hallan muchos piadosos y devotos, aunque pecadores; pero entre los deshonestos y torpes, no se halla vestigio de piedad ni de virtud; porque entran absortos y henchidos de su abominable pasión.

   Hugo Cardenal asegura que la torpeza no solo mancha al alma, sino que destruye al cuerpo, y afemina a los hombres con ignominia suya y los llena de inmundicia, hedor y corrupción. Contando en otra parte los estragos de este vicio, traza este cuadro exacto y vigoroso: “¿Quién podrá contar los males innumerables de la lujuria? Ella es la que destruyó a Pentápolis con la región adyacente; ella la que acabó con Sychem y con el pueblo; ella la que hirió a los hijos de Judá; ella la que atravesó con un puñal al judío y la madianita; ella la que borró la tribu de Benjamín por la mujer del levita; ella la que postró en la guerra a los hijos de Helí; la que dió muerte violenta a Amnon ; la que a muchos lapidó; la que a Urias inmoló, y a Rubén maldijo; a Sansón sedujo, y perdió a Salomón.”


“LA REINA DEL SIGLO ES LA SENSUALIDAD”

(Obra póstuma)


R. P. FRAY ANTONIO ARBIOL

miércoles, 18 de enero de 2017

De la lucha contra los enemigos espirituales (Parte II). De lucha contra la concupiscencia




2° LA CONCUPISCENCIA DE LOS OJOS (CURIOSIDAD Y AVARICIA)

   A) El mal. La concupiscencia de los ojos comprende dos cosas: la curiosidad malsana y el amor desordenado de los bienes de la tierra.

   a) La curiosidad de que decimos, es el deseo inmoderado de ver, de oír, de saber lo que pasa en el mundo, y las secretas intrigas que allá se enredan; no para sacar un provecho espiritual, sino para gozar de tan frívolo conocimiento. Extiéndese también a los tiempos pasados, cuando hojeamos las historias, no para tomar de ellas ejemplos y enseñanzas para la vida humana, sino para apacentar nuestra imaginación con asuntos placenteros. Comprende sobre todo las falsas ciencias adivinatorias, por las que intentamos conocer las cosas secretas o futuras, cuyo conocimiento ha reservado Dios para sí solo; “eso es entrometerse en los derechos de Dios, y acabar con la confianza con que nos debemos entregar a su divina voluntad” (Bossuet). Esta curiosidad llega hasta las ciencias verdaderas y útiles, cuando nos damos a ellas con exceso o a destiempo; hace que le sacrifiquemos muy grandes deberes, como acontece con los que leen toda clase de novelas, de comedias o dé poesías. “Porque todo eso no es sino intemperancia, enfermedad, desorden del espíritu, sequedad del corazón, desdichado cautiverio que nos quita la libertad de pensar en nosotros, y fuente de errores” (Bossuet).

   b) El segundo aspecto de esta concupiscencia es el amor desordenado del dinero; ya le consideremos como instrumento para adquirir otros bienes, por ejemplo, placeres u honra; ya nos aficionemos al dinero por él mismo, gozando en contemplarle, palparle y en tener con su posesión un seguro para el porvenir: ésta es la avaricia propiamente dicha. En el uno y en el otro caso, nos exponemos a cometer muchedumbre de pecados; porque el deseo inmoderado de las riquezas es fuente de muchos fraudes e injusticias.

B) Él remedio, a) Para combatir la vana curiosidad, hemos de traer presente que no merecen las cosas perecederas paremos en ellas la atención, nosotros que somos inmortales. Pasa la figura de este mundo, y sola una cosa permanece: Dios, y el cielo, que es la eterna posesión de Dios. No debemos interesarnos sino por las cosas eternas; porque nada es lo que no es eterno, quod aeternum non est, nihil est. Cierto que pueden y deben interesarnos los acontecimientos presentes y los de los siglos que fueron, pero solo en cuanto pueden ceder en gloria de Dios, o en provecho de la salvación de los hombres. AI crear Dios el mundo y todo cuanto en él existe, hízolo con un fin, que fué el de comunicar su vida divina a las criaturas inteligentes, a los Ángeles y a los hombres, y escoger de ellos para el cielo. Todo lo demás es cosa accesoria, y no hemos de estudiarlo sino como medio de llegar a Dios y al cielo.

   b) Por lo que toca al amor desordenado de los bienes de la tierra, hemos de tener presente que no son las riquezas un fin, sino un medio que nos da la Providencia para remediar nuestras necesidades; que Dios sigue siendo el Dueño soberano de todas ellas, y nosotros no somos sino los administradores, que hemos de rendir cuentas del uso que de ellas hiciéremos. Es, pues, de prudencia el separar una buena parte de lo que nos sobra, para emplearlo en limosnas y buenas obras, y así realizaremos la voluntad de Dios, que quiere que los ricos sean los mayordomos de los pobres, y colocaremos nuestros haberes en el Banco del cielo, donde nos rentará el ciento por uno al entrar en la eternidad: “Atesorad, nos dice Jesús, riquezas en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre las destruyen, ni los ladrones las socavan ni roban” (Mateo VI, 20). Y así despegaremos nuestro corazón de los bienes terrenales para levantarle a Dios. “porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Matero VI, 21). Busquemos, pues, primeramente el reino de Dios y la santidad, y todo lo demás se nos dará por añadidura. Para ser perfectos, es menester además practicar la pobreza evangélica: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mateo V, 2). Lo cual puede hacerse de tres maneras según las inclinaciones y posibilidades de cada cual: 1) vender todo cuanto se posee y darlo a los pobres. 2) ponerlo todo en común, como se usa en algunas congregaciones; 3) guardar la posesión y ceder el uso, no disponiendo de cosa alguna, si no fuere según el consejo de un prudente director.

   Sea como fuere, es menester que el corazón se halle despegado de las riquezas para que pueda volar a Dios. Así nos lo recomienda Bossuet: “¡Bienaventurados los que, recogidos humildemente en la casa del Señor, se deleitan con la desnudez de sus estrechas celdas, y el pobre menaje de que han menester en esta vida, que no es sino una sombra de la muerte, para no contemplar sino su flaqueza y el pesado yugo que sobre ellos puso el pecado! ¡Bienaventuradas las Vírgenes sagradas, que no quieren ser por más tiempo el espectáculo del mundo, y que quisieran esconderse de sí mismas bajo el velo que las cubre! ¡Bienaventurado el dulce pacto que hicieron con sus ojos, para no ver las vanidades, y poder decir con David: Aparta mis ojos para que no las vea! ¡Bienaventurados los que, viviendo en medio del mundo según su estado..., no se manchan con él, y pasan por medio de él sin apegarse a cosa alguna..., y dicen, como Ester decía de su diadema: “Ya sabéis, Señor, que desprecio esa señal de soberbia, y todo cuanto pueda servir para la gloria de los impíos; y que vuestra sierva no se ha gozado sino solo en vos, oh Dios de Israel ”!


“COMPENDIO DE TEOLOGÍA ASCÉTICA Y MÍSTICA”


Adolphe Tanquerey

lunes, 16 de enero de 2017

LA FASE MODERNA por Hilaire Belloc




    Nos acercamos ahora al más grande de todos los momentos.

   La Fe está ahora en presencia, no de una herejía particular como en el pasado —la arriana, la maniqueísta, la albigense, la mahometana—, ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada, como cuando tuvo que hacer frente a la revolución protestante de hace unos trescientos o cuatrocientos años. El enemigo que la Fe tiene que enfrentar ahora, y que puede llamarse “el ataque moderno”, es un asalto en masa contra los fundamentos de la Fe, contra la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza contra nosotros está cada vez más consciente del hecho de que no puede haber cuestión de neutralidad. Las fuerzas actualmente opuestas a la Fe se proponen destruir. La batalla se libra en adelante en una línea definida de ruptura, y resultará en la supervivencia o la destrucción de la Iglesia católica. Y de toda su filosofía, no de una parte de ella.

   Sabemos, por supuesto, que la Iglesia católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la extensión de la zona en la cual sobrevivirá; su poder de resurgimiento ni el poder del enemigo de hundirla cada vez más hasta sus últimas defensas, hasta que pueda parecer que ha llegado el Anticristo y que está por producirse la decisión final. Tal es la importancia de la lucha ante la cual se ve el mundo…



“LAS GRANDES HEREJÍAS”

domingo, 15 de enero de 2017

¿ES SIEMPRE NECESARIO CONFESARSE ANTES DE COMULGAR?




Discípulo. —Dígame, Padre, ¿es siempre necesario confesarse antes de comulgar?
Maestro.Para el que está en pecado mortal, claro que es siempre necesario la confesión.

D. —Y si hoy, por ejemplo, no tengo tiempo, o no puedo confesarme, y me hago esta cuenta: “mañana me confesaré, mientras tanto hoy comulgo”, ¿hago mal?

M.Si sabes que estás en pecado mortal, cometes sacrilegio.

D. —Entonces, ¿no hay excepciones o razones que valgan?

M. —No; ni razones, ni pretextos, ni excusas. Si uno no puede o no quiere confesarse, que no comulgue tampoco. Si no comulga ningún mal hace; pero, comulgando en pecado, cometerá siempre un sacrilegio. Terminantemente lo asegura Santo Tomás, y San Pablo antes que él, en nombre de la Iglesia: Examínese a sí mismo el hombre... Antes de comulgar, cada uno entre en su conciencia y vea si es cómplice de pecado mortal; estando así que no comulgue, porque lo haría indignamente, y comería su misma condenación.

D. —Entonces, Padre, ¿no es suficiente arrepentirse de los pecados y proponer la enmienda? ¿Se requiere también la confesión?

M.Sí, por cierto, es necesaria también en este caso la confesión, porque, para comulgar, el alma debe estar en gracia, esto es, sin pecado, y sin confesarse no desaparece el pecado.  ¿Qué te diría el rey si te presentases ante él con las manos sucias, diciéndole?: Dispense, Majestad, después me lavaré

D — Me echaría de su presencia.

M. — ¿Y quieres que Dios proceda de distinta manera? Sería burlarte de Él y despreciarle.

D. —Pero Dios mira el interior y lee en la conciencia, conoce el pensamiento y las intenciones.

M. —Así es, pero esto no impide que se le falte al respeto y se le afrente. Acuérdate de aquel invitado que no llevaba el traje de boda. Además, si la Iglesia, con sus doctores, con sus Concilios y en la persona del Papa, lo manda así, ¿por qué tú o los demás habéis de corregir, cambiar o tergiversar las cosas? La Iglesia es maestra única en asuntos de religión y de Sacramentos.

D. —Por lo que a mí toca, estoy completamente de acuerdo; pero es que hay otros que razonan así y quisieran que así fueran las cosas.
M.Estos tales razonan mal, por ignorancia, o por maldad, o por capricho. El que se confiesa se limpia, y el que no se confiesa, no se limpia, y hemos acabado.

Cuenta la Historia Sagrada que Naamán, de Siria, generalísimo del rey, herido de sucia lepra, habiendo oído hablar del profeta Eliseo, que curaba milagrosamente, por virtud de Dios, toda dolencia, fué a visitarle.

El profeta le mandó se levara siete veces en el río Jordán; pero él, llevando a mal el consejo, insistió al profeta:

— ¿Para qué —le dijo—acaso no hay en Siria ríos más caudalosos que el Jordán? Y además, ¿para qué siete veces y no menos? Vámonos, vámonos, yo no hago caso.

Los del séquito procuraban convencerle, y le decían:

—Mi general, el remedio no puede ser más sencillo, y puede facilitar la curación; además, poco cuesta. Pruebe, pues.

Naamán condescendió ante estas reflexiones, hizo la prueba lavándose siete veces, y quedó completamente limpio, completamente sano. Si se hubiera cerrado en sus trece le hubiera resultado peor.

Así sucede también en nuestro caso: figura del pecado es la lepra; el mandato preciso que Jesucristo nos da es de lavarnos con la confesión; quien se sujeta y obedece, éste queda limpio y preparado para comulgar; el que no obedece, no queda limpio, y, por tanto, es indigno de comulgar.

D.¿Y si el confesor negara la absolución?

M. —Cuando, por motivos especiales, niega la absolución el confesor, no se puede ir a comulgar.

D. — ¿Ni siquiera en espera de encontrar otro confesor más indulgente que absuelva?

M. —Ni siquiera así.

D.¿Y en caso de que el confesor dé la absolución, pero no permita comulgar?
M. —Es muy posible que el confesor, a veces, siempre desde luego con justa razón, proceda de esta manera, y diga al penitente: Te absuelvo de tus pecados, pero hasta nuevo aviso no te permito comulgar. Pues bien, en este caso se debe obedecer al confesor y quedarse sin comulgar, sin discutir ni alegar razones. El confesor es juez responsable de los Sacramentos, nunca el penitente.

D. — ¿Y si se trata de dos que van a contraer matrimonio?

M.Tampoco en este caso pueden comulgar si el confesor se lo prohíbe.

D. –– ¿Y en peligro de muerte?

M. –– En peligro de muerte tampoco se puede comulgar si antes no se confiesa, pudiendo. El ejemplo del rey Saúl servirá de tremenda lección.

D. —Cuéntelo, Padre.

M.Saúl tenía orden del profeta Samuel de no ofrecer sacrificio hasta que él llegara. Pero, soberbio y lleno de orgullo, cansado Saúl de esperar, y para calmar la impaciencia del pueblo, dijo:

— ¿Qué importa? Yo mismo ofreceré el sacrificio. ¿Para qué soy rey?

Y dicho esto, ofreció el sacrificio cuando de repente llega el profeta, que afeándole la acción, le dijo:

—Precisamente por haber desobedecido y por tu atrevimiento, hoy mismo serás castigado por Dios, quien te borra de la lista de sus reyes y pasa tu reino a otro más digno que tú.

Así sucedió.

D. —Por tanto, el que se atreve a comulgar contraviniendo el mandato del confesor, ¿será un abusivo y un sacrílego reprobado por Dios?

M.Sí, por cierto; cualquiera que sea el que a esto se atreva.


Pbro. Luis José Chiavarino


COMULGAD BIEN

ELECCIÓN IMPORTANTE (el confesor)




Discípulo. — Padre, estoy maravillado de tantas lindas cosas como hasta aquí las he leído sobre la confesión, pero, si le he de ser sincero, por mi parte, aun cuando son ya varios años que me confieso con frecuencia, no he notado en mí ninguno de esos admirables y extraordinarios efectos.

Maestro. — Pues bien, ¿sabes por qué? Porque en esto, como en cualquier otra cosa, hay modos y modos de hacerlas, es decir, que no basta confesarse con frecuencia de cualquier modo y con cualquier confesor, sino que es preciso confesarse siempre humilde y devotamente y con un padre que lo sea de verdad, comportándose con él y confiándote absolutamente, como verdadero hijo.

D. —De consiguiente, ¿es cosa importante fijarse mucho en la elección de un buen confesor?

M. — Es asunto importantísimo... Al modo que para las cosas de interés escogemos la persona de nuestra mayor confianza, así debemos proceder en la elección del confesor a quien debemos confiarle la santificación y la salvación de nuestra alma, por cierto, negocio el más importante de todos.

   Don Bosco refiere de sí mismo la dicha incomparable que tuvo de jovencito, en haber encontrado en Don Calosso su primer Director espiritual, y en sus Recuerdos escribe: “Cualquier palabra, cualquier pensamiento, cualquiera acción le era manifestada cuanto antes... En esta forma podía él dirigirme con fundamento tanto en lo espiritual como en lo temporal: y ahora reconozco lo que significa un guía estable, un fiel amigo del alma”.

D. — Padre, ¿obran mal los que van buscando confesor indulgente que siempre fácilmente los absuelva?

M. — Obran muy mal. Los tales hacen peor que los enfermos que buscan un médico indulgente o por mejor decir cruel, que los engañe. ¿Recuerdas el caso de aquel condenado que iba por el infierno gritando?: “Estoy condenado por no haber abandonado la ocasión de mis pecados, y éste que me lleva sobre sus espaldas es mi confesor, que me absolvía, aunque yo era indigno de ella.”
D. — Muy bien lo recuerdo. ¿Con eso quiere decirme que no se puede cambiar de confesor?

M. — Por más que sea cosa óptima y muy de aconsejar el tener un confesor fijo, sin embargo debes saber:

1) Que es conveniente confesarse con otro confesor siempre que las circunstancias lo exijan, para no perder ni siquiera una absolución, por no poder acudir al propio confesor.

2) Que conviene cambiar, alguna vez en ocasión de ejercicios espirituales, misiones y otras semejantes.

3) Que se debe cambiar de confesor siempre que Jesús nos dé a entender ser ése su beneplácito.

4) Vale más cambiar cien veces de confesor, antes que por miedo, o por vergüenza, o por cualquier otro motivo, cometer un sacrilegio.

sábado, 14 de enero de 2017

Del negocio de la salvación eterna. San Alfonso María de Ligorio.




   El asunto de nuestra eterna salvación, no sólo es el más importante sino el único que debe ocuparnos, porque si lo descuidamos, lo perdemos todo. Un pensamiento sobre la eternidad bien meditado puede bastar para hacer a un santo. El P. Vicente Caraffa, gran siervo de Dios, decía que, si todos los hombres pensasen con fe viva en la eternidad de la vida futura, la tierra quedaría hecha un desierto, porque nadie se ocuparía de los negocios de la vida presente.

   ¡Oh! si tuviésemos constantemente ante los ojos esta gran máxima que nos inculca: ¿Que aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? (San Mateo XVI, 26) ¡A cuántos hombres no ha llevado esta máxima a renunciar al mundo! ¡A cuántos anacoretas a vivir en los yermos! ¡Y a cuántos mártires a sacrificar sus vidas por la fe! ¡A cuántas ilustres vírgenes, muchas de ellas de regia estirpe, no ha encerrado en los claustros! Todos pensaron que si perdían sus almas, las cosas del mundo no les servirían para nada en la eternidad.

   El Apóstol escribía a sus discípulos diciéndoles: Mas os rogamos, hermanos... que atendáis a vuestro negocio (2 de Tesalonicenses. IV, 10) ¿Pero de qué negocio hablaba San Pablo? Hablaba de aquél que es de tanta importancia, que si no lo acertamos, perdemos el reino eterno del paraíso, y caemos para siempre en un abismo de eternos sufrimientos. Se trata de la pérdida del reino celestial y de suplicios mortales, dice San Juan Crisóstomo.

   Tenía pues, razón San Felipe Neri en llamar insensatos a los que no pensaban en esta vida más que en atesorar riquezas y amontonar honores, sin dedicarse a la salvación de sus almas. El venerable Juan de Ávila decía, que tales hombres merecerían ser encerrados en una jaula de locos. ¿Cómo? quería decir el gran siervo de Dios. ¿Creéis que hay una eternidad de gozos para el que ama a Dios, y una eternidad de penas para los que le ofenden, y le ofendéis?

   La pérdida de los efectos, de la salud, de los parientes, de la reputación y hasta de la vida, puede repararse en este mundo, a lo menos con una buena muerte y con la adquisición de la vida eterna, como han hecho los mártires. ¿Pero con qué bienes, con qué tesoros, por inmensos que sean, se puede redimir el alma? (San Mateo XVI, 26).

   El que muere sin gracia de Dios y pierde su alma, pierde con ella toda esperanza de poner remedio a su daño (Proverbios XI, 7). ¡Oh Jesús mío! Aun cuando el dogma de la vida eterna no fuese más que una opinión de los sabios, deberíamos con todo poner todo nuestro afán en conseguir la eterna felicidad, y en evitar la eterna desdicha; pero no, no es una cosa dudosa, es una verdad cierta y de fe, que una u otra de las dos eternidades nos ha de caber.

   Pero, ¡oh increíble fenómeno! La mayor parte de los que viven en la fe y me litan esta grande verdad, dicen: Es cierto, debemos pensar en salvarnos; pero apenas hay uno que se ocupe de veras en este negocio. Para ganar un litigio, para Atener un destino, se pone la mayor atención, y el negocio de la salvación eterna se deja a un lado. Error mayor que todos los errores, dice San Euquerio, porque si se pierde el alma, es un error irremediable.

   ¡Oh si tuvieran sabiduría inteligencia y previesen las postrimerías! (Deut. XXXII, 29). ¡Infelices de aquellos sabios versados en todas las ciencias, pero que no saben mirar por su alma para obtener una sentencia favorable en el día del juicio!


   ¡Oh Redentor mío, vos habéis derramado vuestra sangre para redimir mi alma, y yo la he perdido tantas veces, y la he vuelto a perder! Os doy gracias por haberme concedido tiempo para recobrarla, recobrando vuestra gracia. ¡Oh Dios mío! ¡Por qué no he muerto antes de llegar a ofenderos! Consuela la idea de que vos no rechazaréis los corazones que se humillan y se arrepienten de sus pecados. ¡Oh Virgen maría! refugio de pecadores, socorred a un pecador que se recomienda a vos, y en vos confía.

viernes, 13 de enero de 2017

ATAQUES DEL DEMONIO AL PADRE PÍO.




El primer ataque del demonio.

   Una de las características más especiales de la agitada vida del Padre Pío serán los terribles ataques del demonio. Ya en sus tiempos de seminarista sintió el primero y bastante asustador. Lo cuenta él de la siguiente manera:

   “Era el año 1905. Estaba en el convento de San Elias. Una noche de gran calor no lograba dormir porque en la habitación siguiente a la mía hacían un espantoso ruido como corriendo muebles y armarios de un sitio a otro. Al fin me asomé a la ventana para saber de qué se trataba y vi venirse contra mí un perrazo negro monstruoso, de cabeza enorme y de ojos brillantes como dos llamaradas. Ante que yo pudiera dar un grito de horror se lanzó contra mí pero cayó hacia  abajo, sobre techo de la leña a cuatro metros de profundidad. Yo, lleno de pavor, caí de rodillas junto a mi lecho invocando la protección de Dios, de la Santísima Virgen, de San Francisco, de mi Ángel de la Guarde y de los Santos de mi devoción. Al día siguiente averigüé quién había dormido en la habitación contigua a la mía y me dijeron que allí no había habitado nadie durante el último mes”.

   Ya veremos otras intervenciones diabólicas muchísimo más terribles contra este santo religioso que tantas, tantísimas almas le arrebató al espíritu infernal.

PADRE PÍO (San Pío de Pietrelcina)


Padre Eliécer Sálesman

jueves, 12 de enero de 2017

El Enemigo se Halla en Todas Partes – Pío XII.




¡Oh! No preguntéis cuál es el “enemigo”, ni qué vestidos lleva. Este se encuentra por todas partes y en medio de todos. Sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos ha intentado llevar a cabo la disgregación intelectual, moral, social de la unidad del organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” que cada vez se ha hecho más concreto con una despreocupación que nos deja todavía atónitos: CRISTO, Sí; IGLESIA, NO. DESPUES: DIOS, SÍ; CRISTO, NO. FINALMENTE, EL GRITO IMPIO: DIOS HA MUERTO; MAS AUN: DIOS NO HA EXISTIDO JAMAS. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como a principales responsables de la amenaza que gravita sobre la humanidad: UNA ECONOMIA SIN DIOS, UNA POLITICA SIN DIOS. El “enemigo” se ha empeñado y se empeña en que CRISTO SEA UN EXTRAÑO EN LA UNIVERSIDAD, EN LA ECUELA, EN LA FAMILIA, EN LA ADMINISTRACION DE LA JUSTICIA, EN LA ACTIVIDAD LEGISLATIVA, EN LA INTELIGENCIA ENTRE LOS PUEBLOS, ALLI DONDE SE DETERMINA LA PAZ O LA GUERRA”.

(Pío XII a los Hombres de la Ac. Cat. Ital. El 12-X-1952).


miércoles, 11 de enero de 2017

Como fue hallada la verdadera Cruz de Cristo



Santa Elena y su hijo el Emperador Constantino



   Santa Elena, madre del Emperador Constantino, visitó los lugares santos hacia el año 326, aunque entonces tuviera la edad de más de ochenta años. Al llegar a Jerusalén, se sintió animada de un deseo ardiente de hallar la cruz en que Jesucristo habla sufrido. Los paganos, en odio al cristianismo, lo habían puesto todo en obra para hacer olvidar el lugar en donde el cuerpo del Salvador bahía sido enterrado. No contentos de haber reunido en él una gran cantidad de piedras y de escombros, habían también edificado en el mismo paraje un templo de Venus, profanando así el lugar en donde se había cumplido el misterio de la redención, y levantando en él una estatua de Júpiter. Elena, resuelta a no omitir nada para obtener su piadoso designio, consultó a los habitantes de Jerusalén y a todas las personas que sobre esto le podían dar alguna luz. Se le contestó que si podía descubrir el sepulcro de Jesucristo, sin duda hallaría también los instrumentos de su suplicio. La piadosa emperatriz hizo desde luego destruir el templo y echar por tierra la estatua de Venus, así como la de Júpiter. Se limpió el lugar y se empezó a cavar. Finalmente se halló el santo sepulcro; había en él tres cruces con tres clavos que habían atravesado los pies y las manos del Salvador, y el título que había sido puesto en lo alto de la cruz; mas no se sabía cómo distinguirlas, estando separado el título sin unión con alguna de las tres. En este embarazo, San Macario, Obispo de Jerusalén, tomó el partido de hacer llevar las tres cruces a casa de una señora de calidad que estaba en el último trance; y habiéndose dirigido a Dios por medio de una fervorosa oración, aplicó separadamente las tres cruces sobre la enferma, la cual, no habiendo sentido efecto alguno en la aplicación de las dos primeras, se halló perfectamente sana luego que hubo sido tocada por la tercera. Santa Elena manifestó el gozo más vivo en ocasión de este milagro, que hacía conocer la verdadera cruz. Fundó una iglesia en el lugar donde la babia hallado, y la depositó en ella con gran veneración, después de haberla hecho encerrar en un relicario muy rico.

   Estando el emperador Constantino a punto de entrar en batalla coa Majencio, rogó con instancia al Señor que le fuera favorable, cuando observó un poco después de mediodía sobre el sol una cruz resplandeciente con esta inscripción: “Vencerás por esta señal.” La noche siguiente se le apareció Jesucristo con la misma señal, y le mandó que hiciera una imagen de ella y que la llevara en los combates. Alentado el emperador con esta visión milagrosa, mandó hacer esta imagen, escogió cincuenta hombres de los más piadosos de sus guardias para llevarla a su turno en los combates, y ganó la victoria y el imperio. Se erigió en Roma un monumento en que Constantino estaba representado teniendo una larga cruz en la mano en lugar de lanza, con esta inscripción: “Por esta señal saludable he libertado la ciudad del tirano, y he restablecido el Senado y el pueblo.”

“José Vicente Álvarez de Alonso”

Aprender a Persignarte, a Santiguarte y su significado




LA SEÑAL DE LA CRUZ.
Insignia y señal del cristiano

   La insignia y señal del cristiano es la santa cruz, porque en ella nos redimió Nuestro Señor Jesucristo; esta insignia es de dos maneras: una interior y otra exterior. La interior es la caridad, y la exterior la santa cruz; de suerte que el persignarse los cristianos tan frecuentemente con la señal de la santa cruz significa, o equivale, a confesarse y tenerse por fieles soldados de Cristo.

   Es tan antigua la santa y loable costumbre de persignarse los cristianos, que tiene su origen en el principio de la Iglesia. Es de institución apostólica: en efecto, los Apóstoles, que estaban revestidos de la autoridad de Jesucristo, enseñaron a los primeros discípulos del Evangelio esta práctica religiosa.

   La santa cruz es como la insignia y divisa de nuestro gran Rey Jesucristo y con ella nos distinguimos los cristianos de todos los infieles y demás enemigos de la fe católica. Los emperadores romanos tenían por señal o divisa una águila : los reyes de Francia, la flor de lis: los de España tienen unos leones y castillos: los mexicanos tienen el pabellón tricolor, en el que está representada la religión por el color blanco, la unión en el verde y la independencia por el encarnado: teniendo en el centro una águila sobre un nopal, naciendo éste de una pena rodeada de agua y en actitud de destrozar una víbora con el pico y las garras ; todo es lo tiene su significado; pues bien, con estas insignias se distinguen unas naciones de otras, así como también sus navíos, ejércitos, etc.

   De la misma manera hemos de hacer los cristianos con la santa cruz, insignia o señal de Jesucristo, esto es, nos hemos de adornar con ella para distinguirnos de los que no pertenecen a nuestra santa fe.
   Los reyes y grandes del mundo acostumbran tomar por divisa, o armas, las cosas con que lucieron una grande hazaña o las que la significan; de suerte que el escudo, o armas, son un jeroglífico de una grande obra. Y como Jesucristo por medio de la santa cruz triunfó del infierno y de la muerte, redimiéndonos en ella de la esclavitud del demonio y del pecado, está muy puesto en razón que la cruz sea el escudo, o las armas de Cristo y de todo cristiano.

   Hijos del polvo, la señal de la cruz es una señal divina que nos ennoblece.

   Ignorantes, la señal de la cruz es un libro que nos instruye.

   Pobres, la señal de la cruz es un tesoro que nos enriquece.

   Soldados, la señal de la cruz es una arma que disipa al enemigo.

   Viajeros para el cielo, la señal de la cruz es un guía que nos conduce.

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Se usa de esta señal de dos maneras: signándose y santiguándose.

   Signarse es hacer tres cruces en la frente, en la boca y en el pecho.

   Santiguarse es hacer una cruz larga de la frente al estómago y del nacimiento del hombro izquierdo al nacimiento del hombro derecho.
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Para persignarse (signarse)

martes, 10 de enero de 2017

Estudio teológico sobre las “Revelaciones Privadas” (Parte III y final) Es sumamente importante su lectura para no llamarse a engaños.




Conclusión: cómo nos hemos de haber con respecto a las revelaciones privadas.

   a) Lo mejor que podemos hacer es imitar la prudente reserva de la Iglesia y de los Santos. La Iglesia no admite revelación alguna, si no ha sido muy comprobada y debidamente, y, aun así, nunca obliga a los fieles a la fe en ellas. Además, cuando se trata de la institución de alguna festividad o de alguna fundación externa, espera muchos años antes de pronunciar fallo definitivo, y no se decide a ello, sino después de haber examinado maduramente la cosa en sí y en sus relaciones con el Dogma y la Liturgia.

   Así la Beata Juliana de Lieja, escogida por Dios para hacer que se instituyera la fiesta del Santísimo Sacramento, no sometió su proyecto a los teólogos sino veintidós años después de sus primeras visiones; y no, sino luego que pasaron diez y seis, instituyó la fiesta en su diócesis el obispo de Lieja, y, hasta los seis años de la muerte de la Beata, no instituyó el papa Urbano IV la festividad para toda la Iglesia (1264). Asimismo la fiesta del Sagrado Corazón no fué aprobada sino mucho tiempo después de las revelaciones hechas a Santa Margarita María, y por razones independientes de las revelaciones.

   Lección es ésta de la que podemos sacar mucho provecho.

   b) No habremos, pues, de pronunciarnos con certeza acerca de la existencia de una revelación privada, sino cuando tengamos pruebas convincentes de ella: las tan acertadamente indicadas por Benedicto XIV en su libro de la Canonización de los Santos. De ordinario no habremos de contentarnos con sola una prueba, sino que exigiremos muchas; y luego habremos de ver si son cumulativas o convergentes, y si mutuamente se confirman. Cuantas más sean, tanto mayor será la seguridad.

   c) Cuando un director recibiere noticia acerca de revelaciones, se guardará mucho de manifestar admiración de ello; porque esto animaría a los videntes a tener por verdaderas las dichas visiones, y quizá a tener soberbia por ellas. Se ha de dar a entender, por el contrario, que son cosas mucho menos importantes que el ejercicio de las virtudes; que es muy fácil padecer ilusión; que no se han de fiar de ellas, y, en los comienzos, las deben rechazar más bien que hacer caso de ellas.

   Ésa es la regla que dan los Santos. Véase lo que escribe Santa Teresa en “Castillo, moradas sextas, cap. III, n. 3”: “A enfermas y a sanas, siempre de estas cosas hay que temer, hasta ir entendiendo el espíritu. Y digo que siempre es mejor a los principios deshacérsele: porque si es de Dios, es más ayuda para ir adelante, y antes crece cuando es probado. Esto es así, mas no sea apretando mucho el alma e inquietándola, porque verdaderamente ella no puede más”. San Juan de la Cruz es aún más duro; después de indicar los seis inconvenientes que hay para admitir las visiones, añade: “El demonio gusta mucho cuando un alma quisiere admitir revelaciones, y la ve inclinada a ellas, porque tiene él entonces mucha ocasión y mano para ingerir errores y derogar en lo que pudiere a la Fe; porque grande rudeza se pone en el alma que las quiere, acerca de ella, y aun a veces hartas tentaciones e impertinencias” (Subida del Monte Carmelo, 1. II, cap. X; merece leerse todo el capítulo.)

   d) Sin embargo debe tratar el director con dulzura a las personas a quienes pareciere tener revelaciones; así les ganará la confianza, y podrá averiguar mejor los pormenores con los cuales, después de madura reflexión, podrá emitir juicio.
Si padecieren ilusión, tendrá mayor autoridad para hacérselo ver y traerlos a la verdad. Tal es el consejo que da S. Juan de la Cruz, tan severo por lo demás para con las visiones: “No porque habernos puesto tanto rigor en que las tales cosas se desechen, y que no pongan los confesores a las almas en el lenguaje de ellas, convendrá que les muestren desabrimiento los padres espirituales acerca de ellas, ni de tal manera las hagan desvíos y desprecio de ellas, que les den ocasión a que se encojan y no se atrevan a manifestarlas, y que sean ocasión de dar en muchos inconvenientes, si le cerrasen la puerta para decirlas”. (Subida del Monte Carmelo, 1. II, cap. XX.)

   e) Cuando se tratare de alguna institución o fundación externa, se guardará mucho el director de dar ánimos sin haber antes examinado cuidadosamente las razones en pro y en contra a la luz de la prudencia sobrenatural.

   Así lo hicieron los Santos: Santa Teresa, que tuvo tantas revelaciones, nunca quiso que sus directores se movieran a decidir solamente por las visiones que ella recibía. Por eso, cuando Nuestro Señor le reveló que fundara el monasterio reformado de Ávila, sometió humildemente sus intentos a su director, y, como éste dudara, tomó parecer a S. Pedro de Alcántara, a S. Francisco de Borja y a S. Luis Beltrán.

   Por lo que toca a los mismos videntes, no han de seguir éstos sino una sola regla, y es declarar sus revelaciones a un sabio director, y seguir en todo lo que les dijere; éste es el medio más seguro de no engañarse.

“COMPENDIO DE TEOLOGÍA ASCÉTICA Y MÍSTICA”


ADOLPHE TANQUEREY
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