jueves, 4 de mayo de 2017

GRACIAS ESPIRITUALES EN FÁTIMA –– El comunista convertido.





   La Santísima Virgen, en su Santuario de Fátima no solamente dispensa múltiples gracias curando las dolencias físicas de quienes fervorosamente acuden a Ella; dispensa también otro género de gracias, para nosotros de muchos más subidos quilates, gracias tan necesarias para nuestra salvación.

   Estos milagros morales, milagros en sentido espiritual, son consoladoramente más numerosos que las curaciones instantáneas de enfermedades materiales. No hay peregrinación en que no se registren varios de estos milagros morales. Referiremos los principales, extraídos del libro del Padre Luis G. Da Fonseca, profesor del Instituto Bíblico en Roma.





   El comunista convertido. Vivía en Porto un jornalero, que si bien no era de carácter malo, por seguir los consejos de sus compañeros, se hizo comunista. Abandonó sus cristianos deberes, llegando a destruir todas las imágenes piadosas de su hogar. Nunca se lo veía en la iglesia; en cambio, eran frecuentes sus visitas a las tabernas. Su mala conducta trajo la miseria y. el desorden en su hogar, siendo las víctimas inocentes de sus extravíos, su mujer y sus hijos.

   A pesar de sus condenables costumbres, conservaba buenas relaciones con una familia vecina, muy católica. Cayó gravemente enferma una joven, miembro de esta familia, siendo el mal de tal naturaleza que los médicos lo diagnosticaron como incurable. Con tal doloroso aviso, los padres de la joven recurrieron a la Santísima Virgen. Apenas habían transcurrido algunos días, cuando la paciente disfrutaba de plena salud.

   Encontróse con el comunista de nuestro relato, quien creyéndola ya casi difunta, sorprendiese al verla y le preguntó:

   — ¿Cómo, Ud. está viva?...

   La joven le contestó alegremente:

   — ¿Le hubiera gustado que muriera?... Cierto es, me encontraba muy grave, pero Nuestra Señora de Fátima pudo hacer aquello que los médicos creían imposible.

   El comunista, burlándose, añadió:

   — Las cosas que se refieren de Fátima son puros inventos de curas y frailes. ¡Ahí está la cosa! La joven, a pesar de tal respuesta, le dijo:

   — ¿Quiere Ud. hacerme un favor?...

   — ¡No puedo negarme, señorita!, contestó en seguida.

 — Pero, cuidado con arrepentirse.

   — Yo no conozco arrepentimiento; lo que prometo, lo cumplo, a pesar de todas las dificultades, concluyó en tono de gran hombría.

   — Pues bien — le dijo la joven—, Ud. vendrá conmigo a Fátima.

   Quiso disculparse, pero recordó sus palabras tan solemnemente empeñadas y aunque ardiendo en su interior de comprimida impaciencia contestó sonriente:

   — Bueno... Que sea... Iré...

   Al regresar a su hogar, comunicó a su esposa:

   — Pasado mañana iré a Fátima.

   — No digas tonterías —le replicó la señora.

   — Es verdad —siguió afirmando el hombre—; me he comprometido con la señorita N. y no tengo más remedio que cumplir. Pasado mañana iré a Fátima.

   Y estuvo en Fátima. Asistió a la procesión de velas; a la adoración; contempló con sus propios ojos aquella fe ardiente y fervorosa de esa ingente multitud, admiró el orden y la disciplina reinante en aquel oleaje humano, y todo le impresionó tan profundamente, que repetía una y otra vez:

   — ¡Aquí está la cosa!

   Al día siguiente, su admiración iba creciendo; cuando contempló a los 200.000 o más peregrinos aclamando y vitoreando a la Santísima Virgen, sintióse poseído de una conmoción y, espontáneamente, sin advertirlo él mismo, saludaba también con su pañuelo a la Sagrada Imagen. En eso le detuvo el respeto humano y bajó el pañuelo, secando con él las lágrimas que, a pesar de su esfuerzo por reprimirlas, surcaba su duro rostro.

   Un señor que estaba junto a él, le preguntó:

   — ¿Qué le parece todo esto?

   — Realmente —dijo—, ¡aquí está la cosa!...

   No se confesó ni tampoco rezó, pero en el viaje y en los días subsiguientes mostróse pensativo..., muy pensativo. Olvidó sus visitas a la taberna y abandonó a sus compañeros de otro tiempo. El primer sábado entraba en una iglesia, y a los pies de un ministro de Dios aprobaba el peso de las culpas de varios años.

   Al penetrar en su hogar, contó a los suyos que se había reconciliado con Dios, y los invitó a rezar con él el santo rosario.

   A la mañana siguiente, acompañado de su esposa e hijos, recibía el Pan de los Ángeles.

   Retornó a su hogar el bienestar y la alegría y, desde aquel entonces, la educación de sus hijos abarcó todos sus anhelos.


“APARICIONES de la  SANTÍSIMA VIRGEN en FÁTIMA”

P. LEONARDO RUSKOVI´C

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