viernes, 14 de abril de 2017

De cómo fue Crucificado el Salvador –– Por Fray Luis de Granada.





Llegado el Salvador al monte Calvario, fue allí despojado de sus vestiduras, las cuales estaban pegadas a las llagas que los azotes habían dejado. Y al tiempo de quitárselas es de creer que se las desnudarían aquellos crueles ministros con inhumanidad, que volverían a renovarse las heridas pasadas y a manar sangre por ellas.

  Pues ¿qué haría el bendito Señor cuando así se viese desollado y desnudo? Parece que levantaría entonces los ojos al Padre, y le daría gracias por haber llegado a tal punto que se viese así tan pobre, tan deshonrado y desnudo por su amor.

   Estando Él, pues, así, mándale extender en la Cruz, que estaba tendida en el suelo, y obedece Él como cordero a este mandamiento, y acuéstese  en aquella cama que el mundo le tenía aparejada, y entrega liberalmente sus pies y manos a los verdugos para el tormento.

   Pues cuando el Salvador se viese así tendido sobre la Cruz y sus ojos puestos en el cielo, ¿qué tal estaría su piadoso corazón? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría en este tiempo?


   Volverse hacia a su Eterno Padre y decirle así: ¡Oh Padre Eterno!, gracias doy a vuestra infinita bondad por las obras que en todo el discurso de la vida pasada habéis obrado por Mí. Ahora, fenecido ya con vuestra obediencia el curso de mis días, vuelvo a Vos, no por otro camino que el de la Cruz. Vos mandasteis que Yo padeciese esta muerte por la salud de los hombres. Yo vengo a cumplir esta obediencia y ofrecer aquí mi vida en sacrificio por vuestro amor.

   Tendido, pues, el Salvador en esta cama, llegó uno de aquellos malvados ministros con un grueso clavo en la mano, y puesta la punta del clavo en medio de la sagrada palma, comenzó a dar golpes con el martillo y hacer camino al hierro duro por las blandas carnes del Salvador.

   Los oídos de la Virgen oyeron estas martilladas y recibieron estos golpes en medio del corazón. Y sus ojos pudieron ver tal espectáculo como éste sin morir. Verdaderamente aquí fue su corazón traspasado con esta mano, y aquí fueron con este clavo sus virginales entrañas rasgadas.

   Con la fuerza del dolor de la herida, todas las cuerdas y nervios del cuerpo se encogieron hacia la parte de la mano clavada, y llevaron en pos de sí todo el peso del cuerpo. Y estando así cargado el buen Jesús hacia esta parte, tomó el cruel sayón la otra mano, y por hacer que llegase al agujero que estaba hecho, estiróla tan fuertemente, que los huesos del sagrado pecho se desabrocharon  y quedaron tan señalados y distintos que, como el Profeta dice, uno a uno los pudiera contar. Y de esta misma crueldad es de creer que usaron cuando le enclavaron los pies; y de esta manera quedó el sagrado cuerpo fijado en la Cruz.

   Este tormento de cruz fue el mayor de los tormentos corporales que el Salvador sufrió en su Pasión. Porque este linaje de muerte de cruz era uno de los más acerbos y penosos que en aquel tiempo se acostumbraban. Porque las heridas son en pies y manos, que son los lugares del cuerpo en que hay más junturas de huesos y de nervios, los cuales son órganos e instrumentos del sentir, y así las heridas en esta parte son más sensibles y más penosas.

   También esta manera de muerte no es acelerada, como otras, sino prolija y larga, en la cual los matadores no sólo pretenden matar, sino también atormentar al que muere.

   Y en todo este espacio tan largo, el cuerpo que está en el aire colgado de los clavos, naturalmente carga para abajo, y así está siempre rasgando las llagas, y rompiendo los nervios, y ensanchando las heridas, y acrecentando continuamente el dolor.

   Era tal  este tormento, que si un animal bruto lo padeciera de seguro movería a compasión, mas sus enemigos eran tan crueles, que en ese mismo tiempo estaban meneando la cabeza, y haciendo fiesta, y diciendo donaires, y haciendo escarnio del Salvador. Pues ¿qué era esto sino estar echando sal en las llagas recientes y frescas, y crucificar con las lenguas a quien con los clavos habían ya crucificado?

   Más aún no se acaban aquí los trabajos del Salvador, sino pasan más adelante, porque ni el fervor de su caridad ni el furor de sus enemigos se contentaban con esto. Y así añadieron ellos otra nueva y nunca vista crueldad a todas las otras. Porque estando el Señor ya todo desangrado, secas las entrañas y agotadas todas las fuentes de las venas, como naturalmente padeciese grandísima sed y dijese aquella dolorosa palabra: Silio, que es: Tengo Sed, aquellos malvados enemigos usaron con Él de tanta crueldad que en este tiempo le dieron a beber una esponja de vinagre.

   Pues ¿qué mayor crueldad que acudir con tal bebida a quien estaba en esa sazón y negar un jarro de agua a quien la pedía muriendo?

   En lo cual parece cómo no quiso este piadoso Señor que alguno de sus miembros quedase sin su propio tormento, y por esto quiso que la lengua también padeciese su pena, pues todos los otros miembros habían pasado la suya.

   Pues si a este linaje de pobreza y aspereza llegó el Señor de todo lo criado por nuestro remedio, ¿cómo el cristiano redimido por este medio, y enseñado por este ejemplo, y obligado con este tan grande beneficio, pondrá toda su felicidad en deleites y regalos de carne y no holgará de padecer algo por imitación y honra de Cristo?

   Aquí es razón de considerar que, aunque fue tan acerba y dolorosa la Pasión de este Señor, como aquí hemos visto, no menos fue injuriosa que dolorosa, porque con lo uno padeciese la vida y con lo otro padeciese la honra.

   Porque el linaje de muerte que padeció fue ignominiosísimo, que era muerte de cruz, que en aquel tiempo era castigo de ladrones; el lugar también lo era, porque era público y donde justiciaban los públicos malhechores; y la compañía también lo era, pues fue de ladrones y malos hombres; y, además de esto, el día era solemne, porque era víspera de fiesta, adonde había acudido mucha gente de todas partes; y para mayor confusión y deshonra suya fue puesto en la Cruz desnudo, que es cosa vergonzosa y afrentosa para nobles corazones.

   De lo cual todo parece claro cómo en la sacratísima Pasión del Señor hubo suma deshonra, suma pobreza y sumo dolor. Lo cual convenía así, porque su sagrada Pasión había de ser cuchillo y muerte del amor propio, que es la primera raíz de todos los males, de la cual nacen tres ramas pestilenciales, que son amor de honra, amor de hacienda y amor de deleites, las cuales son yesca e incentivo de todos ellos.

   Pues contra el amor de la honra milita esta suma ignominia, y contra el amor de la hacienda esta suma pobreza, y contra el amor del regalo este sumo dolor. Y de esta manera el amor propio, que es el árbol de la muerte, se cura con el bendito fruto de este árbol de vida, el cual es general medicina de todos los males, cuyas hojas, como dice San Juan son para salud de las gentes.

   Mas desviando ahora un poco los ojos del Hijo, pongámoslos en su Santísima Madre, que a todos estos trabajos y dolores se halló presente.

   Pues ¿qué sentiría vuestro piadoso corazón, Virgen bienaventurada, la cual asistiendo a todos estos martirios y bebiendo tanta parte de este cáliz, vistes con vuestros propios ojos aquel cuerpo santísimo que Vos tan castamente concebisteis, y tan dulcemente criasteis, y que tantas veces reclinaste en vuestro seno, y trajiste en vuestros brazos, ser despedazado con espinas, deshonrado con bofetadas, rasgado con clavos, levantado en un madero y despedazado con su propio peso, y al cabo dado a beber con hiel y vinagre?

   Y no menos vistes con los ojos espirituales aquella alma santísima llena de la hiel de todas las amarguras del mundo, ya entristecida, ya turbada, ya congojada, ya temiendo, ya agonizando, parte por el sentimiento vivísimo de sus dolores, parte por las ofensas y pecados de los hombres, parte por la compasión de nuestras miserias y parte por la compasión que de Vos su Madre dulcísima tenía, viéndoos asistir presente a todos estos trabajos.

   Verdaderamente aquí fue su bendita alma espiritualmente crucificada con su Hijo; aquí fue traspasada con agudísimo cuchillo de dolor, y aquí bebiste con la hiel y vinagre que Él bebió.

   Aquí vio muy por entero cumplidas las profecías que aquel Santo Simeón le había profetizado, así de las persecuciones que había de padecer al Hijo, como de los dolores que habían de traspasar el corazón de la Madre.

   Aquí vio la inmensidad de la bondad de Dios, la grandeza de su justicia, la malicia del pecado, el precio del mundo y la estima en que Él tiene los trabajos llevados con paciencia, pues tan a manos llenas los reparte con sus tan grandes amigos.

   Después de esto puedes considerar aquellas siete palabras que el Salvador hablo en la Cruz, pues las palabras que los hombres hablan al tiempo que parten de esta vida suelen ser muy notadas y encomendadas a la memoria, mayormente cuando son de padres o amigos o de personas señaladas.

   Y pues el más sabio de los sabios, y más amigo de los amigos, y más padre que todos los padres, habló siete palabras al fin de la vida, justo es que nosotros, que somos sus espirituales hijos, las tengamos siempre en la memoria y que en ellas estudiemos toda la vida.

   Mira, pues, con cuánta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos al Padre; con cuánta misericordia recibió al ladrón que le confesaba; con qué entrañas encomendó la piadosa Madre al amado discípulo; con cuánta sed y ardor mostró que deseaba la salud de los hombres; con cuánta dolorosa voz derramó su oración y pronunció su tribulación ante el acatamiento divino; cómo llevó hasta el cabo tan perfectamente la obediencia del Padre, y cómo, finalmente, le encomendó su espíritu y se resignó todo en sus benditísimas manos.

   Por donde parece que en cada una de estas palabras está encerrado un singular documento de virtud. Porque en la primera se nos encomendó la caridad para con los enemigos; en la segunda, la misericordia para los pecadores; en la tercera, la piedad para con los padres, en la cuarta, el deseo de la salud de los hombres; en la quinta, oración en las tribulaciones; en la sexta, la virtud de la obediencia y perseverancia; y en la séptima, la perfecta resignación en las manos de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección.

   Con esta postrera palabra acabó el Salvador juntamente con la vida la obra de nuestra redención y la obediencia que le era encomendada; y así, como verdadero hijo de obediencia, inclinada la cabeza, encomendó su espíritu en las manos del Padre.

   Entonces el velo del Templo súbitamente se rasgó, y la tierra tembló, y las piedras se hicieron pedazos, y las sepulturas de los muertos se abrieron.

   Entonces el más hermoso de los hombres, oscurecidos los ojos y cubierto el rostro de amarillez de muerte, quedó el más maltratado de todos, hecho holocausto de suavísimo olor por ellos, para revocar la ira del padre.

   Mira, pues, ¡oh Santo Padre!, desde tu santuario, la faz de tu Cristo; mira esta sacratísima Hostia, la cual te ofrece este sumo Pontífice por nuestros pecados, y mira tú también, hombre redimido, cuál y cuán grande es Este que está pendiente en el madero, cuya muerte resucita los muertos, cuyo tránsito lloran los Cielos, cuyos dolores sienten las piedras y todos los elementos del mundo. Pues ¡oh corazón humano más duro que una piedra, si teniendo tal espectáculo delante de ti, ni te espanta el temor, ni te mueve la compasión, ni te ablanda la piedad!


“VIDA DE JESUCRISTO”


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