domingo, 7 de mayo de 2017

Comulgad bien, porque la comunión bien hecha conserva la vida del alma




Discípulo.¿Cuáles son, Padre, los principales efectos de la Comunión frecuente?

Maestro. — En el Catecismo donde se pregunta: “¿Qué efectos produce la Sagrada Comunión?”, se responde: “La Santísima Eucaristía: Conserva y aumenta la vida del alma, así como el alimento material conserva y aumenta la vida del cuerpo; Borra los pecados veniales y preserva de los mortales; Nos une a Jesucristo y nos hace semejantes a Él”.
Vayamos por partes; ante todo, para comprender bien cómo la Sagrada Comunión conserva y aumenta la vida del alma, es preciso estar convencidos de que la Comunión no es una devoción cualquiera, sino que es un Sacramento. Muchos se acercan a comulgar únicamente para conseguir una gracia o por hacer un acto ordinario de devoción. La Comunión no está instituida para esto, aunque pueda conseguirlo, pues la práctica más importante de devoción. Su finalidad es más sublime; su fin principal y su efecto es el de conservar en nosotros la gracia, que es la vida del alma.

Si yo te preguntara cuál es la cosa más preciosa del mundo, ¿qué me dirías?

D. — Pues que la vida es el todo, y que todo se sacrifica por conservar la vida.

M.Muy bien; pero más preciosa es la vida del alma. Y si para conservar la vida del cuerpo estamos siempre dispuestos a soportar fatigas y sudores, medicinas amargas y costosas, operaciones difíciles y peligrosas, aún debemos estar mejor dispuestos para asegurar la vida del alma, y como es la Sagrada Comunión la que conserva y sostiene esta vida del alma, debemos procurar con el mayor empeño y diligencia frecuentar la Sagrada Comunión y hacerla bien.

Cuenta la Historia que la impía reina Isabel de Inglaterra, llena de odio contra Dios y contra los católicos, publicó un decreto con el que condenaba a pagar cuatrocientos escudos de oro y la prisión a quien recibiera la Sagrada Comunión. Un caballero inglés, cristiano ferviente, al conocer el decreto, determinó, a pesar de todo, seguir comulgando. Vendió inmediatamente todas sus mejores alhajas, y del dinero mandó hacer costalitos de cuatrocientos escudos. Cada vez que le sorprendían los guardias comulgando, y por ello era condenado a pagar la multa, tomaba en seguida uno de aquellos costalitos y los llevaba al tribunal, se lo entregaba a los jueces y públicamente protestaba y decía que él de muy buena gana gastaba aquel dinero con tal de no dejar la Sagrada Comunión.

El Cardenal Newman fué antes Obispo protestante. Al tratar de hacerse católico le decía un amigo suyo: — ¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? Si abjuras y te haces católico, perderás tu rico sueldo; ten en cuenta que son cincuenta mil pesos anuales.

A lo que Newman, levantándose, respondió: — ¿Qué son cincuenta mil pesos comparados con la Comunión?


D.¡Qué nobles ejemplos, y cómo confunden a cuantos pretenden tener siempre razones para no comulgar!

M. — Inclinémonos antes estos hombres y, al admirarles, imitemos, sobre todo la robustez de su fe y firmeza de carácter. Y volvamos a lo nuestro: la Comunión frecuente no solamente conserva la vida del alma, sino que la aumenta.

Acá abajo todo tiende a crecer y a aumentar. Fíjate en la hierba, las hojas y las plantas en la primavera; observa cómo los niños, desean crecer, desarrollarse, hacer progresos; no obstante, muchos cristianos creen que basta evitar el mal, y se atreven aún a decir: “¡Ojalá a la hora de la muerte estuviera como cuando me bautizaron!”

D. — Padre, ¿hacen mal estos tales?

M. — Yo quisiera decirles entonces: ¿os contentarías con ser siempre, físicamente, como cuando os bautizaron, esto es, haber sido siempre niños?

D. — De ninguna manera, —responderían todos.

M. —Entonces, si no se quiere ser siempre niños en cuanto al cuerpo, tampoco debe ser uno siempre niño en cuanto al alma.

Jesucristo mismo, que murió en la Cruz para darnos la vida, se ha quedado en la Eucaristía con el fin expreso y exclusivo de aumentar en nosotros esta vida espiritual, desarrollándola más y más y haciéndonos progresar en la virtud.

–– Viene: para que tengan vida, et abundantius habeant... y la tengan todos más abundante, esto es: robusta, llena de vigor, capaz de luchar y de resistir a todos los halagos del mundo, de la carne y del demonio.

Leemos en la Sagrada Escritura que Dios colocó al lado del árbol del bien y del mal, en el Paraíso, otra planta llamada “de la vida”. Al prohibir a Adán y Eva comieran del fruto del primer árbol, les insinuó comieran de este segundo, y con frecuencia, pues sus frutos tenían la virtud de conservarlos en constante juventud y preservarles de todo mal.

Adán y Eva desoyeron este consejo y, paso a paso, hicieron caso a la tentación, o sea, al engaño del demonio; desobedecieron a Dios, y debido a ello fueron echados del Paraíso debiendo sujetarse a la muerte y a todas las miserias que afligen a la pobre humanidad.

Pues bien, Jesucristo fué también generoso y bueno con nosotros. Sabiendo que después de su pasión y muerte nosotros, inclinados al mal, caeríamos con facilidad en el pecado, con riesgo de perdernos para siempre en los infiernos ¿qué hizo? Nos dió el árbol de la vida, para que, comiendo sus frutos, pudiéramos conservar la gracia y ser casi impecables: este árbol maravilloso es la Sagrada Comunión, que, recibida dignamente, preserva del pecado.

D. — Muchas gracias, Padre; entendido.


COMULGAD BIEN


Pbro. Luis José Chiavarino

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