lunes, 15 de mayo de 2017

La Comunión bien hecha nos preserva de los pecados veniales.




   “Llegamos al final de esta larga y edificante publicación. Si de algo les sirvió por favor eleven una oración por el ya difunto Padre José Luis Chiavarino, quien es el autor de esta obra muy antigua”

Discípulo. —Dígame, Padre: ¿cómo borra los pecados veniales la Santa Comunión?

Maestro. —La Sagrada Comunión es también medicina que sana, y fuego que abrasa y purifica. Pero, antes, dime, ¿qué es pecado venial?

D. —Es una mancha del alma que la afea, la deforma y, a veces, la hace asquerosa.

M. —Muy bien.

La Sagrada Comunión es como el hierro y como el fuego del médico, que quema y hace desaparecer las llagas del alma, quitándole las manchas. Nuestra alma se vuelve cada vez más hermosa y limpia, encontrando Jesús sus delicias en comunicarnos sus gracias especiales.

D ¡Oh Padre, qué grande es el bien que nos reporta la Comunión frecuente! Jamás se debería dejar, aunque sólo fuera por conseguir este solo efecto.

M. –– ¡Así es!...

De la misma manera que todas las mañanas nos lavamos las manos y la cara para quitarnos el polvo y las manchas y estar limpios, así cada mañana debemos lavar nuestra alma en la Sagrada Comunión. Para esto la instituyó Jesucristo, y la Iglesia desea que nos sirvamos de ella como remedio cotidiano para las deficiencias de cada día.

D. —Cosas son éstas, Padre, en las que nunca había pensado seriamente, a pesar de ser tan hermosas. Dígame ahora cómo preserva la Sagrada Comunión de los pecados mortales.

M. —De dos maneras: interna y externamente. Ante todo, nos preserva internamente nutriendo y robusteciendo nuestra alma hasta hacerla casi invulnerable al pecado mortal. La comprenderás mejor con dos ejemplos sacados de la obra Las grandezas de la Comunión.

Cuentan los misioneros venidos de Africa que en aquellas regiones se cría un animal un poco más grande que nuestro gato y que le llaman gato salvaje.

Este animal, casi siempre está en lucha con las serpientes, tan abundantes en aquella tierra: y cuentan que casi siempre vence, porque conoce bien una hierba que tiene la propiedad extraordinaria de preservar de las mordeduras venenosas de las serpientes. Cuando le asaltan, apenas ha sentido el mordisco, se revuelca en aquella hierba y la come; así está siempre dispuesto a luchar.

Herido dos y tres veces, vuelve siempre a la hierba y recupera fuerzas, hasta que logra aplastar la cabeza de su enemiga.

También nosotros estamos constantemente luchando con la serpiente infernal, que de mil formas y maneras acecha a nuestra alma.

¿Queremos salir vencedores? Tomemos el remedio infalible, el contraveneno, que es la Comunión frecuente y bien hecha, y el demonio no podrá con nosotros.


Mitridates, famoso rey del Ponto, en el Asia Menor, fué uno de los mayores enemigos que tuvieron los romanos, contra los cuales luchó por espacio de cuarenta años. Era muy esforzado y muy astuto, sobre todo instruidísimo: hablaba veintidós lenguas; pero era también muy ambicioso y por demás cruel, hasta el punto de que sus súbditos y sus mismos soldados se rebelaron contra él y le obligaron a que se diera a sí mismo la muerte.

El entonces, para conjurar la ira de ellos, intentó envenenarse; pero por más veneno que ingería no lo lograba, pues cuenta la historia que Mitridates había contraído la costumbre, desde mucho tiempo, de beber cada día una pequeña cantidad de veneno, de tal manera que poco a poco se había hecho como invulnerable a sus efectos.

Pues bien, si en las luchas espirituales queremos llegar a ser invulnerables, habituémonos, no a beber el veneno, sino a comer todos los días la carne purísima de Jesús. La Comunión, es verdad, no nos hace impecables, pero preserva del pecado, como dice el Catecismo, y preservar quiere decir, precisamente, que obra de tal manera, da tanta gracia, que nos hace resistir al mal para no caer en pecado; y si alguna vez tenemos la desgracia de caer, nos da fuerza para arrepentimos en seguida y confesarnos.

Nos preserva, además internamente, poniéndonos a salvo de las acechanzas de los muchos enemigos espirituales que tenemos, infundiéndoles respeto y temor. También te convencerás de esto con dos ejemplos tomados de la obrita citada: Las grandezas de la Comunión.

Se lee en la historia del pueblo de Israel, que, esclavo éste del rey Faraón, y no queriendo este rey darles libertad, mandó Dios a un ángel para que exterminase a todos los primogénitos de los egipcios. Pero para librar a los primogénitos de los hebreos, dijo Dios a Moisés, su caudillo, que rociase con la sangre del cordero pascual todos los dinteles de las casas de los israelitas. El ángel exterminador pasó a media noche, y entrando en todas las casas, mató a los primogénitos, desde el del Faraón hasta el último de sus esclavos; pero no entró en las casas rociadas con la sangre del cordero ni mató a ninguno de sus moradores. La Comunión nos rocía con la sangre de Jesucristo, verdadero cordero pascual, y el ángel de la tentación que es el demonio, no se atreve a entrar ni a dar muerte al alma con el pecado.

Contaba un misionero de las Indias que algunas jovencillas de la tribu de Diamfi, diariamente hacían un largo viaje y vadeaban, con riesgo, un caudaloso río para ir a comulgar. Al volver a su tribu, se encontraban en medio de peligros y escándalos; pero ellas contestaban con gran firmeza a quienes les inducían a pecar:
—Nosotras comulgamos todos los días, y estas solas palabras bastaban para salir victoriosas, llenando de vergüenza y confusión a los tentadores.

Date cuenta de cuánta verdad es que la Comunión bien hecha preserva de los pecados mortales.

D. —Estoy bien convencido de ello, Padre. Pero permítame le haga una pregunta: Si la Comunión preserva de los pecados mortales, ¿por qué algunos que la frecuentan caen en pecado y cometen escándalos?

M. —Te respondo que la Comunión nos preserva de los pecados, aumenta la gracia en nosotros, nos pone alerta, apartando el deseo y la tentación; pero no nos fuerza ni nos quita la libertad. San Agustín nos dice que Dios, que nos ha creado sin nosotros, no nos salvará sin nosotros.

La Comunión nos hace conocer mejor el mal que nos domina: castiga y remuerde, obstaculiza el camino del pecado; pero no suprime la libertad. La Comunión, en fin, no nos hace impecables, sino nos aleja del pecado, así como las medicinas no nos hacen inmortales, sino que nos sanan de las enfermedades y nos preservan de ellas.

D. ––Muchas gracias, Padre.


COMULGAD BIEN


Pbro. Luis José Chiavarino

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