lunes, 10 de octubre de 2016

Somos viajeros en la tierra.




   Mientras permanecemos en esta vida, todos somos viajeros alejados de nuestra patria, que es el cielo, en donde nos espera el Señor para hacernos gozar eternamente de la hermosura de su rostro. Mientras estamos en el cuerpo, dice el Apóstol, vivimos ausentes del Señor. Si pues amamos a Dios, debemos desear ardientemente salir de este destierro y abandonar el cuerpo, para gozar de la vista de aquél a quien amamos. Tal era el objeto da los suspiros de San Pablo.

   Antes de cumplirse el augusto misterio de la redención, el camino que conduce a Dios estaba cerrado para nosotros, hijos miserables de Adán; pero Jesucristo nos ha conseguido con su muerte la gracia de podernos llamar hijos de Dios, y así nos ha abierto las puertas por las cuales podremos llegar, como hijos, a presencia de nuestro padre que es Dios.

   El mismo Apóstol dice también en otro lugar: Hermanos míos, ya no sois huéspedes o extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos, habitantes de la casa de Dios. En efecto, cuando estamos en gracia de Dios, gozamos ya del derecho de ciudadanos del paraíso, pertenecemos a la familia de Dios. Dice San Agustín: La naturaleza viciada por el pecado, engendra ciudadanos de la terrestre ciudad, los cuales son vasos de ira; pero la gracia, que purifica a la naturaleza del pecado, engendra ciudadanos de la celeste patria, los cuales son vasos de misericordia.

   Este mismo principio hacia exclamar al santo rey David: Señor, soy extranjero sobre la tierra enseñadme a observar vuestros preceptos que son el camino para llegar a mi patria celestial. Nada tiene de maravilloso que los malos deseen vivir siempre en este mundo, porque temen con razón pasar de las penas de esta vida a las penas eternas y mucho más terribles del infierno; pero aquél que ama a Dios, aquél que tiene una seguridad moral de hallarse en estado de gracia, ¿Cómo puede desear seguir viviendo en este valle de lágrimas, en continuas amarguras, angustias de conciencia, y peligros de condenarse?

   ¿Cómo puede dejar de suspirar por el deseo de ir pronto a unirse con Dios en la eterna bienaventuranza, en donde ya no existe peligro de perderse? ¡Ah! las almas que aman a Dios viven gimiendo continuamente en este destierro, y exclaman con David: ¡Cuánta es mi desgracia por tener que vivir tanto tiempo en este mundo, rodeado de tantos peligros! Así es que los santos han tenido continuamente en sus labios esta oración: Luego, Señor, al punto llevadme a vuestro reino.

   Apresurémonos, como exhorta el Apóstol, apresurémonos a llegar a aquella patria en donde nos está preparado el contento y una paz perfecta. Apresurémonos, repito yo, en el deseo, y no cesemos de caminar hasta que hayamos entrado en el feliz puerto que ha preparado Dios a los que le aman.

   El que corre en el ancho estadio, dice San Juan Crisóstomo, no mira a los espectadores sino al premio que desea: no se detiene, sino que cuanto más se acerca a la meta, tanto más corre. De donde concluye el santo que cuanto más avancemos en la vida, tanto más debemos apresurarnos por nuestras buenas obras, para alcanzar el premio que nos está reservado.

   De modo que en medio de las amarguras y agonías de esta vida, nuestra única oración debe ser: Venga a nos tu reino. Señor, venga pronto vuestro reino, donde unidos eternamente con Vos, amándoos cara a cara con todas nuestras fuerzas, no tendremos ya temor ni peligro de perderos; y cuando nos veamos afligidos de trabajos, o vilipendiados del mundo, consolémonos con la gran recompensa que Dios prepara a los que padecen por su amor: Gozaos en aquel día y regocijaos: porque vuestro galardón grande es en el cielo.

   San Cipriano dice que el Señor quiere con razón que nos gocemos en las penas y en las persecuciones, porque entonces se prueban los verdaderos soldados de Dios, y las coronas se distribuyen a los fieles.

   Pronto está mi corazon, ¡oh Dios mío! dispuesto para todas las cruces que dispongáis deba sufrir. No, no quiero delicias y placeres en esta vida: no merece placeres el que os ha ofendido y se ha merecido el infierno. Preparado estoy a sobrellevar todas las enfermedades, todos los trabajos que me enviáreis, a abrazar todos los desprecios de los hombres: estoy contento, si así os place, de que me privéis de toda consolación, así espiritual como corporal, mientras no me privéis ni de vos ni de vuestro amor. No lo merezco, Señor, pero lo espero por el precio de aquella sangre que derramasteis por mí. Os amo, Dios mío, amor mío, mi todo.

   Yo viviré eternamente, y como lo espero, os amaré por toda la eternidad: mi gloria será gozar de la felicidad sin fin que vos merecéis por vuestra bondad infinita.



San Alfonso María de Ligorio

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