Comentario
de Nicky Pío: Bellísima historia, a la vez
que real, y cruda. Que pinta de cuerpo entero, a quienes sufren el flagelo de
la desocupación, por la las infinitas circunstancias de la vida. Y el estigma que deben cargar, aquellos que
son medidos, por una sociedad apática y sin compasión, no por lo que son, sino
por lo que tienen. Cómo si ser pobre fuera un delito, y el pasar necesidades un
pecado.
Caminaba maquinalmente, sin saber a dónde
ir. Recorría las calles, se detenía en las plazuelas, volvía de nuevo a pasar
por los mismos sitios, siempre buscando... siempre esperando, pero no sabía apunto fijo lo que esperaba.
Había agotado ya todos los recursos; había pedido trabajo en muchos talleres y fábricas...
siempre la misma respuesta: «Sobra
gente.»
¿Sobraba gente en realidad? ¿Estaba él de más
en la vida? ¿No había un sitio para él?... Un sitio muy pequeño, una ración
muy limitada, ¡se contentaba con tan
poco! Era joven; había trabajado mucho y podía trabajar todavía. Se daría
por satisfecho con que, a cambio de sus músculos y de su esfuerzo, le permitieran
vivir, solamente vivir... ¿Y le dejarían morir
de hambre? Contemplaba los establecimientos de comestibles repletos, los
escaparates de los restaurants llenos de platos refinados y de manjares
exquisitos, y de toda aquella abundancia que se desbordaba, ¿no habría para él siquiera las migajas?
Ya
no sentía el hambre, pero de vez en cuando se le nublaba la vista, las casas
daban vuelta en torno suyo, y tenía que apoyarse en la pared para no caer. Estos
desmayos pasaban; la que no disminuía nunca era aquella amargura intensa que
sentía en el fondo del alma, aquella tristeza sin consuelo que le llenaba la
cabeza de pensamientos negros y que pesaba sobre él como una montaña de dolor.
Transcurrieron horas y horas interminables, siempre lo mismo, sin saber por qué
andaba, ni por qué se detenía... ¿Por qué
venían ahora a su memoria el recuerdo de los tiempos felices de su niñez? ¿Era él el mismo que había disfrutado de
aquel hogar, de aquellas horas venturosas; de
las caricias de aquella madre tan querida? El
recuerdo de todo aquello aumentaba su desgracia... Hoy no tiene a nadie; ¿cómo ha llegado a tal extremo? Su pueblo
está arruinado por la filoxera (embriagarse), y decidió venirse a la capital,
donde esperaba encontrar trabajo y protección.
«Un
hombre honrado—pensó—que sabe y quiere trabajar, encuentra siempre asilo en una
capital donde haya movimiento, vida y riqueza.» ¡Se habia equivocado!
¿Cómo llegó a tender la mano? ¿Cómo tuvo
palabras para, implorar una limosna? El instinto de conservación le impulsó...
¡Ahí pero lo hizo con mucha vergüenza, ocultándose, mirando con recelos, como quien
comete un delito! Unos
pasaron de largo, otros le reprocharon que era joven y podía trabajar, otro depositó
en su mano una moneda. ¡Era la primera
limosna! Compró pan y lo comió sin hambre... Comenzó a obscurecer. Las
calles tomaron nuevo aspecto.
¡Ah!
cuando avanzaba la noche temblaba de inquietud... ¿dónde pasaría la madrugada? En los albergues nocturnos exigían dinero, y él no lo tenía. ¿Qué hacer? ¡Una noche de Enero por las calles!
Veía pasar a los hombres todos de prisa, todos en busca de su hogar, donde
encontrarían un lecho abrigado, una familia cariñosa... ¡todos menos él!...
Y fueron quedando las calles desiertas, y
nuestro hombre continuaba todavía andando al azar, con la mirada extraviada,
con las manos en los bolsillos, tiritando bajo su pobre ropilla...
Al pasar por una calle vio el fuego de una
hoguera entre los montones de ladrillos y los escombros de una casa en
construcción. Junto a la candela había un hombre, el guarda de la obra, sin duda, ¡Si lo admitieran allí! Al menos pasaría
la noche abrigado. Después de vacilar un poco penetró, al fin, y suplicó al guarda
que le dejara pasar allí la noche,
—Pero ¿no tiene usted dónde quedarse?
—No, señor.
—Mal negocio para la noche que se
presenta... en fin, puede usted quedarse; aquí no crea usted que se está muy
bien, pero mejor que en la calle, desde luego... Arrímese, arrímese a la
candela.
El
guarda era un viejo de rostro franco y aspecto simpático.
—¡Demonche!(Demonios) ¡Está usted helado!
Espere, hombre, espere.—
Y
se levantó, buscó entre los escombros, apareciendo en seguida con una manta.
—Verá
usted cómo ahora entra en calor... ¡ajajá! Volvió a rebuscar de nuevo y se
presentó con un cacharro de hoja de lata, que puso al fuego.
—Ahora, con un buen trago de té caliente,
reacciona usted. Es mala cosa pasarse asi una noche.
Mientras se hacía el té, nuestro hombre
contó al guarda sus desdichas.
— El mundo anda mal — dijo sentenciosamente
el guarda, —pero muy mal. El que cae, se fastidia; aquí me tiene usted a mí: he
servido en casas muy principales de ayuda de cámara, de mozo de comedor, de todo;
bueno, pues tuve un disgustillo, salí, y ya me dicen que no sirvo, que soy
viejo, y tengo que pasar las noches como usted ve para que no se mueran de hambre
mis nietecillos. ¡El mundo es una cosa! Yo he visto mucho y no me espanto de
nada. Después de todo aquí paso las noches distraído. ¿Ve usted esa taberna tan
lujosa que hay ahí enfrente? Eso se llama ahora un bar... Bueno, pues en los
salones de arriba hay una casa de juego. Desde este escondite veo entrar y
salir todas las noches a muchos de los que fueron mis señores... En la cara y
en el aspecto conozco cuándo ganan y cuándo pierden... ¡Sí usted viera los dramas
y las tragedias que pasan por ahí!...
Ahora entra D. José Gómez, Pepe Gómez,
como le dicen. ¿Ve usted ese alto, con barba corrida, que se ha quedado en la
puerta?... Bueno, pues ya hasta las seis de la mañana no hay quien le vea el
polvo. Pero es lo que yo digo: ¿de dónde sacará Pepe Gómez el dinero para jugar
de esa manera? Cuando yo estaba en su casa—y hace de esto la friolera de diez
años—ya estaba arruinado; derrochó casi todo el capital de su padre; después se
casó con una muchacha muy rica... también cayó el dote, y ahora, que no tiene
una peseta, no falta ni una noche al bacarrat. ¿De dónde sale ese dinero?... Pues y este otro, el marquesito de Vistaalegre,
la primera escopeta del tiro al pichón, primer premio en los concursos hípicos,
primer chofeur de la Península. Para
ese la vida es un sport. Le digo a usted que todo está perdido. Las principales
casas están llenas de trampas, enredos y pagarés. Y todo eso se fragua ahí.
Alrededor de todos esos mocitos que pasan ahí la noche, revolotean una bandada de
aves de rapiña. ¿Que pierden? Se
acercan los prestamistas. ¿Que ganan? Se acercan las malas mujeres, torcedoras
de voluntades. Total: que ya por fas o por nefas (por las buenas o por las
malas), el dinero que traen se lo lleva el demonio.
Por
la misma acera de la obra venia un grupo de caballeros; conversaban muy
acaloradamente, a buen seguro de algo muy grave. Se pararon ante la obra.
—Le
digo a usted, querido conde, que aquí no se sabe gastar el dinero. Para gastar
dinero, París; para divertirse, aquellos musik-hall aquellos Folies Bergeres; ¿cuánto
creerá usted que me gasté en mi último viaje? Estuve muy pocos días; bueno,
pues llevé 40.000 pesetas y tuve que pedir más dinero para comprar los 80
caballos que ahora tengo.
—¿Le
parece a usted que echemos un ratito en el bar?
—Como usted quiera; pero aquí no se sabe
jugar.
Mire
usted, la última vez que yo estuve en Bilbao...
Y se dirigieron al bar.
Amanecía.
El
cielo comenzó a teñirse de una suave y sonrosada claridad.
Por la calle se sentía ya algún ruido.
Traperos que pasaban cargados con sus grandes sacos, obreros que se dirigían a
la fábrica, vendedores que iban al mercado.
Se aproximaba la hora en que los
trabajadores llegarían a la obra y el guarda abandonaría su puesto.
Nuestro hombre se despidió de él, y se lanzó
de nuevo a la calle...
—¡Pobre hombre!—dijo el guarda al verlo partir.—¡Y
yo que me creía desgraciado!... ¡ese sí que lo es!...
¡Cosas del mundo!...
LUIS LEÓN.
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