lunes, 11 de diciembre de 2017

Vida retirada – Por San Alfonso María de Ligorio.




   Las almas que aman a Dios encuentran el paraíso en su vida retirada, la cual las separa del comercio con los hombres. No, no es enfadoso conversar con Dios en la soledad separándose de las criaturas: Porque ni su conversación tiene amargura, ni tedio su trato, sino alegría y gozo.


   Los mundanos tienen razón de aborrecer la soledad, porque desde el momento en que se ven privados de sus diversiones y de sus ocupaciones terrenas, el remordimiento se hace sentir más vivamente en sus corazones. Buscan la sociedad para ahogar o distraer sus conciencias; pero cuantos más alivios buscan en las concurrencias y en las ocupaciones, más espinas y amarguras encuentran.


   Lo contrario acontece a los que aman a Dios, porque en su retiro encuentran un amigo fiel que les consuela y alegra más que la compañía de sus amigos y parientes, aunque sean estos los primeros personajes del mundo. San Bernardo decía: Jamás estoy menos sólo, que cuando estoy sólo, porque entonces encuentro a Dios que me habla: más atento estoy entonces a escucharle y más dispuesto a unirme a Él.


   Nuestro Salvador quería que sus discípulos, aunque destinados a propagar la fe por el mundo entero, suspendiesen de vez en cuando sus fatigas, y se retirasen a la soledad para conversar sólo con Dios. Además sabemos que Jesucristo solía mandarles a diversos lugares de la Judea, a convertir pecadores; pero después de las fatigas no dejaba de invitarles a que se retirasen a algún lugar solitario diciéndoles: Venid aparte a un lugar solitario, y descansad un poco; pues eran muchos los que iban y venían, y ni aun tiempo para comer tenían.


   Ya que el Señor impuso el reposo hasta a sus mismos discípulos, diciéndoles: Descansad un poco, es necesario que los que cooperan a su santa obra se retiren de vez en cuando a la soledad, para recogerse dentro de sí mismos y renovar sus fuerzas, para trabajar después con nuevo ardor en la conversión de las almas.


   Los que trabajan para el prójimo, pero con poco celo y amor de Dios, con el fin de adquirir honores y riquezas, son de poco provecho para las almas. Si pues el Señor dijo a sus discípulos: Descansad un poco, quería significar con esto, no que se entregasen al sueño, sino que tomasen descanso conversando con Dios y pidiéndole gracia para vivir bien y así recobrar fuerzas para trabajar después por la salud de las almas. Sin este descanso con Dios en la oración, menguarán nuestras fuerzas para atender bien al provecho propio y del prójimo.


   San Lorenzo Justiniano observa con razón que la soledad se ha de amar siempre, pero que no siempre se ha de estar en ella; esto es, que los que son llamados por el Señor a convertir a los pecadores, no siempre han de permanecer encerrados en su retiro, porque esto sería faltar a la divina vocación, para la cual todo debe abandonarse cuando Dios lo ordena; pero deben amar y suspirar por la soledad, donde el Señor se deja encontrar más que en otra parte.


   ¡Oh Jesús mío! ¡He amado poco el retiro porque os he amado poco: continuamente he ido en busca de los placeres y de los contentos del mundo, que han hecho que os perdiese a vos, bien infinito!


   ¡Desdichado de mí! Durante tantos años he tenido mi corazón en las distracciones sin pensar más que en los bienes de la tierra, olvidándome de vos. ¡Oh Dios mío! Tomad este corazón que habéis redimido con el precio de vuestra sangre: abrasadle en vuestro santo amor: poseedle todo entero. ¡Oh Virgen María, Reina del Cielo! Vos podéis alcanzarme esta gracia: la espero de vos.


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