lunes, 14 de agosto de 2017

De los bienes de la enfermedad – Por el P. Luis de Lapuente.




   Pues por aquí verás la suave providencia de nuestro Dios, el cual, viendo ¿muchos de sus escogidos caídos en estas miserias, por la salud y fuerzas corporales que les ha dado, o habiendo penetrado mucho antes con su altísima sabiduría que caerían en ellas, si viviesen sanos y fuertes, determina de llevarlos por el camino de las enfermedades y dolores, para atajar todos estos daños y enriquecerlos con sus divinos dones.

   Porque las enfermedades doman los caballos desenfrenados de nuestros cuerpos y enfrenan la furia de sus pasiones, para que no prevalezcan contra el espíritu que no podía domeñarlas; porque, como dice San Gregorio, la carne que no es afligida con dolores, está desenfrenada en las tentaciones. Y ¿quién ignora que es mucho mejor arder con las llamas de las calenturas (fiebres) que con el fuego de los vicios? Y si te acuerdas de este fuego, no te quejarás de esta llama que te preserva de tal incendio; pues por esto dijo Dios a Job, cuando estaba enfermo: Acuérdate de la guerra, y no hables más palabra.

   Y si me dijeres que el caballo enflaquecido con la enfermedad parará en medio de la carrera, antes has de creer que dispone Dios la enfermedad para que le sirva de freno en la carrera que andaba de los vicios, y, por consiguiente, de espuela para que pase adelante en las virtudes. Acuérdate, dice San Gregorio, de aquel mal profeta Balaam, que caminaba en una burra para maldecir al pueblo de Dios; pero la burra impidió su camino, porque vio un ángel que le amenazaba con una espada: y aunque Balaam la hería con la vara, nunca quiso pasar adelante; antes le apretó el pie contra la pared, y después se echó sobre él, para que ni a pie pudiese proseguir su camino. Y entonces por la boca de la jumenta le habló el ángel, y le abrió los ojos para que viese el peligro en que estaba; y postrándose él en tierra, le adoró y se ofreció a ejecutar cuanto le mandase. Y ¿qué filé todo esto, sino avisarnos que la carne apretada con los dolores detiene los malos pasos del espíritu y corrige sus demasías, siendo ocasión de que abra los ojos para ver al invisible Dios que le castiga, y humillando su altivez se postra a los pies de su Criador y se ofrece a dejar sus malos pasos, para andar de nuevo otros mejores?

   Y ¿qué mejores pueden ser, que poner en orden los cuatro desórdenes que su prosperidad causaba? Porque la enfermedad quita al cuerpo el cetro que tenía, y tiénele rendido como siervo. Ella priva al necio de su hartura, haciéndole cuerdo con la pena; doma los bríos de la sensualidad briosa, para que tenga paz sujetándose a la razón. Y también quita a la carne la herencia que tenía, haciendo que como esclavo se contente con lo peor y más trabajoso de esta vida.
   Y por consiguiente, lo que hacen las disciplinas, ayunos y asperezas corporales en los sanos, eso obran también las enfermedades y dolores en los enfermos; y con un modo más seguro y perfecto, porque van limpios de voluntad propia y vanagloria, y mortifican el corazón en lo más vivo; y aunque en su raíz son necesarias, pero la divina gracia las hace voluntarias, convirtiendo la necesidad en materia de virtud, gustando tanto de padecer sus dolores, que a los forzosos añaden por su elección otros muchos, con que se hacen muy esclarecidos.

   Grande loa ganó el santo Job con la vida ejemplar que llevaba cuando estaba rico y sano; pero el demonio, como pondera San Juan Crisóstomo, no hacía caso de esta su virtud, porque peleaba vestido de grandes riquezas; y aunque después, cuando se las quitó, dio grandes muestras de su santidad, tampoco se dio Satanás por satisfecho de ello, porque peleaba con cuerpo sano; más cuando Dios le dió licencia de tocarle con enfermedades, hiriéndole de pies a cabeza con llagas y dolores, y vio que todavía descubría más heroicas virtudes, enmudeció dándose por vencido del que corría tan ligeramente con lo adverso, como había corrido en lo próspero. Pero ¿cómo corrió en sus enfermedades y dolores? La misma Escritura lo declara, cuando dice: Que raía la podre con una teja. Poco caso hacía de sus dolores, quien limpiaba sus llagas, no con lienzo blando, sino con una dura teja que los aumentaba; y con este espíritu decía: ¡Oh, quién me diese que el que ha comenzado a afligirme con dolores me desmenuzara con ellos, soltara su mano, y si fuese menester me cortara por medio! ¡Oh, heroica paciencia! ¡Oh, resignación magnánima! ¡Oh, dichosa enfermedad, que así hace subir de punto la virtud!

   Ya no me espanto de que San Timoteo padezca grandes enfermedades y continuo dolor de estómago, y con todo eso beba agua, con que le acrecienta. Ya no me admiro de que Dios no quiera quitar a San Pablo el estímulo de su carne, que, como dice San Agustín, ora una enfermedad, o dolor corporal muy grave, pues le dice: Virtus in infirmitate perficitur, la virtud se perfecciona en la enfermedad; y en no nombrar una virtud particular, da a entender que se perfeccionan todas. Perfecciónase la caridad con Dios, mortificando el amor propio; la misericordia con el prójimo, |aprendiendo de la propia miseria a compadecerse de la ajena; la obediencia, conformando su voluntad con la divina en todo lo que da pena; la prudencia, en aceptar el tormento del cuerpo con alegría del espíritu; y las demás virtudes morales, cuando pasan por este crisol, salen como el oro, más resplandecientes, por la ocasión que tienen de vencer mayores dificultades y ejercitar sus actos más heroicos.

   Pues ¿qué diré de la eficacia que tienen las enfermedades para purificar el alma, en esta vida, de lo que impide la entrada en la gloria? Porque como Lázaro el pobre, por la heroica paciencia que tuvo en sus dolores, luego que murió fué llevado por los ángeles al descanso, así tus largas enfermedades te servirán de purgatorio para que, purificado por ellas, puedas muriendo entrar luego en el cielo: más si nuestro Señor quisiere restituirte la salud, las enfermedades habrán servido para enseñarte el modo como has de usar de ella, siguiendo el consejo que Cristo nuestro Señor dio a aquel enfermo a quien dijo: Toma tu litera a cuestas, y anda. Tu cuerpo, dice San Ambrosio, es lecho y litera del alma; y cuando ella está enferma con vicios y pecados, el cuerpo la lleva arrastrando con el ímpetu furioso de sus pasiones; más cuando ella sana de sus enfermedades espirituales, comienza a llevar sobre sí al cuerpo a donde quiere, y él se deja llevar y le está muy sujeto. Pues ¿qué es decir Cristo, toma tu litera y anda, sino: ya que has padecido tantas enfermedades y trabajos con paciencia, yo te restituyo la salud del cuerpo y del alma con entero señorío del alma sobre el cuerpo, para que los dos a una caminen de virtud en virtud hasta llegar a la cumbre y perfección de todas? Pero en tal caso no te tengas por seguro, pues de la misma salud que Dios te da, aunque sea por el sacramento y por milagro, puedes usar mal, acordándote de lo que el Labrador dijo al mismo enfermo: Mira que estás ya sano, no quieras pecar, porque no tornes a perder la salud con mucho mayor daño. Oye lo que te avisa el Sabio, como divinamente declara San Gregorio: No entregues tu honra a los extraños y tus años al cruel; porque no gocen ellos de tus fuerzas, y tus trabajos pasen a la casa ajena, y llores al fin de la vida por haber consumido tus carnes y tu cuerpo sin provecho; como si dijera: No degeneres de la nobleza de hombre, ni gastes tus años en servir a tus enemigos y  Satanás, capitán de ellos; no es razón que lleven el fruto de las fuerzas que Dios te dio, y que tus trabajos no sean para enriquecer la casa de tu alma, sino para llenar con ellos la casa ajena, que es el infierno, perdiendo la salud y fuerzas sin remedio, por haber usado de ellas con pecado.



“LA PERFECCIÓN EN LAS ENFERMEDADES”

jueves, 3 de agosto de 2017

Pasaje de la Vida de San Alfonso María de Ligorio – Aborrecimiento al pecado y su devoción a María.




   Luego que cumplió el segundo lustro de su edad, (10 años) fué agregado Alfonso por el mismo padre Pagano a la congregación de jóvenes nobles, erigida en la casa de los padres del Oratorio de San Felipe Neri en Nápoles, llamada de los Jerónimos, y cuyo instituto es, encaminar a los caballeros jóvenes por la vía de la perfección cristiana, ejercitándolos en toda clase de prácticas devotas y en toda especie de virtudes. Allí asistía diariamente con gran modestia y recogimiento al santo sacrificio del altar; acudía con puntualidad á todas las reuniones y funciones comunes; se acercaba todas las semanas a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, y observaba con la mayor exactitud todos los ejercicios y todas las prácticas que se hallaban prescritas. Más esto no bastaba. Era, además, el joven Alfonso dócil y respetuoso con los mayores, amable y verídico con los iguales, y afable y modesto con todos; pero lo que le daba aún más realce es, que se descubrían en él las más claras señales de una conciencia tan pura y tan dispuesta a aborrecer no solo el pecado aun el más leve, sino hasta la misma apariencia de pecado, amando en sumo grado la pureza y la virginidad, así como el espíritu de oración y de contemplación y todas las virtudes cristianas. Así es que muy en breve llegó a ser el espejo y el modelo de todos sus contemporáneos, siendo con razón admirado y estimado de todos, más bien como un ángel del cielo, que como un joven revestido de carne mortal.

   Los padres del citado Oratorio acostumbraban llevar de cuando en cuando a estos jovencitos a una inocente recreación, por lo cual fueron conducidos un día a la casa de campo del príncipe de la Riccia, llamada vulgarmente Miradoisi. Sucedió allí, que invitado Alfonso por sus compañeros a jugar a la pelota con ellos, se excusó muchas veces diciendo que él no sabía ni palabra en esto de jugar. Pero cediendo por fin a las estrechas y reiteradas instancias de sus compañeros, y queriendo condescender con una solicitud tan inocente, se puso a jugar, y aunque enteramente inexperto en la materia, quedó por fin vencedor. Entonces el mayor de aquellos jóvenes caballeros, sumamente picado de que Alfonso casi lo había burlado con decirle que no sabía jugar, al pagarle la insignificante cantidad que había perdido en el juego, dijo una palabra malsonante e inconveniente. Al oiría el inocente Alfonso, se le cubrió el rostro de un vivo encarnado, y altamente lastimado en lo más íntimo de su corazon por la ofensa hecha a Dios, tomó un aire grave superior a su edad, y volviéndose a él lleno de celo, le dijo: ¿Cómo es eso? ¿Así se ofende a Dios por una vil moneda? y arrojándosela, añadió: he ahí vuestro dinero, y Dios me libre de ganar ninguno en tan malos términos. Dicho esto, le volvió la espalda y se fué como huyendo por lo más intrincado del jardín. Atónitos sus compañeros, y penetrados de la reprensión tan seria y tan pronta de Alfonso, permanecieron inmóviles y confusos por algún tiempo con el delincuente; pero luego, cediendo a los estímulos de la edad, volvieron a ponerse a jugar de nuevo entre sí hasta el pardear de la tarde. Entonces, no habiendo vuelto a ver a Alfonso, ni sabiendo qué había sido de él, se pusieron a buscarlo por todas partes, con tanta más razón, cuanto que el joven que lo había insultado, arrepentido ya de su trasporte, dijo a sus compañeros: vamos a buscar a Fonso porque quiero presentarle mis escusas. ¿Más qué vieron? Después de varias y largas pesquisas, le encontraron por fin arrodillado delante de una imagencita de la Vírgen, que había sacado de la bolsa y había prendido en el tronco de un árbol viejo; y lo que es más, tan arrobado y tan fuera de todos sus sentidos, que ni aun echó de ver la llegada de sus compañeros que al instante lo rodearon. Estos quedaron absortos al ver un espectáculo tan tierno como inesperado, y el caballero que había sido ocasión de él, no pudo ya contenerse y exclamó: ¿Qué es lo que he hecho? he maltratado a un santo. Entre tanto, Alfonso, vuelto en sí del éxtasis, se levantó, recogió la imagen, y lleno de confusión se reunió con sus compañeros. Pero mucho mayor fué el rubor y la vergüenza de que se cubrió el rostro tanto del caballero reprendido por él, como de todos los demás, que sin proferir una palabra,, volvieron a sus casas, contando a sus padres y parientes lo que había sucedido, como un verdadero prodigio.


“De la Vida de San Alfonso María de Ligorio”




miércoles, 2 de agosto de 2017

Nuestra salvación está en la cruz – Por San Alfonso María de Ligorio.







   La Iglesia canta en el viernes santo estas palabras: He aquí el leño de la cruz, del cual pende la salud del mundo. Nuestra salud está en la cruz, en nuestra resistencia a las tentaciones, en nuestra indiferencia por los placeres de este mundo: nuestro verdadero amor a Dios reside en la cruz.

   Debemos, pues, resolvemos a llevar con paciencia la cruz con que Jesucristo ha querido cargar nuestros hombros y a morir en ella por amor de Jesucristo, como él murió en la suya por amor nuestro. No hay otro camino para entrar en el cielo que resignarse en las tribulaciones hasta la muerte. Este es el medio de encontrar la tranquilidad aun en los sufrimientos. Pregunto: cuando viene la cruz, ¿qué medio hay para no perder la paz del alma, sino conformarse con la divina voluntad? Si no adoptamos este medio, vayamos donde queramos, hagamos cuanto podamos, no podremos librarnos del peso de la cruz. Por el contrario, si de buen grado la llevamos, ella nos guiará al cielo y nos dará paz en la tierra.

   El que rehúsa la cruz ¿qué hace? Aumentar su peso. Más el que la abraza con paciencia aligera la carga, que se convierte en consuelo para él, porque Dios prodiga su gracia a todos los que por agradarle llevan de buen grado la cruz que les ha impuesto. Naturalmente no agrada el padecer; pero cuando el amor divino reina en nuestros corazones nos lo hace agradable.

   Si consideramos la bienaventuranza de que gozaremos en el paraíso, si fuésemos fieles al Señor en soportar nuestras penas sin lamentarnos, no nos quejaríamos de él cuando nos envía la cruz. Más exclamaríamos con Job: Sea mi consuelo, que afligiéndome con dolor no me perdone, ni yo me oponga a las palabras del Santo (Job VI, 10). Y si somos pecadores, si nos hemos hecho merecedores del infierno, debemos alegrarnos de vernos castigados por el Señor en esta vida, porque será señal positiva de que Dios quiere librarnos del castigo eterno. ¡Desgraciado del pecador que ha prosperado sobre la tierra! El que sufre grandes reveses, que eche una mirada sobre el infierno que ha merecido, y a su vista todas las penas que sufre, le parecerán ligeras.
   Si, pues, hemos pecado, esta oración debernos dirigir a Dios de continuo: Señor no economicéis conmigo dolores, no me privéis de sufrimientos. Pero os ruego al mismo tiempo que me concedáis fuerza para sufrir con resignación, a fin de que no me oponga a vuestra santa voluntad. Me conformo de antemano a todo lo que queráis disponer de mí, y digo con Jesucristo: Así sea, Padre: porque así fue de tu agrado (Mateo XI, 26). Señor, os ha placido hacerlo así, así sea hecho.

   Un alma que se siente dominada del autor divino, no busca más qué a Dios: Si diere el hombre toda la sustancia de su casa por el amor, como nada la despreciaría (Cant VIII, 7). El que ama a Dios lo desprecia todo, y renuncia a todo lo que no le ayude a amar a Dios. Por sus buenas obras, por sus penitencias, por sus trabajos, por la gloria del Señor. No debe pedir consuelos y dulzuras de espíritu; le basta saber que agrada a Dios. En suma, atiende siempre y en todas las cosas a negarse a sí mismo, renunciando a todo gusto suyo, y después de esto, de nada se envanece ni se hincha, más llámase siervo, y poniéndose en el último lugar se abandona en manos de la voluntad y de las misericordias divinas.

   Si queremos ser santos es preciso cambiar de paladar. Si no llegamos a hacer que lo dulce nos sepa amargo, y lo amargo nos sepa dulce, no lograremos jamás unirnos perfectamente con Dios. Aquí está toda nuestra seguridad y perfección, en sufrir resignados todas las contrariedades que nos acontezcan, grandes o pequeñas; y debemos sufrirlas por aquellos mismos fines, porque el Señor quiere que las suframos; a saber: para expiar las faltas que hemos cometido; para hacernos merecedores de la vida eterna; y para congraciamos con Dios, que es el principal y más noble fin que podemos proponernos en todas nuestras acciones.

   Ofrezcamos, pues, a Dios estar siempre resueltos a llevar la cruz que nos destina, y atendamos a sufrir todos los trabajos por su amor, a fin de que cuando nos los envíe estemos dispuestos a abrazarlos, diciendo lo que Jesucristo dijo a San Pedro cuando fue preso en el huerto para ser conducido a la muerte: El cáliz que me ha dado el Padre, ¿no lo tengo de beber? (Juan XVIII, 11). Dios me envía esta cruz para mi bien, ¿Y yo la rehusaré?

   Si el peso de la cruz nos parece insoportable, recurramos de seguido a la oración: Dios nos dará las fuerzas necesarias. Acordémonos de lo que dice San Pablo: Todas las tribulaciones de este mundo, por duras que sean, no tienen proporción alguna con la gloria que nos prepara Dios en la vida venidera (Romanos VIII, 18). Avivemos, pues, la fe cuando nos asalte la adversidad. Echemos una mirada sobre Jesucristo muriendo por nosotros en la cruz: pensemos después en el paraíso y en los bienes que Dios prepara a los que sufren por su amor. De esta manera no nos quejaremos, más le daremos las gracias por habérnoslos mandado, y le rogaremos que los aumente. ¡Oh! ¡Cuánto se alegran los santos en el cielo, no por los placeres ni lo honores que han gozado en la tierra, sino por haber sufrido por Jesucristo! Todo lo que acaba vale poco; sólo es grande lo que es eterno y no pasa nunca.

   ¡Cuánto me consuelan, Señor, estas palabras! Volveos a mí y yo me volveré a vosotros. (Zaoh I, 8). Yo os he abandonado por amar a vuestras criaturas y por seguir mis inclinaciones miserables: todo lo abandono y me convierto a vos; estoy cierto de que no me rechazaréis si quiero amaros, habiéndome dicho que me tenderéis los brazos: y yo me volveré a vosotros. Recibidme, pues, en vuestra gracia y hacedme sentir cuán precioso sea vuestro amor, y cuánto me habéis amado, a fin de que nunca más me aparte de vos. Jesús mío, perdonadme: mi muy amado Salvador, perdonadme: ¡mi único amor, perdonadme todos los disgustos que os he dado! ¡Dadme vuestro amor y después haced de mi lo que queráis! Castigadme cuanto queráis, privadme de todo pero no me priváis de vos. Venga todo el mundo a ofrecerme todos sus bienes: yo protesto que sólo os quiero a vos, padre mío. Virgen María, recomendadme a vuestro divino Hijo. Él os concede cuanto le pedís, en vos deposito toda mi confianza.



El que ama a Dios no debe aborrecer la muerte – Por San Alfonso María de Ligorio.






   ¿Cómo aborrecerá la muerte el que vive en gracia de Dios? El que está en gracia permanece en Dios, y Dios en el (I Juan IV 16): Así, pues, el que ama a Dios está seguro de su gracia, y muriendo  así está seguro de ir a gozar de Dios eternamente en el reino de les bienaventurados. ¿Y un hombre así habrá de temer la muerte?

   David ha dicho: No entres en juicio con tu siervo, porque ningún viviente será justifícalo en tu presencia (Salmo CXLII).  Más esto quiere decir que nadie debe presumir salvarse por sus propios méritos; porque nadie, a excepción de Jesús y María, puede decir que toda su vida ha estado exenta de culpas. Pero cuando se arrepiente uno de sus faltas, cuando ha puesto su confianza en Jesucristo que ha venido al mundo para salvar a los pecadores, no debe temer la muerte. Vino el Hijo del hombre a salvar lo que había perecido (Mateo VIII 11).

   En efecto, ha muerto, ha derramado su sangre por los pecadores. La sangre de Jesucristo, dice el Apóstol, clama mejor en favor de los pecadores que la sangre de Abel, pidiendo venganza de su hermano Caín (Hebreos XII 22).

   Verdad es que sin la revelación divina nadie puede tener la certidumbre infalible de su salvación; pero bien puede tener certidumbre moral de que se ha dado de corazón a Dios y está pronto a perderlo todo, aun la vida, antes que perder la divina gracia. Esta certidumbre está fundada en las promesas de Dios: Nadie que haya esperado en el Señor, dice la Escritura, ha quedado confundido en su  esperanza (Eccl II 11). Asegura Dios en varios lugares de las sagradas letras que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve. ¿Acaso quiero yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos, y viva? (Ezequiel XVIII 23).

   En otro lugar afirma lo mismo, y añade como un juramento: Vivo yo, dice el Señor Dios; no quiero la muerte del impío, sino que se convierta y viva (Ezequiel XXXIII 11). En el mismo lugar se lamenta Dios de los pecadores obstinados, que prefieren perder su alma antes que dejar el pecado diciendo: ¿Y por qué habéis de morir, casa de Israel? A todos los que se arrepienten de sus fallas, les promete olvidarlas: Más si el impío hiciere penitencia... vivirá... De todas sus maldades que el obró, no me acordare yo (Ezequiel XVII 21).

   Señales muy ciertas del perdón recibido son para un pecador el aborrecer sus pecados. Un Santo Padre dice que debe estar seguro de haber sido perdonado el que dice con verdad: He aborrecido y abominado la iniquidad (Salmo CXVIII 163). Señal cierta es también de haber recobrado la divina gracia el perseverar en la vida virtuosa por mucho tiempo después del pecado: asimismo son también grandes señales de estar en gracia el tener una firme resolución de perder antes la vida que la amistad de Dios, como igualmente el tener un vivo deseo de amarle y de verle amado de todo el mundo, y sentir pena de verle ofendido.

   ¿Pero  de qué proviene que algunos grandes santos después de haberse consagrado a Dios enteramente, después de una vida mortificada y desprendida de todos los afectos y bienes terrenos, se han visto acometidos de gran temor, al considerar que iban a comparecer delante de Jesucristo Juez? Respondo: que son pocos los santos que al morir hayan sufrido estos temores, queriendo Dios que así se purificasen, antes de entrar en la eternidad, de algunas reliquias de pecado; pero que generalmente todos los santos han muerto con una gran paz y con gran deseo de morir para ir a gozar de Dios. Por otra parte, la incertidumbre de la salvación produce efectos diferentes en los pecadores y en los santos: los pecadores pasan del temor a la desesperación: los santos al contrario, del temor a la confianza, y así mueren en paz.

   Por tanto, el que tiene señales de estar en gracia de Dios, debe desear la muerte y repetir estas palabras de Jesucristo: Venga á nos él tu reino. Debe echarse en brazos de la muerte con alegría, así por librarse de los pecados, dejando este mundo donde no se vive sin defectos, como por ir a ver a Dios cara a cara y amarle con todas sus fuerzas en el reino del amor.

   ¡Oh mi amado Jesús! ¡Mi Salvador y mí Juez! Cuando habréis de juzgarme, por vuestra misericordia, no me arrojéis al infierno. En el infierno ya no podría yo amaros: más habría de aborreceros para siempre; ¡y cómo podría yo odiaros a vos que sois tan amable y que me habéis amado tanto! Esta gracia yo no la merezco por mis pecados; más si yo no la merezco, la habéis merecido vos para mí con la sangre que en medio de tantos dolores derramasteis por mí en la cruz.

   En suma. ¡Oh Juez mío, imponedme todas las penas, pero no me privéis de que pueda amaros! ¡Oh madre de Dios! Mirad que me hallo en peligro de condenarme y no poder amar a vuestro divino Hijo que merece un amor infinito. ¡Virgen María, socorredme, tened piedad de mí!


martes, 1 de agosto de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte III)







El demonio es fuerte.


   El  Evangelio llama al demonio el fuerte armado: Fortis armatus. (Luc. XI. 21).  ¿Tratáis de indagar cuál es la naturaleza de este enemigo? Es un espíritu ¿Deseáis verle? Es invisible... ¿Queréis conocer su carácter? Es muy malo y muy astuto ¿Su poder? Es, dice San Pablo, el dueño y el gobernador del mundo, esto es, de los siglos: Mundi rectores. (Efesios. VI. 12). Revestíos, dice aquel gran apóstol, de toda la armadura de Dios para poder contrarrestar a las asechanzas del diablo; porque no es nuestra pelea solamente contra hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires (Efesios VI 11- 12).

   Notad estas palabras: principados, potencias, príncipes, del mundo. Según los santos Padres, los demonios han conservado, después de su caída el mismo nombre jerárquico que tenían en el cielo antes de haber caído. Como en un ejército, unos mandan, otros obedecen y tienen señalado un puesto más bajo. De ahí su fuerza inmensa. Los que son llamados principados, potencias, príncipes, son jefes entre los demonios.

   Si tenéis deseos de conocer el lugar que ocupa el demonio, sabed que domina la tierra y cae sobre nosotros desde lo alto de los aires… Si buscáis su morada, sabed que está en todas partes, noche y día… Si preguntáis cuál es su inteligencia, sabed que es muy vasta y superior a la de los hombres más sabios...

   Hombres de gran fuerza, dice el Salmista hablando de los demonios, arremeten contra mí: Irruerunt in me fortes. (LVIII. 4). ¿Cómo arrancar su presa a un hombre esforzado? dice Isaías: ¿cómo recobrar aquellos que ha arrebatado un varón valiente? (XLIX. 24).

   Sí consideráis su naturaleza, el demonio es un gigante, dice Orígenes. (Homil VII c. XII).

   Espíritus inteligentes, activos, ágiles y vigilando sin cesar, los demonios tienen un gran poder, triplicado todavía por su audacia, su odio y crueldad. Cayendo, han conservado todas sus fuerzas. Los demonios son tan fuertes, que San Pablo baste los llama dioses de este siglo: (II. Cor. IV. 4).

   Semejantes expresiones nos prueban con evidencia cuán fuerte y poderoso es el diablo...

   Lo que obliga a decir con mucha razón a San Crisóstomo: Si los demonios están asi organizados en ejércitos, si son espíritus, si son los amos del mundo, ¿cómo, decidme, os entregáis al placer, y cómo los venceremos sin armas?

   Añadid a la fuerza y al poder de los demonios, su número prodigioso. Y toda esta espantosa multitud no cesa de hacernos una guerra encarnizada...

De qué modo es fuerte el demonio y contra quien.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...