viernes, 14 de octubre de 2016

Dios merece ser amado sobre todas las cosas.




   Santa Teresa dice que cuando Dios llama a un alma a su amor le hace un favor grande. Amémosle pues nosotros que somos llamados a este amor, y amémosle como desea ser amado: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón. El venerable Luis de la Puente no consideraba bastante digno decir a Dios: ¡Señor, os amo más que a todas las cosas, más que a todas las riquezas, más que a todos los honores y placeres de la tierra! porque entendía que estas palabras equivalían a decir: Dios mío, os amo más que a la paja, más que al humo, más que al fango.

   Pero Dios se contenta con ser amado de nosotros sobre todas las cosas; digámosle pues: Sí, Dios mío, os amo más que todos los honores del mundo, más que todas las riquezas, más que a todos mis parientes y amigos: os amo más que la salud, más que el honor, más que la ciencia, más que todos los consuelos: en una palabra, os amo más que a todo lo que me pertenece: Más que a mí mismo.

   Prosigamos aún y digámosle: Señor, amo vuestras gracias y dones; pero amo más que todas estas mismas gracias a vos, porque sólo vos sois la bondad infinita, el bien infinitamente amable que excede a todo otro bien. Esta es la razón, ¡oh Dios mío! por la. Cual, cualquiera que sea vuestra dádiva no bastará. Contentarme si no fuéseis vos mismo: y si se me os dais, vos sólo me bastaréis. Que busquen los otros lo que quieran, yo no he de buscar más que vuestra posesión, a vos sólo, amor mío, mi todo. En vos sólo encuentro cuanto pueda desear y hallar.

   La sagrada esposa dice, que ella ha elegido entre millares a su muy amado para amarle. Y nosotros, ¿a quién elegiremos para dedicarle nuestro amor?  Entre todos los amigos de este mundo, ¿cuál hallaremos más amable y más fiel que Dios, y que nos haya amado más que Dios? Roguémosle pues, y roguémosle, constantemente: Trahe me post te: Señor, llevadme hacia vos; porque si vos no me lleváis, yo no puedo llegar a vos.

   ¡Oh, Jesús mío y Salvador mío! ¿Cuándo llegará el día en que despojado de todo otro afecto no anhele ni busque más que a vos? Quisiera despojarme de todo, pero a menudo entran en mi corazón ciertos afectos importunos que me distraen de vos. Desatadme de ellos, Señor, con vuestra mano omnipotente: haceos vos mismo el único objeto de todo mi amor y de todos mis pensamientos.

   San Agustín dice, que el que tiene a Dios lo tiene todo, y que el que no tiene a Dios no tiene nada. ¿De qué le sirven al poderoso los tesoros de oro y piedras preciosas, si no posee a Dios? ¿De qué le sirve a un monarca tener muchos reinos, si no tiene la gracia de Dios? ¿De qué le sirve a un sabio poseer todas las ciencias y hablar muchas lenguas, si no sabe amar a su Dios? ¿De qué le sirve a un general mandar todo un ejército, si vive esclavo del demonio y alejado de Dios?

   David, cuando era Rey pero estaba en pecado, se iba a sus jardines, a sus cacerías, y ä otros placeres; más parecíanle que todos estos objetos le gritaban: ¿En dónde está tu Dios? ¿Ubi est Deus tuus? ¿Quieres encontrar el contento en nosotros? Ve, vuelve al Dios que has abandonado; él sólo puede satisfacerte. Entonces confesaba el santo rey, que en medio de todas las delicias no encontraba la paz: lloraba noche y día sin distraer su pensamiento de que estaba sin Dios.

   En medio de las miserias y sinsabores de este mundo, ¿quién puede consolarnos mejor que Jesucristo? Por esto dice: Venid a mí los que estáis trabajados y vais cargados, y yo os aliviare. ¡Oh, locura de los mundanos!  Un alma que esté en gracia encuentra más consuelo en una sola lágrima derramada por dolor de sus pecados, más en esta exclamación: ¡oh Dios mío! proferida con amor, que podría hallar un hombre mundano en mil banquetes, espectáculos o festines.

   Locura, lo repito, pero locura que no tendrá remedio cuando llegue la muerte rodeada de oscuridad, de que habla el Evangelio. Por esto nos aconseja el Salvador, que caminemos mientras nos favorece la luz, porque llegará la noche, durante la cual nada ya podremos hacer.

   Sea Dios, pues, todo nuestro tesoro, todo nuestro amor; todos nuestros deseos sean agradar a Dios, el cual jamás se queda atrás en amor; él remunera con el ciento por uno todo lo que se hace por agradarle.

   Sed vos, ¡oh Dios mío! mi único bien, el amor dominante de mi alma; y como yo os prefiero en amor a todas las cosas, disponed que en todas las cosas prefiera vuestra voluntad a mi propio placer. Jesús mío, espero de vuestra sangre no amar más que a vos sobre la tierra, durante lo que me queda de vida, para que logre algún día la gloria de poseeros en el reino eterno de los bienaventurados. Virgen santa, socorredme con vuestros poderosos ruegos, y llevadme a besaros vuestros sagrados pies en el paraíso.



“SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO”

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