jueves, 13 de julio de 2017

LA FRECUENTE COMUNIÓN PARA LOS NIÑOS – Por Monseñor de Segur. (parte II final)




   ...Me dirás tú que temes el porvenir, y que más vale ir despacio al principio, porque siempre es sumamente enojoso tener que retroceder. ¿Y por qué tendrías que retroceder? ¿Acaso dejarían de amar a Dios estos buenos y piadosos niños? ¿No es, por ventura, la mejor garantía para un porvenir verdaderamente cristiano una juventud fervorosa? Si quieres, pues, que tu hijo se halle más tarde con fuerzas suficientes para hacer frente y contrarrestar al mal, déjale que, de buen principio, las tome con abundancia en el manantial de toda fuerza, y permítele que se una muy íntimamente con el principio de toda fidelidad; y de este modo será su piedad presente la prenda y salvaguardia de la del porvenir, igualmente que la inocencia conservada será, tanto para tí como para él, la aurora de una pura adolescencia.

   Si, pues, a pesar de la sagrada Comunión acontece las más de las veces que no pueden los niños evitar el caer en nuevas faltas, ¿qué sucedería si estuviesen privados de alimentarse del “Pan sagrado que engendra vírgenes” Pocos niños hay a quienes baste comulgar una vez al mes; atrévome a afirmar que no hay casi uno que no pueda sacar gran fruto de la Comunion semanal, y la considero necesaria para aquellos que se hallan inclinados a las pasiones sensuales.

   Confieso y creo, sin embargo, que muy pocos son los que, hasta la edad de catorce o quince años, vienen bastante piadosamente para comulgar más de una vez por semana; pero eso tampoco obsta para que aquellos que aman de corazon a Jesucristo, ejercen sobre sí mismos una exquisita vigilancia y no cometen deliberadamente ningún pecado, puedan hacerlo con gran provecho dos o tres veces por semana.

   En los primeros siglos del cristianismo admitíase indistintamente a la Comunion diaria a los niños y a los adultos; de ella procedía aquella vigorosa savia de la vida cristiana, aquel espirita de fe, de oración y de fervor, que dió a la Iglesia tantos santos y mártires de diez, doce y quince años, ¿Ha disminuido, acaso, el poder de Dios? Luego los mismos medios producirán los mis efectos, en nuestro siglo, y la Iglesia verá brotar nuevos santos de entre los fieles de la angelical infancia, si les damos a gustar el Pan de los Ángeles.

   “Tememos, dicen finalmente algunos padres, que nuestro hijo llegue a ser demasiado piadoso o devoto y que termina por quererse hacer sacerdote, y consagrarse totalmente a Dios.” ¿De cuándo piedad y vocación son dos palabras sinónimas? El tener miedo a la vocación es ya de si una gran aberración por parte de algunos padres cristianos, porque el consagrarse a Dios es sin duda es “la mejor parte” y trae la bendición a toda una familia; pero el tener miedo a la piedad es demostrar muy a las claras una falta completa de sentido común. La piedad es el mejor de los bienes: es la verdadera felicidad, y, como dice la sagrada Escritura, “es buena para todo, teniendo las promesas de la vida futura y también las de la vida presenté” Nunca seremos demasiado piadosos, porque es imposible que lleguemos a ser demasiado buenos. ¡Pobres niños a quienes se pierde tan lastimosamente con semejantes ilusiones!

   Dejemos, pues, que los niños gocen de esta libertad religiosa que por sí sola bastará para abrir sus corazones e iniciarlos en la vida cristiana. Si no tenemos derecho para coartarla, mucho menos nos asiste para violentarla, especialmente en lo que concierne a los santos Sacramentos. Nuestro derecho y nuestro deber es instruirles, dirigirles y procurar salvar su inexperiencia con todo nuestro afán; pero sobre todo que nuestra dirección sea eminentemente católica, y que jamás pueda vislumbrarse en ella el menor asomo de querer poner trabas de conciencia. Por este abuso de autoridad se falsean las almas, y sin quererlo se contrarían los designios que sobre ellas tiene Dios Nuestro Señor.

   Por consiguiente, acérquense también los niños a la sagrada Mesa, y de este modo tendremos generaciones grandes y poderosas, que solo la Eucaristía hace cristianos.
   ¿Pero no es esto pedir un imposible? “Recargados los sacerdotes con un trabajo ímprobo, casi no pueden, a pesar de su exquisito celo, formarles para la piedad, y ponerles en estado de comulgar a menudo.” Yo soy el primero en reconocerlo con sumo dolor. Creo, sin embargo, que si se llegase a apreciar en su justo e incomparable valor esta parte del sagrado ministerio tan a menudo descuidada, se podrían fácilmente tocar preciosos resultados; y si no se pudiese iniciar a todos los niños en los verdaderos principios de piedad, a lo menos habría siempre el tiempo suficiente para preparar a una frecuente Comunión a aquellos que tanto por su clara y despejada inteligencia, como por su buen corazón y felices disposiciones, diesen mejores esperanzas. Séame permitido llamar sobre este punto muy seriamente la atención, tanto de los sacerdotes como de los padres.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


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