La
tarde va cayendo. En la diminuta y austera celda— sin más adornos que una cruz
de palo y una ventana abierta hacia la inmensidad,— en humilde cama de tablas y
de pieles, espera el enfermo su postrero instante.
—¿No lo he de estar, si muero?...
—Pues
por eso mismo, Hermano mío.
—¡Ah! ¡Ya comprendo!—exclama el enfermo en
esas intuiciones repentinas que alumbran al espíritu a tiempo de partir,—¡ya
comprendo!...
Es verdad que mi vida monástica ha sido
algo remisa, que mis penitencias no han sido grandes, que no he seguido muchas
veces a la comunidad, que he cuidado tal vez demasiado de mi flaca salud...
—Eso, eso—murmura el enfermero.
—Pero oíd, Hermano. El Señor es misericordioso,
y esta mañana, cuando ha venido a mí, cuando me he quedado a solas con Él, me
ha dicho que me salvaré, porque El cumplirá su palabra, la promesa hecha en su Evangelio:
No queráis juzgar, y no seréis juzgados...
Perdonad, y seréis perdonados... Y aunque yo no he servido a Dios como debía,
pero he sufrido siempre con paciencia los desvíos de todos, he excusado las
acciones ajenas, he perdonado las palabras duras que se me han dirigido, no he querido
juzgar... Por eso estoy alegre... El Señor me lo ha dicho, el Señor, que es
compasivo, que es bueno...
Por
la abierta ventana de la celda entraba la última palpitación del crepúsculo.
Allá
lejos, donde el mar y los cielos se besan, tremolaba la blanca vela de un navío
que acaso bogaba hacia la patria.
En
la montaña, las aves regresaban a sus nidos.
El Hermano Agatón volaba al cielo.
Por
J. L. BRUN.
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