domingo, 1 de marzo de 2026

LA MANTA DEL ABUELO.

 



   —Padre, si echa usted al abuelo no le dé entera la manta; saque usted el cuchillo y córtela, que con la mitad le basta.

   —Ten compasión, hijo mío; mira que la manta está vieja y mala...

   —No importa, padre, no importa, que con la mitad le basta.

   —Pero...

   — ¿Y la mitad restante?

   — Téngala usted bien guardada, para cuando sea usted abuelo... Por si su hijo lo despacha.

 

   Lloró abrazándolo el padre, y el abuelo quedó en casa.

   Más no espere buenos frutos, quien da malas enseñanzas.

 

   E. SOLANA.

FRUTOS DEL BUEN ÁRBOL.

 



 

   Un pobre negro, llamado Tom, comprado en las costas del África, fué transportado a las Indias Occidentales. Abrazó el Cristianismo, y por su ordenada conducta mereció la confianza de su dueño.

   Un día quiso éste comprar una veintena de esclavos; y dirigiéndose en compañía del fiel Tom al mercado, ordenó eligiese los que, a su juicio, hablan de ser mejores obreros.

   Con sorpresa vio que Tom le presentó, entre los esclavos, a un viejo caduco, que decía era conveniente comprar; el amo rehusaba hacerlo, mas, vencido por las instancias del esclavo, acabó por comprarlo.

   Al regresar a los dominios de su principal, Tom no cesaba de prodigar al viejo los más solícitos cuidados, ya, llevándole a su cabaña, le hacía comer con él, ya cuando tenía frio le conducía al sol, asi como cuando le sofocaba el calor hacíale sentar a la sombra de los cocoteros; en una palabra, hacía todo lo que un hijo agradecido puede hacer por el mejor de los padres.

   Admirado el amo de cariño tan extraordinario, preguntó A. Tom:

   — ¿Es ese anciano tu padre?

   — No, señor; no es mi padre.

   — ¿Es tu hermano?

   — Tampoco es mi hermano.

   — ¿Es, acaso, alguno de tus parientes? Pues que no me parece posible tomes tan extraordinario cariño a un extraño.

   — No, mi amo, ni es pariente, ni aun amigo.

   — Explícame, pues, por qué te muestras tan solícito y cariñoso con él.

   — ¡Es mi enemigo! — respondió el esclavo; me vendió a los blancos en las costas de África; pero yo no puedo aborrecerle por que el Padre Misionero me ha dicho: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer: y si tiene sed, dale de beber.»

 

   Estos ejemplos de sublimidad moral, sólo la Iglesia católica puede presentarlos.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1895

 

   

LA FELICIDAD NO SE ENCUENTRA EN ESTA VIDA.

 



 

      ¡Yo quiero ser feliz! Aspiración natural de todo hombre.

   ¿Quién no desea ser feliz y deja de poner en práctica los medios que cree que conducen a ello? ¿Quién, cuando niño, no se ha empeñado en pisar la cabeza de su sombra, sin que jamás haya podido realizarlo?

   Así es la felicidad en esta vida: correr tras de un sombra sin poder nunca alcanzarla.

   —¡Yo quiero ser feliz!

   Y un ángel se apareció al que así exclamaba.

   —¿En qué crees—le dijo—que consiste la felicidad y pide lo que creas que la constituye.

   —Quiero ser rico.

   —Lo serás —dijo el ángel.

   Y al poco nadaba en riquezas el aspirante a feliz. Era tan rico como Lúculo y Creso. (Dos personajes tremendamente ricos y regalados a los placeres mundanos). Como Midas, que cuanto tocaba lo convertía en oro.

  —Ahora seré feliz —Se dijo. —¿Qué no se consigue con el dinero?

   Y comenzó a derrocharlo con profusión; gozó de cuantos placeres puede proporcionar el vil metal, rey del mundo; dispensó favores, hizo beneficios, socorrió necesitados; buscó agradecidos, y sólo encontró ingratitudes; y un hijo le salió malvado, otro se le murió joven; él estaba enfermo; la felicidad no acudía a su llamamiento; no se le llenaba el corazón; experimentaba siempre un vacío en su alma; no podía pisar la cabeza de la sombra.

   —¡No, no soy feliz! Indudablemente las riquezas no constituyen la felicidad; me equivoqué por completo.

   —Pues busquemos por otro camino —le dijo el ángel.

   —Tal vez en los honores encontraré lo que busco. Quiero tener todos cuantos pueden saciar lamas desmesurada ambición. Quiero ser Amán, Clito, Seyano, sin el fin trágico de todos ellos.

   Y llovieron sobre su persona toda clase de honores, y cruces, y distinciones, y empleos honoríficos, y ocupó puestos palaciegos, y fué el árbitro de su nación, y la paz y la guerra emanaban de su omnímoda voluntad.

   Y como ante Amán, todos doblaban el espinazo ante él. ¿Y fué feliz?... La sombra, siempre la sombra; corría y no la alcanzaba. Y unos decían: «El favor lo encumbró, no sus méritos.» Y aquellos a, quienes favorecía, murmuraban por lo bajo, diciendo: «¡Cómo lo hincha la soberbia!» Y no halló ningún amigo verdadero en quien confiarse, pues los que le adulaban por delante le despellejaban por detrás. Y la envidia y el odio le roían las entrañas. Y en medio de tanto favor, de tanto poder, de tantas honrras, se encontraba con el corazón vacío: no llenaban su alma aquellos favores de la fortuna.

   —No, no soy feliz —exclamó; —todo esto no me satisface; conozco que me falta otra cosa; entreveo un más allá que no encuentro. ¡Ay! ¡Indudablemente los honores no constituyen la felicidad que tanto ansío!

   —Bueno —dijo el ángel; —busquemos por otra parte.

   —¡Ah! ¡La ciencia! ¡La ciencia! Eso es más digno; tal vez ahí encuentre lo que busco.

   Y el ángel lo tocó con el extremo de una de sus alas, y le infundió el saber que poseían Platón y Aristóteles, Kermes y Salomón.

   —Ahora sí que seré feliz —se dijo.

   Pero, ¡ay!, se olvidó del árbol de la ciencia del Paraíso. Supo mucho, muchísimo; y cuanto más sabia, mis advertía que aún le quedaba más que saber. Se convenció de que la ciencia es una antorcha que no hace más que alumbrar la obscuridad de nuestra ignorancia. Como al doctor Fausto, la ciencia no le llenaba el vacío de su corazón. Lo supo todo, lo conoció todo, lo adivinó todo. Y el ansia de saber le aguijoneaba, y creía que, cuando supiera lo que deseaba saber, sería feliz, y veía con dolor que se quedaba tan vacío como antes. La ciencia que adquirió era una especie de hidropesía: cuanto más sabia, más ansiaba saber, porque lo que sabía no llenaba su corazón. Y advirtió que era muy amargo el fruto de la ciencia.

   —Ya serás feliz —díjole el ángel. —Ya lo sabrás todo.

   —Sí —contestó desesperado, con el mayor desaliento; —todo lo sé, menos dónde se halla la felicidad. Tengo sed, pero no encuentro el agua que me sacie. No me llena el corazón la ciencia. Tan vacío lo tengo como antes. Pido, y no recibo; llamo, y no se me abre; busco, y no encuentro: Deseo, y no realizo; aspiro, y no me satisfago. Y cuando el Criador ha puesto en nosotros esta aspiración incesante, es que también ha creado algo que la realice; porque hubiese sido muy injusto inspirándonos una necesidad imperiosa, y negándonos los medios de satisfacerla.

   —Dime, dime —gritó al ángel: —¿Dónde está ese más allá que nunca veo? ¿Dónde ese objeto deseado que llene mi corazón? ¿Es que la felicidad no se halla en esta vida?...

   —Tú lo has dicho —contestóle con dulzura el ángel. —Hace tiempo que se ha dicho: «Nadie es feliz antes de la muerte.» ¿Vives? Pues aún no eres feliz. Para ser feliz necesitas morir. La muerte es el único puente que conduce, o mejor dicho, que puede conducir a la eterna felicidad. He ahí por qué no la has encontrado en las tres grandes satisfacciones humanas: riquezas, honores, ciencia. Humo, sombra, vacío. Y es que como la patria del hombre no es la tierra; como la parte más noble del hombre—el alma—tiene un origen celeste, tiende a volver a su patria, el cielo. Y por eso no la llenan los objetos terrestres. La felicidad, para ser perfecta, ha de excluir el temor de perderse. Y viviendo en la tierra, en donde todo concluye, en donde no hay nada seguro, ¿cómo conseguirse la seguridad de no perder el bien adquirido? El hombre por su alma aspira a lo infinito: necesita, pues, un objeto infinito para llenarla. He aquí por qué sólo Dios puede ser el objeto de las aspiraciones del hombre. He aquí por qué sólo la posesión de Dios puede constituir su felicidad. Y cómo la posesión de Dios no puede tener lugar antes de la muerte, de aquí que en la tierra no puede el hombre llenar su corazón. Confórmate aquí con la voluntad divina; aspira mientras vivas a unirte al que te dio la vida, y después de la muerte, no antes, conseguirás la eterna, completa y perfecta felicidad, si en tu vida y en tu muerte has obrado como cristiano.

   Y, dichas estas palabras, el ángel voló a las mansiones celestiales.

 

“LA LECTURA DOMINICAL”

Año 1895.