lunes, 10 de abril de 2017

Del lavatorio de los pies. –– Por Fray Luis de Granada.




   El dejo con que el Salvador del mundo acabó la vida y se despidió de sus discípulos, antes que entrase en la conquista de su Pasión, fue lavarles Él mismo los pies con sus propias manos y ordenarles el Santísimo Sacramento del Altar y predicarles un sermón lleno de toda la suavidad, doctrina y consolación que podía ser.

   Porque tal gracia y tal despedida como esta pertenecía a la suavidad y caridad grandes de este Señor.

   Pues el primero de estos misterios escribe el Evangelista San Juan diciendo: “Que antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora en que había de pasar de este mundo al Padre, habiendo Él amado a los suyos que tenía en el mundo, en el fin señaladamente los amó.

   Y hecha la cena, como el demonio hubiese ya puesto en el corazón de Judas que le vendiese, sabiendo Él que todas las cosas había puesto el Padre en sus manos y que había venido de Dios, y volvía a Dios, levantóse de la cena y quitó sus vestiduras, y tomando un lienzo, ciñóse con él, y echó agua en un baño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y limpiarlos con el lienzo con que estaba ceñido.” Hasta aquí son palabras del Evangelista San Juan.

   Pues como haya muchas cosas señaladas que considerar en este hecho tan notable, la primera que luego se nos ofrece es este ejemplo de humildad inestimable del Hijo de Dios, cuyas grandezas comenzó el Evangelista a contar al principio de este Evangelio, para que más claro se viese la grandeza de esta humildad, comparada con tan grande majestad.

   Como si dijera: Este Señor, que sabía todas las cosas; Este, que era Hijo de Dios y que de Él había venido y a Él se volvía; Éste, en cuyas manos el padre había puesto todas las cosas, el cielo, la tierra, el infierno, la vida, la muerte, los Ángeles, los hombres y los demonios, y, finalmente, todas las cosas; Éste, tan grande en la majestad, fue tan grande en la humildad que ni la grandeza de su poder le hizo despreciar este oficio, ni la presencia de la muerte olvidarse de este regalo, ni la alteza de su majestad dejar de abatirse a este tan humilde servicio, que es uno de los más bajos que suelen hacer los siervos. Y así como tal se desnudó y ciñó, y echó agua en una bacía, y Él con sus propias manos, con aquellas manos que criaron los cielos, con aquellas en que el Padre había puesto todas las cosas, comenzó a lavar los pies de unos pobres pescadores y (lo que más es) los pies del peor de todos los hombres: que eran los de aquel traidor que le tenía vendido.

   ¡Oh inmensa bondad! ¡Oh suprema caridad! ¡Oh humildad inefable del Hijo de Dios!

   ¿Quién no quedará atónito cuando vea al Criador del mundo, la gloria de los Ángeles, el Rey de los Cielos y el Señor de todo lo criado postrado a los pies de los pescadores, y más de Judas?

   No se contentó con bajar del Cielo y hacerse hombre, sino descendió más bajo, como dice el Apóstol, a deshacerse y humillarse de tal manera que, estando en forma de Dios, tomase no sólo forma de hombre, sino también de siervo, haciendo el oficio propio de los siervos.

   Maravillábase el Fariseo que convidó a Cristo, de ver que se dejase tocar los pies de una mujer pecadora, pareciéndole ser esto cosa indigna de la dignidad de un Profeta.

   Pues si por tan indigna cosa tienes, oh Fariseo, que un Profeta deje tocar sus pies de una mujer pecadora, ¿qué hicieras si creyeras que este Señor era Dios y que con todo eso dejaba tocar sus pies de esa pecadora?

   Y si esto te pusiera grande admiración, dime, ruégote, ¿qué hicieras si, creyendo que este Señor era Dios, como lo era, vieras que no sólo dejaba tocar sus pies de pecadoras, sino que Él mismo, postrado en tierra, lavaba los pies de los pescadores?

   ¿Cuánto mayor es cosa Dios que un Profeta? Y ¿cuánto mayor lavar Él los pies ajenos que dejarse tocar los suyos propios?

   Pues ¿cuánto más atónito y pasmado quedaras si esto vieras y lo creyeras? Creo cierto que los mismos Ángeles quedaron espantados y maravillados de esta tan extraña humildad.

   “Quitóse, dice el Evangelista, las vestiduras”, etc. ¡Oh ingratitud y miseria del linaje humano! Dios quita todos los impedimentos para servir al hombre; pues ¿por qué no los quitará el hombre para servir a Dios? Si el Cielo así se inclina a la tierra, ¿por qué no se inclinará la tierra al Cielo? Si el abismo de la misericordia así se inclina al de la miseria, ¿por qué no se inclinará el de la miseria al de la misma misericordia?


   Él mismo fue el que se ciñó y el que echó agua en el baño, y el que lavó los pies de los discípulos; para que por aquí entiendan los amadores de la virtud y los que tienen cargo de almas que no han de cometer a otros los oficios de piedad, sino ellos por sí mismos han de poner las manos en todo.   Porque si el hombre desea el galardón en sí, y no en otro, por sí mismo ha de hacer las obras de virtud y no por otro.

   Mira también cuán a propósito vino este acto cuando el Señor lo hizo. Porque comenzaron entonces los discípulos a disputar cuál de ellos era el mayor, la cual disputa habían ya otra vez tenido entre sí; y no se curó con la amonestación que el Señor entonces les hizo de palabra, y por esto acudió ahora a curarla con otra medicina más eficaz, que es con la obra, haciendo entre ellos y para ellos esta obra de tanta humildad, además de las que tenía hechas y de las que le quedaban por hacer.

   Porque sabía muy bien este Señor la necesidad que los hombres tienen de esta virtud y la repugnancia grande que por su parte hay para ella; y por esto acudió a curarla con esta tan fuerte medicina.

   Mas no sólo nos dejó aquí ejemplo de humildad, sino también de caridad; porque lavar los pies no sólo es servicio, sino también regalo, el cual hizo el Salvador a los pies de sus amigos víspera del día que habían de ser enclavados y lavados con sangre los suyos; para que veas cuán dura es la caridad para sí y cuán blanda para los otros.

   Pues este ejemplo de caridad y. humildad deja el Señor en su testamento por manda a todos los suyos, encomendándoles en aquella hora postrimera que se tratasen ellos entre sí como Él los había tratado, y se hiciesen aquellos regalos y beneficios que Él entonces les había hecho.

   Pues ¿qué otra ley, qué otro mandamiento se pudiera esperar de aquel pecho tan lleno de caridad y misericordia, más propio que éste? ¿Qué otro mandamiento dejara un padre a la hora de su muerte a hijos que mucho amase, sino que se amasen ellos entre sí e hiciesen para consigo lo que Él hacía con ellos?

   Éste fue el mandamiento que el Santo José dio a sus hermanos cuando los envió a su padre, diciendo “No tengáis pasiones en el camino; caminad en paz y no os hagáis mal unos a otros”.

   Mandamiento fue éste de verdadero hermano que de verdad amaba a sus hermanos y deseaba su bien.

   Pues para mostrar el Señor este mismo amor para con los hombres, pone aquí este mandamiento, que por excelencia se llama el mandamiento, en el cual nos mandó la cosa que más convenía para nuestra paz, para nuestro bien y para nuestro regalo; tanto, que si este mandamiento se guardase en el mundo, sin duda vivirían en él los hombres como en un paraíso.

   Donde advertirás también cuáles sean los mandamientos que nos manda   Dios nuestro Señor. Porque tales son y tan provechosos para los hombres que, si bien se considera, más debemos nosotros a Él por las cosas que nos manda que Él a nosotros por la guarda de lo que manda, pues aun quitando, aparte del galardón del Cielo, ninguna cosa se nos podía mandar en este mundo que fuese más para nuestro provecho.




“VIDA DE JESUCRISTO”

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