Descargar desde MediaFire: AQUÍ
Descargar desde MEGA: AQUÍ
Alfonso Ratisbona,
emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de
enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.
Hombre culto, rico y de
elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con
una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por
Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e
iglesias.
La víspera de su
partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de
Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo
compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de
visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la
pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su
llegada al señor de casa.
Apóstol ardoroso y
hábil.
Católico practicante y
apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no
quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió
con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para
hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura,
Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una
emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad,
preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.
Al oír esto, los ojos
de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a
recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento
de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el
israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría
católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy
a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento,
Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura.
–Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame
llevar al cuello un obsequio que quiero darle.
–Veamos. ¿De qué se
trata? – preguntó Alfonso.
–Simplemente, esta
medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.
Ratisbona reaccionó con
sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:
–Según su manera de
pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me
proporcionará un gran placer.
–Está bien… La usaré.
Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje
– asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.
Éste le colgó la
medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al
menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta
por San Bernardo.
Ratisbona se rehusó de
forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una
fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó
que hiciera una copia de su propio puño y letra, para que cada uno conservara
el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la
importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy
a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.
El poder de la oración.
Cuando se retiró,
Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias
proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios
por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de
La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle
lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.
“Tenga confianza, que
si él reza el “Acordaos”, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que
rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de
que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.
En cuanto a Alfonso,
llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente,
descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más
tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban
sin cesar, y yo las repetía continuamente”.
Entre tanto, Bussières
fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo,
seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no
encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el
joven acudió a la cita, pero lo previno:
–Espero que no me venga
con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche
parto a Nápoles.
–¿Partir hoy? ¡Jamás!
El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene
que ver al Papa oficiando.
–¿Qué me importa el
Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.
Bussières no transigió,
insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por
convencerlo de atrasar la partida.
Y así fue como estuvieron
visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre
ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un
día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para
iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays.
Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la
iglesia de Sant'Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comunicó el deceso del
Conde y le pidió que aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él
iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.
El joven hebreo
permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar
atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos
florales que obstruían el corredor.
Bussières regresó poco
después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo
descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio
donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que
reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en
lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La
Ferronays) por mí!”
“¡Yo la vi! ¡La vi!”
Estupefacto, Bussières
sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó solícitamente a
Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera;
luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.
Aunque instado a
explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la
Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué
feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una
mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto
antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el
cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la
autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo
de rodillas”.
Bussières lo condujo de
inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a
explicar lo sucedido.
Alfonso se quitó la
Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La
vi!”.
En seguida, más
tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me
sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio
había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por
decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie
sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen
María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia
Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y
pareció decirme:
“¡Está bien!” No me
habló, pero lo comprendí todo”.
El sacerdote pidió más
detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos
en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar
directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos
sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos
luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre
de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la
brillante posición social, y se ordenó sacerdote.
Falleció en olor de
santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.
El que visita la
iglesia de Sant'Andrea delle Fratte puede observar, en la capilla de la Virgen,
un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y
produjo tan estupenda conversión. Allí hay una inscripción que recuerda el
milagro y donde se leen estas palabras: El 20 de enero de 1842, Alfonso de
Ratisbona de Estrasburgo, vino aquí judío empedernido. La Virgen se le apareció
como la ves. Cayó judío y se levantó cristiano. Extranjero, lleva contigo este
preciso recuerdo de la misericordia de Dios y de la Santísima Virgen.
«Permitidme
que transcriba aquí lo que en mi libro CUERNAVACA Y EL PROGRESISMO RELIGIOSO EN
MEXICO, escribí hace dos años:
«No es un secreto para nadie que uno de
los objetivos más antiguos y más perseguidos por la mafia judía y por los
organismos internacionales, que ella ha fundado y dirige: la masonería, el
comunismo, la Internacional Financiera y la Internacional Política, es el
establecimiento de un Gobierno Mundial, que englobaría en un sincretismo
socialista, a todas las instituciones económicas, sociales, políticas y
religiosas de las diversas naciones.
«La ofensiva, que actualmente se
desencadena contra la Iglesia Católica, es tan sólo una fase de esa ambiciosa
maniobra, encaminada a infiltrar a la Iglesia de Cristo, a destruirla por
dentro, a asociarla, en las altas esferas, con los enemigos que la combaten.
«El abate Roca (1830-1893), salido de la
Escuela de los Carmelitas y ordenado sacerdote en 1858, fue nombrado canónigo
honorario de Perpignan en 1869... Es un apóstata de la peor especie; miembro de
las sociedades secretas más importantes y elemento conscientemente dispuesto a
la destrucción de la Iglesia. Nos parece oportuno citar algunos de sus
escritos, que parecen anunciarnos la crisis espantosa, que estamos viviendo. En
una carta al judío Oswald Wirth, del 23 de agosto de 1891, le dice:
«Un cristianismo nuevo, sublime, amplio,
profundo, realmente universalista, absolutamente enciclopédico, el cual
terminará por hacer descender sobre la tierra todo el cielo, como ha dicho
Víctor Hugo; por suprimir fronteras, los sectarismos, las iglesias locales,
étnicas y celosas; los templos divisionarios, los alvéolos que retienen,
prisioneras del Papa, a las moléculas doloridas del gran cuerpo social de
Cristo». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 123).
«Lo que la cristiandad quiere edificar no
es una pagoda, sino un culto universal, que englobará a todos los cultos».
(Ibid. pág. 77).
¿No es éste el «ecumenismo» que comentamos
en la liturgia del Cardenal Lercaro del día anterior?
«La humanidad, a mis ojos, se confunde con
Cristo, de un modo mucho más real de lo que los místicos habían creído hasta
ahora. Si Cristo-Hombre, como Verbo Encarnado, es Hijo único de Dios, es
también, en consecuencia, el universo entero y, especialmente, toda la
humanidad o, mejor dicho, la innumerable serie de las humanidades viajeras».
(Ibid, pág. 188).
Aquí tenemos los orígenes del Cristo
cósmico teilhardiano. En los antros de la judeo-masonería, por mucho que los
iniciados quieran negarlo, fue confeccionada esta concepción, en la que el
progresismo se asocia y se funde con todas las religiones, en el dios inmanente
del panteísmo.
«Encarnación de la Razón increada en la
razón creada, manifestación de lo absoluto en lo relativo, Cristo en persona es
un símbolo central, una especie de jeroglífico de carne y hueso, hablando y
obrando de un modo siempre típico. Es el Hombre-Libro, citado conjuntamente por
la Kábala y el Apocalipsis».
«Lo que es la Evolución, en lenguaje de
los sabios; es redención, desencarnación, muerte y ascensión en el lenguaje de
los sacerdotes ilustrados». (GLORIOSO CENTENARIO, pág. 237).
El canónigo Roca, en el Congreso
Espiritualista Internacional celebrado del 9 al 16 de septiembre de 1889, en el
Gran Oriente de Francia, bajo la presidencia de honor de la Duquesa de Pomar,
dijo:
«MI CRISTO NO ES EL CRISTO DEL VATICANO»
«Con el mundo y porque es el mundo, Cristo evoluciona y se transforma.
Nadie detendrá el torbellino de Cristo; nadie frenará el tren de la evolución,
que Cristo conduce por los mundos y que lo arrastrará todo, los dogmas
evolucionan con él, ya que son algo viviente, como el mundo, como el hombre,
como todo ser orgánico. Ecos de la conciencia colectiva, siguen, como ella, LA
MARCHA DE LA HISTORIA».
He aquí la evolución integral de Teilhard;
he aquí también la evolución dogmática, según el pensamiento «progresistas». He
aquí la base del «aggiornamento» que considera a la Iglesia en función del
mundo, evolucionando con el mundo, acomodada a las características del mundo
histórico que vivimos. Los dogmas deben evolucionar con el mundo; no son
verdades inmutables; son «ecos de la conciencia colectiva».
En su libro EL FINAL DEL MUNDO ANTIGUO
(pág. 327), Roca anuncia la presente crisis de la Iglesia:
«Lo que se prepara en la Iglesia
Universal. No es una reforma; es, no me atrevo a decir, una revolución, ya que
el vocablo sonaría exacto, sino una evolución».
Yo recuerdo haber escuchado de los labios
del Cardenal Ottaviani esta expresión pavorosa: «Lo que estamos viendo es una
espantosa revolución». ¿No es la misma idea la que expresó Paulo VI cuando dijo
que la actual crisis de la Iglesia parecía una «autodestrucción» del
catolicismo? Y, en un reportaje de la AP de Ciudad Vaticana, 28 de octubre
1970, leemos:
El Papa Paulo VI advirtió hoy contra las
«catastróficas consecuencias», que surgirían, de aceptar todos los cambios
radicales como medio de progreso.
«La gente se pregunta: ¿acaso están
cambiando las verdades y dogmas religiosos?, dijo Paulo VI, durante su
audiencia semanal en la Basílica de San Pedro. Y ¿acaso no existe ya nada
permanente?
Se debe encontrar una respuesta, dijo
Paulo VI, «aun cuando sea para evitar las catastróficas consecuencias, que
surgirán al admitir que ninguna norma, ninguna doctrina puede permanecer para
siempre, y que todos los cambios, aun cuando sean radicales, pueden adaptarse
como método de progreso de controversia o de revolución».
«Si no deseamos que la civilización
termine en caos y que la religión cristiana pierda toda justificación en el
mundo moderno, todos debemos expresar con claridad que “algo” permanece y debe
permanecer al pasar del tiempo».
La base y el fundamento inconmovible de
nuestra fe católica no es la conveniencia personal o colectiva –el evitar las
catastróficas consecuencias de un cambio constante de nuestras ideas– sino la
autoridad de Dios, que nos ha revelado las verdades que creemos. No es “algo”
lo que permanece y debe permanecer, sino “todo” lo que Dios nos ha enseñado:
todos nuestros dogmas, porque si un solo dogma cae, todos los demás lógicamente
tienen que seguir el mismo derrumbe. Lo que el Paulo VI deplora no es sino la
consecuencia inevitable de haber dejado caer la piqueta demoledora sobre lo que
el Magisterio de la Iglesia una vez enseñó como verdad de fe católica.
“REVISTA CLAVES”
Febrero de 1993.
Quien dirigía el programa radial “LA HORA DE LA VERDAD” Corrientes – Argentina. Ahora tiene un canal de YouTube. Este es su vídeo presentación, en cual podrán ver un enlace a su correo electrónico.
Alma cristiana, difícilmente
estará Dios feliz con tu vida pasada, y ciertamente tú mismo no lo estas, y si
la muerte te viniese ahora a buscar, seguramente no morirías de buen grado. Con
todo, espero que estés decidida a servir a Dios más fielmente en el futuro, y
amarlo más fervientemente, y, por eso, prepárate para el combate.
LAS TENTACIONES. Escucha cómo el Espíritu
Santo te exhorta: “Hijo, entrando al servicio de Dios…prepara tu alma para la
tentación” (Ecli 2, 1). Y, de hecho, el Señor a veces permite que las almas más
queridas por Él, también sean las más
atormentados por las tentaciones.
En el desierto de Palestina, entre ejercicios
y oraciones, San Jerónimo estaba terriblemente atormentado por las tentaciones.
“Estaba solo, escribe, y mi corazón estaba lleno de amargura, mis miembros macilentos
y exhaustos, cubiertos de cilicios, mi piel estaba ennegrecida como el de un
africano; la dura tierra era mi lecho, que me sirvió más para el tormento que para
el descanso; mi comida era escasa y, a pesar de todo esto, mi corazón se
inflamaba, contra mi voluntad, y ardía con la lujuria más espantosa, mi único
consuelo consistió en dirigirme apresuradamente a Jesucristo y pedirle su
auxilio” (Ep. ad Eustoch.).
1) Si Dios Nuestro Señor permite que nos
sobrevengan tentaciones, es para que no humillemos. ¿Qué sabe aquel que no es
tentado? (Ecli. 34,9). Pregunta el sabio. Y, en verdad, nunca se aprende mejor
a conocer la propia miseria que cuando se es tentado. Antes de la tentación
como hace notar San Agustín, se fiaba San Pedro mucho en su propia persona,
llegando hasta declarar que prefería morir antes que negar a Jesús. Pero cuando
fue tentado, cobardemente lo negó, y de esta manera aprendió a conocer su
propia flaqueza. San Pedro que antes de la tentación, colocaba su confianza en sí
mismo, continúa San Agustín, llegó a conocerse en la tentación”
Por la misma razón quiso el Señor que San
Pedro fuese atormentado por unas de esas molestas tentaciones, que más que otras
humillan al hombre, para que no se envanezca
con las revelaciones celestiales que les fueron hechas. “Y a fin de que por la
grandeza de las revelaciones, no me levante sobre lo que soy, me ha sido
clavado un aguijón en la carne, un ángel
de Satanás que me abofetee, para que no me engría” (2 Cor 12, 7).
2) ¡Oh Señor! permítenos también que seamos
tentados para enriquecernos de méritos. Muchos cristianos piadosos son
atormentados de escrúpulos por causa de los malos pensamientos que tienen. Se afligen sin razón, pues no son
los malos pensamientos, sino el consentimiento en ellos, lo que constituye
pecado.
Por grandes que sean las tentaciones, no podrán
manchar vuestra alma, si sobrevienen sin nuestra culpa, y si lo repelemos.
Santa Catalina de Siena, y Santa Ángela
de Foligno tuvieron fuertes tentaciones contra la pureza, más lejos de ofuscar
la pureza de esas almas castas, aumentaron en ellas tales virtudes.
Cada vez que un alma vence una tentación,
adquiere un nuevo grado de gracia y, correspondientemente un nuevo grado de
gloria en el cielo. De manera que ganaremos tantas coronas, como tantas fueren
las tentaciones vencidas, afirma San Bernardo. Nuestro Señor mismo dice a Santa
Matilde: “Tantas serán las perlas que un alma engarza en su corona, cuantas
fueran las tentaciones por ella vencidas con el auxilio de mi gracia”. En los anales de los Cistercienses
se consta que una vez, durante la noche fue un monje asaltado por tentaciones
impuras, consiguiendo a pesar de todo salir vencedor. Ahora entre tanto un
hermano lego tuvo la siguiente visión: “Le aparece un joven encantador, que le
presenta una corona de piedras preciosas diciéndole: procura de entregar a tal
monje esta corona, que la conquisto esta noche. El hermano lego le relata la
visión al Abad, que manda llamar al referido monje y, sabiendo de la
resistencia que opuso a la tentación, reconoce que aquella era la recompensa,
que el Señor le preparaba en el cielo”.
También Nuestra Señora revelo a Santa
Brígida, que ella abría de recibir una recompensa especial del cielo, si se esforzase
por repeler los malos pensamientos, aunque
éstos no desaparecieran de su espíritu, a pesar de sus esfuerzos. “A cada uno
de tus esfuerzos le corresponderá una corona en el cielo” le dice la Santísima
Virgen.
3) Dios permite entonces las tentaciones, porque
ellas nos mueven a la práctica de las virtudes, en especial la humildad, y la
sumisión a la voluntad de Dios. Las penas que más afligen a las almas amantes,
no es la pobreza, los desengaños, los desprecios y persecuciones, sino el
abandono a las tentaciones internas. Cuando un alma goza de la presencia
amorosa de Dios, los dolores, las injurias y malos tratos que tienen que sufrir
de parte de los hombres, lejos de abatirlas, las consuela, ya que se les permite
ofrecer alguna como a su Dios, como prenda de su amor; todo esto le sirve, por
así decirlo, como combustible con el que alimenta el fuego del amor divino.
Un tormento, sin embargo, inmensamente atroz
para quienes aman a Jesucristo con todo el corazón, es verse expuestos al
peligro de perder la gracia de Dios por la tentación, o la desolación, y el
miedo de haberla perdido ya, que es aún más horrible.
Sin embargo, este mismo amor le da la fuerza
para sufrir con paciencia tales pruebas y continuar decididamente por el camino
de la perfección.
Ninguna tormenta es tan peligrosa para un
velero, escribe San Jerónimo, como la prolongada falta de viento. Entonces la
tormenta de las tentaciones obliga al hombre a no quedarse ocioso, sino a
unirse más íntimamente a Dios a través de la oración y la renovación de sus buenas
intenciones, realizando repetidos actos de humildad, confianza y renuncia.
A este respecto leemos el siguiente hecho de
la vida de los Padres: Un joven estaba continuamente atormentado por violentas
tentaciones contra la pureza. Cuando su padre espiritual lo vio una vez en tal
angustia, le preguntó: ¿Quieres, hijo mío, que le pida a Dios que te libre de
tantas tentaciones que no te dejan ni una hora de paz? El buen joven respondió:
No, padre mío, porque aunque siento el tormento de estas tentaciones no dejo de
reconocer su utilidad; me ejercito así continuamente en la práctica de todas
las virtudes; y ahora rezo más que
antes, ayuno más a menudo, hago mayores esfuerzos para mortificar mi carne rebelde.
Por lo tanto es mejor que pida a Dios me
asista con su gracia para aguantar con paciencia estas tentaciones y a través
de ellas avanzar hacia la perfección.
No debemos desear tentaciones contra la pureza;
sin embargo, si somos asaltados por ellas, debemos recibirlas con resignación y
pensar que Dios los permite para nuestro mayor bien. El apóstol san Pablo,
atormentado por tales tentaciones, pedía al Señor muchas veces, que le librase de
ellas, recibiendo, sin embargo por respuesta, que la gracia divina le bastaba.
“Por eso rogué al Señor tres veces para que ángel de satanás se apartase de mí.
Pero Él me dijo: Bástate mi gracia, porque la fuerza se manifiesta más
perfectamente en la flaqueza” (2 Cor 12,8).
Ciertamente dirás: Pero San Pablo era un
santo. A lo qué responde San Agustín (Conf., 1. 12): “¿Qué pensáis? ¿Fue, tal
vez, por sus propias fuerzas que los santos resistían las tentaciones? ¿No fue
más bien, por la gracia de Dios? ¿Fue para ellos mismos o por el Señor, qué podían
hacer cosa alguna? Los santos confiaron en Dios, y por eso conquistaron la
victoria.
El mismo santo doctor añade: “Abandónate en
manos de Dios, y no temas: el que te expone al combate, no te dejará solo, ni te
abandonará, lanzándote a la perdición. Entrégate a él y no temas; Él no se
apartará de ti, dejándote caer”
4) Dios finalmente permite que las
tentaciones nos desprendamos cada vez más del mundo, y hacernos desear más ardientemente
su visión en el cielo. Almas devotas, viéndose en el mundo combatidas día y noche
por tantos enemigos, se asquean de la vida y exclaman: “Ay de mí, que dura
tanto mi peregrinación” (Sal. 119, 5), y suspiran por la hora en que puedan
decir: “Rota está el lazo y estamos libres” (Sal. 122, 7). El alma desearía
subir hasta Dios, más una cadena la retiene en el mundo, donde es continuamente
es asaltada por tentaciones. Las almas que aman a Dios suspiran por esa
liberación, para verse libres del peligro de ofender a Dios.
“ESCUELA DE PERFECCIÓN
CRISTIANA”
Año 1955.
ORACIÓN.
Al comenzar el bello mes que lleva vuestro
nombre, ¡oh María! laten nuestros corazones a impulsos del más puro regocijo,
porque podremos venir diariamente a este piadoso santuario a deponer a vuestros
pies, junto con las más bellas flores de nuestros jardines, el homenaje de
nuestro amor filial. Al ver levantarse el sol sobre nuestro horizonte y al
declinar nuestras risueñas tardes, nos reuniremos aquí en torno de vuestra
imagen querida, para cantar vuestras alabanzas, escuchar la historia de
vuestras grandezas y recoger vuestras maternales bendiciones. Al ver abrirse
esta serie de santos y felices días experimentamos el contento del hijo que,
tras de larga ausencia, vuelve a arrojarse lleno de amorosa ternura en el
regazo de su Madre. Cuando hemos visto despertar la naturaleza y cubrirse de
flores nuestros jardines y de verduras nuestros campos, el primer pensamiento
que ha venido a halagar nuestro corazón ha sido el de venir a festejaros ¡oh
dulce Madre!, durante el tiempo de bendición y de salud; porque nos parece que
en este mes nos encontramos más tierna, más bella y amorosa, y que vuestras
manos están más cargadas que nunca de bendiciones y de gracias.
¡Ah! Nosotros abrigamos la dulce esperanza
de que no transcurrirá ninguno de estos alegres días sin que recojamos algún
beneficio de vuestras manos, sin que fijéis sobre nosotros una mirada propicia,
o sin que veamos dibujarse en vuestros labios una sonrisa amorosa, símbolo de
vuestra predilección de madre, jamás os separaremos de vuestro lado sin haber
recibido algunas de vuestras santas inspiraciones y sin llevar en nuestro
corazón la inefable seguridad de que seremos salvados por vuestra mediación.
Durante treinta días vendremos aquí donde nuestras manos os han levantado un
trono de flores, a contaros nuestras penas, a depositar en vuestro seno
nuestras lágrimas, a pediros luz en nuestras dudas, resignación en nuestras
desgracias y fuerza en nuestras tentaciones.
¡Oh mes dichoso de María, con cuánta
satisfacción vemos llegar el primero de tus bellos días! ¡Cuántas delicias hay
ocultas para el corazón cristiano en el transcurso de tus dulces horas! Como
desciende en abundancia el rocío sobre las flores que engalanan las praderas,
así lluvias de gracias y bendiciones desciendan sobre las almas. ¡Cuán plácida
es la aurora de tus días y cuán llenas de atractivos tus hermosas tardes!
Nosotros te saludamos ¡oh mes dichoso!, y penetrados de dulce confianza,
esperamos que serás para nosotros escuela de perfección, fuente de
merecimientos para el cielo y prenda segura de la protección de María.
CONSIDERACIÓN.
La devoción a la Santísima Virgen María ha
sido siempre el patrimonio de todo corazón cristiano y el distintivo de los
pueblos católicos. Desde que Nuestro Señor Jesucristo, colgado cuando niño del
cuello de su Madre, nos enseñó a amarla, y desde el momento solemne en que,
enclavado en la cruz, nos la legó por Madre, el orbe cristiano no ha cesado jamás
de prodigarle las más tiernas manifestaciones de amor filial. Ella fue el
sostén y consuelo de los Apóstoles en los días primeros de la Iglesia, y en
todos los tiempos ha sido una verdadera madre para los hijos de la fe. Por eso
su culto ha atravesado las edades y tiene altares en todas las comarcas del
globo, y en todas partes se oye pronunciar su nombre con las efusiones de
entrañable amor. El mundo sabe por experiencia que ella tiene remedio para
todas las dolencias, consuelo para todas las aflicciones, esperanza para todos
los pecadores y gracia para todos los justos.
En cambio, el amor de los fieles para con
ella no tiene límites. Nada hay que no hagan por honrarla. El más hermoso de
los meses del año ha recibido su nombre y ha sido dedicado a su culto. Ese mes,
lleno de encantos, ofrece a los amantes de María un hermosísimo campo donde
ejercitar su devoción y, los multiplicados homenajes que llevan a las plantas
de la Reina del cielo, atraen con amorosa violencia sobre los hombres, sus miradas
compasivas y su especial protección. ¡Felices las almas que, animadas de un
santo celo, se dedican a honrarla durante este mes de bendiciones!
Veamos cuáles son los medios más adecuados
para sacar de este mes copiosos frutos espirituales.
En primer lugar, nuestras almas deben estar
purificadas de toda mancha que pudiera hacerlas abominables a los ojos de Jesús
y de María. Si así no fuera, nuestros homenajes no serían aceptables, ni
nuestras plegarias subirían al cielo envueltas en el humo del incienso que
diariamente se quema al pie del altar de María. Que las flores y las coronas
que nos complacemos en presentarla sean el símbolo de nuestra pureza; ellas se
marchitarían bien pronto si la mano que las deja al pie del altar, fuera la
misma que acaricia el vicio y ha sido manchada por el pecado. Para cumplir esta
condición, conviene frecuentar durante este mes los Santos Sacramentos de la
confesión y comunión.
En segundo lugar, la mejor manera de honrar
a María es la de procurar imitarla. Esta es la expresión más positiva del
verdadero amor. El que ama, por un instinto invencible, trata de identificarse
con el objeto amado y de arreglar su conducta del modo más apropiado para
agradarle. Y si esta cualidad se descubre hasta en el amor profano, ¿con cuánta
mayor razón debe adornar el amor que se profesa a la Madre del amor hermoso y
de la santa esperanza?
Formemos,
pues, al comenzar este mes, la resolución de adquirir la virtud que más
necesitemos o de extirpar el defecto que más nos domine.
En tercer lugar, es preciso llevar nuestros
obsequios a María con un espíritu ajeno a toda afición terrenal y a toda
conveniencia mezquina. Que sólo el amor y el celo por honrarla nos impulsen a
llevar a sus pies nuestras ofrendas. Cada flor añadida a su corona vaya
acompañada de un suspiro suplicante y de una mirada amorosa. De otra manera
nuestros obsequios serían muertos, porque los actos externos sacan su valor del
espíritu que los anima y de la intención con que se ejecutan.
Finalmente, no olvidemos que, si María está
siempre pronta a acudir a la voz del hijo que la llama y a interponer a favor
suyo su poderoso influjo, nunca está más dispuesta que en estos días de
bendición. Pidamos por nuestras necesidades espirituales y temporales, por la
conversión de los pecadores y por el triunfo de la Santa Iglesia.
PROPÓSITO.
Practicar todos los ejercicios de este santo
mes con el mayor fervor y exactitud, no dejando pasar un solo día sin honrar a
la Madre de Dios con especiales obsequios.
OFRECIMIENTO
DEL MES A MARÍA INMACULADA.
Postrados a vuestros pies y en presencia de
Jesús, vuestro Hijo Santísimo, venimos a ofreceros ¡oh Virgen pura!, los
homenajes de amor que traeremos a vuestras plantas durante el mes que hoy
comenzamos en vuestro nombre. Pobres serán nuestras ofrendas e indignos de Vos
nuestros obsequios; pero no miréis su pequeñez, para fijaros tan solo en la
voluntad con que os los presentamos. Junto con ellos os dejamos nuestros
corazones animados por amorosa ternura. Sois Madre, y lo único que una madre
anhela es el amor de sus hijos. Esas flores y esas coronas con que decoramos
vuestra imagen querida; esas luces con que iluminamos vuestro santuario; los
dulces himnos con que cantamos vuestras alabanzas, símbolo son de nuestro amor
filial. A coged, pues, benignamente nuestros votos, escuchad nuestros suspiros
y despachad favorablemente nuestras súplicas. Obtenednos las gracias que
necesitamos para terminar este mes con el mismo fervor con que lo comenzamos, a
fin de que, cosechando copiosamente frutos para nuestra santificación, podamos
un día cantar vuestras alabanzas en el cielo. Amén.
PRÁCTICAS
ESPIRITUALES.
1—Oír una misa en honra de la Santísima
Trinidad en acción de gracias por los favores otorgados a María.
2—Saludara María con el Ángelus por la
mañana, a mediodía y en la tarde.
3—Sufrir con paciencia por amor a María,
todo trabajo, aflicción o contrariedad.
“Presbítero
Rodolfo Vergara Antúnez”