sábado, 8 de abril de 2017

De la entrada en Jerusalén con los ramos –– Por Fray Luis de Granada.


   Pues como se llegase ya el tiempo en que el Salvador tenía determinado ofrecerse en sacrificio por la salud del mundo, así como Él por su propia voluntad se quiso sacrificar, así por ella misma se vino al lugar del sacrificio, que era la ciudad de Jerusalén, para que en la ciudad y en el día que el cordero místico era sacrificado, en ése lo fuese también el verdadero; y donde habían sido tantas veces muertos los Profetas, allí también lo fuese el Señor de los Profetas, y donde poco antes había sido tan honrado y celebrado, allí fuese condenado y crucificado, para que así fuese su Pasión tanto más ignominiosa, cuanto el lugar era más público y el día más solemne.

   Y por eso, habiendo escogido la aldea de Belén para su nacimiento, escogió la ciudad de Jerusalén para este sacrificio, porque la gloria de su nacimiento se escondiese en el rinconcillo de Belén y la ignominia de su Pasión se publicase más en la ciudad de Jerusalén.

   Entrando, pues, en esta ciudad, fue recibido con grande solemnidad y fiesta, con ramos de olivas y palmas, y con tender muchos sus vestiduras por tierra y clamar todos a una voz: “Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Sálvanos en las alturas.”

   Aquí primeramente se nos ofrece luego que considerar la grandeza de la caridad de nuestro Salvador, y la alegría y prontitud de voluntad con que iba a ofrecerse a la muerte por nosotros; pues en este día quiso ser recibido con tan grande fiesta, en señal de la alegría y fiesta que en su corazón había por ver que se llegaba ya la hora de nuestra redención.

   Porque si de Santa Águeda se dice que, siendo presa por Cristiana, iba a la cárcel con tan grande alegría, como si fuera llevada a un convite, por la honra de Dios, ¿con qué prontitud y devoción iría el que tanto mayor caridad y gracia tenía, cuando fuese a obrar la obra de nuestra redención por la obediencia y honra del mismo Dios?

   Donde claramente aprenderás con qué manera de prontitud y voluntad debes entender en las obras de su servicio, pues con tanta alegría entendió Él en las de tu remedio, acordándote que, por una parte, dice el Apóstol que huelga mucho Dios con alegre servidor, y que, por otra, se dice: “Maldito sea el hombre que hace las obras de Dios pesada y negligentemente”.

   Considera también las palabras de la profecía con que esta entrada se representa, que son éstas: "Alégrate mucho, hija de Sión, y haz fiesta, hija de Jerusalén, y mira cómo viene para ti tu Rey pobre y manso, asentado sobre una asna y un pollino, hijo suyo".

   Todas estas palabras son palabras de grande consolación. Porque decir “tu Rey y para ti” es decir que este Señor es todo tuyo, y que todos sus pasos y trabajos son para ti.

   Para ti viene, para ti nace, para ti trabaja, para ti ayuna, para ti ora, para ti vive, para ti muere, para ti, finalmente, resucita y sube al Cielo.

  Y no te escandalice el nombre de Rey, porque este Rey no es como los otros reyes del mundo, que reinan más para su provecho que para el de sus vasallos, empobreciendo a ellos para enriquecer a sí, y poniendo a peligro las vidas de ellos por guardar la suya. Mas este nuevo Rey no ha de ser de esta manera, porque Él te ha de enriquecer a costa suya, y defenderte, con la sangre suya, y darte vida perdiendo Él la suya.

   Porque para esto dice Él por San Juan que le fue dado poderío sobre toda carne, para que a todos los que fueren suyos de Él la vida eterna. Y éste es aquel Principado de que dice el Profeta que está puesto sobre los hombros del que lo tiene, y no sobre los de su pueblo, para que el trabajo de la carga sea suyo, y el provecho y fruto sea nuestro.

   Y dice más: que viene manso y asentado sobre una pobre cabalgadura.  De manera que aquel Dios de venganzas, aquel que está asentado sobre los Querubines y vuela sobre las plumas de los vientos, y trae millares de carros de Ángeles a par de sí, ése viene ahora tan manso y humilde como aquí se nos representa, para que ya no huyas de Él, como lo hizo Adán en el Paraíso, y como el pueblo de los judíos cuando les daba ley; antes te llegues a Él, viéndole hecho cordero de león, porque el que hasta aquí no venció tu corazón con la fuerza del poder ni con la grandeza de la majestad, quiere ahora vencerlo con la grandeza de su humildad y con la fuerza de su amor.

   Ésta es la nueva manera de pelear que escogió el Señor, como dijo la Santa Profetisa, y con esto quebrantó las puertas de sus enemigos y venció sus corazones.

   Y esto es lo que por figura se nos representa en este tan solemne recibimiento que aquí se hizo; donde, como dice el evangelista, toda aquella ciudad se revolvió y todos salieron a recibirle con ramos de palmas y olivas en las manos, y otros echando sus vestiduras por tierra, cantando sus alabanzas y pidiéndole salud eterna.

   Pues ¿qué es esto sino representamos aquí el Espíritu Santo cómo habiendo este Señor batallado antes con el mundo con rigores, con diluvios, con castigos y amenazas espantosas, sin acabar de rendirlos, después que escogió esta nueva manera de pelear, y procedió no con castigos, sino con beneficios; no con rigor, sino con amor; no con ira, sino con mansedumbre; no con majestad, sino con humildad, y, finalmente, no matando a sus enemigos, sino muriendo por ellos, entonces se apoderó de sus corazones y trajo todas las cosas así, como dice Él en su Evangelio: “Si Yo fuere levantado en un madero, poniendo la vida por el mundo, todas las cosas traeré a Mí, no con fuerzas de acero, sino con cadenas de amor; no con azotes y castigos, sino con buenas obras y beneficios”?


   Entonces, pues, comenzaron luego los hombres unos a cortar ramos de oliva, despojándose de sus haciendas y gastándolas en obras de piedad y misericordia, que por la oliva es entendida, y otros pasaron más adelante, que tendieron sus ropas por tierra para adornar el camino por do iba el Salvador, que son los que con la mortificación de sus apetitos y propias voluntades, y con el castigo y mal tratamiento de su carne, y con la muerte de sus propios cuerpos sirvieron a la Gloria de este Señor; como lo hicieron innumerables Mártires, que dejaron arrastrar las túnicas de sus cuerpos por la confesión y gloria de Él.

   En lo cual se nos encomiendan tres maneras de virtudes, con que habernos de salir a recibir a este Señor cuando viene espiritualmente a nuestras almas.

   La primera es la oración, figurada en aquellos que le alababan con sus voces y le pedían salud.

   La segunda es la limosna y misericordia, que es figurada en los otros que cortaban ramos de olivas, porque ya dijimos que por la oliva se entiende la misericordia.

   La tercera es la mortificación de la carne y el menosprecio de sí mismo, que es figurada por aquellos que arrastraban sus ropas por tierra para que fuesen pisadas y acoceadas por honra de Cristo. De las cuales virtudes la primera, que es la oración, se debe a Dios; la segunda, que es la misericordia, al prójimo; más la tercera, que es la mortificación, debe el hombre a sí mismo.

   Estas son tres cruces espirituales que ha de traer el cristiano siempre sobre sí. Y cuando se levantare por la mañana, así como acabare de dar gracias a Dios y encomendarle todo el curso de aquel día, luego se ha de cargar de estas tres cruces, que son estas tres grandes obligaciones, y andar todo el día con una perpetua atención para cumplir con ellas, trayendo un corazón devotísimo para con Dios y otro piadosísimo para con su prójimo, y otro muy severo para consigo, castigando su carne, enfrenando su lengua y mortificando todos sus apetitos.

   Sobre todo esto tienes también aquí un grande argumento y motivo para despreciar la gloria del mundo, tras que los hombres andan tan perdidos, y por cuya causa hacen tantos extremos. ¿Quieres, pues, ver en qué se debe estimar esa gloria? Pon los ojos en esta honra que aquí hace el mundo a este Señor, y verás que el mismo mundo que hoy le recibió con tanta honra, de ahí a cinco días lo tuvo por peor que Barrabás, y le pidió la muerte, y dio contra Él voces diciendo: “Crucifícalo, crucifícalo.”

   De manera que el que hoy le predicaba por hijo de David, que es por el más Santo de los Santos, mañana le tiene por el peor de los hombres y por más indigno de la vida que Barrabás.

   Pues ¿qué ejemplo más claro para ver lo que es la gloria del mundo y en lo que se deben estimar los testimonios y juicios de los hombres? ¿Qué cosa más liviana, más antojadiza, más ciega, más desleal y más inconstante en sus pareceres que el juicio y testimonio de este mundo?

   Hoy dice, y mañana desdice; hoy alaba, y mañana blasfema; hoy livianamente os levanta sobre las nubes, y mañana con mayor liviandad os sume en los abismos; hoy dice que sois hijo de David, mañana dice que sois peor que Barrabás.

   Tal es el juicio de esta bestia de muchas cabezas y de este engañoso monstruo que ninguna fe, ni lealtad, ni verdad guarda con nadie, y ninguna virtud ni valor mide sino con su propio interés. No es bueno sino quien es para con él pródigo, aunque sea pagano, y no es malo sino el que le trata como él merece, aunque haga milagros, porque no tiene otro peso para medir la virtud sino sólo interés.

   Pues ¿qué diré de sus mentiras y engaños? ¿A quién jamás guardó fielmente su palabra? ¿A quién dio lo que prometió? ¿Con quién tuvo amistad perpetua? ¿A quién conservó mucho tiempo lo que le dio? ¿A quién jamás vendió vino que no se lo diese aguado con mil zozobras?

   Sólo esto tiene de constante y de fiel: que a ninguno fue fiel. Este es aquel falso Judas que, besando a sus amigos, los entrega a la muerte. Éste es aquél traidor de Joab que, abrazando al que saludaba como amigo, secretamente le metió la espada por el cuerpo. Pregona vino y vende vinagre; promete paz y tiene de secreto armada la guerra.

   Malo de conservar, peor de alcanzar, peligroso para tener y dificultoso de dejar.

   ¡Oh mundo perverso, prometedor falso, engañador cierto, amigo fingido, enemigo verdadero, lisonjeador público, traidor secreto, en los principios dulce, en los dejos amargo, en la cara blando, en las manos cruel, en las dádivas escaso, en los dolores pródigo, al parecer algo, de dentro vacío, por de fuera florido y debajo de la flor espinoso!


“VIDA DE JESUCRISTO”



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