sábado, 1 de abril de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO I - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Si los que creen en el infierno son los sabios o los tontos de capirote.

   Allá por el mes de Marzo dirigíanse muy de mañana a la estación de Francia, en Barcelona, dos amigos de la niñez, sin que al principio se conocieran. Era el uno sumamente piadoso y notablemente instruido, y había conservado en su corazón las santas máximas que, desde niño, había aprendido de sus cristianos padres; el otro, aunque de bueno y generoso corazón, se había dejado avasallar por amigos perversos, esclavos todos del progreso y la incredulidad del día. Llamábanse este Adolfo, y el otro Francisco.

   Habiendo tomado entrambos su billete para Tarragona y metídose en el anchuroso andén, iluminado aún por numerosos focos eléctricos, conociéronse y se saludaron con gran cariño.

FRANCISCO: —Adolfo, —dijo el uno, — ¡qué placer experimento en poder saludarle después de tantos años de no haberte hablado!

ADOLFO: —No es menor el mío, Francisco, — contestó el otro, —en poder departir contigo, pues tales ideas bullen por mi cerebro que no me han dejado descansar en toda la noche, y tengo necesidad de desahogar mi corazón con alguno que me entienda.

FRANCISCO: — ¿Algún disgustillo de familia?

ADOLFO: —Nada de eso.

FRANCISCO: — ¿Pues?

   Al ir Adolfo a exponer sus inquietudes interrumpióse la corriente eléctrica, apagóse la luz y quedaron los interlocutores casi a obscuras, sin otra luz más que la que despedían el fuego y los faroles de las máquinas que por allí maniobraban.

FRANCISCO: — ¡Qué espectáculo más bello, — exclamó Francisco, —contemplar, en medio de las densas tinieblas que nos envuelven, el movimiento de esas locomotoras!

ADOLFO: Chico, ¿no te parecen a ti grandes monstruos que se mueven por arte de brujos o del mismísimo Satanás? Mira: para mí, esos dos grandes faroles encarnados en la testera semejan dos ojos ardientes como dos inmensas ascuas; la gran caldera cilíndrica sostenida por cuatro ruedas, el cuerpo enorme de la fiera; y los golpes de las bombas arrojando vapor, los resoplidos de sus potentes pulmones despidiendo hálito vaporoso.

FRANCISCO: –– ¡Mira qué imponente es su marcha! No sería por cierto más grave y majestuosa la del megaterio, cuyos restos colosales y prehistóricos se conservan en el Museo de Madrid.

 ADOLFO: — Muy poético estás, Paco del alma.

FRANCISCO: Honra que me haces, y condena mi indiscreción... — Fuera, pues, poesías, y vamos a tus angustias.

   En aquel instante volvió a brillar la luz eléctrica, y se dispusieron a tomar asiento en su vagón.

ADOLFO: –– ¿De qué  has tomado?— preguntó Adolfo.

 FRANCISCO: — Pues, hijo, tercera porque no hay cuarta. Estamos en tiempos de economías, y deseo ahorrar para mis pobrecitos.

 ADOLFO: — Pues yo primera, que los obreros tenemos tan buen paladar como los ricachos y burgueses; pero con sumo gusto entraré contigo en tercera y te manifestaré mis cuitas.

   Metiéronse en el coche, y sentados el uno enfrente del otro, sonó el silbato y arrancó el tren para Tarragona.

FRANCISCO: — ¿Y qué te pasa, hombre, qué te pasa, que estás tan pensativo que no parece sino que tienes dolor de muelas o te persiguen los acreedores?

ADOLFO: — Pues bien, te lo voy a decir aunque te rías de mí. Me pasa una cosa muy rara. ¿Quieres saber quién me persigue? Pues esos demontres (sabiondos) de curas, que no dejan a uno en paz ni de día ni de noche. Ayer, arrastrado por mi esposa, fui a oír una conferencia en la iglesia del Sagrado Corazón. Nunca hubiera ido. ¿De qué dirás que fué la bendita conferencia?

FRANCISCO: — ¿Del infierno?

ADOLFO: — Cabalmente. Y lo de siempre. El Padre de almas se despachó a su gusto, y nos envió a todos adonde esos benditos curas, que no tienen ni talento, ni caridad, ni sentido común, nos envían siempre... pues nada... a las calderas de Pedro Botero. (El diablo). Pero, ¡mira tú que es cosa! Que no han de poder jamás dejarnos en paz y en gracia de Dios, y que no ha de haber más que infierno por arriba, infierno por abajo, demonios por acá, diablos por allá, eternidad por siempre jamás amén, y amenazarnos sin cesar con convertirnos en chicharrones de Satanás si no arriamos bandera y nos hacemos frailes, beatos o poco menos.
¡Créanlo o no lo crean, gritaba el jesuita como un energúmeno, témanlo o no lo teman, allí, en aquellas llamas eternas, encendidas por el soplo de la justicia de Dios, arderán por siempre jamás, si no se convierten a Dios y lloran sus extravíos, los librepensadores, los masones, los impíos... los... los...! ¡Qué sé yo!... Metió en el infierno a media humanidad... Casi no quedaban fuera más que las beatas (que eran las primeras que yo mandaba a aquellos barrios) y los chiquillos. Vamos, que el tal curita era un intransigente, un exagerado, un hombre inverosímil en este siglo...

FRANCISCO: — Y tú, ¿qué sentías al oír esas verdades? Te picaban, ¿es verdad? No me engañes. Aun me parece que te pican las palabras del Padre, y por eso te rascas...


ADOLFO: — Hombre, mira: yo procuraba que no me hiciesen mella y que no me picasen... y no me salí porque no dijesen que tenía miedo; pero aunque no soy ni apocado, ni mojigato, bien lo sabes..., la verdad es que no he podido dormir esta noche. Porque es lo que yo me digo. —Caramba, ¿y si por chiripa el fraile tiene razón? ¿Y si hay infierno? Pues di que entonces la hemos hecho buena... Y eso es lo que yo quiero que tú me aclares. Nadie como tú. Te tengo por hombre de talento y de corazón. Y luego como estudiaste para cura... y sólo colgaste los hábitos porque, ¡vamos!,.., la cara de aquella chica, que hoy es tu mujer, te gustó más que la del Rector del Seminario..., que era muy feo por cierto.

FRANCISCO: — Déjate de cuchufletas (pavadas), que el tiempo no está para ello, y al grano. Si dejé el Seminario tirando por la ventana mi suerte y mi porvenir, y preferí ser un buen seglar, casado y con hijos, a ser un mal cura sin vocación y sin espíritu, fué precisamente por miedo a esas llamas del infierno que a ti te traen ahora a mal traer, cosa de que me alegro en el alma.

ADOLFO: —Gracias, y prosigamos, o mejor entremos en materia, y hablemos claro y despacio. Vamos a ver. Eso que yo tengo ahora, llámese medrana, remordimiento o como digáis los místicos, deben ser, a no dudarlo, escrúpulos de monja, porque es lo que yo me digo tal vez para tranquilizarme: ¿quién cree ya en el infierno en este siglo de tanta ilustración? ¿Quién hace caso del infierno? ¿Quién habla del infierno, sino, a lo más, los medrosos, los tontos y los beatos? Hoy teatros, Bolsas y Bancos, y mucha guita: ése es el cielo. Hambre, cesantías, miseria y contribuciones: ése es el infierno. Por otro lado, nadie ha vuelto de aquellas mazmorras, nadie ha visto siquiera el resplandor de sus llamas. Por esto comúnmente yo procuro no sentir ni frío ni calor con las declamaciones de los curas, ni me espantan sus truenos y sus rayos, fuegos fatuos con que pretenden atemorizar a los medrosos. A los tontos con esas monsergas (lenguaje embrollón y confuso). ¡Bonitos están los tiempos para asustarse con esas paparruchas (mentiras tonterías)! Yo, como Santo Tomás: ver y creer...

FRANCISCO: —Pues pobre de ti si para creer en el infierno tienes que ir a verlo. No, hombre; no digas barbaridades. Cree en el infierno, porque lo ha dicho Dios; pero para eso no necesitas verlo. Dios nos libre, amén. No son buenos el criterio o las reglas que tú aduces para venir en conocimiento de la verdad. En primer lugar, según aprendimos cuando chicos, la fe es creer lo que no vemos, por donde lo que se ve, sea con los ojos del cuerpo, sea con los del alma, no se cree, sino que se palpa o se contempla. Y si fuera preciso y necesario ver para creer, seguramente no creerías tú ni que Colón descubrió las Américas, ni que Roma, Londres o París existan, puesto que ni tú has visto al famoso marino, ni has visitado jamás esas capitales.

 ADOLFO: ¡Toma! Si yo creo en las proezas y aventuras de Colón, si doy fe a la existencia de esas populosas ciudades, es porque lo primero así me lo aseguran libros dignos de crédito, y lo segundo lo publican quienes vivieron en ellas por muchos años.

FRANCISCO: — ¡Bravo! ¡Muy bien! Y qué, ¿por ventura no te aseguran también la existencia del infierno libros dignos de toda fe, que corren en manos de todos con admiración y respeto de sus lectores? Abre los escritos de los hombres más sabios que en el mundo han sido, desde San Pedro hasta León XIII, de un San Agustín y Santo Tomás de Aquino, portentos de talento y de saber; recorre todos los concilios, donde se reunieron en todos los siglos la flor y nata de los doctores católicos ; registra las obras más célebres de los que por su ingenio honraron nuestra patria, como los Padres visigodos, San Isidoro, San Eugenio, San Leandro, San Fulgencio; lee los infolios de los sabios todos de nuestra edad de oro, de Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Melchor Cano, Suárez, Lugo, Vázquez, Mariana y otros mil; repasa las disquisiciones del filósofo más insigne de nuestro siglo, el presbítero D. Jaime Balmes, y los escritos de todos los sabios católicos, quienes han sido los más sabios del mundo, y todos a una voz te dirán que a pie juntillas creen en la existencia del infierno sin haberlo visto jamás, y, por supuesto, sin tener ganas de verlo. ¿Y habría estos doctorazos de tomo y lomo prestado su asentimiento a verdades tan espantosas sin razones concluyentes que les obligaran a ello? ¿Son esos insignes sabios, y mil y mil más, cuatro beatas o cuatro mojigatos chupalámparas (chupavelas como comúnmente se dice peyorativamente de la gente piadosa), capaces sólo de comulgar con ruedas de molino? Y, por otro lado, ¿qué interés tenían ellos, ni podían tener, en hacer creer que había infierno? ¿Cuánto salían ganando, o qué sueldo cobraban por defender esa doctrina? Nada, nada, nada. Humanamente, más les hubiera gustado predicar lo que predican los tuyos: que “ancha Castilla” (es decir obrar con libertinaje), y que el que no goza es un tonto, y que eso del infierno a los mojigatos..., pero la fe, la tradición, la razón natural les hizo enseñar lo contrario; que sí, que hay infierno, pese a quien pese, y el que no lo quiera que procure no ir a él viviendo como Dios manda. ¿Estamos?

ADOLFO: —Todo lo que acabas de ensartar, doctor querido, puede, a lo más, hacer titubear a varones pusilánimes; pero a hombres como yo, curados de espanto y asegurados de incendios, no le hace mella esa retahíla de autoridades; queremos testigos más independientes y abonados que hagan alguna fuerza a la razón(ESTE DIÁLOGO SEGUIRÁ EN EL CAPÍTULO II)



Tomado de una publicación de “APOSTOLADO DE LA PRENSA” Año 1892.

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