jueves, 20 de julio de 2017

DIVERSOS IMPULSOS DE LA NATURALEZA Y DE LA GRACIA – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Cristo. Hijo mío, observa atentamente los movimientos de la naturaleza y de la gracia; pues, aunque diametralmente opuestos, son a veces tan fáciles de confundir, que apenas hombres iluminados interiormente y espirituales los distinguen.

   Todos quieren el bien, y tanto en lo que dicen como en lo que hacen algún bien intentan. Por eso, la apariencia del bien a muchos engaña. La naturaleza es astuta; a muchos atrae, seduce, cautiva; ella es siempre su propio fin.

   La gracia es sencilla; huye aun de las apariencias del mal; no intenta seducir; como único fin de todos sus actos se propone a Dios, en quien descansa como en su fin.

   La naturaleza no quiere mortificarse, ni reprimirse, ni vencerse, ni obedecer, ni someterse voluntariamente.

   La gracia se esfuerza por mortificarse, resiste a las inclinaciones sensuales, quiere sujetarse, desea vencerse y no quiere hacer uso de su libertad; le gusta vivir sujeta a la obediencia, y no quiere mandar a nadie, sino vivir, estar y permanecer siempre sujeta a Dios, y por Él está dispuesta a inclinarse humildemente ante todos los hombres.

   La naturaleza trabaja por su propio interés, y calcula siempre la ganancia que de otros puede obtener; la gracia atiende al provecho común antes que a la propia utilidad y ventaja.

   A la naturaleza le gusta que la honren y reverencien; la gracia atribuye fielmente a Dios toda honra y toda gloria.

   La naturaleza teme las humillaciones y los desprecios; la gracia goza “de sufrir afrentas por el nombre de Jesús” (Act 5, 41).

   A la naturaleza le gusta la ociosidad y el descanso corporal; la gracia no puede estar ociosa, y con gusto se dedica al trabajo.

   La naturaleza procura tener cosas bonitas y curiosas, y detesta lo tosco y ordinario; la gracia se complace en lo humilde y sencillo, no desdeña la ropa burda, ni aun se niega a vestirse de harapos.

   La naturaleza a lo temporal atiende, se regocija del lucro material; si pierde, se entristece; de una palabrita descortés se irrita.

   La gracia atiende a lo eterno, a lo temporal no se apega, no pierde la tranquilidad cuando pierde, ni la exaspera el lenguaje duro, porque allá arriba, donde nada se pierde, allá en el cielo, ha puesto su tesoro y su alegría.

   La naturaleza es codiciosa, más le gusta recibir que dar, quiere tener cosas personales y propias.

   La gracia es compasiva y generosa, huye de singularidades, con poco se contenta, “más placer encuentra en dar que en recibir” (Act 20, 35).

   La naturaleza inclina a las criaturas a la carne, a las vanidades, a andar de acá para allá; la gracia atrae hacia Dios y la virtud; renuncia a las criaturas, huye del mundo, odia los deseos carnales, sale poco, de aparecer en público se ruboriza.

   A la naturaleza le gusta tener consolaciones externas que le causen deleite sensible; la gracia sólo en Dios busca su consuelo y, sobre todo lo sensible, pone sus delicias en el sumo Bien.

   La naturaleza todo lo hace por su propio interés y comodidad; nada puede hacer de balde; a cambio de sus beneficios espera recibir igual es o mayores, o al menos alabanza y favor; y quiere que se ponderen mucho sus dádivas y servicios; la gracia no busca ninguna cosa temporal, ni pide por lo que hace otra recompensa sino a Dios solo, y de las cosas temporales necesarias quiere solamente las que puedan servirle para adquirir las eternas.

   La naturaleza se goza de tener muchos parientes, muchos amigos; se ufana de su linaje y nobleza; a los poderosos sonríe, a los ricos adula, aplaude a los que son del mismo modo; la gracia ama a sus mismos enemigos, no se envanece del gran número de sus amigos, ninguna importancia concede al linaje, ni al lugar del nacimiento, si no hubo allí mayor virtud; más favorece al pobre que al rico, más se compadece del inocente que del prepotente, congenia con el sincero, no con el embustero; anima siempre a los buenos a aspirar a gracias más sublimes (1 Cor 12, 31) y a conformarse, por sus virtudes, al Hijo de Dios.

   La naturaleza pronto se queja de molestias y privaciones; la gracia sufre la pobreza con resignación.

   La naturaleza se mira como el centro de todas las cosas, lucha y litiga en su propia defensa; la gracia reduce todas las cosas a Dios, de quien como fuente manan; no se atribuye ningún bien, ni es arrogante o presuntuosa; no porfía ni prefiere su opinión a otras, sino que somete humildemente todas sus opiniones y juicios al juicio de Dios y a la eterna sabiduría.

   La naturaleza desea saber secretos y oír noticias; le gusta manifestarse al exterior y ver, observar y experimentar muchas cosas con sus sentidos; desea ser conocida y hacer cosas que la gente admira y aplaude; la gracia no se interesa oír saber noticias o ver curiosidades; porque tal deseo viene de la original corrupción de la naturaleza, ya que no existe sobre la tierra nada nuevo ni permanente. Así enseña a guardar los sentidos, a huir de la vana complacencia y ostentación, a esconder bajo la capa de la humildad lo que de veras es admirable y laudable, y a procurar que de todas las cosas y de todos los conocimientos resulte la gloria y honra de Dios, y el provecho propio y del prójimo. Y no quiere que se hagan elogios suyos o de lo suyo; antes desea que a Dios se bendiga por todos sus dones, pues nos lo da todo por pura bondad.

   Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, el sello que distingue a los elegidos; es prenda de salvación eterna, que de la tierra levanta al hombre para que ame al cielo, y de carnal lo transforma en espiritual.

   Así, cuanto más se reprime a la naturaleza y se la vence, tanta mayor gracia se le infunde, y a cada nueva visita de la gracia, el hombre interior se reforma diariamente para hacerse más y más semejante a Dios.



“LA IMITACIÓN DE CRISTO”

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