lunes, 23 de abril de 2018

Modestia de los ojos – Por San Alfonso María de Ligorio.








   “Aparta los ojos para que no contemplen la vanidad; (Salmo 119: 37)” “las miradas licenciosas son causa que las almas perezcan”. San Poemen de Egipto.

   Casi todas nuestras pasiones rebeldes surgen de miradas descuidadas; porque, en términos generales, es a través de la vista que todos los afectos y deseos desordenados son excitados.  Por lo tanto, el santo Job hizo un pacto con sus ojos, que ni siquiera pensaría en una virgen.  ¿Por qué dijo él que ni siquiera pensaría en una virgen? ¿No debería haber dicho que hizo un pacto con sus ojos para no mirar a una virgen? No; muy propiamente dijo que no pensaría en una virgen; porque los pensamientos están tan conectados con las miradas, que los primeros no pueden separarse de los segundos, y por lo tanto, para escapar del abuso de las imaginaciones malvadas, resolvió nunca fijar sus ojos en una mujer.

   San Agustín dice: “El pensamiento sigue la mirada, el deleite viene después del pensamiento y el consentimiento después del deleite”. De la mirada procede el pensamiento; desde el pensamiento el deseo; porque, como dice San Francisco de Sales, lo que no se ve no es deseado, y el deseo tiene éxito en el consentimiento.  Si Eva no hubiera mirado la manzana prohibida, no debería haberse caído; pero como vio que era bueno para comer, y bello para los ojos, y bello de contemplar, tomó de su fruto y comió.

   El diablo primero nos tienta a mirar, luego a desear, y luego a consentir.

   San Jerónimo dice que Satanás requiere “solo un comienzo de nuestra parte”. Si comenzamos, él completará nuestra destrucción.

   Una mirada deliberada a una persona de diferente sexo a menudo enciende una chispa infernal que consume el alma. “A través de los ojos”, dice San Bernardo, “entran las flechas mortales del amor”. El primer dardo que hiere y roba frecuentemente a las almas de vida castas encuentra su admisión a través de los ojos. Por ellos, David, el amado de Dios, cayó. Por ellos fue Salomón, una vez inspirado por el Espíritu Santo, atraído hacia las más grandes abominaciones. ¡Oh! ¡Cuántos se pierden al complacer su vista!

   Los ojos deben ser cuidadosamente guardados por todos los que esperan no ser obligados a unirse al lamento de Jeremías: “Mi ojo ha malgastado mi alma”. Por la introducción de afectos pecaminosos, mis ojos han destruido mi alma. Por lo tanto, San Gregorio dice que “los ojos, porque nos atraen al pecado, deben estar reprimidos”.  Si no se restringen, se convertirán en instrumentos del infierno, para obligar al alma a pecar casi en contra de su voluntad.  “El que mira un objeto peligroso”, continúa el santo, “comienza a querer lo que no quiere”. Fue esto lo que el escritor inspirado quiso expresar cuando dijo de Holofernes, que la belleza de Judith hizo cautivo a su alma.

   Séneca dice que “la ceguera es parte de la inocencia”. Y Tertuliano relata que cierto filósofo pagano, para liberarse de la impureza, se arrancó los ojos. Tal acto sería ilegal en nosotros: pero el que desea preservar la castidad debe evitar la vista de objetos que puedan excitar pensamientos impuros. “No miren”, dice el Espíritu Santo, “sobre la belleza de los demás... Por la presente, la lujuria se enciende como un fuego”. No mires a la belleza de otro; porque de miradas surgen las imaginaciones malignas, por las cuales se enciende un fuego impuro.

   De ahí que San Francisco de Sales solía decir que “los que desean excluir a un enemigo de la ciudad deben mantener las puertas cerradas”.

domingo, 22 de abril de 2018

POR UN POCO... (III PASCUA)





   Muchas cosas en esta vida son cuestión de un poco más o de un poco menos. Los célebres pequeños márgenes: por poco se mata el otro en aquella curva, pero no se mató; por poco acertamos con los catorce resultados de la quiniela, pero no acertamos más que trece; un poco más, un esfuerzo más, y sacamos las oposiciones y, con ellas, un buen puesto para toda la vida; un poco de coba, y tal vez nos suben el sueldo; un poco olvidarnos del séptimo mandamiento, y hacemos un negocio imponente; un poco de seguir el régimen, y quizá nos curamos radicalmente.

   Muchas veces ese poco es una cosa muy importante que puede o podría haber cambiado el signo de nuestra vida. Y ahora nos preguntamos: ¿No habrá también un “poco” de esos para conseguir la vida eterna? Pues sí, lo hay. Lo dice Cristo en el Evangelio:

   En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Todavía un poco y ya no me veréis, y todavía otro poco y me veréis. Dijéronse entonces algunos de los discípulos: ¿Qué es esto que nos dice: todavía un poco y no me veréis, y todavía otro poco y me veréis? Y porque voy al Padre. Decían, pues: ¿Qué es esto que dice un poco? No sabemos lo que dice. Conoció Jesús que querían preguntarle, y les dijo: ¿De esto inquirís entre vosotros porque os he dicho: todavía un poco y no me veréis, y todavía otro poco y me veréis? En verdad, en verdad os digo, que lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará; vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando está de parto, siente tristeza porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de su tribulación, por el gozo que tiene de que ha nacido un hombre en el mundo. Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza; pero de nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría.

   Aquí tenemos el “poco” de Cristo: un poco de aguantar en esta vida y luego la vida eterna en premio para vosotros.

   Pero este poco es lo que nos cuesta. No sabemos jugar a la lotería con Dios; no sabemos hacer quinielas para la vida eterna. No sabemos adelantar ese pequeño precio que Dios nos exige de sacrificio, de rectitud, para cobrar después la felicidad interminable.

   Pero con una diferencia esencial: que aquí pagamos por la lotería o las quinielas, y luego nos toca o no nos toca; lo más probable es que no nos toque; y, entonces, dinero perdido. Con la vida eterna no es así: si nosotros pagamos en esta vida este precio de rectitud y buena conciencia, nos toca, seguro; es como si supiéramos de antemano el número del gordo y los resultados de los partidos del domingo.

   Pero ni por esas. Viene Cristo, y luego los apóstoles, y luego los predicadores, ofreciendo entradas para la felicidad eterna..., y nada.

   Va Cristo a casa de un industrial. Toca a la puerta, sale el dueño, y Cristo le dice: —Mire usted: vendo billetes para la vida eterna. Premio seguro. Un poco de ser recto en esta vida, y ya está. — El industrial le da buenas palabras: —Mire usted, Señor: tal vez en otra ocasión...; es que ahora tengo otro asuntillo urgente entre manos; mire: se trata de otro “poco” también. Mire usted, Jesucristo: un poco que gaste en propinitas con este, ese y aquel, y me va a venir a las manos un negocio redondo de maquinaria, algo para hincharse; podremos venderla al precio que nos dé la gana..., y sólo con un poco que ahora sepa uno aflojar... Ya comprenderá usted, Señor Jesucristo, que ahora no puedo hacerme cargo de su oferta; es que este asunto mío es muy bueno y, claro, uno no puede tomar lo de aquí y lo suyo a la vez...; son incompatibles, usted mismo lo ha dicho en alguna ocasión. Ya me entiende usted, Jesucristo; usted obra con rectitud, y yo, en este asunto mío, tengo que practicar algún pequeño soborno, algún suave enjuague...; ahora no puede ser lo suyo..., pero, ¡entendámonos!, tomo nota de su oferta y quién sabe si más tarde..., un poco de rectitud, y la vida eterna, ¡eso es! Tal vez le cueste encontrar accionistas para ese plan, pero ¿quién sabe? No hay que desanimarse... Hasta otra ocasión, Señor Jesucristo.

sábado, 21 de abril de 2018

Qué cosa es tribulación; y cómo se divide en temporal y eterna. – Por el P. PEDRO DE RIVADENEIRA. S. J.





   Cualquiera de nuestros sentidos y potencias se deleita con su objeto propio y proporcionado, y se entristece cuando el objeto le es contrario y desconveniente. El ojo naturalmente se alegra con la vista de cosas lindas, y el oído con la música concertada, y el gusto con los manjares sabrosos, y el olfato con los olores suaves; y al contrario, reciben pena estos sentidos cuando lo que se ve es triste, y lo que se gusta es desabrido, y lo que se oye y se huele es desagradable e insuave. Lo mismo podemos decir en los demás sentidos y potencias interiores y exteriores; y aquella pena y aflicción que reciben, o con el objeto contrario, o con la falta y deseo de su propio y conveniente objeto, llamarnos tribulación; y llámese así de tribulo, voz latina, que es una yerba aguda y espinosa, que en castellano llamamos abrojo, porque como él, inca y lastima. Otros derivan este nombre de tribulación de tribula, que en latín es lo que nosotros llamamos trilla, (instrumento bien conocido de los labradores), con la cual en la era se trillan y apuran las mieses. Porque, así como la mies se aprieta y quebranta con la trilla, y se despide la paja, y queda limpio y mondo el grano, así la tribulación, apretándonos y quebrantándonos, nos doma y humilla, y nos enseña a apartar la paja del grano y lo precioso de lo vil, y nos da luz para que conozcamos lo que va de cielo a tierra, y de Dios a todo lo que no lo es.


   Supuesta esta declaración, se ha de notar que hay dos linajes de tribulación y pena, con que los hijos de Adán son afligidos y fatigados después que nuestros primeros padres pecaron. El uno es temporal, que se acaba con esta vida, y el otro es eterno, que durará mientras duráre Dios. Por esto dijo el Eclesiástico XXI que el pecado es como espada de dos filos, y que es incurable su herida, porque obliga a pena temporal y á pena perdurable, y de suyo es incurable la herida que hace, porque ni con nuestras fuerzas ni con las de toda la naturaleza no se puede curar, si Dios, por los merecimientos de la sangre de su precioso Hijo, no la sana. Y el mismo Eclesiástico XXI en el mismo capítulo, luego más abajo, dice: “el camino de los pecadores es pedregoso, y el paradero de ellos es  infierno, tinieblas y penas.”  Diciendo que el camino es pedregoso, da a entender el trabajo y pena con que caminan los malos, y añadiendo que el paradero es infierno, tinieblas y penas, declara que las tribulaciones y penas de ellos no se rematan con su vida. Y el profeta Nahum dijo: “¿Por qué pensáis mal contra el Señor? Él dará fin a estas calamidades, y la tribulación no será doblada; dando a entender que con la tribulación temporal y breve de esta vida quedarían los hombres purgados, y que no se seguiría tras ella la eterna, ni se, añadiría tribulación a tribulación. Y Job V dice: “Dios te librará en seis tribulaciones, (que son todas las de esta presente vida), y no te tocará la séptima tribulación, (que es la eterna), ni vendrá mal sobre tí.” No es, pues, mi intención hablar ni tratar aquí de las penas y tribulaciones que padecen los pecadores en el infierno, porque estas no tienen remedio, alivio ni consuelo, y son tantas y tan horribles y espantosas, que no se pueden con entendimiento humano comprender, y mucho menos con lengua explicar. Lo que pretendo es hablar de las congojas y fatigas de que está sembrada toda esta vida miserable, y de la fruta que en este valle de lágrimas y destierro nuestro cogemos, para que, pues necesariamente habernos de gustar y comer de ella, y esto no se puede excusar, de tal manera comamos, que no nos moleste su amargura, ni nos quede dentera de tan desabrido manjar, sino que lo desabrido se nos haga sabroso, y dulce lo amargo, y suave lo áspero, y fácil y llevadero lo dificultoso e insufrible.



“TRATADO DE LA TRIBULACIÓN”


EL VERDADERO CONSUELO DEBE BUSCARSE SÓLO EN DIOS – POR TOMÁS DE KEMPIS.





El discípulo. Todo lo que puedo imaginar o desear para mi solaz, no lo espero en esta vida, sino en la otra.

Pues aunque yo solo tuviera todas las comodidades del mundo y pudiera gozar todos sus placeres, cosa cierta es que no durarían mucho tiempo.

Por eso, alma mía, jamás encontrarás alegría completa, ni satisfacción perfecta sino en Dios, que consuela a los pobres y favorece a los humildes.

Espera un poco, alma mía; espera el cumplimiento de las promesas de Dios. Ya tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo.

Si tienes ambición excesiva de bienes temporales, perderás los eternos y celestiales.

Lo temporal, usarlo, y lo eterno, desearlo.

Ningún bien temporal podrá llenarte, pues no fuiste creada para gozarlos.

Aunque poseyeras todos los bienes creados, ni aun así serías feliz y bienaventurada porque toda tu felicidad y bienaventuranza esta en Dios, quien creó todas las cosas.

Pero esa felicidad y bienaventuranza no es como la entienden y estiman los insensatos amigos del mundo, sino como la esperan los buenos y fieles amigos de Cristo; como de antemano la gozan algunas veces las almas espirituales y limpias de corazón que viven en la tierra como si viviesen en el cielo.

Vano y breve es todo consuelo humano. El consuelo dulce y verdadero es el que se recibe de la verdad en el espíritu.

El hombre piadoso lleva consigo por todas partes a Jesús, su consolador, y le dice: “Jesús, Señor mío, acompáñame siempre y dondequiera.» «Que sea mi consuelo el desear carecer de todo humano consuelo.” “Y si también me veo privado de tus consuelos, que mi más dulce consuelo sea tu voluntad y las justas pruebas a que me sujetas.” “Porque no será eterna tu ira, ni tampoco tus amenazas” (Sal 102, 9).


“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

miércoles, 11 de abril de 2018

Frase de San Columbano.


“ODIAR el error y AMAR la verdad” – Por el R.P. Guillaume Devillers.



   Existe una diferencia infinita entre el error y la verdad, porque la verdad lleva a la vida eterna y el error al suplicio eterno. Existe igualmente una diferencia infinita entre el bien y el mal. Por esa razón las pretensiones liberales no son más que delirios criminales: Delirio criminal de un estado neutro que da los mismos derechos al bien y al mal, al error y a la verdad. Delirio de las criminales libertades de prensa, de religión, etc. que están llevando la humanidad a su perdición. Delirio de los delirios la tan mentada “no discriminación” que pretende rehabilitar con todos los honores al error y al mal, o sea a Satanás, a sus pompas y a sus obras, es decir: a todas las perversiones habidas y por haber, incluyendo el horrendo crimen del aborto.

   Contra tales locuras, debemos tener el culto y el amor a la verdad, estudiarla, estudiar la doctrina eterna de la Iglesia, propagarla, ser apóstoles, luchar contra el error bajo todas sus formas. Porque la verdad es única e inmutable pero el error múltiple y siempre cambiante.

   El error reviste mil formas distintas, usadas por el demonio para engañar a los pobres hijos de Eva y arrastrarlos consigo a las llamas del infierno.

   La verdad es única, santa y hermosa.

   La verdad no es difícil de encontrar porque Dios hizo bien las cosas, nos dio la luz de la razón y nos iluminó con la luz de la revelación. Quien busca la verdad la encuentra.

   La verdad se ha encarnado y desde entonces tiene un nombre que es el santo nombre de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Por lo tanto: Amor a la verdad, amor a Jesús y María.

   Guerra al error, ¡guerra a Satanás!


   FUENTE: Revista “Iesus Chistus” (septiembre – octubre de 2006). FSSPX.



Las estaciones del alma – Por San Francisco de Sales.






   Me doy cuenta de que en vuestra alma se dan cita todas las estaciones del año; que tan pronto advertís el invierno con tantas arideces, distracciones, dispersiones, sufrimientos e inquietudes, como las rosas del mes de mayo, con el perfume de las santas florecillas, como tan pronto os llegan los ardientes deseos de complacer a nuestro buen Dios. No queda más que el otoño, durante el cual —como vos decís— no veis muchos frutos. Pues bien, a menudo sucede que, trillando el grano y prensando la uva, se acabe por encontrar más de lo que prometieran la siega y la vendimia. Vos querríais que siempre fuera primavera y verano; pero no, querida Hija mía, es preciso que haya también una rotación tanto en lo interior como en lo exterior. En el Cielo sí que será toda primavera en cuanto a la belleza, siempre otoño en cuanto al disfrute y la alegría, siempre verano en cuanto al amor. No habrá invierno alguno; pero aquí el invierno es necesario para la práctica de la abnegación y de las mil pequeñas y hermosas virtudes que se ejercitan en tiempos de sequía. Avancemos siempre paso a paso; contando con que nuestro propósito sea bueno y firme, no podemos más que caminar bien.

Carta a Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal (11 de febrero de 1607)

sábado, 7 de abril de 2018

SAN MACARIO Y EL DEMONIO – Por el Cura de Ars.





Escuchad lo que nos cuenta la historia (Vida de los Padres del desierto, San Macario de Egipto, t. 11, p. 358.).

   San Macario, un día que regresaba a su morada con un atado de leña, hallo al demonio empuñando un tridente de fuego, el cual le dijo: “Oh, Macario, cuanto sufro por no poderte maltratar; ¿por qué me haces sufrir tanto?, pues cuanto haces, lo practico yo mejor que tu: si tu ayunas, yo no como nunca; si tu pasas las noches en vela, yo no duermo nunca; solamente me aventajas en una cosa, y con ella me tienes vencido”. ¿Sabéis cuál era la cosa que tenía San Macario y el demonio no?

   ¡Ah!, amados míos, LA HUMILDAD. ¡Oh, hermosa virtud, cuan dichoso y cuan capaz de grandes cosas es el mortal que la posee!


“Fragmento de sermones escogidos sobre el orgullo”

martes, 3 de abril de 2018

LA LEVITACIÓN – Por Fray Antonio Royo Marín O.P.




   
Aclaración: para entender esta publicación de ser leído en su totalidad. Pues al sacar una parte de su contexto, se puede llegar a conclusiones erróneas.


LEVITACIÓN.

   He aquí otro fenómeno maravilloso que no presenta, sin embargo, las dificultades del anterior para su explicación satisfactoria.

   1. El hecho. — Como su nombre indica, consiste este fenómeno en la elevación espontánea, mantenimiento o desplazamiento en el aire del cuerpo humano sin apoyo alguno y sin causa natural visible.

   Por lo regular, la levitación mística se verifica siempre estando el paciente en éxtasis. Si la elevación es poca, se la suele llamar éxtasis ascensional. Si el cuerpo se eleva a grandes alturas, recibe el nombre de vuelo extático. Y si empieza a correr velozmente a ras del suelo, pero sin tocar en él, constituye la llamada marcha extática.

   2. Casos históricos. —Se han dado multitud de casos en las vidas de los santos. Los principales son los de San Francisco de Asís, Santa Catalina de Sena, San Felipe Neri, San Pedro de Alcántara, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Francisco Javier, Santo Tomás de Villanueva, San Pablo de la Cruz y, sobre todo, San José de Cupertino, que es, sin disputa, el primero de todos en esta manifestación extraordinaria de lo sobrenatural. En su proceso de canonización se registran más de setenta casos de levitación ocurridos sólo en la villa de Cupertino o sus alrededores; el número total fué muchísimo mayor. Se le vio volar bajo las bóvedas de la iglesia, sobre el pulpito, a lo largo de las murallas o delante de un crucifijo o imagen piadosa; planear sobre el altar o en torno del tabernáculo, sobre las copas de los árboles, sostenerse y balancearse como un pájaro ligero sobre las ramas débilísimas, franquear de un salto largas distancias. Una palabra, una mirada, el menor incidente relacionado con la piedad, le producían estos transportes. En una época de su vida llegaron a ser tan frecuentes que sus superiores hubieron de excluirle del cargo de hebdomadario en el coro, pues, en contra de su voluntad, interrumpía y perturbaba las ceremonias de la comunidad con sus vuelos extáticos. Dichos vuelos fueron perfectamente vistos y comprobados por multitud de personas, entre ellas por el papa Urbano VIII y el príncipe protestante Juan Federico de Brunswick, quien quedó tan impresionado por el fenómeno, que no solamente se convirtió al catolicismo, sino que tomó el cordón de la Orden franciscana, a la que pertenecía el Santo.

   También es notabilísimo el caso de la Venerable sor María de Jesús de Agreda. En sus éxtasis, su cuerpo se hacía inmóvil, insensible, y se mantenía un poco elevado sobre la tierra, ligero como si hubiese perdido su peso material. Bastaba con soplarle ligerísimamente, aun desde lejos, para verle agitarse y balancearse como una ligera pluma.

   3. Explicación del fenómeno. —Cuando el fenómeno se realiza en los santos, tiene un origen evidentemente sobrenatural, aunque podría también verificarse por intervención diabólica, como veremos. La simple naturaleza no puede alterar las leyes de la gravedad, siempre fijas y constantes.

   “Los racionalistas—advierte Tanquerey —han intentado explicar este fenómeno de un modo natural, ya por la aspiración profunda de aire en los pulmones, ya por una fuerza física desconocida, ya por la intervención de espíritus o de almas separadas; quiere esto decir que no han hallado explicación seria de ellos.

   La explicación clásica de los autores católicos (López Ezquerra, Scaramelli, Ribet, etc.) es la de Benedicto XIV, recogida en estas tres conclusiones

1. La elevación en el aire bien comprobada no puede explicarse naturalmente.
2.  No supera, sin embargo, las fuerzas del ángel ni del demonio, los cuales pueden levantar en vilo los cuerpos.
3. En los santos, ese fenómeno es una participación anticipada del don de agilidad, propio de los cuerpos gloriosos.

   4. Sus falsificaciones. —Sin embargo, aunque esta explicación sea plenamente satisfactoria y nada deje que desear, hay que tener en cuenta que es éste uno de los fenómenos sobrenaturales que más fácilmente se pueden falsificar, no sólo por la acción preternatural diabólica, sino incluso por los mismos extravíos de la patología humana. Vamos, pues, a dividir estas falsificaciones en dos grupos: naturales y preternaturales.

QUÉ DISPOSICIÓN SE DEBE TENER, Y CÓMO SE DEBE ORAR CUANDO SE DESEA OBTENER ALGUNA COSA – Por Tomás de Kempis.





Cristo. Hijo mío, pide así en toda ocasión: “Señor, que se haga esto, así, si es de tu agrado. Señor, que en tu nombre se haga esto, si ha de ser para tu honra. Señor, si ves que esto me conviene, y sabes que me será provechoso, dámelo para hacer uso de ello en tu honor. Pero quítame este deseo, si conoces que lo que quiero no me ayudará a salvarme, y sí me dañará.”

Porque no todos los deseos vienen del Espíritu Santo, aunque le parezcan al hombre razonables y buenos.

Difícil es discernir con certeza si es el espíritu bueno o un espíritu extraño quien te impele a desear las cosas; o si quien te mueve es tu propio espíritu.

Muchos se engañaron al fin, los cuáles al principio parecían guiados del espíritu bueno.

Por eso, con temor de Dios y humildad de corazón se debe desear y pedir lo que se presente a la voluntad como deseable; y más que todo, se me deben encomendar todas las cosas, renunciando a la voluntad propia, orando de esta manera: “Señor, tú sabes cuál de estas dos cosas es la mejor. Hágase la una o la otra, como tú quieras. Dame lo que sabes que es lo mejor, lo que más te agrade y sea para tu mayor honra. Ponme donde quieras, y en todo haz de mí lo que quieras. Estoy en tus manos: dame vueltas y revueltas como quieras. Soy tu siervo, y estoy dispuesto a todo. No quiero vivir para mí, sino para ti. ¡Ojalá viva con la santidad que debo!”

El discípulo. Concédeme, Jesús misericordioso, que me visite tu gracia, conmigo coopere y hasta morir me acompañe.

Concédeme querer siempre y desear siempre lo que más te agrade, lo que más conforme sea con tu voluntad.

Que tu voluntad sea la mía, que siempre siga la tuya, y con ella se conforme perfectamente. Que tu querer y no querer sean también mí querer y no querer. Que yo no pueda querer o no querer sino lo que tú quieras o no quieras.

Concédeme morir a todo lo del mundo y amar por ti los desprecios y la obscuridad en esta vida.

Concédeme descansar en ti sobre todo bien, y hallar la paz de mi corazón en ti.

Porque tú eres la paz verdadera del corazón y su único descanso. Fuera de ti, todo es inquietud y amargura.

En esta paz, esto es, en ti, Bien sumo y eterno, descansaré y dormiré para siempre. Así sea.


“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

jueves, 29 de marzo de 2018

Los fenómenos extraordinarios de orden corporal – “LAS LÁGRIMAS Y SUDOR DE SANGRE” Por Fr. Antonio Royo Marín O.P.




1) El hecho. —El fenómeno del sudor de sangre consiste en la salida en cantidad apreciable de líquido hemático a través de los poros de la piel, particularmente por los de la cara. Las lágrimas de sangre consisten en una efusión sanguinolenta a través de la mucosa palpebral.

   2)  Casos históricos. —Ante todo, tenemos un caso augusto, absolutamente indiscutible: el de Nuestro Señor Jesucristo. Torturado por la angustia, previendo con su ciencia divina los últimos dolores del sacrificio redentor y la agonía del Calvario, el Salvador del mundo derramó un copioso sudor de sangre: “y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra”, dice expresamente el Evangelio (Lc. 22,44). El sudor de la augusta Víctima de Getsemaní tuvo que ser muy abundante para inundar su rostro divino y gotear hasta la tierra...

   Después de Él, un cierto número—pequeñísimo desde luego—de santos y personas piadosas han presentado sudores de sangre: Santa Lutgarda (1182-1246), la Bienaventurada Cristina de Stumbeln (1242-1312), Magdalena Morice (1736-1769), María Dominica Lazzari (1815-1848), Catalina Putigny (1803-1885), etc.

   Más raros todavía son los casos de lágrimas de sangre. La historia de la Mística sólo ha podido registrar hasta ahora dos: Rosa María Andriani (1786-1845) y Teresa Neumann, que vive todavía.

   3) Explicación de estos fenómenos. —Benedicto XIV, Cayetano, Suárez, Maldonado, Dom Calmet y otros muchos teólogos y exegetas han pensado que el sudor de sangre del Señor en Getsemaní haya podido ser natural. He aquí cómo expresa esta misma opinión el moderno biógrafo de Jesús, José Ricciotti: “Conocido es de los médicos un fenómeno fisiológico denominado hematidrosis, es decir, sudor sanguíneo. La observación había sido hecha ya por Aristóteles, quien emplea también el término donde dice que algunos sudaron un sanguíneo sudor” “El fenómeno producido en Jesús puede ser objeto de búsquedas científicas de los fisiólogos, si bien teniendo en cuenta las especiales circunstancias del paciente. El fisiólogo Lucas, al transmitir solo esta noticia, parece invitar tácitamente a tales investigaciones”.

   Los médicos hablan, en efecto, de casos de hematidrosis obtenidos en los hospitales. Pero el Dr. Surbled afirma que  el fenómeno sigue siendo tan maravilloso como inexplicable. “Aun cuando lo digan nuestros más sabios teólogos, el terror y la aflicción no bastan a producirla ni tampoco nos explican los sudores de sangre; y lo demuestra el que estas pasiones son comunes a todos los hombres y que el sudor de sangre es absolutamente excepcional”.

   A continuación examina el Dr. Surbled las hipótesis propuestas para explicar este singular fenómeno—hemofilia, imaginación, dermografismo, vexicación de la piel, equimosis, etc. —, para terminar diciendo que “hay que confesar nuestra ignorancia sobre las causas y naturaleza de la hematidrosis”.

   El Dr. Bon es menos pesimista que su colega, aunque no deja de reconocer también la dificultad de dar a este fenómeno una explicación satisfactoria. Después de estudiar algunos casos de hematidrosis—relacionadas a veces con las reglas periódicas de la mujer—, termina diciendo que “el factor nervioso no parece debe invocarse en el caso de simple suplencia menstrual. El factor discrásico-sanguíneo interviene para ciertos casos médicos, y, por último, el factor nervioso es innegable para otros”. Y añade a continuación que “para los casos religiosos es evidente que los mismos elementos pueden entrar en juego, pues no solamente no están los santos libres de las dolencias humanas, sino todo lo contrario. Pero nosotros sabemos de la salud perfecta, física y moral, de Cristo; conocemos también el dominio soberano que los santos han ejercido generalmente sobre su “andrajo” (quiere decir su envoltura corpórea); en fin, sabemos que los sudores y lágrimas de sangre, en lugar de coincidir con períodos fisiológicos, sobrevienen en las personas piadosas en relación con ciertos momentos del año litúrgico o con sus meditaciones religiosas. Esto nos obliga a admitir, al lado de casos provenientes de una diátesis hemorrágica o de un estado nervioso con reacciones exageradas, otros ligados a una potencia de alma excepcional o a una acción sobrenatural”.

   La ciencia moderna no sabe decirnos nada más. Por nuestra parte, añadimos que este fenómeno no rebasa las fuerzas naturales del demonio y que, si en algún caso se produjeran las lágrimas o el sudor de sangre por influencia sobrenatural, habría que catalogarlo entre las gracias gratis dadas. No parece, en efecto, que tales lágrimas o sudores sean de suyo santificantes para el que los padece; y, desde luego, no entran en modo alguno en el desarrollo ordinario y normal de la gracia.


“TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA

miércoles, 21 de marzo de 2018

San Benito, abad. — 21 de marzo. (+ 543.)





   El gran patriarca San Benito Padre de tantas y tan sagradas religiones, fué de nación italiano y nació en la ciudad de Nursia de nobles y piadosos padres. Mientras estudiaba en Roma las letras humanas, diéronle en rostro los vicios y travesuras de algunos de sus compañeros, y dejando los estudios, y a sus padres, deudos, comodidades y regalos de esta vida, se fué a un desierto, donde se hizo discípulo de un santo anacoreta llamado Romano, encerrándose en una cueva abierta en la roca, que parecía una sepultura. Como viese el demonio el rigor y aspereza con que vivía, encendió en su imaginación una tentación sensual, terrible y vehemente; entonces el honestísimo mancebo, desnudándose de sus vestidos, se echó en un campo lleno de espinas y abrojos, y comenzó a revolcarse en ellos, hasta que todo su cuerpo quedó lastimado y llagado, y apagó con sangre aquel ardor que Satanás había encendido en sus miembros. Fué tan grato al Señor este sacrificio, que de allí adelante, (como el mismo santo lo dijo a sus discípulos) nunca tuvo otra tentación semejante, antes comenzó a ser maestro de todas las virtudes. Quedaban en el monte Casino algunas reliquias de la gentilidad y había allí un templo e ídolo de Apolo a quien adoraba la gente rústica que aún era pagana. Fué allá San Benito e hizo pedazos la estatua, derribó el altar, y en aquel sitio fundó después el famoso monasterio de Monte Casino, que fué como la cabeza de otros once monasterios que edificó, llenos de santos y escogidos religiosos. Traíanle muchos caballeros y señores sus hijos para que los instruyese y enseñase desde la tierna edad en las cosas de la virtud. Estaban todos aquellos campos hechos un paraíso habitado de moradores del cielo, y el Señor ilustraba la santidad del glorioso San Benito con prodigios innumerables. Llegó a Totila, rey de los godos, la fama del santo y su don de profecía: y quiso hacer experiencia de ello. Para esto mandó a un cortesano suyo, llamado Riggo, que se vistiese de sus ropas reales y con grande acompañamiento fuese a visitarle. Más asi que el santo que estaba en su celda, vio al rey fingido, le dijo: “Deja, hijo, ese vestido que traes, que no es tuyo.” Visitóle después el rey Totila, y echándose a sus pies le reverenció como a santo y San Benito con santa libertad le reprendió sus crueldades y desafueros, diciendo: “Muchas malas obras haces, y muchas malas has hecho; cesa ya de la maldad: tomarás a Roma, pasarás el mar, vivirás nueve años y al décimo morirás.» Finalmente también profetizó el santo el día en que él mismo había de morir, y seis días antes mandó abrir su sepultura y el día sexto se hizo llevar a la iglesia, donde, recibidos los santos Sacramentos, dio su alma al Señor, que para tanta gloria le había criado.

   Reflexión: Es cosa de grande admiración y mucho para alabar a Dios, ver la perfección y excelencia de la Regla que escribió San Benito en tan pocas palabras, y las muchas y diversas religiones así monacales como militares que militan debajo de ella, y los innumerables monasterios, de esta Orden que ha producido más de tres mil santos, más de doscientos cardenales, cuarenta Sumos Pontífices y una infinidad de santos e insignes obispos y prelados; y pues hasta muchos duques, reyes y emperadores han dejado sus cetros y estados por el pobre hábito de San Benito, procuremos aficionarnos a las virtudes de tan santísimo Padre, para que siguiéndole en la vida, merezcamos su compañía en la gloria.

   Oración: Suplicámoste, Señor, que la intercesión del bienaventurado abad San Benito nos haga agradables en tu divino acatamiento, para conseguir por su patrocinio lo que no podemos conseguir por nuestros propios méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




“FLOS SANCTORVM”

domingo, 18 de marzo de 2018

Cómo San Francisco paso una Cuaresma en el lago de Perusa con la mitad de un panecillo.





   Por cuanto el venerable siervo de Dios San Francisco en algunas cosas fué otro Cristo, dado al mundo para la salvación de las gentes, Dios Padre lo quiso hacer en muchos actos semejante y conforme a su Hijo Jesucristo, como se ve en el venerable colegio de los doce compañeros, en él hecho admirable de las sagradas llagas y en el ayuno continuado de la santa Cuaresma, que hizo de este modo:

   Una vez pasaba San Francisco, el día de carnaval, cerca del lago de Perusa, en casa de un devoto que lo había hospedado aquella noche se sintió inspirado por Dios para pasar la Cuaresma en una isla del lago; rogó, pues, a su devoto, por amor de Dios, que lo pasase en su barquilla a una isla que no estuviese habitada, y que lo hiciese la noche del Miércoles de Ceniza, de modo que nadie los viese; y aquel hombre, por la grande devoción que le tenía, le cumplió cuidadosamente el deseo. San Francisco no llevó más que dos panecillos. Cuando llegaron a la isla, y aquel amigo se marchaba para volver a su casa, San Francisco le rogo afectuosamente que no descubriese a nadie que estaba allí, y que no viniese a buscarlo hasta el Jueves Santo; y con esto partió, quedando solo San Francisco.

   Como no había habitación donde guarecerse, entró en una espesura de pinos y arbustos, que formaban como una pequeña cabaña o covacha, y se puso en oración entregándose a la contemplación de las cosas celestiales. Allí estuvo toda la Cuaresma sin comer ni beber, si no es la mitad de uno de los panecillos, según observó aquel devoto suyo el Jueves Santo cuando fué a buscarlo, pues de los dos panecillos encontró uno entero y la mitad del otro. La otra mitad se cree que la comió el Santo por reverencia, para no igualarse a Cristo bendito, que pasó cuarenta días y cuarenta noches sin tomar ningún alimento material; de este modo, con aquel medio pan, apartó de sí San Francisco el veneno de la vanagloria y, a ejemplo de Cristo, ayunó cuarenta días y cuarenta noches.

   Después, en el lugar en que San Francisco había hecho tan maravillosa abstinencia, obró Dios muchos milagros por los méritos del Santo, por lo cual comenzaron los hombres a fabricar casas y habitarlas, y en poco tiempo se formó en aquel sitio un pueblo bueno y grande. Allí está el convento de nuestros frailes, llamado de la Isla, y aun hoy día los vecinos de aquel pueblo tienen grande reverencia y devoción al lugar en que San francisco ayunó la dicha Cuaresma. En Alabanza de Cristo Amén.


“FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO”

martes, 13 de marzo de 2018

Impedimentos que ponen a la perfección los combates del demonio – Por el P. JUAN B. SCARAMELLI, S. J.





   Ante todo nótese que las almas que caminan a la perfección están muy expuestas a los combates de los demonios.

   Los fines porque Dios permite las tentaciones son los siguientes: l) Para probar nuestra fidelidad y amor; 2) Para fundarnos en virtud y principalmente en la humildad; porque quien no es tentado no se conoce; 3) Para enriquecernos de muchos méritos en esta y en la otra vida.

   Mas no deben ser las tentaciones objeto de nuestros deseos, pues nos excitan al mal; pero debemos aceptarlas cuando vengan con paz y resignación, pasando por ellas con profunda humildad y gran valor.

Medios para vencer las tentaciones.

   El primero y principal para vencerlas, es la diligencia y prontitud en sacudirlas de sí, pues mucho peligra quien se detiene en ellas. El segundo medio es la oración, recurriendo a Dios con todo fervor y usar de la señal de la cruz.

   Para conseguir una especial asistencia de Dios en las tentaciones, no hay medio más seguro que el recurso a María Santísima; recurso lleno de confianza en Dios y la propia desconfianza.

   Para excitar la confianza persuádanse estas verdades: que el demonio no puede sino lo que se le permite; que este permiso no ha de ser sobre nuestras fuerzas; que Dios está presente en nuestras batallas para auxiliarnos, no sólo suficiente sino sobradamente para vencer.

   Más para que el recurso pronto y confiado en Dios tenga toda la fuerza para vencer las tentaciones, es necesario que vaya acompañado de la manifestación de nuestro interior al Padre espiritual.

   Es muy necesario a todos, aunque sean santos para debilitar la fuerza del demonio y no caer.

   Mas sobre todo guárdese el que es tentado de ponerse en las ocasiones.

ADVERTENCIAS SOBRE LO ANTES DICHO.

lunes, 12 de marzo de 2018

SOBRE LAS CRUCES – Por Cornelio Á Lápide (Parte II)





Las cruces vienen de Dios.


   Los sufrimientos, las cruces y las pruebas no deben atribuirse al demonio, ni a la carne, ni a un enemigo cualquiera, sino a Dios; pues, desde toda la eternidad, Dios las ha previsto, preparando a cada cual las suyas: a uno le prepara unas, a otro otras, a fin de que por medio de ellas todos nos asimilemos a Jesucristo, que sufrió, murió y resucitó.

   A Dios atribuye el Real Profeta todas las cruces: Nos habéis probado, experimentado, Señor; nos habéis acrisolado al fuego, como se acrisola la plata. (I.XV. 10). Hemos pasado por el fuego y por el agua; más nos habéis conducido a un lugar de refrigerio. (L.XV. 12). Nos habéis ceñido con una faja de dolor. (LXV.11) ¿Hasta cuándo nos has de alimentar con pan de lágrimas, y hasta cuándo nos darás a beber lágrimas con abundancia? (LXXIX. 6).

   Dios me ha dado bienes, dice Job, y él me los ha quitado; ha sucedido lo que el Señor ha dispuesto: bendito sea el nombré del Señor. (I. 21). No dice Job: Dios me ha dado bienes, y el demonio me los ha quitado; sino: Dios me ha dado, Dios me ha quitado...

   Manifestaré a Pablo, dijo el Señor, cuánto ha de sufrir por mi nombre. (Act. IX. 16). El que obraba contra el nombre de Jesucristo, dice San Agustín, debía sufrir por este sagrado nombre: ¡Oh severidad llena de misericordia! (De laudib. Paul).

   Las cruces que Dios envía en el tiempo, vienen siempre de su misericordia: si Dios no entregase la humanidad a los sufrimientos en la tierra, comenzaría su justicia eterna y terrible...

   Que padezcan los malos, dirá alguno, es justo; ¿pero los buenos?

   Los buenos nacen culpables; con las cruces se purifican más y más y aumentan el número de sus coronas; sin las cruces se volverían malos, y no hallaríamos ya conformidad entre ellos y Jesucristo; los buenos sufren para obtener la conversión de los malos y para expiar sus pecados.

Por otra parte, suele tenerse mala idea de las cruces. Las cruces son un tesoro. Nada es malo sino el pecado. El trabajador a quien el amo paga su jornal, ¿puede hallar a mal que le hayan hecho trabajar? El soldado ¿puede hallar injusto quo le ejerciten y le envíen a la batalla?




“TESOROS DE CORNELIO Á LÁPIDE”

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