miércoles, 19 de abril de 2017

De cómo el Beato Sebastián de Aparicio practicaba las virtudes en su oficio de labrador, y de las tentaciones y asechanzas del demonio para impedir dicha virtudes.




   Comenzó nuestro Sebastián a enriquecerse en el oficio de labrador mediante el asiduo trabajo y el esmerado esfuerzo que ponía en su desempeño, llegando a adquirir fama de opulento entre los de su misma carrera o profesión. Pero dados sus principios de virtud y mortificación, cuanto más aumentaban sus riquezas, menos disfrutaba de ellas, privándose de las comodidades que suelen traer aparejadas.

   Su conducta a los ojos de los mundanos era verdaderamente extraña, pues lejos de buscar con el dinero comodidades y satisfacciones, parecía gastarlo en la búsqueda de penalidades y mortificaciones. No obstante su mucha riqueza, su alimento diario consistía en unas pocas tortillas de maíz, sazonadas con chiles deshechos en agua, a lo que añadía en los días festivos un poco de carne de res; su bebida invariablemente era el agua. Su cama era una delgada estera o simple petate, extendido en la dura tierra, sobre el cual se entregaba al descanso durante algunas horas de la noche, cuando dormía en su casa, porque muchas noches cuando salía a velar y vigilar sus sembrados, dormía sobre su caballo, arrimando la cabeza a una vara larga de la que se servía como arma para ahuyentar a las bestias y animales que causaban perjuicios en la finca. Su vestido era sencillo y muy modesto; y vivía completamente alejado de los pasatiempos y diversiones del mundo.

   La gran sinceridad con que practicaba todas y cada una de estas cosas, ponía a salvo su humildad, pues su misma sencillez hacía que los hombres no las atribuyesen a virtud ni reflexionasen sobre el fondo de bondad de donde procedían, por donde puede comprenderse que quedaba reservado para sólo Dios el conocimiento de las virtudes que practicaba en su interior, tales como la presencia de Dios, el amor divino, su continua oración y la contemplación de los misterios de nuestra sacrosanta religión.

   Si la humildad de Sebastián ocultaba estas virtudes ante los hombres, no sucedía lo mismo con el demonio, nuestro común enemigo, que ya estaba receloso de la piedad del siervo de Dios y había comenzado a poner por obra todos los medios que le sugería su astucia, para separarle de sus santos propósitos, como puede verse en los casos que anotamos a continuación:


   Cierta noche, después de haber cerrado la puerta de su casa, se puso a orar nuestro Beato, y cuando más engolfado estaba en su oración, dando gracias a Dios con dulces y amorosos coloquios, por los singulares beneficios con que incesantemente le colmaba, y acusándose en su presencia al mismo tiempo como reo de la mayor ingratitud, se le puso delante el demonio, en la horrible figura de un etíope descomunal, quien con un tridente de madera, que suele servir a los labradores como de instrumento para separar el grano de la paja, le incitó a que se levantase y saliese a aventar una parva de trigo que tenía en la era, pues estaba corriendo un viento muy a propósito para el efecto, deseando él darle ayuda en esa tarea. Admirado Sebastián de ver delante de sí tan monstruoso vestiglo, le preguntó por dónde había entrado, pues estaba cerrada la puerta, a lo que contestó que él sabía penetrar hasta los lugares más recónditos sin que le impidiesen para ello las más fuertes cerraduras. Al oír esta expresión comprendió perfectamente el siervo de Dios que el etíope que tenía delante era el pérfido asesino de las almas, el demonio, y en seguida haciendo sobre él la señal de la cruz, le puso en vergonzosa fuga.

   Corrido, pero no escarmentado, tramó el demonio un nuevo asalto para derrocar la virtud de Sebastián. Esperó el enemigo a que saliese el Siervo de Dios una noche a vigilar sus sembrados, como lo tenía de costumbre, y transformándose en furioso toro, lo acometió con tal ímpetu, que parecía que lo iba a despedazar. Sebastián, creyendo que era un toro natural que se había escapado de las haciendas vecinas, se bajó de su caballo y confiado en su natural valor y en la admirable destreza que tenía para domar novillos, tarea que había realizado durante años en el Estado de Puebla, lo aguardó a pie firme, y agarrándole por las astas, comenzó a lidiar con él durando en la lucha varias horas hasta la madrugada. Comprendiendo nuestro Beato que la ferocidad de aquel toro era distinta de los toros comunes y corrientes, sospechó que era el espíritu maligno, y dirigiendo su mirada al cielo recibió de él pronto socorro, pues sabedores los religiosos franciscanos del convento de Tlalnepantla por revelación de Nuestro Señor de la tribulación de Sebastián, le encomendaron a Dios en sus oraciones, teniendo poco después la dicha de verlo llegar al templo a dar gracias por haber salido victorioso de tan espeluznante combate.

   Tercera vez acometió el espíritu infernal a nuestro Sebastián para apartarle de la virtud y de la piedad, pero en esta circunstancia no se valió de medios terroríficos, como en los casos anteriores, sino de las atracciones de la blandura y la suavidad; pues él sabe muy bien que más victorias obtiene la dulzura del cariño y la adulación que todo el rigor de las amenazas.

   Transformóse, pues, el espíritu maligno en una hermosa y bella dama, adornada con lujosas y ricas telas, y salió al encuentro del siervo de Dios, usando en la entrevista todo el atractivo de las caricias y palabras lisonjeras. Preguntóle Sebastián qué era lo que deseaba, a lo que respondió que, compadecida de su avanzada edad y viendo lo mucho que aún en su vejez trabajaba sin disfrutar ni de comodidad ni descanso, ella se le ofrecía únicamente para amarle y servirle, proporcionándole placer y regalo. Reveló el cielo a nuestro Beato la clase de persona que tenía delante, y comprendiendo que es más temible una mujer deshonesta que una fiera, se apresuró a arrojarla de sí, haciendo la señal de la cruz con lo que el demonio huyó de su presencia confundido y avergonzado.



“De vida del Beato Sebastián de Aparicio”


Por el R. P. Leonardo Aguado. O. F. M.

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