domingo, 7 de mayo de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO VI - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Pero si Dios es tan bueno...

   Reconfortados ya los contrincantes con una buena taza de café con leche, metiéronse de nuevo en el coche, y al instante partió el tren.

FRANCISCO: — ¿Cómo decías tú, amigo Adolfo, —dijo Francisco, que por ser Dios tan bueno Dios no puede castigar las almas con el fuego del infierno?

ADOLFO: — En efecto; eso digo yo, y conmigo media humanidad...

FRANCISCO: — Pues contéstame: ¿no es verdad que, cuanto mejor es uno, tanto más abomina y detesta la maldad y el pecado?

ADOLFO: — Convenido.

FRANCISCO: — Luego Dios, que es infinitamente bueno, debe aborrecer la culpa a proporción de su bondad, es decir, debe odiar el pecado con odio infinito. ¿Y cómo se manifiesta este odio irreconciliable sino por el modo más expresivo, con el castigo de los que se obstinan en morir en él?

   Estás, pues, en error crasísimo; y tan lejos están la bondad y la justicia de oponerse a las penas del infierno, que antes bien las reclaman con toda su fuerza.

ADOLFO: — Pero, Francisco, Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, ¿cómo ha de sufrir que sus hijos ardan sumidos en un mar de fuego? Esto es demasiado cruel, es bárbaro; es hacer de un Dios un tirano, un Nerón, un...

FRANCISCO: — No te sofoques y no discurras como las mujeres, con el corazón y los nervios, sino con la cabeza. Mira, Adolfo: nunca es cruel lo que no traspasa las lindes de la justicia; y si Dios es Padre lleno de caridad, es a la vez Juez justísimo, que falla sentencia según ley. Escucha esto:

   Refiérese que predicaba en cierta ocasión en la iglesia de su convento un fraile, ponderando con santo celo las misericordias de Dios para que los pecadores arrepentidos volasen con gran confianza a su seno para pedir perdón de sus culpas. Escuchábale un lego; y creído que tanto aladar la bondad de Dios sin hablar palabra de su divina justicia era dar alas a los pecadores para continuar en sus vicios, apenas el Padre hubo concluido su sermón, subióse el lego al pulpito y dijo: — Hermanos míos carísimos: cuanto acaba de predicar el Padre es verdad evangélica; pero no os fiéis, porque os digo, y no me lo negaréis: a Dios, quien se la hace sé la paga.

   Adolfo, inmensa es la bondad de Dios, pero también es infinita su justicia.


   Y puesto que tanto encomias el amor de padre, respóndeme a esta pregunta: ¿Qué padre tendrías por mejor, aquel que dejase obrar a sus hijos a su antojo, sabiendo que se deslizan en excesos infamantes, o aquel que los reprimiera, aunque fuera castigándolos severamente, según la malicia de sus faltas?

ADOLFO: — En eso no hay que titubear: juzgaría más laudable y digno de imitación aquel que hiciera sentir la fuerza del látigo sobre las costillas del hijo delincuente, que no aquel padre blando que dejase las culpas impunes, sin el menor correctivo.

   Sin embargo, debes advertir y tomar en cuenta que, así el padre como el buen príncipe, buscan en la aplicación de la pena la enmienda del culpable; más en el infierno los condenados son incorregibles. ¿Cómo se componen, pues, y hermanan aquellos tormentos con la bondad ilimitada del Señor? ¿Para qué el castigo, si no es posible la enmienda?

FRANCISCO: — Sea como fuere, infiérese de la comparación propuesta que la imposición del castigo cuadra perfectamente a la bondad del superior cuando en ello se propone y busca un fin recto y santo. ¿Y quién te ha dicho que para el superior que castiga no puede haber otro blanco sino la corrección del criminal?

ADOLFO: — Yo no alcanzó otro digno de la bondad de Dios.

FRANCISCO: — Pues a mí se me ocurren otros dos más nobles y elevados, y son: primero, el bien de la sociedad, que siempre debe anteponerse al provecho del individuo; y segundo, la reparación del orden perturbado por la culpa.

   Me explicaré. Cuando el hombre se deja esclavizar por sus pasiones y se precipita en excesos reprobados, en cuanto está de su parte influye con sus escándalos en los demás para que se arrojen a los mismos extravíos.

 ¿Cómo remediaremos, pues, este grandísimo daño, y evitaremos las consecuencias naturales del contagio? Con el castigo del culpable, que sirva de escarmiento y contenga a los inocentes o tentados en el cumplimiento de sus obligaciones. Así como el experto cirujano corta el miembro gangrenado y lo arroja al fuego para que no inficione a todo el cuerpo con peligro de la vida, de un modo semejante un príncipe prudente y un padre solícito cortan también de la sociedad al súbdito escandaloso para que no contagie con sus desórdenes a los demás y los arrastre a su ruina. ¡Cuánto más elevado es este fin que la simple corrección de un solo sujeto! Para impedir, pues, que los buenos se perviertan y se dejen llevar de concupiscencias reprobadas, arroja Dios a los infiernos los pecadores endurecidos. Cuando la ley corla la cabeza al criminal, ¿espera acaso que con esa pena se corrija de sus extravíos? Pues buen remedio para hacerlo hombre de bien...

ADOLFO: —Comprendo la necesidad de algún ejemplar escarmiento para reparar los efectos del escándalo; pero, ¡cuántas veces hay culpas y delitos secretos y ocultos que no trascienden al exterior! Y en este caso, ¿cómo se justifican semejantes suplicios?

FRANCISCO: —Aún en este caso es menester una reparación; así lo exige la justicia. Como Dios crió al hombre para su gloria, es a saber, para que, conociendo sus divinos atributos y perfecciones, le sirva y alabe, es en el hombre un deber rendir al Criador este homenaje; cuando, pues, un sujeto huella con criminal osadía los preceptos de Dios, y le niega la obediencia que le es debida, ¿qué pide, la justicia en semejante caso? Que se restablezca el orden perturbado, y que la criatura que de buen grado no quiso obedecer a Dios se sujete a su imperio por el castigo; y que aquel que se resistió a glorificar la divina Bondad con la esperanza del galardón eterno, reconozca y confiese la divina Justicia, sufriendo los tormentos del infierno, por donde los justos bendigan y ensalcen la grandeza y majestad del supremo Remunerador.
(Este diálogo continuara en el capítulo VII)



Tomado de una publicación de “APOSTOLADO DE LA PRENSA” Año 1892.

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