¡Yo
quiero ser feliz! Aspiración natural de todo hombre.
¿Quién
no desea ser feliz y deja de poner en práctica los medios que cree que conducen
a ello? ¿Quién, cuando niño, no se ha empeñado en pisar la cabeza de su
sombra, sin que jamás haya podido realizarlo?
Así es la felicidad en esta vida: correr
tras de un sombra sin poder nunca alcanzarla.
—¡Yo quiero ser feliz!
Y un ángel se apareció al que así exclamaba.
—¿En
qué crees—le dijo—que consiste la felicidad y pide lo que creas que la
constituye.
—Quiero ser rico.
—Lo serás —dijo el ángel.
Y al poco nadaba en riquezas el aspirante a
feliz. Era tan rico como Lúculo y Creso. (Dos personajes tremendamente ricos y
regalados a los placeres mundanos). Como Midas, que cuanto tocaba lo convertía en
oro.
—Ahora seré feliz —Se dijo. —¿Qué no se consigue con el dinero?
Y
comenzó a derrocharlo con profusión; gozó de cuantos placeres puede
proporcionar el vil metal, rey del
mundo; dispensó favores, hizo beneficios, socorrió necesitados; buscó agradecidos,
y sólo encontró ingratitudes; y un hijo le salió malvado, otro se le murió joven;
él estaba enfermo; la felicidad no acudía a su llamamiento; no se le llenaba el
corazón; experimentaba siempre un vacío en su alma; no podía pisar la cabeza de
la sombra.
—¡No,
no soy feliz! Indudablemente las riquezas no constituyen la felicidad; me
equivoqué por completo.
—Pues busquemos por otro camino —le dijo el ángel.
—Tal vez en los honores encontraré lo que busco.
Quiero tener todos cuantos pueden saciar lamas desmesurada ambición. Quiero ser
Amán, Clito, Seyano, sin el fin trágico de todos ellos.
Y llovieron sobre su persona toda clase de honores,
y cruces, y distinciones, y empleos honoríficos, y ocupó puestos palaciegos, y fué
el árbitro de su nación, y la paz y la guerra emanaban de su omnímoda voluntad.
Y como ante Amán, todos doblaban el espinazo
ante él. ¿Y fué feliz?... La sombra,
siempre la sombra; corría y no la alcanzaba. Y unos decían: «El favor lo encumbró, no sus méritos.»
Y aquellos a, quienes favorecía, murmuraban por lo bajo, diciendo: «¡Cómo lo hincha la soberbia!» Y no halló
ningún amigo verdadero en quien confiarse, pues los que le adulaban por delante
le despellejaban por detrás. Y la envidia y el odio le roían las entrañas. Y en
medio de tanto favor, de tanto poder, de tantas honrras, se encontraba con el
corazón vacío: no llenaban su alma aquellos favores de la fortuna.
—No, no soy feliz —exclamó; —todo esto no me satisface; conozco que me falta otra cosa; entreveo un
más allá que no encuentro. ¡Ay! ¡Indudablemente los honores no constituyen la
felicidad que tanto ansío!
—Bueno
—dijo el ángel; —busquemos por otra
parte.
—¡Ah!
¡La ciencia! ¡La ciencia! Eso es más digno; tal vez ahí encuentre lo que busco.
Y el ángel lo tocó con el extremo de una de
sus alas, y le infundió el saber que poseían Platón y Aristóteles, Kermes y
Salomón.
—Ahora
sí que seré feliz —se dijo.
Pero, ¡ay!,
se olvidó del árbol de la ciencia del Paraíso. Supo mucho, muchísimo; y cuanto
más sabia, mis advertía que aún le quedaba más que saber. Se convenció de que
la ciencia es una antorcha que no hace más que alumbrar la obscuridad de
nuestra ignorancia. Como al doctor Fausto, la ciencia no le llenaba el vacío de
su corazón. Lo supo todo, lo conoció todo, lo adivinó todo. Y el ansia de saber
le aguijoneaba, y creía que, cuando supiera lo que deseaba saber, sería feliz,
y veía con dolor que se quedaba tan vacío como antes. La ciencia que adquirió era
una especie de hidropesía: cuanto más sabia, más ansiaba saber, porque lo que sabía
no llenaba su corazón. Y advirtió que era muy amargo el fruto de la ciencia.
—Ya
serás feliz —díjole el ángel. —Ya lo sabrás
todo.
—Sí
—contestó desesperado, con el mayor desaliento; —todo lo sé, menos dónde se halla la felicidad. Tengo sed, pero no encuentro
el agua que me sacie. No me llena el corazón la ciencia. Tan vacío lo tengo
como antes. Pido, y no recibo; llamo, y no se me abre; busco, y no encuentro:
Deseo, y no realizo; aspiro, y no me
satisfago. Y cuando el Criador ha puesto en nosotros esta aspiración incesante,
es que también ha creado algo que la realice; porque hubiese sido muy injusto inspirándonos
una necesidad imperiosa, y negándonos los medios de satisfacerla.
—Dime,
dime —gritó al ángel: —¿Dónde está ese
más allá que nunca veo? ¿Dónde ese objeto deseado que llene mi corazón? ¿Es que
la felicidad no se halla en esta vida?...
—Tú lo
has dicho —contestóle con dulzura el ángel. —Hace tiempo que se ha dicho: «Nadie es feliz antes de la muerte.» ¿Vives? Pues aún no eres feliz. Para ser
feliz necesitas morir. La muerte es el único puente que conduce, o mejor dicho,
que puede conducir a la eterna felicidad. He ahí por qué no la has encontrado en las tres grandes satisfacciones
humanas: riquezas, honores, ciencia.
Humo, sombra, vacío. Y es que como la patria del hombre no es la tierra;
como la parte más noble del hombre—el alma—tiene un origen celeste, tiende a
volver a su patria, el cielo. Y por eso no la llenan los objetos terrestres. La
felicidad, para ser perfecta, ha de excluir el temor de perderse. Y viviendo en
la tierra, en donde todo concluye, en donde no hay nada seguro, ¿cómo
conseguirse la seguridad de no perder el bien adquirido? El hombre por su alma
aspira a lo infinito: necesita, pues, un objeto infinito para llenarla. He aquí
por qué sólo Dios puede ser el objeto de las aspiraciones del hombre. He aquí
por qué sólo la posesión de Dios puede constituir su felicidad. Y cómo la
posesión de Dios no puede tener lugar antes de la muerte, de aquí que en la
tierra no puede el hombre llenar su corazón. Confórmate aquí con la voluntad
divina; aspira mientras vivas a unirte al que te dio la vida, y después de la
muerte, no antes, conseguirás la eterna, completa y perfecta felicidad, si en
tu vida y en tu muerte has obrado como cristiano.
Y,
dichas estas palabras, el ángel voló a las mansiones celestiales.
“LA
LECTURA DOMINICAL”
Año
1895.