lunes, 26 de enero de 2026

“No queráis juzgar, y no seréis juzgados... Perdonad, y seréis perdonados...”


 

   


   La tarde va cayendo. En la diminuta y austera celda— sin más adornos que una cruz de palo y una ventana abierta hacia la inmensidad,— en humilde cama de tablas y de pieles, espera el enfermo su postrero instante.

    Cerca de él, sentado en silla de esparto, callado y triste, lo contempla con mirada de lástima el Hermano enfermero.

    El moribundo, de vez en cuando, con rostro alegre interrumpe el silencio de la celda, y su voz ya débil se esfuerza por cantar salmos de esperanza y de resurrección. Y una santa impaciencia se muestra en sus cantares.

    La tarde va adelantando más.

    De pronto el enfermero, lleno de dudas ante aquel morir tranquilo, temblando ante el misterio de aquella vida que huye, pregunta pausado:

    —Hermano Agatón, ¿cómo estáis tan contento?

   —¿No lo he de estar, si muero?...

   —Pues por eso mismo, Hermano mío.

   —¡Ah! ¡Ya comprendo!—exclama el enfermo en esas intuiciones repentinas que alumbran al espíritu a tiempo de partir,—¡ya comprendo!... Es verdad que mi vida monástica ha sido algo remisa, que mis penitencias no han sido grandes, que no he seguido muchas veces a la comunidad, que he cuidado tal vez demasiado de mi flaca salud...

   —Eso, eso—murmura el enfermero.

   —Pero oíd, Hermano. El Señor es misericordioso, y esta mañana, cuando ha venido a mí, cuando me he quedado a solas con Él, me ha dicho que me salvaré, porque El cumplirá su palabra, la promesa hecha en su Evangelio:

   No queráis juzgar, y no seréis juzgados... Perdonad, y seréis perdonados... Y aunque yo no he servido a Dios como debía, pero he sufrido siempre con paciencia los desvíos de todos, he excusado las acciones ajenas, he perdonado las palabras duras que se me han dirigido, no he querido juzgar... Por eso estoy alegre... El Señor me lo ha dicho, el Señor, que es compasivo, que es bueno...

    En sus ojos comenzaba a brillar el día de la inmortalidad.

   Por la abierta ventana de la celda entraba la última palpitación del crepúsculo.

   Allá lejos, donde el mar y los cielos se besan, tremolaba la blanca vela de un navío que acaso bogaba hacia la patria.

   En la montaña, las aves regresaban a sus nidos.

   El Hermano Agatón volaba al cielo.

 

Por J. L. BRUN.

 

 

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