viernes, 14 de julio de 2017

DEMONIOS – Por Cornelio Á Lápide. (Parte I)




¿HAY DEMONIOS?

   No hay duda que hay espíritus malhechores que se llaman demonios, pues la Sagrada Escritura nos lo atestigua y todas las naciones lo han unánimemente reconocido.

   Las naciones paganas han creído en la existencia de ciertos genios, unos buenos y otros malos; deduciendo de esto que era preciso ganar el afecto de los buenos con respetos, ofrendas y oraciones, y apaciguar la cólera y la malignidad de los malos. De ahí nacieron la idolatría, el politeísmo, las prácticas supersticiosas, la magia, adivinación, etc. Esta creencia ha sido también la de los filósofos paganos...

   La revelación ha venido a ilustrarnos sobre la existencia de los demonios. Moisés nos dice que la primera mujer fué engañada y desobedeció a Dios por sugestiones de un enemigo pérfido oculto bajo la forma de serpiente. (Gen. III. 1). Dice el libro del Deuteronomio que los israelitas inmolaron sus hijos e hijas a los demonios.

   Jesucristo ha hablado de la existencia de los demonios; los arrojaba del cuerpo de los poseídos. También nos hablan de ellos los Apóstoles. La existencia de los demonios es un dogma de la Iglesia católica...

¿QUÉ SON LOS DEMONIOS?

   Demonio quiere decir espíritu, genio, inteligencia: así es que esta palabra, que significa un ser dotado de conocimiento, nada tiene de odioso en sí mismo. En el Nuevo Testamento, el nombre de demonio se toma siempre a mala parte, significa un espíritu malo, enemigo de Dios y de los hombres...

   Al principio de la creación, Dios sacó los ángeles de la nada, como todo lo demás. Los hizo buenos; porque Dios no puede ser el autor de ninguna cosa mala. Está escrito que todas las obras de Dios eran muy buenas: (Gen. I. 31).

   La Escritura nos enseña qne desde el momento de su creación todos estos ángeles, que eran casi innumerables, se hallaron colocados en el cielo. Nos enseña también que muchos de entre ellos se rebelaron contra su Criador, y que en castigo de su crimen fueron condenados a eternos suplicios. A estos últimos aplica la Escrituro el nombre de demonios. Los demás ángeles permanecieron fieles a Dios, y fueron confirmados en la gracia.

   Por su naturaleza los ángeles son espíritus inteligentes, activos, inmortales, desprendidos de toda materia, y destinados por Dios a vivir y a alimentarse puramente de la contemplación...

   Los ángeles son las criaturas que más de cerca se parecen a la majestad divina, infinita en perfecciones. Dios los ha creado para formar su corte. Y es una cosa segura que la munificencia de Dios ha derramado a manos llenas sobre aquellas hermosas inteligencias los dones naturales de que hemos recibido algunas partículas.

   Al caer, nada han perdido los ángeles rebeldes de su naturaleza, de su vasta inteligencia, de su agilidad, de su espiritualidad; no han perdido más que su inocencia, su hermosura, su felicidad. Bien es verdad que para ellos es una pérdida inmensa ¿Qué ha sido de estos ángeles caídos? Nos lo dice San Agustín. El demonio es el doctor de la mentira, el adversario del género humano, el inventor de la muerte, el preceptor del orgullo, el príncipe de la malicia, el autor de los crímenes, el príncipe de todos los vicios, el instigador de los vergonzosos deleites. ¿Puede darse nada más corrompido ni más malo que nuestro enemigo?

   La Sabiduría pinta a los demonios del modo siguiente: Son monstruos de una especie desconocida, llenos de un furor inaudito, respiran llamas, vomitan negro humo, y lanzan de sus ojos horribles centellas; no sólo pueden exterminar con sus mordeduras, sino que únicamente con su vista pueden matar de espanto.

   Jesucristo y sus apóstoles atribuyen a los demonios los mayores crímenes, la incredulidad de los judíos, la traición de Judas, la ceguedad de los paganos, las enfermedades crueles, las posesiones y las obsesiones. Llaman a Satanás padre de la mentira, príncipe de este mundo, príncipe del aire, antigua serpiente, diablo.

   En los exorcismos, el demonio es llamado espíritu inmundo, miserabilísimo, tentador, engañoso, padre de la mentira y de las herejías, feroz, serpiente, autor de la impudicicia, ser desprovisto de prudencia, insensato, devastador, horrible, afeminado, envenenador, monstruo de los monstruos, ser arrojado del paraíso, de la gracia de Dios, de la mansión de la felicidad, de la asamblea y de la sociedad de los ángeles, criatura reprobada y maldita de Dios por la eternidad, orgullosa, infame, llena de crímenes, de abominaciones y de blasfemias, cubierta de maldiciones, cargada de excomuniones y merecedora de los fuegos del infierno. He aquí los nombres y los títulos que la Iglesia da al demonio, apostrofándole en los exorcismos, por ellos, juzgad lo que es efectivamente.

CAUSAS DE LA CAÍDA DE LOS DEMONIOS.


   Tertuliano, San Basilio, San Cipriano, San Bernardo, el abate Rupert, Suarer, y una multitud de teólogos, dan como probable que lo que hizo pecar a Lucifer en el cielo y le llevó al orgullo, fué la envidia que experimentó en el momento en que Dios le reveló que su Hijo se haría hombre, y le mandó sujetarse a Jesucristo encarnado. Tuvo envidia de que el Hijo de Dios tomase la naturaleza humana, y no pudo sufrir ser pospuesto al hombre, él, el más noble, el más hermoso y el más inteligente de los ángeles; no pudo sufrir esta unión hipostática del hombre con el Verbo; deseó que esta unión se verificase en él mismo, y se negó a reconocer por superior suyo al hombre hecho Dios por la encarnación, no habiendo Dios querido acceder a su deseo, Lucifer se rebeló contra él y contra Jesucristo, y aconsejó a los ángeles que le siguiesen en su rebeldía. En su carta a los Hebreos, parece que San Pablo favorece este sentimiento: Y otra vez Dios al introducir a su primogénito en el mundo, dijo: Adórenlo todos los ángeles de Dios. Los ángeles que adoraron los secretos de Dios, se sometieron  su voluntad y reconocieron por dueño suyo a Jesucristo hecho hombre, fueron conservados en su feliz estado; aún más, fueron elevados hasta lo más alto de los cielos y confirmados en la gracia.

   El orgullo es el que hizo caer al ángel desgraciado, que ha sido comparado, a causa de sus luces, a la estrella de la mañana. ¿Cómo, dice Isaías, caíste del cielo, oh lucero, tú que tanto brillabas por la mañana? ¿Cómo fuiste precipitado por tierra?  (XIV. 12). ¿Cómo, o Lucifer, te has vuelto tenebroso y eres el espíritu malo de las tinieblas? ¿Cómo has caído del punto más alto al grado más bajo, de la gloria a la ignominia, de la vida a la muerte, del cielo al infierno?

   El príncipe de los ángeles rebeldes se llama Lucifer, porque brillaba de gracia y de gloria en el cielo, como brilla en el firmamento la estrella de la mañana, que se llama Lucifer, esto es, porta-luz.

   Esto, en sentido místico, significa que la ruina de Lucifer tuvo lugar en la aurora, esto es, en el mismo principio de la creación del mundo.

   Lucifer, continúa Isaías, tú decías en tu corazon: Escalaré el cielo y levantaré mi trono sobre los astros de Dios: (XIV. 14). ¿Cómo has caído, tú que eras el sello de la imagen de Dios? Esto es, ninguna criatura se parecía más a Dios que tú; estabas lleno de sabiduría y colmado de hermosura; vivías en medio de las delicias del paraíso de Dios; en tus vestiduras brillaban toda suerte de piedras preciosas; perfecto has sido en tus obras desde el día de tu creación, y has permanecido tal hasta que la maldad se ha hallado en ti. (Ezech. XXVI1I. 12-15). Y ¿cuál ha sido esta iniquidad, sino haberte mirado demasiado a ti mismo y haberte hecho un lazo con tu propia excelencia?

   Desgraciada, cien veces desgraciada, exclama Bossuet, la criatura que no quiere mirarse en Dios, y fijándose en sí misma, se separa del manantial de su ser, que lo es también, por consiguiente, de su perfección y de su felicidad, este orgulloso, que se había constituido en Dios de sí mismo, puso el ciclo en rebelión; y Miguel, que se halló a la cabeza del orden en que esta rebelión hacia tal vez más prosélitos, exclamó: ¿Quién es como Dios? ¿Quis ut Deus?

   Y de esto le viene el nombre de Miguel, esto es: ¿quién es como Dios? Como si hubiera dicho: ¿Quién es el que quiere presentársenos como otro Dios, y ha dicho en su orgullo: Me elevaré hasta los cielos, dominaré lodos los espíritus y seré semejante al Altísimo? ¿Quién es pues este nuevo Dios que así quiere alzarse sobre nosotros? Pero no hay más que un sólo Dios; unámonos todos para seguirle, y digamos todos juntos: ¿Quién es semejante a Dios? Porque, ved lo que de repente sucede a este falso este Dios que quería hacerse adorar: Dios le ha herido, y ha caído como los ángeles imitadores suyos. Tú que te elevabas a lo más alto de  los cielos, has sido precipitado al infierno, a la más honda mazmorra: En su caída, conservó todo su orgullo, porque su orgullo debe  ser su suplicio. (Bossuet, sobre los Demonios).

   Se trabó una gran batalla en el cielo, dice el Apocalipsis: Miguel y los ángeles suyos peleaban contra el dragón; y el dragón con sus ángeles lidiaba contra él. Pero éstos fueron los más débiles, y después no quedó ya para ellos lugar ninguno en el cielo. Asi fué abatido aquel dragón descomunal, aquella antigua serpiente llamada diablo, y también Satanás, que anda engañando a toda la tierra; y fué precipitado, y con él los ángeles suyos.

   Seré semejante al Altísimo. El demonio, dice San Bernardo, no permaneció en la verdad, porque no se apoyó en el Verbo. Quiso sentarse, él que ni de pié podía tenerse por sí mismo. Y él decía: Me sentaré. Pero Dios, pensando de  otra manera, no le permitió sentarse ni quedarse de pié; entonces el demonio cayó; Jesucristo lo dice: Yo estaba viendo a Satanás desde el principio del mundo caer del cielo a manera de relámpago. (Luc. X. 18). Asi pues, que no se fie de sí mismo el que está de pié, si no quiere caer; descanse antes bien sobre el Verbo. El Verbo lo dice: Sin mi nada podéis hacer.

   Me sentaré, seré semejante al Altísimo. ¡Oh impudente! exclama el mismo padre: oh ¡imprudente! Millones de ángeles le sirven, y centenares de millones están prontos para ejecutar sus órdenes; y tú te sentarás. Los querubines están de pié, y no se sientan. ¿Qué has hecho para ser digno de sentarte?

   He visto, dice Isaías, al Señor sentado en un solio excelso y elevado; y los serafines estaban de pié (VI. 1-2). ¿Por qué, prosigue San Bernardo, tú que aparecías por la mañana, o Lucifer, porque no permaneciste en la verdad, sino es porque no fuiste Serafín? Pues Serafín quiere decir iluminado é inflamado.

   Pero tú, miserable, has tenido la luz sin calor. Más te hubiera valido ser abrasado que brillante: debías reprimir aquel orgullo de parecer; y como tú servías de espejo, debías humillarte. Pero, al contrario, tú dijiste Subiré sobre las nubes, y me sentaré. Y has caído. Los serafines están de pié y firmes, porque la caridad nunca fenece, dice San Pablo (1. Cor. XIII. 8). Están de pié, admirados, perdidos en la contemplación de aquel que está sentado sobre su trono; permanecen en eterna inconmutabilidad y en inconmutable eternidad. Tú, Lucifer, te propusiste sentarte. ¡Oh impío! Por esto vacilaron tus pies, y queriendo subir, caíste. El Hijo del Eterno, que está sentado sobre un trono, es el Señor de los ejércitos que lodo lo juzga con calma. Solo la Trinidad se sienta: solo tiene inmutabilidad; pero los serafines están de pié. (Serm. III. In Isai.).

   El crimen de los ángeles rebeldes fué pues: una excesiva complacencia en su hermosura y excelencia; su negativa a querer depender de Dios, la voluntad de bastarse a sí mismos y de vivir únicamente por ellos; haber querido irrogarse la beatitud y alcanzarla con sus propias fuerzas, sin querer obtenerla del poder y de la bondad de Dios; haber querido elevarse sobre los otros ángeles, y haberse negado a estar bajo las órdenes de nadie, ni siquiera de Dios.
   Lucifer pecó: por un orgullo intolerable;  por su rebelión, asi como por la de sus ángeles, contra Dios y contra la Iglesia celestial Lucifer y sus ángeles cometieron un crimen de lesa majestad divina, queriendo apoderarse del trono del mismo Dios 4 ° Lucifer trató de arrastrar a la rebelión a los ángeles; y trata aún todos los días de alistar a los hombres bajo su enseña; es el autor de todos los pecados; pero también es la criatura que se halla sumergida en lo más profundo del infierno.

   La primera causa de la caída de los ángeles fué el orgullo.

   La segunda causa de su caída fué su misma nada. Tenían su grandeza y su perfección de la mano de Dios: hubieran debido reconocerlo asi; pero pobres y débiles, a causa de la nada de que habían sido sacados, quisieron descansar sobre sí mismos: no hallaron más que la nada, y cayeron. Alejándose de Dios, su única fuerza, quedaron reducidos a la debilidad suprema.

   La tercera causa de su caída fué el mal uso que hicieron de su libertad.

   ¿Qué han ganado? ¡Ay! todo lo han perdido Eran ángeles de luz, y se han convenido en espíritus de tinieblas; eran buenos, hermosos y felices, y se han vuelto malos, perversos, horribles y muy desgraciados.

   Las mismas causas que han perdido A los ángeles, pierden a los hombres que les imitan. Adán quiso seguir su ejemplo, y cayó en un abismo de males, del que jamás habría salido sin la infinita misericordia de Dios.

   Temblemos Si los ángeles han caído estando en el cielo, sí Adán ha caído estando en el paraíso terrenal, si Sansón, David y Salomón han caído, si caen los cedros del Líbano, ¿qué temor y qué humildad no debemos abrigar nosotros que no somos más que débiles cañas? Por esto el gran Apóstol nos exhorta a trabajar en la obra de nuestra salvación con temor y temblor. (Philip. II. 12).



“Tesoros de Cornelio Á Lápide”

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