jueves, 6 de abril de 2017

No soy digno de acercarme a Dios (en la comunión) – Por Monseñor de Segur.




   Si esta razón fuese valedera, no podríamos comulgar nunca, porque, como dice San Ambrosio, “el que no es digno de comulgar cada día, ¿lo será al cabo de un año?”.

   Dices que eres indigno de comulgar; ¿pero no sabes que a medida que te vas alejando de Jesucristo, te haces indigno y más indigno de acercarte a El?

   Las faltas crecen cuanto menos frecuentes los Sacramentos, porque te privas de aquel Pan de vida que el concilio de Trento, con San Ignacio de Antioquía, propone a los fíeles como antídoto contra el pecado y prenda segura de la inmortalidad.

   Deja, pues, a un  lado esa falsa humildad, esa humildad de contrabando. Muy bien sabe la Iglesia que no eres digno de comulgar, y sin embargo te invita a hacerlo con frecuencia y con mucha frecuencia, si quieres llegar a ser un verdadero servidor de Dios. También sabe ella que no eres digno de comulgar, ni tú ni nadie, que obliga a todos sus hijos, a los sacerdotes y hasta a los mismos obispos, a decir, no una vez sola, sido tres  veces y del fondo del corazon, antes de comulgar: Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum. “Señor, no soy digno de que entres en mí.”

   La Iglesia no te hace comulgar porque seas digno, sino porque tienes necesidad de comulgar para ser lo menos indigno posible de tu santísimo y bondadosísimo Señor. Te exhorta a comulgar, no porque eres santo, sino para que puedas llegar a serlo; no porque eres fuerte, sino porque eres débil e imperfecto, inclinado al mal, fácil de seducir y pronto a pecar.

   El miedo a Dios no es una virtud; la perfección de la piedad es el amor. Ahora bien: el verdadero amor, lo que es igual, “la perfecta caridad echa fuera el temor,” El temor servil. La caridad nos conserva del temor, aquel respeto filial que se concilia admirablemente con la ternura y la confianza, y que podríamos llamar el respecto del amor. El temor servil, o más, es propio de esa piedad jansenista, tan falsa como peligrosa, que cierra y oprime el corazon, destruye el amor y la confianza, seca los más generosos sentimientos y arroja a las almas al vacío y a la desesperación.

   La verdadera humildad va siempre acompañada de la confianza. Un piadoso doctor del siglo cuarto se pregunta: ¿Cuál es más humilde, el fiel que comulga con frecuencia, o el que lo hace raras veces? Y responde sin vacilar: que es más humilde el que recibe más a menudo a Jesucristo, porque con esto da una prueba cierta y una señal indubitable de que conoce mejor su miseria y de que siente más la necesidad de remediarla.

   Ánimo, pues, y confianza; ve a Jesús, puesto que te ama, indigno como eres de su amor; dirígete á El con humildad, ternura y sencillez y fija más tú consideración en el amor que te tiene Dios que en tus propias miserias; que cuanto más comulgues más dignó serás de comulgar.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


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