jueves, 28 de febrero de 2019

DE LOS VICIOS Y DE SUS REMEDIOS: REMEDIOS CONTRA LA ENVIDIA – Por Fray Luis de Granada.



   La envidia es tristeza del bien ajeno y pesar de la felicidad de los otros: conviene saber, de los mayores, por ver el envidioso que no se puede igualar con ellos: y de los menores, porque se igualan con él: y de los iguales, porque compiten con él. De esta manera tuvieron envidia Saúl a David (I Reyes XVIII) y los fariseos a Cristo, por la cual le procuraron la muerte: porque tal es esta bestia fiera, que a tales personas no perdona. Este pecado de su género es mortal, porque milita derechamente contra la caridad, así como el odio. Pero muchas veces no lo será cuando no fuere la envidia consumada, como acaece en todas las otras materias de pecados. Porque así como hay odio, y también rencor, que no es odio formado, aunque camina para él, así hay una envidia perfecta, y otra imperfecta que camina para ella.

   Este es uno de los pecados más poderosos y más perjudiciales que hay, y que más extendido tiene su imperio por el mundo, especialmente por las cortes, y palacios, y casas de señores y príncipes: aunque ni deja universidades, ni cabildos, ni religiones por donde no corra. ¿Pues quién se podrá defender de este monstruo? ¿Quién será tan dichoso que se escape, o de tener envidia, o de padecerla? Porque cuando el hombre considera la envidia que hubo, no digo ya entre los primeros dos hermanos que fundaron a Roma, sino entre los dos primeros hermanos que poblaron el mundo, la cual fué tan grande, que bastó para matar el uno al otro: y la que hubo entre sus hermanos y José, la cual les hizo venderle por esclavo: y la que hubo entre los mismos discípulos de Cristo antes que sobre ellos viniese el Espíritu Santo: y sobre todo esto la que tuvieron Aarón y María hermanos y escogidos de Dios, a su hermano Moisés (Números XII): cuando el hombre todo esto lee, ¿qué podrá imaginar de los otros hombres del mundo, donde ni hay esta santidad, ni este vínculo de parentesco? Verdaderamente éste es un vicio de los que de callada tienen grandísimo señorío sobre la tierra, y el que la tiene destruida. Porque su proprio efecto es perseguir a los buenos y a los que por sus virtudes y habilidades son preciados: porque aquí señaladamente tira ella sus saetas. Por lo cual dijo Salomón (Eclesiástico VI) que todos los trabajos e industrias de los hombres estaban sujetos a la envidia de sus prójimos. Pues por esto con todo estudio y diligencia te conviene armarte contra este enemigo, pidiendo siempre a Dios ayuda contra él y sacudiéndole de ti con todo cuidado. Y si todavía él perseverare solicitando tu corazón, persevera tú siempre peleando contra él: porque no consintiendo con la voluntad no hace al caso que la carne maliciosa sienta en sí el pellizco de este feo y desabrido movimiento.

   Y cuando vieres a tu vecino o amigo más próspero y aventajado que a ti, da gracias al Señor por ello, y piensa que tú, o no mereciste otro tanto, o a lo menos que no te convino tenerlo: acordándote siempre que no socorres a tu pobreza teniendo envidia de la felicidad ajena, sino antes la acrecientas.

   Y si quieres saber con qué género de armas podrás pelear con este vicio, dígote que con las consideraciones siguientes.

DE LA PAZ INTERIOR Y VERDADERA SENDA DEL PARAÍSO – Por El V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano. (Cap. V y VI)



CAPÍTULO V.

Que el alma debe conservarse sola y desasida para que Dios obre en ella.

   Ten en grande estimación a tu alma, considerando su dignidad: pues el Padre de los padres,  y el Señor de los señores, la ha criado para templo y morada suya. Tenla en tan alto precio, que no la permitas que se abata y se incline a otra cosa.  Tus deseos y tus esperanzas sean siempre de la venida del Señor, el cual, si no hallare tu alma sola y desasida, no querrá visitarla. No pienses que en presencia de otros le dirá alguna palabra, si no es amenazándola o huyendo de ella.

   Dios la quiere sola; sola y desnuda, cuanto fuere posible, de pensamientos; sola y desnuda de deseos, y sobre todo de propia voluntad. Por esta causa no debes jamás abrazar por ti mismo y por tu propia elección las mortificaciones y penitencias, ni buscar las ocasiones de padecer por amor de Dios, sino solamente con la dirección y consejo de tu padre espiritual, y de los superiores que te gobiernan, para que por su medio disponga y haga Dios de tu voluntad lo que su divina Majestad quiere, y en el modo que quiere: nunca hagas tú lo que quisieras; mas haga Dios en ti siempre lo que quiere. Procura que tu voluntad esté siempre tan desasida de ti mismo, que nada quieras o desees; pero cuando quisieres alguna cosa, sea de tal suerte, que si no sucediere o no se hiciere lo que deseas, sino lo contrario, no te duelas o te contristes; mas persevera siempre tan quieto y tan tranquilo como si no hubieses querido o deseado cosa alguna.

   La verdadera libertad del alma consiste en no aficionarse ni asirse a cosa alguna. Dios la quiere libre, desasida y sola para obrar en ella sus maravillas, y glorificarla aun en esta vida. ¡Oh soledad amable, cámara secreta del Altísimo, donde solamente gusta el Señor de dar audiencia (Oseas, II, v. 14), y de hablar al corazon del alma! ¡Oh desierto glorioso, transformado en paraíso, pues en él solo permite Dios ser visto y que se le hable (Exod, II ): Iré y registraré esta admirable visión. Pero si quieres llegar a esta felicidad, entra con los pies descalzos en esta tierra, porque es santa; esto es, entra desnudo y libre de todos sus afectos; no lleves contigo cosa alguna de este mundo en este camino, ni te detengas en él a saludar a alguna persona, porque has de ocupar todos tus afectos y pensamientos únicamente en Dios, y no en las criaturas. Deja que los muertos sepulten sus muertos (Luc. IX, 60): camina tú solamente a la tierra de los vivos. (Salmo, CXLIV), y no tenga en tí parte alguna la muerte.


CAPÍTULO VI.

miércoles, 27 de febrero de 2019

DE LOS VICIOS Y DE SUS REMEDIOS: REMEDIOS CONTRA LA LUJURIA – Por Fray Luis de Granada.





   La LUJURIA es apetito desordenado de sucios y deshonestos deleites. Éste es uno de los vicios más generales, más cosarios y más furiosos en acometer que hay. Porque como dice San Bernardo: entre todas las batallas de los cristianos, las más duras son las de la castidad: donde es muy cotidiana la pelea, y muy rara lo victoria.

   Pues cuando este feo y abominable vicio tentare tu corazón, puedes salirle al camino con las consideraciones siguientes. Primeramente considera que este vicio no sólo ensucia el ánima, que el Hijo de Dios limpió con su sangre, sino también el cuerpo, en quien como en un sagrado relicario es depositado el sacratísimo cuerpo de Cristo. Pues si tan grande culpa es profanar y ensuciar el templo material de Dios, ¿qué será profanar este templo en que mora Dios? Por esto dice el Apóstol (I Corintios. VI): Huid, hermanos, del pecado de la fornicación: porque todo otro pecado que hiciere el hombre, fuera de su cuerpo queda: más el que cae en fornicación, peca contra su mismo cuerpo, profanándolo y ensuciándolo con el pecado carnal.

   Considera también que este pecado no se puede poner por obra sin escándalo y perjuicio de otros muchos que comúnmente intervienen en él: que es la cosa que a la hora de la muerte más agudamente suele herir la consciencia. Porque si la ley de Dios manda que se dé vida por vida, ojo por ojo y diente por diente, ¿qué podrá dar a Dios el que tantas ánimas destruyó? ¿Y con qué pagará lo que Él con su misma sangre redimió?

   Considera también que este halagüeño vicio tiene muy dulces principios, y muy amargos fines: muy fáciles las entradas, y muy dificultosas las salidas. Por donde dijo el Sabio (Proverbio XXIII) que la mala mujer era como una cava muy honda y un pozo boquiangosto, donde siendo tan fácil la entrada, es dificultosísima la salida.

   Porque verdaderamente no hay cosa en que más fácilmente se enreden los hombres que en este dulce vicio, según que a los principios se demuestra; mas después de enlazados en él, y trabadas las amistades, y roto el velo de la vergüenza, ¿quién los sacará de ahí? Por lo cual con mucha razón se compara con las nasas de los pescadores, que teniendo las entradas muy anchas, tienen las salidas muy angostas: por donde el pez que una vez entra, por maravilla sale de ahí. Y por aquí entenderás cuánta muchedumbre de pecados paren en este tan prolijo pecado: pues en todo este tiempo tan largo está claro que así por pensamiento, como por obra, como por deseo, ha de ser Dios cuasi infinitas veces ofendido.

   Considera también sobre todo esto, como dice un doctor, cuánta muchedumbre de otros males trae consigo esta halagüeña pestilencia. Primeramente roba la fama (que entre las cosas humanas es la más hermosa posesión que puedes tener) ningún rumor de vicio huele más mal, ni trae consigo mayor infamia que éste. Y allende de esto debilita las fuerzas, amortigua la hermosura, quita la buena disposición, hace daño a la salud, genera enfermedades sin cuento, y éstas muy feas y sucias, desflora antes de tiempo la frescura de la juventud, y hace venir más temprano una torpe vejez: quita la fuerza del ingenio, embota la agudeza del entendimiento y casi le torna brutal. Aparta el hombre de todos honestos estudios y ejercicios; y así le zabulle todo en el cieno deste deleite, que ya no huelga de pensar, ni hablar, ni tratar cosa que no sea vileza y suciedad. Hace loca la juventud e infame, y la vejez aborrecible y miserable. Más no se contenta este vicio con todo este estrago que hace en la persona del hombre, sino también lo hace en sus cosas. Porque ninguna hacienda hay tan gruesa, ningún tan gran tesoro a quien la lujuria no gaste y consuma en poco tiempo. Porque el estómago y los miembros vergonzosos son vecinos y compañeros, y los unos a los otros se ayudan y conforman en los vicios. De donde los hombres dados a vicios carnales comúnmente son comedores y bebedores, y así en banquetes y vestidos gastan todo cuanto tienen. Y demás de esto las mujeres deshonestas nunca se hartan de joyas, de anillos, de vestidos, de holandas, de perfumes y olores y cosas tales; y más aman a estos presentes, que a los mismos amadores que se los dan. Para cuya confirmación basta el ejemplo de aquel hijo pródigo, que en esto gastó toda la legítima de su padre.

   Mira también que cuanto más entregares tus pensamientos y tu cuerpo a deleites, tanto menos lleno te hallarás: este deleite no causa hartura sino hambre; porque el amor del hombre a la mujer, o de la mujer al hombre, nunca se pierde, antes apagado una vez, se torna a encender. Y mira también cómo este deleite es breve, y la pena que por él se da, perpetua; y por consiguiente, que es un muy desigual trueque, por una brevísima y torpísima hora de placer, perder en esta vida el gozo de la buena consciencia, y después la gloria que para siempre dura, y padecer la pena que nunca se acaba. Por lo cual dice San Gregorio: Un momento dura lo que deleita, y eternamente lo que atormenta.

sábado, 16 de febrero de 2019

DE LA PAZ INTERIOR Y VERDADERA SENDA DEL PARAÍSO – Por El V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano. (Cap. III y IV)





CAPÍTULO III.

   Que esta habitación pacifica de corazón se ha de edificar poco a poco.

   Pondrás todo el desvelo y cuidado posible, como se te ha dicho, en no dejar que se turbe tu corazón, o se mezcle en cosa que lo inquiete; y así trabajarás siempre en conservarlo pacífico y quieto; porque de esta suerte el Señor edificará en tu alma una ciudad de paz, y tu corazón será verdaderamente una casa de placeres y delicias. Solamente quiere y desea de tí, que cuando se altere o turbe tu espíritu, procures calmarlo y pacificarte en todas tus operaciones y pensamientos. Pero así como no se edifica en un solo día una ciudad, así no pienses que en un solo día podrás adquirir esta paz interior: porque todo esto no es otra cosa que edificar una casa al Señor, y un tabernáculo al Altísimo, haciéndole templo suyo; y el mismo Señor es el que lo ha de edificar, pues de otra suerte seria vano y sin fruto tu trabajo. (Salmo, CXXVI). Considera que el principal fundamento de este ejercicio ha de ser la humildad.

CAPÍTULO IV.

Que el alma debe negarse a toda consolación y contento, porque en esto consiste la verdadera humildad y pobreza de espíritu con que se adquiere esta paz interior.

   Si deseas entrar por esta puerta de la humildad, que es la única que se halla, debes trabajar con todo el esfuerzo y diligencia posible, principalmente en el principio, en abrazar las tribulaciones y cosas adversas, como a tus más queridas hermanas, deseando ser despreciado de todos, y que no haya alguno que te favorezca o te consuele, sino solamente tu Dios. Procura fijar y establecer en tu corazón esta máxima: Que sólo Dios es tu bien, tu esperanza y tu único refugio, y que todas las demás cosas son para ti espinas que si las acercas al corazón, no podrán dejar de herirte y lastimarte. Cuando recibas alguna afrenta, súfrela con alegría, y gloríate en ella, teniendo por cierto que entonces está Dios contigo. No desees o busques jamás otra honra que padecer por su amor y por su gloria. Pon todo el estudio posible en alegrarte cuando alguno te dijere palabras injuriosas, o te reprendiere o te despreciare; porque es grande y muy precioso el tesoro que se halla escondido en este polvo, y si lo tomas con gusto te hallarás rico en breve tiempo, sin que lo advierta el mismo que te hace este presente.

   No procures ni quieras jamás ser conocido y estimado de alguno en esta vida, para que todos te dejen solo padecer con Cristo crucificado, sin que alguno te lo impida.

   Guárdate de tí mismo, como del mayor enemigo que tienes en este mundo. No sigas tu voluntad, tu parecer o capricho, si no quieres perderte. Por esta causa necesitas precisamente de armas para defenderte de tí mismo; y así todas las veces que tu voluntad se inclinare a alguna cosa, aunque sea no solamente licita, sino santa, la pondrás primeramente sola y desnuda delante de Dios con profunda humildad, diciéndole que en ella se haga y cumpla, no tu voluntad, sino la suya, y ejecutarás esto con fervientes y encendidos deseos, sin alguna mezcla de amor propio, conociendo siempre que de tí nada tienes y nada puedes. Guárdate de todas aquellas opiniones y sentimientos propios que llevan consigo apariencia y especie de santidad y celo indiscreto, del cual dice el Señor: Guardaos de los falsos profetas que vienen en traje de corderos, y son lobos voraces: de sus frutos los conoceréis (Mateo, VII, 15,16): sus frutos son: dejar en el alma ansia, inquietud y afán.

   Todas las cosas que te distraen y apartan de la humildad y de esta paz y quietud interior con cualquiera color o causa, son los falsos profetas, que en figura de corderos, esto es, con color de celo, y de ayudar al prójimo indiscretamente, son lobos voraces que te roban la humildad, y aquella paz y quietud que es tan necesaria al que verdaderamente desea aprovechar; y cuanto mayor apariencia de santidad tuviere la cosa, con tanto mayor cuidado y diligencia deberás examinarla, y siempre con mucha paz y quietud interior, como se ha dicho. Pero si tal vez faltares en alguna de estas cosas, no te turbes, sino humíllate delante del Señor, y reconoce tu flaqueza, y queda advertido y enseñado para lo venidero; porque Dios por ventura lo permite, a fin de humillar alguna soberbia que en tí se halla oculta, y tú no la conoces. Si en alguna ocasión sintieres herida el alma de alguna aguda y venenosa espina, no por esto le turbes o inquietes; mas vela con mayor atención y cuidado, para que no pase y penetre dentro; retira y separa entonces con suavidad y dulzura tu corazón, y restitúyelo a su primera calma, conservando tu alma pura y sin tacha a los ojos de Dios, al cual hallarás siempre en el fondo de tu corazón por la rectitud de tu intención, persuadiéndole que todo esto sucede para prueba y ejercicio tuyo, para que de esta suerte te hagas capaz de tu bien, y merezcas la corona de justicia, que su infinita misericordia te tiene preparada.



“COMBATE ESPIRITUAL”
POR  EL V, P. D. LORENZO ESCUPOLI,
DE LA ÓRDEN DE LOS PP. CLÉRIGOS REGULARES
DE SAN CAYETANO.





domingo, 3 de febrero de 2019

MILAGROS ADMIRABLES DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES – Por Monseñor de Segur.





NOTA: Si están enfermos no dejen de leer estos casos milagrosos de curaciones por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.




De cómo la fe sencilla y firme de una pobre mujer de Tarbes, obtuvo desde el principio grandes favores de Nuestra Señora de Lourdes.

   He aquí algunos sucesos que se remontan a los principios mismos de las maravillas de la Gruta de Lourdes.

   Por mucho tiempo han sido ignorados del público, y acaso fueron relegados al olvido si la lectura de los Annales no hubiera hecho comprender a las personas curadas el deber que tenían de manifestarlos al público (*): Tomamos estos conmovedores relatos de los Annales de Lourdes (Marzo de 1871), que se publican con la aprobación del Obispo de Tarbes.

I

   La primera de estas personas es una humilde obrera de Tarbes llamada Francisca Majesté. No tenemos de informe más testigo que ella misma pero éste basta. Lleva impresa en su rostro la señal de un alma inocente, recta, inteligente, modesta. Su palabra es grave, y cincuenta años de una vida irreprochable y piadosa le dan autoridad.

   Cerca de tres años antes de las Apariciones de Lourdes, estuvo sujeta a suspensiones momentáneas de la vista. Ocurríale esto de repente, sin que nada hiciera presentir su aproximación; de pronto una niebla espesa cubría sus ojos y los oscurecía rápidamente, y luego la luz desaparecía. Francisca, entonces sumergida  en una noche profunda, se quedaba estupefacta; frotábase los ojos y esperaba a que apareciese de nuevo la claridad, lo que sucedía poco después. En lo demás, no sentía ningún dolor ni alteración sensible en los ojos.

   Consultó con un médico, quien después de varios experimentos, como ella le instara para saber toda la verdad, le dijo: “–Debo declarároslo; creo que no puedo nada. –Pero ¿piensa Usted que me quedaré ciega? –No sé”

   Estas respuestas eran dolorosas, pero ella las había solicitado porque prefería conocer la realidad de su situación. Desde aquel día la pobre mujer, asustada, temblaba de miedo de perder enteramente la vista.

   Ella estaba familiarizada con el dolor, porque su vida había sido una cadena casi continua de enfermedades; más de todas las pruebas pasadas ninguna la había apesadumbrado como ésta. ¡Ciega!... Antes quería morir.

   Los rumores de la Aparición de Massabielle llegaron a sus oídos. Cuando se confirmaron, creyó con fe sencilla y firme en la Providencia. “Para Dios nada hay imposible, decía, y El no permitirá que seamos así engañados.”

   Oyó hablar de curaciones milagrosas, y una vaga esperanza pasó por su corazón, pero sin inclinarla todavía a hacer el ensayo. Dijéronla varias veces: “Francisca, Usted que es tan piadosa, ¿no piensa ir a buscar su curación a la Gruta de Lourdes?”  Y ella contestaba “Todavía no siento la confianza necesaria; si Dios me la envía iré.” Hizo esfuerzos para merecerla, y Dios se la dio un día se sintió muy inclinada ir a la Gruta; la esperanza llenaba su alma, y ella, comprendiendo que esta inspiración venía de Dios, dispuso el viaje en los primeros días de Mayo de 1858.

   Francisca no había visto la Gruta. Cuando divisó la roca santificada por la presencia de la Virgen Inmaculada, su alma se conmovió profundamente. Un fervor muy sensible la inundó de gozo, y su oración era tan dulce que no podía apartarse de allí. Se lavó los ojos devotamente con el agua milagrosa y con una fe grande en su virtud sobrenatural, y mientras la bebía, su corazón decía: “¡Curaré!...”

   Desde este momento ni una sola vez, ni un solo segundo se ha ocultado la luz a sus ojos. En ninguna parte, en doce años, le ha hecho pararse la suspensión, de la vista como en otro tiempo.

   Francisca tenía también largo tiempo en una de sus rodillas un tumor como del tamaño de un huevo de pato que no la molestaba porque de ordinario no le dolía, y sólo le incomodaba algo para rezar porque entonces tenía la rodilla en el aire. Esta dificultad la hizo pensar en la Gruta, y se dijo a sí misma sin ningún sentimiento marcado: “Puesto que me hallo aquí voy también a lavar el tumor.”  Hecho esto fué a arrodillarse enteramente sin la menor molestia; pero absorta por la alegría de su oración y por el pensamiento de sus ojos, en su convicción curados para siempre, no pensó ya en el tumor. Continuaba siempre que rezaba haciéndolo hincada con ambas rodillas en el suelo, y sólo al cabo de algunos días miró su tumor. Este no existía ya, y no volvió a aparecer.

II

viernes, 1 de febrero de 2019

DE LA PAZ INTERIOR Y VERDADERA SENDA DEL PARAÍSO – Por El V.P.D. Lorenzo Escupoli – De la Orden los Clérigos Regulares de San Cayetano. (Cap. I y II)





CAPÍTULO I.

   Cuál sea la naturaleza del corazón humano, y cómo debe ser gobernado.

   El corazón del hombre ha sido criado únicamente para ser amado y poseído de Dios, su Criador. Siendo, pues, tan alto y tan excelente el fin de su creación, se debe considerar como la principal y la más noble de todas sus obras. De su gobierno depende la vida o la muerte espiritual. El arte de gobernarlo no es difícil; porque siendo propiedad suya hacer todas las cosas por amor, y nada por fuerza, basta que veles dulcemente y sin violencia sobre sus movimientos, para que hagas de él cuanto quisieres.

   Por esta causa debes primeramente fundar y establecer de manera la intención de tu corazón, que de lo interior proceda lo exterior; porque si bien las penitencias corporales, y lodos los ejercicios con que se castiga y aflige la carne, no dejan de ser loables, cuando son moderados, con discreción, y como conviene a la persona que los hace: no obstante, no adquirirás jamás por solo su medio alguna virtud, sino ilusión y viento de vanagloria, con que pierdas enteramente tu trabajo, si de lo interior no fueren animados y reglados semejantes ejercicios.

   La vida del hombre no es otra cosa que guerra y tentación continúa. Por esta causa has de velar siempre sobre ti misma, y guardar tu corazón, para que se conserve siempre pacífico y quieto; y cuando advirtieres que en tu alma se levanta algún movimiento de inquietud sensual, procurarás con toda diligencia reprimirlo luego, pacificando tu corazón, y no permitiéndole que se desvíe o tuerza a alguna de las cosas que lo perturban. Esto ejecutarás todas las veces que sintieres alguna inquietud, ya sea en la oración, ya en cualquiera otro tiempo; pero advierte, que todo esto se ha de hacer con suavidad y dulzura, y sin alguna fuerza o violencia. En suma, el principal y continuo ejercicio de tu vida ha de ser pacificar tu corazón, cuando se hallare inquieto y turbado; porque en este estado no podrás orar bien, si primero no lo sosiegas y restituyes a su primera tranquilidad.

CAPÍTULO II.

   Del cuidado que debe tener el alma de pacificarse y adquirir una perfecta tranquilidad.

   Esta atención o centinela de paz sobre tu corazón te llevará a cosas grandes sin alguna dificultad o trabajo; porque con ella velarás de tal suerte sobre ti mismo, que te acostumbres a orar, a obedecer, a humillarte y a sufrir sin inquietud las injurias y menosprecios. No es dudable que, antes que llegues a conseguir esta paz interior, padecerás mucha pena y trabajo, por no estar ejercitado; pero quedará siempre tu alma muy consolada en cualquiera contradicción que la suceda; y de día en día aprenderás mejor este ejercicio de sosegar y pacificar tu espíritu: y si tal vez te hallares tan atribulado y tan inquieto, que te parezca imposible recobrar la paz interior, recurre luego a la oración y persevera en ella, a imitación de Cristo nuestro Señor, que oró tres veces en el huerto ( Mateo, XXVI) , para enseñarte con su ejemplo, que nuestro único recurso y refugio ha de ser la oración; y que aunque te sientas muy contristado y pusilánime, no debes dejarla, sino continuarla con perseverancia , hasta que reconozcas que tu voluntad se halle enteramente conforme con la de Dios, y por consiguiente devota y pacífica, y juntamente fuerte, generosa y atrevida para recibir y abrazar con gusto lo mismo que antes temía y aborrecía, como hizo nuestro Redentor: Levantaos, y vamos: que llega el que me ha de entregar. (Mateo, ibid.)


“COMBATE ESPIRITUAL”

POR  EL V, P. D. LORENZO ESCUPOLI,
DE LA ORDEN DE LOS PP. CLÉRIGOS REGULARES

DE SAN CAYETANO.

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