sábado, 26 de mayo de 2018

DE LOS VICIOS Y DE SUS REMEDIOS: REMEDIOS CONTRA LA SOBERBIA – Por Fray Luis de Granada.





   Habiendo pues de tratar de los vicios y de sus remedios, comenzaremos por aquellos siete que se llaman capitales, porque son cabezas y fuentes de todos los otros. Porque así como cortada la raíz de un árbol se secan luego todas las ramas que recibían vida de la raíz, así cortadas estas siete universales raíces de todos los vicios, luego cesarán todos los otros vicios que destas raíces procedían. Por esta causa Casiano escribió con tanta diligencia ocho libros contra estos vicios (lo cual también han hecho con mucho estudio otros muy graves autores) por tener muy bien entendido que vencidos estos enemigos, no podrían levantar cabeza todos los otros.

   La razón de esto es, porque todos los pecados (como dice Santo Tomás) originalmente nacen del amor proprio: porque todos ellos se cometen por codicia de algún bien particular que este amor proprio nos hace desear. De este amor nacen aquellas tres ramas que dice San Juan en su Canónica (I. Juan. 2), que son: codicia de la carne, codicia de los ojos y soberbia de la vida, que por términos más claros son: amor de deleites, amor de hacienda y amor de honra; porque estos tres amores proceden de aquel primer amor. Pues del amor de los deleites nascen tres vicios capitales, que son: lujuria, gula y pereza. Del amor de la honra nasce la soberbia, y del amor de la hacienda el avaricia. Más los otros dos vicios, que son ira y envidia, sirven a cualquiera destos malos amores, porque la ira nace de impedirnos cualquiera de estas cosas que deseamos; y la envidia de quienquiera que nos gana por la mano y alcanza aquello que el amor proprio quisiera antes para sí que para sus vecinos. Pues como éstas sean las tres universales raíces de todos los males, de las cuales proceden estos siete vicios; de aquí es que, vencidos estos siete, queda luego el escuadrón de todos los otros vencido. Por lo cual todo nuestro estudio se ha de emplear ahora en pelear contra estos tan poderosos gigantes, si queremos quedar señores de todos los otros enemigos que nos tienen ocupada la tierra de promisión.

   Entre los cuales el primero y más principal es la soberbia, que es apetito desordenado de la propia excelencia. Ésta dicen los santos que es la madre y reina de todos los vicios: y por tanto, con mucha razón aquel santo Tobías, entre otros avisos que daba a su hijo, le daba éste, diciendo (Tobías IV): Nunca permitas que la soberbia tenga señorío sobre tu pensamiento, ni sobre tus palabras: porque de ella tomó principio toda nuestra perdición. Pues cuando este pestilencial vicio tentare tu corazón, puedes ayudarte contra él de las armas siguientes:

   Primeramente considera aquel espantoso castigo con que fueron castigados aquellos malos ángeles que se ensoberbecieron; pues en un punto fueron derribados del cielo y echados en los abismos. Mira, pues, cómo este vicio oscureció al que resplandecía más que las estrellas del cielo: y al que era no solamente ángel, mas muy principal entre los ángeles, hizo no solamente demonio, más el peor de todos los demonios. Pues si esto se hizo con los ángeles, ¿qué se hará contigo, polvo y ceniza? Porque Dios no es contrario a sí mismo, ni aceptador de personas, mas así en el ángel como en el hombre le descontenta la soberbia, y le agrada la humildad. Por lo cual dice San Agustín: La humildad hace de los hombres ángeles, y la soberbia de los ángeles demonios. Y San Bernardo dice: La soberbia derriba de lo más alto hasta lo más bajo, y la humildad levanta de lo más bajo hasta lo más alto. El ángel ensoberbeciéndose en el cielo, cayó en los abismos; y el hombre, humillándose en la tierra, es levantado sobre las estrellas del cielo.

   Juntamente con este castigo de la soberbia considera el ejemplo de aquella inestimable humildad del Hijo de Dios, que por ti tomó tan baja naturaleza, y por ti obedeció al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz. Pues aprende, hombre, obedecer; aprende, tierra, a estar debajo de los pies; aprende, polvo, a tenerte en nada; aprende, oh cristiano, de tu Señor y tu Dios, que fué manso y humilde de corazón. Si te desprecias de imitar el ejemplo de los otros hombres, no te desprecies de imitar el de Dios, el cual se hizo hombre, no solamente para redimirnos, mas también para humillarnos.

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día cuarto.






DIA CUARTO

ADVERTENCIAS

   1.* Leer de nuevo las del primer día.

   2.* Acabar la confesión.

   3.* Mantenerse en mayor recogimiento, si es posible. — Pues que ahora es el momento en que más bien hablará Jesús al alma, que no está a Jesús.

   4.* Evitar el andar revolviendo penosamente lo pasado.

   Este día lo emplearás en meditar acerca de las dos disposiciones necesarias para seguir fielmente a Jesús; la primera consiste en tomar su fortaleza de la confianza en Jesús; la segunda en hacerlo todo con espíritu de recogimiento.

PRIMERA MEDITACIÓN

Fortaleza por la confianza en Dios.
   De mí nada puedo en orden a la salvación; sin Jesús no puedo hacer nada que sea agradable a Dios y meritorio para la vida eterna. Más lo puedo todo en Dios, que me conforta con su gracia. Por dónde la confianza en Dios es la medida de mi fortaleza y mi santidad. — ¿En qué ha de estribar, pues, mi con fianza?

   En la bondad de la divina Providencia para conmigo. Dios me ama, Dios dispone todos mis caminos en su bondad; todo en mi vida lo regula para mi mayor bien. — Tengo, pues, seguridad que cuanto me sucede viene de Dios y de su bondad; las alegrías y las penas en su santo servicio, los consuelos y las amarguras, las prosperidades y los contratiempos, la salud y la enfermedad. —La divina Providencia dirige mi barquilla, da viento a la vela, envía la calma o la tempestad; mi deber es confiarme al divino Piloto: Él me llevará en salvo al puerto de la patria celestial.

   2° Confianza en la misericordia de Dios.

   He pecado, he pecado mucho, he contraído una inmensa deuda para con la misericordia divina, y me atemoriza la cólera de Dios; me atemoriza el infierno ¿Dónde me esconderé?—Bajo el manto de la misericordia divina, que Jesús tiende sobre mí.—¿Dónde me esconderé?—En el corazón de Jesús, que está abierto para mí.

   Mas ¿cómo pagaré mi deuda? Con los méritos de mi Jesús, con su amor para conmigo, con mi amor para con ti. Jesús me ha dicho, como a la Magdalena: “Perdonados te son tus pecados.” ¡Oh cuán consoladora palabra! La divina misericordia de mi Salvador ha sellado mi vida como cosa de su propiedad; no quebrantes ¡oh alma mía! Jamás ese Sello. Jesús ha extendido el manto de su misericordia sobre todas mis miserias pasadas; no lo levantes nunca, para no andar removiendo ese antiguo lodazal de pecados. —Funda, pues, tu confianza en la infinita misericordia de Jesús; y cuando te asalten temores, espera en Jesús, que te amó cuando tú no le amabas. — Cuando te asalten temores confíate a Jesús, que es tu Salvador. — Cuando te acometan ansiedades busca reposo en Jesús; que tal confianza es el mejor homenaje a su bondad, y no olvides nunca que la filial confianza en la misericordia de Dios es la más segura y perfecta gracia de tu justificación.

   3° Confianza en la gracia de Dios ante las tentaciones. — Recuerda, alma mía, que Dios permite y quiere la tentación que te aflige; que el demonio ningún poder tiene sobre ti. — Si Dios le permite que te tiente, es para mostrarle que eres completamente de Dios, y para proporcionarte la grande ocasión de probar tu fidelidad. Dios quiere también con esto que tú te humilles y le honres por tu propia humillación; quiere darte ocasión de que puedas resarcirte contra el demonio de las ventajas que éste haya podido en otro tiempo obtener sobre ti. — En fin, Dios mira en eso á centuplicar los méritos de tu vida.

   La tentación es, por lo tanto, más bien gracia que pena, puesto que trae la ocasión de ejercitar las mayores virtudes y de adquirir tantos méritos: no la temas, pues, tanto, alma mía. Teme, sí, tu flaqueza, tus recaídas; mas espera en la gracia de Dios. La gloria del combate vale más que la de la paz.

   4° Confianza en la gracia de Dios para conseguir la perfección a que Él nos llama. — Grande y sublime es, alma mía, la perfección a que Dios te llama. Se trata de renunciar al mundo, de renunciarte a ti misma en todo.

    De que Jesús crucificado se lleve tus preferencias sobre Jesús en el Tabor.

   De crucificarte con este Esposo ensangrentado; se trata de amarle con el más soberano, cordial y absoluto amor. — ¿Cómo llegarás a tan alta santidad?

   Oye: Jesús dijo a sus Apóstoles: “Tened confianza, que yo he vencido al mundo.” —Ahí está su victoria. — Y en otra ocasión: “Yo estaré con vosotros todos los días.”— Y a San Pablo, temeroso: “Te basta mi gracia, pues la virtud en la enfermedad se perfecciona.” —Y a San Pedro: “¿Me amas más que éstos?”

   Exclama, pues ¡oh alma mía! con el grande Apóstol, que tú nada puedes de tuyo, pero que lo puedes todo en Cristo que te conforta, que combate contigo, que obra, vive y triunfa en ti.


SEGUNDA MEDITACIÓN

Recogimiento exterior.

jueves, 24 de mayo de 2018

Milagros de Don Bosco por intercesión de María Auxiliadora “Un secreto para morir tranquilo – año 1866”





   En 1866 Don Bosco, a causa de la extraordinaria extensión de sus obras, había emitido una importante lotería.

   Un día, llególe de Roma una carta bien singular. La marquesa V*** le hacía un pedido y un ofrecimiento cuya sustancia es como sigue:

   “Feliz, cuanto se puede ser en la tierra, vivo, sin embargo, con una angustia terrible: el pensamiento de la muerte me causa indecible inquietud, y mi fe no es bastante a sobreponerse a ese involuntario terror. A medida que os escribo, un movimiento convulsivo se apodera de todo mí ser. Pronta estoy a cualquier sacrificio para obtener que esta penosa idea cese de atormentarme y he aquí por qué me dirijo a vos. El tiempo apremia: padezco una enfermedad inexorable y que puede quizás muy pronto quitarme la vida. Aseguradme, os suplico, que la Santísima Virgen, vuestra bondadosa María Auxiliadora, me concederá la gracia de no temer la muerte y de verla llegar con toda serenidad, y yo por mi parte os prometo que, siendo ya Cooperadora de vuestras Obras, seré vuestra servidora y la servidora de vuestros hijos. Mi voluntad y todos mi bienes de fortuna y cuanto me resta de mi vida os pertenecerán; pondré él empeño posible en ser respecto a vos un instrumentó fiel de la Divina Providencia, pero ¡por piedad! que María Auxiliadora me libre del terrible espanto que me causa la muerte”.

   Don Bosco le contestó a vuelta de correo:

   “Os aseguro que María Auxiliadora os concede la gracia deseada: moriréis tranquilamente y sin advertirlo. Cumplid vuestra promesa y la Santísima Virgen no faltará a la suya”.

   Pasaron algunos años. La marquesa V***, libre de aquellas angustias, llenó con admirable abnegación su compromiso: parecía no vivir sino para los huérfanos de Don Bosco.

   Un día a fines del año 1871, la marquesa dice a su marido, excelente cristiano.

   —Tiempo hace que no he hecho una confesión general; sí te parece me dispondré a ello en los últimos, días del año,

   —Excelente cosa; seguid vuestra inspiración.

   El último día de diciembre la marquesa había terminado su confesión general. Al día siguiente, celebración del año nuevo después de la santa comunión, hallándose reunida en el almuerzo toda la familia, rebosaba de singular contento.

   De repente manda a un criado:

   —Abrid los postigos.

   —Señora marquesa, están abiertos.

   —Abridlos ¡que entre luz!

   Nueva respetuosa observación del doméstico.

   Todos estaban atentos a esta extraña indicación, cuando la marquesa como iluminada por repentina luz, con indefinible acento exclama:

   — ¡Ángel! (éste era el nombre del marido) ¡Ángel! Me muero... Y con una alegría celestial que transformaba su semblante, repitió — ¡Ángel, yo muero, yo muero!... y se durmió en el Señor.

   María Auxiliadora cumplía su promesa.

   Don Bosco recibió esta noticia en el colegio de Varazze, donde se hallaba indispuesto. El marqués terminaba así su carta:

   “YO NO LLORO ESTA MUERTE COMO UNA DESGRACIA, SINO QUE BENDIGO A MARÍA AUXILIADORA COMO AUTORA DE UN INSIGNE FAVOR”


“SAN JUAN BOSCO”

Por el Dr. Don Carlos D´Espiney. – Año 1949

miércoles, 23 de mayo de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día tercero.





DÍA TERCERO.
ADVERTENCIAS.

Lee otra vez las del día primero.


PRIMERA MEDITACIÓN


Jesús me llama a su séquito.

   Jesús es el Unigénito de Dios, la sabiduría, el substancial amor del Padre celestial, la gloria y felicidad de los ángeles, el vencedor de Satanás, el. Rey de cielos y tierra. — Y este bondadoso Jesús se digna amar una criatura humana, hacerla prodigio de su gracia, objeto privilegiado de su (ternura, esposa de su corazón. — Y he aquí que este Dios de bondad baja a la tierra, se hace hombre para ser hermano de su criatura predilecta, para vivir con ella y comunicarle por su santa humanidad todas las riquezas de su divinidad.

   ¿Quién será esa afortunada criatura? ¿Quién tendrá tal dicha y tal gloria? —Escucha, alma mía: Jesús llama a alguien y le nombra; eres tú misma. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible que Vos me conozcáis? ¿que yo tenga tan grande dicha? — ¡Ven¡ ¡oh privilegiada criatura mía! Yo soy tu creador y tu último fin. Ven, amadísima hija mía: Yo soy tu Salvador, que vengo a libertarte de la esclavitud del pecado, de la tiranía del demonio, de tu condenación al inferno y la eterna desventura que tus pecados te habían merecido. Ven, hermana y esposa de mi corazón: quiero reinar en ti y hacerte reinar conmigo; quiero darte participación en todos mis bienes, en mi ciencia divina, mi sangre, mi gloria y mi divinidad. —Pídeme cuantas dádivas quieras, y te las concederé. –– Para ti he creado el mundo, para ti he creado los cielos con toda su magnificencia; para ti he decretado desde toda la eternidad mi unión a la naturaleza humana mediante la Encarnación; para ti he subido al Calvario; para tí he fundado mi Iglesia, a fin de que por ella, como por una tierna madre perpetuamente viva, pueda yo venir hasta ti.

   “He aquí mis dones. — ¿Qué me retribuirás tú, en cambio? Yo soy un Dios celador; oye y pesa las condiciones del contrato que quiero celebrar contigo; son las de un esposo soberano.”

   “El esposo da su nombre a la esposa; yo te doy el mío en señal de mis derechos sobre ti, y te ennoblezco con su gloria, pero tú perderás tu nombre propio.”

   “Entre esposos son comunes todos los bienes: disfruta, pues, de mis bienes, pero yo quiero los tuyos.”

   “La esposa sigue la condición de su esposo: tal es su deber y su gloria; yo soy pobre en esta vida pasajera; necesario será, pues, compartir mi pobreza.”

   “Mi gracia y mi amor deben ser tu única riqueza. Humilde soy y humillado en medio del mundo: preciso es que seas humilde y humillada a la par de mí. —Objeto soy de desprecio y persecuciones para el mundo: otro tanto habrá de sucederte. —Yo padezco: preciso es que tú estés crucificada conmigo y que lleves en ti los estigmas de mis divinas llagas: mi vida es cruz continuada, y por la cruz vivo y reino en el alma que quiere ser mía. — La someto a pruebas antes de darle testimonio de mi amor. — Parezco abandonarla, dejarla entregada a sus miserias, en lucha con todos los demonios del infierno antes de darle el galardón de la victoria. —La humillo hasta en medio de la abundancia de mis gracias; la crucifico en la intensidad de mi amor.”

   “Tales son, hija mía, mis condiciones; no temas la prueba, yo le sostendré; no te asustes de los sacrificios, harán tu gozo y tu dicha; aprecia el peso inmenso de mi gloria; mide la longitud de mi eterno reinado, comprende el misterio de mi amor, el precio de tu alianza, y decide... Te espero.”

   ¡Oh Dios mío de mi corazón! Gracias os doy eternas por haberme elegido y llamado a Vos. Acepto incondicionalmente ese divino contrato; os seguiré por doquiera; sólo Vos reinaréis en mi corazón y en vida.

   (Renuévese aquí el voto de castidad, si se ha hecho.)


SEGUNDA MEDITACIÓN

Seguir a Jesús con María.

   Jesús tiene siempre consigo a su divina Madre: no se separan. —María es el lazo que nos une a Jesús. — María es la vida de Jesús revestida de un ambiente maternal propicio a mi flaqueza e, imperfección. —Quien dice María, dice la gracia de Jesús. —Quien dice María, dice el espíritu de Jesús formado en mí por la bondad y ternura de su divina Madre. — En una palabra; María es mi celestial maestra, mi Madre, según la gracia para educarme y formarme en el espíritu, en la santidad y el amor de Jesús. Debo, pues, seguir a María y amarla como un hijo sigue y ama a su madre. Y para ello debo vivir de su amor a Jesús. Ahora bien: tres caracteres tiene el amor de María a Jesús.

No calles pecados mortales por vergüenza. Por un pecado mortal se va al infierno: Lee esto.






   
   Despierta de tu sueño, alma dominada de esa maldita vergüenza, escucha la voz de tu Dios que hoy te llama aun como amigo y te convida con el perdón; vomita ante el confesor el veneno de la culpa: arranca de tu corazón esa cruel espina que no te deja un solo momento de sosiego, de alegría y de tranquilidad: escarmienta en cabeza ajena; teme, teme o  te suceda lo que a la desgraciada de este caso (entre los muchísimos casos, que se pudieran citar).

   Refiere el Padre Caravantes, que una mujer principal era tan dedicada a la virtud que su Obispo y todos la tenían por santa. Esta puso los ojos en un criado suyo y consintió en un pensamiento deshonesto, y aunque entonces pecó con el deseo, como no cometió el pecado por obra ni solicitó al criado

   Pero no  se animó de confesarlo, aunque algunas veces se le acordaba y la remordía la conciencia.

   Le parecía como a algunas almas engañadas por el demonio que Dios se lo había de perdonar sin confesarlo, o bien que lo haría a la hora de la muerte. Llegó la hora de la muerte para esta infeliz, y aunque en le dio Dios nuevos avisos para que se confesase de aquel pecado, ella temerosa de perder el concepto de santa que gozaba, lo calló también en la hora de la muerte como lo babia callado en vida, según ordinariamente sucede. Murió, y el Obispo la sepultó en su capilla; mas he aquí, que a la noche siguiente levantándose a maitines antes que los demás entró en dicha capilla, y al entrar la vió llena toda de fuego como si fuera un horno encendido. Con todo eso entró, y vió que sobre la sepultura de aquella mujer estaba un cuerpo tendido, y debajo un gran fuego, y muchos demonios que con instrumentos de hierro atizaban el fuego. El Obispo pasmado de lo que miraba, reparó y conoció que era el cuerpo de la difunta mujer, y para más asegurarse la conjuró de parte de Dios y de María Santísima para que dijere quien era. Ella respondió que era su hija de confesión, y que por no haber confesado un pecado de pensamiento deshonesto con un criado, se había condenado, y por ello padecía las horribles penas del infierno. Si alguno después de leer es lo ejemplo con tinúa callando sus pecados no podrá quejarse de que Dios no le ha dado bastantes avisos.

   Callar un sólo pecado mortal cruel espada que atravesará eternamente su corazón acordándose con  la facilidad con que pudo confesarse he ir al cielo, y de los muchos medios que para eso tuvo, y que por haberlos despreciado tiene que arder eternamente en el infierno.



“Tomado de temas varios de la Biblioteca Cristiana”

martes, 22 de mayo de 2018

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día segundo.





DÍA SEGUNDO.

ADVERTENCIAS


   Pedir a Jesucristo que nos haga compartir un tanto su tristeza en el Huerto de las Olivas, y que nos haga llorar con Él por nuestros pecados.

   Evitar el ver tus pecados demasiado al por menudo, a no ser que la gracia de Dios te lleve a eso con calma y contrición, pero conviene mirarlos ante la misericordia de Dios, más que con atención a nosotros mismos.

   Comenzar la confesión.

   Sufrir con espíritu de penitencia las pruebas del Retiro. —Acontece a menudo padecer mucho el segundo día del Retiro.


PRIMERA MEDITACIÓN

Dios y el mundo.

   I.   El mundo es una nadería; sólo en Dios está la plenitud del ser.

   El mundo nada tiene de bueno ni de estable. Todos sus bienes son tan solo vanidad, decepción y amargura. — Estériles, engañosas y pérfidas son todas sus promesas; — Sus honores, sus placeres, su amistad engendran esclavitud, — pecado, — apostasía. Sólo Dios posee todo verdadero bien; divinas son sus promesas; — no hay verdadero honor ni placer puro y perfecto sino en su santo servicio.

   El mundo no puede sino hacerme infeliz haciéndome culpable. — Sólo Dios puede hacerme feliz haciéndome santa. Debo, pues, dejar el mundo por Dios.

   II. Dios con su divina bondad me ayuda a separarme del mundo. —Me castiga cuando me he dejado llevar demasiado del mundo. — Me hace padecer por las criaturas para que no me apegue a ellas. — Me concede disgusto y alejamiento hacia todo cuanto no es Dios.

   Me hace la gracia de que comprenda yo que es Él mí solo bien, — mi único fin — y que el mundo no es más que un calvario para mí.

   Fruto: — Quiero, con San Pablo, estar crucificado al mundo, y que el mundo esté crucificado para mí.

   El mundo ha olvidado, despreciado y perseguido a Jesucristo, mi Dios, mi divino Esposo; quiero ser tratada como Él.

   Combatiré, pues, con todas mis fuerzas los afectos desordenados hacia las criaturas. — Estaré alerta contra los afectos demasiado terrenos. — No me ocuparé en mi corazón con las criaturas, sino con sólo Dios, y con el prójimo por Dios.


SEGUNDA MEDITACIÓN

Dios Misericordioso.

lunes, 21 de mayo de 2018

MISIÓN DE LA MUJER CRISTIANA (Capítulo II) – Por el P. FRANCISCO J. SCHOUPPE, S. J.






Virtudes de la Mujer Cristiana.


   Al considerar la elevada misión de la mujer cristiana, todos los corazones de nobles sentimientos se inflaman en ardorosos deseos de acometer semejante empresa; de llevar a cabo tan gloriosos designios de la divina Providencia. Pero ¿cómo dar cumplimiento a tan santos deseos? ¿Qué condiciones se requieren para esta empresa? ¿Qué virtudes deben adornar a una mujer para obrar estas maravillas que hemos dicho, y responder a los designios de Dios?

   Para desempeñar el apostolado que Jesucristo tiene confiado a la mujer cristiana, se requieren tres virtudes fundamentales: la piedad, el celo doméstico y la paciencia. Estas virtudes bien arraigadas en el alma harán germinar y florecer todas las demás; y la mujer que las posea estará bien dispuesta a ejecutar las grandes obras que Dios de ella demanda.

   I. Piedad. La primera virtud fundamental de la mujer cristiana es la piedad; pero una piedad instruida, sólida y ejemplar.

   a) Su piedad debe ser instruida por el conocimiento exacto y razonado de la doctrina cristiana. Tiene necesidad, ante todo, de un conocimiento claro de nuestra religión, para hallarse preparada para instruir sólidamente, sea en su casa, sea fuera de ella, a todos los que vegetan en la ignorancia. ¡Felices los hijos que desde la más tierna edad han aprendido de los piadosos labios de su buena madre, o virtuosa hermana, los rudimentos de la fe! Estas saludables lecciones pronunciadas con acento de piedad, se graban en las tiernas inteligencias tan profundamente que no se borran jamás.

   Los conocimientos religiosos deben elevarse hasta la categoría de científicos: esto es, que se conozcan las bases de certidumbre sobre las cuales descansan las verdades de nuestra santa fe. Entre otras pruebas irrefragables, conviene poseer y comprender bien la que resulta de la Resurrección de Jesucristo.

   Nuestro divino Salvador que nos ha enseñado su celestial doctrina, quiso darnos una prueba evidente de ella en su Resurrección gloriosa. Este acontecimiento histórico, mil veces más cierto que cualquier otro hecho narrado por la Historia, es a todas luces una obra sobrenatural y divina, y como el sello de Dios que autentica la doctrina de Jesucristo. Además, esta doctrina, confiada por el mismo Salvador a su Iglesia infalible, conservase en ella pura e inalterable: de suerte que todas las generaciones la han oído predicar y enseñar por la Iglesia, como si la escuchasen de los mismos labios de Jesucristo.

   Este conocimiento razonado de nuestra santa fe es, sobre todo en nuestros días, indispensable a la mujer cristiana; porque en nuestro siglo de incredulidad debe estar apercibida y apercibir a los suyos contra el contagio pestilente del escepticismo; y deberá, también, muchas veces, confundir la ignorancia de los impíos.

   b) Su piedad debe ser no solamente instruida, más también sólida; y lo será si está basada sobre las convicciones inquebrantables de la fe, y sobre una voluntad firmemente resuelta a servir a Dios ante todas las cosas. De esta piedad sólida y bien cimentada sobre las convicciones de la inteligencia y sobre la firmeza de la voluntad, nace espontáneamente la constancia en la práctica bien regulada de la devoción; cuyos ejercicios no se omitirán jamás, aunque cuesten algún sacrificio.

   c) Finalmente, la piedad debe ser ejemplar; esto es, debe ir acompañada del buen ejemplo, de la práctica de las virtudes cristianas, principalmente de aquellas que nacen de la caridad, como la dulzura y afabilidad en el trato, que hacen amable la piedad. Asi resplandezcan dijo el Salvador, vuestras buenas obras delante de los hombres, que éstos glorifiquen y alaben a vuestro Padre celestial. (Matth. V, 16).

   II. Celo doméstico. La segunda virtud fundamental en que debe ejercitarse la mujer cristiana es el celo doméstico. Consiste esta virtud en el amor a la familia y a todos sus miembros, y en atender con solicitud a todas las cosas que les interesan.

RETIROS del Padre “SAN PEDRO JULIÁN EYMARD” – RETIRO PRIMERO DE SIETE DÍAS. (Para mujeres) Día primero.





   Compuso el Padre el primero de los retiros cuando era todavía Marista, para las Doncellas de la Orden Tercera de María, y se echa de ver ya en dicho Retiro un grande amor a la Eucaristía; pero la Santísima Virgen María, sus virtudes y su espíritu son el tema en que se inspira y la norma para la santificación del alma durante esos días de recogimiento. (Lo ideal es que el retiro se lo haga ante Jesús sacramentado)

REGLAMENTO PARA EL RETIRO


   Con objeto de evitar a las personas que quieran hacer estos ejercicios, la molestia de formarse un reglamento, reproducimos aquí los rasgos principales de la Vida propia de los días de retiro, trazados por el mismo P. Eymard.

   Señalar una hora fija para levantarse. Hacer por la mañana, antes del mediodía, dos meditaciones de tres cuartos de hora al menos cada una. — Antes de la comida, examen particular.

   De tarde.Rosario, y después de él media hora de lectura espiritual, la tercera meditación y el Vía Crucis.

   El espíritu que ha de animar la vida exterior sea: silencio, soledad, modestia.

   En cuanto al interior: paciencia, paz, oración.

COMIENZO DEL RETIRO
ADVERTENCIAS

   Recitarás el Veni Creator y la Letanía de la “Virgen Santísima.

   Te pondrás bajo el amparo del glorioso San José y del Santo Ángel de tu guarda.

MEDITACIÓN PREPARATORIA

   Tengo mucha necesidad de estos ejercicios. ¡Ya tanto tiempo que no los he hecho!

   Los necesito para reparar lo pasado, para santificar el presente, para prepararme a la eternidad...

   1. Necesito un buen retiro respecto a lo pasad: a fin de hacer penitencia, y a fin de purificar mi conciencia para no tener inquietudes a la hora de la muerte.

   2. Por lo que mira al presente: a fin de conocer los obstáculos que se oponen a mi adelantamiento espiritual, a la vida de Jesús en mí; —a fin, principalmente, de conocer los designios de gracia y amor que Dios forma para conmigo, — el camino especial por donde quiere conducirme hacia sí.

   3. Tocante al porvenir: a fin de prepararme a los sacrificios, al padecimiento, a la muerte; — a fin de ponerme en manos de la voluntad de Dios por todos los medios que Él me muestre de emplearme en su santo servicio, de procurar su gloria en mí y en el prójimo.


Fruto:

   Expresar mi gratitud a Dios por esta gracia tan preciosa del retiro: gracia que incluye todas las demás; — gracia que puede por sí sola facilitarme la satisfacción entera y plena por lo pasado, y ponerme para siempre en el estado de perfección a que Nuestro Señor me llama; — gracia que me dispondrá a recibir, y me la dará también, otra; es a saber: la gracia soberana de la perseverancia final... ¡Cuán bueno es Dios!

   Hacer este retiro con alegría, como preparación a las bodas celestiales, a mi unión íntima con Jesucristo, divino Esposo de mi alma; y esto por siempre y para siempre.

   Venir con una buena voluntad dispuesta a sufrirlo todo y a cumplir cuanto Dios se dignare mostrarme.

   Me aplicaré por lo tanto, ante todo, a cumplir bien el reglamento para el retiro.


DÍA PRIMERO
ADVERTENCIAS


   1. Evita el cansar la cabeza por excesivo empeño en las reflexiones. —Procura más bien ver la verdad que investigarla; saborearla más bien que discutirla.

   2. Evita la violencia en los actos de la voluntad. — Procura más bien mover el corazón por actos de humildad y santa compunción.

   3. Recógete suavemente en Dios, por actos de jaculatorias mentales y vocales. —No esfuerces ni fatigues la imaginación para representarte a Dios o sus misterios, a no ser que estas representaciones se formen naturalmente.

   4.  Hay que estar dispuestos a las pruebas de distracciones, sequedades, entorpecimientos, y soportarlas como una penitencia, santificándolas por la humildad y la consideración de la voluntad de Dios que quiere ser glorificado en nuestra flaqueza.

   5. Tomarás después de cada meditación algunos apuntes de los sentimientos que te han conmovido, las pruebas que te han asaltado, los medios que has empleado y la resolución que has tomado.

   6. Evita cuidadosamente las visitas innecesarias, asi como también las ocupaciones que puedan disipar demasiado el espíritu o absorberlo.

   Guardarás silencio y observarás gran modestia, como que te hállas en presencia de Dios y en su santuario.

PRIMERA MEDITACIÓN

Bondad de Dios en mi creación.


   A. Crearme Dios, obra fué de su amor, —y de su amor eterno...

   B. La bondad enteramente  paternal de la Providencia me ha conservado en medio de mil peligros, —me ha puesto en las mejores condiciones de salvación.

Fruto Primero:

sábado, 19 de mayo de 2018

AMOR A MARÍA – PARTE PRIMERA – II.






II

María amable por su hermosura de cuerpo y alma.

   Una de las cosas que más cautivan y obligan a amar es, sin duda, la belleza. Lleva tras sí los ojos quien la posee, y predispone a que la favorezcan cuantos le ven. A este propósito se cuenta de la reina Doña Isabel la católica que, llevándole un caballero, mancebo de mucha hermosura y gentileza, una carta de favor para que le hiciese mercedes, y poniendo ella los ojos en su agraciado semblante respondió: “Poca necesidad tenia de carta vuestra presencia”.

   ¿Qué diremos ahora de la hermosura de la bienaventurada Virgen María? Diremos que es tan excelente y peregrina, que no podrá dejar de amarla quien debidamente la considere. Tres suertes de hermosura podemos distinguir en la sacratísima Madre de Dios: belleza corporal, intelectual y moral, y en todas tres fué maravillosa.

   De la belleza corporal de la Virgen dicen los Santos Padres grandes encomios y alabanzas, que sería prolijo repetir. Compáranla a lo más hermoso del cielo y de la tierra, y le dan la palma sobre cuantas hermosuras mencionan los libros sagrados del Antiguo Testamento, las cuales eran figura y representación de María. Llámanla rostro de Dios, estatua labrada por la misma mano del Altísimo, templo viviente, formado por la divinidad para habitar personalmente en él, palacio digno del alma que encerraba y cuya vestidura era. Particularizando más, regálanse en pintarla de estatura regular y bien proporcionada, de tez trigueña, cabellos rubios, ojos garzos y brillantes, cejas graciosamente arqueadas, nariz aguileña, labios rojos y no gruesos, largos los dedos y las manos delgadas y bien formadas. Tal era, que el mismo Dios la alabó de hermosa; y tal, que arrebatado y fuera de sí al mirarla Dionisio Areopagita, la hubiera tenido y adorado por Dios si la fe no le enseñara que era simple criatura. Pero notemos de paso que la belleza corporal de María era de un orden superior al de las bellezas humanas, y que el efecto que producía en cuantos la miraban distaba del que estas ordinariamente producen, como dista el cielo de la tierra. No tenía la belleza de María nada de voluptuosa y muelle, lánguida y enervante: su gentil talle comparado a la palmera que se cimbrea; sus ojos como los de la paloma, bañada en las corrientes de las aguas; su cuello airoso y blanco como el marfil; sus mejillas coloradas como las rosas de Jericó; sus manos hechas a torno y derramando jancitos; su cutis blando y delicadísimo, mezcla de nieve y rosa; su aliento perfumado como el de los campos de azahar o el de las viñas de Engaddi; sus pies menudos y ligeros como los de los ciervos o de los gamos; su cabellera sedosa y abundante, cayendo sobre sus nevadas espaldas como lluvia de oro que obscurece al sol; cuanto de ella dijo el enamorado Esposo de los Cantares, lejos de atraer a los hombres hacia la tierra los elevaba al cielo, infundía castos pensamientos, purificaba los sentidos, divinizaba la carne.
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