jueves, 16 de abril de 2020

LA GRACIA DE LA CONTRICIÓN PERFECTA. - Santa Teresita.





“Oí hablar de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por unos crímenes horribles. Todo hacía pensar que moriría impenitente. Yo quise evitar a toda costa que cayese en el infierno, y para conseguirlo empleé todos los medios imaginables. Sabiendo que por mí misma no podía nada, ofrecí a Dios todos los méritos infinitos de Nuestro Señor y los tesoros de la santa Iglesia; y por último, le pedí a Celina que encargase una Misa por mis intenciones, no atreviéndome a encargarla yo misma por miedo a verme obligada a confesar que era por Pranzini, el gran criminal. Tampoco quería decírselo a Celina, pero me hizo tan tiernas y tan apremiantes preguntas, que acabé por confiarle mi secreto. Lejos de burlarse de mí, me pidió que la dejara ayudarme a convertir a mi pecador. Yo acepté, agradecida, pues hubiese querido que todas las criaturas se unieran a mí para implorar gracia para el culpable. En el fondo de mi corazón, yo tenía la plena seguridad de que nuestros deseos serían escuchados. Pero para animarme a seguir rezando por los pecadores, le dije a Dios que estaba completamente segura de que perdonaría al pobre infeliz de Pranzini, y que lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, tanta confianza tenía en la misericordia infinita de Jesús; pero que, simplemente para mi consuelo, le pedía tan sólo “una señal” de arrepentimiento…

   Mi oración fue escuchada al pie de la letra. A pesar de que papá nos había prohibido leer periódicos, no creí desobedecerle leyendo los pasajes que hablaban de Pranzini. Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico “La Croix”. Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…?

   Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero, cuando de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…!

   Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo: “que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse…”


Santa Teresita del Niño Jesús; “Historia de un Alma”

Reflexiones Cortas.


viernes, 10 de abril de 2020

La lanzada del Señor, y la sepultura – Por Fray Luis de Granada.





   Y como si no bastaran todos estos tormentos para el cuerpo vivo, quisieron también los malvados ejecutar su furor en el muerto; y así, después de expirado el Señor, uno de los soldados dio una lanzada por los pechos, de donde salió agua y sangre para bautismo y lavatorio del mundo.

   Levántate, pues, ¡oh esposa de Cristo!, y haz aquí tu nido como paloma en los agujeros de la piedra, y como pájaro edifica aquí tu casa, y como tórtola casta esconde aquí tus hijuelos.

   Mandaba Dios en la Ley que se señalasen ciertas ciudades en la tierra de promisión, para que fuesen lugares de refugio adonde se acogiesen los malhechores; más en la ley de gracia los lugares de refugió donde se acogen los pecadores son estas preciosísimas llagas de Cristo, donde se guarecen de todos los peligros y persecuciones del mundo.

   Mas para esto señaladamente sirve la de su precioso costado, figurada en aquella ventana que mandó hacer Dios a Noé a un lado del arca, para que por ella entrasen todos los animales a escaparse de las aguas del diluvio.

   Pues todos los afligidos y atribulados con las aguas turbias y amargas de este siglo tempestuoso, todos los deseosos de verdadera paz y tranquilidad, acogeos a este puerto, entrad en esta arca de seguridad y reposo, y entrad por la puerta que está abierta de este precioso costado.

   Ésta sea vuestra guarida, vuestra morada, vuestro paraíso y vuestro templo, donde para siempre reposéis.



   Tras de esto resta considerar con cuánta devoción y compasión desclavarían aquellos santos varones el sacratísimo cuerpo de la Cruz, y con qué lágrimas y sentimiento lo recibiría en sus brazos la afligidísima Madre, y cuáles serían allí las lágrimas del amado discípulo, de la santa Magdalena y de las otras piadosas mujeres; cómo lo envolverían en aquella sábana limpia y cubrirían su rostro con un sudario, y, finalmente, lo llevarían en sus andas y lo depositarían en aquel huerto donde estaba el santo sepulcro.



   En el huerto se comenzó la Pasión de Cristo, y en el huerto se acabó; y por este medio nos libró el Señor de la culpa cometida en el huerto del Paraíso, y por ella, finalmente, nos lleva al huerto del Cielo.

   Pues, ¡oh buen Jesús!, concédeme, Señor, aunque indigno, ya que entonces no merecí hallarme con el cuerpo presente a estas tan dolorosas exequias, me halle en ellas meditándolas y tratándolas con fe y amor en mi corazón, y experimentando algo de aquel afecto y compasión que tu inocentísima Madre y la bienaventurada Magdalena sintieron en este día.



   Ésta es, hermano mío, la suma de la sagrada Pasión; éstas son las heridas y llagas que por nosotros recibió el Hijo de Dios.

DE CÓMO EL SALVADOR LLEVO LA CRUZ A CUESTAS – Por Fray Luis de Granada.





   Mas como todo esto nada aprovechase, diose, finalmente, sentencia que el inocente muriese. Y para que por todas partes creciese su tormento, ordenaron sus enemigos que Él mismo llevase sobre Sí el madero de la Cruz en que había de padecer.

   Toman, pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que, según se escribe, era de quince pies, y cargáronlo sobre los hombros del Salvador, el cual (según los trabajos de aquel día y de la noche pasada y la mucha sangre que había perdido) apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su propio cuerpo, y sobre esto le añaden tan grande sobrecarga como era la de la Cruz.

   Esta fue otra invención y manera de crueldad nunca vista ni practicada en el mundo. Porque general costumbre es, cuando uno ha de padecer, esconderle los instrumentos de su pasión. Y por esto cubren los ojos al que ha de ser degollado, porque no vea la espada que le ha de herir. Mas aquí usóse de tan extraña crueldad con este inocentísimo Cordero, que no le esconden la Cruz de los ojos, sino hácensela llevar sobre sus hombros, para que con la vista de la Cruz padeciese su alma, y con el peso de ella penase su cuerpo, y así padeciese dos cruces, primero que en una fuese crucificado.

   No leemos que se hiciese esto con los dos ladrones que con Él habían de padecer, porque aunque habían de morir en cruz, no los obligaron a llevar sobre sí la cruz, como al Salvador, queriendo en esto dar a entender que su culpa era mayor, pues el castigo era más atroz.

   Pues ¿qué cosa más injuriosa y más para sentir?

   ¿Quién me diera, ¡oh buen Jesús!, que os pudiera yo servir en este tan trabajoso camino?

De la comparación de Cristo con Barrabás.





   A esta injuria se añadió otra, y por ventura la mayor de cuantas el Señor recibió en su Pasión. Porque siendo costumbre de aquella tierra dar la vida a algún condenado por honra de la Pascua; deseando el presidente librar al Señor de la muerte, propúsoles, juntamente con Él, uno de los peores hombres que en aquel tiempo había, que era Barrabás, el cual había revuelto la ciudad y muerto a un hombre en esta revuelta, cuya muerte todos con mucha razón debían desear, pareciéndole que por no dar la vida a este famoso malhechor le darían al Salvador. Porque siendo el competidor tan indigno de la vida, creía el juez que no serían tan desatinados ni tan ciegos, que juzgasen por más digno de la vida aquel revolvedor de la tierra que a un hombre tan manso. De esta manera, pues, pensó el juez que pudiera librar al inocente.

   Donde ya primeramente ves hasta dónde llegó la humildad de este Señor, pues vino a competir con Barrabás, y a que se pusiese en disputa cuál de los dos era mejor y más digno de la vida.

   Pero pasa el negocio aún más adelante; porque, puestos ambos en juicio, salió el Señor condenado y libre y suelto Barrabás.

   Pues ¿a quién no pondrá en espanto esta tan grande abyección y humildad del Hijo de Dios?

   Más parece que se abajó aquí que en la Cruz. Porque en la Cruz fue condenado por malhechor, y crucificado con malhechores, como uno de ellos; más aquí hecha comparación con este malhechor, por común sentencia y aclamación del pueblo es sentenciado por peor que él.

   ¡Oh, Rey de la gloria!, ¿hasta dónde, Señor, bajó tu humildad? ¿Hasta dónde llegó tu paciencia? ¿Hasta dónde tu caridad?

Pues dime, hombre, ¿qué tan grande te parece la soberbia que con tan extraña humildad hubo de ser curada, y que aun con todo esto tú no la curas?

   Y dime también: ¿qué caso debes hacer de los juicios y pareceres del mundo, pues tal parecer tuvo en esta causa y tanto desatinó en ella, y no sólo en ella, sino también en la condenación de los Profetas, de los Apóstoles y de todos los Mártires, los cuales tan injustamente condenó?

   Porque si a un criado tuyo tomas en una sola mentira, apenas le crees cosa que te diga, por parecerte que también mentirá en lo uno como en lo otro. Pues, según esto, ¿qué crédito será razón que demos al mundo, a quien en tantas mentiras habemos tomado cuantos Santos tiene condenados? Y más en esta tan horrible mentira, ¿cómo fue tener al Hijo de Dios por peor que Barrabás? Sin duda esto sólo bastaba para que cerrásemos los ojos y tapásemos los oídos a todos los hechos y dichos de esta bestia de muchas cabezas, tan furiosa, tan ciega y tan desatinada en todos sus juicios y pareceres.


“VIDA DE JESUCRISTO”



La coronación de espinas y el Ecce Homo.





Acabado este tormento de los azotes comiénzase otro no menos injurioso que el pasado, que fue la coronación de espinas. Porque acabado este martirio, dice el Evangelista que vinieron los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del Salvador, y tejiendo una corona de juncos marinos, hincáronsela por la cabeza para que así padeciese por una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra. Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza; otras llegaban, como dice San Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas partes el sagrado cerebro.

   Y no contentos con este tan doloroso vituperio, vístenle con una ropa colorada, que era entonces vestidura de Reyes, y pénenle por cetro real una caña en la mano, e hincándose de rodillas dábanle bofetadas y escupían en su divino rostro, y tomándole la caña de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: “Dios te salve, Rey de los Judíos”.

   No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades en corazones humanos; porque cosas eran éstas que si en un mortal enemigo se hicieran, bastaran para enternecer cualquiera corazón; mas como el demonio era el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia se hartaba con ningún tormento según era grande su odio, ni esta tan grande piedad se contentaba con menores trabajos, según era su amor.

   No sé determinar cuál fue mayor: o la injuria que el Salvador aquí recibió o el tormento que padeció. Porque cada día vemos poner coronas en las cabezas de algunos malhechores para deshonrarlos con esta ignominia; más éstas, aunque traen deshonra, no sacan sangre, no causan dolor; mas corona de espinas hincada por el cerebro, que por una parte causase tan grande ignominia y por otro tan gran dolor, ¿quién jamás la vio ni la oyó?

   De manera que la crueldad y fiereza de estos corazones no se contentó con los tormentos usados y conocidos en todas las edades del mundo, sino que vino a descubrir nuevas artes y maneras de tormentos nunca vistos, los cuales de tal manera deshonrasen la persona que también la afligiesen y atormentasen.

   Pues ¿qué diré de las otras salsas con que acedaron esta purga tan amarga como fue vestirle de una ropa colorada, como a Rey, y ponerle una caña por cetro real en la mano e hincarse de rodillas por escarnio y herirle con la caña en la cabeza y dar bofetadas en su divino rostro? ¿Cuándo jamás, desde que el mundo es mundo, se vio tal farsa, tal invención y tal manera de fiesta tan cruel y tan sangrienta?

   Nada de esto leemos, ni en las batallas de los Mártires, ni en los castigos de los malhechores; donde, aunque había muchas maneras de crueldades, no había estas invenciones de salsas y potajes tan amargos. Mas todo esto se guardaba para este Señor, el cual, como satisfacía por los pecados de los hombres, con la grandeza de sus dolores pagaba nuestros deleites y con la deshonra de sus ignominias satisfacía por nuestras soberbias.

   En lo cual también se nos declara la grandeza de su bondad y caridad, la cual no se contentó con morir cualquier manera de muerte, sino escogió la muerte más acerba, más ignominiosa y más injuriosa que podía haber, y quiso que en ella interviniesen todas estas maneras de ignominias, para que con esto fuese su caridad más conocida y nuestra redención más copiosa.



   Y que ésta haya sido obra de su inmensa bondad y caridad, parece claro por esta razón. Porque cierto es que sin comparación era mayor la bondad y caridad de Cristo que la malicia y odio del demonio. Pues si esta malicia y odio bastaron para inventar estos modos de injurias, mucho más había de bastar la bondad y caridad de Cristo no sólo para sufrirlas, sino también para desearlas.

   Pues como el presidente tuviese claramente conocimiento de la inocencia del Salvador y viese que no su culpa, sino la envida de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos. Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del pueblo furioso, porque Él estaba tal que bastaba la figura que tenía, según él creyó, para amansar la furia de sus corazones.

   Pues tú, ¡oh alma mía!, procura hallarte en este espectáculo tan doloroso, y como si ahí estuvieras presente, mira con atención la figura con que salía a vista del pueblo este Señor que es resplandor de la gloria del Padre y espejo de su hermosura.

   Mira cuán avergonzado estaría allí en medio de tanta gente con su vestidura de escarnio, con sus manos atadas, con su corona de espinas, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y molido de los azotes, y todo encogido, afeado y ensangrentado.

   Mira cuál estaría aquel divino rostro; hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rascuñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían, y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura que ya no parecía quien era, y aun parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por manos de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.

“VIDA DE JESUCRISTO”



La presentación ante Pilatos y Herodes, Y LOS AZOTES A LA COLUMNA – Por Fray Luis de Granada



   Y pasada esta noche dolorosa con tantas ignominias en casa de los Pontífices, otro día por la mañana llevaron al Señor atado a casa de Pilatos  que en aquella provincia por parte de los romanos presidía, pidiéndole con gran instancia que le condenase a muerte.

   Y estando ellos con grandes clamores acusándole y alegando contra Él mil falsedades y mentiras, Él entre toda esta confusión de voces y clamores estaba como un cordero mansísimo ante el que lo trasquila, sin excusarse ni defenderse y sin responder palabra, tanto que el mismo juez estaba grandemente maravillado de ver tanta gravedad y silencio en medio de tanta confusión y gritería.

   Mas aunque el presidente sabía que toda aquella gente se había movido con celo de envidia, pero vencido con pusilanimidad y temor humano, mandó azotar al inocentísimo Cordero, pareciéndole que con esto se amansaría el furor de sus enemigos.

   Dado, pues, este cruel mandamiento, llegan los ministros de la maldad y, desnudando al Señor de sus vestiduras, átanlo fuertemente a una columna y comienzan a azotar aquella purísima carne y añadir azotes a azotes, y llagas a llagas, y heridas a heridas. Corren los arroyos de sangre por aquellas sacratísimas espaldas, hasta regarse la tierra con ella y teñirse de sangre por todas partes.

   Pues ¿qué cosa más dolorosa ni más injuriosa que ésta? Porque castigo de azotes no es de hombres honrados y nobles, sino de esclavos o ladrones o públicos malhechores.

    Por donde los romanos tenían hecha ley que ningún ciudadano de Roma, por delito que hiciese, pudiese ser azotado, por ser este castigo vilísimo y de personas muy bajas. Por lo cual encarece mucho en una oración Tulio la tiranía de un juez que había mandado azotar a un ciudadano de Roma, el cual, viéndose así injuriado, en medio de los azotes decía: “Ciudadano soy de Roma”.

   Pues si tan indigna cosa es azotar un ciudadano de Roma, di tú, alma mía, ¿qué sería ver al Señor de todo lo criado amarrado a una columna y azotado con tan crueles azotes, como un público malhechor? ¿Qué harían los Ángeles, que tan claramente conocían la majestad de este Señor, cuando así le viesen azotado y maltratado?

¿Qué es esto, Rey soberano? ¿Qué castigo es éste? ¿Qué penitencia es ésta? ¿Qué hurto habéis, Señor, cometido por donde así sois azotado?

   Claro está, Señor, que la causa de estos azotes son mis hurtos y maleficios y no los vuestros. Porque así como por vuestra inmensa caridad tomasteis mi humildad, así también tomasteis con ella todas las deudas y obligaciones a que estaba sujeta, y por ella padecéis estos tormentos.

   Los cuales claramente dicen quién sois vos y quién soy yo; quién yo, pues cometí tales pecados que merecieron tal castigo; y quién vos, pues fue tanta vuestra caridad, que tomasteis sobre vos tales delitos.

   Cuánto haya sido el número de estos azotes no lo dicen los Evangelios; mas díselo la muchedumbre de nuestras culpas y la crueldad de estas infernales furias, que tanto gusto tomaban en la sangre y dolores del Salvador.

   ¡Oh!, pues, hombre perdido, que eres causa de todas estas heridas, mira cuán grandes motivos tienes aquí para amar, temer y esperar en este Señor y compadecerte de Él: para amar, viendo lo mucho que padeció por ti; para temer, viendo el rigor con que en Sí mismo castigó tus pecados; para esperar, considerando cuán copiosa redención y satisfacción se ofrece aquí por ellos, y para compadecerte de Él, considerando la grandeza de este tormento y la mucha sangre que el Señor aquí derramó.


“VIDA DE JESUCRISTO”



lunes, 6 de abril de 2020

UN PECADOR BUSCA CON VERDADERO ARREPENTIMIENTO A CRISTO CRUCIFICADO




(Texto traducido del portugués)

A vos corriendo voy, brazos sagrados
en la Cruz sacrosanta descubiertos,
que para recibirme estáis abiertos
y por no castigarme estáis clavados.

A vos, divinos ojos eclipsados
de tanta sangre y lágrimas cubiertos,
pues para perdonarme estàis despiertos
y por no condenarme estàis cerrados.

A vos, clavados pies, por no dejarme,
a vos sangre vertida, para ungirme,
a vos cabeza baja, por llamarme.

A vos, costado herido, quiero unirme,
a vos, clavos preciosos, quiero atarme,
para quedar unido, atado y firme.


GREGORIO DE MATOS
(1633 – 1696)


domingo, 5 de abril de 2020

SAN ARCADIO (mártir) – Por San Alfonso María de Ligorio.





   San Arcadio fué africano, y se cree que consumó el martirio en Cesarea de la Mauritania. Ardía en su tiempo la persecución en la que se forzaba cruelmente a los cristianos para que sacrificasen a los ídolos. Arcadio para evitar el peligro huyó de su patria, y se escondió en cierto lugar donde no hacía más que ayunar y orar. Mas como entretanto no asistía a las públicas funciones (sacrificar a los ídolos), se enviaron soldados para sorprenderle en su propia casa, y no encontrándole estos, prendieron a un pariente suyo para obligarle a descubrir en donde estaba Arcadio.

   No pudiendo sufrir Arcadio que otro padeciese por él, presentóse al gobernador pidiéndole que libertase a aquel pariente suyo, ya que él mismo se había presentado para responder a los cargos que se le hiciesen. Respondióle el gobernador que él se libraría de toda pena si sacrificaba a los dioses. Y el santo llenó de un santo valor, le contestó: — Os engañáis si creéis que las amenazas de la muerte espantan a los siervos de Dios. Estos dicen lo que decía San Pablo: Yo vivo solo por Jesucristo, y la muerte para mí es una victoria. Y así, inventad suplicios cuantos queráis, que no por esto lograreis separarnos de Jesucristo.

   Lleno entonces de furor el tirano, pareciéndole ligeros para él los demás tormentos, ordenó que al mártir le fuesen cortados todos los miembros de su cuerpo, uno por uno, comenzando por las primeras junturas de los pies.
Y al momento fué ejecutado el bárbaro destrozo, en el cual el santo mártir no hizo otra cosa que bendecir a Dios; y cuando se le redujo a un solo tronco sin brazos ni piernas, mirando sus miembros esparcidos por el suelo, dijo : — ¡Ho miembros felices, que habéis merecido servir a la gloria de vuestro Dios ! Nunca os amé tanto como ahora que os miro separados de mi cuerpo, pues ahora me reconozco todo de Jesucristo, como siempre había deseado. —Y vuelto despues á los circunstantes que eran idólatras, les dijo: Sabed que es cosa fácil el sufrir todos estos tormentos al que tiene delante de los ojos la vida inmortal con que premia Dios a sus servidores. Reconoced a mi Dios que me alienta en medio de estos acerbos dolores; y abandonad a vuestras falsas deidades, que no pueden daros ayuda en vuestros apuros. El que muere por el verdadero Dios, conquista la verdadera vida; yo por este breve suplicio voy a vivir con mi Dios eternamente, sin temor de perderle jamás. Y así diciendo, rindió tranquilamente el alma a su Redentor el día 14 de enero. Este martirio llenó de confusión a los idólatras, e inspiró un grande deseo a los cristianos de dar la vida por Jesucristo, los cuales recogieron aquellos miembros esparcidos del santo mártir, y les dieron los honores del sepulcro con la mayor veneración.


“TRIUNFOS DE LOS MÁRTIRES”

A EJEMPLO DE CRISTO, DEBEMOS SUFRIR SERENAMENTE LAS MISERIAS DE LA VIDA – Por Tomás de Kempis.



   Cristo. Hijo mío, bajé del cielo para salvarte, abrazando tus miserias movido de amor, no obligado de necesidad, para enseñarte a sufrir con paciencia y sin repugnancia los males de la vida.

   Desde el punto en que nací hasta expirar en la cruz no me faltaron dolores. Fui muy pobre en bienes de fortuna; oía con frecuencia quejas de mí; con paciencia soportaba confusiones y oprobios; recibía ingratitud por mis beneficios; blasfemias, por los milagros, y censuras, por mi doctrina.

   El discípulo. Señor, puesto que tú fuiste tan sufrido en tu vida cumpliendo así perfectamente el mandato de tu Padre, justo es que también yo, pobrecillo pecador, sufra con paciencia conforme a tu voluntad y que por mi salvación lleve el peso de esta vida mortal hasta que tú quieras.

   Pues, aunque se sienta el molesto peso de la vida presente, ya tu gracia la hizo muy meritoria, y tu ejemplo y el de los santos la hacen más tolerable a nuestra fragilidad y más llena de luz. Pero, además, se tienen ahora muchos más consuelos que bajo la antigua ley, cuando las puertas del cielo estaban siempre cerradas, el camino que conduce a él no se veía tan claro, y eran tan pocos los que querían ganar el reino de Dios.

   Pues ni siquiera los justos y predestinados de entonces podían entrar en él antes de que con tu sagrada pasión y muerte nos redimieras.

   ¡Cuánto debo agradecerte, Señor, que a mí y a todos los fieles te hayas dignado enseñarnos el camino llano y derecho que a tu reino eterno conduce!

   Porque tu vida es nuestro camino, y por la santa paciencia llegamos a ti, que eres nuestra corona.



“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

El Nuevo Orden Mundial, haciendo su trabajo en "DOMINGO DE RAMOS 2020"


LA ENTRADA DE JESUCRISTO A EN JERUSALEN.





JOAQUÍN LORENZO VILLANUEVA

(1757-1837)

   Magnífica es tu entrada,
Señor de tierra y cielo,
en la que reina fué de las naciones ;
a lo sumo ensalzada
por niños y garzones,
al ver hoy un modelo
de la humildad con que bajaste al suelo.

   Rey eres de los reyes,
sin principio es tu trono,
no es breve o mundanal tu señorío ;
reino que va a tus greyes,
de hoy más es remo mío ;
de tu cetro blasono,
pues contigo en tu gloria me corono.

   Hosana al que naciera
de David, canta leda
Salén, y llega el eco al alto polo ;
y responde la esfera,
y Febo en cuanto oyólo
desciende de su rueda
por ver do está sin ramos la arboleda.

   La palma y el olivo
te rinden su hermosura,
deshaciéndose el bosque en tu alabanza ;
da saltos el cautivo
con la cierta esperanza
de su pronta soltura,
viendo al que a rescatarle se apresura.

   ¡Oh Rey benigno y manso!
Tu gala es la pobreza;
tu fausto, el menosprecio del tesoro ;
el afán, tu descanso ;
tus placeres, el lloro ;
la humildad, tu grandeza,
pues a la cruz tu pompa se endereza.

   Poetas líricos del siglo XVIII, t. 3, en Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra, v. 67, p. 585.

miércoles, 1 de abril de 2020

La angustia de Cristo ante la muerte – Por Santo Tomás Moro (mártir)





   Que mejor que un mártir de Cristo, para hablarnos sobre la muerte, el miedo, y sobre todo la esperanza (el cielo). Esta obra inacabada pues mientras esperaba en la “Torre de Londres”  antesala de la muerte, se le despojo de sus libros, papeles y tinta. Poco tiempo después en 1534 muere por decapitación este santo muy nombrado, pero poco conocido, tuvo que elegir entre la ley inicua de su Rey Enrique VIII, o simplemente seguir estrictamente los mandamiento de Dios. Santo Tomás eligió este último camino. Si bien el más difícil, pero el más recto y seguro para llegar a la patria celestial. Vaya pues un fragmento de su obra inconclusa como ya lo dijimos, titulada: “LA AGONÍA DE CRISTO”

   “Y dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras yo voy más allá y hago oración. Y llevándose consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo entonces: Mi alma está triste hasta la muerte. Aguardad aquí y velad conmigo” (Mt 26, 36-38) Después de mandar a los otros ocho Apóstoles que se quedaran sentados en un lugar, El siguió más allá, llevando consigo a Pedro, a Juan y a su hermano Santiago, a los que siempre distinguió del resto por una mayor intimidad. Aunque no hubiera tenido otro motivo para hacerlo que el haberlo querido así, nadie tendría razón para la envidia por causa de su bondad. Pero tenía motivos para comportarse de esta manera, y los debió de tener presentes. Destacaba Pedro por el celo de su fe, y Juan por su virginidad, y el hermano de éste, Santiago, sería el primero entre ellos en padecer martirio por el nombre de Cristo. Estos eran, además, los tres Apóstoles a los que se les había concedido contemplar su cuerpo glorioso. Era, por tanto, razonable que estuvieran muy próximos a Él, en la agonía previa a su Pasión, los mismos que habían sido admitidos a tan maravillosa visión, y a quienes Él había recreado con un destello de la claridad eterna porque convenía que fueran fuertes y firmes.

   Avanzó Cristo unos pasos y, de repente, sintió en su cuerpo un ataque tan amargo y agudo de tristeza y de dolor, de miedo y pesadumbre, que, aunque estuvieran otros junto a Él, le llevó a exclamar inmediatamente palabras que indican bien la angustia que oprimía su corazón: “Triste está mi alma hasta la muerte.” Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre El: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, la perdición de los judíos, e incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Añadía además el inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y sufrimientos se revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón amabilísimo y lo inundaban como las aguas del océano rompen sin piedad a través de los diques destrozados.

   Alguno podrá quizás asombrarse, y se preguntará cómo es posible que nuestro salvador Jesucristo, siendo verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera tristeza, dolor y pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo como era Dios, lo hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo hombre verdadero. Ahora bien, como no era menos verdadero hombre que era verdaderamente Dios, no veo razón para sorprendernos de que, al ser hombre de verdad, participara de los afectos y pasiones naturales de los hombres (afectos y pasiones, por supuesto, ausentes en todo de mal o de culpa). De igual modo, por ser Dios, hacía portentosos milagros. Si nos asombra que Cristo sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende tanto el que sintiera hambre, sed y sueño? ¿No era menos verdadero Dios por todo esto?

   Tal vez, se podría objetar: “Está bien. Ya no me causa extrañeza que experimentara esas emociones y estados de ánimo, pero no puedo explicarme el que deseara tenerlas de hecho. Porque El mismo enseñó a los discípulos a no tener miedo a aquéllos que pueden matar el cuerpo y ya no pueden hacer nada más. ¿Cómo es posible que ahora tenga tanto miedo de esos hombres y, especialmente, si se tiene en cuenta que nada sufriría su cuerpo si Él no lo permitiera? Consta, además, que sus mártires corrían hacia la muerte prestos y alegres, mostrándose superiores a tiranos y torturadores, y casi insultándoles. Si esto fue así con los mártires de Cristo, ¿cómo no ha de parecer extraño que el mismo Cristo se llenara de terror y pavor, y se entristeciera a medida que se acercaba el sufrimiento? ¿No es acaso Cristo el primero y el modelo ejemplar de los mártires todos? Ya que tanto le gustaba primero hacer y luego enseñar, hubiera sido más lógico haber asentado en esos momentos un buen ejemplo para que otros aprendieran de El a sufrir gustosos la muerte por causa de la verdad. Y también para que los que más tarde morirían por la fe con duda y miedo no excusaran su cobardía imaginando que siguen a Cristo, cuando en realidad su reluctancia puede descorazonar a otros que vean su temor y tristeza, rebajando así la gloria de su causa.”

   Estos y otros que tales objeciones ponen no aciertan a ver todos los aspectos de la cuestión, ni se dan cuenta de lo que Cristo quería decir al prohibir a sus discípulos que tuvieran miedo a la muerte. No quiso que sus discípulos no rechazaran nunca la muerte, sino, más bien, que nunca huyeran por miedo de aquella muerte “temporal”, que no durará mucho, para ir a caer, al renegar de la fe, en la muerte eterna. Quería que los cristianos fuesen soldados fuertes y prudentes, no tontos e insensatos. El hombre fuerte aguanta y resiste los golpes, el insensato ni los siente siquiera. Sólo un loco no teme las heridas, mientras que el prudente no permite que el miedo al sufrimiento le separe jamás de una conducta noble y santa. Sería escapar de unos dolores de poca monta para ir a caer en otros mucho más dolorosos y amargos.

Película "La canción de Bernardette" 1943 audio español.


La vida de Bernardette Soubirous y la aparición de la Virgen en Lourdes (Francia) en 1858. Bernardette, una niña asmática, se le aparece la Señora vestida de blanco en la gruta de Massabielle, que no sólo conmociono la tranquila vida del pueblo de Lourdes, donde surge un manantial cuyas aguas curan a los peregrinos enfermos. Sino que cambió también la vida de Bernardette. Cuya vida estuvo desde aquel momento llena pruebas y sufrimientos. Sobre todo cuando manifiesta que la Señora de blanco dice ser LA INMACULADA CONCEPCIÓN.  EL agua y sus milagros, hasta la misma vidente serán exhaustivamente investigados por la Iglesia, los médicos y por toda suerte de expertos que no podían explicar lo que allí sucedía. Esta devoción fue muy combatida por los masones liberales de su época.




domingo, 15 de marzo de 2020

LOS SACERDOTES CAMILIANOS Y LA PESTE – De la Vida de San Camilo de Lelis. (Todo un ejemplo de valor y caridad) Estos sacerdotes tenían fuego en su corazón, que les abrazaba el alma en caridad por el prójimo enfermo.






San camilo de Lelis, en la noche de Navidad de 1598, salva de la inundación del Tiber a los casi 300 enfermos del hospital "Santo Espíritu" de Roma. Cuadro de Pierre Subleyras (1699-1749)

   “Una vez en Nápoles se encontraron con que, por petición del Virrey, el padre Blas había enviado siete de nuestros sacerdotes a Nola, en 1600, pues en esta ciudad, por causa de las aguas de los alrededores, había surgido una gran infección y mortandad, hasta tal punto que casi no había quedado gente con vida. Y como habían muerto también los sacerdotes y religiosos del lugar o estaban enfermos o habían huido, la gente moría miserablemente sin la necesaria ayuda de los sacramentos. Al llegar los nuestros (sacerdotes camilianos) se les heló el corazón por el aspecto que ofrecía la ciudad, desprovista y abandonada por casi todos sus ciudadanos y habitantes.

   La mayoría de las puertas y ventanas estaban cerradas, las calles solitarias, las iglesias vacías y los pocos habitantes que quedaban estaban tan escuálidos y llenos de miseria que parecían más muertos que vivos. Los nuestros (sacerdotes camilianos) comenzaron a servir a aquellas pobres gentes, confesando, dando el viático, administrando la unción, recomendando las almas y transportando, sobre las propias espaldas, a los muertos para sepultarlos, ya que no quedaba persona sana que lo pudiese hacer. Ante tanta deficiencia se vieron obligados, más de una vez, a ir solos por los caseríos vecinos... Y sucedió, en más de una ocasión, que al llegar a casa, uno solo, sin ayuda de ningún otro ministro, al mismo tiempo atendía, confesaba al enfermo, le daba la comunión, lo ungía con el óleo, le recomendaba el alma y después lo transportaba fuera de casa para sepultarlo.

   Bautizaron a muchos niños y unieron en matrimonio a algunos que vivían en concubinato, pues en una misma cama yacían el hombre y sus amantes, y así morían. Encontraron a muchos, muertos no sólo de cuatro días, sino hasta de ocho, tendidos en sus propios lechos; en los que, además, yacían otros enfermos, muy próximos a la muerte por el intolerable hedor de aquellos cadáveres.

   Estas y parecidas obras de caridad prestaban los nuestros, tanto de día como de noche, yendo bajo los rayos caniculares del sol, tal como se lo urgía la necesidad, a buscar de casa en casa a los enfermos y a llevarles algo para comer y reconfortarlos. Y, oprimidos por las fatigas y aplanados por la contaminación y olor de aquellos aires pestilentes, enfermaron todos. Como no podían ya tenerse en pie, fueron a buscarlos y lo condujeron a Nápoles, donde cinco de ellos (sacerdotes camilianos) pasaron a mejor vida. Murieron con gran paciencia y fortaleza, tanto que unos a otros se exhortaban a morir con alegría, teniéndose por dichosos al haber expuesto la vida por amor de Dios y por la salud del prójimo.

   San Camilo quiso cuidarles con sus propias manos y hacer de enfermero suyos, recomendándoles el alma y cerrándoles los ojos él mismo”.

domingo, 8 de marzo de 2020

PEQUEÑO MES DEL SEÑOR SAN JOSÉ: Pensamientos piadosos para el mes de marzo – Por el Presbítero Gerardo Herrera. Año 1893.






DÍAS V, VI; VII Y VIII.




DIA V.

   Súplica: Gracia para desagraviar a Dios por todos los pecados que se cometen en este instante.

PIEDAD DE SAN JOSÉ EN LA ORACIÓN.

   Por la mañana, por la tarde y con frecuencia entre día, José llamaba a Jesús y a María para elevar unidos su oración a Dios. . . Jesús presidía, María y José respondían. . .  ¡Oh! ¡Qué atención, qué modestia, qué piedad y qué delicias! . . . Si hubiéramos estado allí presentes habríamos orado también nosotros con perfección. . .

   ¿Y no podemos hacerlo ahora?

   Propósito: Me imaginaré que estoy en medio de la Sagrada Familia y estaré atento en la oración como si Jesús la hiciera conmigo estaré con recogimiento y responderé sin apresurarme, con pausa, sin levantar demasiado la voz y sin omitir una sola palabra



DÍA VI.

   Súplica: La de unir nuestras oraciones a la de los religiosos que se levantan a orar a la media noche.

SILENCIO DE SAN JOSÉ.

   Todos los santos han sido amantes del silencio. . . Señor San José amó el silencio por dos motivos principalmente: 1°)  Por su asiduidad en el trabajo: se había señalado su tarea para cada hora del día y nunca se apartaba de ella. 2°)  Por su cuidado para con Jesús que llenaba su corazón y su alma.

   Hablar hubiera sido distraerse, hubiera sido no ejecutar debidamente la tarea fijada, hubiera sido olvidarse de que estaba en la presencia de Jesús.

   Propósito: Difícil es el silencio en todo tiempo, pero yo quiero señalar algunos minutos de este día durante los cuales no hablaré sino lo estrictamente necesario.



DÍA VII

   Súplica: Hagámosla fervorosa por las infelices almas que sienten grande repugnancia a obedecer

SUJECIÓN DE SAN JOSÉ A LAS ORDENES QUE SE LE DABAN.

   Sometióse Señor San José al Gobernador que le obligó a marchar a Belem y le obedeció a pesar de la pena que le causaba ver fatigada a María.

   Sometióse al Angel que le mandó huir a Egipto y le obedeció no obstante la pérdida que iba a sufrir en su trabajo; “¡Dios lo quiere!” dice, cada vez que recibe una orden, “cumplamos su voluntad.”

   Propósito: De cuantas cosas se nos mandan, ninguna ha tenido para nosotros los penosos resultados que experimentó en su vida Señor San José. A su imitación digamos: Este precepto me desazona, me molesta, me fatiga: pero Dios lo quiere, hágase su voluntad.


DIA VIII.

   Súplica: Hagámosla por las personas que se dejan dominar del deseo de los placeres.

AMOR DE SAN JOSÉ A LA POBREZA.

   Amó Señor San José la pobreza por ser esta el estado en que a la Bondad divina plugo colocarse y San José quiso siempre lo que quiso Dios; la amó, además, porque por efecto de una gracia particular conoció claramente los grandes tropiezos y las muchas inquietudes que acarrean las riquezas. Jesús en sus coloquios íntimos le dijo: “que el pobre que trabaja y se resigna encuentra con suma facilidad el camino del cielo.”

   Amemos asimismo, nosotros el puesto en que nos hallamos; pongamos coto a los deseos de riqueza y honores que acaso por ahora son poco impetuosos, pero que se convertirán más tarde en tormento para nuestro corazón si no los sofocamos con la energía que debemos oportunamente: si carecemos de alguna cosa exclamemos con alegría como lo hiciera San José: Dios mío, de vuestra Providencia espero mi pan de cada día.

   Propósito: Sigamos la conducta de un tierno niño que rogaba a Dios por sus padres diciendo: “¡oh mi Dios! dadnos no más que lo necesario cada día.”




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