domingo, 30 de abril de 2017

Aceptación de la voluntad de Dios en los sufrimientos –– Por Santa Catalina de Siena.




   Al venerable religioso Fray Antonio de Niza, de la Orden de los HH. Ermitaños de San Agustín. Año 1378.

   En nombre de Jesucristo crucificado y de la dulce María.

   A vos, dilectísimo y carísimo padre y hermano en Cristo Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo encomendándoos en la preciosa sangre del Hijo de Dios, con deseo de veros sumergido y ahogado en el horno de la divina caridad y que arda y vuestra voluntad propia se halle anegada, pues ésta nos quita vida y da la muerte. Abramos los ojos, carísimo hermano, porque tenemos dos voluntades: la sensitiva, que buscas las cosas sensibles, y la espiritual que, con especie y color de virtud, mantiene firme su voluntad. Esto lo demuestra cuando quiere elegir los lugares, tiempos y consuelos a su aire. Así dirá: “Yo quisiera esto para poseer más a Dios”. Y es un gran engaño e ilusión del demonio, quien, no pudiendo engañar a los siervos de Dios con la primera clase de voluntad (porque ya han mortificado a sus sentidos), a hurtadillas, toma posesión de la segunda voluntad con lo espiritual. Muchas veces recibe el alma consuelo y después se siente privada de él por Dios, que le dará otra cosa de menos consuelo y más provecho. El alma, animada por lo dulce, al verse privada de ello, siente pena y cae en el tedio. ¿Por qué? Porque no quisiera carecer de ese consuelo. Y dice: “Me parece amar de este modo más que de aquél. Con éste recibo algún fruto y ninguno con aquél, sino sufrimiento, y muchas veces combates, y creo ofender a Dios”. Digo, hijo y hermano en Cristo Jesús, que esta alma se engaña con la propia voluntad a no querer estar sin aquella dulzura. Con este cebo la atrapa el demonio. Con frecuencia pierde el tiempo, queriendo disponer de él a su modo, pues no ejercita lo que tiene sino en sufrimiento y en tinieblas.

Nuestro dulce Salvador dijo una vez a una hija suya (ella misma): “¿Sabes cómo actúan los que quieren cumplir su voluntad en los consuelos, dulzuras y deleites? Al encontrase privados de ellos, quieren apartarse de mi voluntad, pareciéndoles que no hacen bien y que no me ofenden; pero en ellos se halla oculta la parte sensitiva y, pretendiendo huir de los sufrimientos caen en el pecado y no se dan cuenta. Si el alma actuase sabiamente y tuviera la luz (Divina)  consideraría el fruto y no la dulzura. ¿Cuál es el fruto del alma? El aborrecimiento de sí y el amor a Mí. Ese aborrecimiento y amor han nacido del conocimiento de sí misma. Se reconoce defectuosa, no ser nada. Contempla en sí misma mi bondad, la que le conserva la buena voluntad. Ve que lo he realizado Yo, por lo que mi sierva está en mayor perfección y piensa que lo he hecho por ser lo mejor para su bien. Es tal, carísima hija, que no quiere el momento a su modo, porque es sumisa; conoce su enfermedad y no confía en su querer sino que me es fiel. Se viste de mi suma y eterna voluntad, porque Yo no doy ni quito si no es para su santificación y ve ella que sólo el amor me mueve a daros la dulzura y a quitarla. Por eso no se puede doler que se le prive de algún consuelo interior o exterior, por parte del demonio o de las criaturas, ya que ve que si no fuese para bien suyo no le permitiría Yo. Se goza en ello porque tiene la luz dentro y fuera y, tan iluminada se encuentra que, llegando el demonio con las tinieblas a su mente para confundirla, diciéndole “esto es por tus pecados”, ella contesta como persona que no esquiva sufrimiento diciendo: “gracias sean dadas a mi Creador que se ha acordado de mí en el tiempo de las tinieblas, castigándome con sufrimientos en el tiempo perecedero. Gran amor es este, pues no me quiere castigar en el tiempo que no termina”. ¡Oh, qué tranquilidad de espíritu tiene esta alma por haberse despojado de la voluntad que produce tempestad! No obra así el que tiene interiormente viva su voluntad y busca las cosas de su agrado, pues parece que cree saber lo que necesita mejor que Yo. Ese dice con frecuencia: “me parece que ofendo a Dios. Que me quite la ocasión de pecado y que haga lo que Él quiera”. Cuando en vosotros veáis la voluntad de no ofender a Dios y el aborrecimiento del pecado, es señal de que el pecado ha desaparecido, por lo cual debéis tener confianza, puesto que, aunque todas las obras exteriores y consuelos interiores disminuyesen, permanecería siempre firme la voluntad de agradar a Dios. Sobre esta piedra se halla fundada la gracia. Si dices “no me parece tenerla”, te digo que es falso, porque si no la tuvieses no temerías a Dios. Es el demonio el que te hace ver esto para que entre el alma en confusión y desordenada tristeza y mantengas firme tu voluntad en desear los consuelos, el tiempo y los lugares a tu capricho. No le creas, hija queridísima, sino ten tu alma tu alma dispuesta a sufrir penas según el modo con que Dios las de. De otro modo haréis como el que se halla a la salida con la lámpara en la mano, que, extendiendo el brazo hacia afuera, ilumina fuera y dentro quedan las tinieblas. “Esto hace el que ya ha conformado las cosas exteriores con la voluntad de Dios; desprecia al mundo, pero dentro le queda viva la voluntad espiritual, disimulada con pretexto de la virtud”. Así habló Dios a aquella sierva suya interiormente.

   Por eso dije que quería y deseaba que vuestra voluntad estuviese sumergida y transformada en Él, disponiéndoos a soportar las penas y trabajos de cualquier modo que Dios las quiera dar. Así nos veremos libres de las tinieblas y tendremos la luz. Amén. Alabado sea Jesucristo crucificado y la dulce María.




“ESCRITOS ESCOGIDOS”

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