viernes, 29 de junio de 2018

De las invenciones de que se sirve el demonio para impedir la entera conversión de los que hallándose convencidos del mal estado de su conciencia desean corregir y reformar su vida; y de dónde nace que los buenos deseos y resoluciones muchas veces no tengan efecto – Por el V. P. D. Lorenzo Scupoli.






   Los que conocen el mal estado de su conciencia, y desean mudar de vida, se dejan ordinariamente engañar del demonio con estos artificios: Después, después, mañana, mañana: quiero primeramente desembarazarme de este negocio, y después me daré con mayor quietud al espíritu.

   Este es un lazo en que han caído y caen continuamente innumerables almas; pero no se debe atribuir la causa de esta infelicidad sino a su suma negligencia y descuido, pues en un negocio en que se interesa su eterna salud, y el honor y gloria de Dios, no recurren con prontitud a aquella arma tan poderosa: Ahora, ahora; ¿y para qué después? Hoy, hoy; ¿y por qué mañana? Diciéndose a sí mismo: ¿Quién sabe si yo veré el día de mañana? Más cuando yo tuviese de esto una indubitable certeza, ¿es querer salvarme el diferir mi penitencia? ¿Es querer alcanzar la victoria el hacer nuevas heridas?

   Para evitar, pues, esta ilusión funesta, es necesario que el alma obedezca con prontitud a las inspiraciones del cielo, porque los propósitos solos muchas veces son ineficaces y estériles; y así infinitas almas quedan engañadas con buenas resoluciones por diversos motivos.

   El primero, de que tratamos arriba, es porque nuestros propósitos no se fundan en la desconfianza propia, y en la confianza en Dios; y nuestra grande soberbia no permite que conozcamos de dónde procede este engaño y ceguedad. La luz para alcanzar este conocimiento, y el remedio para curar este mal, vienen de la bondad de Dios, el cual permite que caigamos, a fin de que instruidos y adoctrinados con nuestras propias caídas, pasemos de la confianza que ponemos en nuestras fuerzas la que debemos poner únicamente en su gracia, y de un orgullo casi imperceptible a un humilde conocimiento de nosotros mismos; y asi, si quieres que tus buenas resoluciones y propósitos sean eficaces, es necesario que sean constantes y firmes; y no pueden serlo si no tienen por fundamento la desconfianza de nosotros mismos, y la confianza en Dios.

   El segundo, porque cuando nos movemos a formar estos buenos deseos y resoluciones nos proponemos únicamente la hermosura y la excelencia de la virtud, que por sí misma atrae poderosamente las voluntades más flacas, y no consideramos los trabajos que cuesta el adquirirla; de donde nace que a la menor dificultad una alma tímida y pusilánime se acobarda y se retira de la empresa.


   Por esta causa, hija mía, conviene que te enamores más de las dificultades que cuestan las virtudes, que de las virtudes mismas, y que alimentes tu voluntad de estas dificultades, preparándole a vencerlas según las ocurrencias, y sabe que cuanto más generosamente abrazares estas dificultades, tanto más fácil y libremente te vencerás a ti misma, triunfarás de tus enemigos y adquirirás las virtudes.

   El tercero, porque nuestros propósitos muchas veces no miran a la virtud y a la voluntad divina, sino al interés propio, el cual suele suceder en las resoluciones que se forman cuando abundan las consolaciones y gustos espirituales, pero principalmente en las que se forman en el tiempo de las adversidades y tribulaciones; porque no hallando entonces algún alivio a nuestros males, hacemos propósitos de darnos enteramente a Dios, y de no aplicarnos sino a los ejercicios de la virtud.

   Para no caer en este inconveniente, procura en el tiempo de las delicias y gustos espirituales ser muy circunspecta y humilde en los propósitos y resoluciones, y particularmente en las promesas y votos; más cuando te hallares atribulada, todos tus propósitos se han de dirigir únicamente a llevar con paciencia la cruz que el Señor te envía, y a exaltarla, rehusando todos los consuelos y alivios de la tierra, y aun del cielo. No has de pedir ni desear otra cosa sino que la mano poderosa de Dios te sostenga en tus males, para que puedas tolerarlos sin algún menoscabo de la virtud de la paciencia, y sin desagrado de Dios.


“COMBATE ESPIRITUAL” Año 1865

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