martes, 18 de octubre de 2016

AMIGO DE LOS ENCARCELADOS. (I Parte) de la vida de San José Cafasso. ¡¡¡Realmente una lectura imperdible!!! Se lo recomendamos con todo cariño a los sacerdotes



   Ninguna de las cárceles de Turín estaba cerrada a la caridad de Don Cafasso. Ya en las torres, donde estaban recluidas las mujeres, ya en el correccional y en las prisiones senatorias, destinadas a los hombres, entraba libremente a cualquier hora, con pleno consentimiento de las autoridades. También esos pobres prisioneros, aunque extraviados y depravados, eran hijos de Dios y no se les debía abandonar. Y tanto más merecían su solicitud y compasión, cuanto más tristes eran las condiciones del lugar en que se hallaban confinadas. La perversión de los prisioneros, más que la suciedad de las cárceles, causaba asco y repulsión.

   De Robilant, teniendo como base testimonios irrecusables, así los describe: “Una mezcla de gentes a quienes se ha prevenido y se ha indagado; de condenados provenientes de las cárceles de provincia para escuchar su sentencia y de otros que allí residían expiando su pena; de jóvenes casi inocentes y de hombres depravados, avezados a toda suerte de delitos: ese lugar era la sede de la impiedad y de la depravación... En las cárceles senatorias se recluía a los peores acusados, privados de todo auxilio moral; individuos sobre cuyos labios las conversaciones en que se jactaban de los propios crímenes eran sólo interrumpidas por blasfemias, por frases impías, por maldiciones a los sacerdotes como espías de la policía, y por insultos contra sus compañeros de prisión que no habían realizado proezas que los hiciesen dignos de su compañía, a quienes llamaban en su jerga ladrones de mantequilla. En medio de esa turba de depravados sobresalían y primaban los peores criminales. El que podía enorgullecerse de muchos años de galera, tenía ante sus compañeros una aureola de autoridad indiscutible. Una afirmación suya bastaba para destruir el efecto de un sermón, o para hacer creer a sus dóciles alumnos cualquier majadería falsa y ridícula. ¡Ay! del que se permitiese contradecirle o no creerle”.

   Este estado de cosas no escapó a la mirada penetrante y al alma sensible de Don Cafasso que, mientras por una parte, mejoró el misérrimo estado de las cárceles y puso de relieve sus gravísimas deficiencias, por otro empleó horas, días, meses y años en visitar y socorrer a aquellos desgraciados a quienes consideraba como a sus amigos y benjamines y colmaba de gentilezas y caridad.

   Nada lo apartaba de cumplir un ministerio tan poco amable. A la repugnancia que experimentaba al ver tantos mozalbetes atados como bestias, desesperados y a veces consumidos por el hambre, que a menudo prorrumpían en maldiciones y blasfemias sacrílegas, se añadía el horror y el asco proveniente de las fétidas exhalaciones y de insectos repulsivos que los presos llamaban plata viva y dinero contante, que fácilmente se prendían a las personas, siendo causa de molestias y repugnancia. El Santo, al volver a casa, se veía obligado a mudarse por completo. No obstante, jamás dijo una palabra de esos insectos que sólo la lavandera encontraba en la lejía; él solía considerarlos como ganancias del sacerdote.

   Pero le estaban reservadas otras conquistas. Esos ladrones no podían dejar el hábito del robo, y unas veces le quitaban del bolsillo el pañuelo, otras veces paquetes de tabacos que estaban reservados para todos; y otras le sacaban dinero con varios pretextos. Tampoco le faltaron insultos, amenazas, ultrajes y hasta atentados contra su vida, que él no sólo soportaba con heroica paciencia, sino que los recibía con sonrisa amable como si se tratara de caricias, y perdonaba de corazón. Una vez un hombre membrudo lo aferró por el cuello y entre serio y burlón, le dijo: —Vea: si yo quisiera, me lo comería en ensalada obligándolo a hacer un acto de contrición. No se resintió por esto nuestro Santo, y riendo le respondió: —Esto le honraría muy poco siendo yo muy débil y sin fuerzas. Frecuentemente le dirigían invectivas como esta: —Aléjate de mí, sotana negra, que no tengo nada que ver contigo.

   En el invierno de 1841 un detenido, insensible a las exhortaciones del Santo, simulando arrepentimiento, lo invitó a volver a cierta hora para oír su confesión. Nuestro Santo acudió a la cita, que debía ser una celada. Efectivamente, entrando a la hora convenida, por el gran portón de las cárceles senatorias, sintió que le caía de lo alto un líquido sucio y repugnante en el sombrero y en la sotana. Comprendió inmediatamente el juego del amigo; lejos sin embargo de retroceder, entró sonriendo a donde el portero y le rogó le prestase por algunas horas un manteo, debiendo talvez demorarse aquella tarde más de lo acostumbrado. Después, como si nada hubiese acontecido, sube al piso superior y entra a la celda del detenido, el cual, ante la amable sonrisa del sacerdote, mira primero, llora después, y finalmente ruega con lágrimas el perdón y la absolución.

   Aún por parte de los prisioneros enfermos, para con los cuales tuvo la más tierna solicitud, procurándoles de su propio peculio cuanto necesitaban, tuvo que sufrir graves ofensas. Cuenta Monseñor Bertagna que un detenido, cansado de vivir en el estado miserable en que se encontraba, resolvió matar a Don Cafasso, para merecer la pena de muerte. Para salir con su intento se fingió enfermo e hizo llamar al sacerdote. El Siervo de Dios acudió al punto y al darse cuenta de la agitación del supuesto penitente, sin inmutarse en lo más mínimo con su extraordinaria bondad y su afabilidad nunca desmentida le tocó el corazón de tal suerte que el pobrecito no sólo desistió del propósito, sino que, entregándole el arma, confesó arrepentido su culpa.

   Nada era capaz, sin embargo, de impedir que el sacerdote continuase amando a esos desgraciados y proporcionándoles la solicitud de sus cuidados paternales. Trabajo le costaba separarse de esos lugares, a donde entraba siempre con aspecto alegre y con aire festivo, y era notorio el hecho de que, mientras que en el Convictorio se mostraba ordinariamente un poco serio, en las cárceles se le veía siempre sonriente, para tratar a esos pobrecitos, a quienes solía decir: —A vuestro lado no tengo ninguna preocupación; una sola cosa desearía aún, y es tener una celda aquí en la cárcel para pasar la noche con vosotros.

   En efecto, por poco ve cumplidos sus deseos. He aquí la aventura tal como nos la refiere Don Bosco.

   “Un día Don Cafasso confesó hasta altas horas de la noche y como no le abrieron las puertas de la prisión, se disponía ya a dormir en ella. Más de pronto entraron los guardianes armados de fusil, pistolas y sable para hacer la acostumbrada ronda, llevando faroles en la extremidad de largas varillas de hierro. Iban observando aquí y allá por ver si se notaban agujeros en los muros o en el pavimento o si algo extraordinario anunciaba motines o desórdenes entre los encarcelados. Al encontrar a un desconocido, gritaron todos a una: — ¿Quién va? y sin esperar respuesta, lo rodearon amenazándolo y diciéndole: ¿qué hace aquí?, ¿quién es? ¿Adónde va? —Soy Don Cafasso ¿Don Cafasso? ¿Posible? ¿A estas horas? Nosotros no podemos dejar salir a nadie, sin dar relación de ello al director de la cárcel. —Eso no me interesa; haced las relaciones que queráis, más tened cuidado, porque no habéis cumplido vuestro deber; al llegar la noche debíais venir para hacer salir a todos los extraños. Entonces todos callaron, le rogaron no contar lo ocurrido, se abrieron como por encanto todas las puertas, y para asegurar el cumplimiento de lo pactado, lo acompañaron hasta el Convictorio”.

   Los prisioneros, en cuya alma hay siempre un sentimiento de gratitud hacia sus benefactores, amaban inmensamente y veneraban a nuestro Santo. Cuando lo veían entrar al patio, su llegada era como una chispa eléctrica que suscitaba un general movimiento de alegría y hacía que todos aclamaran su nombre. Si alguno lo ofendía, era general la indignación de los detenidos, que tenían como pecado grave cualquier ofensa que le infligieran.

   Muchas veces le dijeron: “Padre Cafasso, si alguna vez lo asaltan en un viaje, no tiene más que decir: Soy Don Cafasso; y será respetado”. Y ellos, una vez libres mantuvieron su palabra. En efecto, cierta noche de invierno, habiendo confesado a un soldado enfermo, en las afueras de la ciudad, de regreso, lo detuvieron algunos asesinos que se asomaron con linternas a la portezuela del coche. El que acompañaba al Santo quería defenderse disparando un arma de fuego; pero él le apretó el brazo, diciéndole: —No, por mí nada tengo que temer; pero ¿qué será de estos infelices?— Ellos reconocieron la voz de su antiguo protector y amigo, y exclamaron: “Siga tranquilo, Padre Cafasso, que ninguno lo molestará”. Otro día, volviendo de Castelnuovo en carruaje a Turín con su hermano Pedro, mientras pasaban por los bosques de Riva, se precipitaron a su encuentro dos individuos con intenciones hostiles y pidiéndole dinero. El hermano estaba asustado, más Don Cafasso, habiendo reconocido a uno de sus antiguos protegidos, lo amonestó paternalmente y le dió una limosna. El malandrín cambió desde aquel día y perseveró en el bien.

   El cariño que le tenían los detenidos era inmenso; lo llamaban salvador, benefactor y amigo; aún los más perversos hablaban de él en los términos más elogiosos. Todos reconocían en Don Cafasso además de un santo, un amigo sincero y generoso que les prodigaba todas las ternuras de la caridad evangélica.

“SAN JOSÉ CAFASSO”

Cardenal CARLOS SALOTTI


AÑO 1948

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