miércoles, 12 de julio de 2017

María libra del infierno a sus devotos – Por San Alfonso María de Ligorio.




Es imposible que ningún devoto de María Santísima se condene, si él procura obsequiarla y encomendarse a su patrocinio. Parecerá tal vez a primera vista mucho decir; pero suplico no deseche nadie mi aserción antes de hacerse cargo de las razones. El afirmar que un devoto de Nuestra Señora no es posible que se condene, no se ha de entender de aquellos que abusan de esta devoción para pecar más libremente; por lo que no hacen bien algunos en desaprobar con celo falso lo mucho que ensalzamos la piedad de María para con los pecadores, pareciéndoles que así los malos toman alas para más pecar; cuando lo primero que decimos es que éstos no tienen que lisonjearse; antes bien, por su temeridad y loca presunción, merecen castigo, no misericordia. Se entiende, pues, de aquellos devotos que, con el deseo de la enmienda juntan la fidelidad en obsequiar y encomendarse a la Madre de Dios. De éstos afirmo que moralmente hablando no es posible que se condenen; proposición enseñada por muchos y graves teólogos. Y para ver el fundamento sólido en que se apoyaron, examinemos lo que en la materia habían enseñado antes los Santos y doctores sagrados.

   Lo dice San Anselmo terminantemente, y estas son sus palabras: “¡Oh Virgen benditísima! Tan imposible es que se salve el que de Ti se aparta como el que perezca el que se vale de Ti”.

   Casi con las mismas expresiones lo confirma San Antonino, diciendo: “Así como es imponible que se salve ninguno de cuantos la Virgen desvíe sus ojos de misericordia, así necesariamente se salvan todos aquellos en quienes los ponga abogando por ellos.” Nótese de paso la primera parte de la proposición sentada por estos Santos, y tiemblen los que no hacen caso o dejan por descuido la devoción de María, pues vemos que aseguran resueltamente no haberse de salvar ninguno a quien esta Señora no proteja; sentencia que además sostienen otros muchos doctores, como Alberto Magno, que dice: Señora, el que no te sirva perecerá. San Buenaventura añade que los que no le son devotos morirán en pecado; y, en otra parte, que quien no la invoque en esta vida no entrará en el reino de los cielos; y exponiendo el salmo XCIX, llega a decir que ni esperanza tendrán de salvación aquellos a quienes María vuelva las espaldas, doctrina que mucho antes había enseñado San Ignacio mártir, diciendo claramente que ningún pecador se puede salvar sino por medio de la Virgen, la cual con su intercesión poderosa salva a muchísimos que de rigor de justicia se hubieran condenado. Algunos dudan que estas palabras sean de San Ignacio; pero a lo menos las hicieron suyas San Juan Crisóstomo y el abad Celense, en cuyo sentido le aplica la Iglesia lo que se dice en los Proverbios: el que me halle, hallará la vida; porque, como añade Ricardo de San Lorenzo dando la explicación de otras expresiones del mismo libro divino en que se la compara a una nave, todos los que naveguen fuera de esta barca segura, perecerán en el mar del mundo. Al contrario, dice María, el que me oye no será confundido, respondiendo a lo cual le dice San Buenaventura: Sí, Señora; quien procure obsequiaros estará muy lejos de la perdición, y San Hilario añade que ningún devoto suyo acabará mal, por más que en lo pasado haya ofendido a Dios.

   Ahora conoceremos el motivo que el demonio tiene para afanarse tanto con los pecadores, a que perdida la divina gracia, pierdan también la devoción de María Santísima. Viendo Sara que su hijo Isaac, jugando con Ismael, hijo de la esclava, aprendía malas costumbres, dijo a su marido Abraham, que le echase de casa juntamente con Agar su madre. No se contentó con que Ismael saliese, si no salía también la madre, temiendo que el mozo viniese a verla, y con aquella querencia no se despegase nunca de la casa. De esta suerte el demonio no se contenta con que el alma eche de sí a Jesucristo, si no despacha también a la Madre, porque teme que la Madre con la eficacia de su intercesión le vuelva a traer: temor bien fundado, porque todo el que sea constante en obsequiarla, pronto recobrará la gracia de Dios. Por eso llamaba San Efrén a la devoción a María carta de libertad o salvaguardia para librarse del infierno.

   Y realmente, teniendo para salvarnos tanto poder y voluntad, según la doctrina de San Bernardo: poder, porque es imposible dejar sus ruegos de ser oídos; voluntad, porque es nuestra Madre y desea que logremos la salvación mucho más que nosotros mismos, ¿cómo se ha de perder ninguno que fielmente le sea devoto? Podrá estar en pecado; pero si con deseo de la enmienda sigue encomendándose a Ella, queda a su cuidado el alcanzarle luz, arrepentimiento y verdadero dolor, perseverancia en la virtud, y al fin morir en gracia. ¿Qué madre, pudiendo fácilmente librar a un hijo del cadalso sólo con hablar al juez, no lo haría? ¿Y hemos de imaginar que la Madre más amorosa y tierna que jamás vió el mundo no librará de la muerte eterna a un hijo suyo, pudiéndolo hacer tan fácilmente?

    Demos al Señor gracias incesantes, si sentimos en nosotros este afecto y confianza filial para con la Reina de los ángeles, pues que según afirma San Juan Damasceno, es gracia que Dios concede solamente a los que quiere salvar, y oigamos las palabras del Santo, que alientan sobremanera los corazones: “¡Oh Madre de Dios!, si consigo verme bajo vuestra protección y amparo, no tengo que temer, porque el ser devoto vuestro es señal segura de salvación, y Dios no la concede sino a los que determina salvar!”

   No es extraño, pues, que esta dichosa devoción desagrade tanto al enemigo de nuestras almas. Se lee en la vida del P. Alfonso Álvarez, de la Compañía, devotísimo de la Virgen, que estando en oración y sintiéndose acosado de tentaciones impuras, oyó cerca el enemigo que le afligía diciéndole: Deja tú la devoción de María, y dejaré yo de tentarte. Y a Santa Catalina de Sena fué revelada la verdad que vamos aquí probando. Díjole el Señor: Por mi bondad y reverencia al misterio de la Encarnación, he concedido a María, Madre de mi unigénito Hijo, la prerrogativa de que ningún pecador, por grande que sea, que se le encomiende devotamente, llegue a ser presa del fuego del infierno. Aun el profeta David, dicen los intérpretes, pedía que Dios le librarse de las penas eternas por el honor y gloria de María, clamando así: “Señor, bien sabes que amé la hermosura de tu casa: no se pierda mi alma con la de los impíos.” Dice tu casa, significando a María, que es aquella casa hermosísima que en la tierra fabricó Dios por su mano para habitar y recrearse en ella hecho hombre, como está registrado proféticamente en los Proverbios por estas palabras: “La Sabiduría edificó una casa para sí.” No se perderá, nos asegura el glorioso San Ignacio, mártir, quien procure ser devoto de esta Madre Santísima; apoyándolo San Buenaventura cuando le dice: “Señora, vuestros amantes en esta vida gozan paz envidiable, y en la otra no verán la muerte eterna.” No, jamás se ha visto ni se verá que un siervo humilde y atento de María se pierda para siempre.

   ¡Cuántos se hubieran perdido por toda la eternidad, si esta Señora no hubiese mediado con su Hijo Santísimo alcanzándoles misericordia! Más llegan a decir no pocos teólogos, y especialmente Santo Tomás. Dicen que ha habido muchos casos de personas muertas en pecado mortal, y que, no obstante, por ruegos de María, Dios suspendió la sentencia, y les permitió volver a la vida para que hiciesen penitencia de sus pecados. Entre otros graves autores, Flodoardo, que vivió en el siglo IX, cuenta en su Crónica, que un diácono, por nombre Adelmaro, estando ya para ser puesto en la sepultura, resucitó y declaró haber visto el lugar que le esperaba en el infierno; pero que, interponiéndose la Virgen Santísima, le había conseguido la gracia de volver al mundo para hacer penitencia.

   Surio refiere, que la misma Señora alcanzó gracia igual a un vecino de Roma llamado Andrés, muerto Impenitente. Perbarto escribe también, que pasando en su tiempo por los Alpes, con un ejército, el emperador Segismundo, oyeron que de un esqueleto salía un grito pidiendo confesión, y añadiendo que la Virgen María, con quien en vida tuvo devoción siendo soldado, le había conseguido vivir en aquellos huesos mientras durase la confesión. Se confesó y volvió a morir.

   Estos y otros ejemplos no deben servir a ningún temerario de motivo para seguir pecando, con la esperanza de que la Virgen le librará también del infierno; porque así como sería gran locura echarse de cabeza en un pozo esperando que la Virgen había de impedir la muerte por haberlo hecho alguna vez, mucho más lo sería el aventurar la salvación eterna, con la vana presunción de que le librara del infierno. Para lo que sirven los ejemplos referidos, es para avivar la confianza, considerando que, si fué su intercesión tan poderosa, que llegase a librar de las penas eternas alguno que otro muerto en pecado, incomparablemente más eficaz será en favor de aquellos que en vida recurren a Ella y la sirven fielmente, con deseo de enmendarse y mudar de vida.

   Animados con esto, acojámonos bajo las alas de su misericordia, diciéndole con San Germán: ¡Oh Madre, oh esperanza, oh vida de los cristiano! Sin Vos, ¿qué sería de nosotros? Repitamos con San Anselmo: Señora, aquel por quien pidáis una vez, no verá los suplicios eternos. Si cuando sea llamado a juicio abogáis por mí, como Madre de misericordia, saldré absuelto. Añadamos con el beato Susón: si el Juez quisiere condenarme, pase la sentencia por vuestras manos, porque en manos tan piadosas, se impedirá la ejecución. Concluyamos con San Buenaventura: En Vos espero, Señora, no seré confundido, sino salvo en el cielo, donde os veré, alabaré y amaré para siempre.


   EJEMPLO. —En una ciudad de Flandes el año de 1604 había dos estudiantes, que en lugar de estudios y libros, pasaban el tiempo en francachelas y deshonestidades. Habían ido una noche, después de otras muchas, a casa de una mala mujer, en donde, vuéltose a la suya el uno de ellos, que se llamaba Ricardo, se quedó el otro. Ricardo, al desnudarse para dormir, se acordó que aún no había rezado un Ave María, que todos los días tenía de costumbre y haciéndose fuerza, al fin la rezó, aunque de mala gana, sin atención y medio dormido. Al primer sueño siente de pronto dar en la puerta un golpe muy fuerte, y sin abrirse, ve entrar a su compañero en figura espantosa. — ¿Quién eres? Le preguntó. — ¿Pues no me conoces? dijo el otro. — Tan trocado y deforme te veo que pareces un diablo. — ¡Infeliz de mí! Estoy condenado. — ¿Cómo?— Has de saber que al salir de aquella casa infame, vino el demonio y me ahogó, quedando mi cuerpo tendido en la calle y bajando a los infiernos mi alma. Sepas también que a ti te aguardaba la misma suerte; pero por el Ave María que rezaste, te ha librado la Virgen. ¡Afortunado de ti si te sabes aprovechar de este aviso que te da par mi medio! Dicho esto, se destapó, mostrando las llamas y serpientes enroscadas que le atormentaban, y desapareció. Entonces Ricardo se tiró al suelo, y con llantos y gritos daba gracias a Nuestra Señora de tan grande misericordia, prometiendo muy de veras mudar de vida, cuando oyendo tocar a maitines en el convento de San Francisco, exclamó: Esta es la voz de Dios que me llama a hacer penitencia, y sin más dilación se fué desde allí a pedir con instancia el santo hábito. Los religiosos se lo negaron, sabedores de su mala conducta. Entonces les contó el caso, y para cerciorarse de la verdad fueron dos a la calle que decía, donde, en efecto, encontraron el cadáver de su amigo ahogado y más negro que un carbón. Con esto lo admitieron, y vivió en la religión, haciendo siempre vida muy ejemplar. Fué á las Indias a predicar la fe, y de allí al Japón, en el cual tuvo la dicha de ser quemado y morir mártir de Jesucristo.

ORACIÓN. — ¡Oh dulce Madre mía, en qué abismo de males tan profundo hubiera ya caído, si Vos teniéndome con vuestra mano piadosa, no lo hubieseis estorbado! ¡Cuántos años a que ardería en las penas eternas, si no lo hubieseis impedido con vuestros ruegos poderosos! Mis pecados lo merecían, y la justicia de Dios estaba ya para descargar el golpe; los enemigos y verdugos esperaban la sentencia, y Vos acudisteis a defenderme sin ser de mí llamada. ¡Oh libertadora de mi alma! ¿Con qué os podré pagar beneficio tan grande, amor tan generoso? Más hicisteis, que fué vencer la dureza de mi corazón llamándome a Vos y animándome a confiar en vuestra clemencia. Después, ¡cuántas veces hubiera de nuevo caído en mil precipicios sin el sostén de vuestra mano clementísima! Seguid así, esperanza mía, consuelo mío, Madre mía, a quien amo más que a mi corazón, seguid preservándome de aquellas llamas eternas, y primero del pecado mortal en que puedo volver a caer. No permitáis que haya de blasfemar de Vos en el infierno. Y pues que os amo, ¿cómo podrá sufrir vuestra bondad verme condenado? Alcanzadme la gracia de no ser por más tiempo desagradecido a Vos y a Dios, que por amor vuestro me ha dispensado tantas mercedes. ¿Qué me decís, Señora? ¿Me salvaré? Si nunca os dejo, sí. Pero ¿cómo tendré valor para dejaros? ¿Cómo podré olvidarme del amor que me habéis mostrado? Después de Dios sois todo el amor de mi alma. Os amo ahora, y espero amaros en tiempo y en eternidad, y el amaros será toda mi dicha, porque sois la criatura más hermosa, más santa, más dulce y más amable de cuantas hubo ni habrá jamás.

“LAS GLORIAS DE MARÍA”


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